Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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miércoles, 5 de julio de 2017

A VUELTAS CON LA TRANSICIÓN

Por experiencia propia, sé lo difícil que es transmitir a quienes no vivieron los largos años del franquismo, la euforia que se desató en las primeras elecciones auténticamente democráticas. Por fin votar de verdad, escuchar en campaña algo tan simple como los acordes de “La Internacional”, tener un Parlamento homologable, con todos los requisitos exigibles a las democracias representativas. Por fin España dejaba de ser una anomalía en el sur de Europa.
Había sido siempre nuestra diferencia (“Spain is different” que decía Fraga) lo que nos convertía en un caso excepcional en la historia de Europa: Una demostrada y reiterada incapacidad para la democracia, una atávica necesidad de ser gobernados por hombres fuertes: los “espadones”- generales – del siglo XIX, Primo de Rivera y Franco en los comienzos del XX. Muchos estaban convencidos – el hispanista Richard Herr entro otros – de que cuando Franco muriera, los españoles, por naturaleza rebeldes y políticamente volubles, volveríamos a nuestros antiguos hábitos. Nadie daba un duro por lo que en España pudiera ocurrir. Hasta alguien tan a resguardo de retóricas demagógicas, como el gran Giovanni Sartori, sentenció en 1974, en su imprescindible obra “Partidos y Sistemas de Partidos”, que los españoles volverían a la pauta de los años treinta, dando vida de nuevo, a un sistema pluripartidista y muy polarizado, directamente destinado de nuevo al caos.
Una voz, sin embargo, había desentonado en el coro de historiadores y científicos sociales y políticos, que elucubraban sobre el futuro: la de Juan Linz, que pronosticó, en 1967, que cualquier sistema de partidos que se estableciera en el futuro en España, tendría que girar inevitablemente, en torno a dos tendencias dominantes: el socialismo y la democracia cristiana. Sobre ellas se había construido la nueva Europa, de la que tantos españoles deseábamos formar parte.
Santos Juliá
Un sistema a la italiana era la gran expectativa del PCE, que soñaba con repetir en España, el “compromesso storico” de Berlinguer en Italia. No muy diferentes eran las expectativas de Adolfo Suárez: un partido que desempeñara el papel jugado por la democracia cristiana en Italia y Alemania, y fomentar en la izquierda, una permanente y equilibrada división entre socialistas y comunistas. Pero que ocurriera lo de Alemania, era lo que anhelábamos los socialistas del PSOE. Al final, como ya sabemos, fueron las dos opciones sobre las que en Europa se había reconstruido la democracia y el Estado social, las que resultaron vencedoras el 15 de Junio de 1977. La UCD que arrebató el centro derecha a la Democracia Cristina (La “Federación de la Democracia Cristiana”, liderada por Joaquín Ruiz Giménez y José María Gil Robles, antiguo líder de la CEDA, contra todo pronóstico, no obtuvo ningún diputado) y el PSOE.
Con estos resultados, como bien explica el historiador Santos Juliá, se disolvió, además de la famosa “sopa de letras” (más de ochenta candidaturas se habían presentado a las elecciones) el proyecto de reforma política, aprobado en referéndum seis meses antes. Nunca más se volvió a hablar de “reforma constitucional”, una manera perversa de referirse a las Leyes Fundamentales de la dictadura. Los diputados se declararon, nos declaramos, constituyentes y decidieron poner en marcha, la principal y nunca abandonada reivindicación de la oposición: “la apertura de un proceso constituyente”, que se formuló en el acuerdo alcanzado entre monárquicos y socialistas en 1948, y se reiteró en todos los planes de transición, alumbrados en las décadas siguientes.
Victoria Camps
Aquellas Cortes elegidas, tiraron adelante con lo que muy pronto recibió el nombre, luego tan denostado, de política de “consenso” (el conocido “compromise” inglés, concepto que significa que ambos lados ceden en una negociación, para que todos salgan ganando, y que en castellano no tiene una traducción satisfactoria). Y esa fue la gran diferencia, que liquidó todas las diferencias, que históricamente manteníamos con la historia democrática europea. Políticos españoles y políticas de pacto, parecían excluirse mutuamente en nuestro discurso político y en nuestra historia, desde los orígenes del Estado liberal. Que ni la tradición ni la historia determinaran el futuro, y que era posible construir un Estado tramando acuerdos: eso fue lo que indicaba, y así lo comprendimos, el mandato de los electores, cuando, rompiendo lo que tantos observadores extranjeros consideraban como áspera excepcionalidad española, depositaron sus votos mayoritariamente en dos partidos, a los que empujaron a entenderse. Como alguien dijo: ¡puaf que aburrimiento, ya sois como los europeos!
Aquella democracia tan esperada, que supo ponerse al día con sorprendente rapidez – como escribe la gran Victoria Camps – hoy adolece de cierta adhesión ciudadana. El fenómeno populista pretende corregir con el encendimiento de las masas, lo que sólo se corrige bien con diagnósticos audaces y desinteresados. La sociedad siempre está enferma y, precisamente, la democracia se inventó para reparar algunas de sus dolencias. Para ello cuenta con un procedimiento, para elegir los representantes de la ciudadanía, y con los contenidos que protege todo Estado de derecho. En aquellas Cortes Constituyentes, se pactó la voluntad de establecer y mantener a salvo ambos elementos. Ya forman parte de nuestra esencia política, pero no basta tenerlos, hay que saber demostrar que son útiles para responder a los conflictos y problemas, que nos van saliendo al paso.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Junio del 2017.



jueves, 24 de septiembre de 2015

Héroes de la retirada

Recuerdo, y tomé algunas notas, que hace tiempo Hans Magnus Enzensberger escribió sobre “los héroes de la retirada”. Y ha sido estos días cuando, contemplando el devenir de los acontecimientos en Grecia, y la maniobra, retirada, política de Syriza y Tsipras, he vuelto a recordar y he desempolvado lo que escribió Enzensberger.
Hace ya cierto tiempo que la Historia viene anunciando, el final de aquellos héroes a los que jamás les preocupó otra cosa, que la conquista, el triunfo y la megalomanía. Los escritores lo habían presentido. La literatura se había despedido definitivamente, hace más de un siglo, de aquellas figuras míticas que ella misma había contribuido a crear. La loa soberana y la leyenda heroica pertenecen desde entonces a la prehistoria. La literatura no se ocupa ya desde hace mucho tiempo de Augusto o de Alejando. Del rey Federico y de Napoleón sólo se habla en los sótanos literarios y, por supuesto, menos todavía de los himnos de Hitler y las odas de Stalin, cuya determinante era desde el principio verdadera escoria.
El lugar del héroe clásico han pasado a ocuparlo en las últimas décadas otros protagonistas, en mi opinión más importantes, héroes de un nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista, la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje. Tenemos todos los motivos para ocuparnos de estos especialistas de la negociación, pues nuestro continente necesita de ellos si quiere seguir viviendo.
Fue Clausewitz, el clásico del pensamiento estratégico, el que demostró que la retirada es la operación más difícil de todas. Esto vale también en política. El non plus ultra del arte de lo posible consiste en abandonar una posición insostenible. Pero si la grandeza de un héroe se mide por la dificultad de la misión con que se enfrenta, se deduce de aquí que el esquema heroico no sólo tiene que ser revisado, sino invertido. Cualquier cretino es capaz de arrojar una bomba. Mil veces más difícil es desactivarla.
Hans Magnus Enzensberger
En cualquier caso, para hacer un héroe no bastan la simple habilidad y la competencia. Lo que hace memorable al protagonista es la dimensión moral de su acción. Pero precisamente en este aspecto encuentran los héroes de la retirada una reserva tan masiva como tenaz. La opinión general se mantiene aferrada al esquema tradicional. Reclama, hoy como ayer, al personaje imperturbable y exige una moral política de principios firmes y válidos para todo, y esto significa también, si es necesario, andar sobre cadáveres. Pero precisamente esta claridad inequívoca es lo que no puede ofrecer en ningún caso el héroe de la retirada. Quien abandona las propias posiciones no sólo entrega un terreno objetivo, sino también una parte de sí mismo. Semejante paso no puede tener lugar sin una separación de la persona y su papel. El ethos del héroe se halla precisamente en su ambivalencia. El especialista en desmontaje demuestra su valor moral asumiendo esa ambigüedad.
Adolfo Suárez – escribe Enzensberger - secretario general del Movimiento Nacional, se convirtió, tras la muerte de Franco, en primer ministro. En un golpe de mano exactamente planeado desmanteló el régimen, despojó de poder a su propio partido unificado y sacó adelante una Constitución democrática: una operación tan difícil como arriesgada, que Suárez llevó a cabo con arrojo personal y brillantez política. Se trataba no sólo de transformar por completo el aparato político, sino también de disponer al Ejército a no moverse; una purga militar habría conducido a una represión sangrienta y probablemente a una nueva guerra civil.
Los epígonos de la retirada se mueven por impulso ajeno. Obran bajo una presión que viene de abajo y de arriba. El verdadero héroe de la renuncia, en cambio, es él mismo, la fuerza motriz. Mijail Gorbachov fue el iniciador de un proceso, con el que otros después, más o menos voluntariamente, intentaron ir al paso. Él representó -como es ya hoy manifiesto- una figura secular. La dimensión clara de la tarea que se impuso es algo sin precedentes. Se empeñó en desmontar el penúltimo imperio monolítico del siglo XX, sin violencia, sin pánico, sin guerras. Ha tenido que pasar mucho tiempo hasta que el mundo ha empezado a entender su proyecto. La inteligencia superior, la valentía moral y la perspectiva amplia de este hombre, todo ello estaba tan lejos del horizonte de la clase política -en Oriente y en Occidente- que ningún Gobierno se atrevió en su día a tomarle la palabra.
Alexis Tsipras
"Cuando no se puede, no se puede, y además es imposible" dijo Rafael Gómez Ortega "El Gallo" (1882-1960). Y algunos líderes políticos cuando se dan cuenta de ello, a las buenas o a las malas, buscan con inteligencia, en una ordenada retirada, una posición diferente desde la cual, seguir peleando por un mundo algo más humanizado. Reconociendo que no se puede hacer tabula rasa y empezar de nuevo, como si fuera el primer día del mundo. Que la soberanía nacional hace ya tiempo que se ha convertido en una sustancia volátil, útil y controlable sólo en la medida en que se comparte. La ahora denostada Unión Europea se inventó con este motivo. Que no hay forma de acoger a los refugiados debidamente, con los escasos medios de cada unos de los socios europeos, y con unos ridículos medios europeos comunes.
Pero para ser un auténtico líder, un “héroe de la retirada”, hay que dirigir a los tuyos, a la gente, al pueblo, en dirección diferente, e incluso contraria, a la que pretenden llevarte. Y para ello se necesita mucha valentía política, una férrea moral, y una seguridad absoluta en que se está haciendo lo justo, sea cual sea el coste personal y político, que ello te suponga.
¿Tsipras lo ha entendido por fin? ¿Ha entendido que tiene que “retirarse” ya de un Estado ineficiente y clientelar; de una Hacienda Pública inútil y corrupta (me decía ayer David mi hijo: de nada sirve que la U.E. les conmine a subir el IVA, allí nadie paga-cobra con factura); de una Administración del Estado servida sólo por parientes y amiguetes; de unos partidos políticos de estructura familiar, controlados por estirpes del mismo apellido…?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Septiembre del 2015.