Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

viernes, 5 de febrero de 2016

MEMORIAS DE MESTANZA

Recordando algo que escribió Jordi Gracia, he releído estos días, un texto un tanto extraño de Ortega y Gasset. Texto que me parece interesante, para los que fuimos formados el siglo pasado, y comprobamos como la realidad en la que hoy vivimos, ya no es la de entonces. Para aquellos que ya pensamos que todas las emociones que se agolpan en nuestro interior, quizá ya nos las veremos desarrolladas nunca. Para todos los que nos educamos en tiempos de soberano desdén hacia los tópicos. Para los que aprendimos a reprimir las ilusiones infundadas.
Me estoy refiriendo a “Memorias de Mestanza”, que publicó Ortega, cuando tenía 53 años, en “La Nación” (Buenos Aires) entre octubre y diciembre de 1936. En el mismo, Ortega acude a un recurso insólito en él: ensaya la ficción rozando la autoficción, como diríamos hoy, un ejercicio público más abiertamente novelesco. Para hablar de la desolación que le embargaba en aquellos días, inventa unas inexistentes “Memorias”, que pueden leerse como una especie de autobiografía intelectual en diferido, depurada y sintética, testamentaria. Es también como una necrológica de sí mismo, un obituario autocrítico, el más autocrítico que jamás redactará, proyectado en un personaje de ficción, contrafigura y máscara de Ortega, Gaspar de Mestanza.
Ortega finge extractar en la serie de artículos, las extensísimas memorias de un hombre que acaba de morir, y que fue “uno de los pocos españoles interesantes, que han nacido en los últimos cien años”. Si hubo un tiempo en que la “soberbia y la vanidad”, fueron las “fuerzas esenciales de que se alimenta la vida humana”, ese tiempo se ha acabado ¿? Pero existió: fue el de Gaspar de Mestanza, fue el de Guizot, Lamartine, Lamennais, Auguste Comte, y a ellos “esa vanidad y esa soberbia les salvaron”, y gracias a ellas “crearon las nuevas formas de vida” de la Europa del siglo XX.
El editor de estas memorias, el mismo Ortega, destila nostalgia por aquellos tiempos y aquellos hombres, que “sólo podían dar tono, continuidad, elevación y dignidad a sus vidas, si sacaban de sí mismos el molde de sus propias vidas”. Pero eso sólo era posible a partir de “una gran fe y un alta idea de su individual persona”. Son ellos ejemplo y modelo de Gaspar Mestanza, “dotados de sin igual perspicacia, para percibir los cambios de los tiempos y definirlos”. Y por fin, hacia los 50 años, Mestanza u Ortega, Ortega o Mestanza, aprenden que “cada cosa es lo que es y nada más” ¿el “un vaso es un vaso” de Rajoy? sin falsos ensueños, sin falsas ilusiones, “acariciadoras pero fraudulentas”. Brota entonces por fin, tras el desengaño y la desilusión, cuando se aprende a reprimir las ilusiones infundadas, “una sorprendente sensación de dominio sobre la vida”, para elaborar “con evidente garbo”, meditaciones sobre la vida humana: que “aunque resulte escandaloso advertirlo, es una realidad sobre la que se ha pensado todavía muy poco en forma deliberada”.
Seguramente Ortega escribió esos textos, entre agosto y septiembre de 1936, y para entonces no serían aún una convicción; sino más bien una profecía, una especie de pronóstico imaginado que, sin embargo, contiene ahilada, esquemática, su autobiografía más delicada y escondida, atribuida a un inventado Gaspar de Mestanza. Es la lectura de su desengaño con España y consigo mismo, o la percepción por fin lúcida, de la desconexión entre los ensueños ideales, de un hombre formado en el XIX, y ansioso reformista del XX, cuando la realidad del XX, ya no es la del siglo XIX. Ortega se despide de sus pretensiones, que ahora sabe de golpe, desnudamente ilusas. Reconoce entonces ese final del mundo antiguo, pero también el error de haber nutrido su imaginación, con ideas y modelos anacrónicos, de haber proyectado sus ideas al presente, cuando ese tiempo y esa sociedad eran ya otros, cuando no regía para ellos, lo que regía para el siglo XIX.
Ortega había calculados mal el tiempo real, la duración de la existencia de cada hombre: la cima de una vida, el punto culminante de la misma, llegaba en el siglo XIX a los 30 años, y en sus 30 años emplaza, efectivamente, la cristalización de lo que ha ido preparando laboriosamente desde sus 20: en una cara, “Vieja y nueva política”, en la otra, “Meditaciones del Quijote”. Pero en el siglo XX esos 30 años, son nada más que una primera madurez ¡no digamos en 2016! y Ortega aprende desde entonces a digerir, que las vidas ya no culminan a los 30 años; que sus planes se fraguaron en un mundo donde las vidas ¿heroicas? no duraban, lo que permanecían en el siglo XX, ni cuando el mundo cambiaba a la velocidad que transcurría el nuevo. Sus planes no iban a ser aptos ni viables, ni realistas, en plena transformación de las sociedades democráticas y capitalistas, de la Europa de los años veinte, mientras él se empeñaba en que las ideas útiles para el siglo XIX, que había interiorizado, lo fuesen también en la sociedad de masas del XX.
Las ideas de Ortega, sobre el exterminio de los mejores, y el ejercicio de la autoridad, por derecho nativo de superioridad, comienza a intoxicar sus lecturas de la realidad, cuando comprueba la indocilidad del mundo a su liderazgo, en torno de 1913 y 1914, aunque sólo se activan esas ideas, de veras, en 1920, cuando ya es evidente la sordera o el desdén de todos, ante la autoridad irrefutable de los pocos. Y sin embargo sigue siendo verdad, la calidad luminosa de sus análisis del cambio que ha vivido el mundo. Pero haberlo analizado, haber descompuesto formidablemente los pedazos del nuevo desorden, no condujo a Ortega a proyectar una solución o un plan o un programa de redención, de cambio, adaptado a ese mismo análisis, sino que retoma soluciones, ideas, planes que proceden de otro tiempo ¿Sólo a mí me suena eso a actuaciones varias y sentencias, de algunos de los nuevos políticos emergentes de hoy?
Ortega se hace ucrónico pero también anacrónico, como si de verdad el origen de todos los males, pudiera ser una presunta pérdida de autoridad, la ausencia de modelos ejemplares, la volatilización de las ideas verdaderas, en creencias acríticas y masivamente respaldadas. El mundo ha cambiado del todo, mientras él actuaba pensando en el mundo de antes, con su estructura jerarquizada y netamente dividida, echándola de menos, reclamándola una y otra vez de forma inútil, casi lírica y, en el fondo, sentimental. ¡Al loro los barones y baronesa del PSOE. Y los líderes de Podemos!
Algunos por nuestra edad, llevamos en nuestras entrañas, como no podría ser menos, los atributos de nuestra generación. Pero no podemos, no debemos, quedarnos sumergidos en ella, sino que la debemos contemplar como flotando sobre ella, la única forma en que podemos salvarnos, cuando ella transcurre llegando a su fin, y seguir siendo aptos para vivir los otros tiempos que subsiguen. Pero eso sólo es posible si nuestro modo sustancial de vida, no es la pasión, sino la visión.
Ortega habría dicho: Ser antiguo y no emergente, pero muy del siglo XXI.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Enero del 2016.


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