Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 7 de marzo de 2019

MIRABEAU. LA POLÍTICA

Hay un pequeño librito ¿de 1926? “Mirabeau y la política real” de Herbert Van Leisen, que no consigo recordar donde lo leí hace muchos años ¿En la biblioteca de la Facultad de Políticas y Económicas de la Complutense? ¿En casa de mi abuela materna Marie Porcel Bouché? Y hay, por otra parte, la conocida obra de Ortega y Gasset “Mirabeau o el político” de 1927.
Para ambos escritores, Honoré Gabriel Riquetti (9 de marzo de 1749, castillo de Le Bignon, Nemours - 2 de abril de 1791) Conde de Mirabeau, habría sido algo así como el arquetipo del político. Arquetipo, no ideal. No debemos confundir lo uno con lo otro. Tal vez parte de los morbosos desvaríos que hoy vivimos, provenga de habernos obstinado en no diferenciar los arquetipos de los ideales. Estos últimos, son las cosas según estimamos deberían ser. Mientras que los primeros son las cosas en su dura realidad. Si nos acostumbráramos a buscar de cada cosa su arquetipo, evitaríamos, posiblemente, formarnos de esa misma cosa un ideal absurdo.
He recordado algo de todo esto, a raíz de que hace días, una amiga me escribía que para ella, Felipe González era “un ídolo caído”. Son muchos, estimo, los que piensan que el político ideal, el ídolo, sería un hombre, o una mujer, que además de un gran estadista, fuese una buena persona, alguien que no evolucionara en sus ideas, con una vida privada monacal, austera, intachable ¿de acuerdo a que moral? Con el que nos fuera imposible estar en desacuerdo, buen padre de familia, abuelo cariñoso, amigo de sus amigos, simpático, empático, con sentido del humor… ¿es esto posible? Los ideales ¿los ídolos? son las cosas recreadas por nuestros deseos, son “desiderata”.
Mirabeau
Varias veces a lo largo de nuestra vida, deberíamos detenernos a realizar una higiene de nuestros ideales, una lógica de nuestros deseos. Tal vez lo que más diferencia una mente infantil del espíritu maduro – escribía Ortega – es que aquella no reconoce la jurisdicción de la realidad, y suplanta las cosas tal cual son, por sus imágenes deseadas. La madurez comienza cuando descubrimos que el mundo es sólido, que el margen de holgura concedido a la intervención de nuestros deseos es muy escaso, y que más allá de él se levanta una materia resistente, de constitución rígida e inexorable. En ese momento, comenzamos a desdeñar los ideales del puro deseo y a estimar los arquetipos, es decir, a considerar la realidad misma, en lo que tiene de profunda y esencial. El “idealismo” vive de falta de imaginación. Todo aquel capaz de imaginarse realizando con exactitud su abstracto ideal, lo más probable es que sufra una desilusión.
El “ideal” al uso es menos, y no más, que la realidad. Así el atributo de buena persona y otros muchos, que se suele exigir al político ideal, puede que sean fáciles de imaginar y definir; en cambio, todo lo demás que constituye al gran político, no es fácil extraerlo de nuestra minerva, de nuestra mente. Tendremos que esperar humildemente, a que la naturaleza tenga a bien inventarlo. Y se resuelva a parir algún nuevo titán político, como en la historia ha habido. Pero eso sí, una vez que el nuevo esté ahí, todos, ingratos y petulantes, nos apresuraremos a censurar el engendro, porque no tiene las virtudes de un honrado y corriente padre de familia. La humanidad es como aquel que se casa con un artista porque es artista, y luego se queja porque no se comporta como un jefe de negociado.
La política de Mirabeau no tuvo claroscuros, fue diáfana. Como en la historia de su siglo se puede comprobar, fue la obra más clara que se intentó en la Revolución Francesa. Si algo puede causarnos sorpresa y maravilla, es que este hombre, ajeno a las Cancillerías y a la Administración, ocupado en un tráfago perpetuo de amores turbulentos, de pleitos, de canalladas, que rueda de prisión en prisión, de deuda en deuda, de fuga en fuga, súbitamente, con ocasión de los Estados Generales, se convierta en un hombre público e improvise, podría decirse en pocas horas, toda una política nueva, que va a ser la política del siglo XIX, la Monarquía constitucional. Y no vagamente, sino en todos sus detalles, no sólo los principios, sino los gestos, la terminología, el estilo y la emoción del liberalismo democrático.
Pero el pensamiento político, como sabemos, no es toda la política, sino sólo una dimensión de la misma. La dimensión restante es la actuación, la praxis. Seguramente sin haberlo previsto él mismo, Mirabeau encuentra dentro de sí mismo, mágicamente presto, el formidable instrumento para la nueva forma de la vida pública: la oratoria romántica. Relata la historia, que el efecto de su primer discurso fue electrizante. “En el tumultuoso preludio de las Comunas, no se había oído aún nada comparable en fuerza y dignidad; fue como una delicia nueva, porque la elocuencia es el encanto de los hombres reunidos”.
Algunos dirán que todo eso era mera retórica. Ya sería bastante que fuera mera retórica – a ver si un día de estos escribo sobre la importancia de la retórica en política - , pero no, era algo más. Era también su valor personal, característica de los grandes políticos. El valor ante los encrespamientos multitudinarios. Si la Asamblea Nacional se levantaba entera contra él, Mirabeau no se inmutaba, no perdía ni una pizca de su serenidad; al contrario, su mente se aguzaba, penetraba mejor la situación, la hacía transparente, y acababa poniendo de su lado aquella misma Asamblea, unos minutos antes tan arisca y tan fiera con él (a eso los franceses lo llaman “déterminer le troupeau”. Cuentan que en un discurso, Mirabeau le respondió a Robespierre, otro titán: “Joven, la exaltación de los principios, no es lo sublime de los principios”.
Talleyrand
Dotado de una capacidad de trabajo extraordinaria, Mirabeau era un organizador nato. Donde llegaba ponía orden, síntoma supremo del gran político. Ponía orden en el buen sentido de la palabra, que excluye como ingredientes normales policía y bayonetas (Talleyrand, le dijo un día a Napoleón: "Señor, con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa, menos sentarse sobre ellas"). Orden no es una presión que desde fuera se ejerce sobre la sociedad, sino un equilibrio que se suscita en su interior.
Su muerte prematura (42 años) fue declarada desdicha nacional, y su enorme cadáver inauguró el Panteón de los Grandes Hombres. Pero he aquí que poco después, fueron descubiertas las pruebas de su venalidad. Enseguida el pedante que siempre está a punto, a la sazón Joseph Chénier, pidió la palabra en la Asamblea, y propuso que los restos de Mirabeau fueran extraídos del Panteón “considerando que no hay grande hombre sin virtud”. ¡La gran frase!
Todo ello nos plantea una interesante cuestión, que no está entre mis aptitudes contestar ¿Por qué la historia de Mirabeau recuerda tanto a la de Cesar y, en varia medida, la de casi todos los grandes políticos? Con rara coincidencia, el gran político ha repetido siempre el mismo tipo de hombre, hasta en los detalle de su fisiología.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Febrero del 2019.



lunes, 12 de junio de 2017

PSOE (II). EL RELATO

Pasaron las primarias. En toda elección, al menos en las más, se vota futuro. La campaña de Susana Díaz estuvo lastrada por el pasado. En muchos momentos me recordaba a Bono en el 2000: sólo ofrecía una salida autoritaria y aparatera a la crisis del partido. Algo que, debiera haber pensado, no lo iban a votar los militantes. Así que ahora toca pensar en el próximo futuro: el 39 Congreso. Y como escribí un par de veces, estas Primarias han tenido mucho de “proceso constituyente”. Y de esta forma, me parece, deberíamos afrontar el próximo Congreso. De él debería nacer, algo así como una nueva Constitución del PSOE.
Estamos asistiendo, no sólo en España, a una rebelión frente a visiones de la política, en clave de “lo que hay que hacer”. Vivimos días de eso que algún freudiano llamaría “el retorno de lo reprimido”, lo soterrado, lo pasional, que se está cobrando su venganza después de tanta despolitización tecnocrática, moderación y “consenso de centro”. Hoy, para bien o para mal - como escribe Fernando Vallespín - ya imperan otras lógicas mucho más discursivas, preformativas, y de apelación a los afectos. Pedro Sánchez ha sabido marcar el campo político, a partir de una escisión ¿maniquea? entre un “nosotros”, las buenas bases, y un “ellos”, el aparato, señalando así un adversario al que equiparó con el verdadero enemigo, el PP. Acertó, como se ha visto, en la “construcción discursiva del enemigo”, como diría Laclau. Y es que la estrategia de cualquier buen general, consiste en aprovechar el conflicto que abre el contrincante, para redefinirlo. Para volver a establecer el relato adecuado. El futuro – como diría Víctor Hugo – tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes, es la oportunidad.
Estas últimas semanas he recordado con frecuencia, aquel principio de la evolución, según el cual la necesidad crea el órgano. Algo así subrayaba Josep Borrell, en la presentación de su último libro en Barcelona: La hegemonía de las políticas económicas neoliberales, ha provocado la respuesta y el crecimiento, de los que dicen “sí se puede” combatirlas y sustituirlas, mientras el partido socialista, corría el riesgo de quedarse como un partido conformista, el de los que dicen “no se puede”.
Para recuperar la confianza de nuestros votantes, no nos basta, a los socialistas, apelar a nuestro magnífico legado, que los ciudadanos ya han interiorizado y dado por amortizado. Necesitamos liderazgos nuevos y el principal ya lo tenemos. Pero nos son necesarias también ideas nuevas. Un nuevo relato para ser percibidos como una fuerza transformadora y de futuro. Para volver al poder nos es necesario un relato actualizado, que salte por encima de clichés ideológicos ya algo apolillados, y rigideces organizativas arcaicas. Como escribió Macron en la revista de filosofía “Esprit”: “En contra de lo que sostiene una crítica posmoderna de los grandes relatos, nosotros esperamos de la política que anuncie grandes historias”.
Escribía Luis Yáñez ya en 2001, en su libro sobre las primarias Almunia/Borrell, que la política se estaba convirtiendo en un puro oportunismo, con los profesionales de la misma, al servicio de los poderes económicos, mediáticos o financieros. Y los partidos políticos en meras, y no muy buenas, maquinarias electorales, en las que las referencias a las ideas, no sólo son cada vez más escasas sino, lo que es peor, están mal vistas, e incluso son ridiculizadas por los numerosos cínicos, que pululan en la cosa pública.
Un servidor es el quinto contando por la derecha
Tenemos que ser muy conscientes de que a ningún poder constituido, le ha alegrado la elección de Pedro Sánchez. No sólo al aparato del partido, entendiendo como tal el conjunto de cuadros, que ven en peligro su poder y su supervivencia, ante el triunfo de alguien surgido de un ejercicio de pura democracia, y no de los filtros que ellos controlan. Tampoco les ha gustado nada a los otros partidos, especialmente al PP y Podemos. Y menos quizá a los poderes económicos y mediáticos, que saben muy bien que pueden presionar a un político cooptado por sus pares, con mucha más facilidad que a quien no debe su elección a nadie, porque se la debe a todos.
En el 39 Congreso Pedro debe recordar, aunque estoy seguro que ya lo sabe, y si no que se lo pregunte a Borrell, algo que modestamente escribí en mi muro de Facebook hace poco: el poder no se negocia ni se discute, se ocupa, y la autoridad no se solicita, se ejerce. Así que no debe mirar a los lados, para saber que piensan otros, pues el liderazgo se ejerce en soledad, aunque requiera los asesoramientos necesarios, y tenga que convencer a los órganos de dirección y control: La Ejecutiva y el Comité Federal. O sea, debe comportarse como un auténtico líder, para eso lo hemos elegido, ejercer como tal en todo momento. Y esto, me parece, tiene mucho más que ver con la actitud, con la expresión corporal y con los gestos, cosas todas ellas que no se aprenden en los libros.
Decía el gran Maurice de Talleyrand: “En política uno muere para resucitar”. Y él sabía bien de que hablaba. Pedro debe ocuparse básicamente, de comunicar el nuevo relato. No se puede hacer política sin comunicación. Convertir complicadas estrategias en sencillos mensajes. Argumentos jurídicos en eslóganes. Y largos documentos en tuits. El liderazgo de un país y de un partido político, no consiste sólo en la gestión de las cosas corrientes, es, sobre todo, orientar a la gente, hacer pedagogía política, marcar horizontes, señalar cuales son las metas colectivas, el proyecto de país, hacia donde vamos… el relato. La Política, así con mayúscula, no es esencialmente gestión, aunque, por supuesto, haya que gestionar bien, sino la previsión del futuro. Lo que marca la diferencia, opino, entre burocracia y política, es que ésta debe adelantarse a los problemas, prever los cambios que la sociedad está produciendo, interpretar los signos de los tiempos, y plantear a la ciudadanía un horizonte de futuro.
El discurso político no puede ser sólo un discurso técnico, que encadena medidas. Es una visión de la sociedad y de su transformación. Sí creo que el PSOE debe redactar concienzudamente un programa actualizado (casi todo ya está en el documento de la candidatura de Pedro), y convertirlo en un nuevo relato. Dar luz a todo lo que los ciudadanos han entendido, implicaba el eslogan del “No es No”. Porque un relato no sólo sirve para dar explicaciones, o para hacer pedagogía, que también. Un relato sirve para cambiar los términos de la discusión. Como nos recordaba hace un tiempo Víctor Lapuente: el pensador William Riker lo llamó “herestética”, o habilidad de presentar un dilema político, desde un prisma nuevo. Trabajar para seguir siendo alternativa a la derecha, nos exige dotar de nuevos contenidos a nuestro proyecto político, desmarcándonos sin complejos del PP, y tratando de imponer un nuevo lenguaje. “No pienses en un elefante”, como explica George Lakoff en su libro con ese título.
Vivimos en unos momentos de discursos vacíos, gritos, insultos y postureos, pero de muy pocas narraciones formadas. Esta ausencia de narrativas, que den cuenta de donde estamos o hacia donde nos dirigimos, explica en buena medida, el ritmo acelerado de las transformaciones actuales, que no llegan jamás a solidificarse en algo concreto (Y por cierto, en el documento presentado ya hace unos meses por Pedro Sánchez, se habla al inicio de eso: de una nueva “narrativa”, de un nuevo “relato” para el PSOE). Y esa falta de “narrativa", también revela el desarraigo vital circundante y la identidad disuelta. Como nos recordaba Máriam Martínez-Bascuñán: “Se le envejecen a uno las palabras en la boca”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Junio del 2017.