Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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martes, 13 de febrero de 2018

SÓCRATES SEGÚN ARENDT

Nos explica Hannah Arendt, como Sócrates parece haber creído que la función política del filósofo, era ayudar a establecer un tipo de mundo en común, construido sobre el entendimiento en la amistad, para el cual no se precisa ningún gobierno.
Con este propósito, Sócrates se apoyó en dos ideas. La primera contenida en la sentencia del Apolo délfico: “conócete a ti mismo”. Y la segunda expuesta por Platón (con ecos en Aristóteles): “Es mejor estar en desacuerdo con el mundo entero que, siendo uno sólo, estar en desacuerdo conmigo mismo (Georgias)”. Esta es una máxima que siempre me he aplicado. Me ha ayudado mucho a estar en paz conmigo mismo. Pero llevada a su extremo, también me ha dificultado, con frecuencia, progresar en el campo de la política. Es, ciertamente, la afirmación clave de la convicción socrática, de que la virtud se puede enseñar y aprender.
A juicio de Sócrates el “conócete a ti mismo” délfico, quería decir: sólo mediante el conocimiento de lo que me parece a mí – solamente a mi y, por tanto, como algo que permanece para siempre relacionado con mi propia existencia concreta – puedo de algún modo entender la verdad. La verdad absoluta, que sería la misma para todos los hombres y, por tanto, desconectada, independiente de la existencia de cada hombre, no puede existir para los mortales. Para estos lo que importa es hacer verídica la “doxa” (opinión, esplendor, fama) ver una verdad en cada “doxa” y hablar de tal modo, que la verdad de la propia opinión se le revele a uno mismo y a los demás. A este nivel, el socrático “sólo sé que no sé nada”, no significa más que: sé que no tengo la verdad para todo; no puedo conocer la verdad del otro sino preguntándole y, así, familiarizarme con su “doxa”, que se le revela de un modo distinto al de todos los demás.
Sócrates
Para Sócrates, el principal criterio del hombre, que comunica verazmente su propia “doxa”, es “estar de acuerdo con uno mismo: no contradecirse a sí mismo, y no decir cosas contradictorias, que es lo que la mayoría de la gente hace. El miedo a la contradicción, surge del hecho de que cada uno de nosotros, “siendo uno solo”, puede al mismo tiempo hablar consigo mismo como si fuese dos. Puesto que yo soy ya un dos-en-uno, al menos cuando intento pensar, puedo experimentar a un amigo, para emplear la definición de Aristóteles, como “otro sí mismo”. La facultad del discurso, y el hecho de la pluralidad humana, se corresponden el uno con la otra, no sólo en el sentido de que empleo las palabras, para comunicarme con aquellos con los cuales comparto el mundo, sino en el sentido aún más importante, de que hablando conmigo mismo, vivo junto a mí mismo (“Ética a Nicómaco”).
El principio de contradicción, sobre el que Aristóteles fundó la lógica occidental, se podría retrotraer a este descubrimiento fundamental de Sócrates. En tanto que soy uno no me contradeciría a mí mismo, pero sí puedo contradecirme a mí mismo, porque en el pensamiento soy dos-en-uno; y por lo tanto no sólo vivo con los otros, en tanto que uno, sino también conmigo mismo. Este miedo que sentimos muchos a contradecirnos, es parte integrante del mismo miedo a dividirnos, a no permanecer siendo uno. Y esta es la razón de que el principio de contradicción, llegara a convertirse en la regla fundamental del pensamiento. Pero ésta es también la razón de que la pluralidad de los hombres, nunca pueda abolirse enteramente, y de que la huida del filósofo del reino de la pluralidad, siempre permanezca como una mera ilusión, pues incluso si viviese totalmente por mí mismo, en tanto que estoy vivo viviría en la condición de la pluralidad. Tengo que tolerarme a mí mismo – lo que no siempre es fácil - y en ningún lugar se muestra más claramente este yo-conmigo-mismo, que en el pensamiento puro, el cual es siempre un diálogo entre los dos del dos-en-uno.. Es la compañía con los otros lo que, al sacarme del diálogo del pensamiento, me hace uno de nuevo: un ser humano singular y único, que habla con una sola voz y que es reconocible como tal por los demás.
Aquello a lo que Sócrates apuntaba, me parece, es que vivir en compañía de los demás, comienza por vivir en compañía de uno mismo. Sólo aquel que sabe vivir consigo mismo, es apto para vivir con los demás. El sí mismo, es la única persona de la cual no puedo separarme, a la cual estoy unido sin remisión. Por lo tanto “es mucho mejor estar en desacuerdo con el mundo entero, que, ‘siendo uno sólo’, estar en desacuerdo conmigo mismo”. La ética, no menos que la lógica, halla su origen en esta afirmación.
Hannah Arendt
En la opinión de Arendt, y modestamente en la mía, esta posibilidad de la que hemos hablado, tiene una gran relevancia para la política, si entendemos la “polis” como el espacio público político, en la cual los hombres alcanzamos nuestra humanidad plena. Y también es importante, para la cuestión de si la moralidad como tal, posee alguna realidad terrenal. La respuesta de Sócrates la encontramos en su tantas veces repetida recomendación: “Sé tal como te gustaría aparecer ante los demás”, es decir, aparece ante ti mismo, tal y como te gustaría aparecer ante los demás. Puesto que incluso cuando estás solo, no estás completamente sólo, tú por ti mismo puedes y debes, testificar acerca de tu propia realidad. La razón por la cual no deberías matar, incluso en condiciones en la que nadie te vería, es que no puedes querer, bajo ningún concepto, vivir junto a un asesino.
Para Sócrates el hombre es un ser pensante, cuyo pensamiento se manifiesta en la forma del discurso. Y la identidad de discurso y pensamiento, que juntos forman el “logos”, es quizá una de las características más sobresalientes de la cultura griega. Lo que Sócrates añadió a esta identidad, fue el diálogo del yo consigo mismo, como condición primaria del pensamiento. La relevancia política del pensamiento de Sócrates, consiste en la afirmación de que la soledad – que antes y después de él, era considerada la prerrogativa y el “habitus” profesional del filósofo en exclusiva, y que era, naturalmente, sospechosa para la polis de ser antipolítica – es, por el contrario, la condición necesaria para el buen funcionamiento de la polis, una mejor garantía que las reglas de comportamiento, forzadas por las leyes y el miedo al castigo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Enero del 2018.


martes, 12 de julio de 2016

AMIGOS, SOLEDAD Y "DHARMA"

Abandoné mis actividades montañeras hace tres años, cuando sufrí un infarto. Estos días, con motivo de mis 74 años, algunos de mis buenos amigos, se han ofrecido muy amablemente, a acompañarme a dar sencillos paseos por la montaña. Les he agradecido de corazón, el bonito gesto. Pero yo ya estoy en otra cosa. Esa pasión, como otras anteriores de mi vida, ya la he cerrado, al menos de momento, pues nunca podemos decir “de esa agua no beberé”, o no volveré a beber.
Es posible que a estos sensacionales amigos, les preocupe también la escasa higiene de mi vida actual. A ellos, que viven tan frecuentemente al aire libre, ocupados en maravillosos ritos musculares, puede que le angustie la idea de que yo pase todas mis jornadas, encerrado en los pocos metros cuadrados de mi despacho, sumergido en la niebla mágica del humo de mi pipa, y sin más comunicación con la naturaleza, que mi sutil y metafórica existencia entre las hojas de los muchos libros que me rodean. Mil gracias amigos, pero no os preocupéis, estoy bien, muy bien. Hay muchos tesoros repartidos, quizá alguno algo recóndito, por la vida. Y uno de ellos yace oculto, bajo horas de soledad (soledad querida y relativa). En ese espacio “para sí” que nos abrimos cada día, y que nos libera de lo demás y “los demás”. Hay ciertas cristalizaciones en química, que sólo se producen en lugares quietísimos, exentos de toda trepidación, en el rincón más recóndito de nuestro “laboratorio”. Así las mejores reacciones espirituales, que enriquecen y pulen la persona, necesitan calma, ocio profundo, un no hacer nada, para dejar que la milagrosa germinación se produzca.
Jugando al golf
Y estas reflexiones me llevaron a recordar una conversación que narraba Ortega, tenida con un grupo de amigos, que le invitaron un día a comer en el Club de Golf:
-Yo no comprendo como puede usted vivir sin tomar el sol, le comentó una señora.
- Es que yo no vivo señora.
- ¿Pues que hace usted?
- Asisto a la vida de los demás
- Pero eso es un martirio ¿verdad amigo mío?
- No hay duda; el asistir a la vida de los demás es el martirio. Mártir quiere decir testigo. Yo atestiguo que usted existe. Si no existe alguien que atestigüe la existencia de los demás – personas y cosas – aquella, la existencia, sería como nula. Si yo fuera prisionero absoluto de mi propia vida, no podría cumplir mi misión de testigo. Homero decía, que los héroes combaten y mueren, no más que para dar motivo, a que luego el poeta los cante.
- Usted debería hacerse socio del club, y jugar todos los días un partido, añadió un amigo.
- No, amigo mío; yo no puedo ser socio de este club, ni jugar al golf. Semejante desliz me acarrearía castigos milenarios.
- Esto implica una grave acusación contra nosotros.
- En modo alguno. Si usted no jugase al golf, incurriría en el mismo pecado que si yo jugase. Ambos habríamos sido indóciles a nuestro “dharma”.
Ortega y Gasset
Con la idea del “dharma”, Ortega quería insinuar que es un error, considerar la moral como un sistema de prohibiciones y deberes genéricos, el mismo para todos los individuos. Que eso es una abstracción. Son muy pocas, si hay alguna, las acciones que están absolutamente mal o absolutamente bien. La vida es tan rica en situaciones diferentes, que no cabe encerrarla, dentro de un único perfil moral. A cada profesión le parecen inmorales, los usos de la vecina. Al intelectual le parece inmoral el político, porque sus palabras son inexactas, insinceras y contradictorias. La misión del intelectual es enunciativa, verbal; cuando ha escrito o pronunciado, palabras que expresan algo con precisión, con gracia y con lógica, ha hecho cuanto tenía que hacer; la realización no le interesa. En cambio el político, aspira únicamente a realizar sus pensamientos, no a decirlos. La misma discrepancia existe entre las clase sociales. Para una mujer de la pequeña burguesía, las damas elegantes de la alta sociedad, que salían, jugaban al golf, fumaban y demás, eran una representación del demonio. La “petite bourgeoisie” cree aún, que la mujer ha venido al mundo para estarse en casa, cocinar y cuidar de los hijos. Tiene una moral hecha casi de prohibiciones, y su gran virtud consiste, principalmente, en lo que no hace. Entre las tumbas de la vieja Roma republicana, se conservan muchas donde, bajo un nombre femenino, están escritos estos vocablos de alabanza: “Domiseda, lanifica” (ha vivido sentada en su casa y ha hilado).
Ortega especifica: “Yo no pretendo que el burgués abandone su moral, sólo pediría que me deje a mí la mía”. Esta coexistencia de mandamientos diversos, es la que expresa el hinduismo con el “dharma”. Dentro de la religión hindú caben todas las creencias, todas las doctrinas, el hinduismo no es dogmático. Sólo hay una cosa cuya aceptación exige: el cumplimiento de los deberes rituales. Cada casta tiene un repertorio de acciones permitidas y obligadas, un “dharma”, al que es forzoso ajustarse, porque constituye la ley última del universo. El dios Brahma, enseñó la gigantesca lista de normas vitales a los demás dioses, y la expuso en cien mil capítulos, según se nos refiere en el “Mahabharata”. En vez de instaurar un solo perfil de corrección moral, anulando la riqueza del cosmos, el hindú acepta y respeta la maravillosa pluralidad del mundo, y en principio, como indica Weber, admite una moral para el ladrón y la prostituta. En cambio, no permite el menor desliz dentro de cada estatuto moral.
Sendero del "Dharma"
La conversación que narra Ortega, acaba así:
- Pues bien, amigo mío: el “dharma” de usted es jugar al golf, como el mío es un “dharma de escritura y conversación.
- Es usted un doctrinario.
- Yo creía ser todo lo contrario ¿No significa la idea del “dharma”, un sublime empirismo de la moral? Lo que yo sostengo, es que no hay acto alguno indiferente, y que lo bueno en un hombre, es malo en otro. Tal vez fuera mejor contrarrestar el patetismo contemporáneo, en que suele embotarse toda discusión sobre ética, por la más elegante tibieza con que los antiguos, en lugar de “lo moral” – palabra tremenda – solían decir “lo decente”, “quod decet”, lo correcto. Pues bien; yo creo que no sólo cada oficio, sino cada individuo, tiene su decencia intransferible y personal, su repertorio ideal de acciones y gestos debidos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Julio del 2016.