Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 15 de agosto de 2019

EXTREMISMO. SINRAZÓN

Me parece que en mis años jóvenes, sentíamos más simpatías por la cultura y por la vida, que en estos tiempos. La vida se compone, es sabido, de muchas dimensiones, asuntos, cosas con las que tenemos que contar. Y la cultura, no es sino la fórmula armónica, que nos ayuda a hacer frente a todas, o a casi todas esas cosas.
La cultura es en efecto, o al menos esa es mi opinión, una faena de integración y una voluntad de aceptar lealmente, todo lo que, nos guste o no, esta ahí constituyendo nuestra existencia. Pero mira por donde en estos días, muchos desesperan de la cultura y parecen sentir asco hacia una vida que, seguramente, les parece pura nulidad. Aunque este asco, esta especie de odio, irá decreciendo, conforme el asunto de que se trate, sea menos central, más periférico. Bastantes se agarran a una de estas cuestiones periféricas, y niegan todo lo demás. Se refugian en un rincón de la realidad, y deciden hacer de él, y sólo de él, su vida toda. Declaran enfáticamente que sólo eso es importante, y que todo lo demás es despreciable.
Como adelantaba Ortega, muchos hombres se van, se retiran, del centro de la vida, hacia algunos de sus extremos, negando rotundamente el resto de aquella. Al impulso de integración, que para algunos supone la cultura, sucede un impulso de exclusión. En este sentido formal e inevitable, la desesperación se hace extremismo. Extremismo es por tanto, el modo de vida en que se intenta vivir, sólo desde un extremo del área vital. Como decíamos: se afirma frenéticamente un rincón y se niega el resto.
El hombre, pues, que se retrae a esa sola y única cuestión, la exagera, la exacerba y exaspera, la saca de quicio, es decir, de su lugar. Renuncia a aceptar la vida según es y, por una ficción íntima que le inspira su desesperación, la reduce a un extremo, se instala en él y hace extremismo. Y desde él combatirá el resto enorme de lo humano, negará la ciencia, la moral, el orden, la verdad… Ahora bien, a mí me parece muy discutible, que esa o cualquier otra posición extrema, se pueda adoptar con efectiva autenticidad. En el mismo sentido que me parece discutible, que alguien pueda pensar en serio que dos y dos son cinco. En tal caso, si eso ocurriera, no estaríamos obligados a creer a alguien que lo defendiera, aunque nos jurara y perjurara que es sincero, y que se dejaría matar por ello. De hecho la historia nos enseña, que el hombre se ha dejado matar muchas veces, por sostener su propia ficción. Sí, el hombre tiene una capacidad de histrionismo, que llega a veces al heroísmo.
Las épocas de desesperación, de agudo malestar, abren, por lo pronto, un amplio margen a todas las íntimas ficciones, al gran histrionismo histórico. En ellas, muchos hombres han perdido la confianza en su cultura y todo entusiasmo hacia ella, por eso están como en el aire, y son incapaces de oponerse al que afirma algo en positivo, al que se hace firme en algo. De ahí que sean épocas en que basta con dar un grito, por arbitrario que sea su contenido, para que todo el mundo se apunte al mismo (no tenemos más que pasearnos un rato, por las redes sociales). Son épocas de “chantaje” histórico.
En épocas de crisis, de exasperación, se pueden reducir a ella, todos los problemas de la vida colectiva y, en nombre de ella, arrojar de las cátedras a los más sensatos y realistas. Cuanto más absurdo y más extremo sea el extremismo, más probabilidades tiene de imponerse, aunque sólo sea pasajeramente. Recuerden los creyentes, que San Pablo daba a su fe, deliberadamente, un perfil de absurdidad y de locura, para hacerla más atractiva a los exasperados de su tiempo (baste con recordar los inicios de Podemos, hace sólo un par de años).
Las situaciones extremas, al consistir en que el hombre, no halla solución en la perspectiva normal, le lleva a buscar un escape en lo distante, excéntrico, extremo, que antes pareció menos atendido. Y no importa lo qué sea esto: su elección es siempre arbitraria. No se le afirma por lo “que es”, sino, mecánicamente, porque “no es” lo consagrado, lo usado, algunos dirían lo “burgués”. Es esencial al extremismo la sinrazón. Querer ser razonable, es ya renunciar al extremismo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 12 de Julio del 2019.


jueves, 9 de mayo de 2019

PIERDEN LOS MAXIMALISMOS

La política de diálogo y combate contra las desigualdades, del PSOE con Pedro Sánchez al frente, ha sido premiada en las urnas. Los maximalismos y exclusivismos han sido severamente castigados. Los ciudadanos de este país, una vez más, han estado de acuerdo en que los problemas que nos afectan, son complejos y, por tanto, no tienen soluciones simples ni milagrosas.
Los tres partidos de la derecha han sacado el 44,34% de los votos y 149 diputados, cuando el PP de Rajoy y C’s en 2016, obtuvieron el 46,07% y 169 diputados. La triple derecha se ha quedado así, nada menos que a 27 escaños de la mayoría absoluta. Pero el fracaso de Casado ha sido mucho más espectacular, porque ha perdido la mitad de los diputados (de 137 a 66) y de sus electores (de 33% al 16,7%). Y por si fuera poco, el Senado ha pasado de una mayoría absoluta del PP, a otra socialista.
El PP no sólo ha perdido, sino que está viéndose obligado, a modificar a toda velocidad su discurso. Y su futuro como gran partido de la derecha está muy amenazado, algo así como nos pasó a nosotros en 2015 en la izquierda. Algunos barones peperos ya comienzan a remugar, y C’s ya le alienta en el cogote.
El segundo maximalismo que se ha llevado una buena bofetada es el de Podemos, que ha bajado de 71 diputados en 2016 a 42. Incluso si no contabilizamos los diputados de sus confluencias, que se han evaporado, la pérdida conjunta de Podemos y En Comú Podem (su franquicia catalana) es de 15 diputados. Muchas causan explican esta caída.
Si olvidamos las relacionadas con su origen: un artefacto de aluvión, que recogía los indignados de diversas madres, en absoluto amparados bajo un proyecto común, sin estructura entendible ya que no sólida, con el único fin del “sorpasso” al PSOE, hay otra muchas causas más actuales. La primera podría ser que la salida de la gran crisis económica (con el PIB creciendo desde 2014, y la creación de nuevos puestos de trabajo) ha demostrado que la democracia española, no es ni la ruina ni el desastre, que pintaban a brochazos. El mismo triunfo de la moción de censura, ya demostró que la corrupción sí importa a los ciudadanos. Y que la justicia española, muy lenta por muy garantista, al final llega y condena.
De verdad he sentido vergüenza ajena, contemplando al cruzado Pablo Iglesias, que en 2015 embestía lanza en ristre, contra el corrupto “régimen del 78”, debatir en la tele con la Constitución del 78 en la mano, cual paladín de la misma. Aunque fiel a su gusto por el extremismo, considerando a la misma no como un texto reformable, sino la Biblia intocable de este siglo. Todas las encuestas – incluso después de su buen desempeño en los dos debates – siguen señalando a Iglesias como el líder peor valorado. Puede que por su exceso de verbalismo y sus cambios radicales de discurso, puede que por las múltiples trifulcas internas y fugas de destacados compañeros, puede que porque su discurso sobre los buenos y los de abajo, siempre saqueados por los de arriba, la casta, ha entrado en flagrante contradicción, con hechos como la compra de un bonito chalé de clase media alta, en las afueras de Madrid.
Como bien nos recordaba el otro día Juan Tapia, circunstancias externas a España, tampoco han ayudado nada a Unidas. Lo sucedido en la UE, con la aceptación por la Grecia de Tsipras, con buenos resultados, de las recomendaciones europeas, ha dejado en muy mal lugar las tesis de Iglesias, sobre las economías europeas. Por lo menos yo no le he escuchado decir ni pío, de la salida, expulsión, de Varoufakis del gobierno griego, tras comprobar Tsipras que el desafío al BCE, llevaba a la salida del euro y a la catástrofe. Además, aunque queda muy claro que Podemos, no es culpable de lo que pasa ahora en Venezuela, la realidad es que los que defendían las democracias bolivarianas, no salen bien librados de la imagen horrorosa, que transmite hoy el régimen de Maduro.
El tercer maximalismo que sale trasquilado de las elecciones, más allá de las simples apariencias, ha sido el independentismo, aunque aquí los resultados sean menos unívocos: baja del 47% de las elecciones autonómicas del 2017, al 39%, pero respecto a las anteriores legislativas, las del 2016, sube del 32 al 39%. Estas elecciones como sabemos, han coincidido con el juicio en el Supremo, a nueve dirigentes secesionistas cuya sentencia – según los iluminados Torra y la ANC - debe producir por fin el “momentum” tan esperado, para una nueva proclamación de la independencia.
A nivel de Estado, los 22 diputados separatistas, irónicamente, pesarán mucho menos que los 17 anteriores, porque el PSOE puede construir diversas mayorías de gobierno, alguna de ellas sin la participación del independentismo catalán. Por ejemplo con Podemos, PNV, los canarios y el diputado regionalista de Revilla, llega de facto a la mayoría absoluta.
Más relevante quizá, es que dentro del secesionismo los hoy, al menos aparentemente, más pragmáticos y realistas, los ERC, suben de 9 a 15 y doblan así a los 7 fundamentalistas, que bajan 1 y ahora obedecen al ciudadano de Waterloo. Me parece que los dirigentes de la antigua CDC, ahora prisioneros de Puigdemont, tendrán que reaccionar sí o sí, después de las municipales, ya que muchos de los alcaldes de Convergencia, que no querían una ruptura clara con Puigdemont antes de las elecciones, después de las mismas van a exigir clarificación.
Nos recordaba el otro día Juan Tapia (colaborador en El Periódico) que la pura contabilidad canta. En el 2011 CiU, con el democristiano Durán Lleida como primero de lista, sacó 16 diputados en el Congreso y ahora, con el puigdemontismo, ha quedado reducido a sólo 7. Mientras, entonces la supuesta más radical ERC, ha pasado de 3 a 15. Modestamente por entonces, me atreví a profetizar que la conversión de Artur Mas al independentismo, iba a ser un negocio pésimo. Y ya sabemos que los catalanes, con los “negocis” no juegan.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Mayo del 2019.


lunes, 16 de abril de 2018

LA CULTURA Y LA MORAL

Un libro hace relativamente poco publicado en España (“Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS”, del historiador francés Christian Ingrao) me ha llevado a reflexionar sobre la NO relación mecánica que hay entre la Teoría y la Política (esa manía de muchos políticos de falsear sus curriculums, para aparecer como más aptos para el desarrollo de la misma) o la Cultura y la Moral.
En cuanto a la Teoría y la Política, ya escribí varias veces sobre ello, cuando apareció Podemos, trufado de dirigentes con curriculums académicos impresionantes. “Pensar la política (la teoría) no es lo mismo que pensar políticamente (la práctica)” advertí. Hoy parece que ya lo hemos comprobado. Por eso lo de los curriculums no hay por donde cogerlo. Ciertos políticos mienten a la ciudadanía, por algo que además tampoco es cierto: que los ciudadanos votan o los partidos eligen, a los que disponen de un mejor expediente académico. ¿Cuántos ciudadanos en 1982, votaron a Felipe por su expediente académico, que por cierto no era gran cosa? Julián Besteiro era Doctor en Filosofía y Catedrático de Lógica. Largo Caballero un simple obrero manual, estuquista. Y sin embargo fue el último, quien políticamente se llevó el gato al agua. Si históricamente, eso fue para bien o para mal, es un debate diferente. Henry Ford, Steve Jobs, Le Corbusier, Bill Gates… y tantos y tantos otros, no tuvieron o no tienen título académico.
Y por lo que respecta a la NO relación entre Cultura y Moral, lo explica muy bien Ingrao en su libro, relacionando el nivel intelectual de muchos de los dirigentes nazis, con sus brutales fechorías.
La imagen que se tiene popularmente de un oficial de las SS – escribe Jacinto Antón en la reseña del mencionado libro - es la de un individuo cruel hasta el sadismo, corrupto, cínico, arrogante, oportunista y no muy cultivado. Pero ahora Ingrao, especialista en el tema, nos ofrece un perfil muy diferente y desasosegante. Hasta el punto de identificar a un alto porcentaje de los mandos de las SS, como verdaderos “intelectuales comprometidos”.
Ingrao analiza pormenorizadamente, la trayectoria y las experiencias de 80 de esos individuos que eran académicos – juristas, economistas, filólogos, filósofos e historiadores – y a la vez criminales. Asesinos de masas en uniforme con un doctorado en el bolsillo. Y cultos como Heydrich, que leía mucho y tocaba el violín. O como Eichmann que leía a Kant.
Resulta cuando menos curioso y difícil de entender que gente muy formada, pudiera meterse así en la práctica genocida, pero el nazismo es un sistema de creencias que genera mucho fervor, que cristaliza esperanzas, y que funciona como una droga cultural, en la psique de los intelectuales.
Ingrao recalca, que el hecho resulta menos excepcional de lo que parece. “En realidad, si examinamos las masacres de la historia reciente, veremos que hay intelectuales bajo el felpudo. En Ruanda, por ejemplo, los teóricos de la supremacía hutu, los ideólogos del Hutu Power, eran diez geógrafos de la Universidad de Lovaina. Casi siempre que hay asesinatos de masas, hay intelectuales detrás”.
¿Pero el nazismo no les inspiraba repugnancia moral? nos preguntaremos. Desgraciadamente, la “moral” es una construcción social y política para estos “intelectuales”.
Los teóricos del nazismo, de la germanización, trabajaban para crear una nueva sociedad, así que el asesinato era una de sus responsabilidades para crear la utopía (lo mismo podemos decir de muchos de los intelectuales del estalinismo). Ingrao sostiene que los intelectuales de las SS no eran oportunistas, sino personas ideológicamente muy comprometidas, activistas de una cosmovisión, en la que se daban la mano el entusiasmo, la angustia y el pánico, y que, paradójicamente, abominaban de la crueldad. “Las SS era un asunto de militantes. Gente muy convencida de lo que decía y hacía, y muy preparada. Hay que aceptar la idea de que el nazismo era atractivo, y que atrajo como moscas a las élites intelectuales del país”. Y no nos olvidemos de Heidegger.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Abril del 2018.

lunes, 26 de febrero de 2018

REPUBLICANISMO Y/O ECONOMÍA

No asustarse antes de tiempo, el Republicanismo del que voy a hablar, nada tiene que ver con la cuestión de las formas de Estado. Se trata más bien de una teoría sobre la libertad y el gobierno, que fascinó a algunos socialistas de la “tercera vía”, a finales del siglo pasado y comienzos de éste.
Seguro que muchos recordáis aquel cartel, que colgaba en la oficina de Bill Clinton durante su primera campaña presidencial: ¡Es la economía estúpido! Una forma de recordar a diario a los colaboradores, que la economía era el núcleo de la campaña electoral. Y siempre he creído que los socialistas nunca deberíamos olvidar eso: que la economía tiene que ser la base de nuestro proyecto de transformación.
Nunca estuve muy de acuerdo con Rodríguez Zapatero desde el inicio, porque reivindicaba esa teoría del Republicanismo y a uno de sus valedores, Philip Pettit, y su principal obra “Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno”, como referentes ideológicos.
El Republicanismo, al menos como yo lo veo, vendría a ser algo así como el socialismo democrático, despojado de sus errores ¿despojado del socialismo? El Republicanismo sería el postsocialismo, el socialismo que ha dejado de ser socialista. Como el tema de las reformas económicas deja poco margen de acción, y para llevarlas a cabo se necesita mucho valor, romper muchos huevos, y contar con un gran apoyo de la ciudadanía, olvido el terreno de la economía, y me refugio en el tema – nada desdeñable por otra parte – de profundizar los derechos y libertades en la sociedad democrática. Una especie de liberalismo más progresista.
Preocupante también era, que el pensamiento filosófico “comunitarista”, fuera el que apareció más rápida y sólidamente asociado con el Republicanismo. Este último pretende ser una alternativa, respetuosa, al liberalismo clásico y al socialismo. Reivindica la tradición de la democracia participativa de Cicerón o del Maquiavelo de los “Discursos”. Entiende la libertad como ausencia de dominación, aunque en mi opinión no aporte gran cosa, frente a la tradición liberal propiamente dicha. Parece aspirar a ser una especie de vía intermedia o síntesis, entre la libertad como ausencia de interferencia y la libertad participativa, propia de la democracia clásica. Algo sí como un socialismo postsocialista.
Los socialistas no podemos, en ningún momento, esquivar el terreno de la economía política. Nos recordaba el otro día Mariám M. Bascuñán, que “condición pos-socialista” fue la expresión de Nancy Fraser, para el momento surgido tras la caída del muro de Berlín. Y el “agotamiento de las energías utópicas”, parecía dar la razón a Fukuyama y su fin de la historia. Fue ahí cuando la nueva gramática, que aspiraba a cubrir ese vacío, el de una visión alternativa progresista, encontró un espacio en el reconocimiento de la diferencia cultural.
Pero esa “anémica” propuesta no podía ser creíble, decía Fraser, porque eludía “el problema de la economía política”. Ante el influjo del reconocimiento cultural, la izquierda olvidó el tema de la distribución de la riqueza. Fue así como se produjo, el desplazamiento de la economía por la cultura. Lo curioso es que, mientras se profundizaba en esta deriva, la izquierda se escandalizaba porque el neoliberalismo seguía campando a sus anchas.
En estos tiempos, cuando Piketty consigue redefinir las contradicciones del capitalismo en el siglo XXI, proponiendo la gobernanza global, vemos como Podemos insiste en el error de situar la “democracia cultural”, en el centro del proyecto de izquierdas. Y lo hace promoviendo una visión radicalizada de la cultura propia, identificada con un principio de soberanía nacional. Parece que se ha entregado al mercado de las identidades, alimentando el narcisismo de las pequeñas diferencias. Y ni visos de respuesta, a como gestionar las interdependencias, al equilibrio de la convivencia dentro de los islotes identitarios.
Todo ello quizá, porque lo que está en juego, no es distribuir diferencias sino poder. Y parece que, para obtenerlo, no se trata tanto de perseguir un proyecto emancipador, como de acentuar contradicciones hiperlocalizadas, subrayando lo que nos separa, no los que nos une. La izquierda de la izquierda sigue sin rumbo, como siempre a lo largo de la historia.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Octubre del 2017.



lunes, 22 de enero de 2018

"TRANSICIÓN" DE SANTOS JULIÁ

Anoche acabé de leer esta última obra de Juliá. Y me encantó.
Investigando sobre el concepto “transición”, y desde cuando se ha empleado, en el curso de nuestra convulsa historia (en realidad desde las primeras décadas del siglo XIX) nos lega un riguroso tratado sobre los años que discurren desde el exilio político – producido por el franquismo - prácticamente hasta el día de hoy.
Juliá nos recuerda, con absoluto rigor histórico, muchos de los debates que aún hoy nos ocupan, pero que en realidad vienen ya de muy lejos: Las dos Españas, el concepto de nación, Monarquía-República, nacionalismos, memoria histórica, evolución política de los partidos en el exilio, la Constitución del 78, el llamado “desencanto”, la emergencia de los populismos…
Para aquellos que piensan que la Transición fue algo improvisado o, peor, algo muñido por unas élites franquistas en busca de un nuevo acomodo, ante la ingenuidad y la cobardía de los partidos de izquierda, bueno será comprobar como muchos de los postulados defendidos y luego plasmados en la Constitución, ya habían sido debatidos y adoptados por todos, o casi todos, los partidos del exilio y del interior. Santos Juliá rechaza que la sociedad española de 1976, estuviera dominada por el miedo y la aversión al riego. Sostiene que era una sociedad en movimiento, muy visible en calles y espacios públicos, para exigir “amnistía, libertad y estatutos de autonomía”. “No fue” – concluye – “una masa inerte y despolitizada, pasiva o amorfa, dejando que a sus espaldas unas élites desaprensivas, pactaran el futuro”.
A diferencia de las más antiguas democracias, para cuyo asentamiento resultaron necesarias la revolución o la guerra, la sociedad española fue capaz de organizarse democráticamente, en apenas tres años y, si no de manera absolutamente pacífica, sí soportando una violencia reducida, que pudo ser absorbida, por las nuevas y aun endebles instituciones.
Los españoles comenzaron a referirse con orgullo a su democracia. Y la transición que habían protagonizado despertaba admiración, hasta el punto que en muchos países, se puso como modelo a seguir. A este respecto, el historiador Raymond Carr dijo de ella “que era un festín para los politólogos”. Y no tardó mucho en elevarse a la categoría de mito.
Pero pronto hizo su aparición lo que vino en llamarse “el desencanto”. Especialmente de aquellos sectores más extremistas de izquierda, que al inicio del proceso de transición, soñaron con diversas utopías. Santos Juliá nos recuerda que Cebrián, calificaba la permanencia de UCD en el Gobierno, como un triunfo de la derecha, “la verdadera heredera del poder de Franco” (hay en todo el libro, una especie de ajuste de cuentas con el director de El País). Vidal Beneyto describía la Transición, como “una ablación de la memoria”. Sostiene Juliá, que El País fue “el principal artífice del relato de la Transición como desencanto”. Y a tales efectos, de nuevo Raymond Carr – coautor de la primera historia de la Transición, con Juan Pablo Fusi – llamó la atención sobre los riesgos de dejarse arrastrar, por “una falsa concepción de la democracia, y de lo que ésta es capaz de conseguir”.
El fallido golpe de Estado de 1981, borró de un plumazo el manido “desencanto”. Y el triunfo del PSOE por mayoría absoluta en 1982, tendría un efecto decisivo en la mirada sobre la Transición. Reapareció la convicción, tan repetida desde los años cincuenta, de que el franquismo y la guerra eran hechos históricos, que deberían quedar como pasto de los historiadores.
Santos Juliá recuerda, en la parte final de su obra, que en los últimos años la Constitución del 78, vuelve a verse sometida a diversas embestidas, no sólo por cuestiones de soberanía, que discuten algunos nacionalistas vascos y catalanes, sino también por los efectos de una crisis económica, que ha causado una profunda desafección política, y que ha alumbrado nuevas fuerzas políticas. Sostiene Juliá, que Podemos busca una hegemonía discursiva, mediante una amalgama de demandas sociales desatendidas, con la televisión como palanca, lo que obliga a simplificar el mensaje en un simple: ¡Abajo el régimen! Emulando a Arquímedes: “dame un buen relato y moveré el mundo”.
En mi modesta opinión, de la lectura de “Transición” podemos recordar algunas cosas, aprender otras, y deducir muchas cara al futuro. La democracia española actual, no ha sido efímera como la republicana. Ha durado y está siempre abierta a su propio cuestionamiento. Casi el 70% de los españoles, confiesa que conoce poco o nada la Constitución. Sólo un 15% declara que la ha leído entera. Pasados cuarenta años, atribuir la menor calidad de la democracia española a la transición, no es sino echar balones fuera, y rehusar la responsabilidad que compartimos sobre ella, políticos de cualquier signo y ciudadanos.
Cambiando el tercio. Juliá utiliza, sus lectores ya lo sabemos, una narrativa muy austera, con algo de retranca gallega (no en vano nació en Ferrol). Su prosa, es sólo mi opinión, no tiene la belleza y el ritmo de la de Raymond Carr. Tampoco su ironía. Y por eso nos sorprendemos cuando de repente, se permite alguna licencia literaria, o una afirmación jocosa.
Para cualquiera que se dedique, o piense dedicarse, a la política en este país tan dado a las convulsiones, “Transición” debería ser de obligada lectura.
Este es un somero resumen de lo que me ha parecido este libro.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 20 de Enero del 2018.


viernes, 5 de enero de 2018

"INTELLIGENTSIAS Y NOVISMO"

Cada generación quiere ser nueva, original, tiene necesidad de sentirse expedita y ligera, tiene que decir algo que no se haya dicho todavía, y contradecir lo que ya se ha dicho. Sino fuese así – escribía Giovanni Sartori – nuestra vida no tendría objetivo, ni la historia dinamismo. Pero no es fácil ser originales. El camino más fácil es la ignorancia. El que no sabe nada, puede despertarse cada mañana con una nueva ocurrencia, nueva para él. En los años sesenta mi generación, estaba convencida de que no había habido luz, hasta que fue encendida por nosotros, entonces veinteañeros. El más hábil entre ellos, decía sarcásticamente Sartori, redescubrió el paraguas. Sin embargo, la mayoría de las veces, el paraguas no se abría, y lo redescubierto estaba mal redescubierto (a lo mejor ya aparecía, mejor dicho y mejor explicado, en Aristóteles). Y muchos han buscado desde siempre, la originalidad en el extremismo.
Pero el extremismo – decía mi admirado Ortega – es un “falsificador nato”, es aquel que cambia la innovación por la exageración. Y exageración es lo contrario de la creación, es la definición de la inercia. Los exageradores son los inertes de su época. El hombre creador conoce los límites de su original verdad y, por lo mismo, está sobre aviso, pronto a abandonarla en el punto donde empieza a convertirse en falsedad. El intelectual extremista prospera, en cambio, robándoles las ideas a los demás y haciendo pasar su distorsión por una innovación. En realidad su originalidad estriba en ruido, en decibelios, en la inflación de las palabras, en exagerar la verdad hasta transformarla en no-verdad.
Recordemos que el primer retrato completo, del personaje que hoy identificamos con el nombre de “intelligentsia” nos lo proporcionó, en 1927, el libro de Julien Benda titulado “La traición de los clérigos”. En aquel texto Benda contrapone los laicos, “aquellos que desempeñan la función de atender a los quehaceres mundanos”, a los clérigos, los “que no están dedicados a la obtención de fines prácticos”. A lo largo de los milenios, los clérigos se mantuvieron totalmente ajenos a las “pasiones políticas”, pasiones a las que más bien se oponían, mirándolas desde lo alto “como moralistas”. Pero al final del siglo XIX “ocurrió un cambio fundamental: los clérigos empezaron a jugar al juego de las pasiones políticas”. En nuestros días los clérigos están implicados en las pasiones de la política, con todas las características de las pasiones: la propensión a la acción, la sed de resultados inmediatos, la preocupación exclusiva del fin, el desprecio por la argumentación, el exceso, el odio, las ideas fijas. Se entiende que el retrato trazado por Benda, se aplicaba a los clérigos que “habían cometido traición”, no a todos los intelectuales. Pero desde entonces – afirma Sartori – el clérigo a la antigua ha acabado estando en franca minoría.
Las “intelligentsias” de nuestros tiempos, sitúan sus orígenes en el Siglo de la Luces. Pero a Sartori le parece más exacto ver al intelectual activista de hoy, como fruto de la explosión romántica. Los “philosophes” de la Ilustración, eran herederos de las ideas claras y definidas de Descartes, y su misión era, precisamente, iluminar difundiendo el saber. Nada que ver con el “movimientismo” que se consolida en la izquierda hegeliana, que se relaciona con el historicismo romántico, y que se agrupa bajo el estandarte de la necesidad de ser “históricos a cualquier precio”; lo que significaba que siempre había que anticipar, y hasta desbancar la historia anticipándola y guiándola. En realidad, aquel activismo suyo no era de acciones, era de palabras, de exageraciones verbales. Desde entonces siempre ha habido por ahí, “exageradores que exageraban” (Sartori dixit). Al final la historia de nuestro tiempo, de estos nuestros aciagos días, ha quedado permeada de “hubris”, de exceso, de la aclamación, especialmente en las redes, de todo lo que sea “desproporcionado”: aclamado, precisamente, porque se desprecia la “proporción”, porque la “medida” no es noticia, no produce éxito, no devenga en “me gusta”, y no hace historia.
Los nuevos fenómenos necesitan, para ser identificados, un nuevo nombre. Y Giovanni Sartori proponía el de “novismo”, el ansia de ser nuevo a cualquier precio, cueste lo que cueste. El “novista” sería ese que está siempre adelantándose, siempre superándolo todo. Como escribía también Daniel Bell: algunos de nosotros están siempre “más allá”, siempre apuntando más allá de la moralidad y, también, más allá de la cultura.
Que duda cabe que el destino del hombre es ir hacia delante, no es detenerse, ni mucho menos volver atrás ¿Pero “adelante” y “atrás” respecto a que punto de referencia? La historia es como el mito de Sísifo, cada generación vuelve a empezar desde el principio. Ninguno de nosotros nace civilizado, nuestra verdadera partida de nacimiento, lleva escrito el año cero. Nuestra edad histórica, nuestra madurez como hombres de nuestro tiempo, tiene que ser reconquistada cada vez. Y cada vez el trayecto se hace más largo, hay que volver a remontar siempre más. A veces parece que no soportáramos el esfuerzo, que la línea de la tradición occidental se ha vuelto demasiado larga, que ya no conseguiremos volver a recorrerla. Con frecuencia nos asalta a algunos, al menos a mí, la sospecha de que el hábitat histórico es más civilizado que sus civilizados habitantes, y que las civilizaciones se desintegran precisamente, porque terminan por adelantarse a sus protagonistas ¿Estaremos preñados de futuro, o más bien estamos perdiendo el paso?
Los historiadores sabemos que el hombre nunca se detiene, porque lo lleva grabado en su naturaleza. Pero no está dicho, y estos aciagos días parecen confirmarlo, que al moverse avance. Decía Charles Edward Lindblom (nacido el 21 de marzo 1917 en Turlok, California, Estados Unidos, Profesor Emérito de Ciencias Políticas y Económicas en la Universidad de Yale) “La condición humana es: grandes problemas, pequeño cerebro”. Modestamente de una cosa creo estar seguro: para progresar es necesario avanzar, pero recordando siempre la historia, el pasado, al menos sus errores. Avanzar sabiendo y aprendiendo. Pero el “novismo” – nos recuerda Sartori – prospera en la ignorancia, desprecia la humilde tarea de intentarlo una y otra vez, y premia la exageración. Es una receta casi infalible de derrota.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Noviembre del 2017.


domingo, 25 de junio de 2017

UN CIERTO REGUSTO A "DÉJÀ VU".

En cuarenta años desde las primeras elecciones democráticas en España, muchas son las cosas que han cambiado en el mundo. Hemos sufrido, sufrimos, una crisis económica no vista desde 1929, una revolución tecnológica impresionante, una globalización imparable, la emergencia de nuevas organizaciones políticas… etc. Y, sin embargo, especialmente en política, no puedo evitar experimentar un cierto regusto a algo ya vivido a, como dicen los franceses, un “déjà vu.
Contestaba el otro día Manu Escudero en una entrevista: “Lo que ha pasado (se refería al PSOE) se estudiará en los libros de historia porque es algo vivo, novedoso, no premeditado y con un impacto político evidente. Es un hecho singular”. Ya he escrito yo en ocasiones anteriores, que las primarias en el PSOE me han parecido un ejercicio fabuloso de democracia interna, algo que sí, seguramente, tendrán presente en el futuro los analistas políticos. Pero ¿un hecho singular? Sí en los tiempos actuales, pero no si repasamos nuestra historia no tan lejana. No si estudiamos lo sustancial de la historia, y no nos limitamos a ver lo más accidental de la misma. Unamuno – que no era historiador, pero sí algo sabía del tema – decía que no hay que entender la historia, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Él llamaba “intrahistoria” (“Evolución y revolución” 1886) a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales. Tal idea no es de Marx ¡bien sûre! y ni siquiera por completo de Unamuno, que la había encontrado esbozada en la demótica de Machado Álvarez y en “Guerra y Paz” de Tolstoi. Pero es de ahí, pienso, de donde me viene ese regusto a algo ya conocido ¡Ah los muchos años!
XIII Congreso en Suresnes
Los medios y los analistas peor documentados, se escandalizan de lo que ha pasado últimamente en el PSOE, y lo interpretan como algo sobrevenido en la historia. La historia que ellos conocen, claro, sólo la de los últimos 20 años. Remarcan como un lamentable error y algo nuevo, que Pedro Sánchez haya optado por dar un viraje a la izquierda, para intentar atajar la sangría de votos hacia Podemos. Pero eso de pelear primero por la hegemonía de la izquierda, tiene más años que Matusalén. En los años veinte del pasado siglo, la batalla por la izquierda, entre los socialdemócratas y los emergentes comunistas, estuvo en el orden del día, en la mayoría de países del centro, sur y oeste de Europa. Y en los años setenta el PSOE, consciente de la fuerza que había adquirido el PCE, en su lucha contra la dictadura franquista, salió del Congreso de Suresnes con un profundo giro hacia la izquierda, dispuesto a disputarle a los comunistas los votos de ese espacio. Pues ahora lo mismo, lo “déjà vu”, aclaremos quien manda en la izquierda.
Reprochan a Pedro que se haya rodeado en su ejecutiva de personas de su absoluta confianza, sin apenas margen para la integración. ¿Y qué lección esperaban que hubiera aprendido del golpe palaciego del 1 de Octubre? Pero también eso ya lo he visto. Felipe no integró a nadie en 1979, de los que se habían opuesto a la redefinición del influjo del marxismo, en nuestros principios, y que le había costado su dimisión ¡Qué yo ya estuve allí!
Disputar a UP la hegemonía del voto de izquierda, urbano y juvenil, aunque sea vía el abrazo del oso, me parece acertado como primera tare del nuevo PSOE. Lo del apoyo del centro izquierda – lo que sea que eso signifique – llegará como consecuencia. Con Felipe tuvimos que esperar de 1974 a 1982. Así que un poco de calma y paciencia.
Y todo ello siendo muy conscientes, de que siempre a nuestra izquierda habrá alguien. Pues eso del sueño romántico de la “revolución” es algo muy adictivo. En la izquierda han existido siempre dos culturas políticas disímiles y opuestas, que resultan difícilmente insolubles entre sí. Y esto no es sólo un problema español, se viene dando un poco por toda Europa. Como ya he dicho, desde los años veinte del pasado siglo, hasta finales del mismo, con la caída del Muro de Berlín, ese criterio de demarcación entra las izquierdas, separó y opuso al comunismo frente a la socialdemocracia. Pero hoy parece manifestarse mejor, por la dicotomía entre populismo – sea lo que sea lo que signifique el vocablo – y socialdemocracia.
El catedrático Enrique Gil Calvo explica bien a mí entender (y nos lo recordaba hoy Antonio Papell en el Diario de Mallorca) la diferencia entre ambas culturas de la izquierda, sintetizándola en tres rasgos definitorios:
Ante todo la identidad colectiva, el “quien somos nosotros”, como cemento capaz de soldar, integrar y erigir un sujeto político. Ambas culturas interpelan a unas mismas bases sociales heterogéneas entre sí, definibles como clase media urbana, clase obrera y/o clase popular. Pero mientras la tradición socialdemócrata trata de articularlas, estructurarlas y cohesionarlas, apelando a sus intereses comunes, en cambio el llamado, mejor o peor, “populismo”, intenta hacerlo apelando a sus aversiones comunes. Lo cual hace que la identidad populista, se caracterice por su negatividad, pues necesita fabricar un “enemigo del pueblo” (lo de la “clase contra clase” o “socialfascistas” de los viejos estalinistas).
En segundo lugar la estrategia, el modelo de sociedad que se piensa construir. La cultura socialdemócrata aspira al pluralismo universal incluyente. Un pluralismo que, para Juan Linz, es el mejor criterio de demarcación, para trazar la frontera, entre democracia y autoritarismo. Mientras que el populismo no busca desarrollar la pluralidad, sino construir la hegemonía de Gramsci, entendida como homogeneidad cultural, y de ahí su propensión a las purgas y las limpiezas excluyentes.
39 Congreso
Y por último, la táctica o método de competir por el poder. Y la competición por el poder es siempre ambivalente, al basarse tanto en la negociación, el acuerdo y el pacto, como en la lucha, el conflicto y el antagonismo. Y de estas dos dimensiones de lo político, la cultura socialdemócrata se basa en la búsqueda de compromisos, mientras que la razón populista, tiende a exacerbar el conflicto antagónico.
O sea, nada nuevo bajo el sol, los perros de siempre con collares adaptados al siglo XXI.
Hace cuarenta años la derecha era AP, hoy PP; el centro UCD, ahora Ciudadanos; la izquierda el PSOE, hoy el mismo PSOE; y la extrema izquierda el PCE, ahora Unidos Podemos. Los nacionalismos los mismos más o menos. Y una serie de grupos residuales, como hoy. Y claro, muchos a esto lo llaman la “nueva política”. ¡Vamos anda!
Lo que decía: Un cierto regusto a un “déjà vu”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Junio del 2017.





miércoles, 21 de junio de 2017

PROLEGÓMENOS DE LA TRANSICIÓN

Ahora que celebramos los 40 años de Democracia y de la Transición, me gustaría rememorar, como fueron, al menos como los viví yo, los prolegómenos de la misma.
Me es imposible recordar cuando escuché por primera vez la palabra “Democracia”. Nací en una familia demócrata a carta cabal, y debí escuchar el vocablo prácticamente en mi alumbramiento, junto a otros como libertad, respeto, educación, leer…
Cuando accedí a la universidad en 1963, “Democracia” se repetía insistentemente a todas horas y en todos lo círculos. Pero el sentido que a la misma se le daba, era equívoco e incluso contradictorio, en boca de según quien. Para unos democracia era algo burgués y por tanto rechazable: democracia “formal”, “burguesa”. Para otros democracia equivalía a democracia radical que, a su vez, se confundía con revolución democrática. Sólo para unos pocos, muy mal vistos entonces, democracia significaba la sumisión voluntaria, a las reglas del juego de la representación parlamentaria, pues asumíamos la negociación política, como expresión legítima de la opinión de la ciudadanía, concienciada o no concienciada, alienada o no alienada.
Como recordaba muy bien Jordi Gracia en El País: La convencida ilusión revolucionaria, que fraguó entre las juventudes universitarias más politizadas desde los años sesenta, no dio el menor crédito a la democracia como sistema de pactos, contrapesos y transacciones, pues eso era claudicación socialdemócrata y pequeño burguesa, como mínimo.
Y no, no me fue cómodo ser un asqueroso socialdemócrata pequeño burgués, durante mis cinco años en la Complutense. El ideal hegemónico allí era otro, porque la revolución, como el poder y la autoridad, no se pacta ni se negocia, se impone. La revolución se venía a entender como un despotismo ilustrado: para el pueblo, pero sin el pueblo. El “sueño” era cual moneda de una sola cara, no había lugar para más. La revolución tenía que acabar con el franquismo, incluso con el que se titulaba reformista, pero también – y me temo que esencialmente – con las formaciones que denominaban “burguesas” o “pequeño burguesas”, tan dispuestas a plegarse al teatro de una democracia parlamentaria a la europea.
Me supo mal, de verdad, por muchos de mis amigos que andaban mecidos en aquel sueño. La Transición la vivieron como una despiadada traición a su juventud revolucionaria que, con la literatura, la ideología, el ideario libertario, el comunismo soviético, el trotskismo, el maoísmo y la contracultura toda, había pergeñado un detallado programa de futuro, sin contar con una población que ni sabía quienes eran Rimbaud, Lautramont ni Allen Ginsberg. Y aquella población real, cuantificable, votó a Adolfo Suárez, ignorando los ensueños de la marihuana y del “caballo” letal.
El fracaso fue estrepitoso para las “vanguardias”, porque la población de aquella democracia en construcción, no soñó con revolución alguna, ni se prendó de sus condiciones despóticas. Pero sí aquella precaria democracia de los “pequeños burgueses” y los cerdos socialdemócratas, arrasó con el sistema legal del franquismo, y fundó otro de nuevo cuño: a partir de 1978 llevó a cabo una auténtica ruptura democrática. El despiste de aquella revolucionaria contracultura, fue entonces descomunal, porque la revolución era ya sólo una fantasía derrotada, un objetivo ya no viable con las cifras electorales en las manos. Fue entonces, como cuenta Jordi Herralde en El País Semanal, cuando los lectores de la “revolucionaría” Anagrama abandonaron la editorial, diez años después de su fundación. “De golpe y porrazo buena parte de aquellos lectores inquietos, que se interesaban por todo, dejaron de leer no sólo textos políticos, sino también de pensamiento, de teoría, lo cual provocó la desaparición de la totalidad de las revistas políticas, y el colapso de la mayoría de las editoriales progresistas”.
Y ¡al loro! los menos avisados: Podemos no tiene nada que ver con la revolución enterrada, que algunos soñaban en los setenta: para ellos, al menos en su imaginario, la revolución lo era de verdad, porque quería cambiarlo todo. Podemos carece de aquel “élan” revolucionario: discute, amaga, recela, engaña, traiciona, teatraliza… como las demás fuerzas “pequeño burguesas”.
Pero para muchos, entre los que me cuento, para la gran mayoría de la población, sí fue una gran noticia que triunfara la ruptura pactada – como la denominó Carrillo – por encima de la soñada revolución. El “demos” no era revolucionario, como apunta Gracia, o más bien fue democrático en el sentido en que lo eran, lo son, las democracias realmente existentes en la Europa de aquel tiempo. Y sí, la democracia es imperfecta y, además, no es nunca ni pura ni inmaculada. Lo malo fue que la fantasía de la pureza siguió viva y, por ende, la frustración también. Muchos de aquello jóvenes, hoy ya adultos y hasta muy mayores, no renunciaron a que la literatura y la vida siguieran siendo lo mismo: un ensueño fascinante y adictivo. Pero al que personalmente, no le veo ejemplaridad alguna.
Lo que no podemos remediar, es el trágico error que anidaba en los sueños líricos e ideológicos, de los que soñaba con la revolución. A ellos sin duda la Transición los traicionó. Pero los que la llevaron a buen puerto no se equivocaron. Sólo quien mida el éxito de la Transición desde el romanticismo revolucionario, puede afirmar que fue un fracaso. No es mi caso.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Junio del 2017.




lunes, 5 de junio de 2017

PSOE (I). PRIMARIAS

De las pasadas primarias se ha dicho ya casi todo. Así que me limitaré a decir alguna cosa más sobre ellas. Y en un par de días, me centraré en lo que creo es importante retener, cara al 39 Congreso.
La proeza de Pedro Sánchez, así me parece a mí, ha sido la victoria de la esperanza frente al miedo. El francés tiene una palabra que creo define muy bien esta hazaña: “panache”. Que significa sí, penacho. Pero también brío, resplandor, arrogancia, las virtudes de algunos héroes legendarios, y que Pedro atesora en grandes dimensiones. La audacia, la resolución y el sentido del riesgo, parecen haberse puesto de moda de nuevo (en Macron hay también mucho de ello) después de una larga época en la que eran la timidez, el quietismo y la seguridad, lo que daba réditos a los gobernantes.
Las primarias han refutado también, la antigua y clásica tesis del politólogo John May, según la cual los cargos medios y los militantes de los partidos, suelen tener posiciones más extremas, que los votantes y los líderes de los mismos. Les interesaría más a los primeros la pureza del partido, que ganar las elecciones. Y por ende, si es la militancia la que elige a sus representantes, necesariamente lo hará optando por candidatos radicales, incapaces de triunfar. Esta tesis, lo recuerdo bien, data de los pasados años ochenta, esgrimida con referencia a los candidatos laboristas británicos (Michel Foot) de aquello años. Ya entonces la tesis fue muy discutida, y no parecía compadecerse con lo que ocurría en otros partidos. Pero a día de hoy, y visto lo visto, no está nada claro que los sectores más “radicalizados”, queden confinados a la militancia. Las primarias han demostrado, a mi parecer, que con cierta frecuencia los líderes de un partido (Susana y los barones en el PSOE, Pablo Iglesias en Podemos) tienen posiciones más “radicalizadas”, más desajustadas de sus votantes, que las de un simple afiliado.
Estas primarias con un 80% de participación, tras muchas semanas de debates, a veces incluso algo broncos, nada edulcorados, han sido un auténtico ejemplo de democracia. Recordemos que la votación se realizaba “in person”, a pie de urna, incluso y con frecuencia, después de haberse desplazado kilómetros para votar. Así que nada que ver con cualquier simulacro de participación insignificante, como ese 1% de afiliados del PP, que participaron en la elección de sus compromisarios de su último Congreso; o esas pseudo-consultas en la red (con un simple clic de ordenador en la comodidad de casa) que organiza Podemos, con participaciones rara vez superiores al 35%.
Supongo que ya tengo demasiados años, pero de verdad no logro entender, en que mundo vivían los compañeros del aparato. ¿Cómo pudieron ignorar una realidad que se palpaba, se bebía a borbotones por doquier? De haber tenido un mínimo sentido de la realidad, tendrían que haber detectado la fatiga, el hartazgo, el cabreo de buena parte de la militancia, ante unas baronías que se remontan a décadas atrás. ¿De verdad a los “apparatchiki” les sorprende, que Pedro haya arrollados a Susana con una diferencia de más del 10%? Vamos anda. Simples militantes y simpatizantes, fueron capaces (desde el puro sentido común, que diría G.E. Moore) de ver algo en Pedro, que se le ha escapado al aparato y a la supuesta “intelligentsia” progresista. Pues eso: Pedro ha ganado, y un montón de próceres, notables y referentes intelectuales, han salido del envite carbonizados.
Pedro Sánchez ha resucitado al tercer día (al tercer mes) como el mesías. O como “la rosa de Paracelso”, ese cuento de Borges, alegoría de la fe. Tenerla no requiere de pruebas. Por eso el viejo Paracelso – como nos recordaba Rubén Amón – se resistió a obrar el milagro que le reclamaba un discípulo: “Demuéstrame que puedes devolver a la vida, la rosa que acabo de arrojar al fuego”. Y no lo hizo el sabio. O sí lo hizo, cuando el ambicioso alumno ya se había marchado.
Nadie ha creído en Pedro, más que él en sí mismo. Cuando tantos y tantos ridiculizaban su viaje de pastor mormón, pueblo a pueblo, casa a casa. Es la victoria de la perseverancia, de la obstinación. Con ellas ha logrado presentarse ante la militancia, como la encarnación de la pureza. Los milagros necesitan la credulidad de la feligresía. Se ha hecho “rosa”, sobre las cenizas de su herencia. Y es aquí (no conviertas jamás a tu adversario en un mártir) donde se me antoja más elocuente, la obtusa y fallida estrategia de Susana Díaz; y la impotencia de un ejército, que había reclutado a más generales que soldados. La Presidenta andaluza reunió a los barones y a los patriarcas. Aparentemente reconcilió a antiguas familias, aglutinó el poder institucional; pero semejante ejercicio de músculo oficialista, y de aparato burocrático, no hizo sino poner más de manifiesto la corpulencia de Pedro. La corriente de fondo era intensa y el oficialismo no la detectó. El error es grave. Cuando se quiere dirigir política e intelectualmente un país, o un partido, hay que saber, como alguien ha escrito, qué ocurre en el interior de las capas freáticas.
Y una última cosa que me gustaría recordar. Pedro o alguien de su equipo, dio con un eslogan genial: “NO es NO”. Como escribí en su día, en la carta pública que envié al Presidente de la Gestora, el estimado compañero Javier Fernández (https://senator42.blogspot.com.es/search/label/Carta%20Presidente%20Gestora). “En 1982 peleamos bajo un eslogan simple “Por el cambio”, que millones de españoles entendieron y apoyaron. Una situación parecida se estaba dando hoy con el “No es No”, que es una redundancia y obviedad, sí, pero que todos los militantes y los españoles, habían entendido perfectamente lo que significaba, incluso aquellos a los que no gustaba. Un eslogan genial, que ha calado y ha sido interiorizado por la mayor parte del partido. Tres palabras muy cortas que situaban a la organización, en una clara posición de cambio a la izquierda, y que podía ser entendida y adoptada igualmente, por los votantes de centro izquierda, como demostraban algunas encuestas realizadas, poco antes de la dimisión inducida de la CEF. Un “No es No” que según algunos es la nada, pero que me parece que nos hubiera podido llevar muy lejos”. Un comprimido relato, simple y categórico, que apuntaba a un hueco político que se había abierto, ante la ignorancia de muchos, entre la “casta” y las bases, el sistema y el antisistema, lo antiguo y lo nuevo. “No es NO” sólo ocupa ocho caracteres, espacios incluidos, pero fue un lema genial.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Junio del 2017.




sábado, 18 de junio de 2016

¿BUCLE ELECTORAL RECURRENTE?

Como apasionado de la política, y hoy ya casi mero espectador de la misma, me gusta “descorrer la cortina del balcón de nuestro tiempo y mirar que tiempo hace, que tiempo vamos a tener. Pues nuestro tiempo es nuestro paisaje, y por eso es preciso conocer su fisonomía y su topografía”, como escribía en admirable metáfora Ortega y Gasset, resumiendo, en su caso, la tarea del filósofo.
Hace ya demasiado tiempo que en Europa y más allá, el mal tiempo nos acompaña. Los nacionalismos, los populismos, los dogmatismos, los esencialismos, la xenofobia… llueven por todas partes. Son granizadas provocadas por una indignación entendible, ante las respuestas equivocadas e injustas, de los gobiernos y los partidos tradicionales, dormidos sobre sus laureles, tumbados en la “chaise longue” de Rajoy según Peridis. Y debemos entender que esa indignación persistirá, mientras permanezcan las injusticias sociales que las alimentan. Hasta que los gobiernos reconozcan, que nos enfrentamos a una auténtica emergencia social. Que millones de ciudadanos, están perdiendo la esperanza de un horizonte atractivo. Entretanto persista esta injusta y desigual situación, existirá en nuestras sociedades, un importante número de votos de indignados, dispuestos a apoyar opciones populistas radicales, y líderes demagógicos que les prometan, todo lo que quieren y desean oír.
NO
Con las encuestas de hoy en la mano, y aquí en España, me parece realmente difícil que en las próximas Cortes, emanadas del voto del próximo día 26, un solo partido tenga escaños suficientes, para gobernar por sí solo. Y es ante este posible panorama, que el sociólogo José Félix Tezanos, escribía en la revista “Temas”, sobre la posibilidad de un “bucle electoral recurrente”. Del cual sólo podríamos salir, vía una férrea voluntad de entendimiento, mediante el resurgimiento de la cultura del pacto, del denostado espíritu de consenso, que brilló durante la Transición. Pero no va a ser nada fácil.
Como veterano militante del PSOE, un pacto con el PP, por activa o por pasiva, dadas sus políticas nefastas y cínicas, en apoyo de los que más tienen, y su estructura infectada de corrupción, me parece impensable. ¿Y con Podemos? En un hipotético resultado electoral en el que nos sobrepasaran, a mí lo que me pide el cuerpo, y a muchos otros compañeros me parece, es devolverles el NO que nos estamparon en la cara, cuando la investidura de Pedro Sánchez. O dejarles gobernar, como manera de desinflar ese utópico globo, hinchado de propuestas demagógicas, irrealizables hoy en un mundo globalizado de soberanías compartidas Pero llevo demasiado tiempo predicando, que las decisiones políticas no pueden surgir de las emociones, entre otras cosas porque luego, el calentón de uno, lo pagan siempre los mismos, los más damnificados.
¿¿ ??
Así que, recuperemos la serenidad y la racionalidad política, y sentémonos a dialogar con Podemos. No será fácil ni cómodo. Primero porque se trata de un partido anti-acuerdo, por ideología, y por ser un totum revolutum, de no menos de una docena de organizaciones políticas diferentes (miremos, una vez más, lo que está pasando en Cataluña, con los amigos de la CUP). Segundo por la personalidad increíble de su caudillo: ególatra, mesiánico, autocrático (no busca el acuerdo, sólo exige sumisión, como se van a enterar muy pronto los compañeros de IU), voluble como las hojas en otoño (tan pronto es antisistema, como socialdemócrata) voceador irredento de propuestas irrealizables. Y porque ya ha evidenciado de sobra, que su único objetivo es hacer desaparecer al PSOE del escenario político. Y tercero, quizá lo más importante, porque ¿cuál es la responsabilidad primaria del PSOE? ¿permitir y/o compartir “cualquier” gobierno para salir del bucle, sean cuales sean las consecuencias? Responsablemente ¿se puede apoyar y/o estar en un gobierno que no tenga propuestas de política económica y social, que sean mínimamente creíbles y factibles? ¿Sería responsable, apoyar y/o participar en un gobierno que condujera a España, por la misma senda que Syriza ha conducido a Grecia?
Todas estas preguntas esenciales, deben ser contestadas antes de decidir un posible pacto. Pero bueno, como hubiera dicho Sandro Pertini, tengamos un “culo di ferro”; y sentémonos en la silla de la negociación, todas las horas que sean necesarias, para despejar las incógnitas que hoy tanto nos preocupan y asustan. Y luego que decida el Comité Federal y/o los militantes del PSOE.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Junio del 2016.


viernes, 5 de febrero de 2016

MEMORIAS DE MESTANZA

Recordando algo que escribió Jordi Gracia, he releído estos días, un texto un tanto extraño de Ortega y Gasset. Texto que me parece interesante, para los que fuimos formados el siglo pasado, y comprobamos como la realidad en la que hoy vivimos, ya no es la de entonces. Para aquellos que ya pensamos que todas las emociones que se agolpan en nuestro interior, quizá ya nos las veremos desarrolladas nunca. Para todos los que nos educamos en tiempos de soberano desdén hacia los tópicos. Para los que aprendimos a reprimir las ilusiones infundadas.
Me estoy refiriendo a “Memorias de Mestanza”, que publicó Ortega, cuando tenía 53 años, en “La Nación” (Buenos Aires) entre octubre y diciembre de 1936. En el mismo, Ortega acude a un recurso insólito en él: ensaya la ficción rozando la autoficción, como diríamos hoy, un ejercicio público más abiertamente novelesco. Para hablar de la desolación que le embargaba en aquellos días, inventa unas inexistentes “Memorias”, que pueden leerse como una especie de autobiografía intelectual en diferido, depurada y sintética, testamentaria. Es también como una necrológica de sí mismo, un obituario autocrítico, el más autocrítico que jamás redactará, proyectado en un personaje de ficción, contrafigura y máscara de Ortega, Gaspar de Mestanza.
Ortega finge extractar en la serie de artículos, las extensísimas memorias de un hombre que acaba de morir, y que fue “uno de los pocos españoles interesantes, que han nacido en los últimos cien años”. Si hubo un tiempo en que la “soberbia y la vanidad”, fueron las “fuerzas esenciales de que se alimenta la vida humana”, ese tiempo se ha acabado ¿? Pero existió: fue el de Gaspar de Mestanza, fue el de Guizot, Lamartine, Lamennais, Auguste Comte, y a ellos “esa vanidad y esa soberbia les salvaron”, y gracias a ellas “crearon las nuevas formas de vida” de la Europa del siglo XX.
El editor de estas memorias, el mismo Ortega, destila nostalgia por aquellos tiempos y aquellos hombres, que “sólo podían dar tono, continuidad, elevación y dignidad a sus vidas, si sacaban de sí mismos el molde de sus propias vidas”. Pero eso sólo era posible a partir de “una gran fe y un alta idea de su individual persona”. Son ellos ejemplo y modelo de Gaspar Mestanza, “dotados de sin igual perspicacia, para percibir los cambios de los tiempos y definirlos”. Y por fin, hacia los 50 años, Mestanza u Ortega, Ortega o Mestanza, aprenden que “cada cosa es lo que es y nada más” ¿el “un vaso es un vaso” de Rajoy? sin falsos ensueños, sin falsas ilusiones, “acariciadoras pero fraudulentas”. Brota entonces por fin, tras el desengaño y la desilusión, cuando se aprende a reprimir las ilusiones infundadas, “una sorprendente sensación de dominio sobre la vida”, para elaborar “con evidente garbo”, meditaciones sobre la vida humana: que “aunque resulte escandaloso advertirlo, es una realidad sobre la que se ha pensado todavía muy poco en forma deliberada”.
Seguramente Ortega escribió esos textos, entre agosto y septiembre de 1936, y para entonces no serían aún una convicción; sino más bien una profecía, una especie de pronóstico imaginado que, sin embargo, contiene ahilada, esquemática, su autobiografía más delicada y escondida, atribuida a un inventado Gaspar de Mestanza. Es la lectura de su desengaño con España y consigo mismo, o la percepción por fin lúcida, de la desconexión entre los ensueños ideales, de un hombre formado en el XIX, y ansioso reformista del XX, cuando la realidad del XX, ya no es la del siglo XIX. Ortega se despide de sus pretensiones, que ahora sabe de golpe, desnudamente ilusas. Reconoce entonces ese final del mundo antiguo, pero también el error de haber nutrido su imaginación, con ideas y modelos anacrónicos, de haber proyectado sus ideas al presente, cuando ese tiempo y esa sociedad eran ya otros, cuando no regía para ellos, lo que regía para el siglo XIX.
Ortega había calculados mal el tiempo real, la duración de la existencia de cada hombre: la cima de una vida, el punto culminante de la misma, llegaba en el siglo XIX a los 30 años, y en sus 30 años emplaza, efectivamente, la cristalización de lo que ha ido preparando laboriosamente desde sus 20: en una cara, “Vieja y nueva política”, en la otra, “Meditaciones del Quijote”. Pero en el siglo XX esos 30 años, son nada más que una primera madurez ¡no digamos en 2016! y Ortega aprende desde entonces a digerir, que las vidas ya no culminan a los 30 años; que sus planes se fraguaron en un mundo donde las vidas ¿heroicas? no duraban, lo que permanecían en el siglo XX, ni cuando el mundo cambiaba a la velocidad que transcurría el nuevo. Sus planes no iban a ser aptos ni viables, ni realistas, en plena transformación de las sociedades democráticas y capitalistas, de la Europa de los años veinte, mientras él se empeñaba en que las ideas útiles para el siglo XIX, que había interiorizado, lo fuesen también en la sociedad de masas del XX.
Las ideas de Ortega, sobre el exterminio de los mejores, y el ejercicio de la autoridad, por derecho nativo de superioridad, comienza a intoxicar sus lecturas de la realidad, cuando comprueba la indocilidad del mundo a su liderazgo, en torno de 1913 y 1914, aunque sólo se activan esas ideas, de veras, en 1920, cuando ya es evidente la sordera o el desdén de todos, ante la autoridad irrefutable de los pocos. Y sin embargo sigue siendo verdad, la calidad luminosa de sus análisis del cambio que ha vivido el mundo. Pero haberlo analizado, haber descompuesto formidablemente los pedazos del nuevo desorden, no condujo a Ortega a proyectar una solución o un plan o un programa de redención, de cambio, adaptado a ese mismo análisis, sino que retoma soluciones, ideas, planes que proceden de otro tiempo ¿Sólo a mí me suena eso a actuaciones varias y sentencias, de algunos de los nuevos políticos emergentes de hoy?
Ortega se hace ucrónico pero también anacrónico, como si de verdad el origen de todos los males, pudiera ser una presunta pérdida de autoridad, la ausencia de modelos ejemplares, la volatilización de las ideas verdaderas, en creencias acríticas y masivamente respaldadas. El mundo ha cambiado del todo, mientras él actuaba pensando en el mundo de antes, con su estructura jerarquizada y netamente dividida, echándola de menos, reclamándola una y otra vez de forma inútil, casi lírica y, en el fondo, sentimental. ¡Al loro los barones y baronesa del PSOE. Y los líderes de Podemos!
Algunos por nuestra edad, llevamos en nuestras entrañas, como no podría ser menos, los atributos de nuestra generación. Pero no podemos, no debemos, quedarnos sumergidos en ella, sino que la debemos contemplar como flotando sobre ella, la única forma en que podemos salvarnos, cuando ella transcurre llegando a su fin, y seguir siendo aptos para vivir los otros tiempos que subsiguen. Pero eso sólo es posible si nuestro modo sustancial de vida, no es la pasión, sino la visión.
Ortega habría dicho: Ser antiguo y no emergente, pero muy del siglo XXI.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Enero del 2016.


jueves, 21 de enero de 2016

Hasta las narices de algunos líderes regionales

El otro día en Facebook, contesté esto a un amigo:
Nunca en el PSOE ha existido un pensamiento único o dogmático. Se debate en él continuamente y libremente. A veces haciendo bastante ruido. En el alma de la organización, siempre han existido unas pulsiones libertarias muy fuertes. Quizá por eso me siento tan a gusto en él. Jamás me afiliaría a un partido, donde todos tuvieran que pensar exactamente lo mismo, obedecer de continuo la opinión del "jefe". Y en ello andamos”. Sigo pensando lo mismo.
Pero una cosa es esto, y otra muy distinta, me parece, que aquellos que detentan en estos momentos, cargos orgánicos o institucionales, anden por ahí parloteando, intentando introducir palos en las ruedas de la bicicleta de Pedro Sánchez. Vale que Nicolasín Redondo, o el bruto de Corcuera, vayan largando estupideces. Se les pasó el arroz y no lo pueden soportar. Pero los señores y señora presidentes de comunidades, deberían saber controlar sus desmedidos egos, por lealtad al partido e, incluso, por un inteligente control de sus ambiciones cara al futuro. No se han enterado que desde las primarias del pasado 13 de Junio del 2014, y especialmente por las continuas visitas de Pedro a las agrupaciones de toda España, el poder real y definitivo ha pasado a manos de los militantes.
No sé si al final Pedro será investido Presidente del Gobierno. Pero de momento ya ha conseguido, que la llave de la investidura, la decisión sobre el futuro Gobierno, esté en manos del PSOE. Si sé, como todos los “militantes”, puede que algún afiliado no, que la palabra decisiva, entre Congreso y Congreso, la tiene el Comité Federal, y que éste se reunirá el día 30, y que es bueno que así sea ¿A quien le están recordando a diario esta obviedad, algunos líderes?
En algunas sedes territoriales del partido parece constatarse ya, que empieza a ser factible que Pedro tenga bastantes opciones de conseguir la investidura. A Sánchez se le agranda el sumatorio, en tanto que el de Mariano Rajoy no se mueve. Esta situación, sin embargo ¡no produce alborozo, sino preocupación, entre algunos líderes! ¿Por qué no se atreven a explicar públicamente, el motivo profundo de esa contradicción? El partido ha cambiado mucho, mientras ellos actúan pensando en el partido de antes, con su estructura jerarquizada y netamente dividida, echándola de menos, reclamándola una y otra vez de forma inútil, casi lírica y, en el fondo, sentimental o interesada.
Ocurra lo que ocurra, la legislatura será complicada, dura, repleta de acuerdos y pactos, casi ley a ley. Pero esto es lo que deseaban los votantes, los ciudadanos, una situación a la danesa sin daneses ¿o no? Pues a lo hecho, pecho. Los contrarios a pactar con Podemos y/o con nacionalistas, aluden constantemente, a la “inestabilidad” que un Gobierno de esa índole traería consigo, en una coyuntura muy difícil. Pero eso los líderes regionales ya lo están sufriendo en sus carnes. Y todavía no sé de alguno, que haya dimitido por culpa de esa inestabilidad, a consecuencia de esa necesidad de estar a diario acordando las medidas a tomar. Coherencia por favor. A Podemos ya lo hemos descubierto hace mucho. Es una especie de artefacto poco sólido, y lo será menos según se vayan agravando sus contradicciones internas. Pero ha tenido mucho voto de ciudadanos auténticamente de izquierdas. Y en cuanto a los nacionalistas ¿hay algún otro medio de detener su deriva, y que no implique la fuerza bruta, que no sea la tender puentes y acordar con ellos una solución sensata, en pro de la unidad de España?
Hay que ser muy burros para pensar que todo esto lo desconoce Pedro. Si no lo sabía antes, a estas horas ya conoce perfectamente, las dificultades internas y externas, a las que se va a tener que enfrentar. Pero a diferencia de los aparateros regionales, el sigue adelante sin titubear. Y estas son las condiciones que adornan a los auténtico líderes: ambición, fe en si mismo, decisión, visión de futuro, conocimiento de la realidad en la que uno se mueve (de sus “circunstancias” en lenguaje orteguiano) y una gran valentía para arriesgarlo todo, en la persecución de lo que le parece factible y óptimo para el pueblo.
¿No queríamos Política en mayúsculas? Pues ya está aquí.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Enero del 2016.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

¿Una nueva generación?

Escuchando los debates durante la pasada campaña electoral, y analizando los datos del 20D, me he venido preguntado ¿de verdad una “nueva generación” ha llegado, y los viejos podemos ya retirarnos a descansar tranquilamente? PP y PSOE, después de todo, parecen haber aguantado la embestida. Las parábolas de Podemos y Ciudadanos, muestran que en una sociedad compleja y estructurada como la española, los intentos de archivar a la derecha y la izquierda, la ilusión de representar todos los intereses bajo un mismo techo, tiene sus limitaciones. Definirse más allá de la política tradicional puede gustar por un momento en una sociedad angustiada, pero a la larga puede generar sospechas. Es posible que el juguete de la anti-política funcione mientras sea monopolio de una sola fuerza. En el instante en que deja de serlo, las preguntas básicas de la política vuelven a acechar: ¿Cuál es el proyecto de los jóvenes de hoy si lo tienen? ¿A quién va a favorecer? ¿De qué manera? ¿Más allá de diferencias entendibles, hay un marco más amplio, que se pueda entender como “proyecto de una nueva generación"? Como diría en su tiempo Ortega, también estoy viendo yo estos días, demasiadas prisas para “construir la historia a la imagen de cada uno”. Y retazos de proyectos marcados por elementos de mentalidad localista o sectaria, en la medida en que se proclama a la cosmovisión de cada uno, como el centro de una conciencia esclarecida. A diario se entregan algunos, a una despiadada dialéctica de “arcaísmo” e “innovación”, ninguna de cuyas categorías valorativas describe en rigor, las corrientes más profundas de fuerza creadora, en un momento y lugar determinados. El “nivel real” en que se mueve siempre la historia, no es ni arcaico ni completamente innovador, sino más bien un sutil punto y contrapunto, entre la tradición y la modernización, tal y como se interactúan en el presente.
¿Nueva generación?
Cuando me jubilé en el 2007, no experimenté ni la más mínima sensación de que mi tiempo ya había pasado. Al contrario, sentí un gran júbilo por disponer de más tiempo para poder seguir actuando en presente, en los diversos ámbitos de mis pasiones: montaña, política, estudios de la historia y de la filosofía… Cuatro años después, en 2011, cuando el famoso 15M, si creí que podía estar acabándose mi tiempo, mi mundo: parecía que una “nueva generación” emergía con fuerza e ideas rompedoras, capaz de arrinconar el viejo mundo de sus mayores, el mío. Aquello me produjo emociones contradictorias. Por una parte tristes, por el arrinconamiento de ideas e instituciones muy queridas para mí: la Constitución, el PSOE, la democracia tal como yo la entendía, como la entiendo, representativa y deliberativa en las Cortes, enfocada a buscar consensos (todo aquello de la democracia directa en las plazas, de las votaciones masivas en las redes al estilo plebiscitos, de un Sí o un No sin matices… reconozco que me superaba un poco). Pero por otra parte, veía en ello una cierta “naturalidad histórica”. Una “nueva generación” sustituía a la antigua, un nuevo mundo al viejo. El testigo pasaba a nuestros hijos, librándonos así, en cierto modo, de la responsabilidad de seguir gestionando un mundo, que cada vez se nos hacía más complejo y difícil de entender. Al fin y al cabo, eso era lo que habíamos hecho nosotros, la “Generación del 68”: irrumpir en el mundo para cambiar sus costumbres, sus hábitos culturales, sus instituciones. Tuvimos la fortuna de asistir en primera fila a la historia de España, cuando comenzaba a madurar un tiempo nuevo. Tuvimos el privilegio de asistir a la aurora de una idea de país. Vivimos un descubrimiento político, que se realizó no ya ante nosotros, sino con nosotros. Y no todos los instantes de un país son el mismo. Nunca podré olvidar la vitalidad y la esperanza con que vivimos esos años, con las que asistimos a la aurora de una España nueva. Pero para un historiador como yo, como he dicho, todo aquello del 15M parecía acoplarse al fluir “normal” de la historia, en el que una “generación” reemplaza a la anterior.
Para que se me entienda bien, debo precisar que manejo el concepto de “generación” en el sentido en que lo presentó Karl Mannheim en 1928. Y como lo entendieron Ortega y Gasset (“El tema de nuestro tiempo”, “En torno a Galileo” y “El hombre y la gente”) y Julián Marías (“El método histórico de las generaciones”). No como un concepto simplemente enmarcado por la edad, si no por “acontecimientos generacionales”, es decir, por hechos que marcaron la juventud y que tendrían una influencia el resto de la vida.
Enfocar la moderna historia cultural, intelectual y política española, bajo el concepto de “generación”, no es algo nuevo. Los escritores reformistas del fin de siècle, fueron agrupados bajo la denominación de “Generación del 98”, Ortega y sus contemporáneos se autodenominaron “Generación del 14”, los grandes poetas españoles de antes de la II República, se conocieron colectivamente, como “Generación del 27”… Soy consciente de que, como recurso metodológico, la acotación de diferentes generaciones resulta algo artificial, ya que ninguna minoría se encuentra tan nítidamente separada del pasado, como con frecuencia tiende a imaginarse. El peligro a la hora de determinar de manera precisa, los límites de grupos generacionales, es similar al que nos encontramos los historiadores, cuando intentamos delimitar una época, un movimiento, una corriente intelectual o, incluso, las fronteras de un acontecimiento del pasado. Y aun más peligroso es el frecuente descuido que cometen, en cuanto a la periodización histórica, escritores e intelectuales, deseosos de acentuar la novedad de su mensaje, afirmando que cada nueva generación representa, y al mismo tiempo crea, una nueva realidad. Es el debate en el que he entrado con frecuencia, de lo “nuevo” y lo “viejo” (ver http://senator42.blogspot.com.es/search/label/Pol%C3%ADtica%20Vieja%20y%20Nueva).
En muchas sociedades, especialmente europeas, las percepciones de los cambios extraordinarios y rápidos, han sido ligadas a una gran preocupación por las diferencias generacionales. La discontinuidad, en lo referente a las experiencias respectivas de padres e hijos, han estado a la orden del día. La teoría de Freud del complejo de Edipo, es sólo uno de los signos de la muy extendida convicción de que, para alcanzar su madurez, los jóvenes debían “matar al padre”, alzarse contra ellos (los de abajo contra los de arriba, acabar con el Régimen del 78, lo nuevo contra lo viejo…). La descripción que hace sir James Frazer en “La rama dorada”, de la muerte del rey como rito de regeneración social, encuadraría el tema dentro de un marco más amplio, referido a los modelos humanos que han perdido su vigencia. En la idea de revolución contra el mundo de los padres, va implícito un sentimiento de disconformidad con el pasado, entendido como un cúmulo de ideas y costumbres heredadas. Escritores, filósofos, artistas y críticos, han compartido la arrolladora idea de que la “modernidad”, sólo se alcanzará tras una revisión radical, e incluso un rechazo, de la “tradición” (término lingüístico de problemáticas acepciones semánticas). Pero el sentido de estos términos generacionales ha sido siempre relativo, ya que los hijos del momento, serán los padres de la siguiente generación.
Mucho de este concepto generacional, a mi parecer, estuvo en la gestación en España hace cuatro años, del masivo e ilusionante “15M”. Miles de jóvenes sintieron que les arrastraba una corriente que no podían controlar, una tormenta que iba a producir grandes cambios históricos. Gran parte de la sensación de que el cambio radical que se avecinaba, constituía una “revolución”, surgía de la retórica de la rebelión generacional y del culto a la juventud, algo nada nuevo, pues ya había aflorado en Europa antes de 1914, y se había reproducido en los años 60, en las famosas revoluciones estudiantiles (en las cuales yo ya estuve). El término “los jóvenes” lo utilizamos, ya entonces,
para referirnos a todos aquellos que, independientemente de la edad, compartíamos el espíritu de oposición al viejo orden cultural, social y político. El intento de invocar una “nueva generación”, que podía ayudar a establecer el Zeitgeist, el espíritu de los tiempos, ya lo habían utilizado pasados personajes europeos: Charles Maurras, Barrès, D’Annunzio, Knut Hamsun, Ortega, Unamuno, Charles Péguy, Valéry, Croce, Giovanni Papini, Karl Mannheim… Y aunque las diferencias en lo concerniente a sus experiencias, son quizá tan grandes como sus semejanzas, puede apreciarse en todos ellos el deseo común de reunir a los jóvenes, alrededor de sus respectivas causas e ideales. Propósito que apunta a su creencia de que debían construir un nuevo mundo, frente al de las generaciones precedentes.
En un periodo otra vez atento al tiempo histórico, algunos de los líderes del 15M, parecieron entender su presencia en el escenario de la historia, como un reto que los distinguiría de los que les precedieron y de quienes les seguirían. La amplia corriente del pensamiento historicista, que hace que en esos días se incida en la tesis, de que cada persona contribuye de forma única a la historia de la humanidad, no dista mucho de la premisa de que cada generación debe hacer algo “único”. El distinguir su propia voz (o la voz colectiva de una generación) de la de los demás, se convirtió en una especie de imperativo para ellos. La pertenencia a ese movimiento, seguramente proporcionaba a sus componentes un contexto formativo. Pero pronto pareció que la vanguardia más esclarecida del mismo, el “núcleo irradiador” del que hablaba Errejón, empeñado en concretar la tarea de los tiempos, se fue encontrando algo aislada en su conciencia adelantada, al ser, como dijeron en su día los “decembristas”, “una generación sin padres y sin hijos”. A pesar de ello, durante un tiempo pareció que ya estaba dispuesto el escenario, en donde acontecerían crecientes y complicadas luchas entre padres e hijos, dando paso a una crisis de “generatividad” (término que utiliza Erik Erikson, al hablar de la aceptación de la responsabilidad “paterna”, del mundo que cada uno ha hecho) en la vieja generación, y a una búsqueda de identidad en la nueva. A no tardar, todo ello, en una vuelta inesperada al pasado, dio paso a las ya sabidas retóricas de las “vanguardias”, lanzadas hacia “utopías regresivas”, como diría Fernando Enrique Cardoso. Cuanto más virulenta se hacía la propensión a diferenciarse de sus antepasados culturales/políticos, más polémica parecía configurarse la visión de la historia actual de España. La necesidad de ser “modernos”, implicaba una dura rivalidad con aquellos que habían existido antes. En consecuencia retrataron a estos últimos, de forma innecesariamente ofensiva, como más anacrónicos y fuera de lugar (la casta, los de arriba, los viejos…) más sumidos en el pasado y en las tradiciones caducas, de lo que en realidad estaban.
15M
En pocos días tendremos una pléyade de jóvenes, ocupando los escaños del Congreso de los Diputados y, poco después, espero, el puesto de mando en el Gobierno de España. ¿Por fin una “nueva generación” se hace cargo de nuestro país? Pues desgraciadamente tengo mis dudas. Para constituir una “nueva generación” no es suficiente con ser más joven. Para el historiador estadounidense Robert Whol, especialista en Ortega: “Lo que es esencial para la formación de una conciencia generacional, es la existencia de un marco común de referencia, que proporcione un sentimiento de ruptura con el pasado, y que, posteriormente, distinga a los miembros de la generación, de aquellos que les sucedan en el tiempo”. Y Karl Mannheim, citado ya al inicio de este artículo, escribía: “Ni la mera contemporaneidad, ni el ser coetáneos, ni el estatus social, ni la proximidad física, serán, por sí mismas, suficientes: una unidad generacional efectiva, debe recibir una carga catalizadora de su encuentro con los tiempos, de su descubrimiento de un destino o una suerte compartidos. A partir de entonces, sus miembros se ligan estrechamente entre sí, en virtud de una serie de circunstancias, que pueden definirse con bastante exactitud”.
Para constituir una nueva “generación”, que abra un “tiempo nuevo”, es necesario un cierto acuerdo sobre el futuro que se persigue. Pedro Sánchez parece atisbar algo de esto que digo, cuando el pasado día 11 escribía en El País: “Para que el sueño de un dirigente político, por bienintencionado que sea, se haga realidad, para que el sueño de un partido cambie la vida de la gente, tiene que ser un sueño compartido por millones de personas, por una mayoría mucho más amplia que la de sus simpatizantes y votantes”.
Y no olvidemos lo que decía María Zambrano sobre el futuro: “El futuro es algo que sólo existe en función de algo que se espera, de algo que se ansía o que se ama. Cuando hay ante nosotros una cosa que no es poseída, pero que puede serlo, tenemos futuro. Futuro sólo tiene el que hace, el que vive. El presente es el mero ser”.
¿Una “nueva generación” ha tomado en sus manos el destino de España? Los próximos meses nos lo dirán.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Diciembre del 2015.