Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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lunes, 24 de septiembre de 2018

NOS COGERÁ EL TORO

Nos cogerá el toro, y es un morlaco de aúpa, si seguimos prestándole menos atención a él que al ruido en los tendidos, a los gritos, aplausos, insultos y olés de los aficionados. Pedro Sánchez ha dicho: “Sólo es ruido”. Sí, pero justo por eso, no deberíamos perder tanto tiempo con ello.
No hay que entender la política, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Es lo mismo que en la historia, en cuya investigación sabemos de la importancia de detectar lo que está debajo de lo más manifiesto. Unamuno, lo he escrito a veces, llamaba “intrahistoria” a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales. A día de hoy, los “grandes acontecimientos históricos”, los asuntos que tratan los periódicos, y no digamos las redes, son los que tienen lugar en la superficie; mientras que los cambios sociales y culturales importantes, que se mueven bajo la superficie, sólo son detectados por contados políticos, sociólogos o filósofos que, como Casandras de hoy, nos advierten sobre ellos, con el mismo resultado que el de la clásica profetisa: ninguno. Hay un “nivel subterráneo” (abisal diría Unamuno) donde se articulan dinámicas sistémicas globales, que unen lo que en la superficie parece desconectado. Son imposibles de percibir, si contemplamos el mundo con los lentes de nuestras pasiones. O las confundimos con las que nos presentan algunos digitales, las redes sociales, los tuiters de Trump, las “fake news”, o los postureos y “performances” de muchos políticos.
Pepe Borrell en Florencia
Las elecciones europeas están ahí, el próximo mayo. Si ganan las derechas populistas, identitarias y xenófobas, se deshilacha la Unión y el Euro se devalúa gravemente ¿de verdad a alguien le va a preocupar entonces, lo que haya pasado con el máster de Casado, o la tesis de Sánchez? Borrell nos hablaba el otro día de problemas reales e imaginarios. Los primeros, los reales, en su mayoría se pueden resolver, si existe voluntad política (como pasó no hace mucho con la crisis del Euro). Los imaginarios (derivados de emociones y ensoñaciones) no se pueden resolver, sólo disolver. El Gobierno debe enfrentar con rigor y respuestas concretas y efectivas, aquellos problemas que de verdad afectan, o afectarán gravemente, la vida diaria de los ciudadanos. Y dejar de prestar atención a la espuma de las olas, y a la bullanga de ciertos medios digitales y redes sociales.
Sí, sí, ya lo sé, sólo 84 diputados y un montón de otros exclusivamente dedicados al postureo. Y sigo manteniendo mi confianza en el Gobierno y en la Dirección del PSOE. Seguro que todos ellos saben mejor que yo, cuales son los movimientos importantes, los abisales, los que se dinamizan en lo profundo. Yo solo aviso como Casandra improvisada. Porque hay que seguir confiando en la acción transformadora de la política; sin dejarnos atrapar en las falsas dicotomías del Ideal-Posible o Mejor-Bueno. Que no son sino un burdo plagio de la “piedra de Sísifo”. No es que en la carrera de lo posible a lo ideal, la piedra siempre acabe volviendo al comienzo, sino que cuando ascendemos algo hacia el Ideal, siempre hay alguien que lo sitúa más alto. Si no se desafora al Rey, no desaforamos a los políticos. O el todo o nada. Pero de nada nos sirve llorar o quejarnos, pues como nos recordaba Javier Solana, que dijo Hegel en su “Fenomenología del espíritu”: “La queja es una lágrima derramada sobre la necesidad”.
No es necesario haber leído muchas publicaciones serias, para constatar que en Europa (y en el mundo ya puestos) se está produciendo un cambio de mentalidades, germinado en tres fenómenos propios de nuestros días: una aversión estereotipada hacia los inmigrantes, muy especialmente hacia los de confesión musulmana; el poder de atracción de un nuevo tipo de políticos, que rehuyen los problemas reales, y sitúan en la agenda los imaginarios (esencialmente identitarios); y, por fin, la torpe forma de reaccionar de las élites políticas, ante la aparición de estos movimientos de protesta, en general populistas de derecha, pero no exclusivamente. Estas nuevas tendencias políticas, son incompatibles con las Constituciones de países que se consideran hijos de la tradición democrática liberal europea. Y con todos los que no comulgamos con una concepción étnica de la democracia, ni con una visión exclusivamente judeo-cristiana de nuestra tradición.
Jürgen Habermas
Pero algo bueno puede que aporten estos movimientos contestatarios: despertarnos de la somnolencia con la que hemos manejado hasta hoy, el funcionamiento de la democracia a nivel europeo que, como poco, diríamos que ha sido excesivamente elitista. Todas estas fuerzas política emergentes, algunas de sus exigencias, nos demuestran que una comprensión puramente formalista – y por ende disminuida – de los procesos democráticos, cada día encontrará una mayor resistencia.
También nos decía Borrell en su conferencia de hace unos días, que todo ese laissez faire, laissez passer, con el cual los ciudadanos han permitido a ciertas élites (nómadas cosmopolitas, las define Pepe y se incluye) gobernar la Unión, cuando las cosas iban bien, se ha acabado. La Unión ya no puede seguir siendo cosa de unos pocos (por más que el Parlamento Europeo, lo compongan 750 miembros), la ciudadanía de todos los países debe ser convocada seriamente, no sólo a la votación en las próximas elecciones, sino esencialmente a los procesos de debate en la campaña. Lo que decía al inicio: si las fuerzas seriamente democráticas, pierden las elecciones ¡que irrelevante nos parecerá entonces el máster de Casado!
Pero para terminar, un toque de optimismo, que es lo mío. Decía no hace tanto Jürgen Habermas: “Tenemos en Europa ciudadanos suficientemente educados, para que ese género de ficciones políticas sentimentales, de las que el populismo de derechas quiere convencernos que existen, no tengan recorrido”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Septiembre del 2018.


lunes, 30 de abril de 2018

DISCURSO SOBRE EUROPA

El doctor Andrés Laguna (Segovia 1511?-1559) fue una figura relevante de la España de Carlos V. Humanista, gran admirador de Erasmo, del cual compartía sus ideas religiosas, a favor de un cristianismo interior.
En Colonia, el domingo 22 de enero de 1543, a las siete de la tarde, pronuncia el “Discurso sobre Europa”(Europa heautentimorumene) ante una asamblea de príncipes y sabios. El tema del discurso es Europa, que se está destrozando a sí misma. Una Europa que “miserablemente se atormenta y deplora su desgracia”. Europa, en otros tiempos tan poderosa, se ve ahora reducida a una condición “desdichadísima”, por culpa de los mismos que tiene la obligación de defenderla: los príncipes cristianos, que en vez de unirse frente al enemigo común (los turcos), se hacen entre si una guerra despiadada. Pero lo que más atormenta a Europa, no es verse despedazada por los enemigos de los cristianos; su inmenso dolor lo causan sus propios hijos, los príncipes cristianos que traman contra ella una “guerra intestina”, además de consentir que el enemigo exterior, la sacuda con violencia.
Este discurso del doctor Laguna (afirma Joseph Pérez en “Carlos V”) ofrece la perspectiva exacta, para enfocar la política imperial de Carlos V, con una matización notable: Laguna habla ya de “Europa”, palabra que el Emperador no emplea nunca. Hasta muy entrado el siglo XVI, en efecto, la palabra “Europa” sólo se emplea con un significado geográfico. Cuando se quiere hablar de los pueblos que la componen, se usan más bien otras expresiones, como “Cristiandad o república cristiana”, por tratarse de territorios que reconocen la autoridad espiritual de la Iglesia Católica Romana. La Cristiandad forma un cuerpo místico-social, una unidad orgánica que procede de la comunidad de fe, pero que deja casi intacta la soberanía de cada reino particular. Dicha comunidad de fe tiene implicaciones intelectuales, culturales y morales: una misma concepción de la vida, inspira a todos los que forman parte de esta comunidad, por encima de las diferencias y variedades nacionales o regionales. Se trata en realidad, de lo que hoy llamaríamos un área cultural, o una civilización que tiene sus caracteres propios.
Doctor Andrés Laguna
En Laguna notamos pues, la nostalgia por la unidad perdida y la voluntad de recrearla, pero esta unidad ya no puede ser estrictamente religiosa, dada la división introducida por la Reforma luterana. El concilio, que con tanta insistencia había reclamado Carlos V, iba a celebrarse. Pero en Trento, ya estaba claro, que se iban a replantear las ideas directrices del dogma católico, prescindiendo ya de lo que opinaran los protestantes, que por su parte habían elaborado, o estaban elaborando, su propia ortodoxia.
Laguna da por sentada la división de la Cristiandad. La unida que él anhelaba no puede ser política: nadie acepta ya la perspectiva de un imperio, o de una monarquía universal. Pero la unida tampoco puede ser ya religiosa, bajo el imperio de la Iglesia de Roma. Sólo queda pues una fórmula, que garantice la unidad de las naciones que siguen llamándose cristianas, a pesar de sus diferencias doctrinales: es la unidad de cultura. Es el legado de la Biblia, de la Antigüedad griega y latina, tesoro común de los europeos de 1543. Este legado en el que comulgan los humanistas, permite superar las oposiciones confesionales, y sugiere un ideario y unas normas que hay que preservar: cierta concepción del hombre y su dignidad, basada en principios éticos que deben inspirar la organización política y social, el culto a la verdad y la belleza… En resumen, se trata del concepto moderno de civilización, frente a la barbarie que se está forjando en esos momentos de crisis.
Hasta el siglo XVI, el bárbaro siempre o casi siempre era el otro, el infiel, el que vivía fuera de las fronteras de la Cristiandad, y que se caracterizaba esencialmente por la crueldad y la inhumanidad de su conducta. Las guerras de religión estaban cambiando estas perspectivas. Los párrafos que Laguna dedica a pintar lo horrores de las guerras entre cristianos, no dejan lugar a dudas: la violencia, la inhumanidad y la barbarie, se han instalado en medio de los cristianos. Los infieles ya no tienen la exclusividad de tales comportamientos. De ahí la necesidad de cambiar el vocabulario. Hasta entonces – como hemos dicho – se usaba poco la palabra “Europa”, se hablaba de “república cristiana” o “Cristiandad”. Tampoco de alude para nada a la cruzada. Laguna se refiere sólo dos veces a la expresión “república de los cristianos”, y no usa nunca la palabra “Cristiandad”. Es de Europa de la que habla. Y está claro desde el principio, que para Laguna se trata mucho más que de un concepto geográfico. Esta es una de las primeras ocasiones, sino la primera, en que Europa viene definida no como una parte del mundo, sino como un área cultural, como una unidad de civilización, frente a lo que no es ella.
Igualmente en la literatura europea del siglo XVI, se está produciendo una evolución semántica significativa, y es interesante señalar que Laguna, es uno de los primeros en avanzar por esta vía. Habrá que esperar a la segunda mitad del siglo, para ver escritores, protestantes en su mayoría, que sustituyan la palabra “Cristiandad” por “Europa”. Los horrores de las guerras entre cristianos (católicos y protestantes) conducen a desear, no ya un retorno a la unidad confesional, sino por lo menos a una fraternidad basada en valores morales, políticos y culturales, es decir, una civilización totalmente opuesta a la de los bárbaros, a la de los turcos.
Lo que vemos apuntar en el “Discurso” de Laguna, en una fecha tan temprana como la de 1543 es, por lo tanto, una noción de Europa que ya no es meramente geográfica, sino cultural. Si la fe ya no puede servir de fermento de unidad ¿en qué podrá fundarse la fraternidad deseada entre las naciones de Europa? Laguna no lo dice claramente, pero de su discurso se deduce implícitamente: un irenismo (actitud pacífica y conciliatoria) que se parece mucho a la tolerancia, aunque no la mencione. Y sobre todo la adhesión a valores culturales, heredados de la doble tradición clásica y cristiana, valores percibidos como universales (ésta es la proyección humanista) y desde luego muy superiores a todo lo que se nota, en el campo opuesto.
Todo eso nos lleva a la idea imperial de Carlos V, que se nos presenta como una anticipación fecunda de la especificidad de Occidente. Anticipación de los vínculos culturales y morales, que la posterioridad había de potenciar. Y que en los tiempos que nos ha tocado vivir, cobran singular transcendencia. Al menos éste es, a mi modesto entender, el legado de Carlos V a la historia universal.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Marzo del 2018.


martes, 2 de mayo de 2017

MI VOTO SERÁ PARA PEDRO SÁNCHEZ

Me parece que, aunque de modo poco consciente, hace ya tiempo que sabía que mi voto sería para Pedro Sánchez.
Desde el primer momento supe con certeza, que ni harto de vino votaría a Susana Díaz. Tengo que reconocer que cuando ella surgió de la nada, para sustituir a Griñán, durante un tiempo tuvo mi apoyo: una mujer y joven, pensaba, se pondría manos a la obra para renovar la organización andaluza. Pero mi gozo en un pozo. Enseguida se transparentó su ambición desmedida y sus mañas aparateras. Todos aquellos equilibrios para negar su apoyo explícito a Pedro, ya Secretario General elegido por los militantes y, según se decía, su apoyo desde la sombra, al complot para derribarlo, me ponían de los nervios, me indignaban. Pero también mi discrepancia con el ser del socialismo andaluz, clientelar y rural, caciquil (se entiende que me estoy refiriendo al aparato, no a los militantes). Por supuesto que el voto rural, tiene el mismo valor en sí, que el voto urbano, y lo respeto profundamente. Pero el voto urbano, más cosmopolita, más transformador, menos conservador, más progresista, más joven (desdeñando por supuesto, el apoyo de esos urbanitas chics, “gauche divine”, populistas donde los haya) es el que debemos recuperar, si de verdad le queremos dar un buen meneo a nuestras estructuras e instituciones. Así que defendiendo ese modelo, de muchos de los líderes actuales del socialismo sureño, de patriotismo casposo, no me encontrará nadie.
Luego está Patxi López. Estoy más que convencido de que es un buen tipo, una persona honrada y cabal. No me creo esas visiones conspiratorias, que lo presentan como un tapado del aparato para restar votos a Pedro. Creo que se precipitó de buena fe. Cuantas veces he repetido, lo conveniente que resulta tomarse un tiempo, no sólo para reflexionar, también para permitir que fluya el río de Heráclito, y nos aclaré el agua en la que tendremos que nadar. Pienso que ni el propio Pedro, estuvo seguro de presentarse a primarias de nuevo, hasta que comenzó a llegar el empuje de las plataformas, que se formaron inesperadamente, movidas por la justa indignación, ante lo ocurrido en el Comité Federal del 1 de Octubre. Y en esas pocas semanas de indecisión, algunos secretarios locales, muy preocupados por su futuro y que no se veían apoyando a Susana, convencieron a Patxi de ser su paladín. De repente se presentó Pedro de nuevo, y no tuvieron la flexibilidad necesaria, esa ágil cintura imprescindible en política, para rectificar sobre la marcha. Y ahora se encuentran encerrados en una trampa mortal, y en un espacio de nadie, o de casi nadie. Me gusta Patxi, repito, su racionalidad, su templanza, su bregada historia en el socialismo, pero no le veo con el carisma necesario, con el suficiente empuje, para conducir las emociones controladas de los militantes. No me parece que su candidatura sea, la que pueda detener el terrible fiasco que constituiría la victoria de Susana.
Foto cortesía de mi buen amigo Juan Ramón Pons
Y ya sólo me quedaba Pedro. Admito que no me gusta y me preocupa, ese martirologio y mesianismo que detecto, en algunos de los más enfervorizados fans de su candidatura. En una carta a Lucy M. Donnelly, Russell aconsejaba, para cualquiera que quisiera fundar una nueva religión: “Que muera en la cruz, y resucite al tercer día”. Parece que algo así piensan algunos “supporters”, que ha hecho Pedro: morir en la cruz del Comité Federal, y resucitar al tercer mes. Y como Pedro no tiene un pelo de tonto y lo sabe, cuando en algún mitin la emoción se reposa, él lo recuerda: “pagué un alto precio” (morí en la cruz), y la emoción se dispara de nuevo. Un poco demagógico es siempre este momento, pero ¿quien en política no ha recurrido de vez en cuando, al truco de halagar las emociones y pasiones? Me mosquean los caudillos y salvadores, aunque, “mea culpa”, algo de ello tenía Felipe cuando yo le apoyaba. No me gustan los que se hacen los mártires en política, a ella hay que llegar ya bien llorados. Pero también es verdad, que los gestores del golpe palaciego contra Pedro, no se han leído ni el primer artículo del catón político, aquel que aconseja: no hagas jamás de tu adversario un mártir.
Por muchas de esas cosas, y como no urgía, me tomé un tiempo para reflexionar. En esas semanas de espera, apareció el documento programático de la campaña de Pedro. Me lo leí con detenimiento de cabo a rabo. Y me encantó. Algunos de mis mejores amigos, de esos que siempre, desde Suresnes, han, hemos, estado continuamente al frente de la regeneración y puesta al día del partido (Pepe Borrell, Manu Escudero, Cristina Narbona, José Félix Tezanos…) fueron manifestando en público su apoyo a Pedro, e implicándose en su campaña. Anne Hidalgo, la alcaldesa gaditano-francesa de París, una mujer que me fascina, y una de las pocas mentes brillantes que parecen quedar aún en el partido socialista francés, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, y arriesgando bastante a mi parecer, se decantó claramente por el apoyo a Pedro. Eso para mí, fue un aldabonazo de atención. Y como no hay dos sin tres, nos sacudió la famosa y nefasta foto, de toda la nomenclatura histórica del PSOE, apoyando a Susana en Madrid. Eso ya era la repanocha. Era a mí entender, un suicidio colectivo. Ya no me quedaron dudas. Pero si alguna hubiera sobrevivido, se ahogó en mi escueta charla con Pedro en persona.
La famosa y nefasta foto
Soy un acérrimo defensor de la democracia representativa en el PSOE, frente a la directa y asamblearia. De la existencia de organismos de control y debate, como muros que se interpongan a las potenciales veleidades caudillistas, y resultados de demagógicos plebiscitos. Pero también de que todo ello se balancee hoy, por un funcionamiento que dé más voz y poder a los militantes, cuya opinión se consulte a la hora de las decisiones de calado, como por ejemplo el de las coaliciones de gobierno, la elección de los líderes, y la de los principales candidatos a instituciones públicas.
Quiero un PSOE auténticamente socialdemócrata, reformista de verdad, anclado en la izquierda transformadora, no populista, sin veleidades neoliberales de políticas austericidas, autónomo frente a los poderes económicos y mediáticos. Que sepa, en la realidad plural de hoy en las instituciones, conformar mayorías para gobernar, y remar hacia una sociedad más justa, más solidaria, más diversa. Que reforme la Constitución del 78, preservando todos sus valores de convivencia, libertad y solidaridad. Que apueste por una España profundamente federal, respetuosa con su diversidad, y consciente de que esa pluralidad cultural, histórica y social, es un activo que nos enriquece a todos. Que apoye una Europa superadora de los Estados nación, acogedora para los inmigrantes, internacionalista, diversa, solidaria con los débiles, plurilingüe, laica.
Foto cortesía de mi buen amigo Xim Chinchilla
Y modestamente pienso, que hacia esa sociedad, hacia esas España y Europa, con las que sueño desde niño, la candidatura de Pedro Sánchez, hoy a la Secretaría General, y mañana a la Presidencia del Gobierno, es la que más adecuadamente nos puede llevar.
Es verdad que asumir los nuevos desafíos exige valor y que, cuando el futuro es incierto, el temor y la inseguridad que sobrevienen, nos pueden llevar a refugiarnos en el pasado. Yo soy un historiador que investiga y valora el pasado, para aprender del mismo Pero ¿se puede construir un liderazgo sólo sobre el pasado? Evidentemente, no, salvo que la utilización del pasado sea tan sólo instrumental. Lo que sí parece cierto, es que no puede haber confianza en el futuro, sin un proyecto definido. Y el de la candidatura de Pedro nos gustará más o menos, pero es claro, y plasmado en negro sobre blanco.
Siempre he estado en la punta de lanza del regeneracionismo en el PSOE, primero en Suresnes, luego en 1979, después en las primarias Almunia-Borrell. Ahora sigo en el mismo sitio, en el núcleo de la renovación. Y si alguien no entiende la existencia de esta demanda regeneracionista, de nueva política, más ejemplar y más estética; y de nuevas políticas, más justas y más transformadoras, está adoleciendo de la visión necesaria que a todo dirigente político debe exigírsele. La política es anticipación. Si no entendemos el presente, si nos anclamos en nuestro glorioso pasado, si no sabemos interpretar correctamente los anhelos de nuestra sociedad, difícilmente aportaremos soluciones y el futuro se dará sin nosotros.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Abril del 2017.


lunes, 13 de marzo de 2017

LA CASA DE LOS VEINTE MIL LIBROS

Acabo de leer un libro hermoso e intenso. En él arden la pasión por las ideas, el valor de la Historia, la necesidad de debatir. El inventario de Sasha Abramsky, acerca de la devoción de su abuelo (Chimen) por los libros y la lectura, me parece un bello testimonio, de la persistencia de la curiosidad humana, en un mundo en el que tener inquietudes intelectuales, parece algo ya muy a la deriva. Y es además un pedazo de la historia de Europa, creo que poco conocido.
Tuve noticias del mismo, por una de esas estupendas reseñas que escribe José María Guelbenzu en El País. ¿Qué hacen 20.000 libros en una casa de una pequeña urbanización, justo al lado del parque de Hampstead Heath en Londres? se pregunta Guelbenzu. Una urbanización construida en su día, sobre una antigua propiedad de una familia de banqueros victoriana, en una de cuyas calles se encuentra el cementerio donde yace Karl Marx (Highgate). Y no deja de ser irónico que a este lugar de antigua prosapia, vinieran a instalarse numerosos comunistas. Pero allí, en la zona llamada Hillway, fue donde Chimen y Miriam Abramsky (abuelos del autor) compraron en 1944, la que acabaría siendo la Casa de los Libros, y que fue el anzuelo que mordieron desde simples simpatizantes, hasta los grandes pensadores marxistas o liberales del momento.

<Se ve a sí mismo como parte de los libros, o a los libros como parte de sí mismo, no estoy seguro>

(William Morris. “Noticias de ninguna parte”)

Como se informa en el libro, Chimen Abramsky era hijo de Yehezkel Abramsky, uno de los rabinos más importante e influyentes del siglo. Chimen nació en 1916 en Minsk, vivió su adolescencia en Moscú y emigró a Londres, donde leyó a Karl Marx y se hizo ateo y comunista. Con la invasión nazi de Rusia se alistó en el Partido Comunista de la Gran Bretaña, que abandonaría en 1958, decepcionado por la realidad soviética. A partir de ese momento, se interesó más por la literatura judaica, se convirtió en un pensador liberal y humanista, y enseñó en la universidad. Pero sobre todo, fue un gran coleccionista de libros, y la formidable biblioteca de marxismo, socialismo y judaísmo de su casa, atrajo a toda suerte de visitantes.
Su nieto Sasha Abramsky, periodista y autor del libro, divide la ubicación de los libros de casa su abuelo en estancias. Cada habitación contenía colecciones temáticas de libros, de rarezas a verdaderas joyas. Chimen fue un enamorado de los libros y la cultura y un hábil coleccionista, al punto de codearse con los grandes compradores de la época. Llegó a trabajar, durante un tiempo, como asesor de la casa de subastas Sotheby’s.

Chimen Abramsky
La pasión por el marxismo, el deseo de saber, el desarrollo de la revolución de 1917, de la que ahora se cumple un siglo, el conflicto laicismo-judaísmo, la discusión viva de la realidad… convertía aquella casa en un especie de caldero en ebullición de noticias, pensamientos, teorías y esperanzas de un nuevo orden. El libro es, en realidad, la expresión de un mundo que estaba siendo sacudido por dos guerras mundiales, un cambio sustancial de mentalidades y, todo ello, englobado en el problema del judaísmo (Maimónides, la herejía de Spinoza, el famoso “Caso Jacobs”…) la creación del Estado de Israel, el antisemitismo… El cuadro de época que Sasha Abramsky proporciona al lector, me parece apasionante.
Como digo, este relato de vida me ha fascinado. Los que lo lean hallarán en él tesoros librescos, y oirán hablar de personalidades extraordinarias en la vida de Chimen, como Isaiah Berlin (el gran pensador liberal) como Harold Laski (politólogo, economista, escritor y conferenciante; que fue presidente del Partido Laborista entre 1945 y 1946. Y en cuyas clases se inscribió John F. Kennedy en 1935, como ya había hecho en el pasado su hermano mayor Joseph, aunque parece que por motivos de salud, no pudo asistir a ellas) o como los historiadores marxistas, que también formaron parte de mis lecturas no hace tanto: E. P. Thompson, Cristopher Hill, Maurice Dobb y, especialmente, Eric Hobsbawm, y tantos otros notables ensayistas y profesores. Pero lo más importante creo, es que el lector conocerá de primera mano, una época crucial de nuestro tiempo – al menos del que ya no somos jovencitos – desde cuatro perspectivas: familiar, política, religiosa y literaria. El retrato de la pasión por las ideas, junto a la solidaridad intelectual y familiar, ofrece una inteligente e impagable visión, de los dos primeros tercios del siglo XX en Europa.
Pues eso: un libro que bien vale la pena.

Palma. Ca’n Pastilla a 1 de Marzo del 2017.

lunes, 10 de octubre de 2016

PSOE Y MELANCOLÍA DE DIÁLOGO

En su columna de El País de hace una semanas, Máriam Martínez-Bascuñan me transportó a los viejos tiempos. Cuando en 1963 ingresé en la Facultad de Económicas de la Complutense, andaba yo buscando un alojamiento político acorde con mis ideales. El Partido Comunista ya no me gustaba un pelo, por su historia de gobierno en los países de la Europa oriental, y por su funcionamiento rígido en torno al “centralismo democrático”. Pero los grupúsculos a su izquierda, que enseñoreaban la universidad en aquellos días, trotskistas, maoístas, anarquistas… me repelían aun más, por su irrealismo y sus dogmatismos.
A mi el que me gustaba era el PSOE. Por todo lo que había leído sobre su historia; y por la influencia ideológica de Julián Besteiro (del cual me había leído su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas “Marxismo y antimarxismo”; y el magnífico libro, tesis doctoral, de Emilio Lamo de Espinosa “Filosofía y Política en Julián Besteiro”). Pero ya por aquel entonces el PSOE era, para muchos, un viejo y anticuado partido, una formación política que había sido vencida en la Guerra Civil.
Pero otros, como escribe Máriam, aunque éramos jóvenes, teníamos ya una edad, en la que necesitábamos de la memoria. Entendíamos que nuestra responsabilidad en el presente, se extendía a como narrábamos el pasado. Contar la historia con sus imágenes y sus metáforas, diría mucho de cómo quisiéramos relacionarnos con nuestro tiempo y el que vendría. Finalmente aquella efervescencia, que resultaba de la pulsión del cambio, fue canalizada por un PSOE renovado en su Congreso de Suresnes.
Muchos jóvenes militantes socialistas, se “escandalizan” estos días de los enfrentamientos entre la vieja guardia y partes del aparato, con la dirección elegida hace dos años y la parte más joven de la militancia. Y algunos incluso ya escriben sobre escisiones. No lo creo. Como ya he escrito a veces: “Nunca en el PSOE ha existido un pensamiento único. Se debate en él continuamente y libremente. Las más de las veces haciendo bastante ruido”. En los años treinta entre prietistas, caballeristas y besteiristas. En la dictadura entre el partido del interior, y la dirección de Llopis en Toulouse. Más recientemente, entre renovadores o felipistas y guerristas.
Felipe y Suarez
Como militantes hemos de tomar partido dentro del partido, y yo ya lo he hecho. Pero con serenidad y confianza sobre el futuro. El PSOE es un partido muy acostumbrado al debate y, también, un experto en pactos internos y externos. Internamente solucionamos en su momento, las diferencias mencionadas. Externamente pactamos con los azañistas y anarquistas en la República. Con el centro-derecha, nacionalistas y comunistas en la Constitución, y en los Pactos de la Moncloa. Y con los comunistas y algunos nacionalistas, en la constitución de los primeros ayuntamientos democráticos en 1979. ¿Por qué no vamos a hacerlo una vez más? Y que nadie me interprete mal, No es NO. Terceras elecciones. Congreso Extraordinario y Primarias. Hoy por hoy, con este PP ni hasta la esquina..
Estamos los socialistas muy habituados al pacto y al diálogo, es decir, a solucionar nuestros conflictos a través de la palabra, de la argumentación, de las buenas razones. La palabra, el Logos, como recordaba el otro día Manuel Fraijó en El País, nos es común, un bien compartido. La lengua nos une sólo a los nuestros, pero el lenguaje nos emparenta, nos hermana, con todos los seres racionales. Como escribía María Zambrano, la gran discípula de Ortega, se trata además de una “razón con entrañas”, una “razón que no humilla a la vida”, que conduce directamente a “la piedad”. Y Nelson Mandela recordaba con tristeza: “Mi gente me acusaba de cobarde por tender la mano”.
Durante los muchos años que viví en Madrid, por estudios y dedicación política, me gustaba visitar Toledo, y lo hice con frecuencia. Y me resultó siempre difícil visitar la ciudad, sin recordar con lejana melancolía, que allí convivieron y dialogaron tres religiones, tres culturas, tres formas de vivir y morir. Su Escuela de Traductores, nos recuerda Fraijó, asombró al mundo, por su denodado esfuerzo en crear entendimiento y diálogo.
Carrillo y Felipe
Me gustaría llevar al ánimo de todos los militantes del PSOE, jóvenes y veteranos, dirigentes o “puta base”, viejas glorias o recién llegados, el recuerdo de nuestra cultura, de nuestra tradición de libertad de pensamiento y de debate incesante, pero también de fidelidad al partido, a sus estructuras y a sus dirigentes. Animarles a no dejar de lado, nuestra vieja costumbre de confrontar nuestros pareceres con pasión, pero con lealtad, y llegar siempre a un acuerdo.
Recordar que la verdad es sólo histórica – y “comunicativa” según Habermas – y producto de un diálogo razonado. Que del diálogo se sale siempre más enriquecido, más ilustrado, más humilde. Recordemos a Antonio Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad, y ven conmigo a buscarla”. O el canto a la amistad de Aristóteles, que nace del diálogo.
Recordemos, o lean los más jóvenes, la reciente historia de Europa. Llena hoy de problemas y deficiencias, pero en paz y amigable convivencia, al menos en la zona occidental, desde 1945. Camino que se inició con el “abrazo” entre Adenauer y De Gaulle, solemnemente sellado en la catedral de Reims. Último paso de un diálogo que llevó al perdón mutuo, de cientos de años de agravios entre ambas naciones. Dos grandes políticos ¡de derechas! Dos grandes hombres de Estado, generosos y con altura de miras, que supieron perdonarse su pasado, y mirar hacia el futuro. O la posterior reconciliación entre alemanes, rusos, checos y polacos. Sellada cuando un gran Canciller alemán, Willy Brandt, tampoco ajeno al diálogo interior, cayó de rodillas en Varsovia, ante el monumento a las víctimas del nazismo. Aquel memorable día estalló la paz y comenzó, entonces sí, un “tiempo nuevo”.
Y más cerca de hoy, rememoremos los tiempos no tan lejanos de nuestra Transición. Aquellos fueron también días de agotadoras sesiones de diálogo, de palabras de honor, de apretones de mano, de mutuas concesiones, que nos trajeron hasta nuestro presente. De días en los que recordábamos sin cesar a Nietzsche, cuando tachó de fanáticos a los convencidos sin fisuras. Y George Steiner ha escrito que Europa es el “lugar de los cafés”. Y que si alguien deseaba encontrar a Pessoa, a Freud o a Unamuno, le bastaba con montar guardia ante sus cafés favoritos. Y que aquellos cafés eran lugar de diálogo, de tertulias, de conversaciones y de pactos o acuerdos. Y yo viví personalmente, la gran cantidad de estos que se “firmaron” en el bar del Congreso o en sus pasillos.
Así que un cafetito y un diálogo.

Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Septiembre del 2016.


sábado, 23 de abril de 2016

BRUSELAS, FLANDES Y EUROPA, CON YOURCENAR

Los sanguinarios atentados de Bruselas, me llevaron a mis recuerdos de esa ciudad, de Flandes, de Europa, y de la gran Marguerite Yourcenar. Porque “Qué es el recuerdo, sino el idioma de los sentimientos”, escribió Julio Cortazar en su inigualable “Rayuela”.
He estado en Bruselas varias veces. La mayoría por gestiones ante la Comisión Europea, cuando uno de sus Vicepresidentes, era mi buen amigo Manolo Marín. Pero esas veces fueron visitas relámpago. La única que se alargó varios días, y pude en ella conocer un poco la ciudad, fue a mediados de los ochenta, cuando asistí a una reunión de la Internacional Socialista, en representación del PSOE. Clausurada la reunión, la representante en la Internacional de Acción Democrática (los “adecos” venezolanos) Beatriz Rangel Mantilla, una preciosa mujer, culta, divertida y de gran inteligencia política, con la excusa de un festival de jazz que tenía lugar aquellos días, nos convenció a media docena de conocidos de la Internacional, a quedarnos un par de jornadas más en la ciudad.
Como le había ocurrido a Antonio Muñoz Molina, a mí también me habían hablado muy mal de Bruselas. Era gris, lluviosa, aburrida y llena de burócratas, me habían repetido. Pero yo me encontré, o supe ver, otra ciudad. Incluso algún día lucía el sol, y había mucha gente interesante, alegre, con estilo, simpática, educada. Desde mi habitación del hotel, en un piso alto, veía una especie de bulevar, árboles enormes, cornisas de edificios que me recordaban los de París, buhardillas y tejados de pizarra. El corazón de la ciudad reunía los rasgos mejores, de otras hermosas capitales europeas: plazas históricas (la impresionante Grand Place, con sus recuerdos del Duque de Alba, el “coco” de los niños belgas) antiguas y estrechas calles, avenidas burguesas, edificios del XIX y principios del XX, preciosas y bien provistas librerías (anduve curioseando en la conocida Passa Porta), restaurantes de tradición francesa y/o flamenca. Bebí cerveza de alta calidad, y comí los inevitables mejillones y las patatas fritas. Callejeé por pasajes cubiertos por techos de cristal, donde se hallaban librerías de segunda mano, y tiendas de discos bien surtidas. Me encantó la ciudad.
La Grand Place. Bruselas
Y también pensé mucho en ese Flandes que fue español. (Eduardo Marquina le hace decir, en el segundo acto de “En Flandes se ha puesto el sol”, al capitán Diego de Acuña que lo ha sacrificado todo por el amor: «España y yo somos así, señora»). Ese Flandes de alguna manera, cuna de la Europa actual. Lugar de nacimiento del Emperador Carlos V, al final tan español y asceta, retirado en sus últimos días al apartado y austero Monasterio de Yuste. Territorio donde afloraron, muchas de las ideas que llevaron a la Revolución Científica (en el XVII) y a la Ilustración (cemento de Europa) un siglo después.
Y, como no, pensé mucho en esa Europa, que hoy tanta indignación y amargura nos produce. Pero en esa Europa también que, para muchos de mi generación, es algo igual de tangible que una bocanada de aire que nos llena el pecho. Criados en la claustrofobia de una casposa dictadura, Europa se abrió de golpe ante nosotros, como un espacio ilimitado de ciudadanía, en el cruce de las libertades personales, y un principio de equidad social. Inseguros de nuestra capacidad española para la concordia y el entendimiento, Europa nos ha ofrecido siempre una garantía última, de mesura y de imperio de las leyes democráticas. Cierto que en estos tiempos de zozobra, incertidumbre e irritación, la Europa unida, como la democracia española, tiene muchísimos más beneficiarios que defensores. Pero la saña de sus enemigos, puesta de manifiesto en París y Bruselas, debería ser un indicio del valor de todo aquello que disfrutamos, sin apreciarlo.
Siento íntima y radicalmente, que Europa nos protege de lo peor de nosotros mismos. Y que aunque nos parezca, que la Unión Europea no sea ahora una gran cosa, mucho peor nos iría a todos sin ella. Hasta no hace tanto, lo que caracterizaba a españoles, franceses, alemanes, belgas… eran sus raíces, la “cepa” (de “pura cepa”, “de souche”) metáforas agrícolas basadas en la semilla, que germina allí donde fue sembrada y no en otro lugar. Pero los humanos, como bien dice George Steiner, no tenemos raíces sino piernas, para ir de un lado a otro, a donde nos convenga. El proyecto europeo, como en su día la propia democracia, nace del desarraigo: no hay europeos de pura cepa, sino de leyes compartidas. Como apuntaba Fernando Savater, todos los estados modernos brotaron de un movimiento semejante, que aunaba diversas etnias, lenguas, tribus y hábitos populares, en una Administración común, destinada a igualar en obligaciones y derechos a los individuos, liberándolos de la estrechez colectiva de sus orígenes locales. Por tanto son el primer paso, hacia el cosmopolitismo posterior, posnacional.
Librería Passa Porta. Bruselas
Europa me parece, es algo así como pasear sin miedo por Bruselas, en un día húmedo de sol alternando con nublados, entre desconocidos que, con todo, sentimos como compatriotas. Pero hacerlo siendo conscientes, de toda la racionalidad y todo el coraje, que nos harán falta para defender esos dones y valores.
En esas jornadas bruselenses me acordé de Georges Simenon, y las muchas novelas de Maigret que me leí en mi juventud. Pero también de aquella visión sepulcral de Bruselas, que ofrece Joseph Conrad, en las primeras páginas de “El corazón de las tinieblas”. Y sobre todo, recordé a Marguerite Yourcenar, una de mis autoras favoritas.
Comencé a leer a Yourcenar en los inicios de los años ochenta, con su apasionante y popular “Memorias de Adriano”. Los amantes de la historia, sabemos que el auténtico Adriano, fue más polifacético y complejo que el de Yourcenar. Que fue un militar de los pies a la cabeza, sumamente diestro con las armas, y que podía ser brutal. No en balde era un veterano combatiente, que había sido tribuno en tres legiones, y legado de la I Minerva. Pero al tiempo fue un admirador de lo griego, un entusiasta de la arquitectura, un gran viajero, y un buen gastrónomo. Asimismo podía ser la persona pacífica, filosófica, introspectiva y cercana, que nos describe Yourcenar. Y en cualquier caso el libro, es una lúcida reflexión sobre el poder y la soledad, a través de la vida del gran emperador hispano-romano, que debería ser de obligada lectura, para todo aquel que piense dedicarse a la política. Luego continúe con otras obras de la gran novelista: “Recordatorios”, “Archivos del Norte”, “Opus Nigrum”, “A beneficio de inventario”, “Cartas a sus amigos”, y la biografía que sobre ella escribió Michèle Goslar.
Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine Cleenewerck de Crayencour (Yourcenar es el anagrama de Crayencour) nació en Bruselas. Su madre, Fernande de Cartier de Marchienne, que provenía de una familia aristocrática belga, murió a los diez días de su nacimiento por complicaciones en el parto, y la niña fue educada por su padre, Michel-René Cleenewerck de Crayencour, vástago de una familia aristocrática francesa, en la casa de la abuela paterna, en el norte de Francia, Mont Noir, muy cerca de la frontera con Bélgica. Yourcenar leía a Racine y a Aristófanes a la edad de ocho años. Su padre le enseñó latín a los 10 años y griego clásico a los 12. En 1945, a sus 42 años, se trasladó a vivir a Bar Harbor, en la isla Mount Desert, Maine, Estados Unidos, en una casita de madera blanca de nombre “Petite Plaisance”, en la que permaneció, entre viaje y viaje, hasta su muerte a la edad de 84 años.
Yourcenar es la gran maestra de la novela histórica auténtica, es decir, aquella basada en hechos históricos, contrastados en fuentes fiables. Sus descripciones del Flandes del XVII (“Recordatorios” y “Archivos del Norte”), producto de sus investigaciones sobre sus ancestros, son una maravilla para cualquier aficionado a la buena historia. Como ella misma explica: “Regresé a Flandes con Zenón” (el protagonista de “Opus Nigrum”). Es también una autora insólita en nuestra época. Su formación clásica; su capacidad única, para mostrarnos como los seres se van acumulando, en cualquier lugar de la tierra, como estratos geológicos; su continua reflexión sobre los eternos problemas humanos; su sentido de la historia, y la densidad de su pensamiento, hacen que se asemeje más a un escritor o erudito renacentista, que a un autor de nuestros días. Si leemos con atención sus obras, comprobaremos de qué forma magistral utiliza el pasado, para hablarnos de nuestro presente. “La ficción oficial quiere que un emperador romano nazca en Roma, pero nací en Itálica; más tarde habría de superponer muchas otras regiones del mundo, a aquel pequeño país pedregoso. La ficción tiene su lado bueno, prueba que las decisiones del espíritu y la voluntad, priman sobre las circunstancias. El verdaderos lugar del nacimiento, es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros”, dejó escrito en “Memorias de Adriano”.
Los sangrientos atentados de la capital belga, me han llevado a releer (a mis años casi releo más que leo) a Yourcenar. Y con ella he vuelto a Bruselas, Flandes y Europa.

Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Abril del 2016.