Mi cerebro ya no es capaz de procesar más de una barbaridad, en unas pocas horas: Pablo Iglesias, Mariano Rajoy… compitiendo por la sinrazón. Me voy a retirar un par de meses por lo menos, a un monasterio con las obras de Ortega, Habermas, Montaigne y algún otro. Y me dedicaré a pensar, a reflexionar y a escribir sin ruidos, sin poder caer en la tentación de escuchar memeces. Y luego ya me lo contareis.
Para los que nos preocupamos seriamente por la res pública, por el bien de la ciudadanía, ni a base de pastillas podemos combatir esa angustia. Me va a dar otro infarto. Cuando Ortega lamentaba algo, lo lamentaba sin titubeos, cuando se deprimía, se deprimía con fuerza, con la frescura paradójica, eso sí, de un desarreglo que se combate nombrándolo, escribiéndolo, haciéndolo palabras. Con frecuencia Ortega trata de filosofía, pero no de la filosofía como asunto científico o académico, trata de la vocación intelectual que se activa con la filosofía, como arrebato irrefrenable y rapto físico, como deseo de saber y seguir sabiendo, sensación vibrante de tener un instrumento insustituible e invencible, contra la adversidad, contra el daño o la debilidad: el ejerció de la inteligencia como gimnasia del instinto, del placer en prácticas perpetuas, como vocación elegida e irreprimible.
Pensar decía, es “terror, entusiasmo, desazón, curiosidad, profunda delicia, exaltación”; es lo que se produce en nuestra vida “en sus momentos culminantes, cuando el vivir se estira, se acrece, y siendo vivir, es más que vivir”.
Pues sí, quien pudiera en estos días, pensar rodeado de silencio, leer y escribir alejado del mundanal ruido. Me temo que yo ya no soy capaz, me tendrían que pastar de nuevo. ¿Alguien comienza a añorar ya la “vieja política”.
Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Enero del 2016.
