Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 24 de enero de 2019

SOY ANTI-MONISTA

En su maravilloso libro “El rostro cambiante de Clío”, en el que recoge la casi totalidad de su obra dispersa (ensayos, artículos, colaboraciones…) Sir Raymond Carr, el gran historiador, nos dice – en su reseña de “Existencialistas y Místicos”) que Dame (Dama Comandante de la Orden del Imperio) Iris Murdoch era una santa laica, una novelista de talento que era también filósofa. Que durante 15 años fue profesora de filosofía en Oxford, pero que han sido sus 26 novelas, las que la han convertido en una escritora de fama internacional. Y que cree recordar que en la Unión Soviética era una lectura obligada; y que tiene una hueste de admiradores en Tokyo.
Por su parte George Steiner, se pregunta cual es la característica peculiar de Iris Murdoch como novelista; él la encuentra en su capacidad para dramatizar, para hacer figurativo, el acto de pensar. Es ésta una capacidad que comparten otros novelistas filósofos: Elias Canetti – su amante, al que ella dedicó una de sus primeras novelas – Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y también Proust, como discípulo de Bergson.
¿Qué relación hay entre Murdoch la novelista y Murdoch la filósofa? Para Murdoch la filosofía es una disciplina “dura”; lo que caracteriza al filósofo es la capacidad implacable para no soltar un problema. Su finalidad es la claridad; el novelista explora la ambigüedad. Un rasgo llamativo de la filosofía – opina Carr un historiador - es que, a diferencia de la ciencia, no parece avanzar. Los filósofos siguen empeñados en los mismos problemas, que les preocupaban en Atenas hace 2000 años. Pero un escritor tiene que escribir sobre lo que él o ella sabe, y ella (Iris) sabe de filosofía:
“Si supiera sobre barcos de vela los pondría en mis novelas y, en cierto modo, preferiría saber de barcos que de filosofía”.
 Iris Murdoch y John Bayley
El bien – escribe Iris Murdoch en una de esas frases directamente filosóficas de sus novelas – es el objeto inimaginable de deseos. No puede ser una simple cuestión de elección. Si el bien es inimaginable ¿cómo podemos aprehenderlo, por así decirlo, con objeto de que se convierta en acicate para un mejor comportamiento? Para Murdoch somos seres ensimismados y egoístas por naturaleza. No poseemos, dice ella, ninguna finalidad garantizada externamente, ningún Dios, dado que Kant, a su juicio, abolió Dios y en su lugar hizo Dios al hombre, convirtiéndole así en una de los padres intelectuales del existencialismo.
“La tarea es ardua – explica Murdoch – el fin lejano y acaso no alcanzable nunca. Aprendiendo ruso, mi trabajo es una progresiva revelación de otra cosa, algo que existe independientemente de mí. Mi atención es recompensada con cierto conocimiento de la realidad, algo que mi consciencia no puede dominar, asimilar, negar o hacer irreal”. Es éste el difícil lenguaje del místico, del neo-platónico. Mediante la atención y el amor – dos conceptos esenciales – nos despojamos de nuestro egoísmo, habitamos el mundo real. La realidad es una forma platónica y perdurable que yace tras lo particular, la apariencia pasajera. La imagen platónica del hombre que, después de contemplar las figuras oscilantes, que proyecta el fuego dentro de la caverna, sale a la brillante luz del sol del exterior, domina su pensamiento: “Platón utiliza constantemente la imagen del todo armonioso, que determina el debido orden de las partes”.
Platón es monista, un hombre de una idea grande, de la verdad única. “Mi temperamento – escribe Murdoch – me inclina también al monismo”.
Yo al contrario, al igual que Raymond Carr, soy por temperamento anti-monista. Como sostenía Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos” (1945) el fin último y omnicomprensivo tiene que proporcionarnos la utopía, una guía para la sociedad, y dicha guía es lo que suministra la República de Platón, una sociedad autoritaria donde los pobres mortales, son gobernados por reyes filósofos, que tienen un privilegiado acceso al fin único y último. “Yo soy un popperiano que cree en la ingeniería social gradual” nos dice Carr. “El ingeniero gradual – decía Popper – adoptará el método de buscar y luchar por lo más importante y urgente de la sociedad, en lugar de buscar y luchar por su supremo bien último”. En este sentido, Platón sería el archienemigo de la Sociedad Abierta.
Lo trágico dijo Hegel – y creo que algunas veces ya lo he repetido- no es el conflicto entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien. E Isaiah Berlin, nos advertía que la vida consiste en hacer intercambios – un poco de justicia a cambio de un poco de igualdad – entre bienes incompatibles e irreconciliables, no en buscar un único Bien omnicomprensivo.
Nos recuerda Raymond Carr, que conoció a Iris Murdoch cuando él era compañero de viaje comunista, y pegaba sobres para la campaña del Frente Popular, en las elecciones locales de Oxford de 1938. Y que uno de sus últimos encuentros con ella, fue en una cena con Margaret Thatcher, a la sazón Primera Ministra. Que en todo momento sintió un gran afecto por ella (por Iris) teñido de admiración, pero que no pudo nunca comulgar con su filosofía. “No soy monista, ni neoplatónico, ni, menos aún, místico” escribe Carr. La mirada de “Dame” Iris Murdoch – continua Carr – está fija en objetos lejanos, que yo no tengo posibilidad de discernir. “El hombre es una criatura que pinta cuadros de sí mismo, y después se las arregla para parecerse al retrato”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Octubre del 2018.


lunes, 26 de marzo de 2018

LA HISTORIA SEGÚN CARR. EL "ZORRO"

A estas alturas, a los que me leen con cierta asiduidad, no les extrañará confirmar que Raymond Carr es uno de mis historiadores preferidos, sino el que más.
Carr podría haber sido periodista (al menos lo intentó en dos ocasiones). O científico, porque le apasionaba la astronomía. Incluso interprete de jazz, su gran pasión: “Lo dejé porque no era lo suficientemente bueno”. Pero de la mano de su padre, se orientó hacia la Historia. Y el Oxford humanista e historicista de finales de los años treinta, hizo el resto.
Su forma de hacer y entender la historia viene determinada – como con frecuencia ocurre – por su época, pero también por la importancia que en su biografía tuvo el “accidente” e, igualmente, su migración social. Paradójicamente podríamos aplicar a su obra, la máxima del otro conocido Carr (Edward Hallet) tan contrario, precisamente, a reconocer el peso de lo accidental o la voluntad individual, frente a las estructuras, cuando recordaba: “Antes de estudiar la historia, estudia al historiador… antes de estudiar al historiador, estudia el contexto económico y social”. Y es que la obra de Carr (Raymond) tiende a ser un trasunto de su trayectoria y experiencia vitales. En ambas, se produce el mismo pulso entre el agente y la estructura, con la victoria – por lo general – del agente voluntarioso, aunque siempre sin despreciar el medio. Similar intento de equilibrio, o tal vez de tensa contradicción, se desprende de su interpretación de la historia, entre el peso de las regularidades o las leyes históricas, y el papel de las derivaciones coyunturales. O de su elección, entre la defensa de una interpretación única del mundo y de la condición humana, o la apertura a la exploración de horizontes y objetivos diversos, difusos.
En esa clasificación “berliniana” (por Isaiah Berlin) entre “la visión única y globalizadora del erizo, y las percepciones múltiples y confusas – y aun conflictivas – del zorro”, él se sentía más identificado con el zorro: “Pero sin las generalizaciones del erizo – sobre la lucha de clases, el imperialismo, la dependencia… etc. – los pobres zorros como yo, estaríamos condenados a una especie de puntillismo intelectual, sin dibujo general. Más aún, quedaríamos privados de una experiencia satisfactoria, algo sobre lo que hincar el diente y apretar nuestra mandíbula, para desnucar una generalización”.
También fluye, a través de la vida y obra de Carr, una buena dosis de humanidad. Humanidad en los dos sentidos en que el diccionario define este término, como sensibilidad o compasión ante las desgracias de los semejantes, y como fragilidad o flaquezas propias del ser humano, la suya misma y la de los otros. Tal vez por ello, rechazara siempre todo conato de moralización, o actitud de superioridad moral, asociado a ciertas opciones políticas o religiosas, y le interesaba especialmente el lado de los perdedores, pero también el de los heterodoxos y hasta el de los “viles”, los personajes a contracorriente.
Es igualmente común a la vida y obra de Carr, el acercamiento empático a las personas, la búsqueda de rostros y sentimientos en la nebulosa de las instituciones o estructuras, un paso más allá en lo que se denominó “human agency”, y su voluntad por entender “el otro lado” de la historia, del pensamiento, de la gente. Aunque hiciera siempre gala de un distanciamiento de la emotividad o el populismo. E incluso compartió en sus escritos y en su biografía, la misma difusa falta de teorías y fronteras, que le permitió transitar con fluidez y naturalidad, entre diferentes mundos políticos, sociales y culturales, sin dificultad ni resentimientos.
Entre los filósofos y los historiadores de las ideas, siempre se inclinó por los liberales. Collingwood, y su visión de la historia como reconstrucción de la experiencia pasada, inspiró su formación como historiador. Popper le previno, decía, contra ideologías o proyectos de sociedades perfectas, y le hizo adepto a la ingeniería social gradual. A Berlin, de quien se declaraba como incondicional y “cariñoso discípulo”, le decía: “has tenido en mí más influencia que cualquier pensador vivo”, y le reafirmó en dos cuestiones fundamentales. Por una parte, el papel del individuo en la historia. Y en esa línea interpretaría, por ejemplo, el papel de Juan Carlos I en la transición democrática. “El accidente y la elección personal es el material de la historia”, escribía. “El determinismo es para los historiadores, que se sienten compelidos decorar la sabiduría tras el acontecimiento, con ropas filosóficas decentes”. Pero, sobre todo, el pensamiento de Berlin fue el que le proporcionó el refuerzo filosófico al relativismo o pragmatismo, de su visión e interpretación liberal de una historia, en la que no buscaba buenos o malos absolutos. Como se desprendía de esa sentencia de Hegel, que tanto le gustaba utilizar a Carr, y que había anotado cuando era un adolescente, en su cuaderno de citas: “Lo trágico no es el conflicto entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien”. Al igual que en la vieja tragedia de Antígona y Creón, esas referencias del bien podían ser incompatibles entre sí, o ciegas la una a la otra. Pero había que elegir.
Por otra parte, a Carr siempre le fascinó la historia militar, desde su admiración estudiantil a Von Clausevitz, hasta el trabajo de Michael Howard. Entre los historiadores sociales, se rindió ante los maestros de la escuela de Birmingham, fundamentalmente ante F. P. Thompson, por su análisis cultural de la construcción de la clase obrera. Sobre la historia social consideraba que a veces, sí, abordaba temas relativamente secundarios, y casi siempre requería una investigación más minuciosa y difícil que la historia política o diplomática, pero que llegaba más fácilmente a la gente. Pensaba, por ejemplo, en “Montaillou”, la obra de Le Roy Ladurie sobre la vida de un pueblo campesino francés, en la época de los cátaros. Él defendía, en todo caso, la práctica de una historia narrativa y de amplio espectro, en el sentido más tradicional.
Raymond apreciaba mucho la obra de Eric Hobsbawm, aunque discrepara radicalmente con él en lo político: “Me hubiera gustado escribir su historia de Europa”. “Siempre estuvo insatisfecho y en busca de algo más – decía su amigo Quinton – pero jamás fue envidioso”. El también hispanista el gran Sir John Elliott era, de hecho, su historiador contemporáneo más valorado: “Aborda el problema que a mi me preocupa – escribía Carr – como aplicamos las nociones de revolución, derivadas de la Revolución Francesa y el racionalismo, en el sentido del siglo XIX, a periodos donde no se ajustan”. Pero criticaba toda historia construida desde excesos de sociologismos, psicologismos o teoricismos científicos.
Y sobre todo, Carr, cultivaba un amor por la forma, tanto o más que por las ideas que, en todo caso, siempre se pueden expresar con imágenes.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Diciembre del 2017.


domingo, 5 de noviembre de 2017

"MORRINHA" DE MI PADRE

Mi padre perdió una guerra. Una desgarradora y cruel. Pero jamás se rindió, ni aceptó la derrota, en el plano intelectual.
Fui consciente de ello aun siendo muy joven, en un ya lejano verano de los cincuenta, junto a las orillas del Sil, en el Valle de Laciana. Sentados junto a las transparentes aguas del río, mientras mis tres hermanos jugueteaban por el prado o braña, papá comenzó a pensar en voz alta, como hacía con mucha frecuencia, pareciendo dirigirse a Heráclito y/o a la Historia, a través de ese su río que fluía incesantemente. Y entonces lo tuve muy claro para siempre: el combate intelectual se alargaría, hasta el final de la dictadura franquista.
Y en estos días de esencialismos, determinismos y verdades absolutas, añoro a mi padre. Él nunca adoctrinaba, ni siquiera sermoneaba de forma directa. Como digo reflexionaba en voz alta, citando a sus clásicos: Unamuno, Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Besteiro, Azaña… incluso a Franklin D. Roosvelt (en casa había un par de tomos sobre el “New Deal”). Fue un republicano azañista, liberal y demócrata a carta cabal. Un tanto machista, como casi todos los varones de su época, en temas como las labores de la casa y el papel de las mujeres en la sociedad. Pero incluso en este aspecto, sentía y observaba un profundo respeto, hacia el llamado entonce “sexo débil”. Un respeto sí, un tanto a la antigua usanza de los “caballeros”. Era un castellano viejo – aunque de León – un tanto adusto, honrado y reservado. Le costaba expresar a las claras, un afecto o un sentimiento personal, como si hubiera sido educado en la tradición aristocrática inglesa, según la cual es incorrecto manifestar en público, las emociones íntimas. Políticamente nos educó, como en todo, de forma indirecta. En las comidas y cenas de entonces (largas y copiosas, siempre con tres platos, y con toda la familia sentada a la mesa, de la que nadie se levantaba, hasta que lo hacía él) como repito reflexionaba en voz alta, especialmente cuando escuchábamos el informativo, que en aquel tiempo se llamaba aún “El parte”, dándole la vuelta a las noticias propagandísticas que nos endilgaban, presentando una visión alternativa a las mismas, desde un punto de vista republicano, liberal y democrático.
Mis padres en Valldemossa
Él sabía muy bien, que pocas cosas han hecho tanto daño, como la creencia por parte de individuos o grupos (tribus, Estados, naciones o Iglesias) que “únicamente ellos” estaban en posesión de la verdad; y que los que difieren de ellos, no sólo están equivocados, sino que son corruptos y malvados, y necesitan de un freno o, peor, su eliminación. Con frecuencia repetía: que es de una arrogancia increíble y peligrosa, creer que sólo uno tiene razón; que tiene como un ojo mágico que contempla la verdad; y que los demás no pueden tener razón si discrepan. Esto crea en uno la certidumbre de que hay un “fin” y sólo uno, para la nación o la iglesia de cada cual y para toda la humanidad, y que este “fin” merece todo el sufrimiento que sea necesario para alcanzarlo, aunque sea a través de un “océano de sangre hacia el Reino del Amor”, cómo Berlin escribía que dijo Robespierre (aunque parece que las palabras del Incorruptible fueron estas: “Al sellar nuestra obra con nuestra sangre, al menos podemos ver brillar la aurora de la felicidad universal).
Mi padre estaba convencido de que Hitler, Franco, Lenin y Stalin – y yo me atrevería a añadir a los líderes religiosos en las guerras entre cristianos y musulmanes, o entre católicos y protestantes – creían sinceramente en esto: que hay una y sólo una respuesta verdadera, a las cuestiones centrales que han atormentado a la humanidad, y que si uno la conoce – o el líder de uno, o el partido de uno – puede por ella, llegar a ser responsable de mares de sangre. Pero ningún Reino del Amor, como diría Berlin, ha surgido de tal creencia, ni puede surgir. Hay muchas formas de vida, de creencias, de comportamientos. El mero “conocimiento” que proporcionan la historia, la antropología, la literatura, el arte, el derecho… deja claro que las diferencias de culturas y caracteres, son tan profundas como los parecidos. Y que no nos empobrece esta rica variedad: el “conocimiento” nos abre las ventanas del espíritu, y hace a las personas más sabias, más agradables y más civilizadas. Al contrario su ausencia, alimenta los prejuicios irracionales, los odios, el horrible exterminio de los herejes, y de todos los “diferentes”.
Mi hermano Miguel con mi madre, yo con mi padre
Mi padre admiraba las instituciones británicas, aunque él era bastante afrancesado, después de vivir un año en Lyon, adiestrándose en la industria del curtido de pieles. Nos explicaba – cuando aún éramos unos jovencitos los cuatro hermanos - que los elementos más valiosos, o de los más valiosos, de la tradición británica (siguiendo en esto a otro de sus autores preferidos: Salvador de Madariaga) son precisamente los relativos a la libertad respecto al fanatismo y la monomanía política, racial y religiosa: llegar a acuerdos con aquellas gentes con las que no simpatizamos, o que no entendemos, es fundamental para cualquier sociedad decente; nada es más destructivo que la feliz sensación de infalibilidad de uno mismo, o de la propia nación, o del propio partido, pues conduce a destruir a otros, con la conciencia tranquila de quien está haciendo el trabajo de Dios, o de la raza superior, como también escribe Berlin. El único remedio a esto, es “comprender” como viven otras sociedades, en el espacio o en el tiempo: y que es “posible” vivir de formas distintas a las de uno mismo, y ser enteramente humano, merecedor de cariño, de respeto y, al menos, de “curiosidad”.
La certeza intuitiva, no es un sustituto para el conocimiento empírico, cuidadosamente comprobado, y basado en la experimentación y en la discusión libre entre los hombres: los hombres de ideas y los espíritus libres, son las primeras víctimas de los totalitarismos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Abril del 2017.


miércoles, 5 de abril de 2017

ISAIAH BERLIN

El pasado mes de febrero, Henry Hardy, el editor de los grandes ensayos del gran historiador de las ideas Isaiah Berlin, dio una conferencia en Madrid. Y ese hecho me llevó a releer las obras de Berlin que figuran en mi biblioteca. Especialmente la biografía que sobre él escribió Michael Ignatieff; y su libro de ensayos “Sobre la Libertad”.
Sin Henry Hardy, es posible que Isaiah Berlin no fuera el Isaiah Berlin tan famoso. El propio Hardy recordó alguna vez que Berlin decía de si mismo: “Soy como un taxi, me tienen que parar”. Es decir, que tenían que forzarlo para que escribiera, y sus ensayos respondían a encargos concretos, y no siempre llegaban a publicarse. De forma que anduvieron mucho tiempo dispersos. Hasta que Hardy tomó el mando de la nave, y se convirtió en el editor de los 18 volúmenes de ensayos de Berlin, y de los cuatro que reúnen su correspondencia. Así que lo sabe todo sobre el gran maestro del pensamiento liberal, y uno de los historiadores de la ideas de mayor fuste y brillantez.
Berlin era un hombre conciliador, y le encantaba perderse en sus largas conversaciones. Cuando se le pedía su firma para defender algo en un periódico, se negaba, pues lo consideraba un gesto vacío. Prefería hablar con quienes defendían una posición distinta a la suya, para ver si los podía persuadir y que cambiaran de opinión. Disfrutaba con cualquier tarea intelectual. Su definición de “intelectual”, es la de alguien que quiere hacer las ideas lo más interesantes posibles.
Un día un profesor de Harvard, le convenció de que la filosofía nunca progresa, que no sabes más al final de tu vida como filósofo, de lo que sabías al principio. Como Berlin quería saber algo más, la historia de las ideas le iba a dar esa oportunidad. Su principal interés era la gente, y la filosofía que se hacia en los años treinta, era demasiado abstracta.
Alexander Herzen
Uno de los grandes talentos de Berlin, era imaginarse dentro de la piel de otra persona, especialmente en la de aquellos con los que no coincidía, en su manera de ver el mundo. Solía decir que sabía exactamente como pensaba Marx, y eso que muchas de sus ideas, tenían lo que a él menos le gustaba: esa absoluta certeza sobre la marcha de la política, de la economía. Quizá fuera el haber presenciado de niño, los primeros disturbios de la revolución bolchevique (este año se cumple el centenario) lo que creó en él un radical rechazo de cualquier forma de violencia, y más de las que estaban inspiradas en certezas políticas.
A Berlin le aburría leer a la gente con la que estaba de acuerdo, tenía más interés en conocer a aquellos con los que disentía. Estaba con los ilustrados en su batalla contra el oscurantismo, el autoritarismo, las fuerzas oscuras que esclavizan a una sociedad. Pero pensaba de ellos, que fueron muy lejos al considerar que las cuestiones humanas, podían abordarse de la misma manera, con que las ciencias tratan los fenómenos naturales. Las ciencias estudian lo general, y buscan regularidades que pueden ser predecibles. Las humanidades pretenden entender lo que es único y particular, lo que ocurre de verdad con una persona en una situación concreta.
Para él existen dos formas de libertad. La “negativa” es aquella que te permite ser libre de algo, superar cualquier interferencia que quieran imponerte, la libertad “de”. La “positiva” tiene que ver con la pregunta ¿quién está al frente? Y la respuesta correcta debería ser que mando yo: la libertad “para”. Berlin quería que los hombres fueran los autores de sus propias vidas. Pero hay quienes consideran que esa libertad “positiva”, podría obligar a ajustarse a la voluntad del Estado, y que el final sería igualmente una forma de esclavitud. Berlin era muy crítico con Hegel, que consideraba que toda persona racional querría hacer lo correcto, lo que se ajusta al Estado, pero esto no es más que retorcer la lógica de las cosas, y por eso estaba radicalmente en contra del comunismo y del fascismo.
Le encantaban a Berlin los juegos intelectuales. Sostenía que se podía tener dos temperamentos, y de ahí su archiconocida dualidad del erizo y el zorro: “los hay que están obsesionados, como el erizo, con una sola idea que los ayuda a explicar todo, y los que, como el zorro, cultivan la variedad y se fijan en casos concretos”. Tolstoi, decía, fue un magnífico zorro en sus novelas, pero estaba obsesionado con entender la historia, desde un único principio que lo organizara todo, como el erizo. (Escribía Rubén Amón en El País: “Hay un zorro, Pedro Sánchez, y un erizo, Susana Díaz, mimetizados ambos en las propiedades que atribuye Isaiah Berlin a cada animal, en un feliz ensayo escrito en 1953. El erizo, a semejanza de Susana Díaz, es obstinado, determinado, perseverante en sus convicciones. Y el zorro sabe adaptarse a los cambios. Es voluble y astuto, exactamente como le sucede a Pedro Sánchez en su enésima resurrección política. Parecía sepultado después del psicodrama de Ferraz y de la entrevista a Jordi Évole, pero la corpulencia de su lema embrionario, "No es no" y el fervor de la militancia en el anatema contra Mariano Rajoy, le han proporcionado una desmesurada euforia).
Alexander Ivanovich Herzen, intelectual y revolucionario ruso (Moscú, 1812 - París, 1870) fue uno de los grandes héroes de Berlin, acaso el mayor. Su manera de ser era muy parecida a la suya. Fue un gran conversador. Lo más importante que tomó de Herzen, era que jamás se puede tolerar hacer sufrir a nadie en el presente, con la promesa de que eso servirá para conseguir algo mejor para la humanidad, en el futuro.
Los grandes principios son diferentes y reclaman compromisos distintos. No hay una fórmula a la que agarrarse, para decidir cual es mejor. Es lo que Berlin llama lo inconmensurable: no hay una manera única de decantarse. Y eso es lo trágico, que debemos elegir entre unos valores y otros cuando son incompatibles, y eso te desgarra.
Nos recuerda Isaiah Berlin que el Romanticismo fue muy lejos, reformando los rasgos particulares de cada cual, hasta el punto de cuestionar valores que podían ser universales. Y eso, estos días aciagos, nos devuelve a Trump y al escenario de la posverdad. Se ha desentendido de los hechos, para producir una realidad alternativa. Y además está su afán por generar un culto a su propia personalidad. Son dos gestos claramente románticos. (Un día de estos escribiré más extensamente sobre el Romanticismo).
Baste hoy insistir en que la radical oposición de Berlin, a quienes están convencidos de tener una repuesta para todo, es en estos tiempos más relevante que nunca.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Marzo del 2017.

lunes, 27 de marzo de 2017

"CINQUE". ANNA AJMÁTOVA

Hoy, cuando comienzo a escribir este artículo, me parece que es “El día de la poesía”. Pero ya me he hecho un lío con los “día de”, cada mañana se despierta uno con un “día de”. De todas formas el otro día, un amigo o amiga citaba en su muro, entre otras poetisas, a Anna Ajmátova, y me llamó la atención, pues la rusa no se suele mencionar mucho por estos lares. Como sea, ello me recordó una noche memorable que pasaron juntos, ella e Isaiah Berlin, en San Petersburgo (entonces aún Leningrado).
Berlin (en 1945) fue en busca del antiguo piso, en el que había vivido con su familia hasta 1917 en la Angliiski Prospekt. Ante él permaneció allí un rato, en medio de la nieve, absorbiendo la atmósfera fría y húmeda del patio interior, tan sórdido y abandonado como la última vez que él lo había visto, en época de Lenin. Ya de regreso, se detuvo en una vieja Librería de Escritores, al final de la Nevsky Prospekt. Inició una conversación con una de las personas que husmeaban por la sala trasera, y que resultó ser el crítico e historiador Vladimir Orlov. Berlin le preguntó que había sido de los escritores de la ciudad, y le mencionó dos nombres: Mijaíl Zoshchenko, cuya sátira mordaz y melancólica “Escenas de la casa de baños”, le habían convertido en uno de los escritores soviéticos más populares de los años veinte; y también el de Anna Ajmátova, una poetisa de la era prerrevolucionaria, a quien no se le había permitido publicar nada desde 1925, y de la cual no sabía siquiera si aún vivía. Para su sorpresa, Orlov le respondió: “Pues claro que vive, y no muy lejos de aquí ¿Le gustaría conocerla?”. Pues claro que sí. Orlov hizo una llamada telefónica, y le dijo a Berlin, que la poetisa les recibiría aquella misma tarde.
Anna Ajmátova
Ambos se encaminaron a Fontanny Dom, palacio del siglo XVIII de la familia Sheremetiev, en el que mal vivía Ajmátova. Su ornamentación barroca de escayola amarilla y blanca, estaba agujereada por la metralla, y en algunos sitios desconchada por el abandono. La mayor parte del piso estaba ocupado por el ex marido de Ajmátova, Nikolai Punin, su mujer y su hijo. Al fondo la poetisa tenía una habitación vacía y desnuda: ni alfombras en el suelo, ni cortinas en las ventanas, sólo una mesa pequeña, tres sillas, un arcón de madera, un sofá y, cerca de la cama, un dibujo de Ajmátova, un apunte rápido de su amigo Amedeo Modigliani.
Majestuosa, con el pelo cano y un chal blanco sobre los hombros, Ajmátova se levantó para saludar a su primer visitante de aquel continente perdido. Isaiah se inclinó; parecía lo apropiado porque tenía el aspecto de una reina trágica. Tenía veinte años más que él, había sido en su día de una afamada belleza, y ahora vestía pobremente, estaba gruesa, tenía sombras bajo los ojos oscuros, pero su porte era arrogante, y su expresión de dignidad distante. Berlin sólo sabía de ella, que había sido una figura brillante y hermosa, del círculo poético prerrevolucionario conocido como los Acmeístas; la estrella más fulgurante de la “avant-garde” de San Petersburgo durante la guerra, y de su lugar de reunión: el Café del Perro Vagabundo. Pero no sabía nada de lo que le había ocurrido después de la revolución.
Nada había falsamente dramático en el aire trágico de la poetisa. Su primer marido, Nikolai Gumilyov, había sido ejecutado en 1921 por la falsa acusación de conspirar contra Lenin. Los años de terror habían comenzado para ella en aquel momento, y no en 1937. Aunque escribía continuamente, a Ajmátova no le permitieron publicar ni una sola línea de su poesía (como ya hemos avanzado) entre 1925 y 1940. Durante aquellos años había sobrevivido, trabajando en la biblioteca de un instituto agrario, traduciendo, y escribiendo estudios críticos sobre Pushkin y escritores occidentales como Benjamin Constant.
Dibujo de Modigliani

Berlin le habló de todos los rusos insignes, que se habían refugiado en los países de la Europa occidental, a muchos de los cuales conocía personalmente. Pero en esto de la emigración Ajmátova se mostraba categórica. Los demás eran muy libres de elegir el camino del exilio, pero ella nunca abandonaría Rusia. Su lugar estaba entre su gente y su lengua madre. Isaiah estaba impresionado. La más grande poetisa en su lengua madre, estaba allí hablando con él como si hubiera pertenecido siempre a su círculo, como si él conociera a todas las personas que ella conocía, hubiera leído todo lo que ella había leído, y comprendiera todo lo que decía y quería decir. Estaba a punto de producirse, un momento de la más pura comunicación, de esos que sólo ocurren una o dos veces en toda una vida. A Berlin le encantó descubrir el lado desdeñoso, sarcástico y levemente malicioso de Anna; entonces su regio talante, se mostraba algo más humorístico y humano. Habló divertida sobre la pasión recurrente de Pasternak por ella; en los años veinte Boris se presentaba en su casa y decía suspirando, que no podía vivir sin ella, pero al cabo se cansaba y rogaba a su mujer, que viniera a recogerle para volver a casa.
Ajmátova le confesó que se sentía muy sola, que su Leningrado se había convertido en un lugar desolador. Le habló a Isaiah de sus amores pasados, por Gumilyov, Shileiko y Punin y, movido por aquel tono confesional – pero quizá también para impedir cualquier interés erótico en él – Isaiah confesó que él estaba también enamorado (por aquel entonces de Patricia Douglas). Sin embargo Ajmátova, parece haber transmitido una versión desaforadamente tergiversada de los acontecimientos de esa noche, a Korney Chukovsky. Y ese comentario seguramente ha sido el responsable, del malentendido que ha pendido siempre, sobre ese memorable encuentro. Ningún ruso que lea “Cinque”, los poemas que dedicó a su noche juntos, puede creer que no se acostaran. En realidad apenas se rozaron. Él permaneció en un extremo de la habitación y ella en el otro. Lejos de ser un Don Juan, él era un neófito en materia sexual, que se encontraba solo en el piso de una mítica seductora, que había tenido profundas relaciones amorosas, con media docena de hombres de talento supremo. Pero aquella noche en el Fontanny Dom, en aquella habitación vacía y desnuda, con solo un plato de patatas, el dibujo de Modigliani, el humo de los cigarros asentándose en todo lentamente, la vida de Berlin se acercó más que nunca, a la quieta perfección del arte.
Posteriormente a esa noche inolvidable, Ajmátova le hizo llegar unos versos compuestos después de su visita. Berlin descubrió que los mismos formaban parte de “Cinque”, un ciclo de poemas de amor, que trazaban la trayectoria de su embeleso, su batalla contra la esperanza, su euforia y su pena ante la partida de Isaiah.
1
Como en el perfil de una nube
recuerdo tus palabras,
y por las palabras que yo te dije,
la noche se hizo más clara que el día.
Así arrancados de la tierra,
nos elevamos, como estrellas.
No hubo desesperanza ni vergüenza,
ni ahora, ni después, ni entonces.
Pero en la vida real, ahora mismo,
me oyes llamarte.
Y esa puerta que tú entreabriste,
no tengo fuerzas yo para cerrar de golpe.
2
Los sonidos se apagan en el éter,
y las tinieblas se apoderan del crepúsculo.
Hay tan sólo dos voces, la tuya y la mía.
Y al sonido casi de campanas
del viento que viene del invisible lago Ladoga,
el diálogo de noche cerrada se trocó
en delicado relumbrar de arco iris entrelazados.
3
Tanto tiempo detesté
ser complacida,
pero una sola gota de tu piedad
y giro como si tuviera al sol dentro del cuerpo.
Es por esto que hay alba en torno a mí.
Voy por ahí creando milagros.
¡Es por esto!
4
¿Qué dejarte en recuerdo?
¿Mi sombra? ¿De qué puede servirte un fantasma?
¿La consagración a un drama quemado
del que no queda una sola ceniza,
o el terrible retrato de Año Nuevo
súbitamente arrancado del marco?
¿O ese sonido apenas audible
de las brasas del abedul,
que no tuvieron tiempo de hablarme
del amor de otro?
5
No habíamos respirado la somnolencia de la amapola.
Y nosotros mismos desconocemos nuestro pecado.
¿Qué había en nuestras estrellas
que nos destinara al dolor?
¿Y que suerte de bebedizo infernal
nos brindó la oscuridad de enero?
¿Y qué suerte de fulgor invisible
nos volvió locos antes de amanecer?

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Marzo del 2017.

jueves, 2 de abril de 2015

Política. La llamada

Michael Grant Ignatieff (n. 12 de mayo de 1947), CPRC (Consejero Privado de la Reina por Canadá). escritor, académico y expolítico canadiense. Fue el líder del Partido Liberal de Canadá y de la Oposición Oficial desde 2008 hasta 2011. Conocido por su obra como historiador, Ignatieff ha ocupado puestos académicos en la Universidad de Cambridge, la Universidad de Oxford, la Universidad Harvard y la Universidad de Toronto.

Entré en contacto con Ignatieff, a través de la lectura de su magnífica biografía de Isaiah Berlin, el gran filósofo político liberal. Y no hace mucho me he leído su interesante “Fuego y cenizas”, en la que narra su desastroso paso por la política, como líder del Parido Liberal de Canadá. Es un magnífico, a mí entender, análisis de lo que significa hoy dedicarse a la política. Y el capítulo final de este libro “La llamada” me ha emocionado, pues además de coincidir totalmente con las ideas que expresa, me parece una lúcida y responsable llamada, a seguir la vocación política (muy a pesar de su dureza) como el mejor servicio a los intereses más nobles de los ciudadanos.
“Podrías pensar que la política no es más que un juego sucio que no tiene nada que ver contigo. Espero que al acabar de leer el libro hayas llegado a una conclusión muy distinta: que constituye un noble combate que necesita un autocontrol, un buen juicio y una fortaleza interior mayores de lo que nunca podrías haber imaginado poseer. La nobleza reside en la lucha por defender aquello en lo que crees y animar a otros a luchar para mantener lo mejor de nuestra vida en común como pueblo. El reto está en intentar cambiar lo que debe cambiar y en proteger lo que debe ser protegido, y en saber diferenciar entre ambos”.
Sinceramente no podría decir cuando me llego a mí la “llamada”. Como ya he escrito algunas veces nací en el seno de una familia política, y desde jovencito ya sentía dentro de mí ese reclamo de la política. Recuerdo que ya a los 16 años, cuando comencé a trabajar en el comercio de mi padre, antes de la hora cerrar, en el anverso de las hojas de caja antiguas, escribía cortos textos sobre temas políticos ¿Qué otra cosa podía hacer políticamente, en los tiempos más oscuros de la dictadura? Pero en 1974, cuando le confesé a mi padre que me había afiliado al PSOE, me mostró su preocupación por mi seguridad, me aconsejó reiteradamente que llevara mucho cuidado, y que procurara no acumular un exceso de carga emocional en mi vocación política. Pero sus consejos no sirvieron (él ya lo sabía) para evitar que yo pusiera toda mi pasión en ella. Entré en la política real con una pesada carga emocional, y pagué un precio por ello. Pero no me arrepiento, es mejor haber pagado que haber vivido una vida a la defensiva, que habría sido una vida vivida sin plenitud.
Igual que Ignatieff, pienso que abrazar la vida política implica dejar a un lado la inocencia. Implica estar dispuesto a pagar los costes aun antes de saber a cuanto va a ascender la factura. Implica conocerte bien a ti mismo y ser inamovible en los motivos por los que abrazaste la política. Implica saber que no puedes tener éxito a menos que la gente que debe elegirte, esté convencida de que estás ahí por ellos. Pero si creen en ti, estarán contigo en los buenos tiempos y en los malos. Su lealtad no es algo a lo que tengas derecho sino que te la tienes que ganar día a día (este, me parece, es un punto que hoy muchos ya han entendido, debido a la actual desafección hacia los políticos). Te haces acreedor a esta lealtad siendo quien dices ser y demostrando que estás de su parte. Si te prestan atención, permanecerán contigo incluso cuando estén en desacuerdo, y confiarán en ti como líder si creen que tus convicciones son sinceras. Deben notar que eres una persona íntegra y que estás esforzándote por ellos.
El antagonismo es la esencia de la política (incluso dentro del propio partido) y se necesita el temperamento de un luchador si se quiere sobrevivir. Los ciudadanos no van a apoyar a alguien que no sabe como defenderse. No cabe duda de que duele que nos ataquen, pero no es más que un acto de vanidad tomárselo personalmente. Quizás convertirse en adulto, signifique aprender a no tomarse las cosas como algo personal: “defiende tu honor y tu integridad a toda costa, pero nunca dejes que tu yo más íntimo se vea afectado por un ataque personal”. No des a tus adversarios esa satisfacción. Y especialmente defiende siempre tu posición, tu derecho a ser escuchado.
Debemos, a toda costa, mantener la fe en el buen juicio de los ciudadanos, sin que nos desanime el número de veces que su voto no nos sea favorable. Si dejamos de creer en la racionalidad última de los votantes, no poseeremos la fuerza necesaria para hacer que la democracia funcione. La democracia sólo merece su privilegio moral, si existen buenas razones para creer en el buen juicio de los ciudadanos. En ocasiones puede resultar muy difícil aceptar su veredicto, pero lo cierto es que no disponemos de otro árbitro. Ser un buen político implica ser responsable ante la gente que nos eligió, y también responsables por nuestras acciones. Y estamos en política porque la reivindicación que necesita la democracia, no es la de las palabras sino la de los hechos, no la de la teoría sino la de la acción.
Si llegamos a ser elegidos como representantes parlamentarios, jamás debemos olvidar el asombro que sentimos el primer día, cuando tomamos posesión de nuestro escaño (yo recuerdo aún la sensación que sentí en 1977, al sentarme en los mismos sillones que ocuparon Julián Besteiro, Indalecio Prieto, Largo Caballero, Manuel Azaña…) y recordemos siempre con emoción, pero también con angustia por la responsabilidad, que fueron los votos de la gente corriente los que nos llevaron hasta allí. Igualmente bueno es no olvidar que no somos más inteligentes, que las propias instituciones democráticas que nos cobijan. Ellas están ahí para hacernos mejores de lo que somos. El respeto por las tradiciones y las reglas democráticas (incluso por las que nos parezcan más estúpidas) forman parte de nuestro respeto por la soberanía del pueblo y por la democracia que garantiza nuestra libertad.
En mis años de diputado aprendí que la democracia difícilmente puede funcionar, en ausencia de una cultura de respeto a nuestros antagonistas (y en aquel tiempo eso era así en el Congreso de los Diputados). En política debes de ser leal a ti mismo, a tu partido, a la gente que te ha votado y también al país. Y dado que estas lealtades entrarán en conflicto con cierta frecuencia, hay que tener claro que pude que en un momento, tengas que poner a tu país por encima de todo. Y en ese momento, a la hora de dejar claras tus lealtades, es conveniente no olvidar tampoco, el debido respeto a la política en si misma. La política, en contra de los que algunos piensan, no es un simple juego, se trata de algo mucho más serio. Si somos diputados o senadores, somos legisladores. Y llegarán momentos en los que debamos votar decisiones duras para muchos ciudadanos. No, no se trata de un juego cuando estamos decidiendo sobre cosas, que afectaran de forma importante a muchas personas.
La política tampoco es una profesión, dado que una profesión implica estándares y técnicas que pueden ser enseñados. No existen técnicas en la política, no es una ciencia sino un arte (el arte de lo posible, se ha definido a veces). Un arte que depende de nuestra capacidad de persuasión, de nuestro nivel de oratoria, y de una perseverancia a prueba de bomba; todo lo cual puede aprenderse en la vida, pero no enseñarse en un aula o en el despacho de un consultor. Tampoco es una profesión, en el sentido de constituir una carrera estable. Tu vida política puede terminar en cualquier momento (que me lo expliquen a mí) así que debes asegurarte de que tienes una vida anterior, y estar preparado para seguir con una nueva vida después (y sí, sí, hay vida más allá de la política). Max Weber distinguió bien entre aquellos que viven de la política, y los que viven para ella. Y sólo los que viven para ella, pueden entenderla como una llamada.
Michael Ignatieff
Se suele entender que lo de una llamada, está reservado a los curas, las monjas, los místicos, los fanáticos… Pero entender como tal la vocación política, en un mundo tan pecaminoso y mundano, tiene su qué. Y sí, muchos políticos son mundanos y pecaminosos, pero muchos otros son leales, valientes y honrados. En el camino “nos manchamos las manos” (como decía Ruiz Giménez) para alcanzar fines que suponemos limpios. Con frecuencia utilizamos los vicios humanos – la astucia, el halago, la soberbia…- al servicio de las virtudes – la justicia y la decencia -. Pretendemos servir a la única divinidad que nos queda, las personas, y debemos aprender a aceptar sus veredictos. Estos veredictos, como decíamos, pueden ser con frecuencia difíciles de entender, pero no disponemos de nada más en lo que poner nuestra fe.
Y termina Ignatieff con estas palabras: “Los cínicos despreciarán esta visión de la política pero, para aquellos que han pasado por ella, como yo, tiene un aire de verdad. Se trata de una visión de lo que la política podría llegar a ser, que te permite entender lo que es en realidad… Pensemos en la política como en una llamada que nos empuja hacia adelante, siempre hacia adelante, como una estrella que nos guía. Aquellos de nosotros que respondimos a esa llamada, sabemos que el éxito o el fracaso, importan menos que el hecho de haber respondido. Lo que ahora esperamos es que otros, más decididos, más valientes y más dedicados, respondan también. Es por ellos, por estos jóvenes hombres y mujeres, por lo que este libro ha sido escrito”.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Marzo del 2015.