En 1742 David Hume publicó un segundo volumen de ensayos, entre los que cabe destacar: “El epicúreo”, “El estoico”, “El platónico” y “El escéptico”. Los ensayos sospesan con viveza los alicientes y defectos, de cuatro concepciones de la buena vida: la vida del placer, de la virtud, de la devoción religiosa y del escepticismo. El ensayo sobre la vida escéptica, es más largo que los otros tres juntos, seguramente porque es el que despierta más afinidad en Hume. Aunque el escepticismo se asocia frecuentemente al nihilismo y la insensibilidad, Hume sugiere que en realidad tiende a la paz interior, la humildad intelectual y al afán por hacerse cada vez más preguntas. El ensayo también indaga en el método para alcanzar la moderación, el equilibrio y el humanismo de los escépticos, para lo cual recomienda “prestar especial atención a las ciencias y a las artes liberales”.
Hume ya había formulado una premisa parecida, en el primer ensayo de su primer volumen, “De la delicadeza en el gusto y la templanza en la pasión”, una de las joyas más infravaloradas – al menos eso pensamos algunos – de la totalidad de su obra. La hipótesis principal de este trabajo, es que el secreto de la felicidad, está en cultivar las artes liberales porque, en primer lugar, una persona de gusto refinado, puede “confiar su felicidad a los objetos que le convengan”, dado que “tenemos la oportunidad de escoger qué libros leemos, en qué actividades de ocio participamos, y con quien nos relacionamos”.
Aquel que disfruta genuinamente con un buen libro, o charlando con un buen amigo, por ejemplo, tiene muchas más posibilidades de encontrar la felicidad, que aquel que desea fama y riqueza en abundancia. Además, sostiene que “un gusto delicado es preferible al amor y la amistad – eso no lo veo yo tan claro – al permitirnos ser selectivos con las personas”, puesto que “quien tiene bien asimilado el saber de libros y hombres, sólo se regocija en compañía de unos pocos”. En otras palabras, las personas de gusto refinado, son más diestras a la hora de discernir quienes comparten sus opiniones y preferencias. Por lo tanto, pueden establecer relaciones más profundas y estimables con unos pocos elegidos, tal como el propio Hume terminó haciendo con Adam Smith.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Julio del 2018.
Reflexiones y opiniones a vuelapluma, de cualquier cosa que se me ocurra sobre política, historia, filosofía y otras materias
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lunes, 6 de agosto de 2018
lunes, 13 de marzo de 2017
LA CASA DE LOS VEINTE MIL LIBROS
Acabo de leer un libro hermoso e intenso. En él arden la pasión por las ideas, el valor de la Historia, la necesidad de debatir. El inventario de Sasha Abramsky, acerca de la devoción de su abuelo (Chimen) por los libros y la lectura, me parece un bello testimonio, de la persistencia de la curiosidad humana, en un mundo en el que tener inquietudes intelectuales, parece algo ya muy a la deriva. Y es además un pedazo de la historia de Europa, creo que poco conocido.
Tuve noticias del mismo, por una de esas estupendas reseñas que escribe José María Guelbenzu en El País. ¿Qué hacen 20.000 libros en una casa de una pequeña urbanización, justo al lado del parque de Hampstead Heath en Londres? se pregunta Guelbenzu. Una urbanización construida en su día, sobre una antigua propiedad de una familia de banqueros victoriana, en una de cuyas calles se encuentra el cementerio donde yace Karl Marx (Highgate). Y no deja de ser irónico que a este lugar de antigua prosapia, vinieran a instalarse numerosos comunistas. Pero allí, en la zona llamada Hillway, fue donde Chimen y Miriam Abramsky (abuelos del autor) compraron en 1944, la que acabaría siendo la Casa de los Libros, y que fue el anzuelo que mordieron desde simples simpatizantes, hasta los grandes pensadores marxistas o liberales del momento.
Como se informa en el libro, Chimen Abramsky era hijo de Yehezkel Abramsky, uno de los rabinos más importante e influyentes del siglo. Chimen nació en 1916 en Minsk, vivió su adolescencia en Moscú y emigró a Londres, donde leyó a Karl Marx y se hizo ateo y comunista. Con la invasión nazi de Rusia se alistó en el Partido Comunista de la Gran Bretaña, que abandonaría en 1958, decepcionado por la realidad soviética. A partir de ese momento, se interesó más por la literatura judaica, se convirtió en un pensador liberal y humanista, y enseñó en la universidad. Pero sobre todo, fue un gran coleccionista de libros, y la formidable biblioteca de marxismo, socialismo y judaísmo de su casa, atrajo a toda suerte de visitantes.
Su nieto Sasha Abramsky, periodista y autor del libro, divide la ubicación de los libros de casa su abuelo en estancias. Cada habitación contenía colecciones temáticas de libros, de rarezas a verdaderas joyas. Chimen fue un enamorado de los libros y la cultura y un hábil coleccionista, al punto de codearse con los grandes compradores de la época. Llegó a trabajar, durante un tiempo, como asesor de la casa de subastas Sotheby’s.
La pasión por el marxismo, el deseo de saber, el desarrollo de la revolución de 1917, de la que ahora se cumple un siglo, el conflicto laicismo-judaísmo, la discusión viva de la realidad… convertía aquella casa en un especie de caldero en ebullición de noticias, pensamientos, teorías y esperanzas de un nuevo orden. El libro es, en realidad, la expresión de un mundo que estaba siendo sacudido por dos guerras mundiales, un cambio sustancial de mentalidades y, todo ello, englobado en el problema del judaísmo (Maimónides, la herejía de Spinoza, el famoso “Caso Jacobs”…) la creación del Estado de Israel, el antisemitismo… El cuadro de época que Sasha Abramsky proporciona al lector, me parece apasionante.
Como digo, este relato de vida me ha fascinado. Los que lo lean hallarán en él tesoros librescos, y oirán hablar de personalidades extraordinarias en la vida de Chimen, como Isaiah Berlin (el gran pensador liberal) como Harold Laski (politólogo, economista, escritor y conferenciante; que fue presidente del Partido Laborista entre 1945 y 1946. Y en cuyas clases se inscribió John F. Kennedy en 1935, como ya había hecho en el pasado su hermano mayor Joseph, aunque parece que por motivos de salud, no pudo asistir a ellas) o como los historiadores marxistas, que también formaron parte de mis lecturas no hace tanto: E. P. Thompson, Cristopher Hill, Maurice Dobb y, especialmente, Eric Hobsbawm, y tantos otros notables ensayistas y profesores. Pero lo más importante creo, es que el lector conocerá de primera mano, una época crucial de nuestro tiempo – al menos del que ya no somos jovencitos – desde cuatro perspectivas: familiar, política, religiosa y literaria. El retrato de la pasión por las ideas, junto a la solidaridad intelectual y familiar, ofrece una inteligente e impagable visión, de los dos primeros tercios del siglo XX en Europa.
Pues eso: un libro que bien vale la pena.
Palma. Ca’n Pastilla a 1 de Marzo del 2017.
Tuve noticias del mismo, por una de esas estupendas reseñas que escribe José María Guelbenzu en El País. ¿Qué hacen 20.000 libros en una casa de una pequeña urbanización, justo al lado del parque de Hampstead Heath en Londres? se pregunta Guelbenzu. Una urbanización construida en su día, sobre una antigua propiedad de una familia de banqueros victoriana, en una de cuyas calles se encuentra el cementerio donde yace Karl Marx (Highgate). Y no deja de ser irónico que a este lugar de antigua prosapia, vinieran a instalarse numerosos comunistas. Pero allí, en la zona llamada Hillway, fue donde Chimen y Miriam Abramsky (abuelos del autor) compraron en 1944, la que acabaría siendo la Casa de los Libros, y que fue el anzuelo que mordieron desde simples simpatizantes, hasta los grandes pensadores marxistas o liberales del momento.
<Se ve a sí mismo como
parte de los libros, o a los libros como parte de sí mismo, no estoy seguro>
(William Morris. “Noticias de ninguna parte”)
Como se informa en el libro, Chimen Abramsky era hijo de Yehezkel Abramsky, uno de los rabinos más importante e influyentes del siglo. Chimen nació en 1916 en Minsk, vivió su adolescencia en Moscú y emigró a Londres, donde leyó a Karl Marx y se hizo ateo y comunista. Con la invasión nazi de Rusia se alistó en el Partido Comunista de la Gran Bretaña, que abandonaría en 1958, decepcionado por la realidad soviética. A partir de ese momento, se interesó más por la literatura judaica, se convirtió en un pensador liberal y humanista, y enseñó en la universidad. Pero sobre todo, fue un gran coleccionista de libros, y la formidable biblioteca de marxismo, socialismo y judaísmo de su casa, atrajo a toda suerte de visitantes.
Su nieto Sasha Abramsky, periodista y autor del libro, divide la ubicación de los libros de casa su abuelo en estancias. Cada habitación contenía colecciones temáticas de libros, de rarezas a verdaderas joyas. Chimen fue un enamorado de los libros y la cultura y un hábil coleccionista, al punto de codearse con los grandes compradores de la época. Llegó a trabajar, durante un tiempo, como asesor de la casa de subastas Sotheby’s.
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| Chimen Abramsky |
Como digo, este relato de vida me ha fascinado. Los que lo lean hallarán en él tesoros librescos, y oirán hablar de personalidades extraordinarias en la vida de Chimen, como Isaiah Berlin (el gran pensador liberal) como Harold Laski (politólogo, economista, escritor y conferenciante; que fue presidente del Partido Laborista entre 1945 y 1946. Y en cuyas clases se inscribió John F. Kennedy en 1935, como ya había hecho en el pasado su hermano mayor Joseph, aunque parece que por motivos de salud, no pudo asistir a ellas) o como los historiadores marxistas, que también formaron parte de mis lecturas no hace tanto: E. P. Thompson, Cristopher Hill, Maurice Dobb y, especialmente, Eric Hobsbawm, y tantos otros notables ensayistas y profesores. Pero lo más importante creo, es que el lector conocerá de primera mano, una época crucial de nuestro tiempo – al menos del que ya no somos jovencitos – desde cuatro perspectivas: familiar, política, religiosa y literaria. El retrato de la pasión por las ideas, junto a la solidaridad intelectual y familiar, ofrece una inteligente e impagable visión, de los dos primeros tercios del siglo XX en Europa.
Pues eso: un libro que bien vale la pena.
Palma. Ca’n Pastilla a 1 de Marzo del 2017.
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lunes, 21 de noviembre de 2016
QUERIDA LUCY
Siempre he tenido a mano la docena de mis libros favoritos, y algunos textos que releo con frecuencia, para tener siempre presente su contenido. Uno de esos textos, es este:
El 1 de Septiembre de 1902, Bertrand Russell escribía estas letras a Lucy Martin Donnelly:

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de
Noviembre del 2016.
El 1 de Septiembre de 1902, Bertrand Russell escribía estas letras a Lucy Martin Donnelly:
<Para la mayoría de la gente, la familia posee
un grado de realidad, superior al de no importa que ulterior relación,
comprendidas las del esposo y/o la esposa. Lo puede observar en Carlyle: sus padres en
Annandale, estuvieron presentes para él, como jamás lo estuvo su esposa hasta
que murió… Las personas asociadas a nuestra infancia, tienen una presencia superior
a la que pudieran pretender, aquellos que conocemos más tarde (los primeros
viven siempre en nuestro pasado instintivo)…
No, no he leído a los Isabelinos desde mi primer
año en la universidad: según mis recuerdos, su principal mérito residía en la
riqueza y esplendor de su verbo. No demande a los antiguos dramaturgos, un
Evangelio capaz de regenerarnos: su mundo es decididamente, demasiado irreal. “Bien
sûre”, vuestra propia vida es una vida “de papier”, como usted
misma dice, una vida en la que la experiencia viene adquirida por el
intermediario de los libros. Para remediar esto, más libros no es una buena
solución. El único remedio es la vida real, pero no es un remedio fácil. Por
“vida real”, entiendo una vida hecha de cierta forma de intimidad con otros
seres humanos (la vida pasional de Hodder, no tiene ninguna especie de realidad).
O, si usted lo prefiere, la vida real significa la experiencia, que uno
adquiere por si mismo, de las emociones que constituyen la materia de la
religión y la poesía. La vía para llegar a ella, es la misma que la aconsejada
al hombre que quería fundar una nueva religión: Muera en la cruz y resucite al
tercer día.
Si usted se siente
preparada para estas dos pruebas, no lo dude: láncese a la vida real. Pero en
el mundo moderno, la cruz es generalmente la que uno se inflige a sí mismo,
deliberadamente; y la resurrección, con la perspectiva de nuevas crucifixiones,
exige un considerable esfuerzo de voluntad. Me parece que sus dificultades,
provienen del hecho de que en su mundo, usted no tiene interlocutores reales.
Los jóvenes no son nunca reales; los solteros lo son raramente. Además, si me
permite remarcarlo, la calidad de las emociones en América, me parece más
frívola, más superficial, más pusilánime que en Europa; se constata allí una
banalidad de sentimientos, que hace que las personas reales sean muy escasas…
En suma, la vida real no consiste, como Hodder
querría haceros creer, en aventuras con los hombres casados. Si busca
experiencias raras, algo de renunciamiento, o de cumplimiento del deber, os
procurará sensaciones infinitamente más singulares, que las más bellas, las más
libres pasiones del mundo. Por lo demás, una vida rodeada de libros, procura un
alto grado de calma y serenidad. Es exacto que se acaba teniendo hambre de algo
más inmaterial; pero se ahorra uno el remordimiento, el horror, la tortura y el
veneno enloquecedor de la pesadumbre. Por mi parte, yo me construyo un refugio,
donde lo más profundo de mi mismo, pueda habitar en paz, mientras un simulacro
de mi persona afronta el mundo exterior.
Ayer, como hablaba en descampado, los espectros de
mi pasado surgieron y desfilaron ante mí en procesión – tantos muertos, con sus
esperanzas y sus temores, sus alegrías y sus penas, y las aspiraciones de su
juventud dorada – todo perdido, desvanecido en los limbos inmensos de la humana
locura. Y mientras hablaba, tenía la impresión que yo mismo y los otros,
desaparecíamos ya en el pasado, y que nada tenía ya importancia: luchas,
sufrimientos… todas las cosas, pura fatuidad, ruidos y furor, sin ningún
sentido. “Et voilà” como se alcanza la serenidad, como los rayos del
Destino, se reducen a simples cuentos de niñeras, relatados para asustar a los
chavales…
He releído, por otra parte, el más exquisito de
todos los pequeños relatos históricos, “Le collier de diamants” de Carlyle.
Es el único autor que ha sabido dar a la Historia, su legítima plaza en las
Bellas Artes>.
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