Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 7 de mayo de 2020

ME TENGO POR RACIONALISTA

Como expliqué el otro día en un comentario en facebook, un “amigo” me echó en cara que los “racionalistas” como yo, al no salir de darle vueltas a nuestra razón, e ignorar los hechos, nos equivocamos siempre en nuestros análisis. Es más que probable que muchas veces, me equivoque en mis análisis. Pero no es eso lo que me llamó más la atención, sino el que sean tantos los que no tienen noticia clara, de lo que significan los términos “razón” y “racionalismo”.
Bien es cierto que a los términos “razón” y “racionalismo” les asignamos un sentido amplio, que abarca no sólo a la actividad intelectual, sino también la observación y la experimentación. Pero con frecuencia tienen un sentido distinto, más estrecho, opuesto no a racionalismo, sino a “empirismo”, queriendo señalar la preponderancia de la inteligencia, sobre la observación y la experimentación, por lo cual algunos autores piensan que sería mejor, en este caso, utilizar el término “intelectualismo”.
Pero yo cuando hablo de “racionalismo”, utilizo siempre la palabra, en un sentido que incluye al empirismo, además del intelectualismo. Esto no debería extrañar a nadie, puesto que la ciencia se vale por igual, de la experimentación y del pensamiento. Además utilizo la palabra “racionalismo”, para indicar, aproximadamente, una actitud que procura resolver la mayor cantidad posible de problemas, recurriendo a la razón, es decir, al pensar claro y a la experiencia, más que a las pasiones y las emociones.
Karl Popper
Quizá, para ser más preciso, convendría explicar el racionalismo, en función de las actitudes prácticas o de la conducta. Podríamos decir así, con Popper, que el racionalismo es una actitud, en que predomina la disposición a escuchar los argumentos críticos, y aprender de la experiencia. Fundamentalmente consiste en admitir, que “yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón y, con un esfuerzo, podemos acercarnos los dos a la verdad” (recordar el concepto de “verdad dialógica” en Habermas). En esta actitud no se desecha a la ligera, la esperanza de llegar, mediante la argumentación y la observación cuidadosa, a algún tipo de acuerdo, con respecto a múltiples problemas de importancia, e incluso cuando las exigencias e intereses de unos y otros, puedan hallarse en conflicto, con frecuencia es posible razonar los distintos puntos de vista y llegar a una transacción que, gracias a su equidad, resultes aceptable para la mayoría, sino para todos.
En resumen, la actitud racionalista o, como quizá pudiese llamarse, la “actitud de la razonabilidad”, es muy semejante a la actitud científica, a la creencia de que en la búsqueda de la verdad necesitamos cooperación, y que, con la ayuda del raciocinio, podremos alcanzar, con el tiempo, algo de objetividad.
También es posible que se torne más claro, el significado que otorgamos a la palabra “racionalismo”, si distinguimos entre el verdadero racionalismo, y el falso o pseudo racionalismo. Llamamos “verdadero racionalismo” al de Sócrates, o sea, a la conciencia de las propias limitaciones; a la modestia intelectual de aquellos que saben, con cuanta frecuencia yerran; a la comprensión de que no debemos esperar demasiado de la razón; de que todo argumento, raramente deja aclarado un problema, si bien es el único medio para aprender, no para ver claramente, pero sí para ver con mayor claridad que antes.
Jürgen Habermas
Lo que llamamos “pseudorracionalismo”, es el intuicionismo intelectual de Platón. Es la fe inmodesta en la superioridad de las propias dotes intelectuales, la pretensión de ser un iniciado, de saber con certeza y autoridad. Recordemos que, según Platón, la opinión, incluso la “opinión verdadera” – léase el “Timeo” – es compartida por todos los hombres, pero la razón, o la “intuición intelectual”, es compartida únicamente por los dioses y “unos pocos hombres escogidos”. Este intelectualismo autoritarista, esta fe en la posesión de un instrumento infalible de descubrimientos, o de un método infalible, esta negación de la diferencia, entre lo que pertenece a las facultades intelectuales de un hombre, y lo que proviene de la comunicación con los demás hombres, este pseudorracionalismo, recibe a veces, sí, el nombre de “racionalismo”, pero es diametralmente opuesto, a lo que nosotros, yo, entendemos por dicha expresión.
A mi modo de entenderlo, un racionalista, aun cuando se crea intelectualmente superior a otros, habrá de rechazar toda pretensión de autoridad, ya que tiene conciencia de que, si bien su inteligencia es superior a la de otros (lo cual además no le resultará fácil de juzgar) ello se cumple sólo en la medida, en que es capaz de aprender de la crítica de los demás, de sus propios errores y de los ajenos, y de prestar atención a las razones de los demás. Priva así en el racionalismo, la idea de que el adversario, tiene derecho a hacerse oír, y a defender sus argumentos. Esto supone el reconocimiento de la tolerancia, por lo menos de todos aquellos que no son, en sí mismos, intolerantes. No se mata a un hombre, cuando se adopta la actitud, de escuchar primero sus argumentos. Para mi Kant tenía razón, al basar la “Regla de oro”, en la idea de la razón.
La ética no es una ciencia. Pero aunque no exista ninguna “base científica racional” de la ética, existe en cambio una base ética, de la ciencia y el racionalismo. La idea de imparcialidad, también conduce a la de responsabilidad: no sólo tenemos que escuchar los argumentos, sino que tenemos la obligación de responder, allí donde nuestras acciones afecten a otros. De este modo, en última instancia, el racionalismo se halla vinculado, con el reconocimiento de la necesidad de instituciones sociales, destinadas a proteger la libertad de la crítica, la libertad de pensamiento y, de esta manera, la libertad de los hombres.
La adopción del racionalismo significa, además, que existe un medio común de comunicación, un lenguaje común de la razón. Esta, la razón, establece algo así como una obligación moral para con este lenguaje, la obligación de conservar los patrones de claridad, y de usarlos de tal forma que aquel, el lenguaje, retenga en todo su vigor, su función de vehículo del razonamiento. Y entraña el reconocimiento de que la humanidad, se halla unida por el hecho de que nuestras diferentes leguas maternas puedan, en la medida en que son racionales, ser traducidas de una a otra.
Inmanuel Kant
Se supone con frecuencia, que la imaginación guarda una estrecha afinidad con los sentimientos y, por lo tanto, con el irracionalismo. Y que el racionalismo tiende, en cambio, hacia un seco escolasticismo carente de imaginación. Ignoro si esta opinión, se apoya en alguna base psicológica. Pero a mi lo que me interesa es el plano institucional, mucho más que el psicológico. Y desde ese punto de vista, estimo que el racionalismo estimula el uso de la imaginación, ya que la necesita, mientras que el irracionalismo hace todo lo contrario. El hecho mismo de que el racionalismo sea crítico, en tanto que el irracionalismo tiende hacia el dogmatismo (donde no hay razonamiento posible, donde nada queda fuera de la completa aceptación o negación) lo orienta en esa dirección. La crítica exige siempre, un cierto grado de imaginación, en tanto que el dogmatismo la elimina. La investigación científica y la invención técnica, tengámoslo presente, no son concebibles, sin un uso considerable de la imaginación.
La actitud básica del racionalista: “yo puedo estar equivocado y tú puedes tener razón” exige, cuando se la lleva a la práctica y, especialmente cuando se plantean conflictos humanos, un verdadero esfuerzo de nuestra imaginación. Además, la razón sostenida por la imaginación, nos permite comprender que los hombres situados a remotas distancias de nosotros, a quienes nunca veremos, se nos parecen, y sus relaciones mutuas son como las que nos unen con nuestros allegados.
Todas las anteriores consideraciones demuestran, a mi modesto entender, que el vínculo que une el racionalismo con el humanitarismo, es sumamente estrecho, mucho más, por cierto, que el correspondiente eslabón entre el irracionalismo y la actitud antihumanitaria y antiigualitaria.
Pues eso.


Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Abril del 2020.



martes, 30 de julio de 2019

CONSTRUIR CONSENSOS

En el pasado abril, es decir, mucho antes del penoso debate de investidura de hace unos días, la fina analista Máriam Martínez-Bascuñán, nos recordaba que no hay política sin conflicto, pero tampoco sin la posibilidad de decidir, de gobernar.
No voy a expresar hoy, una vez más, la penosa opinión que tengo de Podemos, desde que apareció por el horizonte. Hoy escribo desde la tristeza que me ha producido, el desempeño de la dirección del PSOE en el pasado debate, o mejor en las negociaciones para la investidura. Me temo que la facilidad con que llegó a buen puerto, la moción de censura del mayo del año pasado, nos ha obnubilado. Parece que no se haya entendido, que entonces se votó contra Rajoy, no a favor de Sánchez. Pedro tiene un gran carisma, que duda cabe, y también una demostrada fuerza de voluntad, unas resistencia y resiliencia patentes. Ahora tiene que demostrarnos que es un buen negociador, un efectivo hacedor de consensos.
Lo que hemos visto estos días, no ha sido una negociación seria. Para negociar se sienta uno a una mesa discretamente, con un “culo di ferro”adecuado, como diría Pertini, para no levantarse de ella, hasta haber cerrado un acuerdo en todos los niveles. No se negocia – por mucho que sea moda de la “nueva política” – a golpes de llamadas telefónicas, tuits, whatsapps y declaraciones precipitadas a los medios. Esto no es una negociación, es una “performance”. “El Gobierno de España no se negocia así”, parece que tuvo que recordar en una ocasión Pedro Sánchez. Ha faltado prudencia, trabajo y altura de miras. Está muy de moda confundir, el necesario ejercicio de transparencia, con la impúdica publicidad. Para llegar a acuerdos difíciles e importantes, es necesario un pacto de privacidad entre interlocutores que se pretenden adultos. Cuanto más se converse seriamente en privado, menos necesarios serán luego, los reproches feroces en el Congreso.
En un horizonte visible, no me parece que se recorte la silueta de un partido con mayoría suficiente, como para gobernar sin acuerdos previos con otros varios. La creación de acuerdos, en todos los aspectos de la vida, implica, de entrada, una cura de humildad personal. La arrogancia y la intransigencia, vengan de donde vengan, son obstáculos insalvables en la política de consenso, la única política posible, a día de hoy, en nuestras sociedades. No sólo porque se imposibilita cualquier acuerdo, sino también porque impide gobernar en el día a día, después de constituido un ejecutivo. Es más, las peleas interpersonales y entre socios de coalición, asquean a los ciudadanos y profundizan la crisis de legitimidad del conjunto de la clase política.
Lo que hoy prima en política a nivel universal no es, desgraciadamente, la búsqueda de zonas de entendimiento, sino la lógica del muro: la construcción de trincheras, regida por la arcaica dialéctica amigo-enemigo, tan schmitteniana ella. Soy muy consciente, que el conflicto es un hecho social ineludible. Es más, que pretender eliminarlo, negarlo, es una característica de los regímenes totalitarios. Por eso toda la tradición democrática, se ha esforzado en buscar un sistema, que permitiera la vida en común reconociendo precisamente, que la disparidad, la pugna y el desacuerdo, no van a dejar de existir. Aunque la democracia, como nos decía Teodorov, a diferencia de otros regímenes, nunca ha pretendido ser infalible.
La emergencia de populismos, ya lo hemos comprobado, ha acrecentado la dimensión conflictual en la arena política, pretendiéndose sin descanso, una suerte de paroxismo de la decisión mayoritaria. Lo que ha venido en llamarse – a mi entender equivocadamente – “crisis de representación”, ha provocado el fraccionamiento de los sistemas de partidos, o si lo preferimos así, de los sistemas de partidos de masas, herederos de los consensos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Asistimos a un escenario de segmentación progresiva, que asienta, a su vez, un fenómeno sorprendente: en lugar de extender los espacios políticos disponibles, paradójicamente los reduce. Una razón de ello, opino, es que la competición electoral ha dejado de buscar el centro político, imponiéndose en su lugar una lucha de bloques, que compiten por los extremos.
Los mandatos que se obtiene de las urnas, son cada vez más complejos de interpretar. Lo escribí hace poco: parece como si los electores, en vez de una papeleta, hubieran introducido en la urna, un grueso libro de reclamaciones. La expresión mayoritaria de la ciudadanía se ha vuelto confusa. Incluso la misma idea de pueblo, el sujeto de la democracia – nos recordaba Máriam – está en disputa. La idea del pueblo como expresión mayoritaria, como el número más grande – nos explica Pierre Rosanvallon – ha dejado paso a la idea de pueblo, como una pluralidad de minorías. No asumir ese cambio está teniendo consecuencias dramáticas. Seguir entendiendo la voluntad general, como la “omnipotencia del hecho mayoritario” (lo debemos asumir con rapidez en el PSOE) puede conducir a experiencias traumáticas, como el Brexit en Inglaterra, o el “procés” en Cataluña.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 27 de Julio del 2019.


domingo, 5 de noviembre de 2017

"MORRINHA" DE MI PADRE

Mi padre perdió una guerra. Una desgarradora y cruel. Pero jamás se rindió, ni aceptó la derrota, en el plano intelectual.
Fui consciente de ello aun siendo muy joven, en un ya lejano verano de los cincuenta, junto a las orillas del Sil, en el Valle de Laciana. Sentados junto a las transparentes aguas del río, mientras mis tres hermanos jugueteaban por el prado o braña, papá comenzó a pensar en voz alta, como hacía con mucha frecuencia, pareciendo dirigirse a Heráclito y/o a la Historia, a través de ese su río que fluía incesantemente. Y entonces lo tuve muy claro para siempre: el combate intelectual se alargaría, hasta el final de la dictadura franquista.
Y en estos días de esencialismos, determinismos y verdades absolutas, añoro a mi padre. Él nunca adoctrinaba, ni siquiera sermoneaba de forma directa. Como digo reflexionaba en voz alta, citando a sus clásicos: Unamuno, Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Besteiro, Azaña… incluso a Franklin D. Roosvelt (en casa había un par de tomos sobre el “New Deal”). Fue un republicano azañista, liberal y demócrata a carta cabal. Un tanto machista, como casi todos los varones de su época, en temas como las labores de la casa y el papel de las mujeres en la sociedad. Pero incluso en este aspecto, sentía y observaba un profundo respeto, hacia el llamado entonce “sexo débil”. Un respeto sí, un tanto a la antigua usanza de los “caballeros”. Era un castellano viejo – aunque de León – un tanto adusto, honrado y reservado. Le costaba expresar a las claras, un afecto o un sentimiento personal, como si hubiera sido educado en la tradición aristocrática inglesa, según la cual es incorrecto manifestar en público, las emociones íntimas. Políticamente nos educó, como en todo, de forma indirecta. En las comidas y cenas de entonces (largas y copiosas, siempre con tres platos, y con toda la familia sentada a la mesa, de la que nadie se levantaba, hasta que lo hacía él) como repito reflexionaba en voz alta, especialmente cuando escuchábamos el informativo, que en aquel tiempo se llamaba aún “El parte”, dándole la vuelta a las noticias propagandísticas que nos endilgaban, presentando una visión alternativa a las mismas, desde un punto de vista republicano, liberal y democrático.
Mis padres en Valldemossa
Él sabía muy bien, que pocas cosas han hecho tanto daño, como la creencia por parte de individuos o grupos (tribus, Estados, naciones o Iglesias) que “únicamente ellos” estaban en posesión de la verdad; y que los que difieren de ellos, no sólo están equivocados, sino que son corruptos y malvados, y necesitan de un freno o, peor, su eliminación. Con frecuencia repetía: que es de una arrogancia increíble y peligrosa, creer que sólo uno tiene razón; que tiene como un ojo mágico que contempla la verdad; y que los demás no pueden tener razón si discrepan. Esto crea en uno la certidumbre de que hay un “fin” y sólo uno, para la nación o la iglesia de cada cual y para toda la humanidad, y que este “fin” merece todo el sufrimiento que sea necesario para alcanzarlo, aunque sea a través de un “océano de sangre hacia el Reino del Amor”, cómo Berlin escribía que dijo Robespierre (aunque parece que las palabras del Incorruptible fueron estas: “Al sellar nuestra obra con nuestra sangre, al menos podemos ver brillar la aurora de la felicidad universal).
Mi padre estaba convencido de que Hitler, Franco, Lenin y Stalin – y yo me atrevería a añadir a los líderes religiosos en las guerras entre cristianos y musulmanes, o entre católicos y protestantes – creían sinceramente en esto: que hay una y sólo una respuesta verdadera, a las cuestiones centrales que han atormentado a la humanidad, y que si uno la conoce – o el líder de uno, o el partido de uno – puede por ella, llegar a ser responsable de mares de sangre. Pero ningún Reino del Amor, como diría Berlin, ha surgido de tal creencia, ni puede surgir. Hay muchas formas de vida, de creencias, de comportamientos. El mero “conocimiento” que proporcionan la historia, la antropología, la literatura, el arte, el derecho… deja claro que las diferencias de culturas y caracteres, son tan profundas como los parecidos. Y que no nos empobrece esta rica variedad: el “conocimiento” nos abre las ventanas del espíritu, y hace a las personas más sabias, más agradables y más civilizadas. Al contrario su ausencia, alimenta los prejuicios irracionales, los odios, el horrible exterminio de los herejes, y de todos los “diferentes”.
Mi hermano Miguel con mi madre, yo con mi padre
Mi padre admiraba las instituciones británicas, aunque él era bastante afrancesado, después de vivir un año en Lyon, adiestrándose en la industria del curtido de pieles. Nos explicaba – cuando aún éramos unos jovencitos los cuatro hermanos - que los elementos más valiosos, o de los más valiosos, de la tradición británica (siguiendo en esto a otro de sus autores preferidos: Salvador de Madariaga) son precisamente los relativos a la libertad respecto al fanatismo y la monomanía política, racial y religiosa: llegar a acuerdos con aquellas gentes con las que no simpatizamos, o que no entendemos, es fundamental para cualquier sociedad decente; nada es más destructivo que la feliz sensación de infalibilidad de uno mismo, o de la propia nación, o del propio partido, pues conduce a destruir a otros, con la conciencia tranquila de quien está haciendo el trabajo de Dios, o de la raza superior, como también escribe Berlin. El único remedio a esto, es “comprender” como viven otras sociedades, en el espacio o en el tiempo: y que es “posible” vivir de formas distintas a las de uno mismo, y ser enteramente humano, merecedor de cariño, de respeto y, al menos, de “curiosidad”.
La certeza intuitiva, no es un sustituto para el conocimiento empírico, cuidadosamente comprobado, y basado en la experimentación y en la discusión libre entre los hombres: los hombres de ideas y los espíritus libres, son las primeras víctimas de los totalitarismos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Abril del 2017.