Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 23 de mayo de 2019

DISPUTA O DISCUSIÓN

En puridad no es lo mismo una disputa que una discusión. Y no estaría mal, me parece, que algo de eso recordaran algunos líderes políticos, en estos meses de campañas electorales.
Mientras que una acción comunicacional “normal”, se refiere a una interacción que se desarrolla sin malicia alguna, en el contexto del mundo real; en los procesos de dilucidación que Habermas llama “discusión”, se presupone la obligación de motivar claramente lo que se dice. Estos procesos deben además, satisfacer ciertas condiciones preliminares, con el fin de alcanzar su objetivo. Como el filósofo lo expondrá repetidamente, a lo largo de sus años, deben atenerse a las siguientes reglas de discusión: Primero, una implicación plena y completa de las partes concernidas; Segundo, un reparto igual de los derechos y deberes de argumentación; Tercero, el carácter informal de la situación de comunicación; y Cuarto y último, una actitud de los participantes orientada hacia la intercomprensión.
Desde el inicio, Habermas es muy consciente que ninguna situación comunicacional real, puede cumplir enteramente las exigencias draconianas de una discusión tal cual él la entiende. Pero partir del principio de que pretensiones válidas, implícitamente muy elevadas, en la actuación cotidiana pueden cumplirse en el cuadro de una discusión ideal, vale al menos de forma contractual. La discusión, desde su punto de vista, no es en absoluto una institución, más bien es el tipo de una contra-institución. A su vez la “disputa”, en tanto que medio de realización estratégica de objetivos definidos, a través de un reparto de papeles, no es en absoluto una “discusión”. Una discusión se desarrolla más bien a la luz de la búsqueda de la verdad, bajo forma de cooperación, es decir, de la comunicación por principio incondicional y sin coacción, sirviendo al único objetivo de la intercomprensión. Sin embargo, como ya se habrá entendido, la intercomprensión es un concepto normativo, que debe ser determinado bajo forma contrafactual.
Con demasiada rapidez, estimo, los debates políticos se sitúan sobre el muy delicado terreno de cuestiones morales y de principios. El umbral de irritabilidad emocional, se traspasa rápidamente desde ambos lados del debate. Desde la hoguera de la emoción, el cambio de perspectiva, susceptible de ser provocado por un esfuerzo de empatía, constituye una rara excepción, y exige demasiado a las partes, en vista de sus altas apuestas. Desde las pasiones encendidas, el riesgo de olvidar totalmente la ética de la discusión, es en todo caso demasiado alto.
Muchos políticos, especialmente en esta nuestra época, sucumben conscientemente y reiteradamente a estos peligros, convirtiendo dicho olvido en un arma ideológica-política. Recurren a la dramatización, a las generalizaciones, a los insultos, a figuras retóricas destinadas a agudizar sus propósitos, conscientes como son, que la política de las ideas así vapuleada, separa, divide, escinde… bien conscientes también, que de esta forma se aplasta, se deforma la argumentación, y se entra en contradicción con el ideal del debate político, el ideal de la “Aufklärung”, de la Ilustración. No se pretende convencer al adversario, se busca destruirlo.
Jürgen Habermas
En las intervenciones de este tipo, caracterizadas por los insultos y la intransigencia de las opiniones, es casi inevitable que los exabruptos sustituyan a los argumentos. Si al menos, aunque no se escuchara al adversario, se dedicaran todos a defender sus propios argumentos, sin faltar a la mínima educación, algo avanzaríamos. Pero no, ya se sabe, cuando no se tienen argumentos, se grita. Y “Dove si grida non è vera scienza”.
En lugar de hablarse directamente, de dialogar in person, se sirven de forma predeterminada de los medios. Y como consecuencia los desacuerdos se convierten, por así decirlo, en preprogramados. En vez de que las partes, en una confrontación objetiva, se sometan implícitamente a un imperativo de veracidad, cada una de ellas hace ostentación de lo suyo, y deniega la condición de veracidad al adversario.
Escribía hace unos días Pepe Borrell: “Faraday, el británico que estudió el electromagnetismo decía: "Un orador resta mucha dignidad a su carácter, cuando sesga la información para que lo obsequien con aplausos y halagos".
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Febrero del 2019.

jueves, 16 de mayo de 2019

LAS PALABRAS Y LA LENGUA

Muchos amigos saben ya bien, que soy un histérico con el tema del uso correcto de las palabras. Un convencido de que a falta de consenso, sobre el significado exacto de las palabras que utilizamos, el diálogo se hace difícil. Y no hace mucho Pepe Borrell, en una inolvidable intervención en Sevilla, nos recordó los males que se derivan de la renuncia a la palabra. Que el voto sí, es muy importante en política, pero es su último trámite. La política, en democracia, es primordialmente diálogo, conversación, palabras.
Ahora bien, Tony Judt en su última obra, antes de que el ELA acabase con su vida, “El refugio de la memoria”, nos recordaba que la pura facilidad retórica (arte de hablar o escribir) con independencia de su atractivo, no significa necesariamente profundidad ni originalidad de contenido. Del mismo modo que la falta de elocuencia (facilidad de hablar o escribir con fluidez) seguramente sugiere una deficiencia de pensamiento. Una idea que sonará rara, a la generación de las redes sociales, más preocupada por lo que intenta decir, que por lo que realmente dice.
Hay como una inclinación a retraerse de la crítica formal, con la esperanza de que la libertad así conquistada, favorecerá el pensamiento independiente. “Lo que importa son las ideas, no te preocupes de cómo las digas”. No quedan muchos, al menos en el mundo digital, con la suficiente confianza en sí mismos, como para replicar una expresión desafortunada, y explicar claramente que la misma, inhibe la reflexión inteligente.
Pareciera que hoy en día, la expresión “natural”, tanto en el lenguaje como en el arte, fuera preferida al artificio (predominio de lo elaborado, sobre lo natural). Suponemos de forma irreflexiva que la verdad, no menos que la belleza, se transmiten así de manera más efectiva. Alexander Pope, en su “Ensayo sobre la crítica” decía: “El verdadero ingenio es la naturaleza hermosamente vestida. Lo que fue pensado muchas veces, pero nunca tan bien expresado”. Como nos enseña la historia, en la tradición occidental, durante siglos, ha habido una estrecha relación entre lo bien que uno expresa su punto de vista, y la credibilidad de su argumentación. Los estilos retóricos podían variar, desde lo espartano hasta lo barroco, pero el estilo mismo nunca era una asunto indiferente. Y el “estilo” no consistía sólo, en una oración bien construida: una expresión pobre, ocultaba un pensamiento pobre. Las palabras confusas sugerían, en el mejor de los casos, ideas confusas, y en el peor, disimulo.
La inseguridad cultural engendra su “doble” lingüístico. Si nos fijamos, sucede lo mismo con los avances tecnológicos. En el mundo de Facebook y Twitter, la concisa alusión sustituye a la exposición. En la generación de mis hijos, no digamos en la de mis nietos, la taquigrafía comunicativa facilitada por su “hardware”, ha calado en la comunicación misma: la gente habla como en los mensajes.
Esto debiera preocuparnos, al menos a mí me preocupa. Cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan. Si privilegiamos la expresión personal de cada uno, por encima de la convención formal (las gramáticas establecidas) entonces estaremos privatizando el leguaje, no menos de lo que hemos ya privatizado tantas otras cosas. Recordáis a Humpty Dumpty, en “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”: “Cuando yo utilizo una palabra, significa lo que yo elija que signifique, ni más ni menos”. A lo que Alicia contesta: “La cuestión es si tu ‘puedes’ hacer, que las palabras signifiquen cosas tan diferentes”. Y sí, Alicia tenía razón: el resultado es la anarquía.
Puede que la prosa de baja calidad, sea hoy indicativa de inseguridad intelectual. Hablamos y escribimos mal, porque no nos sentimos seguros de lo que pensamos, y nos resistimos a afirmarlo de un modo rotundo e inequívoco. En opinión de Judt, más que padecer la aparición de la “neolengua”, nos amenaza el auge de la “no-lengua”.
Mis capacidades intelectuales disminuyen. No sé cuanto tiempo aún seré capaz, de forma aceptable, de seguir traduciendo el ser a pensamiento, el pensamiento a palabras y las palabras a comunicación. La riqueza de las palabras en que me crié, era un espacio público por derecho propio. Y de espacios públicos adecuadamente conservados es, con demasiada frecuencia, de lo que carecemos hoy. Si las palabras se deterioran ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Abril del 2019.


lunes, 26 de noviembre de 2018

“DE PORC I DE SENYOR SE N’HA DE VENIR DE CASTA”

Cuando vemos a una persona revolcarse libremente en el lodazal, en Mallorca decimos: “De porc i de senyor se n'ha de venir de casta”, lo que vendría a significar, para los que no manejen bien el catalán: “El cochino y el señor, de casta han de ser los dos”.
El otro día, cuando el incidente en el Congreso entre Borrell y Rufián, viendo al primero allí de pie frente a su escaño, todo dignidad, le dije a Marita: Mírale, parece un senador romano, sólo le falta la toga.
Pues bien, hoy me desayuno con un espléndido artículo en Diario de Mallorca de José Carlos Llop, en el que dice lo mismo y muchas más cosas propias de su inteligencia.
Yo siempre he pensado que Rufián, por mucho que esté afiliado a un partido antiespañolista y muy a su pesar, además de ser un payaso, es el mejor ejemplo, el mejor cliché, del españolista típico, de aquellos a los que maldecía mi muy amado Luis Cernuda, en su “Desolación de la Quimera”. Un personaje menor de las pinturas negras de Goya, que se chulea en el Congreso, como si estuviera en la barra de un bar. No es necesario hacer bromas con su apellido, es suficiente su peinado y su vestimenta. Goya y sus brujas o sus hombres del garrote. Escupiendo frases de chulo, como en la peor España. De cuya pesadilla, por cierto, creíamos habernos librado. Rufián es la sombra de nuestro error.
El otro día al verle allí en el Pleno, con los brazos en cruz, feliz de haberse conocido, explayándose ante todos con cierta obscenidad, me recordaba a Trump, Salvini, Orban… al que ustedes quieran, desgraciadamente hay mucho donde escoger.
Pepe Borrell
Pero lo que más llamaba la atención, pienso, era el contraste entre los dos contendientes: un brioso joven de 36 años, frente a un sereno adulto de 72; un gamberro político frente a un hombre de Estado. Rufián no tiró de sintaxis – la capacidad de elaboración del pensamiento – sino de adjetivos a secas: un insulto detrás de otro (“indigno” fue el más repetido). Y más de uno, por lo visto, nos preguntábamos qué sabe de dignidad quien así, sin respeto alguno por el otro, se expresa y comporta.
Efectivamente la dignidad, toda ella, estuvo en Josep Borrell. De pie en su escaño – escribe José Carlos Llop – Borrell tenía el aire de un senador romano. Sólo le faltaba la toga blanca”. Y había en él mucho de estoico, diría yo, como de discípulo de Séneca, de Marco Aurelio o de Cicerón. Una clara capacidad de “controlar la razón”, para lo bueno de la vida y para lo malo. Borrell apenas habló, pero la frase que pudimos escucharle, fue magnífica. Una larga frase, frente al tableteo de ametralladora de adjetivos insultantes y despreciativos, de su oponente. Fue tan magnífica esa frase de Borrell dirigida a Rufián – sigue Llop – que la apunté y la repito aquí: “Una vez más ha vertido sobre el hemiciclo, esa mezcla de serrín y estiércol, que es lo único que usted es capaz de producir”.
José Carlos Llop escribe que detrás de esa gran frase, está toda la Escuela de Barcelona y la Generación del 50: está Barral y está Gil de Biedma, seguro. Pero también García Hortelano y Juan Goytisolo. Está el mundo sentimental, y también ético, en el que nos educamos las generaciones que viviríamos la Transición, tan denostada por los que no la conocieron, pero sí tanto han disfrutado de sus logros.
José Carlos Llop
Pero detrás de las palabras de Borrell – tan medidas y precisas – está también toda la España Ilustrada y europeísta: desde Jovellanos (al que los mallorquines tuvimos tan cerca, encerrado en el Castillo de Bellver) a la Institución Libre de Enseñanza, de la que generaciones de Alonso hemos bebido; de Galdós a Antonio Machado; de Ortega a María Zambrano. Desgraciadamente, a lo largo de nuestra historia, no son las maneras de Rufián, las derrotadas con más frecuencia. Por mucho que creímos algunos, durante los últimos cuarenta años, que ahora sí y para siempre, las habíamos erradicado.
En fin, el horizonte hoy es el que es, no excesivamente tranquilizador. Pero la actitud de Borrell conteniendo su ira – le conozco bien y lo veía en su expresión – ante el espectáculo de la zafiedad y la irracionalidad, elevadas a canon del ejercicio del noble arte de la política; y sus escasas palabras tan bien traídas, han sido no sólo un bálsamo, sino el regreso de la dignidad al espacio público, ese que con tanto fervor defendieron Hannah Arendt y Jürgen Habermas. Aunque haya tantos que no sepan lo que es eso y, por eso mismo, no entiendan de que estoy hablando. Y prefieran mirar hacia otro lado, que siempre es más cómodo, como dice Llop.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Noviembre del 2018.


lunes, 24 de septiembre de 2018

NOS COGERÁ EL TORO

Nos cogerá el toro, y es un morlaco de aúpa, si seguimos prestándole menos atención a él que al ruido en los tendidos, a los gritos, aplausos, insultos y olés de los aficionados. Pedro Sánchez ha dicho: “Sólo es ruido”. Sí, pero justo por eso, no deberíamos perder tanto tiempo con ello.
No hay que entender la política, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Es lo mismo que en la historia, en cuya investigación sabemos de la importancia de detectar lo que está debajo de lo más manifiesto. Unamuno, lo he escrito a veces, llamaba “intrahistoria” a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales. A día de hoy, los “grandes acontecimientos históricos”, los asuntos que tratan los periódicos, y no digamos las redes, son los que tienen lugar en la superficie; mientras que los cambios sociales y culturales importantes, que se mueven bajo la superficie, sólo son detectados por contados políticos, sociólogos o filósofos que, como Casandras de hoy, nos advierten sobre ellos, con el mismo resultado que el de la clásica profetisa: ninguno. Hay un “nivel subterráneo” (abisal diría Unamuno) donde se articulan dinámicas sistémicas globales, que unen lo que en la superficie parece desconectado. Son imposibles de percibir, si contemplamos el mundo con los lentes de nuestras pasiones. O las confundimos con las que nos presentan algunos digitales, las redes sociales, los tuiters de Trump, las “fake news”, o los postureos y “performances” de muchos políticos.
Pepe Borrell en Florencia
Las elecciones europeas están ahí, el próximo mayo. Si ganan las derechas populistas, identitarias y xenófobas, se deshilacha la Unión y el Euro se devalúa gravemente ¿de verdad a alguien le va a preocupar entonces, lo que haya pasado con el máster de Casado, o la tesis de Sánchez? Borrell nos hablaba el otro día de problemas reales e imaginarios. Los primeros, los reales, en su mayoría se pueden resolver, si existe voluntad política (como pasó no hace mucho con la crisis del Euro). Los imaginarios (derivados de emociones y ensoñaciones) no se pueden resolver, sólo disolver. El Gobierno debe enfrentar con rigor y respuestas concretas y efectivas, aquellos problemas que de verdad afectan, o afectarán gravemente, la vida diaria de los ciudadanos. Y dejar de prestar atención a la espuma de las olas, y a la bullanga de ciertos medios digitales y redes sociales.
Sí, sí, ya lo sé, sólo 84 diputados y un montón de otros exclusivamente dedicados al postureo. Y sigo manteniendo mi confianza en el Gobierno y en la Dirección del PSOE. Seguro que todos ellos saben mejor que yo, cuales son los movimientos importantes, los abisales, los que se dinamizan en lo profundo. Yo solo aviso como Casandra improvisada. Porque hay que seguir confiando en la acción transformadora de la política; sin dejarnos atrapar en las falsas dicotomías del Ideal-Posible o Mejor-Bueno. Que no son sino un burdo plagio de la “piedra de Sísifo”. No es que en la carrera de lo posible a lo ideal, la piedra siempre acabe volviendo al comienzo, sino que cuando ascendemos algo hacia el Ideal, siempre hay alguien que lo sitúa más alto. Si no se desafora al Rey, no desaforamos a los políticos. O el todo o nada. Pero de nada nos sirve llorar o quejarnos, pues como nos recordaba Javier Solana, que dijo Hegel en su “Fenomenología del espíritu”: “La queja es una lágrima derramada sobre la necesidad”.
No es necesario haber leído muchas publicaciones serias, para constatar que en Europa (y en el mundo ya puestos) se está produciendo un cambio de mentalidades, germinado en tres fenómenos propios de nuestros días: una aversión estereotipada hacia los inmigrantes, muy especialmente hacia los de confesión musulmana; el poder de atracción de un nuevo tipo de políticos, que rehuyen los problemas reales, y sitúan en la agenda los imaginarios (esencialmente identitarios); y, por fin, la torpe forma de reaccionar de las élites políticas, ante la aparición de estos movimientos de protesta, en general populistas de derecha, pero no exclusivamente. Estas nuevas tendencias políticas, son incompatibles con las Constituciones de países que se consideran hijos de la tradición democrática liberal europea. Y con todos los que no comulgamos con una concepción étnica de la democracia, ni con una visión exclusivamente judeo-cristiana de nuestra tradición.
Jürgen Habermas
Pero algo bueno puede que aporten estos movimientos contestatarios: despertarnos de la somnolencia con la que hemos manejado hasta hoy, el funcionamiento de la democracia a nivel europeo que, como poco, diríamos que ha sido excesivamente elitista. Todas estas fuerzas política emergentes, algunas de sus exigencias, nos demuestran que una comprensión puramente formalista – y por ende disminuida – de los procesos democráticos, cada día encontrará una mayor resistencia.
También nos decía Borrell en su conferencia de hace unos días, que todo ese laissez faire, laissez passer, con el cual los ciudadanos han permitido a ciertas élites (nómadas cosmopolitas, las define Pepe y se incluye) gobernar la Unión, cuando las cosas iban bien, se ha acabado. La Unión ya no puede seguir siendo cosa de unos pocos (por más que el Parlamento Europeo, lo compongan 750 miembros), la ciudadanía de todos los países debe ser convocada seriamente, no sólo a la votación en las próximas elecciones, sino esencialmente a los procesos de debate en la campaña. Lo que decía al inicio: si las fuerzas seriamente democráticas, pierden las elecciones ¡que irrelevante nos parecerá entonces el máster de Casado!
Pero para terminar, un toque de optimismo, que es lo mío. Decía no hace tanto Jürgen Habermas: “Tenemos en Europa ciudadanos suficientemente educados, para que ese género de ficciones políticas sentimentales, de las que el populismo de derechas quiere convencernos que existen, no tengan recorrido”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Septiembre del 2018.


lunes, 27 de noviembre de 2017

BIOGRAFÍA DE ICETA. YA LEÍDA.

Desde muy jovencito, soy un voraz consumidor de biografías y autobiografías. De manera que, modestamente, me considero un “connaisseur” de este género, parte de los libros sobre historia (dejando para otro día el debate sobre la influencia, mayor o menor, de los personajes en el desarrollo de la historia, frente a las clases sociales, las estructuras económico-sociales, los pueblos… etc.).
Así de corrido y de memoria, recuerdo un buen puñado de las que más me gustaron:
Biografías. “Churchill” de Roy Jenkins. “Hannah Arendt” de Laura Adler. “Bismark” de Emil Ludwig. “Gerald Brenan. El Castillo interior” de Jonathan Gathorne-Ardy. “Isak Dinesen” de Judith Thurman. “Albert Camus” de Herbert R. Lottman. “Bruce Chatwin” de Nicolas Shakespeare. “Mendes France” de Jean Lacouture…
Autobiografías. “Tan lejos, tan cerca” Adolfo Marsillach. “Memorias” J.K. Galbraith…
Como puede comprobarse en este no largo listado, se confirma lo que he dicho alguna que otra vez: el mejor género biográfico, pertenece a los británicos.
Esta biografía de Iceta no figura, a mi entender, entre las mejores. Además está escrita mediante el método del “flash-back”, tan de moda en el cine, la televisión y, también, en la literatura. Pero me parece que la analepsis en la biografía, no es el sistema más apropiado, prefiero la típica narración cronológica. Por ejemplo en esta de Iceta, incluso para alguien que ha vivido los hechos de cerca como yo, con frecuencia cuesta entender en que momento nos encontramos. Y a quien no conozca bien la historia del PSOE y del PSC, en los últimos cuarenta años, le costará, a veces, entender el porqué de ciertos posicionamientos de los actores. Pero bueno, me ha encantado leerla por varios motivos extra literarios.
En primer lugar me ha proporcionado momentos de intensa “saudade”. Dice Iceta que las primarias Almunia/Borrell de 1998, fueron su primer bautismo de fuego. Y para mí fue la última batalla política, librada desde la primera línea de fuego. Unos llegaban, otros se retiraban. A muchos veteranos, las primarias de este año de Susana/Pedro, nos han retrotraído, casi en vivo y en directo, a aquellas primeras de 1998. Igual que hace unos meses, en aquel entonces muchos militantes también entendimos, que la candidatura de Almunia (buen amigo mío) no era el revulsivo que el partido necesitaba. Así que nos lanzamos con ilusión, a pelear una batalla de solos contra todos. Contra el aparato, contra los medios (todavía exclusivamente de papel), contra los poderes económico-financieros… Desde Ferraz nos cedieron un pequeño local, propiedad del partido, en la calle Zorrilla, al que los catalanes comenzaron a llamar “la guineueta” (diminutivo de zorra).
Borrell se rodeo de un grupo de militantes variopinto, liderados por Luis Yáñez (un veterano que ya figuraba en la famosa “foto de la tortilla” en Puebla del Río, pero siempre un “verso suelto” en el partido). Miquel Iceta se encargó, entre otras múltiples actividades, de crear algo tan novedoso, al menos para mí en aquel tiempo, como la página web del candidato y el correo electrónico. En aquel local tuve muchas horas de charla y debate con Luis y Miquel. Pero también con Cristina Narbona, Manu Escudero y Elena Valenciano (que fue quien me ficho, para dirigir la campaña en Baleares). Comenzamos a poner en marcha todo aquello, y se fue generando un entusiasmo extraordinario. Hubo una especie de sentimiento colectivo de ilusión, de que el partido volvía a ponerse en marcha, de que el PSOE demostraba con hechos, ser el partido más democrático de España.
En esta biografía de Iceta, he conocido en mayor profundidad, cosas que sólo sabía superficialmente: los líos internos del PSC, las luchas interminables, entre los líderes históricos catalanistas procedentes de la burguesía, y los llamados Capitanes, dirigentes de las federaciones metropolitanas y alcaldes de grandes pueblos, de cultura obrera. Y también de las enrevesadas negociaciones, que llevaron a la redacción del nuevo “Estatut de Catalunya”, el que, después de ser votado por la ciudadanía, viose mutilado de gran parte de sus artículos por el Tribunal Constitucional.
Igualmente he descubierto, y otras confirmado, muchas experiencias personales y visiones políticas, coincidentes con las de Miquel. Por ejemplo su experiencia universitaria, de la que cuenta que en la facultad, toda la gente que se movía estaba a su izquierda, que los del PSUC (los comunistas de siempre) eran de hecho los moderados, todos los demás eran de grupos y partidos trotskistas y maoístas. Yo ya he escrito con frecuencia, como en la Facultad de Económicas de la Complutense, todo el mundo me consideraba un burgués reaccionario y un cerdo socialdemócrata.
Iceta explica porqué, después de las segundas elecciones con Pedro Sánchez – igual que yo – era más partidario de unas terceras elecciones, antes de permitir la investidura de Rajoy mediante nuestra abstención.
En otro momento, Miquel expresa su aversión por el adanismo, por esa ilusión de crear cada día el mundo de nuevo. “Cuando tienes un Estatut, lo que tienes que mirar es si algo ha funcionado mal, revisarlo; si algo no estaba previsto, incorporarlo. Pero ¿hacerlo de nuevo? Empezar todo de cero, sin tener en cuenta lo que se ha hecho antes, es algo a lo que le he cogido una aversión extrema”. Y recuerda unas palabras de Felipe González: “Algo tan serio como Cataluña no se inventa. Cataluña ya está inventada. Y cuando se quiere construir algo sólido, debe hacerse respetando los cimientos”.
También afirma en otra página Iceta: “A mi me incomoda mucho, cuando las cosas se presentan diciendo o blanco o negro, o bien o mal”.
Y sí, todos los militantes del PSOE y PSC deberían leerse esta biografía. Está llena de lucidez y sensatez políticas.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Noviembre del 2017.


lunes, 12 de junio de 2017

PSOE (II). EL RELATO

Pasaron las primarias. En toda elección, al menos en las más, se vota futuro. La campaña de Susana Díaz estuvo lastrada por el pasado. En muchos momentos me recordaba a Bono en el 2000: sólo ofrecía una salida autoritaria y aparatera a la crisis del partido. Algo que, debiera haber pensado, no lo iban a votar los militantes. Así que ahora toca pensar en el próximo futuro: el 39 Congreso. Y como escribí un par de veces, estas Primarias han tenido mucho de “proceso constituyente”. Y de esta forma, me parece, deberíamos afrontar el próximo Congreso. De él debería nacer, algo así como una nueva Constitución del PSOE.
Estamos asistiendo, no sólo en España, a una rebelión frente a visiones de la política, en clave de “lo que hay que hacer”. Vivimos días de eso que algún freudiano llamaría “el retorno de lo reprimido”, lo soterrado, lo pasional, que se está cobrando su venganza después de tanta despolitización tecnocrática, moderación y “consenso de centro”. Hoy, para bien o para mal - como escribe Fernando Vallespín - ya imperan otras lógicas mucho más discursivas, preformativas, y de apelación a los afectos. Pedro Sánchez ha sabido marcar el campo político, a partir de una escisión ¿maniquea? entre un “nosotros”, las buenas bases, y un “ellos”, el aparato, señalando así un adversario al que equiparó con el verdadero enemigo, el PP. Acertó, como se ha visto, en la “construcción discursiva del enemigo”, como diría Laclau. Y es que la estrategia de cualquier buen general, consiste en aprovechar el conflicto que abre el contrincante, para redefinirlo. Para volver a establecer el relato adecuado. El futuro – como diría Víctor Hugo – tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes, es la oportunidad.
Estas últimas semanas he recordado con frecuencia, aquel principio de la evolución, según el cual la necesidad crea el órgano. Algo así subrayaba Josep Borrell, en la presentación de su último libro en Barcelona: La hegemonía de las políticas económicas neoliberales, ha provocado la respuesta y el crecimiento, de los que dicen “sí se puede” combatirlas y sustituirlas, mientras el partido socialista, corría el riesgo de quedarse como un partido conformista, el de los que dicen “no se puede”.
Para recuperar la confianza de nuestros votantes, no nos basta, a los socialistas, apelar a nuestro magnífico legado, que los ciudadanos ya han interiorizado y dado por amortizado. Necesitamos liderazgos nuevos y el principal ya lo tenemos. Pero nos son necesarias también ideas nuevas. Un nuevo relato para ser percibidos como una fuerza transformadora y de futuro. Para volver al poder nos es necesario un relato actualizado, que salte por encima de clichés ideológicos ya algo apolillados, y rigideces organizativas arcaicas. Como escribió Macron en la revista de filosofía “Esprit”: “En contra de lo que sostiene una crítica posmoderna de los grandes relatos, nosotros esperamos de la política que anuncie grandes historias”.
Escribía Luis Yáñez ya en 2001, en su libro sobre las primarias Almunia/Borrell, que la política se estaba convirtiendo en un puro oportunismo, con los profesionales de la misma, al servicio de los poderes económicos, mediáticos o financieros. Y los partidos políticos en meras, y no muy buenas, maquinarias electorales, en las que las referencias a las ideas, no sólo son cada vez más escasas sino, lo que es peor, están mal vistas, e incluso son ridiculizadas por los numerosos cínicos, que pululan en la cosa pública.
Un servidor es el quinto contando por la derecha
Tenemos que ser muy conscientes de que a ningún poder constituido, le ha alegrado la elección de Pedro Sánchez. No sólo al aparato del partido, entendiendo como tal el conjunto de cuadros, que ven en peligro su poder y su supervivencia, ante el triunfo de alguien surgido de un ejercicio de pura democracia, y no de los filtros que ellos controlan. Tampoco les ha gustado nada a los otros partidos, especialmente al PP y Podemos. Y menos quizá a los poderes económicos y mediáticos, que saben muy bien que pueden presionar a un político cooptado por sus pares, con mucha más facilidad que a quien no debe su elección a nadie, porque se la debe a todos.
En el 39 Congreso Pedro debe recordar, aunque estoy seguro que ya lo sabe, y si no que se lo pregunte a Borrell, algo que modestamente escribí en mi muro de Facebook hace poco: el poder no se negocia ni se discute, se ocupa, y la autoridad no se solicita, se ejerce. Así que no debe mirar a los lados, para saber que piensan otros, pues el liderazgo se ejerce en soledad, aunque requiera los asesoramientos necesarios, y tenga que convencer a los órganos de dirección y control: La Ejecutiva y el Comité Federal. O sea, debe comportarse como un auténtico líder, para eso lo hemos elegido, ejercer como tal en todo momento. Y esto, me parece, tiene mucho más que ver con la actitud, con la expresión corporal y con los gestos, cosas todas ellas que no se aprenden en los libros.
Decía el gran Maurice de Talleyrand: “En política uno muere para resucitar”. Y él sabía bien de que hablaba. Pedro debe ocuparse básicamente, de comunicar el nuevo relato. No se puede hacer política sin comunicación. Convertir complicadas estrategias en sencillos mensajes. Argumentos jurídicos en eslóganes. Y largos documentos en tuits. El liderazgo de un país y de un partido político, no consiste sólo en la gestión de las cosas corrientes, es, sobre todo, orientar a la gente, hacer pedagogía política, marcar horizontes, señalar cuales son las metas colectivas, el proyecto de país, hacia donde vamos… el relato. La Política, así con mayúscula, no es esencialmente gestión, aunque, por supuesto, haya que gestionar bien, sino la previsión del futuro. Lo que marca la diferencia, opino, entre burocracia y política, es que ésta debe adelantarse a los problemas, prever los cambios que la sociedad está produciendo, interpretar los signos de los tiempos, y plantear a la ciudadanía un horizonte de futuro.
El discurso político no puede ser sólo un discurso técnico, que encadena medidas. Es una visión de la sociedad y de su transformación. Sí creo que el PSOE debe redactar concienzudamente un programa actualizado (casi todo ya está en el documento de la candidatura de Pedro), y convertirlo en un nuevo relato. Dar luz a todo lo que los ciudadanos han entendido, implicaba el eslogan del “No es No”. Porque un relato no sólo sirve para dar explicaciones, o para hacer pedagogía, que también. Un relato sirve para cambiar los términos de la discusión. Como nos recordaba hace un tiempo Víctor Lapuente: el pensador William Riker lo llamó “herestética”, o habilidad de presentar un dilema político, desde un prisma nuevo. Trabajar para seguir siendo alternativa a la derecha, nos exige dotar de nuevos contenidos a nuestro proyecto político, desmarcándonos sin complejos del PP, y tratando de imponer un nuevo lenguaje. “No pienses en un elefante”, como explica George Lakoff en su libro con ese título.
Vivimos en unos momentos de discursos vacíos, gritos, insultos y postureos, pero de muy pocas narraciones formadas. Esta ausencia de narrativas, que den cuenta de donde estamos o hacia donde nos dirigimos, explica en buena medida, el ritmo acelerado de las transformaciones actuales, que no llegan jamás a solidificarse en algo concreto (Y por cierto, en el documento presentado ya hace unos meses por Pedro Sánchez, se habla al inicio de eso: de una nueva “narrativa”, de un nuevo “relato” para el PSOE). Y esa falta de “narrativa", también revela el desarraigo vital circundante y la identidad disuelta. Como nos recordaba Máriam Martínez-Bascuñán: “Se le envejecen a uno las palabras en la boca”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Junio del 2017.






miércoles, 17 de mayo de 2017

Y DALE CON LA "NACIÓN"

Vaya por delante que yo con eso de la “nación” o “naciones”, no tengo nada que ver. Me parece una emoción interesada. Creo en los “Estados”, y nada en las “Naciones”, que son un invento romántico/burgués de finales del siglo XVIII (la “Nation” francesa data de la República, antes no existía). Soy un fervoroso partidario de los Estados postnacionales. De un Estado federal europeo. François Mitterrand repetía aquello de “le nationalisme, c’est la guerre”. Ya sé que la identidad colectiva es algo muy importante para algunos, especialmente en tiempos convulsos, de futuro incierto. Pero las identidades no nacen, se hacen. No son innatas, son el producto de una construcción social. Algo muy difícil de contradecir desde el razonamiento, porque se sitúa fuera del campo de la razón, en el de las emociones. Pero dicho esto…
Apreciado compañero Patxi López, tampoco tú sabes lo que es una Nación, porque no lo sabe nadie. Y apreciada compañera Susana Díaz, mucho tiempo para leer no debes tener, pues de lo contrario, no le habrías echado en cara a Pedro, ser el primero en hablar de “nación de naciones”.
El supuesto concepto de “nación” es una simple emoción, aunque eso sí es. Como tal “concepto” es algo indefinido. O definido sin cesar, en función de intereses escondidos. Pues “definir” – dice Sartori - es, en primer lugar, delimitar, asignar fronteras. Un concepto indefinido es un concepto “sin final”, que no sabemos cuando es aplicable y cuando no, que incluye y que excluye.
Ya he escrito algunas veces como Renan, en pleno auge de los nacionalismos 1882, planteó un intento de definir “nación”. Y tras descartar que sus fundamentos pudieran ser los de la raza, legua, religión o historia, si habló de un elemento “subjetivo”, por emocional: la “voluntad” de estar juntos de un grupo humano, que se reconoce como tal, generalmente agrupado en un territorio, que cree tener elementos diferenciales, en general una lengua, para seguir siendo “lo que son”. Y añadió su conocida idea de “un plebiscito cotidiano”. Puntualizando que las naciones no son eternas, que comenzaron un día, y otro terminarán. Teoría que contradice lo que antes se pensaba sobre las naciones, aquello de que son una realidad inmutable.
Pero pasemos a la expresión de “nación de naciones”. Que no, Susana, no se la ha inventado Pedro. La utilizó por primera vez – como bien nos recuerda Borrell en su último libro – Walt Whitman para aplicarla a EE. UU. Y la retomó en 1957 el compañero Anselmo Carretero (al que tuve el honor de conocer en persona): “La nación española, nación de naciones o comunidad de pueblos, es el resultado de un largo y doloroso proceso histórico, en el que han tomado parte todos ellos”. Felipe González, en un artículo publicado con Carmen Chacón (El País 26 Julio del 2010) decía: “La concepción de España, como nación de naciones, nos fortalece a todos”. Y como también añade Pepe Borrell, Gregorio Peces-Barba, ponente constitucional del PSOE en 1977/78, dijo: “Acepté desde el principio, que el término nacionalidad es sinónimo de nación y que, en este sentido, España es una nación de naciones”. Pero apostillando: “No hay más que una nación soberana que es España, que es además el poder constituyente”.
Como Pepe, sé muy bien que esto va de política, no de ciencia, ni teoría. Y en ese campo, el de la política, el concepto de realidad plurinacional del Estado, puede ser una buena vía, para desarrollar el Artículo 2 de la Constitución, y dar satisfacción a las demandas de reconocimiento, de una parte de la sociedad catalana, sin que por ello troceemos la soberanía del pueblo español.
Todos, o al menos muchos, sabemos que el problema son las consecuencias jurídico-políticas, que se derivan del término “nación”. Para los independentistas, es el primer paso para construir un Estado; pero en el planteamiento que hace Pedro, que coincide con el del PSC, no identifica nación con soberanía política.
Se preguntaba Miquel Iceta en su libro “La Tercera Vía”: ¿Cataluña es un sujeto político? Y se respondía que sí, pero no es un sujeto político soberano. Ni tiene el derecho a la autodeterminación, porque no es una colonia, ni está ocupada militarmente, ni se niegan los derechos de las minorías nacionales, que son los únicos casos para los cuales la ONU reconoce ese derecho, a pesar que los independentistas no quieran enterarse.
Este planteamiento de realidad nacional, no va a satisfacer a los independentistas, ya lo sabemos. Pero sí podría servir para satisfacer el deseo de reconocimiento de su identidad, que tienen muchos catalanes sin ser independentistas, o que podrían dejar de serlo.
De manera que no, Sánchez no pretende romper España. Más bien, opino, los que están contribuyendo a agrandar las grietas, que amenazan nuestra estabilidad territorial, son los casposos de la “España una, grande y libre”. El proyecto de la candidatura de Pedro es 100% constitucionalista. De manera que ¿a que viene ahora tanto revuelo?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Mayo del 2017.