Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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martes, 10 de julio de 2018

VEJEZ. LIBRES COMO UNA HOJA EN EL VIENTO

Ahora que acabo de cumplir 76 años, he recordado unas reflexiones de Arendt sobre la vejez.
Cuando Hannah Arendt fue a Washington, en la primavera de 1971, para celebrar el vigésimo aniversario del “National Committi for an Effective Congress”, se encontró con los congresistas que se habían opuesto con determinación, al senador Joseph McCarthy y su movimiento de caza de brujas, en la década de 1950, y que se ganaron la alabanza de Robert Griffith, en su libro “The Politics of Fear”. Estos hombres – Fulbright, Symington, Ervin y otros – tenían ya la edad de Arendt, estaban cercanos a la jubilación, y ella se preguntó quien los reemplazaría. En el espacio de dos años y con el estallido del escándalo del “Watergate”, Arendt se percataría de que estos hombres, no tenían por qué ser sustituidos tan pronto. Después de examinar el papel jugado por el senador Sam Ervin, en la comisión de investigación del “Watergate”, le dijo a su editor William Jovanovich: “Me estoy enamorando del senador Ervin… ¡viva la vejez!” A los viejos, con tal de que sean algo sensibles, es casi imposible intimidarlos, pues tienen sus carreras a sus espaldas, y de todos modos van a morir pronto. Por cierto, un pensamiento agradable y consolador bajo ciertas circunstancias.
Los viejos hablan con talante retador, sin intimidarse, sin pensar a quien placerán y a quien disgustarán. Sus críticas se dirigen a la izquierda y a la derecha, denunciando las formas de irreflexión, que cruzan todos los lindes políticos.
Eusebio, Paco (+) yo y Marita
Arendt apuntó a la generalizada “incapacidad o renuencia a consultar la experiencia y aprender de la realidad”, de gente que nunca imaginó, las consecuencias de sus mandatos y acciones. Los jóvenes que desearían ser revolucionarios, “son tan aficionados a la charla teórica y vaga”, sostenía Arendt, “que van vendiendo conceptos y categorías anticuados, derivados principalmente del siglo XIX”, sin detenerse a analizar las condiciones reales existentes en la actualidad.
Arendt admiró el estilo brusco, abundante en citas bíblicas, del senador Sam Ervin. Y cuando Nixon destituyó al fiscal especial del Watergate, Archibald Cox, y trató de invocar los privilegios del Ejecutivo, como medio para mantener secretas las grabaciones de las conversaciones habidas en la Casa Blanca, Arendt pensó que los “viejos” del Tribunal Supremo, habían salvado la situación. Firmó una petición organizada por los “Científicos Políticos” a favor del “Impeachment”, en noviembre de 1973, y confió que los “viejos” del Congreso, sacarían adelante la censura de Nixon. Y efectivamente, los “viejos” jueces del Tribunal Supremo, dejaron de lado sus prejuicios personales, sus lealtades y deudas políticas – quien se las iba a exigir a esas alturas – para ofrecer lo que la tradición de la República exigía: una meditación imparcial.
Y en la misma línea, en el tratado de Cicerón, Catón el Viejo cuenta a sus amigos que “las grandes acciones, no las llevan a cabo ni la fuerza, ni la velocidad, ni la potencia física; son producto del pensamiento, del carácter y del juicio. Y estas cualidades, lejos de disminuir con la edad, se incrementan”. Arendt estaba de acuerdo con ello, no sólo por oponerse a la tendencia de la juventud a denigrar la vejez, así como a la tendencia a deplorarla, manifiesta en libros tales como “La vejez” de Simone de Beauvoir, sino también para razonar que la ecuanimidad de Catón el Viejo, debería inducir al buen juicio, a gentes de todas las edades.
Hannah Arendt
En “La vida del espíritu”, Arendt apuntó que la vejez, desde la perspectiva de la voluntad, significa la pérdida del futuro. La carencia de futuro, sin embargo, no tiene por qué producir angustia; nos puede entregar el pasado, el curso de nuestra vida, como materia de examen y reflexión. La mirada atrás del “ego pensante” extrae el sentido del pasado, y le da la forma de la historia de una vida. Desde el punto de vista del pensamiento, la vejez es una edad para la meditación, para apartarse del abrazo del egoísmo, y de las distorsiones del partidismo. Arendt sentía que quien deja de adorar el futuro, puede obtener para sí, el gozo que el pensamiento encuentra en el recuerdo, y el “resultado” de la significación del pensamiento, una historia coherente. La vejez puede traernos el sentimiento de ser “libres como una hoja en el viento”.
También nos recuerda Arendt, ahora “Entre el pasado y el futuro”, que la vejez, distinta de la simple edad madura, constituía para los romanos la verdadera culminación de la vida humana, no tanto por la sabiduría y experiencia acumuladas, sino más bien porque el hombre anciano, se acercaba a los antepasados y a tiempos pretéritos. Al contrario de nuestro concepto de crecimiento, que coloca el proceso en el futuro, los romanos consideraban que el crecimiento, se dirigía hacia el pasado.
La tradición conservaba el pasado, al transmitir de una generación a otra el testimonio de los antepasados, de los que habían sido testigos y protagonistas de la fundación sacra (la de Roma) y después la habían aumentado con su autoridad a lo largo de los siglos. En la medida en que esa tradición no se interrumpiera, la autoridad se mantenía inviolada; y era inconcebible actuar sin autoridad y tradición, sin normas y modelos aceptados y consagrados por el tiempo, sin la ayuda de la sabiduría de los padres fundadores.
“A medida que me acerco a la muerte – dijo Catón – me siento como un hombre que se aproxima a puerto, después de un largo viaje. Me parece que veo tierra en la lontananza”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 20 de Mayo y 10 de Julio del 2018.


sábado, 8 de julio de 2017

75 AÑOS YA

Cuando Bertrand Russell se convirtió en nonagenario, escribió unas interesantes reflexiones, sobre los muchos años que ya había vivido. Yo sólo acabo de alcanzar los setenta y cinco, no son tantos, pero tampoco está mal. Así que, apoyándome en Russell, se me ha ocurrido también dedicar unas líneas, a pensar sobre eso de la edad.
Hay a la vez ventajas e inconvenientes en el hecho de hacerse mayor. Los inconvenientes me parecen evidentes para todos, y por ende no me detendré en ellos. Las ventajas se me aparentan más interesantes. De entrada, una ya larga perspectiva sobre el tiempo pasado, da peso y substancia a la experiencia. A estas alturas he podido seguir el curso de muchas vidas, de amigos y de personajes públicos, desde su inicio hasta su conclusión. Algunos de ellos (amigos del colegio, de la universidad y de la política), llenos de promesas en su juventud, no han llegado a hacer nada extraordinario; otros en cambio, no han dejado de convertirse en personalidades fuertes a lo largo de su dilatada vida, llena de realizaciones importantes. Sin ninguna duda, la experiencia de los años, hace que uno adivine con más facilidad, a cual de las dos categorías pertenecerá realmente, una persona hoy aún joven. Y eso no reza solamente de las personas, sino también de los movimientos y organizaciones que, con el tiempo, pasan a formar parte de nuestra experiencia personal y, desde la cual, nos es relativamente fácil evaluar las probabilidades de éxito o fracaso de las mismas. El simple hecho de haber observado tantos fenómenos diversos, nos ayuda comprender el pasado, la historia, y debería igualmente ayudarnos a prever el futuro probable.
Para centrarnos en un espacio más personal, me atrevería a decir que para aquellos que de jóvenes fuimos enérgicos y emprendedores, era normal sentir un apasionado e incesante deseo de grandes realizaciones, sin ninguna previsión clara, eso sí, de hasta donde, la suerte ayudando, podríamos llegar. En la vejez se vuelve uno muy consciente, de que ha sido lo que se ha conseguido o no. Lo que aún pudiéramos conseguir, lo vemos ya como una pequeña proporción de lo ya conseguido. Y eso hace de nuestra vida personal, algo mucho menos excitable. Nos produce una cierta serenidad, que nos facilita analizar más racionalmente las cosas y el devenir. Nos ayuda a controlar nuestras ya más débiles pasiones, a aherrojar nuestros sentimientos más primitivos, para dar más espacio a la razón.
Personalmente he apreciado y aprecio, todo aquello que hace de la vida algo delicioso. En otros tiempos pensaba que cuado fuera viejo, me retiraría del mundo y llevaría una vida de “dilettante”, leyendo todos aquellos libros que aún no había podido leer. Visto lo visto, hoy me parece un vano sueño. Un largo hábito de trabajar por objetivos que uno reputa importantes, es muy difícil de abandonar. Pero podría haber entendido demasiado pesado, este género de placer elegante, incluso si el mundo que me rodease hubiera sido algo más justo, placentero y acogedor. Sea lo que sea lo que hubiera podido ser, me es imposible aún encerrarme en mi rincón, e ignorar los acontecimientos.
Muchos de esos, hay tantos, que no dudan jamás de su sabiduría, no dejan de advertirme reiteradamente, que la vejez debería aportarme una serenidad y una amplia visión, para entender que muchos de los males que nos aquejan, no son sino aparentes, y deben ser contemplados como simples medios para alcanzar fines favorables. Me es ciertamente imposible, aceptar ese punto de vista. En la dura realidad que hoy nos toca vivir, esa supuesta “serenidad”, entiendo, sólo se puede dar desde la ceguera o la brutalidad. Contrariamente a lo que se espera tradicionalmente de los mayores, me estoy convirtiendo poco a poco, pero cada día más, en lo que llamaríamos un “rebelde”. Sin tener una naturaleza y unos genes muy rebeldes, el curso de los acontecimientos que hoy sufrimos, me convierte cada día más, en alguien incapaz de aceptar pacientemente todo lo que sucede.
Y en esas andamos.

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de Julio del 2017.