Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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domingo, 7 de agosto de 2016

LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN

Decía Claudio Magris, que si supiera como, regalaría a todos aquellos que tienen entre sus ocupaciones y pasiones la política, esa obra de arte, ese opúsculo de Max Weber, que es “La política como profesión”.
Por “profesión” – en alemán “Beruf” – evoca también Weber (con “pathos” religioso protestante) la vocación, o la “llamada”, a la que se refiere también Michael Ignatieff, en su maravillosa obra “Fuego y cenizas”. En las pocas páginas de su genial ensayo, Weber traza la frontera entre la esfera de lo que es racionalmente demostrable, y la de los valores, las fes y los afectos, que constituyen una certeza vivida en el ánimo y, a veces, un ideal supremo, pero de los que no podemos pretender, dar una demostración lógica, aunque no por ello sean menos importantes. Y esa claridad, es la esencia de la laicidad.
En su libro, Weber distingue dos formas fundamentales de la acción política, inspiradas respectivamente el la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad" (ya he escrito diversas veces sobre esto). Quien sigue la primera intenta actuar obedeciendo puntillosamente, únicamente a sus propios principios, sin dejarse turbar por las consecuencias de su comportamiento. Quien se inspira en la segunda, piensa en cambio, no sólo en la pureza de sus principios, sino también y sobre todo, en las consecuencias de sus actos. No se preocupa tanto de salvar lo inmaculado de su propia alma, como de salvar al mundo y a los demás.
Ambos comportamientos, también analizados agudamente por Giovanni Sartori (Licenciado en Ciencias Sociales en la Universidad de Florencia) tienen sus méritos y sus peligros. La “ética de la convicción”, elevado testimonio y fermento de la conciencia, como apunta Magris, puede degenerar en fanatismo abstracto; la de la “responsabilidad” en la indolencia, y en las más generalizadas y abyectas componendas, en la vileza de quien dice “tengo familia” y se echa para atrás.
Como Magris, también yo pienso que hoy en día, asistimos a un eclipse de la “ética de la responsabilidad”. Quizá podríamos decir, generalizando, que la derecha es con frecuencia cínicamente responsable, y la izquierda bobaliconamente irresponsable. A la primera le importan un pimiento los principios, y persigue con coherencia sus objetivos e intereses, en las formas y modos que le parecen más adecuados, para alcanzar sus fines. La izquierda por su parte, está llena de gente deseosa, sobre todo, de dar siempre su opinión, de airear sus propios sentimientos, sus rabias, sus desilusiones, y de exhibir la nobleza y la sensibilidad de su alma bella, sin preocuparse de si los modos y las formas, en que todo ello se lleva a cabo, ayudan objetivamente o bien perjudican, a la afirmación y la defensa de los valores en que se cree y por los que se combate. Y por los cuales, si de veras se cree en ellos, y no solamente en el propio estado de ánimo, haría falta estar dispuesto a sacrificar algo, incluidas – si fuera necesario – las efusiones del propio estado de ánimo. Hay que llevar mucho cuidado con el viejo dicho de “pereat mundus et fiat justitia” (“perezca el mundo y hágase justicia”). Porque el sentido de la “responsabilidad”, si bien liberado de todo fanatismo, sigue siendo la premisa de toda auténtica acción humana y política; si desaparece no queda nada.
Giovanni Sartori
Si el tiro al blanco sobre los propios líderes, se convierte en la izquierda – como parece hoy – en un difundido deporte alegremente autodestructivo, la partida está perdida; y una fuerza política se transforma en una caseta de feria, en la que se tiran media docena de bolas por unos euros. Y en este clima sentimentaloide, quien trabaja en un partido, incluso quien lo dirige, inspirándose en la “responsabilidad”, aparecerá a menudo, como una persona gris y prosaica.
Responsabilidad” significa pagar el precio y la renuncia, que toda acción exige (Es el concepto que, resumido, figuraría igualmente en la divisa de la familia Finch-Hatton – el amante de Isak Dinessen, Baronesa Von Blixen, en “Memorias de África” - “Je responderay”), no pretender a la vez, como se dice, estar en misa y repicando. Y la vida política se hace en muchos lugares, igualmente legítimos siempre y cuando se respeten las leyes y las reglas fundamentales de la democracia: en el parlamento, en las plazas, en las sedes de los partidos, en las asociaciones, en el ejemplo dado en el puesto de trabajo, y hoy también en las redes sociales y en los múltiples blogs. En todos estos casos y lugares, lo que cuenta, o debería contar, escribe Magris, es volver a casa, por la noche, contentos no sólo de haber cantado y gritado, las canciones y eslóganes que conmueven a nuestros corazones, o de haber tronado contra el adversario, sino sobre todo, si ello fuera posible, de haber convencido al menos a un elector de la otra parte, a cambia la próxima vez su voto.
Pues eso, al tajo.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Agosto del 2016.

jueves, 2 de abril de 2015

Política. La llamada

Michael Grant Ignatieff (n. 12 de mayo de 1947), CPRC (Consejero Privado de la Reina por Canadá). escritor, académico y expolítico canadiense. Fue el líder del Partido Liberal de Canadá y de la Oposición Oficial desde 2008 hasta 2011. Conocido por su obra como historiador, Ignatieff ha ocupado puestos académicos en la Universidad de Cambridge, la Universidad de Oxford, la Universidad Harvard y la Universidad de Toronto.

Entré en contacto con Ignatieff, a través de la lectura de su magnífica biografía de Isaiah Berlin, el gran filósofo político liberal. Y no hace mucho me he leído su interesante “Fuego y cenizas”, en la que narra su desastroso paso por la política, como líder del Parido Liberal de Canadá. Es un magnífico, a mí entender, análisis de lo que significa hoy dedicarse a la política. Y el capítulo final de este libro “La llamada” me ha emocionado, pues además de coincidir totalmente con las ideas que expresa, me parece una lúcida y responsable llamada, a seguir la vocación política (muy a pesar de su dureza) como el mejor servicio a los intereses más nobles de los ciudadanos.
“Podrías pensar que la política no es más que un juego sucio que no tiene nada que ver contigo. Espero que al acabar de leer el libro hayas llegado a una conclusión muy distinta: que constituye un noble combate que necesita un autocontrol, un buen juicio y una fortaleza interior mayores de lo que nunca podrías haber imaginado poseer. La nobleza reside en la lucha por defender aquello en lo que crees y animar a otros a luchar para mantener lo mejor de nuestra vida en común como pueblo. El reto está en intentar cambiar lo que debe cambiar y en proteger lo que debe ser protegido, y en saber diferenciar entre ambos”.
Sinceramente no podría decir cuando me llego a mí la “llamada”. Como ya he escrito algunas veces nací en el seno de una familia política, y desde jovencito ya sentía dentro de mí ese reclamo de la política. Recuerdo que ya a los 16 años, cuando comencé a trabajar en el comercio de mi padre, antes de la hora cerrar, en el anverso de las hojas de caja antiguas, escribía cortos textos sobre temas políticos ¿Qué otra cosa podía hacer políticamente, en los tiempos más oscuros de la dictadura? Pero en 1974, cuando le confesé a mi padre que me había afiliado al PSOE, me mostró su preocupación por mi seguridad, me aconsejó reiteradamente que llevara mucho cuidado, y que procurara no acumular un exceso de carga emocional en mi vocación política. Pero sus consejos no sirvieron (él ya lo sabía) para evitar que yo pusiera toda mi pasión en ella. Entré en la política real con una pesada carga emocional, y pagué un precio por ello. Pero no me arrepiento, es mejor haber pagado que haber vivido una vida a la defensiva, que habría sido una vida vivida sin plenitud.
Igual que Ignatieff, pienso que abrazar la vida política implica dejar a un lado la inocencia. Implica estar dispuesto a pagar los costes aun antes de saber a cuanto va a ascender la factura. Implica conocerte bien a ti mismo y ser inamovible en los motivos por los que abrazaste la política. Implica saber que no puedes tener éxito a menos que la gente que debe elegirte, esté convencida de que estás ahí por ellos. Pero si creen en ti, estarán contigo en los buenos tiempos y en los malos. Su lealtad no es algo a lo que tengas derecho sino que te la tienes que ganar día a día (este, me parece, es un punto que hoy muchos ya han entendido, debido a la actual desafección hacia los políticos). Te haces acreedor a esta lealtad siendo quien dices ser y demostrando que estás de su parte. Si te prestan atención, permanecerán contigo incluso cuando estén en desacuerdo, y confiarán en ti como líder si creen que tus convicciones son sinceras. Deben notar que eres una persona íntegra y que estás esforzándote por ellos.
El antagonismo es la esencia de la política (incluso dentro del propio partido) y se necesita el temperamento de un luchador si se quiere sobrevivir. Los ciudadanos no van a apoyar a alguien que no sabe como defenderse. No cabe duda de que duele que nos ataquen, pero no es más que un acto de vanidad tomárselo personalmente. Quizás convertirse en adulto, signifique aprender a no tomarse las cosas como algo personal: “defiende tu honor y tu integridad a toda costa, pero nunca dejes que tu yo más íntimo se vea afectado por un ataque personal”. No des a tus adversarios esa satisfacción. Y especialmente defiende siempre tu posición, tu derecho a ser escuchado.
Debemos, a toda costa, mantener la fe en el buen juicio de los ciudadanos, sin que nos desanime el número de veces que su voto no nos sea favorable. Si dejamos de creer en la racionalidad última de los votantes, no poseeremos la fuerza necesaria para hacer que la democracia funcione. La democracia sólo merece su privilegio moral, si existen buenas razones para creer en el buen juicio de los ciudadanos. En ocasiones puede resultar muy difícil aceptar su veredicto, pero lo cierto es que no disponemos de otro árbitro. Ser un buen político implica ser responsable ante la gente que nos eligió, y también responsables por nuestras acciones. Y estamos en política porque la reivindicación que necesita la democracia, no es la de las palabras sino la de los hechos, no la de la teoría sino la de la acción.
Si llegamos a ser elegidos como representantes parlamentarios, jamás debemos olvidar el asombro que sentimos el primer día, cuando tomamos posesión de nuestro escaño (yo recuerdo aún la sensación que sentí en 1977, al sentarme en los mismos sillones que ocuparon Julián Besteiro, Indalecio Prieto, Largo Caballero, Manuel Azaña…) y recordemos siempre con emoción, pero también con angustia por la responsabilidad, que fueron los votos de la gente corriente los que nos llevaron hasta allí. Igualmente bueno es no olvidar que no somos más inteligentes, que las propias instituciones democráticas que nos cobijan. Ellas están ahí para hacernos mejores de lo que somos. El respeto por las tradiciones y las reglas democráticas (incluso por las que nos parezcan más estúpidas) forman parte de nuestro respeto por la soberanía del pueblo y por la democracia que garantiza nuestra libertad.
En mis años de diputado aprendí que la democracia difícilmente puede funcionar, en ausencia de una cultura de respeto a nuestros antagonistas (y en aquel tiempo eso era así en el Congreso de los Diputados). En política debes de ser leal a ti mismo, a tu partido, a la gente que te ha votado y también al país. Y dado que estas lealtades entrarán en conflicto con cierta frecuencia, hay que tener claro que pude que en un momento, tengas que poner a tu país por encima de todo. Y en ese momento, a la hora de dejar claras tus lealtades, es conveniente no olvidar tampoco, el debido respeto a la política en si misma. La política, en contra de los que algunos piensan, no es un simple juego, se trata de algo mucho más serio. Si somos diputados o senadores, somos legisladores. Y llegarán momentos en los que debamos votar decisiones duras para muchos ciudadanos. No, no se trata de un juego cuando estamos decidiendo sobre cosas, que afectaran de forma importante a muchas personas.
La política tampoco es una profesión, dado que una profesión implica estándares y técnicas que pueden ser enseñados. No existen técnicas en la política, no es una ciencia sino un arte (el arte de lo posible, se ha definido a veces). Un arte que depende de nuestra capacidad de persuasión, de nuestro nivel de oratoria, y de una perseverancia a prueba de bomba; todo lo cual puede aprenderse en la vida, pero no enseñarse en un aula o en el despacho de un consultor. Tampoco es una profesión, en el sentido de constituir una carrera estable. Tu vida política puede terminar en cualquier momento (que me lo expliquen a mí) así que debes asegurarte de que tienes una vida anterior, y estar preparado para seguir con una nueva vida después (y sí, sí, hay vida más allá de la política). Max Weber distinguió bien entre aquellos que viven de la política, y los que viven para ella. Y sólo los que viven para ella, pueden entenderla como una llamada.
Michael Ignatieff
Se suele entender que lo de una llamada, está reservado a los curas, las monjas, los místicos, los fanáticos… Pero entender como tal la vocación política, en un mundo tan pecaminoso y mundano, tiene su qué. Y sí, muchos políticos son mundanos y pecaminosos, pero muchos otros son leales, valientes y honrados. En el camino “nos manchamos las manos” (como decía Ruiz Giménez) para alcanzar fines que suponemos limpios. Con frecuencia utilizamos los vicios humanos – la astucia, el halago, la soberbia…- al servicio de las virtudes – la justicia y la decencia -. Pretendemos servir a la única divinidad que nos queda, las personas, y debemos aprender a aceptar sus veredictos. Estos veredictos, como decíamos, pueden ser con frecuencia difíciles de entender, pero no disponemos de nada más en lo que poner nuestra fe.
Y termina Ignatieff con estas palabras: “Los cínicos despreciarán esta visión de la política pero, para aquellos que han pasado por ella, como yo, tiene un aire de verdad. Se trata de una visión de lo que la política podría llegar a ser, que te permite entender lo que es en realidad… Pensemos en la política como en una llamada que nos empuja hacia adelante, siempre hacia adelante, como una estrella que nos guía. Aquellos de nosotros que respondimos a esa llamada, sabemos que el éxito o el fracaso, importan menos que el hecho de haber respondido. Lo que ahora esperamos es que otros, más decididos, más valientes y más dedicados, respondan también. Es por ellos, por estos jóvenes hombres y mujeres, por lo que este libro ha sido escrito”.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Marzo del 2015.