Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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martes, 21 de noviembre de 2017

OPINIONES A CONTRACORRIENTE, IMPOPULARES

Leí hace ya un tiempo un artículo de John Carlin en El País, en el que explicaba porqué el veía el mundo actual con optimismo. Un magnífico artículo, de esos que a uno le deprimen, al comprobar lo lejos que está de poder escribir algo así. Y he debatido con frecuencia con mis amigos, sobre el pesimismo y el optimismo. Algo que tiene que ver con nuestro carácter, con nuestros genes y con las experiencias vividas. Puede que yo sea un optimista antropológico, como me califican algunos, pero también pienso si no será, que yo enfoco la realidad desde un punto de vista más positivo. Y desde Ortega ya sabemos que una misma realidad, puede ser observada desde perspectivas diferentes. Seguirá siendo la misma, pero cada uno la veremos distinta.
Los filósofos, incluso los simples “amateurs” como yo, tienen, tenemos, una cierta obligación de pensar en dirección contraria a la mayoría. Es la única forma de someter a prueba, las ideas comúnmente aceptadas. Un “espíritu libre” era para Nietzsche, una persona que piensa de manera diferente, a lo que uno podría esperar atendiendo a sus orígenes y su cultura.
Ojo, soy muy consciente de lo de Trump, del Brexit, de los neo fascismos que campan por toda Europa, de los populismos de toda laya que han emergido por doquier, de la moda de las posverdades o “hechos alternativos”, de la indignación explicable de millones de ciudadanos, ante las recetas injustas para combatir la enorme crisis que nos ahoga, de la ola de inmigrantes que buscan refugio, de los terribles atentados terroristas… y sin embargo…
Comencemos observando la realidad de la política o, mejor, de los políticos. ¿Somos los españoles vanidosos, respecto a nuestros políticos? Pues sí, me parece que sí. Y somos vanidosos, porque presumimos que todos nosotros, somos mucho mejores que ellos. Aunque somos nosotros, y no los ángeles del cielo, quienes venimos eligiéndolos libremente, desde hace casi cuarenta años ya. Nuestros políticos no han sido arrojados, “geworfen”, a la vida, como hubiera dicho Heidegger. Ni han caído de Marte. Y como escribe Bertrand Russell, en su espléndida “Autobiografía”: “La democracia tiene al menos un mérito, un representante del pueblo no puede ser más idiota que sus electores, pues, por idiota que sea, los otros lo habrán sido mucho más al elegirlo”.
Leí unas declaraciones en Le Monde, del conocido filósofo francés Michel Serres, con motivo de la publicación de su nuevo ensayo “Darwin, Bonaparte y el Samaritano”. En las que, con respecto a Europa, decía que “vive la época de paz y prosperidad más larga, desde la guerra de Troya”. Y que la gente vive más y mejor, y que la concordia va sustituyendo a la discordia, que ha caracterizado el pasado entero de la humanidad. “El tsunami de los refugiados es bien significativo”, añade Serres, “¿a dónde quieren ir estos nuevos parias de la tierra? A nuestra casa, a Europa, porque vivimos en paz y prosperidad”. Y la edad de Serres, 86 años, es significativa. Algo tiene que ver la memoria con la tonalidad pesimista u optimista, con que vemos el mundo. “A la vista de lo que he vivido en el primer tercio de mi vida”, mantiene el filósofo, “ahora vivimos en tiempos de paz, y osaría decir que incluso Europa occidental, vive una época paradisíaca”. Lo de Siria, lo de Alepo, lo de Irak es un espanto, sí. Lo de los inmigrantes que desean entrar en Europa, también. Pero si logramos apartar la vista, aunque sea por un momento, de las espantosas imágenes de los medios, y abrimos los ojos al panorama global, y lo miramos históricamente, tendremos que reconocer que vivimos en un era de paz sin precedentes, y que desde 1946, el número de victimas en guerras, ha disminuido en proporciones gigantescas. “Las cifras facilitadas por la Organización Mundial de la Salud, informan de que la causa menos frecuente de muerte en la actualidad, es guerras, violencia y terrorismo. Muere infinitamente más gente a causa del tabaco (¡y yo con mis pipas!) y por accidentes de coche”. Así que hay una gran contradicción, entre el estado real de las cosas y la forma en que las estamos percibiendo, porque vivimos como si estuviésemos inmersos en un estado de violencia perpetua, pero eso no es real en absoluto.
Y la opinión de Serres no es única. Lluis Bassets, en El País, nos contaba como Steven Pinker ha demostrado, en su ensayo “Los ángeles que llevamos dentro”, la radical disminución de la violencia y de la guerra en el mundo. El optimismo parece ser ahora cosa de los viejos que sabemos de donde venimos, y el pesimismo de los jóvenes, disconformes con el mundo de hoy. Decía en El País Semanal, la ya muy mayor filósofa Agnes Heller (Budapest, 1929) discípula del filósofo marxista Georg Lukács: “Si comparo la Europa de hoy con la de mi juventud, la de la II Guerra Mundial, el Holocausto y el comunismo, claro que estoy feliz con el mundo en que vivimos. Y Pinker, por su parte, añadía: “No estamos en un mundo en guerra como mucha gente cree, sino que vivimos en un mundo, donde cinco de cada seis habitantes, habitan en regiones amplia o enteramente, libres de conflictos bélicos”.
Y aun hay más. El economista e historiador Johan Norberg, ha ampliado el ángulo de esta visión optimista sobre la historia de la humanidad, en su ensayo “Progreso. Los motivos para tener esperanza en el futuro”: “A pesar de lo que escuchamos en las noticias, y en boca de muchas autoridades, la gran historia de nuestra era, es que estamos presenciando la mayor mejora en los estándares de vida globales, que han tenido lugar jamás”.
Nietzsche
Entonces ¿si todo va bastante bien, por qué muchos creen que todo va rematadamente mal? Lluis Bassets adelanta algunas posibles explicaciones:
Primera: la memoria. Las nuevas generaciones, que están incorporándose a la vida política, no tienen la experiencia de dos guerras mundiales, ni de una guerra civil, ni de dictadura alguna. Para ellos la paz y la prosperidad son datos objetivos e inmutables de su realidad, aunque ésta, naturalmente, presente aún muchos y notables defectos.
Segunda: el periodismo y el rumbo digital e instantáneo que ha tomado. A los periodistas les interesan exclusivamente las malas noticias, como las guerras, los crímenes, los desastres naturales, el hambre…
Tercera: el pesimismo en la biología. Según Norberg: Estamos seguramente construidos, para estar preocupados. El miedo y la ansiedad, son armas para la supervivencia.
Cuarta: la política. Parece evidente, que no sabemos gobernar bien este nuevo mundo. Seguro que el mundo es mejor hoy, como son mejores nuestras vidas. Pero si no sabemos gobernarlo, podemos convertirlo en peor, retrocediendo a épocas pasadas.
En su libro, publicado aquí en España hace unos meses, “El viaje de Nietzsche a Sorrento”, Paolo d’Iorio nos recuerda una cita de Spinoza, que el filósofo alemán había apuntado en sus cuadernos de viaje: “El hombre libre no medita sobre la muerte, sino sobre la vida”. Nietzsche, en Sorrento, se convierte en abogado de la vida, en una época en la que estaba muy de moda ser pesimista. Sus contemporáneos estaban convencidos, de que el mundo se dirigía hacia la nada. Y él decide reafirmar la vida, y se opone a las teorías que la condenan, incluido el cristianismo. Superando entonces, la vertiente más dura y negra del nihilismo, la de su maestro Schopenhauer. Este Nietzsche, nos puede servir para reafirmar un pensamiento laico, escéptico, paródico y antirreligioso, y para entender hasta que punto, las sombras de dios siguen estando presentes en nuestra cultura, pese a que algunas veces ya no las veamos.
¿Todo puede cambiar en un próximo futuro? Pues sí. Pero no estaría mal recordar que, al menos aún hoy, la humanidad tiene más motivos para darse un pequeño aplauso, que para hundirse en la desesperación.
Escribía no hace tanto Javier Gomá (director de la Fundación Juan March): “Esta es la mejor época de la historia que se ha podido vivir ¿En que otra época te habría gustado vivir si hubieras sido extranjero, enfermo, disidente, preso, emigrante…?” Y, sin embargo, cunde la melancolía y el malestar, algo que según Gomá tiene tres explicaciones: “Porque el éxito de las democracias es compatible con el sentimiento individual de infelicidad; porque hay miedos que vienen de la opulencia y no de la escasez; y porque tras el marxismo la cultura es siempre perversa, hay desconfianza hacia ella”.
A mi entender (ya lo he dicho, soy un optimista) en el fondo de todo fatalismo, de todo pesimismo, aunque nos parezca increíble, hay siempre ciertas dosis de optimismo. Como no hay jamás sombra, sin luz. Y en los momentos de máxima angustia, rememorar el pasado puede ser un acto salvador. Deberíamos releer a Stefan Zweig “El mundo de ayer. Memorias de un europeo” que, reescrito ahora con conocimiento de causa, podría titularse: “La reacción”.
La desesperación y la esperanza, son dos caras de la misma moneda de la condición humana”, escribe George Steiner. Yo elijo la segunda. Pues siempre he tenido a bien, renegar del catastrofismo: nada sin causa y nada sin solución. Meciéndose en la voluptuosidad de la rabia y la desesperación, nada se arregla. Hay motivos para la esperanza. Así, al menos, lo veo yo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 31 de Enero del 2017.



martes, 30 de mayo de 2017

UTOPÍA

El otro día, en respuesta a “La desilusión de los ilusos”, que publiqué en facebook, un amigo me contestaba: “Pues yo quiero seguir soñando con la utopía”. Me parece bien, pensar y soñar son las únicas cosas que nunca logró erradicar, ni la más sanguinaria de las dictaduras. Y si no soñáramos con algo mejor, jamás daríamos el siguiente paso: trabajar por ello. Y aún viviríamos en las cavernas. Pero ilusionarse sólo por una utopía (“proyecto, deseo o plan ideal, atrayente y beneficioso, generalmente para la comunidad, que es muy improbable que suceda o que en el momento de su formulación es irrealizable”) y no por algo más alcanzable, me parece andar un camino, que termina muy pronto en la desilusión y la frustración.
Escribía Ortega en “La doctrina del punto de vista”: “Todo conocimiento lo es desde un punto de vista determinado. La ‘species aeternitatis’ de Spinoza, el punto de vista ubicuo, absoluto, no existe propiamente: es un punto de vista ficticio y abstracto. No dudamos de se utilidad instrumental, para ciertos menesteres del conocimiento; pero es preciso no olvidar, que desde él no se ve lo real. El punto de vista abstracto, sólo proporciona abstracciones”.
El error inveterado, me parece, consiste en suponer que la realidad tiene por sí misma, e independientemente del punto de vista que sobre ella se tome, una fisonomía propia. Pero es el caso que la realidad, igual que un paisaje, tiene infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y auténticas. La sola perspectiva falsa, es esa que pretende ser la única. Dicho de otra manera: “lo falso es la utopía, la verdad no localizada, vista desde “lugar ninguno” (Ortega). Y una idea forjada, sin otra intención que hacerla perfecta como idea, cualquiera que sea su incongruencia con la realidad, es precisamente lo que comúnmente llamamos “utopía”.
A lo largo de la historia, cada revolución se ha propuesto la vana quimera, de realizar una utopía más o menos completa. El intento, inexorablemente, ha fracasado. Y el fracaso suscita el fenómeno gemelo y antitético de toda revolución: la contrarrevolución. Interesante sería, en otro momento, mostrar históricamente como ésta (la contrarrevolución) no es menos utopista que su hermana antagónica, aún cuando es menos sugestiva, generosa e inteligente. El entusiasmo por la razón pura no se siente vencido y vuele a la lid. Otra revolución estalla, con otra utopía bordada en sus pendones, modificación de la anterior. Nuevo fracaso, nueva reacción; y así, sucesivamente, hasta que la conciencia social comienza a sospechar, que la falta de éxito no es debida a la intriga de sus enemigos, sino a la contradicción misma del propósito.
El programa utópico acaba revelando su interno formalismo, su pobreza, su sequedad, en comparación con el raudal jugoso y esplendido de la vida. A la política de meras ideas, sucede una política de cosas y de hombres. Se acaba por descubrir que no es la vida para la idea, sino la idea, la norma para la vida. O como nos recuerda Ortega que dice el Evangelio: “el sábado por causa del hombre es hecho, no el hombre por causa del sábado”.
Sobre todo – y éste es, me parece, un síntoma muy importante – la política toda pierde su presión, desaparece del primer plano de las preocupaciones humanas, y queda convertida en un simple menester, como otros tantos que son ineludibles, sí, pero no atraen el entusiasmo, ni se sobrecargan de un patetismo solemne y casi religioso.
Cuando llega el ocaso de las revoluciones, a la gente le parece este fervor de las generaciones anteriores, una evidente aberración de la perspectiva emocional, sentimental. La política no es cosa que pueda ser exaltada, a tan alto rango de esperanzas y respetos. El alma racionalista – nos recuerda Ortega – la ha sacado de quicio, esperando demasiado de ella. Cuando este pensamiento comienza a generalizarse, concluye la era de las revoluciones. Al alma revolucionaria, conocemos por la historia, no ha sucedido nunca un alma reaccionaria, sino, más bien, un alma desilusionada. Es la inevitable consecuencia psicológica, que dejan los espléndidos siglos idealistas, racionalistas; centurias de dilapidación orgánica, borrachas de confianza, de seguridad en sí mismas, grandes bebedoras de utopía e ilusión.
José Ortega y Gasset
La misma tendencia que en su forma positiva, conduce al perspectivismo, en su forma negativa, significa hostilidad al utopismo. La concepción utópica, es la que se crea desde “ningún sitio”, y que, sin embargo, pretende valer para todos. Querer ver algo, y no querer verlo desde un preciso lugar, es un absurdo. La propensión utópica, sí, ha dominado la mente europea durante toda la época moderna: en ciencia, en moral, en religión, en arte… Ha sido menester todo el contrapeso del enorme afán de dominar lo real – específico del europeo – para que la civilización occidental, no haya concluido en un gigantesco fracaso. Porque lo más grave del utopismo, no es que dé soluciones falsas a los problemas – científicos o políticos – sino algo peor: es que no acepta el problema – lo real – según se presenta; antes bien y “a priori”, le impone una caprichosa forma.
La desviación utopista de la inteligencia humana comienza en Grecia, y se reproduce dondequiera llegue a exacerbación el racionalismo. La razón pura construye un mundo ejemplar, con la creencia de que él es la verdadera realidad y, por tanto, debe suplantar a la efectiva. La divergencia entre las cosas y las ideas puras es tal, que no puede evitarse el conflicto. Pero el auténtico racionalista no duda de que en él – en el conflicto – le corresponde ceder a lo real. Y esta convicción – opina Ortega – es la característica del temperamento racionalista.
Claro es que la realidad posee dureza sobrada, para resistir los embates de las ideas. Entonces el racionalismo busca una salida: reconoce que, “por el momento”, la idea no se puede realizar, pero que lo logrará en “un proceso infinito” (Leibnitz, Kant…). El utopismo toma la forma de “ucronismo”, ese pecado que consiste en cegarse, no a esta o aquella realidad histórica, sino a cualquier realidad histórica, consiste en pensar, en el fondo de uno mismo, que es Adán y que el mundo es nuevo, y que no ha habido nada, que no existe nada, que ahora toda va a crearse de golpe y de una vez.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Mayo del 2017.


domingo, 1 de enero de 2017

LOS JÓVENES Y YO

Actualmente algunos de los militantes más apasionados del PSOE, tienden a identificar, descuidadamente o adrede, la dicotomía entre la vieja política y la nueva, como igual a viejos y jóvenes en edad cronológica. Lo bueno tiene menos de 40 años, lo de más de 50 ya es caduco. Como todas las generalidades, ésta me pone muy nervioso, quizá más porque me implica muy directamente. Y después de releer hace unos días “La deshumanización del arte” de Ortega y Gasset, se me ocurrieron estas reflexiones:
Lo que hemos dado en llamar “nueva política”, se ha convertido en un hecho a escala universal, olvidando que siempre en lo nuevo hay mucho de viejo, y en lo vetusto algo de moderno. Los jóvenes más atentos de las nuevas generaciones, en París, Atenas, Londres, Nueva York, Madrid, etc. coinciden en que la política tradicional no les interesa nada, más aún: les repugna. Y entonces los veteranos, la vieja guardia (los “pata negra” como nos llamaban en los años ochenta) no sabemos que hacer con ellos: o los fusilamos directamente, o nos esforzamos en comprenderlos. Después de mucho leer y reflexionar, yo he adoptado resueltamente, por la segunda opción.
Lo caprichoso, lo arbitrario y, en consecuencia, estéril, sería, opino, resistirse a lo nuevo y obstinarse en la reclusión dentro de formas y modos ya arcaicas, exhaustas y periclitadas. En política como en moral, no depende el deber de nuestro arbitrio; hay que aceptar el imperativo de trabajo, que la época nos impone. Esta docilidad a la orden del tiempo, es la única probabilidad de acertar que como individuos tenemos. Aun así, pienso con frecuencia, quizá no se consiga nada; pero es mucho más seguro su fracaso, si uno se obstina hoy en componer una ópera wagneriana, o escribir una novela naturalista.
Jóvenes
En política suelen ser nulas todas las repeticiones. Cada nuevo estilo que aparece en la historia, puede engendrar cierto número de formas diferentes, dentro de un tipo genérico. Pero llega un día en que lo que fue magnífica cantera, se agota. Es un error ingenuo, creer que la esterilidad actual de la política, se debe a la ausencia de talentos personales. Lo que acontece es que se han agotado las combinaciones posibles, dentro del viejo sistema político. Por esta razón, pienso que debe juzgarse venturoso, que coincida con este agotamiento, la emergencia de nuevas sensibilidades, capaces de anunciar nuevas canteras aún intactas.
Debemos observar que una misma realidad, se quiebra en realidades divergentes, cuando es mirada desde puntos de vista diferentes. Si yo subo al Galatzó, abajo al Este, contemplaré el largo y bonito Coll des Carniceret. Si al mismo tiempo mi hijo David, se ha encaramado a los Puntals de Planicia, admirará el mismo collado al Sur. Los dos estaremos contemplado al unísono la misma realidad. Pero los dos la veremos diferente. Y entonces nos preguntamos: ¿cuál de esas dos realidades es la verdadera? Cualquier decisión que tomemos puede ser arbitraria. Nuestra preferencia por una u otra, sólo puede fundarse en nuestra estimación. Todas esas “realidades” son equivalentes, cada una la autentica para cada perspectiva. Lo único que podemos hacer, es clasificar estos puntos de vista y elegir entre ellos, el que prácticamente nos parezca más “normal” o más espontáneo.
Soy muy consciente de que para que podamos ver algo, para que un hecho se convierta en simple objeto contemplado, es menester separarlo de nosotros, y que deje de formar parte viva de nuestro ser. Y de que algo así debiera hacer yo, cuando intento analizar con objetividad, la crisis en el PSOE. Pero no me resulta nada fácil. Mi historia me como obliga a interesarme seriamente en lo que ocurre, siento como si llevase en ello cierta responsabilidad. La escena se apodera de mí, me arrastra al interior del hecho. Pero también reflexiono, en contradicción, que si me alejo demasiado de esa dolorosa realidad, perderé con el hecho todo contacto sentimental. No participaré ya sentimentalmente en lo que allá acaece, me hallaré espiritualmente exento y fuera del suceso. No lo viviré, simplemente lo contemplaré. Me traerá sin cuidado cuanto pasé allí. Estaré, como suele decirse, a cien mil leguas del suceso. Mi actitud será meramente contemplativa, más aún: no lo contemplaré en su integridad, el doloroso sentido interno del hecho, quedará fuera de mi percepción. Sólo me llegará lo exterior del mismo, las luces y las sombras, los valores cromáticos. Maximun de distancia, minimun de intervención sentimental.
Impresionismo
El otro día en una charla en el “ies Guillem Sagrera”, al final en el turno de preguntas, me preguntó una chica ¿pero a usted que le gusta más, la vieja o la nueva política? Bueno, gustar, gustar, le contesté, la vieja política con sus protocolos y sus formas y tradiciones, con sus apasionados debates pero educados y respetuosos, con la buena relación personal con los adversarios por encima de las opiniones diversas. Pero también me gusta más Sinatra, que cualquiera de los ruidosos cantantes actuales. Y el impresionismo en pintura, antes que los cuadros de hoy que no me llegan. Y Stendhal mucho más que el cretino de Reverte. Pero no se trata de “gustar”, se trata de aceptar el imperativo de nuestra época, o resignarnos a ser arrumbados al baúl de los recuerdos. Y yo aún no me resigno a ser expulsado del hoy.
En cada una de esas dos posturas hay grados diferentes de participación sentimental. Situados en la una nos encontramos con un aspecto del mundo que es la realidad “vivida”, en la otra vemos todo su aspecto de realidad “contemplada”. Pero entre esos diversos aspectos de la realidad, que corresponden a los diferentes puntos de vista, hay uno del que derivan todos los demás, y en todos los demás va supuesto. Si no hubiese alguien que viviese en pura entrega y frenesí, el hecho contemplado nos sería ininteligible. Un cuadro, una poesía, donde no quedase resto alguno de las formas vividas – escribía Ortega – serían ininteligibles, es decir, no serían nada. Quiero decir que en la escala de las realidades, corresponde a la realidad “vivida” una peculiar primacía, que nos obliga a considerarla como “la” realidad por excelencia. Podríamos afirmar, pues, que el punto de vista humano, es aquel en que “vivimos” las situaciones, las personas, las cosas. Y viceversa, son humanas todas las realidades, cuando ofrecen el aspecto bajo el cual suelen ser vividas.
¿Por qué tendríamos que tener hoy razón los viejos contra los jóvenes, siendo así que – como nos muestra la historia - el mañana da siempre la razón a los jóvenes contra la vieja guardia? Sobre todo no nos conviene, me parece, indignarnos ni pontificar gritando. “Dove si grida non è vera scienza” dijo Leonardo da Vinci; “Neque lugere neque indignari, sed intelligere”, recomendaba Spinoza. Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros límites, nuestros confines, nuestra prisión. Parca sería nuestra vida si no aleteara en ella, un afán formidable de ampliar sus fronteras. Se vive en la proporción, en que se ansía vivir más. Toda obstinación en mantenernos dentro de nuestro horizonte habitual, significa debilidad, decadencia de las energías vitales. El horizonte es también una línea biológica. Mientras gozamos de plenitud, el mismo emigra, se dilata, ondula elástico casi al compás de nuestra respiración. En cambio, cuando el horizonte se fija, es que se ha anquilosado. Y que nosotros, ahora sí, ingresamos en la vejez.
Pues eso, a seguir dilatando los horizontes.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Diciembre del 2016.