Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 20 de junio de 2019

CASI 90 AÑOS DE ÉTICA COMUNICATIVA

Nos recordaba ayer Adela Cortina, que mañana martes (día 18) su gran mentor Jürgen Habermas (con el que trabajó en la Universidad de Francfort) cumple ya 90 años. Las celebraciones por su cumpleaños se están produciendo por todas partes. Y no es para menos, pues se trata de uno de los filósofos esenciales del siglo pasado y del presente. Y, a la vez, de un intelectual altamente comprometido, con la tarea de fomentar el uso de la razón en el espacio público.
Recordemos en esa efemérides, que Habermas ha forjado propuestas de gran calado: la “teoría de la acción comunicativa”, que descubre la entraña dialógica de los seres humanos, y extrae de ella consecuencias para diseñar una esfera pública polifónica; una teoría crítica de la sociedad; una ética comunicativa; y una reflexión sobre el Estado democrático de derecho, inevitablemente posnacional.
En estos días en que vuelve a la palestra, el debate sobre la necesidad de la filosofía, para humanizar la vida, pensadores como Habermas nos muestran de forma palmaria, que el quehacer filosófico es menester y fecundo, para dotarnos de marcos desde los cuales comprender el mundo, interpretarlo y transformarlo a mejor.
Según ha contado el propio Habermas, alguna que otra vez, dos han sido las raíces vitales de su marco filosófico: una operación en el paladar sufrida de niño, y que le dejó alguna dificultad a la hora de expresarse y, ya al inicio de su vida académica, la decepción que le causó la filosofía alemana, marcada entonces por la huella de Heidegger. Según su relato, la intervención quirúrgica le condenó a un cierto aislamiento, que le llevó a experimentar la necesidad imperiosa de la comunicación. Pues las personas no somos individuos aislados, sino en vínculo con otras, en una relación básica de reconocimiento recíproco.
Esta es la clave de la teoría de la acción comunicativa, que permitió a Habermas aportar a la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort, el camino que buscaban Horkheimer y Adorno desde los años sesenta, para poner fin al imperio de la razón instrumental. Esa racionalidad comunicativa, que insta a construir la vida desde el diálogo y el entendimiento mutuo, de quienes se reconocen como interlocutores válidos.
Jürgen Habermas
Pero igualmente la experiencia del rechazo en la infancia, apunta a una ética vigorosa, tejida de sentimiento y razón. En la vivencia del rechazo, afloran la conciencia de vulnerabilidad y de injusticia, dos emociones que abren el mundo moral, porque la humillación es inaceptable cuando yo la sufro, y cuando tengo razones para defender, que nadie debería padecerla. Por eso las virtudes de la ética comunicativa, son la justicia y la solidaridad.
En estos tiempos en que el emotivismo domina el espacio público desde los bulos, la posverdad, los populismos esquemáticos, las propuestas demagógicas, las apelaciones a emociones corrosivas… urge recordar que las exigencias de justicia son morales, cuando entrañan razones que se pueden explicitar, y sobre las que cabe deliberar abiertamente. Y sobre todo, que el criterio para discernir cuando una exigencia es justa, no es la intensidad del griterío en la calle o las redes, sino que consiste en comprobar, que es lo que satisface intereses universalizables.
Volviendo al inicio, la segunda de las raíces biográficas de Habermas, es la traumática experiencia de los Juicios de Núremberg y, muy especialmente, el momento en el que su amigo y maestro Karl-Otto Apel, puso en sus manos en 1953, un ejemplar de la “Introducción a la metafísica” de Heidegger, que era el maestro a distancia. Heidegger justificaba el nazismo, como un “destino del ser”, una coartada que eximía de cualquier responsabilidad personal. Inmediatamente Habermas le pidió públicamente explicaciones, pero el silencio de Heidegger, le mostró claramente que la filosofía alemana de la época, no podía procurar recursos para la crítica. Autores como Heidegger, Schmitt, o Jünger, despreciaban a las masas y exaltaban al individuo arrogante y extraordinario. Era la miseria del supremacismo nacionalista, empeñado en hacer de la lengua, un símbolo de identidad excluyente, en vez de reconocerle el papel que le es propio, el de la comunicación entre personas iguales en dignidad.
En los años ochenta pasados, Habermas terciaría en la llamada “disputa de los historiadores”, sobre el pasado nacionalsocialista. Y defendería la tesis de Sternberger, del “patriotismo constitucional”, que se reclama de la tradición de la Revolución Francesa, no del nacionalismo romántico, adicto a identidades excluyentes. Para el filósofo alemán, el patriotismo constitucional es el único razonable, pues supone el triunfo de los valores de un Estado social y democrático de derecho. Hoy ya no hay alternativa a las orientaciones universalistas.
Desde allá por los años ochenta, más o menos cuando yo entré en contacto con su obra, Jürgen Habermas ha continuado incansable, en la tarea de fomentar una esfera pública polifónica, desde la teoría y la práctica. Y viene interviniendo en todo tipo de debates, oficiando en todos ellos como un intelectual, consciente de que no debe utilizar su influencia para alcanzar el poder, pues no deben confundirse influencia y poder.
Habermas es un humanista, que dialoga con las propuestas relevantes de la filosofía y de las ciencias sociales, pero también con las naturales, en asuntos como la biotecnología, o defensa de la libertad frente a corrientes neurocientíficas, que hoy resucitan el positivismo de los sesenta, y apuestan de nuevo por el determinismo, cuando es la libertad el núcleo de la sociedad abierta (repasar a Popper).
Desde ese humanismo, entiendo yo, que la apuesta por el cosmopolitismo incluyente, a través de la vía europea, sigue siendo la gran opción. Habermas nos recordó unas palabras de Krause de 1871: “Debes ver a Europa como tu patria mayor y más próxima, y a cada europeo como tu compatriota, en el nivel superior más próximo”. Un proyecto común de Europa – añadiría el propio Habermas – “no puede ser derribado en el último momento, por egoísmos nacionales”.
Adela Cortina nos relata, que Habermas y Marcuse se preguntaban, cómo explicar la base normativa de la teoría crítica, pero que Marcuse no respondió hasta la última ocasión en que se encontraron, dos días antes de su muerte, ya en el hospital: “¿Ves?” le dijo. “Ahora ya sé en que se fundan, nuestros juicios de valor más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros” (Ver “Ética de la razón cordial” de Adela Cortina).
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Junio del 2019.


jueves, 30 de mayo de 2019

BATALLAS SEMÁNTICAS

¿Un combate por el significado de las palabras? Allá que voy yo. En el fondo, todos los combates políticos lo son. Si manda quien decide que significan las palabras, tal como le dice Humpty Dumpty a Alicia en el cuento de Lewis Carroll, el combate por el poder comienza con la ocupación de los campos semánticos, convertidos en campos de batalla.
Las batallas semánticas, eso sí, tienen la enorme ventaja de ser incruentas, especialmente adaptadas a la cultura digital de hoy, donde las guerras cibernéticas no dejan el campo sembrado de cadáveres, al menos físicamente hablando. Gran parte de los combates políticos, empiezan y terminan ahí. Pero quizá es muy ingenuo pensar, que no terminen produciendo consecuencias importantes, y lleguen, incluso, a convertirse en batallas y guerras efectivas, con muertos y heridos.
El carácter digital de los combates – nos recordaba hace poco Lluís Bassets – ha permitido incluso, conceptualizar lo ocurrido en Cataluña, entre septiembre y octubre de 2017, como un golpe de Estado posmoderno. Era una lucha por el poder, y todo empezó por la posesión del significado de las palabras. Los insultos supremacistas de hace poco, proferidos por la expresidenta del Parlament, Nuria Gispert, son las salvas con las que el independentismo, gasta la última pólvora que le queda, “Pólvora del rey” (utilizar alegremente recursos ajenos) como en todo el “Procés”, por cierto.
La ventaja o inconveniente, según se mire, de los combates semánticos, es que poseen licencia, para continuar una vez concluida la guerra. También para mantener bien tenso el hilo del relato, de forma que los funambulistas, puedan seguir manteniendo que se sostienen sobre el vacío.
Irónicamente los frentes abiertos son muchos, precisamente porque ya no hay guerra, no hay frente. ¿De qué viviremos mientras tanto? El primer frente aún vigente, es el referido a la “sociedad dividida”, concepto que, por cierto, impugna uno de los mitos preferidos del nacionalismo, el del pueblo único y unido. La historia del proceso independentista, recordémoslo, es la del intento fracasado de construir una mayoría cualificada, social y política, a partir del supuesto catalanismo transversal. Había que hacerlo con sumo cuidado decía Artur Mas: el tren debía avanzar todo entero, aunque fuera a velocidad limitada, sin que en ningún momento se rompiera por la mitad. Pero las prisas, la radicalidad y los cálculos erróneos, llevaron muy pronto a que la larga fila de vagones se partiera. Ahora se discute si se partió en dos o tres fragmentos.
El segundo frente, casi continuación del anterior, tiene que ver con la idea de Pedro Sánchez, del no a la independencia y sí a la convivencia. Alternativa que produce en muchos, muchos de nosotros, recuerdos inquietantes sobre todo lo que nuestros padres y abuelos, nos contaron de nuestra guerra incivil, en la que no sólo se rompió la convivencia, sino muchas más cosas: vidas, familias, patrimonios…
Pero, al menos de momento, la convivencia en general, la paz en las calles, la de las libertades individuales, de la tranquilidad en las madrugadas, no se ha roto. Por mucho que los medios magnifiquen incidentes aislados. Cierto que existen momentos y ambientes tensos: en las comidas en familia, en los lugares de trabajo, en las que algunos se sienten momentáneamente incómodos, pero de ahí a que no se pueda convivir, aún falta mucho. Tal cual me lo confirman mis hijos y mis consuegros, que viven en Girona y Barcelona.
La convivencia que preocupa y hay que cuidar, es la que precisamente se opone a la idea de secesión, como voluntad de seguir viviendo juntos, los catalanes secesionistas con los que no lo son, y todos ellos con el conjunto de España. Hay dos proyectos políticos, que significan un peligro para la convivencia. Uno, el más visible, es el secesionista, el que trata de construir una nueva comunidad política en Cataluña, aun a costa de que la mitad de los ciudadanos, tenga que sentirse excluida. Otro, quizá el más profundo y persistente, es el unitarista, duramente aplicado años ha, y resurgido hoy precisamente a rebufo del anterior: reconstruir una comunidad política, en la que la mitad de los ciudadanos catalanes, y probablemente otros, tengan que conformarse o marcharse, si no quieren sentirse excluidos. Hay que escoger entre la convivencia, o cualquiera de estos dos proyectos que fragmentan y excluyen.
Pues eso.


Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Mayo del 2019.

jueves, 21 de febrero de 2019

PERO NO HUBO UN TROTSKY

Después de leerme de una tacada “El naufragio” de Lola García, he vuelto a repasar rápidamente dos libros: “Diez días que sacudieron el mundo” y “¿Cuándo amanecerá Tovarich?”, y un magnífico artículo que tengo guardado de Lluis Bassets.
No soy jurista, pero con toda la información de que ya dispongo, me atrevo a declarar que, a mi juicio, no hubo insurrección en Cataluña. Ni insurrección ni golpe de Estado posmoderno. Nada que se asemeje a las condiciones que establecía para ello Curzio Malaparte, en su conocida “Técnica del golpe de Estado”.
Puede que Artur Mas, en sus últimos meses como President de la Generalitat, creara las condiciones previas para una insurrección, como Kerensky en la Rusia imperial. Sin un Mas, probablemente no hubiera habido un Puigdemont, que encaró el desenlace del Procés y la proclamación de la república. Pero faltó la voluntad y la técnica insurreccional, que no es cuestión únicamente de grandes manifestaciones, ni de huelgas generales, sino de la acción decidida de un pequeño grupo entrenado y preparado.
Según nos enseña la historia, el triunfo de la revolución rusa dependió de los dos o tres días de combate, de una tropa de choque preparada por Trotsky, para controlar primero las infraestructuras y las comunicaciones de Petersburgo, y después derrocar al gobierno. Quienes se encargaron de esta tarea fueron un millar de obreros, soldados y marineros, a las órdenes de Antonoff-Ovsienko, que posteriormente sería cónsul soviético en Barcelona durante la guerra incivil, y acabaría fusilado por Stalin al regresar a la URSS, al terminar su misión diplomática ante la Generalitat.
Dicha tropa de choque estuvo entrenándose diez días sin armas, en lo que Malaparte llama “maniobras invisibles”, especialmente dedicadas a preparar el control de las estaciones de ferrocarril. Nada parece que hubiera sucedido, las cosas no se hubieran decantado a favor de los revolucionarios, como nada definitivo ha sucedido en Cataluña, de no mediar la fulminante acción insurreccional de los hombres de Trotsky.
No hay insurrección ni golpe de Estado sin el control del territorio, de las infraestructuras y de los edificios donde se ubican las instituciones (en Barcelona, ni siquiera se arrió la bandera de España en el Palau de la Generalitat). Y esto no es posible sin la acción preparada y decidida de una pequeña fuerza de choque, una vanguardia, dispuesta a enfrentarse y a vencer a las fuerzas de orden público y al ejército, a las órdenes del gobierno establecido al que hay que derrocar.
Parece que los independentistas esperaban que la violencia la pusiera el Estado, y las victimas y la sangre parte de los ciudadanos catalanes. Y me cuesta escribir algo así, pues me parece inhumano y cínico, que alguien pueda incluso sólo pensar, en una estrategia tal. Pero hay muchos indicios de que así se esperaba ganar la partida, especialmente ante la opinión pública internacional, que se quedaría pasmada ante la brillante estrategia pacífica, de los “revolucionarios” catalanes.
Todo muy ingenuo. No había un Trotsky y había que fiarlo todo a la reacción del Estado. Las “vanguardias revolucionarias” se fueron de fin de semana, y algunos después al extranjero. Se esfumaron muchos de los dirigentes, tan valientes ellos a la hora de hablar y hacer discursos. Y no, no fue una revolución fracasada, sino el ensueño de una revolución que nunca tuvo lugar, fuera de la verborrea de muchos medios de comunicación, y de las redes sociales. Nos costaría mucho creer, si no lo hubiéramos vivido, que nuestra revolución de octubre, de la que debía nacer la república catalana independiente, se disolvió en la inanidad de una simple proclamación, que todavía no se sabe con certeza que significaba.
Hubo deseos de insurrección, eso parece claro, pero nada hubo que se asemejara, a lo que es propiamente una insurrección. Hubo voluntad de golpe de Estado, seguramente, pero sin fuerza ni voluntad para culminarlo.
Al final no hubo violencia, o como mucho en dosis muy controladas, incluido el 1-O. En ningún momento pareció que se pudiera hurtar el control del territorio y de las infraestructuras al Estado. En todos los movimientos exaltados hay muchas cabezas calientes, y nunca se puede descartar que alguna sí, tenga la pretensión de culminar la marcha hacia ninguna parte. Pero leyendo los libros, análisis e informes de esos meses, más parece que las cabezas de todos los dirigentes, por lo que estuvieron preocupadas de verdad, fue por su patrimonio y su futuro personal.
Hay muchas cosas más que deberían haber sabido los dirigentes independentistas, respecto a los “momentos” insurreccionales. Primera, como el marxismo-leninismo nos enseña, y la experiencia de todas las revoluciones ha confirmado, para que estalle y triunfe la revolución, deben existir los factores objetivos y subjetivos requeridos. Segunda, el Estado contra el que te rebelas, debe de estar muy desprestigiado y en descomposición. Tercera, las fuerzas armadas no deben ya estar monolíticamente, a las órdenes de las autoridades establecidas. Y como resumen, ser conscientes de que a día de hoy, las revoluciones no derrocan las instituciones, sino que es la degradación de las instituciones, la que lleva a la revolución.
Como sucede con tanta frecuencia, las ilusiones nublaron la racionalidad. No se valoró la capacidad de resistencia y actuación del Estado. Se sobrestimó en sumo grado, la potencial protesta y apoyo de Europa. “La revolución de las sonrisas”, como a veces han denominado los independentistas al “procés”, no era suficiente para desafiar al poder estatal.
La dicotomía entre una pulsión revolucionaria y otra aburguesada, que se ha venido produciendo en todo este proceso, viene de lejos, y los catalanes no aprenden. Como escribía Agustí Calvet” “Gaziel”, en el artículo titulado “Un buen consejo”, publicado en La Vanguardia el ¡16 de junio de 1934!, y recogido en el libro “Tot s’ha perdut”:
“El catalanismo de antaño había abusado de la táctica del ‘tot o res, si no ens ho donen, ens ho prendrem’, y otras bravatas parecidas, tal como la de un posible alzamiento de Cataluña… Entonces el catalanismo no lo sentían más que clases medias y conservadoras… ¿Cómo iban ellas a jugarse el todo por el todo, y hacerse romper la crisma?”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Febrero del 2019


lunes, 17 de diciembre de 2018

AISLAR LOS RUIDOS

¿Sobrevivirá la democracia tal cual la conocemos, a las redes sociales? Ya he leído a varios tratadistas y analistas políticos, que se lo preguntan. Aunque no se trata de poner en duda, los muchos beneficios de Internet y su carácter en principio democrático, como digo, muchos están asustados o, al menos, preocupados.
Ya he escrito alguna vez, de los diferentes ritmos a que circulan la sociedad en red y los usos parlamentarios. La velocidad, esquemas y normas de comportamiento en las redes sociales, casan mal con los hábitos reflexivos y deliberativos que hemos heredado de la Ilustración, cuyos principios, no lo olvidemos, son los que inspiran la democracia representativa. Y aunque la Red sea consecuencia de una construcción lógica, sus efectos se incrustan en el universo de los sentimientos, de las emociones. A la verdad se opone la posverdad, a las noticias los hechos alternativos, y al razonamiento el ruido de las exaltaciones.
Podemos llevarnos las manos a la cabeza, pero la inmediatez, aunque también la levedad, de la imagen, se está imponiendo al peso del pensamiento. Del mismo modo que la efervescencia de la crispación, atrae más que el fatigoso diálogo en busca de consenso. Como si a nuestra atención, ya más modelada por los tuits que por las páginas de un libro, le costara penetrar en la profundidad de las ideas. Exigimos blanco o negro. A favor de uno u otro. Conmigo o contra mí. Compartimentamos la realidad en trincheras, y nos colocamos detrás de una en contra de la otra. Y así nos va, al menos de momento.
A pesar del ruido ambiente- se preguntaba el otro día Josep Ramoneda - ¿es posible que el principio de realidad, conduzca poco a poco a un espacio de entendimiento, por provisional que sea? Y Belén Gopegui, el pasado jueves en Barcelona, decía que “limpiando el ruido, aparece el sentido”. Ojalá que de eso se trate.
La política está hoy sumamente polarizada. Y eso nos pilla en descampado, a todos los que nos iniciamos en ella en la Transición e, incluso, en la clandestinidad. Muchos políticos se mueven hoy del blanco al negro y viceversa, pero la vida cotidiana sigue cargada de grises, de matices. La derecha española permanece aferrada al relato del golpismo, por mucho que cada vez son menos los que lo ven verosímil. Pero algunos sectores del soberanismo, siguen erre que erre en el unilateralismo, que desfallece día a día, porque por mucho que se repita una consigna, pasa siempre, se va desvaneciendo si no se hace carne.
El relato catalán de la intransigencia – uno de los factores del encabronamiento de la política – representado hoy por el President Torra, se sustenta ya solo sobre el calendario judicial. Es la situación de los presos – con una prisión preventiva que nos parece injustificable a algunos – la que permite a Torra presentar “argumentos”. Weber diría que está prevaleciendo la ética de las convicciones, por encima de la de la responsabilidad, que a mi me parece que es la que debe dirigir siempre, o casi siempre, la actuación de un político. Curiosamente - a pesar de las diatribas del President, y los ruidos de la pintura amarilla resbalando sobre las puertas, la agitación de los lazos amarillos y el flamear de las esteladas - los consellers del Govern catalán, negocian permanentemente con el Gobierno de Sánchez. Y los componentes de la mayoría soberanista, se esmeran en cumplir la legalidad, no fueran a pillarles en falso.
Según el tiempo va pasando, más me parece evidente la responsabilidad histórica del Gobierno de Rajoy, al derivar un conflicto que era, es, político, al ámbito de la justicia. Aún es pronto quizá, para verlo con claridad. Pero apostaría que ese será el juicio de los historiadores serios, cuando escriban sobre los acontecimientos de estos años.
No hay un “continuum” en el relato del soberanismo catalán, está construido a base de momentos y “días de gloria” sin conexión: la proclamación a hurtadillas de la República, con fuga incluida a Bruselas; el referéndum que no lo fue… Y ahora se articula el discurso sobre el “momentum”, la sentencia sobre los presos, como choque político y emocional que sublevaría a Cataluña, y despertaría a Europa.
Y se equivocan – escribía Ramoneda – los que piensan que da lo mismo Casado que Sánchez. No, no son lo mismo, ni los son sus posibles socios ni sus votantes. Y para empezar a caminar con buen pie en política, siempre hay que buscar afinidades, por pequeñas que sean. En política y en democracia, la base es la negociación, el compromiso sobre intereses discordantes, por coyuntural que sea. La unanimidad pertenece al mundo de las utopías. Pero para que la negociación sea útil y arribe a buen puerto, se requiere recuperar la palabra como medio de tejer un espacio compartido, que permita a cada uno jugar sus cartas. Ramoneda exige dos requisitos mínimos y previos: Primero un protocolo de comunicación, hablar el mismo lenguaje, compartir el significado de las palabras. Y segundo, el reconocimiento mutuo como interlocutores, sin negar a la otra parte la condición de tal, nos guste más o menos.
Y sí, hay mucho ruido que limpiar, antes que se abra un espacio de entendimiento.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Noviembre del 2018.

lunes, 29 de octubre de 2018

CUANDO UN HISTORIADOR MUERE

Siempre he pensado que cuando un historiador muere y se convierte en pasado, en realidad no hace otra cosa que viajar a su auténtico hogar: el pasado. Un auténtico historiador, un buen historiador, puede tener diversas casas a lo largo de su vida, pero en realidad el siempre habita en el pasado, en la historia. Cuando fallece, no hace sino instalarse definitivamente en su casa.
Esta posible tontería, volvió de nuevo a mi mente el pasado 28 de agosto, día en que falleció el historiador catalán Josep Fontana. Y me llamó mucho la atención que, hasta donde yo sé, y con la excepción de Julián Casanova, ningún otro historiador no catalán, hiciera mención del triste suceso.
Como nos recordaba Gonzalo Pontón, sólo algún medio electrónico lo recordó como: “un vulgar propagandista político, volcado en chuscas labores de agitación al servicio de los patrones del procés”. Sin olvidarse de mencionar “aquel congreso presidido (sic) por Fontana que llevó por lema “España contra Cataluña”. Una vez más insultos y falsedades. El que presidió aquel simposio fue Jaume Sobrequés i Callicó, por cierto Excelentísimo Senador de España y socialista. Y Fontana se limitó a enviar – antes de que el congreso tuviera nombre – el texto que Sobrequés le había pedido.
Pero seguramente a Fontana, todo eso no le hubiera tomado por sorpresa, pues siempre tuvo problemas con otros historiadores. Cuando en 2014 publicó su conocida obra “La formació de una identitat”, la respuesta de la mayoría de historiadores, fue el silencio. Aunque desgraciadamente ese no fue el caso de mi estimado Santos Juliá, quien echo en cara a Fontana su “volte face”: “Si en los años setenta entendía Fontana, que la lucha de clases era el motor de la historia, ahora, sin mayor rubor, entiende que el sentido de la historia lo marca la identidad colectiva”. Y añadía más adelante: “Un marxista de estricta observancia, contando una historia al modo de un nacionalista romántico”. Me perdone Juliá mi atrevimiento de llevarle la contraria, pues ninguna de las dos cosas: ni un marxista de estricta observancia, ni un nacionalista romántico.
Josep Fontana
En lo que yo pueda conocer de su obra, sí es cierto que Fontana utiliza la metodología del materialismo histórico. Ve la historia de Cataluña, a través de sus desigualdades, es decir, a través de sus luchas de clases. Desnuda así, el papel de la oligarquía ligada al control de la tierra y a los grandes negocios de importación, que mantiene a los campesinos en un puño y se entrega a la Castilla de los Habsburgo, para conseguir arriendos fiscales. Esas élites, nos recuerda Fontana, traicionaron a los “segadors” en 1640, y a la “Coronela” de 1714. Esa poco edificante burguesía, en el siglo XVIII, se hará “española” abandonando su lengua propia. En el XIX clamará por un dictador militar, ante las reivindicaciones laborales de los catalanes menos pudientes. Esa burguesía, estos días “catalanista”, se sentirá “española” en 1870, en 1902, en 1923 (Primo de Rivera) en 1936 (Franco) en 1977, en 1996… siempre en defensa de sus intereses de clase, que, zafiamente, intentará colar como los de todo el “poble català”. Este mal resumen de la obra de Fontana, nos revela probablemente a un historiador rojo ¿pero un nacionalista romántico? Me parece oír en la lejanía, las carcajadas de un Pierre Vilar o de un Eric Hobsbawm (ellos sí marxistas nada nacionalistas) ante semejante disparate.
Gonzalo Pontón – fundador de la Editorial Crítica, en la que colaboró con Fontana – escribía en El País que en medio de la histeria independentista, Fontana denunciaba públicamente la precarización económica, el paro, la degradación de la enseñanza y la sanidad en Cataluña. Que en estos últimos años Fontana sostuvo sin desfallecer, que la independencia de Cataluña era una insensatez y que, en un sistema como el de la Unión Europea, los grados de independencia son de escasa entidad. Nos contaba como en junio de 2015, la televisión pública catalana entrevistó a Fontana, con la equívoca intención de que jaleara el independentismo, y lo que él contestó fue que si se producía una acción unilateral, las primeras empresas que huirían de Cataluña serían La Caixa y el Banco de Sabadell. Por supuesto esta predicción que resultó exacta no se emitió, y TV3 jamás volvió a entrevistarle.
Santos Juliá
Lo leído esos días sobre la infausta noticia, me llevó, una vez más, a reflexionar sobre la responsabilidad de los historiadores. La honestidad y la metodología científica, obliga a los historiadores a verificar y falsar sus hipótesis de trabajo, antes de presentar sus conclusiones. Y su propia disciplina les – nos – obliga a ser sumamente críticos ante los usos y abusos de la historia. Ningún historiador que se precie debería admitir jamás que la irracionalidad, la mentira, la falsedad y el cinismo, crecieran en la consciencia ciudadana, ya bastante machacada por la propaganda política de varios partidos, donde “lo limpio es sucio y lo sucio limpio, pero lo sucio es útil y lo limpio no”, como ya muy bien nos advirtió John Maynard Keynes. ¿Por qué algunos historiadores se mantienen callados, cuando periodistas de fortuna, publicistas mercenarios y tertulianos de toda laya sostienen en los medios, mentiras mil veces desmentidas, con recios argumentos, por ellos en sus propios textos?
Ya tengo 76 tacos y ya me sería difícil ser ingenuo, si alguna vez lo hubiera sido. Soy consciente del poco caso, especialmente en España, que muchos filisteos, disfrazados de ciudadanos de pro, hacen de los trabajos científicos de cualquier rama del saber. Pero si los historiadores se marginan del debate público, si no se sumergen en la sociedad fajándose en ella, si no tienen nada que decir a los ciudadanos de hoy, si no pueden echarles una mano en sus angustias y sus esperanzas, entonces ¿de qué les vale todo lo que han estudiado y saben?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 28 de Octubre del 2018.


lunes, 23 de julio de 2018

DEMASIADO ENTUSIASMO Y NINGÚN DIOS

Estoy estos días con un magnífico libro, “Gran Hotel Abismo” de Stuart Jeffries. Una especie de biografía coral crítica sobre la Escuela de Frankfurt. Y además releo un artículo que publicó, hace un par de meses, Jordi Llovet, refiriéndose a Jürgen Habermas que, como sabemos, es uno de los últimos representantes de dicha Escuela.
La muy nombrada y conocida Escuela de Frankfurt – originalmente Instituto para la Investigación Social – ha sido probablemente ¡al menos de momento! la última muestra europea de potente actividad intelectual, sólidamente anclada en la filosofía racional, que se extiende desde la Ilustración hasta el marxismo.
Mi admirado Habermas forjó al menos, en su momento, tres marcos conceptuales que ilustraron el pensamiento alemán contemporáneo, e intentaron entender y resolver, determinados males de las sociedades actuales. En cuanto al nacionalismo, que es el gran tema generador de su filosofía, por el sólo hecho de ser un hijo del III Reich, quedó totalmente inmunizado frente al mismo. Habermas, “ça va sans dire”, no sólo detesta ese constructo fantasioso y falsario (el nacionalismo) sino que le revienta, le aterroriza, le produce nauseas. Justamente por eso, el filósofo se ha preocupado toda su vida, de plantear teorías capaces de evitar que el fantasma del nacionalismo alemán – que ahora revive allá y en otros países de la Unión Europea, bajo la forma de xenofobias y exaltaciones de “la propia identidad” – pueda alzar de nuevo el vuelo.
Seguramente por eso Habermas habló, ya al inicio de su carrera, de una “esfera pública”, que estaría presidida por una “acción comunicativa”, entendida como la capacidad de todos los miembros de un Estado nación, de resolver racionalmente y dialógicamente, todos los problemas que se pudieran presentar. Siempre creyó que una nación basada en el principio de unicidad étnica – lo cual me lleva inevitablemente a pensar en el “Estat Català”, tan admirado por el President Torra – era contraria a toda idea de emancipación universal, entre los miembros de una sociedad plural. Más aun: los lazos de solidaridad entre los miembros de una nación son emocionales, sentimentales y afectivos y, por tanto, incompatibles con la “razón comunicativa”, que Habermas consideraba necesaria, para alcanzar una “esfera pública” o “sociedad civil”, capaz de contrarrestar razonadamente el peso, siempre inerte, del Estado entendido como un sistema abstracto de legalidades.
Con el paso del tiempo - dado que las sociedades y los individuos se comunican cada vez menos por medio del leguaje razonado, y más mediante el significante vacío de “la opinión común”, Internet y las redes sociales – Habermas propuso un marco conceptual más: el “patriotismo constitucional”. Si cada uno en un país tiramos hacia donde se nos antoje, al menos podríamos ponernos de acuerdo en que una carta magna, refrendada por una gran mayoría de la población, puede establecer un marco de garantías legales y de moralidad suficiente, que impida que salten las costuras de un sistema jurídico y político democrático.
Cuando uno piensa en estos tiempo en Cataluña, se da cuenta de que por mucho que el independentismo sea un fenómeno “religioso”, resulta tan apoyado sobre una hipóstasis de los fenómenos estéticos, por una praxis tan monológica – es decir, no dialogal ni discursiva – por una falsa “ecclesia”, una variante herética del mesianismo, que no le será posible hacer nada para resolver el conflicto. Demasiado entusiasmo y ningún dios, escribía Llovet. Muchos mártires y perseguidos, pero ni rastro de dios alguno.
Esta “religión” nacionalista, que se presenta como la metamorfosis laica de una religión propiamente dicha, chocará siempre – no hay más que repasar nuestra historia – con un antipático nacionalismo español, que se alimenta justamente de los excesos del catalanismo más cutre.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla 3 de Julio del 2018.

lunes, 25 de junio de 2018

CAMBIO DE PARADIGMA

Thomas Kuhn afirmó en su libro de 1962, “La estructura de las revoluciones científicas”, que la ciencia abarca paradigmas contendientes, cada uno conformado por una teoría central e hipótesis auxiliares. Estas últimas varían, pero la primera se mantiene constante hasta ese momento terrible, en que se demuestra la imposibilidad de sostener la teoría central, a través de las hipótesis modificadas. Luego ocurre algo inusual, que Kuhn denomina “cambio de paradigma”, en que se abandona o cambia la teoría central. Él estimaba que a menudo esto ocurre, cuando la vieja guardia que defendía la teoría central se retira o muere.
No hace aún muchas semanas, recordémoslo, con la primera sentencia de la Gürtel, la escena política española se llenó de oscuridad. Se auguraba una larga y agotadora agonía. Pero allí estaba uno de los mecanismos, que tiene la democracia como contrapeso al poder: la moción de censura. El PSOE, con Pedro Sánchez al frente, lo activó entre el escepticismo general, incluido el de muchos militantes del partido. Y cambió el decorado, dice Ramoneda.
El PP sin entender lo que pasaba – dudo que a día de hoy ya lo haya entendido – se encontró como noqueado. Salía del poder, cuando creía haberlo consolidado por dos años más, al haberse aprobado los Presupuestos. Por supuesto la “realidad” en la política española sigue siendo la misma, pero el “escenario” ha dado un giro de 180º ¿Cabe esperar de ello que tenga efectos preformativos? Veremos. La oposición, ahora algo grogui, muy pronto volverá a la carga, con todos su batallones en línea. Pero no cabe duda que el espacio político, al menos de momento, se ha oxigenado. Y se ha despertado la necesidad dormida, de creer que la negociación y el diálogo son posibles.
Inesperadamente Pedro Sánchez, ha formado el Gobierno con más mujeres, de toda nuestra larga historia. Al PSOE – escribe Ramoneda – hay que reconocerle que ha sido el partido, que más ha contribuido a la evolución cultural de un país, marcado durante siglos por el papel de la Iglesia católica, como aparato ideológico del Estado para formatear las conciencias. Igualdad, Economía, Trabajo, Sanidad, Educación y Justicia, espacios donde se juega de verdad el bienestar de las personas, están en manos de mujeres. Es la base potencial sobre la que se podría reconstruir una socialdemocracia del siglo XXI – también en Europa – tanto por las prioridades como por el modo de tratarlas. Pasar de las estadísticas a las personas concretas.
Con un PP podrido por la corrupción, y un Ciudadanos desconcertado, tras su paso por el más casposo nacionalismo español, salimos ¿de verdad? de unos años de política frentista, en los que la adscripción “patriótica”, ahogaba la dinámica derecha e izquierda. Cambiar ese registro no será fácil. La “cuestión” catalana sigue abierta, aunque estos días – es cierto – en Cataluña estemos asistiendo a un cierto apaciguamiento de las pasiones, fruto del mencionado cambio de decorado. El gran riesgo radica en que Ciudadanos y PP, cuando salgan del shock, vuelvan a la tentación de apostarlo todo a la carta catalana, para desgastar al Gobierno. Sería una enorme irresponsabilidad, pero ya nos han demostrado que son muy capaces de ello.
El “problema” catalán hay que encauzarlo entre todos, de todos es responsabilidad, y nadie tiene derecho a escaquearse del mismo, de la voluntad de buscar conjuntamente una solución política. En mala hora el Gobierno del PP, tomó la decisión de pretender resolver exclusivamente por la vía judicial, un problema que sólo se puede afrontar, con probabilidades de éxito, por la vía política. Y no, no es casualidad, que quienes tomaron aquella desgraciada decisión, de dejarlo todo en manos de los jueces, hayan tenido que retirarse súbitamente de la escena política, por la salida de incendios.
Escuchar, dialogar, consensuar, ha dicho la ministra Meritxell Batet.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Junio del 2018.


martes, 15 de mayo de 2018

FANATISMO, SENTIDO DEL HUMOR, ESCEPTICISMO

Durante toda mi vida, he intentado resguardarme del dogmatismo y el fanatismo, refugiándome tras mi escepticismo y sentido del humor. Pero desde hace ya algún tiempo, siento como que esos refugios ya me quedan pequeños, insuficientes. Y la verdad, no sé como ampliarlos o comprarme algo más grande, donde pueda resguardarme con más eficacia. El Molt Honorable Xim Torra, el Presidente Trump, el Gobierno israelí, el Presidente Putin, Albert Rivera… todos parecen haberse confabulado contra mi serenidad.
Para colmar el vaso, nos informa hoy Javier Cercas, que en la hemeroteca de la Universidad Autónoma de Barcelona, se conserva un cuaderno firmado por “Nosaltres sols” (un partido diminuto que el Sr. Torra llegó a elogiar en el Diario Punt Avui) que según el historiador Enric Ucelay Da Cal, se publicó en torno a 1980. Está escrito en catalán, consta de ocho páginas mecanografiadas, se titula “Fundaments científics del racisme”. Y concluye de esta forma: “Por todo esto tenemos que considerar que la configuración racial catalana es más puramente blanca que la española y por tanto el catalán es superior al español en el aspecto racial” (la ausencia de comas tampoco es culpa mía). ¡La mare de deu!
Me parece que lo más peligroso de este siglo, que apenas hemos comenzado, se cobija en los renacidos fanatismos. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico… Me es difícil entender, evitando fórmulas fáciles y poco elaboradas, por qué regresa justamente ahora en el Islam, en ciertas formas del cristianismo, en el judaísmo… … Quizá por su poder económico y militar, el fanatismo y el racismo en Estados Unidos es donde más me preocupa. Pero hay fanatismo en Rusia, en Europa Oriental y, también y mucho, fanatismo nacionalista en Europa Occidental. Ahí tenemos Cataluña.
Cuanto más complejos se van haciendo los problemas en nuestros días, más y más gente corre hambrienta, tras respuestas lo más simples posibles. Buscan un fórmula que lo cubra todo, que lo mismo sirva para un fregado que para un barrido. Y con frecuencia se agarran a mensajes puramente fanáticos: “Todos nuestros problemas se deben a la civilización occidental” o “se deben al fundamentalismo islámico”, o “a la globalización” o “al sionismo”…
No se me ocurre ninguna medicina o tratamiento, que pueda curar de raíz el fanatismo. Únicamente sé de algunas recetas paliativas: Hay que mantener viva la curiosidad. Ponerse en la piel del otro, aunque sea un enemigo. Hay que cultivar a diario la imaginación, el sentido del humor, la empatía. Pero no para contentar al otro, no se trata de poner la otra mejilla. Hay que intentar imaginar, que es lo que hace al otro actuar de determinada forma. No es fácil. Casi todo el mundo dispone de una fórmula sencilla y personal para la salvación o la redención. Cristianos, musulmanes, judíos, pacifistas, nacionalistas, ateos, racistas… todo el mundo. Pero el problema no son las ideologías o las religiones en sí, son las interpretaciones de las mismas en clave extremista. No es la religión, sino el fanatismo religioso. No es el cristianismo, sino la Inquisición. No es el Islam, sino el yihadismo. No es el nacionalismo, sino el separatismo y el supremacismo.
En mi opinión, hoy la mayor parte del mundo se está moviendo demasiado rápido, desde una perspectiva compleja a otra muy simplista. Pasa también en la izquierda radical. Hay gente sentimental en Europa que practica el “buenismo”, que cree que todo puede arreglarse charlando y tomando un café, con la idea de que en el fondo, todo es un malentendido. Un poco de terapia de grupo, y tan amigos. Y no, hay conflictos que son muy reales, profundos, y que necesitan un elaborado análisis, y acciones contundentes derivadas del mismo.
Vivimos un tiempo de simplificaciones facilonas. La gente espera respuestas simples, no está dispuesta a escuchar una larga explicación razonada, ni a leerse un denso documento de análisis. Ya nadie teme parecer extremista, es más, eso hoy es guay. Pero el fanatismo conduce a la violencia, no lo olvidemos.
Decía el otro día Amos Oz: “Mi librito (“Queridos fanáticos”) contiene un milímetro de vacuna: tolerancia y curiosidad. Sonreír de tiempo en tiempo, incluso reírse de uno mismo. No he visto nunca un fanático, con sentido del humor”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Mayo del 2018.

lunes, 19 de febrero de 2018

Y EN ESO LLEGÓ EL ESTADO Y MANDÓ PARAR


<El Estado es la más alta clase de comunidad y aspira al más alto bien… Muchas familias combinadas hacen un pueblo; varios pueblos un Estado… El Estado, aunque posterior en tiempo a la familia, es anterior a ella y aún al individuo, por naturaleza; porque lo que es cada cosa cuando se desarrolla por completo, lo llamamos su naturaleza, y la sociedad humana, completamente desarrollada es un Estado, y el todo es anterior a la parte… El que fundó el Estado fue el mejor de los benefactores, porque, sin ley, el hombre es el peor de los animales, y la ley depende, para su existencia, del Estado. El Estado no es una mera sociedad para el trueque y para impedir el crimen: El fin del Estado es hacer buena la vida>
(Aristóteles. “La Política”)


Con frecuencia he repetido que soy muy del Estado, y muy poco de las naciones. Estas últimas siempre me han recordado, a aquellas señoritas de buena casa de la generación de mis padres, siempre empujadas de un lado al otro por los sentimientos y emociones más triviales e inconsistentes, carentes de una estructura intelectual que pudiera embridar los mismos. Henchidas de romanticismo y falsos ideales. Esclavas de una falta de educación, que les permitiera separara el trigo de la paja, la utopía de lo posible.
Nos recordaba el otro día Santos Juliá, que desde que irrumpió en escena, allá por la última década del XIX, una constante del catalanismo político ha sido su propensión a dar un paso adelante, cada vez que creía percibir una debilidad o una crisis en el Estado español. Fue lo que ocurrió cuando los nacionalistas catalanes, asistieron al derrumbe de la Monarquía de la Restauración, en abril de 1931. El máximo dirigente del recién creado partido de Esquerra Republicana, Francesc Macià, proclamó (el mismo 14 de abril) “El Estat Català, sota el regimen republicà”. El experimento duró sólo tres días. Prieto, en nombre del Gobierno de la República, amenazó a Macia en persona con enviar al Ejército. Pero muy pronto, en otro momento de crisis, en los primeros días de octubre de 1934, desde el balcón de la Generalitat, su Presidente entonces Lluis Companys, proclamó un “Estat català dins la República federal espanyola”. El nuevo experimento fue liquidado inmediatamente a cañonazos, por el General catalán Batet i Mestres.

Francesc Macià
Batallitas de otros tiempos se dirá. Pero fue ayer mismo, cuando ante una nueva crisis de Estado, el nuevo paso adelante del catalanismo, se convirtió en un salto al vacío. Ante la gran crisis económica mundial, se extendió entre los nacionalistas catalanes, la convicción de que el Estado español, fruto de la Constitución de 1978, había entrado en barrena. O peor, que ya no había Estado en España, sino, por un lado, una asociación de políticos corruptos afincados en el Gobierno y, por otro, una multitud indignada, dispuesta a dar en la calle la batalla, contra el prematuramente denostado régimen del 78.
Ahora o nunca, parece que se dijeron los independentistas catalanes. Pero esa era toda su estrategia. Apoyados en un inamovible 47,7% de electores, pero sostenidos por un entramado amplio de asociaciones, institutos, intelectuales, emisoras de radio y televisión, con un gran poder de convocatoria, bien engrasado con dinero público, dieron por hecho que un referéndum ilegalmente convocado, sería suficiente para declarar un nuevo Estado. Lo mismo que Macià en 1931 cuando se hundía la Monarquía, lo mismo que Companys en 1934, ahora, en 2017, sería Puigdemont quien, ante la crisis de régimen, asumiría para la coalición secesionista, todo el poder en Cataluña. Una gesta, o una revolución como esperaba la CUP, que abriría el camino de la liberación, al resto de nacionalidades y pueblos de España.
Como argumenta Josep Ramoneda, en pleno desconcierto desde el 27 de octubre, con las relaciones personales muy deterioradas por la desbandada, el independentismo no está sabiendo gestionar, el regalo que le llegó el 21 D, en forma de mayoría parlamentaria. Su estrategia se había estrellado contra el muro del Estado, pero el voto ciudadano le ofreció la oportunidad de recuperar las instituciones, y recomponer sus planes desde el Govern. Pues por mucho que se desprecie el poder autonómico, más vale éste que nada, mejor pájaro en mano que ciento volando. Pero encallado en un largo proceso de elaboración del duelo por lo perdido – y por lo no ganado – que Puigdemont hace girar en torno a su persona, no acaban de aterrizar. Y mientras tanto el pensamiento ilusorio va por barrios. El independentismo viajaba en una burbuja, que le hizo creer que el Estado estaba debilitado y desconcertado, y que tenía en su mano la posibilidad, ahora sí, de tumbarlo: se estrelló.
Lluís Companys
La cosa sigue muy liada, es cierto. Pero la promesa de la luna de una república catalana, se ha diluido. Como escribe Lluís Bassets, al menos este capitulo ha quedado cerrado. Hasta los más fieles “procesistas”, están convencidos de que no habrá independencia ni a corto ni a medio plazo. Las prisas, los plazos sin prórroga, las hojas de ruta, y las fechas gloriosas, que conducían indefectiblemente al paraíso, han pasado a mejor vida. De momento “hacer república” no significa nada. Algunos siguen hablando del derecho a decidir, y de su materialización en un referéndum legal y pactado. Pero si ello estaba lejos, antes del desenlace tumultuoso y dramático del “Procés”, ahora está más alejado, mucho más allá de un horizonte visible.
También, ha quedado en evidencia, si es que ya no lo estaba antes, el empate paralizador para cualquier decisión plebiscitaria, que se vive en Cataluña, donde ninguna de las dos mitades está dispuesta a admitir que por unos pocos votos, sea la otra la que imponga su voluntad sobre todos. Y los dirigentes ya intuían, me temo, que la historia iba a cobrarse un precio elevado. Pero a día de hoy, ya han tomado plena consciencia, e incluso han descubierto, a cuanto subía. Y que quizá no serán capaces, o no estarán dispuestos, a pagarlo. Son muchos los tópicos del independentismo, que han quedado hechos añicos. Deberían haber tenido presente, que nada se puede obtener sin una enorme paciencia, y una gran contención táctica. Todo lo contrario exactamente, del activismo astuto y febril de Puigdemont.
Carles Puigdemont
No ha sido el Gobierno con su pasividad primero, y su torpe actuación el 1 de octubre, pero sí el resto del Estado (el Tribunal Supremo, el Consejo de Estado, el Tribunal Constitucional y el Senado) el que ha demostrado la fortaleza y determinación del mismo. No ha sido la Moncloa, que ya ha comenzado a pagar su círculo de errores y corrupciones, la que ha triunfado en esta desgraciada confrontación, como gime Puigdemont; ha sido el Estado, ese dinosaurio que seguía allí, quien, por el momento, ha logrado encauzarla sin necesidad de recurrir a la violencia. Por mucho que algunos se esfuercen en cantar victoria, ya todo el mundo sabe que la vuelta de tuerca (al independentismo y a las reglas del juego) la han dado los tribunales y el poder legislativo.
La lección mayor para el independentismo, debiera ser el descubrimiento de lo que es un Estado. Quería uno para los catalanes solos, pero no sabía propiamente qué era un Estado. Súbitamente, por su mala cabeza rupturista, ahora el independentismo se ha caído ya del guindo, y lo está comprobando. El Estado es mucho más que Rajoy, que el PP y que el Gobierno. Viene de lejos y su fuerza deriva, entre otras cosas, de que es reconocido como tal por sus pares, iguales que el español en el monopolio legal de la coerción para su supervivencia, y para el mantenimiento de la integridad territorial.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Febrero del 2018.



jueves, 12 de octubre de 2017

CATALUÑA (II). LEER A LOS NUESTROS

Animado por el artículo de Juan Francisco Fuentes en El País de hoy, he repasado en la gran obra de Raymond Carr “España 1808 – 1939”, algunos de los párrafos a los que aquel se refiere.
Juan Negrín, socialista y presidente del gobierno de la Segunda República, manifestó en un momento: “No estoy haciendo la guerra contra Franco, para que nos retoñe en Barcelona, un separatismo estúpido y pueblerino”. Y este era un sentimiento muy extendido entre las izquierdas españolas de aquellos aciagos días, ante lo que consideraban abierta deslealtad de la Generalitat catalana hacia la República.
También el entonces Presidente de la República, Manuel Azaña de Izquierda Republicana, tan admirado por mi padre, se mostró profundamente dolido con el nacionalismo catalán, por las según él, “escandalosas pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad y de chantajismo, que la política catalana de estos meses ha dado frente a la República”. Así lo anota en su diario en Mayo de 1937, en donde se lamenta también, del “despotismo personal ejercido nominalmente por Companys, y en realidad por grupos irresponsables que se sirven de él”.
Unos meses después, en una tensa conversación con el Conseller de Cultura de la Generalitat Carles Pi i Sunyer, Azaña insistió en su idea de que el Gobierno presidido por Companys, se había colocado fuera de la legalidad republicana. Ponía como ejemplo la creación de “delegaciones de la Generalitat en el extranjero”, y una actitud victimista, inspirada en ese “sentimiento deprimente de pueblo incomprendido y vejado, que ostenta algunos de ustedes”.
Personalmente entiendo muy bien la amargura de Azaña, seguramente el político que más había hecho, por la aprobación el Estatuto de Autonomía de Cataluña, que iba a poner fin, a su juicio, a un viejo pleito histórico.
Para entonce ya quedaban algo atrás, momentos de alta tensión en que se había rozado la ruptura, entre la coalición republicano-socialista gobernante en Madrid y Esquerra Republicana, mayoritaria en Cataluña. “Autonomía, sí; soberanía compartida, no, advirtió el republicano Sánchez Román.
También Indalecio Prieto llegó a afirmar, que la actitud de ERC desde la proclamación de la República, constituía “un acto de deslealtad” como no había conocido, en toda su vida política”.
Perdida la guerra y con ella la autonomía de Cataluña, la izquierda española y el nacionalismo catalán, intentaron mejorar sus maltrechas relaciones. El socialista Luis Araquistain, exiliado en Londres, participó en una alianza impulsada por los nacionalismos vasco y catalán, que aspiraba a crear una “Comunidad Ibérica de Naciones”, concepto que si no recuerdo mal ¡figuraba en nuestro programa del Congreso de Suresnes! Pero Araquistain no tardó en desmarcarse de aquel plan, en vista de las reticencias de sus interlocutores nacionalistas, a dos principios que le parecían innegociables: que el régimen que debía proclamarse, tras la caída de las dictaduras peninsulares, reconocería dos únicas naciones – España y Portugal – y que el arreglo del pleito territorial español, tomaría como marco irrenunciable, la Constitución republicana de 1931, que podría ser reformada, pero nunca ignorada o derogada. Escarmentado Araquistain por las experiencias recientes, quería dejar bien claro que esta vez la lucha contra el franquismo, iba a tener como límite infranqueable, la unidad nacional y la Constitución del 31.
Regresando al presente, estos días me ha sorprendido desagradablemente, el llamamiento de Pablo Iglesias a formar una plataforma de cargos electos, dispuestos a acudir en ayuda del independentismo catalán, y formar así una gran coalición antisistema. Su propuesta, me parece, se presta a múltiples interpretaciones desde la historia comparada, especialmente este año en el que se cumple el centenario de la Asamblea de Parlamentarios, que pretendía acabar con la monarquía canovista. De aquellos acontecimientos de hace un siglo, se desprende, a mí ver, una enseñanza histórica que tal vez sea hoy de alguna utilidad: que los nacionalismos tiene muy poco en común con la izquierda, y que pueden llegar a ser muy malos compañeros de viaje. Convendría que la izquierda actual leyéramos más a los nuestros, y no olvidáramos los desengaños de nuestros líderes históricos.
Aquel 48% del pueblo alemán, que en Marzo de 1933 se echó en brazos del nazismo, invocando su derecho a decidir frente a Versalles y la Sociedad de Naciones, cometió un suicidio histórico de consecuencias irreparables. La izquierda hoy más proclive al independentismo, debe pensar seriamente si por darse el gusto, de acabar con el “régimen de 78”, está dispuesta a ser cómplice de un suicidio asistido.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 28 de Septiembre del 2017.


lunes, 25 de septiembre de 2017

ILUSIONES Y HECHOS

El artículo de hoy (23.09.2017) de José Luis Pardo en El País, me ha llevado a releer algunas notas y párrafos subrayados, en un par de tomos de Bertrand Russell, referidos al recurrente tema de las Ilusiones y los Hechos.
Mi estimado Lord Russell, hace ya algo así como poco más de medio siglo, explicó (algo que merece ser recordado en esta época de la posverdad) que una proposición es verdadera, solo si se corresponde con los hechos. Lo hizo entonces contra los pragmatistas y los neopositivistas, que sostenían que las afirmaciones no se validan por los hechos, sino por su coherencia con el marco interpretativo. Y a Russell le como escandalizaba esta posición porque, según ella, una proposición falsa podría declararse verdadera, si se construía un marco fantástico o ilusorio para interpretarla, que fuera mayoritariamente aceptado. La historia cultural posterior, parece haber dado la razón a los adversarios de Russell, y a él, algunos, le han considerado una especia de cascarrabias desfasado. Hasta el punto de que hoy los gabinetes de prensa, elaboran “hechos alternativos”, para convertir en verdadera cualquier proposición, por muy fantasmagórica que sea. Es cierto que no siempre consiguen crear una “verdad alternativa”, pero sí logran sembrar la duda, acerca de cual es la realidad y cual la ficción.
En mi opinión, los catalanes independentistas “viven en una realidad paralela”. Según algunas encuestas, el marco interpretativo mayoritario en Cataluña, sería el de quienes creen tener un “derecho a decidir” sobre la forma del Estado español, derecho del que carecen el resto de sus compatriotas. A mi, en la línea de Russell, esto me parece una “ilusión”. Pero para probarlo tendría que recurrir a los “hechos” – a los jurídicos, no a los estadísticos – y en este momento sería cuando me convertiría, a ojos de muchos, en un reaccionario ¡quien me lo iba a decir a estas alturas! tan recalcitrante como el viejo Russell, y se me acusaría de atentar contra las “ilusiones colectivas”.
Bertrand Russell
El nacionalismo, pensamos ¿muchos? es la creencia – entre otras - de que los portadores de cierta identidad, son superiores a los que no la portamos. Y yo diría, una vez más, que eso es otra “ilusión”, pero los nacionalistas intentan esquivar esa conclusión, señalando un “hecho”: el hecho diferencial que les hace distintos, es decir, superiores. A diferencia del nacionalismo vasco, el catalán no busca este hecho en la genética (aunque Junqueras, el otro día, parecía que iba por ahí) sino en la cultura, en ese hecho de cultura que es la lengua. Identificando ser catalán, con “hablar catalán” (yo también lo hablo, y mi mujer, mis hijos y mis nietos) y el “hablar catalán” con ser nacionalista ¿Quién se atreve hoy a recordar que, como habría dicho Nietzsche, no hay hechos diferenciales, sino interpretaciones diferenciales (o sea supremacistas) de los hechos?
Este sería pues, a día de hoy, el marco interpretativo dominante (fantástico, sí, pero no por ello ineficaz, opina Pardo) en el cual la ficción soberanista, se torna estrictamente coherente, como igualmente coherente resulta también, el corrimiento del espectro ideológico estatal, en el que se ha insertado con sonados triunfos, la nueva izquierda revolucionaria nacida del 15M, y debido al cual, quienes a principios de este siglo éramos de izquierda, pero no nacionalistas ni anticapitalistas, sin necesidad de haber cambiado de ideas, y de acuerdo con las nuevas coordenadas interpretativas, hemos acabado situados en el fondo del pozo del facherío, como muy a la derecha de Trump y de Marie Le Pen, por sólo citar dos energúmenos.
Y ahí, me temo, terminaremos todos aquellos a los que se nos ocurra, como al querido Russell, invocar la correspondencia con los “hechos” como fundamento de la “verdad”, en lugar de aceptar la más absurda teoría de la verdad, como coherencia con el delirio dominante.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 23 de Septiembre del 2017.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Y DALE CON LA "NACIÓN"

Vaya por delante que yo con eso de la “nación” o “naciones”, no tengo nada que ver. Me parece una emoción interesada. Creo en los “Estados”, y nada en las “Naciones”, que son un invento romántico/burgués de finales del siglo XVIII (la “Nation” francesa data de la República, antes no existía). Soy un fervoroso partidario de los Estados postnacionales. De un Estado federal europeo. François Mitterrand repetía aquello de “le nationalisme, c’est la guerre”. Ya sé que la identidad colectiva es algo muy importante para algunos, especialmente en tiempos convulsos, de futuro incierto. Pero las identidades no nacen, se hacen. No son innatas, son el producto de una construcción social. Algo muy difícil de contradecir desde el razonamiento, porque se sitúa fuera del campo de la razón, en el de las emociones. Pero dicho esto…
Apreciado compañero Patxi López, tampoco tú sabes lo que es una Nación, porque no lo sabe nadie. Y apreciada compañera Susana Díaz, mucho tiempo para leer no debes tener, pues de lo contrario, no le habrías echado en cara a Pedro, ser el primero en hablar de “nación de naciones”.
El supuesto concepto de “nación” es una simple emoción, aunque eso sí es. Como tal “concepto” es algo indefinido. O definido sin cesar, en función de intereses escondidos. Pues “definir” – dice Sartori - es, en primer lugar, delimitar, asignar fronteras. Un concepto indefinido es un concepto “sin final”, que no sabemos cuando es aplicable y cuando no, que incluye y que excluye.
Ya he escrito algunas veces como Renan, en pleno auge de los nacionalismos 1882, planteó un intento de definir “nación”. Y tras descartar que sus fundamentos pudieran ser los de la raza, legua, religión o historia, si habló de un elemento “subjetivo”, por emocional: la “voluntad” de estar juntos de un grupo humano, que se reconoce como tal, generalmente agrupado en un territorio, que cree tener elementos diferenciales, en general una lengua, para seguir siendo “lo que son”. Y añadió su conocida idea de “un plebiscito cotidiano”. Puntualizando que las naciones no son eternas, que comenzaron un día, y otro terminarán. Teoría que contradice lo que antes se pensaba sobre las naciones, aquello de que son una realidad inmutable.
Pero pasemos a la expresión de “nación de naciones”. Que no, Susana, no se la ha inventado Pedro. La utilizó por primera vez – como bien nos recuerda Borrell en su último libro – Walt Whitman para aplicarla a EE. UU. Y la retomó en 1957 el compañero Anselmo Carretero (al que tuve el honor de conocer en persona): “La nación española, nación de naciones o comunidad de pueblos, es el resultado de un largo y doloroso proceso histórico, en el que han tomado parte todos ellos”. Felipe González, en un artículo publicado con Carmen Chacón (El País 26 Julio del 2010) decía: “La concepción de España, como nación de naciones, nos fortalece a todos”. Y como también añade Pepe Borrell, Gregorio Peces-Barba, ponente constitucional del PSOE en 1977/78, dijo: “Acepté desde el principio, que el término nacionalidad es sinónimo de nación y que, en este sentido, España es una nación de naciones”. Pero apostillando: “No hay más que una nación soberana que es España, que es además el poder constituyente”.
Como Pepe, sé muy bien que esto va de política, no de ciencia, ni teoría. Y en ese campo, el de la política, el concepto de realidad plurinacional del Estado, puede ser una buena vía, para desarrollar el Artículo 2 de la Constitución, y dar satisfacción a las demandas de reconocimiento, de una parte de la sociedad catalana, sin que por ello troceemos la soberanía del pueblo español.
Todos, o al menos muchos, sabemos que el problema son las consecuencias jurídico-políticas, que se derivan del término “nación”. Para los independentistas, es el primer paso para construir un Estado; pero en el planteamiento que hace Pedro, que coincide con el del PSC, no identifica nación con soberanía política.
Se preguntaba Miquel Iceta en su libro “La Tercera Vía”: ¿Cataluña es un sujeto político? Y se respondía que sí, pero no es un sujeto político soberano. Ni tiene el derecho a la autodeterminación, porque no es una colonia, ni está ocupada militarmente, ni se niegan los derechos de las minorías nacionales, que son los únicos casos para los cuales la ONU reconoce ese derecho, a pesar que los independentistas no quieran enterarse.
Este planteamiento de realidad nacional, no va a satisfacer a los independentistas, ya lo sabemos. Pero sí podría servir para satisfacer el deseo de reconocimiento de su identidad, que tienen muchos catalanes sin ser independentistas, o que podrían dejar de serlo.
De manera que no, Sánchez no pretende romper España. Más bien, opino, los que están contribuyendo a agrandar las grietas, que amenazan nuestra estabilidad territorial, son los casposos de la “España una, grande y libre”. El proyecto de la candidatura de Pedro es 100% constitucionalista. De manera que ¿a que viene ahora tanto revuelo?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Mayo del 2017.