Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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martes, 8 de agosto de 2017

EL BUEN PUEBLO Y LA ÉLITE CORRUPTA

Para bien o para mal, parece que hoy nuestra política se define como la ficción maniquea, de un mundo escindido entre el buen pueblo y una élite corrupta moralmente inferior. Lo vemos en figuras del viejo establishment, otrora “hombres de orden”, cuando afirman que “el único juez es el pueblo”, o limitan la democracia a una mera expresión electoral. Pero la paradoja nos dice Pierre Rosanvallon, historiador e intelectual francés, es que ese “pueblo aritmético”, que representa una porción electoral, se sitúa por encima de un cuerpo constitucional, que también tiene una función representativa: defender nuestros valores y derechos. El relato interesado de “el poble sóc jo”, se construye siempre sobre un subterfugio que esconde el simple afán de poder. Pero no hay ganancia alguna, en debilitar los poderes democráticos que nos protegen, garantizando el pluralismo. Es un axioma bastante olvidado: en democracia no se pueden escindir los elementos propiamente electorales, de los que facilitan su funcionamiento institucional, por mucho que algunos se empeñen, en identificar democracia con el puro acto de votar. Nos lo advirtió Todorov: la democracia engendra sus propios fantasmas. Y toda patria, todo pueblo, tiene también algo de presidio.
Hay que prestar mucha atención, cuando personas que, al menos aparentemente, aparecen situadas en extremos ideológicos opuestos, usan los mismos argumentos, repiten las mismas palabras y consignas en un tono parecido. Las palabras élite, elitistas, casta y trama, por ejemplo, nunca se habían utilizado tanto como en estos días. Y nunca en un tono tan homogéneo, de acusación y desprecio. Hay que oírlas en boca de Donald Trump, de sus asesores y animadores, para los cuales “élite” tiene además, la repugnancia añadida de ser una palabra de origen francés. Para un reaccionario americano, Francia y lo francés provocan una animadversión morbosa, que resume todo lo que desprecia: la buena alimentación, el vino, la libertad sexual, el estado de bienestar, el tabaco, el laicismo, las mujeres que se ponen tacones altos y se pintan los labios, para ir al súper o llevar los niños al colegio.
Recuerdo como si fuera ayer, la época en que empezaba a volverse meritoria la exhibición de la rudeza y la ignorancia. Me acuerdo bien de cuando George W. Bush repetía que hablaba como un “hombre común” de Texas, un “regular guy”, con el acento adecuado y un amaneramiento de rudeza en los gestos. Expresándose de una manera descuidada y hasta grosera, probaba que él no era un elitista, que estaba cerca del pueblo, la gente llana, el trabajador de mono azul y casco. Por eso y sólo eso, podía reconocerse que era igual a ellos, que no se había reblandecido, con las aficiones culturales ni con el cosmopolitismo.
Pero se trataba de una mentira, de una posverdad “avant la lettre”, salvo en un solo aspecto, el de la ignorancia. Bush era tan ignorante como aparentaba, pero no porque hubiera tenido una vida difícil y pobre, como muchos de los que le votaban. Era un ignorante por vocación, por gusto, por descaro, pues había ido a los colegios y universidades más caras. Desde luego que no pertenecía a la élite del conocimiento, pero sí a la mucho más restringida del dinero. Una de las cosas que más hostilidad provocaba hacia Hillary Clinton, durante su campaña presidencial, era su indudable brillantez intelectual, la manera clara y precisa en la que se expresaba. Como Barak Obama o Michelle, pero sin el carisma de ellos dos. Hillary tenía la temeridad de no ocultar que era una persona inteligente, muy cultivada y preparada, con un dominio impecable de la lengua.
Tzvetan Todorov
Y aquel camino hacia la celebración gozosa y desafiante de la ignorancia, que comenzó Bush, lo ha culminado Trump, que hará bueno, tiempo al tiempo, a su antecesor. En la lengua inglesa – nos explica Muñoz Molina – las diferencias culturales y educativas, están más marcadas que en la española: se depositan en las formas primarias del habla, en el acento, en el modo en que se pronuncian o no ciertas terminaciones, en la prosodia. Trump no es elitista, repiten algunos. La prueba de su autenticidad, de su legitimidad popular, es su grosería. Los responsables de la pobreza y la incultura, en la que han caído muchos de sus votantes, no serían los multimillonarios como él, que han comprado a fuerza de dinero el sistema político, y están dispuestos a despojar todavía de más derechos a la gente trabajadora. Los responsables son unas vagas élites cultas y arrogantes, que tienen su forma más visible en los medios de comunicación y en Hollywood. Los presupuestos que el Gobierno federal destina a cultura son ínfimos, en comparación con los de cualquier país europeo normal, pero Trump y los republicanos, se disponen belicosamente a erradicarlos. Los resultados serán calamitosos, pero Trump y los suyos demostrarán, una vez más, que ellos no les hacen el juego a las élites.
En España la palabra “élite también se ha vuelto una palabra sucia. Y asimismo el desprecio al saber y a las formas, la mala educación y la exhibición de la ignorancia, parecen producir réditos políticos. La derecha española ha despreciado y desprecia el saber (añade Muñoz Molina), porque esta convencida de que no sirve para nada, salvo para alimentar a disidentes y holgazanes. La izquierda doctrinaria alienta, con plena deliberación, una atmósfera de hostilidad hacia el mérito, hacia las formas de respeto, hacia la soberanía individual: como si también entre nosotros, la incultura fuese una prueba decisiva de autenticidad, y la búsqueda personal de la excelencia, en el ejercicio de una profesión o una vocación – menos en el fútbol – volviera a quien se dedica a ella, culpable de elitismo.
Escribía Torreblanca, que los autoproclamados teórico de la democracia radical (que son radicales, pero no demócratas) llaman “ilustración populista”, al momento en el que el pueblo sabio, retoma el control sobre su futuro, y se sacude el yugo de élites y expertos. Las mayorías, sostienen, no necesitan más legitimación que la mayoría, y por eso siempre aciertan. Pero me temo que se equivocan, como la mayoría que se decantó por el Brexit. Tiempo al tiempo.
Mientras tanto la chulería se celebra como coraje, la mala educación como campechanía, lo desgreñado como signo de rebelión. Cada vez es más virulenta la agresividad, contra quien ejerce su derecho soberano, a no rendirse a lo ofensivo o lo grosero, por el simple motivo de que parezca ser mayoritario.
Pues eso ¡al loro!

Palma. Ca’n Pastilla a 1 de Abril del 2017.

viernes, 24 de junio de 2016

LA SOCIALDEMOCRACIA ES DE TODOS, EL PSOE DE SUS MILITANTES

No creo que nadie tenga registrado el nombre de “Socialdemocracia”, de manera que puede reclamarse de él cualquier ciudadano. Incluso en los años setenta y ochenta pasados, había personas en otros partidos políticos no declarados socialdemócratas, que en el fondo sí se sentían como tales (me refiero a la gente de UCD de Fernández Ordóñez, que luego mayoritariamente se integraron en el PSOE; y a muchos camaradas del PCE que se titulaban “eurocomunistas”, y que igualmente acabaron recalando en el PSOE). Así que la socialdemocracia, es de todo aquel que como tal se sienta. Salvo, por supuesto, de aquellos trileros que utilizan el nombre, para disfrazar su verdadera ideología y conseguir más votos.
Pero el PSOE es de sus militantes, al menos formalmente, porque también podríamos pensar que, como Bien de Interés Cultural (BIC) a lo largo de nuestra historia, pertenece así mismo a todos los españoles. Pero lo digo por esos que estos días, sin militar en el PSOE, se pasan el día en las redes, diciéndonos lo que tenemos que hacer, y el terrible abismo al que nos precipitaremos, si no les hacemos caso. Que no se preocupen, tenemos nuestros instrumentos democráticos internos que, después de un rudo debate como son históricamente los nuestros, decidirán sobre nuestro futuro.
Socialdemocracia. Mitterrand y Felipe
Aunque todos tenemos el derecho a evolucionar históricamente, y sospechoso es, me parece, el que no lo hace por mucho que las circunstancias si se muevan, los cambios de opinión deben ser serios, no meros disfraces para un momento dado. El pasado día 10, Ramón Aguiló nos recordaba como hace menos de dos años, Pablo Iglesias se definía sin problema como comunista, al tiempo que contradictoriamente, impulsaba un proyecto político transversal, que superaba la vieja dicotomía de izquierda y derecha. Y de hecho no era sino un desertor de IU, resentido por no haber sido incluido, en las listas para el Parlamento Europeo. Y ahora ¡voilà, triple salto mortal! se define como socialdemócrata y manipula la historia en su beneficio, calificando a Marx y Engels (pero bueno, según él, también Kant había escrito la “Ética de la razón pura”) como tales socialdemócratas. Y se reclama como patriota ¡vivir para ver y oír! Como apostillaba Ramón, si dice que España es un estado plurinacional, niega a España su condición de nación, y entonces tenemos que preguntarnos ¿de que nación es patriota, de Cataluña, de Euskadi, de Galicia o de Madrid? ¿Qué quiere decir cuando dice “patria”? La palabra tiene una larga historia, y ha servido a proyectos políticos muy distintos. Hay en ella una prosapia ilustrada y liberal, la de los patriotas dieciochescos. Pero también posee un sesgo reaccionario, el del lema carlista “Dios, Patria, Rey”. Y resonancias románticas: es la tierra de nuestros antepasados, la identidad étnica, la Fatherland. O la España de José Antonio Primo de Rivera y la Falange, que pedían “la patria, el pan y la justicia”. ¿Qué patria por tanto? Por favor, seriedad y coherencia.
Pero repito, podemos cambiar de opinión, pero debemos ser serios y consecuentes. Porque si algo ha definido históricamente a la socialdemocracia, ha sido el gradualismo y el reformismo político, el respeto a las libertades (“burguesas” las calificaban los comunistas) y el rechazo a la lucha de clases y a la dictadura del proletariado. De todo eso escribí, analizando la gran controversia entre Kautsky y Bernstein, en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/2015/10/bernstein-kautsky-la-gran-controversia-i.html.
De la hipotética degradación del espacio socialdemócrata en el PSOE, se derivaría en todo caso, es mi opinión, la regeneración de dicho espacio político, pero no su sustitución por un populismo demagógico, dispuesto a todo para confundir a los ciudadanos y conseguir el poder, mintiendo al estilo de Lenin. Que algunos nos hemos leído la historia y aprendido de ella.
PSOE
El hipotético descenso del PSOE a la tercera posición, sería un duro golpe para el partido, es cierto. Pero ni sería definitiva, ni prueba del inminente final del ciclo socialdemócrata, iniciado tras el final de la segunda Guerra Mundial. No debe estar tan claro ese final del ciclo, cuando Pablo Manuel ha elegido esa camisa ¡una más! para su batalla final por La Moncloa. Ni cuando casi el 50% de los españoles se sitúan, según las encuestas, en el espacio de centro-izquierda. Y desde luego no es la primera vez, que se pronostica ese desenlace. A finales de 1979, yo ya estaba allí, apenas diez años antes de la caída del Muro de Berlín, el número uno de la prestigiosa revista marxista “Mientras tanto”, publicada en Barcelona, exhortaba a sus lectores, a no renunciar a su inspiración revolucionaria, “perdiéndose en el triste ejército socialdemócrata, precisamente cuando está en vísperas de la desbandada”.
La pretensión del Sr. Iglesias, de atribuirse el papel de líder de la “nueva socialdemocracia”, encaja mal con sus hechos y sus dichos. Esa corriente se caracteriza, según resumía mi buen amigo y politólogo Ramón Vargas Machuca, en El País hace años (2014), por conciliar voluntad redistributiva y lealtad institucional, por considerar al Estado de derecho, un marco irrebasable para sus aspiraciones de justicia social, por hacer de los principios y procedimientos de la democracia constitucional, un criterio de legitimidad. “En eso – decía – consiste la moderación socialdemócrata, y la diferencia con otras izquierdas”.
Por mis lecturas sé cuan cuantiosos son los trabajos “científicos”, publicados sobre la “decadencia”, “crisis”, “desaparición”… de la socialdemocracia. No deja de ser una paradoja más de la excepcionalidad española, como escribe Santos Juliá, que en una situación tan cercana al desahucio por ruina de la misma, una de las novedades de esta campaña electoral, sea la lucha en la izquierda por detentar la exclusiva de tal rótulo. Así que ¡al loro “casandras” iletrados!
Tras las elecciones se tendrá que pactar, bien sûr. Pueden hacerlo todas aquellas fuerzas, cuyas ideas se sitúen dentro de ese “tronco común” de valores democráticos y reformistas compartidos, al que se refería Francesc de Carreras advirtiendo: “Lo peligroso sería desviarse, prescindir de la realidad, dejarse seducir por la magia, por las falsas ilusiones. Y todo ello por llegar al Gobierno”.

Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Junio del 2016.