Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 16 de mayo de 2019

LAS PALABRAS Y LA LENGUA

Muchos amigos saben ya bien, que soy un histérico con el tema del uso correcto de las palabras. Un convencido de que a falta de consenso, sobre el significado exacto de las palabras que utilizamos, el diálogo se hace difícil. Y no hace mucho Pepe Borrell, en una inolvidable intervención en Sevilla, nos recordó los males que se derivan de la renuncia a la palabra. Que el voto sí, es muy importante en política, pero es su último trámite. La política, en democracia, es primordialmente diálogo, conversación, palabras.
Ahora bien, Tony Judt en su última obra, antes de que el ELA acabase con su vida, “El refugio de la memoria”, nos recordaba que la pura facilidad retórica (arte de hablar o escribir) con independencia de su atractivo, no significa necesariamente profundidad ni originalidad de contenido. Del mismo modo que la falta de elocuencia (facilidad de hablar o escribir con fluidez) seguramente sugiere una deficiencia de pensamiento. Una idea que sonará rara, a la generación de las redes sociales, más preocupada por lo que intenta decir, que por lo que realmente dice.
Hay como una inclinación a retraerse de la crítica formal, con la esperanza de que la libertad así conquistada, favorecerá el pensamiento independiente. “Lo que importa son las ideas, no te preocupes de cómo las digas”. No quedan muchos, al menos en el mundo digital, con la suficiente confianza en sí mismos, como para replicar una expresión desafortunada, y explicar claramente que la misma, inhibe la reflexión inteligente.
Pareciera que hoy en día, la expresión “natural”, tanto en el lenguaje como en el arte, fuera preferida al artificio (predominio de lo elaborado, sobre lo natural). Suponemos de forma irreflexiva que la verdad, no menos que la belleza, se transmiten así de manera más efectiva. Alexander Pope, en su “Ensayo sobre la crítica” decía: “El verdadero ingenio es la naturaleza hermosamente vestida. Lo que fue pensado muchas veces, pero nunca tan bien expresado”. Como nos enseña la historia, en la tradición occidental, durante siglos, ha habido una estrecha relación entre lo bien que uno expresa su punto de vista, y la credibilidad de su argumentación. Los estilos retóricos podían variar, desde lo espartano hasta lo barroco, pero el estilo mismo nunca era una asunto indiferente. Y el “estilo” no consistía sólo, en una oración bien construida: una expresión pobre, ocultaba un pensamiento pobre. Las palabras confusas sugerían, en el mejor de los casos, ideas confusas, y en el peor, disimulo.
La inseguridad cultural engendra su “doble” lingüístico. Si nos fijamos, sucede lo mismo con los avances tecnológicos. En el mundo de Facebook y Twitter, la concisa alusión sustituye a la exposición. En la generación de mis hijos, no digamos en la de mis nietos, la taquigrafía comunicativa facilitada por su “hardware”, ha calado en la comunicación misma: la gente habla como en los mensajes.
Esto debiera preocuparnos, al menos a mí me preocupa. Cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan. Si privilegiamos la expresión personal de cada uno, por encima de la convención formal (las gramáticas establecidas) entonces estaremos privatizando el leguaje, no menos de lo que hemos ya privatizado tantas otras cosas. Recordáis a Humpty Dumpty, en “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”: “Cuando yo utilizo una palabra, significa lo que yo elija que signifique, ni más ni menos”. A lo que Alicia contesta: “La cuestión es si tu ‘puedes’ hacer, que las palabras signifiquen cosas tan diferentes”. Y sí, Alicia tenía razón: el resultado es la anarquía.
Puede que la prosa de baja calidad, sea hoy indicativa de inseguridad intelectual. Hablamos y escribimos mal, porque no nos sentimos seguros de lo que pensamos, y nos resistimos a afirmarlo de un modo rotundo e inequívoco. En opinión de Judt, más que padecer la aparición de la “neolengua”, nos amenaza el auge de la “no-lengua”.
Mis capacidades intelectuales disminuyen. No sé cuanto tiempo aún seré capaz, de forma aceptable, de seguir traduciendo el ser a pensamiento, el pensamiento a palabras y las palabras a comunicación. La riqueza de las palabras en que me crié, era un espacio público por derecho propio. Y de espacios públicos adecuadamente conservados es, con demasiada frecuencia, de lo que carecemos hoy. Si las palabras se deterioran ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Abril del 2019.


lunes, 29 de enero de 2018

PENSAMIENTOS CAUTIVOS

Nos relata Tony Judt en “El refugio de la memoria”, como Czeslaw Milosz, que creció en la república polaca de entre guerras, sobrevivió a la ocupación y era ya un poeta de cierto prestigio, cuando fue enviado a París como agregado cultural de la nueva república popular. Pero en 1951 desertó trasladándose a Occidente. Y dos años más tarde publicó su obra de mayor influencia, “El pensamiento cautivo”. Su lectura sigue vigente, opina Judt, y es, con diferencia, el más intuitivo y perdurable ensayo, sobre la influencia que ejerció el estalinismo en los intelectuales y, más genéricamente, sobre el atractivo de la autoridad y el autoritarismo para la “intelligentsia”.
En su mencionada obra Milosz estudia a cuatro de sus contemporáneos y los autoengaños en los que cayeron, en su viaje de la autonomía a la obediencia, subrayando lo que él llama: la necesidad de los intelectuales de un “sentimiento de pertenencia”.
En mi opinión hay dos imágenes del libro que merece la pena recordar. Una es la “píldora de Murti Bing” en “Insaciabilidad”, una poco conocida novela escrita en 1927 por Stanislaw Ignacy Witkiewicz. En ella los centroeuropeos, a punto de ser conquistados por unas hordas asiática no identificadas, toman una píldora que los libera del miedo y la ansiedad; animados por sus efectos, no sólo no se enfrentan a sus ocupantes, sino que son felices por tenerlos como nuevos amos.
Czeslaw Milosz
La segunda imagen podría ser la del “ketman”, inspirada en la obra de Arthur de Gobineau “Religiones y filosofías de Asia Central”, en la que un viajero francés da cuenta del fenómeno persa de las identidades electivas. Quienes han interiorizado el modo de ser que les convierte en “ketman”, pueden vivir con la contradicción de decir una cosa y creer otra, adaptándose a cada nuevo requerimiento de sus gobernantes, convencidos de que han preservado, en algún lugar del interior de sí mismos, la autonomía de alguien que piensa libremente o, en todo caso, de un pensador que ha optado libremente, por subordinarse a las ideas y dictados de los otros.
Escribía Milosz que “el ketman reconforta, invitándonos a soñar con lo que podría ser, y hasta el muro circundante, nos permite el consuelo de la ensoñación”. Escribir para el cajón del escritorio – muchos opinarán que eso es lo que debería hacer yo – se convierte en un signo de libertad interior. Al menos su audiencia – piensan los pretenciosos – les tomaría en serio si pudiera llegar a leerles.
Entre el ”ketman” y la “píldora de Murti Bing”, Milosz disecciona brillantemente el estado de ánimo del “compañero de viaje” – como se decía en mi juventud – del idealista engañado y del zángano cínico. Su ensayo – a mi modesto entender – es más sutil que “Oscuridad a mediodía” de Arthur Koestler, y menos implacable, desde un punto de vista lógico, que “El opio de los intelectuales” de Raymond Aron.
El pensamiento cautivo” tropezó con frecuencia con cierta incomprensión. Milosz daba por supuesta, la captación intuitiva de la mentalidad del “creyente”: la del hombre o la mujer que se han identificado con la historia, y se alinean entusiásticamente con un sistema, que los priva de la libertad de expresión. Allá por 1951, él podía razonablemente asumir que ese fenómeno – ya fuera asociado con el fascismo, con el comunismo, o con cualquier otra forma de represión política – sería sobradamente conocido.
Pero Tony Judt nos recuerda que en sus clases de los años setenta, pasó la mayor parte de su tiempo, explicando a estudiantes presuntamente radicales, por qué un “pensamiento cautivo” no era algo bueno. Y que, treinta años después, su joven audiencia se quedaba sencillamente perpleja: ¿Por qué vendería alguien su alma a “cualquier” idea, mucho menos a una idea represiva? Pasado el umbral del siglo XXI, pocos de sus estudiantes norteamericanos habían conocido alguna vez a un marxista. El abnegado compromiso con una fe secular, estaba fuera del alcance de su imaginación. Cuando comenzó como profesor, nos explica Judt, su desafío consistía en explicar por qué la gente perdía su ilusión por el marxismo; pero que hoy el obstáculo insuperable al que uno se enfrenta, es el de explicar la ilusión misma.
Los jóvenes de hoy si lo leyeran, puede que no comprendieran la importancia del libro de Milosz, y su estudio les parecería una pérdida de tiempo. Represión, sufrimiento, ironía e, incluso, creencia religiosa, todo eso podrían entenderlo. Pero ¿el autoengaño ideológico? De este modo los lectores actuales de la gran obra de Milosz, se parecerían a los ciudadanos occidentales, que no entendía a los emigrados de los países comunistas. “Ello no saben – escribía Milosz – lo que uno paga; los que están fuera no lo saben”.
Pero hay más de una clase de cautividad. Recuerdo aún perfectamente el trance, tipo “ketman”, de los intelectuales arrastrados por la deriva bélica de George W. Bush, no hace tantos años. Confirmaban su abducción por el modelo “ketman”, cuando años después afirmaban con orgullo: “tuvimos razón al equivocarnos”, un eco revelador, aunque quizá inconsciente, del “plaidoyer” de los compañeros de viaje franceses: “Mejor habernos equivocado con Sartre, que haber dado la razón a Aron”. Como se mide mejor el grado de esclavitud, en el que una ideología mantiene a un pueblo, es por la colectiva incapacidad de este para imaginar alternativas. Sabemos de sobra que la fe sin límites en los mercados desregulados, mata. Y sin embargo, ahí están tantos gobiernos presos por la lapidaria frase de Margaret Thacher: “No hay alternativa”.
Y no aprendemos de la historia, pues fue precisamente en tales términos, como el comunismo se presentó a sus “beneficiarios” después de la Segunda Guerra Mundial. El que tantos admiradores de Stalin en el extranjero, fueran arrastrados a la cautividad intelectual, se debió a que la historia no supo presentar un relato alternativo al comunismo. Pero cuando Milosz publicó “El pensamiento cautivo”, los intelectuales occidentales aún discutían entre modelos sociales genuinamente competitivos, ya se tratara de socialdemocracia, de mercado social, o de variantes de mercado regulado del capitalismo liberal. Hoy desgraciadamente, a pesar de alguna aislada protesta keynesiana, reina el acuerdo sobre el llamado “consenso de Washington”.
Y atentos, no hay nada de inocente en la voluntaria servidumbre de los comentaristas, ante la nueva panortodoxia. Muchos de ellos, al modo del “ketman”, lo saben bien, pero prefieren no asomar sus cabezas por encima del parapeto. En este sentido tienen algo en común, con los intelectuales de los años del comunismo. Más de un siglo después de su nacimiento, sesenta y cuatro después de su ensayo seminal, la acusación de Milosz contra el intelectual servil, es quizá más convincente que nunca: “Su principal característica es el miedo a pensar por su cuenta”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Noviembre del 2017.



lunes, 4 de diciembre de 2017

IDENTIDADES VERSUS IDENTIDAD

He escrito ya varias veces sobre el concepto de “Identidad”, una palabra que siempre me ha parecido muy peligrosa, pues no tiene usos contemporáneos respetables. Pero lo cierto es que a día de hoy, visto la felona utilización que hacen muchos de la misma, es muy difícil no reincidir en el tema.
No hace tanto pudimos comprobar como en Francia y Países Bajos, los artificialmente estimulados “debates nacionales” sobre la identidad, fueron una endeble cobertura para la explotación política del sentimiento antiinmigrante, y una descarada estratagema para desviar las preocupaciones económicas, hacia objetivos minoritarios.
También Tony Judt nos recordaba como en la vida académica, de manera análoga, la palabra “identidad” tenía usos sospechosos. Los estudiantes universitarios, al menos en los Estados Unidos, podían escoger sobre toda una panoplia de estudios identitarios: “estudios de género”, “estudios sobre la mujer”, “estudios sobre asiáticos-americanos del Pacífico”… etc. Y que el punto flaco de todos estos programas paraacadémicos, no era que se concentraran en una minoría étnica o geográfica concreta, sino que alentaban a los miembros de esa minoría a “estudiarse a sí mismos”, negando de ese modo los objetivos de una educación liberal y, al mismo tiempo, reforzando las mentalidades sectarias y de gueto que, curiosamente, pretendían socavar. Los negros estudiaban a los negros, los gay a los gays, y así sucesivamente.
Como sucede a menudo – y no debería ser así – el gusto académico sigue las modas político-sociales. Hoy todos llevamos una especie de guión interpuesto a nuestra supuesta identidad: belgas-flamencos, ingleses-escoceses, españoles- catalanes, catalanes-nacionalistas, mallorquines-españolistas… En este mundo globalizado, mucha gente ya ni habla el idioma de sus antepasados, ni sabe mucho sobre su lugar de origen. Hace solo muy poco, que Puigdemont se enteró de sus raíces andaluzas y castellano manchegas. Pero al seguir los pasos de una generación de jactancioso victimismo, llevan lo poco que saben como una orgullosa placa de identidad, algo así como: uno es lo que sus abuelos sufrieron.
Este baño caliente, esta sauna de identidad, siempre me ha sido ajeno. Podemos ser subdivididos, según muchos sistemas de clasificación (escribía Giovanni Sartori). Pero la realidad es que nuestra existencia se caracteriza por pertenencias múltiples, por una “naturaleza plural”. Y sí, ya lo sé, es cierto: ser demasiadas cosas a la vez, puede en ocasiones resultar complicado. Pero es esa complicación la que vuelve al mundo interesante, y la que vuelve interesante nuestro estar en el mundo: ver con distintos ojos, hablar en distintas lenguas, cohabitar con ideologías diferentes, congeniar con distintas etnias, ser una cosa y ser otra, no una o la otra: la conjunción agrega: catalán y español, castellano y canario, europeo y cosmopolita. La disyunción cancela, suprime, empobrece.
Yo no estoy seguro de si soy visigodo, leonés, canario, francés o mallorquín. Y sin embargo siento con fuerza que soy todas esas cosas. Estudié en castellano en Madrid y aquí en Palma. Hablo algo de francés, catalán y castellano. He sido tildado de pensar e incluso escribir, como un “intelectual” españolista, un halago mordaz por cierto. Pero el españolismo casposo me deja frío, o me indigna. Es un club del que me sentiría felizmente excluido.
¿Y que hay de mi identidad “política”? Como descendiente de canarios progresistas, leoneses republicanos y franceses radicales, desde temprana edad adquirí una familiaridad superficial, con los textos marxistas y la historia del socialismo. Superficial pero suficiente, para estar vacunado contra las más desaforadas tensiones del nuevo izquierdismo de los años sesenta, mientras me asentaba con firmeza en el campo de la socialdemocracia.
Por los comentarios de algunos amigos a mis escritos, me da la impresión que me tienen por un dinosaurio reaccionario. Y puedo comprenderlos; suelo escribir sobre el legado de algunos políticos e intelectuales europeos, hace tiempo desaparecidos. Admito que no soy muy tolerante con la “propia expresión”, como sustitutivo de la claridad. Que contemplo el esfuerzo, como una pobre alternativa del logro. Me muevo en mis disciplinas, historia y política, como dependientes en primera instancia de los hechos, no de la “teoría”. Veo con escepticismo, mucho de lo que pasa por erudición histórica y política. Y sí, para las convenciones académicas y populistas imperantes, debo de ser un incorregible conservador.
Como socialdemócrata frecuentemente en desacuerdo con compañeros, que se describen a sí mismos como radicales, supongo que me debería servir de alivio, el familiar insulto de “cosmopolita desarraigado”. Pero no, porque lejos de sentirme un desarraigado, me encuentro muy bien arraigado en una diversidad de identidades, contrastantes entre sí. Procuro mantener las distancias con los “ismos” obviamente carentes de atractivo – fascismo, patrioterismo, chovinismo – pero también con las variedades aparentemente hoy más seductoras: nacionalismo, soberanismo, independentismo. El orgullo nacional, el patriotismo – después de más de dos siglos en que Samuel Johnson lo planteara por primera vez – todavía me parece “el último refugio de los sinvergüenzas”.
Personalmente prefiero los “confines”: aquellos lugares donde los países, las comunidades, las lealtades, las afinidades y las raíces, se topan incómodamente entre sí, y donde el cosmopolitismo no es tanto una identidad, sino la condición normal de vida. Soy consciente de que puede haber algo de inmoderado, en la afirmación de que uno siempre está en el límite, en el margen. La mayoría de la gente prefiere no llamar la atención, pasar desapercibida. Si todos son independentistas, mejor ser independentista. Si todos hablan en castellano, mejor no hablar en catalán. Hasta en una democracia abierta, es preciso disponer de una notable testarudez de carácter, para actuar deliberadamente a contracorriente de la comunidad, especialmente si esta es pequeña. Pero si uno ha nacido en una intersección de identidades y culturas, y goza de la libertad de permanecer allí, eso me parece una posición decididamente privilegiada.
A diferencia del fallecido Edward Said, creo que puedo comprender, e incluso sentir empatía, con los que están a gusto amando fieramente a un solo país, y sólo a uno. No considero ese sentimiento incomprensible, simplemente no lo comparto. Pero, con la edad, esas lealtades fieramente incondicionales – a un país, a un dios, a una idea o a un líder – han llegado a aterrorizarme. La fina capa de la civilización – escribía Tony Judt – reposa sobre lo que bien podría ser, una fe ilusoria en nuestra humanidad común. Pero ilusoria o no, bien haríamos en aferrarnos a ella.
Me temo mucho que estamos adentrándonos en un tiempo muy problemático. No son sólo los terroristas, los banqueros o el clima, los que van a causar estragos en nuestro sentimiento de seguridad y estabilidad. La globalización misma será una fuente de temor e incertidumbre, para miles de millones de personas, que se volverán hacia sus líderes en demanda de protección. Las “identidades” se desenvolverán mal en las estrecheces, mientras los indigentes y los desarraigados, golpean en los cada vez más altos muros de las comunidades cerradas. Ser danés, catalán, español o norteamericano, no será sólo una identidad, supondrá un rechazo y una reprobación, de aquellos a los que estas excluyan. Habrá intolerantes demagogos en democracias establecidas, que pedirán tests – de conocimientos, de lengua, de religión, de cultura – para determinar si los desesperados recién llegados, merecen ostentar la “identidad” de franceses, belgas, españoles o catalanes. Ya lo estamos viendo. En este “espléndido siglo nuevo” echaremos de menos a los tolerantes, a los de los márgenes, a la gente fronteriza. Mi gente.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Noviembre del 2017.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Del por qué se dividió Checoslovaquia

“Nada en la vida de la Unión Soviética fue tan característico como el hecho de abandonarla”, escribe Tony Judt en su libro “Postguerra”. (Por cierto, la única obra de Historia Contemporánea que conozco, en la cual la historia de las naciones de la Europa Oriental, ocupa el mismo espacio que la de las Occidentales). Y lo mismo, en gran medida, podríamos afirmar de la ruptura de Checoslovaquia, del “divorcio de terciopelo” de eslovacos y checos, pacífica y amigablemente consumado el 1 de Enero de 1993. A primera vista, podría parecernos un ejemplo de manual de cómo los sentimientos étnicos, ocuparon el vacío creado por la desaparición del comunismo: el “retorno de la historia” en forma de renacimiento nacional. Pero si observamos con más atención, la división de Checoslovaquia pone de manifiesto una vez más, las limitaciones de ese tipo de interpretaciones.
Está claro que no faltaba “historia” a la que remitirse. Los checos y los eslovacos habían tenido pasados notablemente diferentes. Bohemia y Moravia – los territorios históricos checos – no sólo podían presumir de un destacado pasado medieval y renacentista, sino que también habían tenido un papel primordial en la industrialización de la Europa central. Y en 1914, Praga – una de las joyas estéticas del continente – era un importante centro del modernismo artístico y literario.
Václav Havel

Los eslovacos, por el contrario, tenían poco de que presumir. Gobernados durante siglos desde Budapest, carecían de una historia nacional propia. No era casual que la ciudad más populosa de la zona, situada a pocos kilómetros al este de Viena, se conociera a veces como Presburgo (para los austriacos germano parlantes) y otras como Pozsony (para los húngaros). Sólo con la independencia de Checoslovaquia en 1918, se convertiría en la segunda ciudad del nuevo Estado, con el nombre de Bratislava.
En los primeros años del estalinismo, la acusación de ser un “nacionalista eslovaco burgués” era muy corriente. Pero, con el tiempo, los comunistas de Checoslovaquia, como los de otros lugares, llegaron a comprender las ventajas que tenía fomentar un cierto grado de sentimiento nacional. Los reformistas de 1968 (muchos de ellos eslovacos) haciéndose eco del aumento de dicho sentimiento en Bratislava, propusieron una nueva Constitución federal, que diera cabida a dos repúblicas distintas. Y de todas las innovaciones importantes, debatidas o puestas en marcha durante la Primavera de Praga, esta fue la única que sobrevivió a la “normalización” posterior. El retraso de Eslovaquia ahora obraba a su favor. Con menos coches y televisiones y peores comunicaciones, los eslovacos parecían menos vulnerables a la influencia extranjera, que los disidentes asentados en Praga, que tenían acceso a medios de comunicación extranjeros. En consecuencia, sufrieron mucho menos durante la represión y las purgas de los años setenta. Ahora eran los checos, los que se llevaban la peor parte del desdén de las autoridades.
Checoslovaquia

Si tenemos en cuenta esta historia, la ruptura de Checoslovaquia después de 1989 podría parecer, si no algo cantado, sí al menos, un resultado lógico de décadas de mutua animadversión que, reprimidas y explotadas por el comunismo, no había sido olvidada. Pero no fue así. Todas las encuestas mostraban que la mayoría de los checos y los eslovacos, eran partidarios de mantener algún tipo de Estado checoslovaco común. Y tampoco la clase política estaba profundamente dividida al respecto: en términos generales, tanto en Praga como en Bratislava, estaban de acuerdo en que al final, la nueva Checoslovaquia sería una federación. Y el nuevo presidente Václav Havel, creía con firmeza en mantener a checos y eslovacos en el mismo país.
La escasa relevancia inicial de la cuestión “nacional”, se puede apreciar en el resultado de las primeras elecciones libres de junio de 1990. En Bohemia y Moravia el “Foro Cívico” de Havel logró la mitad de los votos; y en Eslovaquia el partido hermano del “Foro Cívico”, “Público contra la Violencia” fue el más votado, y el “Partido Nacional Eslovaco” sólo obtuvo el 11%, o sea que menos de uno de cada siete electores eslovacos, optó por la única formación política, partidaria de dividir el país en dos partes distintas.
Václav Klaus
Pero a partir de 1991 el “Foro Cívico” comenzó a desintegrarse. Lo que había sido una alianza basada en un enemigo común (el comunismo) y un líder popular (Havel), ya no tenía ni lo uno ni lo otro: el comunismo había desaparecido, y Havel era el presidente de la República, supuestamente por encima de las disputas políticas. Ahora las diferencias entre antiguos colegas salían a la palestra, y los doctrinarios partidarios del libre mercado, dirigidos por el ministro de Hacienda Václav Klaus (que se proclamaba thatcheriano) tenían cada vez más influencia. En abril de 1991, después de que el Parlamento aprobará una amplia ley de privatizaciones de empresas públicas, el “Foro Cívico” se escindió, y la facción de Klaus (la mayoritaria) se convirtió en el “Partido Democrático Cívico”.
Klaus estaba decidido a conducir rápidamente al país por la senda del “capitalismo”. Pero mientras que en las tierras checas, ese objetivo sí contaba con apoyos reales, no era así en Eslovaquia, que dependía mucho más del empleo que proporcionaban fábricas, minas y acererías estatales, deficitarias y desfasadas. Para muchos círculos empresariales y políticos de Praga, Eslovaquia era una pesada herencia.
Entre tanto el eslovaco “Público contra la Violencia” también se desunió, por razones análogas. Uno de sus líderes destacado era ahora Vladímir Meciar, un ex boxeador que había demostrado más maña que sus colegas, para esquivar los escollos de la política democrática. Pero que al no tener la mayoría del partido, lo abandonó y fundó el “Movimiento para una Eslovaquia Democrática”, desde el cual enarboló la bandera del nacionalismo eslovaco, un tema por el que hasta entonces, no había demostrado mucho interés.
Encumbrado por esa retórica y por su chabacano, pero carismático comportamiento público, Meciar llevó a su nuevo partido a una victoria en las elecciones federales de junio de 1992, en las que logró casi el 40% de los sufragios en Eslovaquia. Entre tanto en las regiones checas, el nuevo “Partido Democrático Cívico” de Václav Klaus, también salió victorioso. Las dos regiones de la República Federal, ya estaban en manos de hombres que, por razones diferentes pero complementarias, no lamentarían la división del país. Ahora, únicamente el presidente federal, Havel, representaba, en términos constitucionales y con su propia persona, el ideal de una Checoslovaquia unida y federal. Pero Václav Havel ya no tenía el favor popular de antes y, en consecuencia, ya no era tan influyente como lo había sido menos de dos años atrás.
Ambos (Klaus y Meciar) que ahora eran los dos políticos más poderosos de sus respectivas regiones, se pasaron las semanas siguientes, supuestamente negociando los términos del tratado de constitución, de una Checoslovaquia federal. Parece muy improbable que hubieran podido llegar a un acuerdo. Pero es que, de hecho, las reuniones que mantuvieron durante junio y julio de 1992, no fueron realmente negociaciones: Klaus se hacia el sorprendido y el disgustado, ante las exigencias de Meciar; pero en realidad, era Klaus, y no al revés, el que estaba manejando al líder eslovaco, para llegar a un punto de ruptura.
Vladímir Meciar
Los ciudadanos checos y eslovacos, sin apenas darse cuenta, se vieron pronto ante la tesitura, de aceptar un hecho consumado. Al estancarse las negociaciones, Klaus les decía realmente a sus interlocutores: como parece que somos incapaces de llegar a un acuerdo, quizás podríamos abandonar estos infructuosos esfuerzos, e ir cada uno por nuestro lado. Los eslovacos ante la aparente realización de sus propios deseos, cayeron en la trampa del asentimiento, en muchos casos aun sabiendo que era un error.
En consecuencia, el 17 de julio de 1992, el Consejo Nacional Eslovaco adoptó una nueva bandera, una nueva constitución y un nuevo nombre: República Eslovaca. Checoslovaquia desapareció y sus dos repúblicas se convirtieron en Estados independientes, con Klaus y Meciar como primeros ministros. Václav Havel, cuyos esfuerzos por mantener unido al país, habían sido cada vez más desesperados, dejó de ser presidente de Checoslovaquia, y se reencarnó en presidente de la recortada República Checa (pero ojo, la división política resultó más fácil que la económica: hasta 1999, siete años después, no se llegó a un acuerdo definitivo para dividir los bienes federales).
Durante mucho tiempo no se supo si el divorcio había sido bueno para los dos socios: a lo largo de la primera década postcomunista, ni la República Checa ni Eslovaquia fueron países boyantes. Tanto la “terapia de choque” de Klaus, como el “nacionalcomunismo” de Meciar, fracasaron, aunque de distinta manera. El divorcio checoslovaco fue un proceso manipulado, en el que la derecha checa consiguió lo que decía no haber buscado, y los populistas eslovacos lograron bastante más de lo que pretendían; el resultado no entusiasmó a casi nadie.
La división de Checoslovaquia fue producto del azar y de las circunstancias. Pero también fue una obra humana. Si el control hubiera estado en manos de otras personas, y si los resultados de las elecciones de 1990 y 1992 hubieran sido diferentes, la historia no habría sido la misma. Si en 1992 se hubiera consensuado la constitución de un Estado federal, si Checoslovaquia hubiera durado unos años más, es muy poco probable que en Praga o Bratislava, hubiera habido nadie con razones para continuar sus peleas: las perspectivas de admisión en la Unión Europea, habrían centrado la atención de todos.
Pero en Historia no existe la moviola, que le vamos a hacer.

Palma. Ca’n Pastilla a 3 de Septiembre del 2015.




martes, 25 de agosto de 2015

De la Historia y los historiadores (II)

En la entrega anterior escribí sobre las dudas de los historiadores y los problemas de la historia. Pero ahora me gustaría señalar, que una de las cosas que la historia tiene a su favor, y una de las razones por las que sobrevive, a pesar de que la crítica literaria esté en crisis, y la ciencia política se haya vuelto casi ininteligible, es precisamente que sus lectores estamos de acuerdo en que debería estar bien escrita. Decía Judt que un libro de historia mal escrito es un mal libro de historia. Y que incluso algunos buenos historiadores, a menudo dejan mucho que desear como estilistas, y sus libros no se leen.
Los Historiadores e historiadores no sólo deberíamos escribir bien porque eso signifique que la gente nos va a leer, ni porque de eso se trate la historia, sino también porque no quedan ya muchos oficios, que tengan una responsabilidad con el lenguaje. El contraste obvio sería el novelista. Desde el auge de la “nueva” novela en Francia, en las décadas de de 1950 y 1960, las novelas han estado colonizadas por formas no estándar del lenguaje. No podemos decir que esto sea nuevo, pero los historiadores no podemos seguir este ejemplo. Un libro de historia no estándar, es decir, escrito sin atenerse a un orden de secuencia o a la sintaxis, sería sencillamente incomprensible. Digamos que en este aspecto, estamos “obligados” a ser conservadores. Judt pone el ejemplo del texto original de “Robinson Crusoe”: “el argumento es maravilloso, pero la prosa echa verdaderamente para atrás”. Por el contrario la “Historia de la decadencia y caída del Imperio romano” de Gibbon, es perfectamente accesible al historiador de hoy en día, e incluso a un escolar moderno. Lo único que ha cambiado, es que Gibbon se permite un tono descaradamente moralizante, y unas intrusivas digresiones argumentativas, que hoy serían reprochables en un historiador. Seguramente la escritura de la historia se desvió un tanto de rumbo, en la primera mitad del s.XIX. Las exageraciones románticas y las florituras de un Macaulay, un Carlyle o un Michelet, resultan hoy muy extrañas para nuestro oído. Supongo que los románticos tienen hoy sus fervorosos seguidores ¿por qué no? Pero la grandilocuencia, y el descontrol sintáctico de su escritura, a mi no me gustan, no me interesan demasiado.
Tony Judt
En mis escritos he repetido con frecuencia, que el conocimiento de la historia nos permite evitar ciertos errores en el presente. Pero quizás sería más exacto decir, que el error más común hoy en día, es citar el pasado desde la ignorancia. Aún recuerdo cuando Condoleezza Rice (Doctora en Ciencias Políticas y Rectora de la Universidad de Stanford) invocó la ocupación estadounidense de la Alemania de posguerra, para justificar la guerra de Irak ¿Cómo se puede dar un tal analfabetismo histórico en esa analogía? Dado que todos (historiadores, políticos, analistas, periodistas, participantes en la redes sociales…) somos tan aficionados a explotar el pasado para justificar el presente, la necesidad de saber de verdad historia, debería de ser incontestable. Una ciudadanía mejor informada, será siempre menos susceptible de que la engañen con un uso abusivo del pasado, al servicio de los errores del presente. Es tremendamente importante para una sociedad abierta (Popper) conocer su pasado. Recordemos que uno de los rasgos que tenían en común las sociedades cerradas del s.XX, ya fueran de izquierdas o de derechas, era que manipulaban la historia. Amañar el pasado, es la forma más antigua de control del conocimiento. Si tienes en tus manos el poder de la interpretación de lo que pasó antes, el presente y el futuro estarán a tu disposición. De tal manera que, por simple prudencia democrática, conviene garantizar que la ciudadanía esté bien informada históricamente.
Y en este sentido, como a otros buenos historiadores de izquierdas, me preocupa, aunque pueda parecer contradictorio, la enseñanza “progresista” de la historia. En nuestra juventud (aunque en España hasta eso se manipulaba) la historia era un montón de información. La aprendías – yo leyendo libros franceses – de una forma organizada, secuencial, por lo general siguiendo una línea cronológica, cuyo propósito era proporcionar a los jóvenes, un mapa mental del mundo que habitaban. Ahora muchas veces ya no, porque se ha insistido demasiado en que aquel era un enfoque acrítico, y mucho de verdad había en ese juicio. Pero irse al otro lado, hacer una vez más el péndulo, a mi parecer ha sido una equivocación, un tremendo error sustituir aquella historia cargada de datos, por la intuición de que el pasado era una serie de mentiras y prejuicios que necesitaban ser corregidos: prejuicios que favorecían a las personas de raza blanca, o a los hombres en vez de a las mujeres, mentiras sobre el capitalismo o el colonialismo, o lo que sea.
Timothy Snyder
Este enfoque o enfoques supuestamente “críticos”, dirigidos (digamos siendo generosos) a ayudar a los jóvenes y estudiantes a formar sus propios juicios, son contraproducentes. Generan confusión más que perspicacia, y la confusión es la enemiga del conocimiento. Antes que nadie pueda entender el pasado y criticarlo, tiene que saber lo que ocurrió, en que orden y con que resultado. En cambio, me temo, estamos educando generaciones de ciudadanos completamente desprovistos de referencias comunes. La tarea del historiador, si se quiere verlo de este modo (escribe Judt) es proporcionar la dimensión del conocimiento y la narrativa histórica, sin lo cual no podemos ser un todo cívico. Los historiadores tienen, tenemos, la responsabilidad de explicar. Y aquellos de nosotros que elegimos especializarnos en Historia Contemporánea, tenemos, me parece, una responsabilidad más: una obligación respecto a los debates contemporáneos, que es por supuesto inaplicable, por ejemplo, al historiador de principios de la Edad Antigua.
Timothy Snyder se preguntaba ¿Es la historia, como decía Aristóteles, el relato de las hazañas y sufrimientos de Alcibíades? ¿O las fuentes del pasado simplemente nos proporcionan la materia prima, que nosotros debemos convertir en fines políticos o intelectuales? Y yo me siento muy en consonancia con Tony Judt, en su opinión de que este pensamiento, este interrogante, debería dividirse en dos partes. La primera es, simplemente, que el trabajo del historiador es establecer, que cierto hecho ocurrió en efecto. Y esto lo hacemos de la forma más efectiva que podemos o sabemos. Esta tarea que debería ser bastante obvia de descripción, es en realidad crucial. Y sin embargo, la corriente actual, cultural y política, fluye en dirección contraria, la de borrar acontecimientos pasados, o explotarlos para otros propósitos más turbios. Por eso es una gran responsabilidad nuestra hacer bien nuestro trabajo, una y otra vez sin desesperar. Y soy consciente de que se trata de una tarea de Sísifo: las distorsiones cambian de continuo y, también, el énfasis en la corrección fluctúa constantemente. Pero muchos historiadores no le ven así, y no siente ninguna responsabilidad por ello. Quizás por eso, para Judt, no son verdaderos historiadores.
A la segunda parte del interrogante de Snyder, debería contestarse recordando que los historiadores, tenemos también una segunda responsabilidad. No somos sólo meros historiadores, también somos ciudadanos, con la responsabilidad de establecer una relación entre nuestras capacidades y el bien común. Obviamente debemos escribir la historia tal cual la vemos, por poco atractiva que resulte al gusto de nuestros días. Y nuestros descubrimientos e interpretaciones son tan susceptibles de ser mal utilizados, como nuestro objeto de estudio. La historia es siempre frágil frente al abuso político. De hecho tal vez sea la disciplina más expuesta en ese sentido.
Karl Popper
Recuerdo muy bien cuando allá por 1989, cuando la caída del Muro de Berlín, y el colapso absoluto del sistema comunista o soviético, se comenzó a decir que “la historia estaba acabada”. Ya fuera bajo la inofensiva fiesta del hegelianismo de Fukuyama, o de la tóxica variante texana, tan de moda a partir del 11 de Septiembre del 2001: digamos “adiós a todo eso”, y tanto mejor ahora cuando ya todos somos liberales burgueses. Pero entonces la pregunta sería, me parece: si educamos a nuestros hijos como si la historia estuviera en efecto “acabada” ¿sería posible la democracia? ¿sería posible la sociedad civil? Personalmente estoy convencido de que no. La condición necesaria de una sociedad verdaderamente democrática o civil – lo que Karl Popper denominó la “sociedad abierta” – es una conciencia colectiva, sostenida en el tiempo, de que las cosas siempre están cambiando de diversas formas, y que, sin embargo, el cambio total es siempre ilusorio. Y en cuanto Fukuyama, lo único que hizo fue adoptar la historia comunista a sus propósitos. En lugar de que el propio comunismo, dotara de un fin y un objetivo en dirección al cual avanza la historia, ese “rol” se le asignó a la caída del comunismo. Y afirma Judt: “el trabajo del historiador es coger esta soberana estupidez y ponerla patas arriba”. Pero cuando desacreditamos las falsas afirmaciones de la política, deberíamos obligarnos a poner algo en su lugar: una línea narrativa, una explicación coherente, una historia comprensible. Pues si no tenemos claro, qué fue lo que ocurrió o no ocurrió en el pasado ¿cómo vamos a presentarnos ante el mundo, como una fuente creíble de autoridad desapasionada? Así que tiene que existir un equilibrio, y no digo que sea fácil de conseguir. Pero si sólo lías embrollos, no aportas nada. Si hacemos una historia caótica para nuestros alumnos o lectores, abandonamos nuestro propósito de contribuir a la conversación cívica.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Agosto del 2015.



martes, 18 de agosto de 2015

De la Historia y los historiadores (I)

Durante los días en que la crisis de Grecia estuvo en candelero, reflexioné bastante ¿deformación profesional? acerca de la Historia, de lo poco que se conoce sobre ella, y de lo torticeramente que se aprovecha ese poco. Y sobre si eso sería culpa de los historiadores profesionales y reconocidos, y de los aficionados que nos atrevemos a escribir sobre ella. Y esas reflexiones me llevaron a leer de nuevo, el diálogo entre dos grandes historiadores, Timothy Snyder y Tony Judt, que aparece en el libro del último “Pensar el siglo XX”. En el mismo, Timothy y Tony dialogan sobre que significa no ser un historiador mediocre, al servicio de la última moda; para qué sirve la Historia; y cómo puede ejercerse el oficio de historiador de forma respetable.
Y comienzan analizando el enfoque de la gran narrativa, que tenía una forma liberal o socialista. El mejor ejemplo – en sentido peyorativo – de la forma liberal, lo representa (en opinión de Judt) el concepto de Herbert Butterfield, de la “interpretación whig de la historia”: que las cosas mejoran; puede que el propósito de la historia no sea que las cosas mejoren, pero de hecho lo hacen. Y esa perspectiva liberal, esencialmente angloamericana, funcionaba perfectamente cuando se aplicaba, por así decirlo, a las sociedades atrasadas. Por su parte el relato socialista, era una adaptación de la historia del progreso liberal. Difería, bien sûre, en cuanto al supuesto, de que la historia del desarrollo humano quedaría bloqueado en un momento dado – la etapa madura del capitalismo – a menos que avanzara firme y conscientemente hacia un objetivo preestablecido: el socialismo.
Y había otra perspectiva, que desde la izquierda tendemos a considerar como insuficientemente cuestionada, o bien conscientemente reaccionaria: que la historia es un relato moral. Pues en ese caso la historia deja de ser un relato de la transición y la transformación. Su propósito y su mensaje moral nunca varían: son sólo los ejemplos los que cambian con el tiempo. En esta clave, la historia puede ser un relato de terror reproducido hasta el infinito. O bien, y también a la vez, la historia se convierte en un conte moral, ilustrativo de mensajes y propósitos éticos y religiosos: “la historia es filosofía enseñada mediante el ejemplo”, por usar una famosa frase.
A día de hoy, no nos sentimos cómodos con nada de eso. Es difícil hablar de la historia del progreso. No quiere decirse que no podamos ver progreso por todas partes, si nos lo proponemos, pero también podemos ver tanto retroceso, que no es fácil afirmar que el progreso, sea la condición por defecto de la historia humana. Y en cuanto a la ética pública, a pesar de Kant, seguimos careciendo de una base consensuada que no sea religiosa en su origen. Así que la consecuencia de la imposibilidad, tanto del enfoque whig como del moralizador, es que los historiadores no sabemos, con frecuencia, lo que estamos haciendo. Si les preguntáramos hoy a muchos historiadores, cual es el propósito de la historia, o cual es su naturaleza, o de que trata la historia, nos mirarían con cara de tontos. La diferencia entre los buenos historiadores y los malos, es que los buenos pueden arreglárselas sin una respuesta a estas preguntas, y los malos no. Pero aún si estos últimos tuvieran respuestas, seguirían siendo malos, ya que simplemente contarían con un marco, una plantilla dentro de la cual podrían funcionar. En lugar de eso, cuentan con pequeñas plantillas – raza, clase, etnia, género… - o bien una versión residual, neomarxista, de la explotación.
En un momento dado del diálogo, a la pregunta de Snyder sobre la ética profesional del historiador, Judt contesta: “Durkheim más Weber, en vez de Butterfield menos Marx”. Uno no puede inventar o explotar el pasado, para fines presentes, y esto es menos obvio de lo que parece. Porque la cuestión es revelar algo sobre el pasado, que los relatos convencionales hayan camuflado: corregir alguna mala interpretación del pasado, generalmente con el fin de engranarlo como prejuicio en el presente (algo de lo que han hecho muchos “analistas” en el tema de Grecia, al referirse a la Alemania de 1918 y el Tratado de Versalles). Supone una traición evidente al propósito de la historia, que es ¿sólo? interpretar el pasado.
Quentin Skinner
Soy consciente de que muchos historiadores, no sólo los aficionados como yo, intentan o intentamos, no sólo corregir una mala interpretación del pasado, sino también identificar deslices comparables en el presente ¿quizás un error, una demasía? puede. Pero, por mi parte, sigo pensando que, a pesar del peligro del exceso, los historiadores, al escribir sobre el pasado, no deberíamos olvidar nunca sus implicaciones actuales. Lo que puede marcar la diferencia entre esas concepciones, me parece a mí, es la plausibilidad del relato. Un libro o un escrito de historia, triunfa o fracasa por la convicción con la que cuenta su relato. Si suena a cierta, para un lector inteligente e informado, entonces es un buen libro o escrito de historia. Si suena a falsa no lo es, aunque esté bien escrito y su autor sea un gran historiador, con una sólida formación académica. Pero claro, entonces ¿quién debe valorar la plausibilidad? Yo no podría, ni lo intentaría, juzgar por ejemplo, la plausibilidad de una narración sobre el auge de las ciudades medievales, pues me especialicé en Historia Contemporánea. Y esa es la razón por la que la historia constituye necesariamente, una empresa intelectual colectiva, basada en la confianza y el respeto mutuos. Sólo el insider bien informado, puede juzgar si un trabajo de historia es bueno.
Yo creo que hoy en día, salvadas algunas excepciones, los historiadores sufrimos una especie de doble inseguridad. En primer lugar seguimos sin tener muy claro en que categoría del mundo académico encaja nuestra especialidad ¿dentro de la Humanidades? ¿de las Ciencias Sociales? En las décadas de 1960 y 1970 (cuando yo estudié Económicas, y luego Historia) a los historiadores solía agradarles bastante la idea de que se les incluyera dentro de las Ciencias Sociales, pues por entonces la Humanidades, tenían poca influencia dentro de las estructuras institucionales, y en sus procesos de toma de decisiones. Las Ciencias Sociales se consideraban a sí mismas científicas, en el mismo sentido que la Física. En cambio las Humanidades – mucho más cerca del pozo negro de la teoría – venían a considerar la Historia, culposamente carente de metacategorías autorreflexivas, y desagradablemente empírica en lo que pasaba por ser su metodología.
Este complejo de inferioridad, me parece, vendría a explicar en gran medida, la fascinación que los historiadores actuales muestran por la teoría, por la filosofía, los modelos, los “marcos” ¿algo de eso me ocurre a mí? Estas herramientas, que son lo que son, proporcionan la tranquilizadora ilusión de una estructura intelectual: una disciplina con normas y procedimientos. Y puede que por ello, el enfoque “crítico” de los historiadores, a menudo consiste en poco más que aplicar, o rehusar aplicar, una cierta etiqueta a los propios colegas. El proceso no puede ser más solipsista: etiquetar a alguien (afirma Judt) es etiquetarse a uno mismo.
No se puede escribir sobre historia general de esa manera. En la década de 1960, cuando yo estudiaba en la Complutense de Madrid, circulaban una serie de brillantes artículos de Quentin Skinner, en los cuales reformulaba la metodología de la historia de las ideas, e intentaban demostrar lo incoherente que era escribir historia intelectual, sin poner las ideas en su contexto. Las palabras y los pensamientos, tienen un significado específico para los lectores y escritores de cada época, y no debemos extraerlos de ese contexto, si queremos entender lo que significaban en su tiempo.
Diez años más tarde Skinner publicó “Los fundamentos del pensamiento político moderno” una extensa historia narrativa, maravillosamente construida, del pensamiento político europeo desde finales de la Edad Media, hasta los albores de la Era Moderna. Con el fin de lograr la meta que perseguía, en el libro deja de lado, deliberadamente, el meticuloso historicismo propio hasta ese momento del autor. Y en mi modesta opinión, eso es lo que debe hacerse.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Julio del 2015.



domingo, 26 de abril de 2015

Ils ont tenu (II)

La escisión de la SFIO en el Congreso de Tours, en opinión de Tony Judt, ha sido con frecuencia mal interpretada. Para nada es válido el cliché que se ha manejado, de un cisma entre los “reformistas” y los “revolucionarios” del partido. Se trató más bien de una escisión dentro de la amplia mayoría del ala izquierda del partido, en la cual predominaba una gran carencia de fondo ideológico. La gran mayoría de los perdedores no discutían los principios fundamentales de la III Internacional: dictadura del proletariado y nula colaboración con la burguesía. Pero se oponían ferozmente a ciertas tácticas políticas: acciones ilegales, infiltración de los sindicatos, operaciones clandestinas en los cuarteles… que consideraban errores, que no podían tener éxito en Francia. Es por tanto difícil encontrar una única explicación de la escisión, ni como las diversas causas de la misma pudieron sumarse en un momento dado. Muchos de los que se quedaron en la “vieja casa”, habían sido en principio partidarios de la III Internacional, y muchos de ellos negaban con convicción, diferencia alguna doctrinal con los comunistas. Importante es la opinión de Annie Kriegel sobre este tema. Ella rechaza con energía cualquier explicación global de la escisión, remarcando que: “Aquí la estructura, allá las tradiciones políticas, más allá la presencia de líderes destacados del partido, todos esos factores y otros más, se combinaron en cada Federación a la hora de posicionarse a favor o en contra en el Congreso de Tours”.
Tours no escindió, como ya hemos dicho, el socialismo francés en reformistas y revolucionarios. La escisión separó a militantes que tenían muchas más cosas en común entre ellos, que las que iban a tener con sus nuevos compañeros. Solo retrospectivamente, y por influencia de la propaganda del Partido Comunista, parece que la SFIO se reconstruyó sobre posiciones más de derechas. Y los socialistas tuvieron consciencia inmediata de esta distorsión, entendieron que debían preservar las particularidades que les distinguían de los comunistas, y que les era necesario combatir sin cesar la idea, muy extendida, de que ellos estaban más a la derecha que aquellos. Pero convencer de ello a los electores, sin perder militantes, y al tiempo conservando su cohesión doctrinal, no era tarea nada fácil, y requería un esfuerzo casi sobrehumano. La explicación de cómo superaron ese reto descomunal, es lo que trata de dilucidar la tesis doctoral de Tony Judt.
Tony Judt
Annie Kriegel (primero comunista, y luego anticomunista) fue la gran historiadora francesa del comunismo. Tony Judt habla así de ella: “Tomé contacto con ella en París por su obra magna, en dos volúmenes, Aux origines de communisme francaise, Su insistencia en comprender el comunismo históricamente – el movimiento en sí, más que la abstracción – ejerció una gran influencia sobre mí. Y era una persona tremendamente carismática. Annie, a su vez, estaba sorprendida de encontrar un inglés que hablara un francés decente y a quien además le interesaba el socialismo, más que el comunismo, por entonces más en boga… El título de las memorias de Kriegel – Ce que j’ai cru comprendre – expresa perfectamente esa sensación de continuo autointerrogatorio: ¿lo entendí yo mal? ¿qué es lo que yo entendía? ¿qué vi y qué dejé de ver? En resumen ¿por qué no veía con claridad?”.
Pues bien, es esta magnífica historiadora la que escribe el Prefacio de la obra de Judt “La Reconstruction du Parti Socialiste 1921-1926”. Y en el mismo, a mi parecer, resume con precisión y elegancia el libro de Judt, las circunstancias particulares, los procedimientos concretos por los cuales, después del cataclismo de Tours, se reconstruyó la vieille maison en menos de cinco años... Explica Kriegel que se trata de un hermoso libro, especialmente por el excepcional interés del sujeto del mismo: “Era necesario haber crecido en una Gran Bretaña laborista para, a mediados de los años 60, en los tiempos de un declive que parecía haber llegado a su fin y anunciar inexorablemente la próxima muerte de la SFIO, interesarse en lo que parecía un milagro poco susceptible de repetirse: ¡¡el renacimiento en Francia, en los años 20, de un partido socialista!! “.
La historia de los orígenes reiniciados”: esta es la hermosa fórmula que cierra el último capítulo del libro, y como no ver en ella uno de los rasgos más distintivos de un socialismo francés, cuya “necesidad” debería concitar ahora la atención de los politólogos, porque, como un fénix renacido de sus cenizas, ha manifestado esta capacidad y este don tantas veces, que sobre el mismo pronto se podrá escribir una “historia interminable”.
Un Partido: hombres e ideas. Así podría resumirse el pensamiento del autor.
Los hombres: son ellos los que ont tenu (han aguantado, han resistido). Las estructuras, los servicios, los aparatos, las instituciones, los organismos, pueden ser tomados por asalto, destruidos por la tempestad y el entusiasmo que avivan la guerra y la revolución. Pero a los hombres, a los individuos, a los “ciudadanos” (como el partido socialista había siempre llamado a los suyos) ninguna “ola de entusiasmo” es capaz de distraerlos, de alejarlos de lo que ellos son. A condición claro, de que ellos hayan tenido tiempo de conocer y reconocer lo que son propiamente: así estos hombres no son ya jovencitos, ni adherido neófitos, ni miembros de círculos sociales, globalmente poco untados de socialismo. Son trabajadores, políticamente maduros, que ocupan puestos de responsabilidad, dirigentes sindicales, cuadros del partido, elegidos (alcaldes, consejeros generales, parlamentarios) “notables” indiscutiblemente, caciques (barones diríamos hoy) sí, brevemente “animales políticos”. El joven Ortega y Gasset escribía: “Los hombres no mueren de incredulidad o de escepticismo, sino de vaguedad, de verlo todo incierto, brumoso, sin una idea ni decisión sólida, mascable: mueren de quedarse como pajaritos desfallecientes y reblandecidos en lugar de tomar la decisión de “precisarse”. Y Michael Ignatieff se refería a este tipo de políticos con la expresión francesa de un homme de terrain. No existe, me parece, un equivalente inmediato en castellano. Pero podríamos decir que se trata del político que conoce bien el terreno que pisa, que tiene los pies bien firmes en la tierra, y que sabe de dónde vienen los suyos. Y Annie Kriegel continúa: “Se trata de hombres que han hecho bien sus cuentas, y luego se han contado entre ellos palpándose los miembros doloridos, y con calma, pero obstinadamente, sin fanfarria alguna, se han puesto de nuevo a la labor, reuniendo los pedazos, recogiendo los despojos, anudando una vez más los hilos. Y Judt considera que la principal razón de la resurgencia de las Federaciones del Partido Socialista, fue la presencia de estos hombres, de esas “personalidades” que no se consideraban “cuadros”, pero que sí constituían los nudos vivientes del tejido socialista”.
Annie Kriegel
Las ideas: “Creo, afirma Kriegel, que esa es la parte de la obra de Tony Judt que llamará más la atención. Pues si hay hombres que ont tenu, es porque tenían bien claro lo que hoy llamaríamos pomposamente un proyecto de sociedad, un sistema de ideas, una escala de valores, un corpus de reglas y conductas dotadas de coherencia y eficacia, adaptables sin duda, aptas para evolucionar y cambiar dentro de ciertos límites, pero que respondían a una entidad política diferenciada e identificable… Incluso y sobre todo las antinomias irreductibles, las contradicciones internas mal resueltas, las debilidades recurrentes de este pensamiento socialista, a nivel de la doctrina como del programa, están llenas de una imprevisible actualidad: que se lean la páginas consagradas a la “dictadura del proletariado” y, más aún, las relativas a la coexistencia ineluctable de una derecha y una izquierda en un partido socialista de este tipo”.
Y termina Annie Kriegel su estupendo Prefacio, con estas palabras: “T. Judt nos proporciona un análisis de lo que fueron, a la vez, el éxito de la aparición en Francia de un fenómeno comunista, y sus límites. Límites que fueron establecidos, levantados, por un puñado de hombres, notables y/o cuadros de provincia, pero hombres políticos que se sabían ligados a una indiscutible fuerza social: el pueblo, especialmente el de los trabajadores de las ciudades, y a nobles ideales: la libertad y la justicia”.

Palma. Ca’n Pastilla a 31 de Marzo del 2015.


miércoles, 15 de abril de 2015

Ils ont tenu (I)

Ils ont tenu “Han aguantado, han resistido, se han mantenido firmes, erguidos sobre sus ideas, apoyados en sus convicciones políticas”. Así se refiere Annie Kriegel, a los socialistas franceses que resistieron el tsunami leninista de la III Internacional, en el Congreso de Tours en Diciembre de 1920; a los socialistas que se quedaron, como dijo Blum, en la vieille maison para conservarla. Me encontré con esa poética referencia de Kriegel el otro día, en el Prefacio que escribió a la tesis doctoral de Tony Judt “La Reconstruction du Parti Socialiste 1921-1926”.
Tony Judt, de padres judíos, nació en Londres el 2 de Enero de 1948, y murió en Nueva York, de ELA, el 6 de Agosto del 2010. Se formó como historiador y politólogo (aunque a él le gustaba definirse sólo como historiador pleno) en Cambridge y en la Ensup (École Normal Supérieure) de París. Llegó a ser uno de los mayores expertos en la historia de la izquierda francesa y, posteriormente, en la de los países de Europa Oriental y Central. Su tesis doctoral sobre la crisis y recuperación del partido socialista francés (la SFIO, Section Française de l’Internationale Ouvrièr) que termina con esta bonita frase: “la historia de los orígenes reiniciados”, se convirtió en todo un clásico. Especialmente porque fue escrita a comienzos de los 70, años en los que el socialismo parecía haber llegado a su final. El comunismo, entonces, parecía ocupar el lugar central, el presente y el futuro, de la izquierda. Tanto en Francia, como en Italia y en España (en la clandestinidad) el comunismo se presentaba como el vencedor de la historia: el socialismo parecía haber perdido en todas partes, con excepción del Norte de Europa. Pero a Judt no le interesaban los ganadores, y esta cualidad en aquellos tiempos, fue apreciada como encomiable en un historiador serio, por algunos de sus pares (Annie Kriegel y Raymond Aron entre otros; aunque no por el maestro de los historiadores marxistas Eric Hobsbawm).
En su Congreso de Tours, en Diciembre de 1920, el partido socialista francés sufrió una terrible crisis: la inmensa mayoría de sus militantes lo abandonaron, para fundar el Partido Comunista Francés (según algunas fuentes, de 131.000 militantes sólo 9.000 permanecieron en la vieille maison, aunque otras fuentes hablan de 30.000; y sólo el grupo parlamentario permaneció relativamente intacto). En 1926, sólo cinco años después del desastre, el Partido Socialista SFIO estaba de nuevo en pie, reconstruido y sólido. Por qué sobrevivió al cisma, y cuáles fueron las causas y circunstancias de su recuperación, son los puntos a los que pretende responder la tesis de Judt.
En su congreso nacional de 1919, ya se produjo un intenso debate en la SFIO sobre sus relaciones con la II Internacional (la Internacional Socialista) y la revolución rusa de 1917. En el año posterior a este congreso, dos factores contribuyeron a empujar al partido más hacia la izquierda. El primero fue su seria derrota electoral en las elecciones de Noviembre de 1919 (las primeras tras la Primera Guerra Mundial) que contribuyó a desacreditar la postura de la “revolución por medios democráticos” que mantenía la dirección del partido. La triunfante revolución de los bolcheviques en Rusia, hizo que muchos militantes comenzaran a interpretar los métodos y posturas políticas de la SFIO como algo ya viejo y anticuado. El segundo factor fue el rapidísimo aumento de militantes, que había experimentado el partido después de la guerra (había pasado de 34.063 miembros a 133.327). Entre los nuevos adherentes había muchísimos jóvenes. El fracaso electoral de Noviembre de 1919, la actitud impaciente de los neófitos, y el viento que soplaba desde Rusia, fueron factores que empujaron al partido mucho más a la izquierda. Todo ello a pesar de que nadie sabía bien, que era lo que estaba pasando en Rusia. En Francia, como en otras partes, la izquierda aún tenía una idea equivocada de la naturaleza de la revolución leninista. Para los sindicalistas, el eslogan “todo el poder para los soviets”, era el eco de sus propias posiciones antipolíticas. Incluso el centro de la SFIO interpretaba lo ocurrido en Rusia, como la realización de su ideal socialista. Para muchos militantes, la atracción ejercida por la III Internacional (recién fundada por los comunistas rusos) era muy fuerte. En su seno se realizaría su esperanza de una subversión y un cambio inminente, que pondría fin a los sueños fútiles de una revolución mediante elecciones y reformas. Curiosa o irónicamente, el leninismo atraía sobre todo a los sectores de izquierda menos familiarizados con el marxismo tradicional o “guesdista”. Y, a la inversa, muchos de los que se opusieron a la III Internacional, entre los cuales se encontraba el propio Jules Guesde, formaban parte de la izquierda marxista tradicional del partido. Pero todo eso no era óbice para que la gran mayoría de los nuevos y jóvenes militantes, en su “inocencia” política relativa, fueran manifestando un gran resentimiento respecto a la vieja guardia del partido.
Leon Blum
Pero a medida que se aproximaba la fecha del Congreso de Tours, cada vez más dirigentes de la SFIO iban expresando sus dudas respecto a la adhesión a Moscú. León Blum, personaje progresivamente destacado en el partido, desde su elección a la Cámara (la Asamblea Nacional) en 1919, adoptó ya una postura clara contra la III Internacional. Su actitud se basaba, en parte, sobre el rechazo de la doctrina leninista. Pero igualmente sobre el serio resentimiento que suscitaba entre los socialistas franceses, las declaraciones de los rusos concernientes a la necesidad de “expulsar” del partido, a los dirigentes “indeseables”. Y finalmente se oponía a las 21 famosas condiciones impuestas por Zinoviev y Lenin, que tenían como objetivo someter a los partidos socialistas nacionales, al control y a la política de la III Internacional. Y este fue el punto decisivo que provocó la escisión en la SFIO.
En Tours los debates fueron intensos y desagradables, pero no existió, en ningún momento, duda alguna sobre los resultados de la votación final. La actitud y los telegramas de Zinoviev, sobre la necesidad de excluir a la derecha, el centro y los “oportunistas” (entre los cuales incluía a Jean Longuet, nieto de Marx) hicieron que la escisión fuera inevitable. Durante el Congreso se presentaros muchas mociones y contra mociones. Pero la moción final, a favor de la adhesión total y sin condiciones a la III Internacional, fue aceptada por 3.247 mandatos contra 1.398. Y los perdedores abandonaron el Congreso. El Partido Comunista Francés había nacido.

Palma. Ca’n Pastilla a 31 de Marzo del 2015.