Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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martes, 5 de septiembre de 2017

PUEBLO, “PEUPLE”, “PEOPLE”, “VOLK”…

“Cuando yo uso una palabra
significa exactamente lo que yo
quiero que signifique”.
(“Alicia a través del espejo”. Lewis Carroll)

Algunos ya me habréis leído protestando, cuando se invoca demagógicamente al “pueblo”. A aquellos que gritan: dejad de discutir (los políticos), y preocuparos de los intereses del “pueblo”, siempre contesto con la pregunta ¿quién es el “pueblo”? ¿son los Botín o los inmigrantes legales el “pueblo”? ¿Los intereses de unos y de otros que hemos de defender, son los mismos?
Muchos contestarán que ese es un debate meramente académico. Puede. Pero la democracia es debate y entendimiento. Las palabras condicionan el pensamiento. Y si, al ya de por sí complicado debate, lo llenamos de significantes vacíos, sustantivos poliédricos y conceptos amorfos, la tarea de entendernos, se complica “ad infinitum”. Definir es, en primer lugar, delimitar, asignar fronteras. Un concepto indefinido es un concepto “sin final”, que no sabemos cuando es aplicable y cuando no, que incluye y que excluye.
Hace ahora unos meses, con motivo del fallecimiento del gran pensador Giovanni Sartori, me leí su magnífica obra: “¿Qué es la democracia?”. Y mira por donde, me topé con una serie de acertadas preguntas, que se hace el inigualable florentino, sobre el concepto de “pueblo” en política.
Nuestro “pueblo” se origina a partir del “demos” griego. Y del “demos” se daban - ya en el siglo V antes de C. - muchas interpretaciones. La palabra se reconducía de distintas formas a 1) “plethos”, es decir, al “plenum”, al cuerpo de ciudadanos en su totalidad; 2) “hoi polloi”, a los muchos; 3) “hoi pleiones”, a los más; 4) “ochlos”, a la muchedumbre. Y la noción se vuelve aún más compleja, cuando el “demos” griego se ve reconvertido en el “populus” latino, puesto que los romanos, y más el desarrollo medieval del concepto, hacen de “populus” en parte un concepto jurídico y en parte una entidad orgánica.
En definitiva ¿el pueblo es singular o plural? El término italiano “popolo”, así como el francés “peuple” y el alemán “volk”, son singulares. Nosotros decimos: “el pueblo es”. Pero en inglés “people” significa “personas” y rige el plural: en inglés se dice “el pueblo son”. Y a más a más, la Constitución inglesa no conoce ni reconoce (en términos de valor legal) ninguna entidad denominada “the people”, el pueblo.
Giovanni Sartori
Y, repetimos, como las palabras condicionan el pensamiento, no es fortuito que “pueblo” (en singular) se preste a ser concebido como una totalidad orgánica, como una indivisible voluntad general, mientras que “the people” indica una multiplicidad discreta, un agregado de muchos “cada uno”. El singular transmite la idea de un ente, el plural disgrega esa idea.
En la docta opinión de Sartori, el pueblo como totalidad indivisible, no es aceptable para la teoría de la democracia, tal como la entendemos hoy. El “populus” medieval no era el “volk” de los románticos. El organicismo medieval (que se extiende hasta la Revolución Francesa) era corporativo y agrupaba al individuo en nichos, que resultaban inmovilizantes, pero a la vez protectores. En cambio, el organicismo romántico es verdaderamente totalizador y disolvente: el individuo se funde en el “espíritu del pueblo”, en el “Volksgeit” o en el “Volkseele” y, realmente, se disuelve en el fluir intemporal de la historia. De ahí que la “fusión orgánica”, que lleva a concebir al pueblo como una totalidad indivisible, sea de cuño romántico; y es esta versión de la noción de “pueblo”, la que ha legitimado el totalitarismo del siglo XX. En nombre de la totalidad, y a cubierto bajo la fórmula “todos como uno solo”, todo el mundo puede ser aplastado y oprimido, de uno en uno.
Nuestras democracias permiten la disensión, porque al confiar el gobierno a la mayoría, tutelan el derecho de hacer oposición en su contra. Si podemos replicar a Rousseau, que el ciudadano no es libre sólo en el momento de votar, sino siempre, es porque él (el ciudadano) puede, en cualquier momento, pasar de la opinión de la mayoría a la de la minoría. Es en este poder “cambiar de opinión”, donde radica el ejercicio de mi libertad. Por lo tanto Lord Acton podía escribir con conocimiento de causa: “La prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre, es el “quantum” de seguridad de que gozan la minorías”. Y otros teóricos de la democracia y el constitucionalismo, han recalcado que en las democracias, la oposición es un órgano de la soberanía popular, tan vital como el gobierno. Y que suprimir, aunque sólo sea de facto, la oposición, significa suprimir la soberanía del pueblo.
Quien se llena hoy la boca con la palabra “pueblo”, raramente suele explicar de que se trata. Cuando los griegos acuñaron “demokratía” – Herodoto fue el primero – el “demos” en cuestión, estaba constituido por los ciudadanos de la “polis”, de la pequeña ciudad, que era de verdad una comunidad, una “Gemeinschaft”. Los atenienses que se reunían en la plaza, eran menos de cinco mil, y normalmente sólo acudía la mitad. Pero el hecho es que ese “pueblo”, ha dejado de existir hace ya mucho. Con el derrumbe de las estructuras corporativas, y del orden de clases, “pueblo” designa, cada vez más, un agregado amorfo que está en las antípodas, de aquel todo orgánico que los románticos habían divinizado.
¡No sigamos anclados en el romanticismo! Así que, a todo el que a partir de ahora, vuelva a invocarme al “pueblo” sin determinar a que se refiere, le endilgaré sin misericordia este rollo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Mayo del 2017.


miércoles, 5 de abril de 2017

ISAIAH BERLIN

El pasado mes de febrero, Henry Hardy, el editor de los grandes ensayos del gran historiador de las ideas Isaiah Berlin, dio una conferencia en Madrid. Y ese hecho me llevó a releer las obras de Berlin que figuran en mi biblioteca. Especialmente la biografía que sobre él escribió Michael Ignatieff; y su libro de ensayos “Sobre la Libertad”.
Sin Henry Hardy, es posible que Isaiah Berlin no fuera el Isaiah Berlin tan famoso. El propio Hardy recordó alguna vez que Berlin decía de si mismo: “Soy como un taxi, me tienen que parar”. Es decir, que tenían que forzarlo para que escribiera, y sus ensayos respondían a encargos concretos, y no siempre llegaban a publicarse. De forma que anduvieron mucho tiempo dispersos. Hasta que Hardy tomó el mando de la nave, y se convirtió en el editor de los 18 volúmenes de ensayos de Berlin, y de los cuatro que reúnen su correspondencia. Así que lo sabe todo sobre el gran maestro del pensamiento liberal, y uno de los historiadores de la ideas de mayor fuste y brillantez.
Berlin era un hombre conciliador, y le encantaba perderse en sus largas conversaciones. Cuando se le pedía su firma para defender algo en un periódico, se negaba, pues lo consideraba un gesto vacío. Prefería hablar con quienes defendían una posición distinta a la suya, para ver si los podía persuadir y que cambiaran de opinión. Disfrutaba con cualquier tarea intelectual. Su definición de “intelectual”, es la de alguien que quiere hacer las ideas lo más interesantes posibles.
Un día un profesor de Harvard, le convenció de que la filosofía nunca progresa, que no sabes más al final de tu vida como filósofo, de lo que sabías al principio. Como Berlin quería saber algo más, la historia de las ideas le iba a dar esa oportunidad. Su principal interés era la gente, y la filosofía que se hacia en los años treinta, era demasiado abstracta.
Alexander Herzen
Uno de los grandes talentos de Berlin, era imaginarse dentro de la piel de otra persona, especialmente en la de aquellos con los que no coincidía, en su manera de ver el mundo. Solía decir que sabía exactamente como pensaba Marx, y eso que muchas de sus ideas, tenían lo que a él menos le gustaba: esa absoluta certeza sobre la marcha de la política, de la economía. Quizá fuera el haber presenciado de niño, los primeros disturbios de la revolución bolchevique (este año se cumple el centenario) lo que creó en él un radical rechazo de cualquier forma de violencia, y más de las que estaban inspiradas en certezas políticas.
A Berlin le aburría leer a la gente con la que estaba de acuerdo, tenía más interés en conocer a aquellos con los que disentía. Estaba con los ilustrados en su batalla contra el oscurantismo, el autoritarismo, las fuerzas oscuras que esclavizan a una sociedad. Pero pensaba de ellos, que fueron muy lejos al considerar que las cuestiones humanas, podían abordarse de la misma manera, con que las ciencias tratan los fenómenos naturales. Las ciencias estudian lo general, y buscan regularidades que pueden ser predecibles. Las humanidades pretenden entender lo que es único y particular, lo que ocurre de verdad con una persona en una situación concreta.
Para él existen dos formas de libertad. La “negativa” es aquella que te permite ser libre de algo, superar cualquier interferencia que quieran imponerte, la libertad “de”. La “positiva” tiene que ver con la pregunta ¿quién está al frente? Y la respuesta correcta debería ser que mando yo: la libertad “para”. Berlin quería que los hombres fueran los autores de sus propias vidas. Pero hay quienes consideran que esa libertad “positiva”, podría obligar a ajustarse a la voluntad del Estado, y que el final sería igualmente una forma de esclavitud. Berlin era muy crítico con Hegel, que consideraba que toda persona racional querría hacer lo correcto, lo que se ajusta al Estado, pero esto no es más que retorcer la lógica de las cosas, y por eso estaba radicalmente en contra del comunismo y del fascismo.
Le encantaban a Berlin los juegos intelectuales. Sostenía que se podía tener dos temperamentos, y de ahí su archiconocida dualidad del erizo y el zorro: “los hay que están obsesionados, como el erizo, con una sola idea que los ayuda a explicar todo, y los que, como el zorro, cultivan la variedad y se fijan en casos concretos”. Tolstoi, decía, fue un magnífico zorro en sus novelas, pero estaba obsesionado con entender la historia, desde un único principio que lo organizara todo, como el erizo. (Escribía Rubén Amón en El País: “Hay un zorro, Pedro Sánchez, y un erizo, Susana Díaz, mimetizados ambos en las propiedades que atribuye Isaiah Berlin a cada animal, en un feliz ensayo escrito en 1953. El erizo, a semejanza de Susana Díaz, es obstinado, determinado, perseverante en sus convicciones. Y el zorro sabe adaptarse a los cambios. Es voluble y astuto, exactamente como le sucede a Pedro Sánchez en su enésima resurrección política. Parecía sepultado después del psicodrama de Ferraz y de la entrevista a Jordi Évole, pero la corpulencia de su lema embrionario, "No es no" y el fervor de la militancia en el anatema contra Mariano Rajoy, le han proporcionado una desmesurada euforia).
Alexander Ivanovich Herzen, intelectual y revolucionario ruso (Moscú, 1812 - París, 1870) fue uno de los grandes héroes de Berlin, acaso el mayor. Su manera de ser era muy parecida a la suya. Fue un gran conversador. Lo más importante que tomó de Herzen, era que jamás se puede tolerar hacer sufrir a nadie en el presente, con la promesa de que eso servirá para conseguir algo mejor para la humanidad, en el futuro.
Los grandes principios son diferentes y reclaman compromisos distintos. No hay una fórmula a la que agarrarse, para decidir cual es mejor. Es lo que Berlin llama lo inconmensurable: no hay una manera única de decantarse. Y eso es lo trágico, que debemos elegir entre unos valores y otros cuando son incompatibles, y eso te desgarra.
Nos recuerda Isaiah Berlin que el Romanticismo fue muy lejos, reformando los rasgos particulares de cada cual, hasta el punto de cuestionar valores que podían ser universales. Y eso, estos días aciagos, nos devuelve a Trump y al escenario de la posverdad. Se ha desentendido de los hechos, para producir una realidad alternativa. Y además está su afán por generar un culto a su propia personalidad. Son dos gestos claramente románticos. (Un día de estos escribiré más extensamente sobre el Romanticismo).
Baste hoy insistir en que la radical oposición de Berlin, a quienes están convencidos de tener una repuesta para todo, es en estos tiempos más relevante que nunca.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Marzo del 2017.

lunes, 11 de enero de 2016

Clásicos, helenos, versus románticos

Los de mi generación fuimos idealistas, utópicos, ilusos, “revolucionarios”… los de la izquierda mayoritaria (PSOE, PCE) me refiero. Teníamos sentimientos, claro, y profundos. Pero jamás dejamos que el sentimiento, y no la razón (como en el romanticismo), guiará nuestras actuaciones políticas. Fuimos muchas cosas, en algunas erramos, pero nunca fuimos políticamente románticos, en el sentido profundo del término. Al menos eso creo.
Escribe Ortega y Gasset en El Espectador, de cómo el clasicismo lleva anejo el carácter de perfección. Y solo hacemos perfectamente, dice, lo que es un poco inferior a nuestras facultades. La sociedad sería perfecta, si los ministros fueran gobernadores de provincia; los profesores de universidad, maestros de segunda enseñanza; y los coroneles, capitanes. No sé que adverso sino obliga a los hombres a lo contrario, sobre todo en la edad contemporánea.
La cultura griega, ejemplo de clasicismo, se caracterizó por la limitación de su campo visual. Seguramente no pueda entenderse ni admirarse lo verdaderamente helénico, sino después de haber percibido, la preconsciente contracción a que somete la realidad. Y en cuanto a Dios, nombre colectivo que damos a lo que es ilimitado, infinito en extensión o en calidad, a cuanto rebosa nuestro poder de medir y prever ¿hay nada más antihelénico? Es curioso, me parece, el desarrollo de la indignación griega contra todo lo infinito. Lo in-definido, lo sin-límites, les saca de quicio. Cuando los pitagóricos descubrieron el número irracional, sintieron el vértigo, y lo consideraron como algo “escandaloso”. Por una sublime fidelidad a sus capacidades, que fue el secreto de Grecia, lograron los helenos suprimir de su preocupación, cuanto no puede ser fácilmente gobernado por la medida.
Romanticismo. Delacroix
Por el contrario, a mi parecer, el romanticismo es una voluptuosidad de infinitudes, un ansía de integridad ilimitada. Es un quererlo todo y ser incapaz de renunciar a nada. Por esto hay en él siempre, en el romanticismo, confusión e imperfección. El sujeto romántico encuentra siempre dentro de sí, la impresión de que fuera de él algo colosal acontece; pero a menudo, cuando quiere precisar esa enorme contingencia, se sorprende sin nada entre las manos. En tal situación lo mejor sería callarse; más el silencio es un género literario de sentido clásico, y el romántico prefiere hacer retórica.
Remataba Ortega: “Completando una frase ilustre, yo diría que el clásico, como Saúl, parte en busca de unas asnillas que ha perdido, y vuelve con un reino, mientras el romántico sale en busca de un reino, y vuelve a menudo con las asnillas de Saúl”.
Pues eso, mucho romántico veo yo, en las jóvenes y emergentes organizaciones políticas de hoy.

Palma. Ca’n Pastilla a 10 de Enero del 2016.