Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 7 de noviembre de 2019

TODO PROCESO POLÍTICO, NECESITA CONSENSO

La obra de Jonathan Sumption “Trials of the State”, una pequeña joya, según dicen los entendidos que ya la han leído, está pasando de mano en mano, en los ambientes políticos anglosajones. Sumption ha sido un brillante abogado privado, miembro de la Corte Suprema, y un medievalista renombrado (muy conocida de los historiadores, es su extensa obra – que ya va por los cuatro volúmenes – “La Guerra de los Cien Años”).
Últimamente ha sido muy entrevistado, dado su amplio conocimiento del sistema político del Reino Unido, y de su sistema legal, por la amplia repercusión que ha tenido la sentencia de la Corte Suprema, sobre el cierre del Parlamento, manipulado por el Premier Boris Johnson. También por las manifestaciones de algunos políticos británicos, por el mismo motivo, a favor de dotar al Reino Unido, de una Constitución escrita.
Pero Sumption, me parece algo escéptico, respecto a lo de cambiar la Constitución inglesa, por una escrita. Dice que podría funcionar de dos modos: Ser como la de Estados Unidos, una declaración de principios generales, sin entrar en detalles. Pero en ese caso necesitas, dice, una cultura política no escrita, que la haga funcionar. O también podría ser, un código de artículos muy precisos. Pero de ese modo, se tendría respuesta para las diez últimas crisis, pero no para las diez siguientes. El problema de las Constituciones escritas, es que se blindan frente al pasado, pero, añade, hacen difícil crear convenciones políticas para problemas nuevos.
Jonathan Sumption
El problema de lo que ha pasado con el Parlamento, explica Sumption, es que tenemos una Constitución cuyas reglas más relevantes, están basadas en la costumbre política. El Gobierno decidió ignorar esas costumbres, e imponer sus decisiones, sin el apoyo de la mayoría de los diputados. Lo que la Corte Suprema ha hecho, es simplemente, recolocar al Parlamento en el centro de la toma de decisiones. Puede que haya sido una sentencia radical, pero muy necesaria. En principio, Sumption se opone a que la justicia, interfiera en el proceso político, porque acaba socavando la legitimidad democrática. Pero no duda en remarcar, que en este caso ha servido para lo contrario, para reforzarla.
Jonathan Sumption, por lo que yo sé, ha defendido siempre las virtudes de la democracia representativa. Porque el objeto, explica, no debe ser tomar decisiones, sino acomodar diferentes opiniones e intereses, en esas decisiones. Por eso deplora la vía del referéndum, porque lo considera un modo ilegítimo, de tomar determinadas decisiones. El Brexit, afirma, sólo ha servido para envenenar la vida política inglesa. Preguntar a los ciudadanos por un principio general, y pensar luego que los diputados lo podrán desarrollar, es meterse con toda seguridad en graves problemas. Los representantes en el Parlamento, tienen capacidad de reflejar los cambios y las nuevas corrientes. Cuando se les pretende insultar, hablando de “aristocracia del conocimiento”, simplemente se está provocando. Sí, tienen el poder, y lo tienen porque se les ha elegido. Y lo que es más importante, el elector se lo puede arrebatar, cuando considere que no están a la altura de las circunstancias. Pero el hecho de que los asuntos públicos, sean manejados por gente con experiencia, responsable ante sus electores, es una noción muy sana.
Para Sumption, lo más alarmante es que entre la gente joven, comience a imponerse la percepción de que los actuales sistemas democráticos, sean como intentar avanzar por arenas movedizas. Piensan que si se tiene una idea clara, que precisa de medidas radicales para llevarse a cabo, pues adelante sin más. El sistema político, lo ven como una bola de hierro encadenada a sus pies. También lo pensaron muchos en la Europa de los años treinta, y bien sabemos lo que ocurrió. Todo proceso político necesita consenso. La alternativa no es sino amargura y sangrientos enfrentamientos.
Y finalmente, una cosa más que me lleva a comulgar con Sumption, recela mucho de las redes sociales. Porque dice: se están usando las emociones en ellas, para acallar la discrepancia, para producir una conformidad moral, en beneficio de una opinión dominante, pero no única.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Octubre del 2019.


miércoles, 5 de julio de 2017

A VUELTAS CON LA TRANSICIÓN

Por experiencia propia, sé lo difícil que es transmitir a quienes no vivieron los largos años del franquismo, la euforia que se desató en las primeras elecciones auténticamente democráticas. Por fin votar de verdad, escuchar en campaña algo tan simple como los acordes de “La Internacional”, tener un Parlamento homologable, con todos los requisitos exigibles a las democracias representativas. Por fin España dejaba de ser una anomalía en el sur de Europa.
Había sido siempre nuestra diferencia (“Spain is different” que decía Fraga) lo que nos convertía en un caso excepcional en la historia de Europa: Una demostrada y reiterada incapacidad para la democracia, una atávica necesidad de ser gobernados por hombres fuertes: los “espadones”- generales – del siglo XIX, Primo de Rivera y Franco en los comienzos del XX. Muchos estaban convencidos – el hispanista Richard Herr entro otros – de que cuando Franco muriera, los españoles, por naturaleza rebeldes y políticamente volubles, volveríamos a nuestros antiguos hábitos. Nadie daba un duro por lo que en España pudiera ocurrir. Hasta alguien tan a resguardo de retóricas demagógicas, como el gran Giovanni Sartori, sentenció en 1974, en su imprescindible obra “Partidos y Sistemas de Partidos”, que los españoles volverían a la pauta de los años treinta, dando vida de nuevo, a un sistema pluripartidista y muy polarizado, directamente destinado de nuevo al caos.
Una voz, sin embargo, había desentonado en el coro de historiadores y científicos sociales y políticos, que elucubraban sobre el futuro: la de Juan Linz, que pronosticó, en 1967, que cualquier sistema de partidos que se estableciera en el futuro en España, tendría que girar inevitablemente, en torno a dos tendencias dominantes: el socialismo y la democracia cristiana. Sobre ellas se había construido la nueva Europa, de la que tantos españoles deseábamos formar parte.
Santos Juliá
Un sistema a la italiana era la gran expectativa del PCE, que soñaba con repetir en España, el “compromesso storico” de Berlinguer en Italia. No muy diferentes eran las expectativas de Adolfo Suárez: un partido que desempeñara el papel jugado por la democracia cristiana en Italia y Alemania, y fomentar en la izquierda, una permanente y equilibrada división entre socialistas y comunistas. Pero que ocurriera lo de Alemania, era lo que anhelábamos los socialistas del PSOE. Al final, como ya sabemos, fueron las dos opciones sobre las que en Europa se había reconstruido la democracia y el Estado social, las que resultaron vencedoras el 15 de Junio de 1977. La UCD que arrebató el centro derecha a la Democracia Cristina (La “Federación de la Democracia Cristiana”, liderada por Joaquín Ruiz Giménez y José María Gil Robles, antiguo líder de la CEDA, contra todo pronóstico, no obtuvo ningún diputado) y el PSOE.
Con estos resultados, como bien explica el historiador Santos Juliá, se disolvió, además de la famosa “sopa de letras” (más de ochenta candidaturas se habían presentado a las elecciones) el proyecto de reforma política, aprobado en referéndum seis meses antes. Nunca más se volvió a hablar de “reforma constitucional”, una manera perversa de referirse a las Leyes Fundamentales de la dictadura. Los diputados se declararon, nos declaramos, constituyentes y decidieron poner en marcha, la principal y nunca abandonada reivindicación de la oposición: “la apertura de un proceso constituyente”, que se formuló en el acuerdo alcanzado entre monárquicos y socialistas en 1948, y se reiteró en todos los planes de transición, alumbrados en las décadas siguientes.
Victoria Camps
Aquellas Cortes elegidas, tiraron adelante con lo que muy pronto recibió el nombre, luego tan denostado, de política de “consenso” (el conocido “compromise” inglés, concepto que significa que ambos lados ceden en una negociación, para que todos salgan ganando, y que en castellano no tiene una traducción satisfactoria). Y esa fue la gran diferencia, que liquidó todas las diferencias, que históricamente manteníamos con la historia democrática europea. Políticos españoles y políticas de pacto, parecían excluirse mutuamente en nuestro discurso político y en nuestra historia, desde los orígenes del Estado liberal. Que ni la tradición ni la historia determinaran el futuro, y que era posible construir un Estado tramando acuerdos: eso fue lo que indicaba, y así lo comprendimos, el mandato de los electores, cuando, rompiendo lo que tantos observadores extranjeros consideraban como áspera excepcionalidad española, depositaron sus votos mayoritariamente en dos partidos, a los que empujaron a entenderse. Como alguien dijo: ¡puaf que aburrimiento, ya sois como los europeos!
Aquella democracia tan esperada, que supo ponerse al día con sorprendente rapidez – como escribe la gran Victoria Camps – hoy adolece de cierta adhesión ciudadana. El fenómeno populista pretende corregir con el encendimiento de las masas, lo que sólo se corrige bien con diagnósticos audaces y desinteresados. La sociedad siempre está enferma y, precisamente, la democracia se inventó para reparar algunas de sus dolencias. Para ello cuenta con un procedimiento, para elegir los representantes de la ciudadanía, y con los contenidos que protege todo Estado de derecho. En aquellas Cortes Constituyentes, se pactó la voluntad de establecer y mantener a salvo ambos elementos. Ya forman parte de nuestra esencia política, pero no basta tenerlos, hay que saber demostrar que son útiles para responder a los conflictos y problemas, que nos van saliendo al paso.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Junio del 2017.