Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 24 de enero de 2019

SOY ANTI-MONISTA

En su maravilloso libro “El rostro cambiante de Clío”, en el que recoge la casi totalidad de su obra dispersa (ensayos, artículos, colaboraciones…) Sir Raymond Carr, el gran historiador, nos dice – en su reseña de “Existencialistas y Místicos”) que Dame (Dama Comandante de la Orden del Imperio) Iris Murdoch era una santa laica, una novelista de talento que era también filósofa. Que durante 15 años fue profesora de filosofía en Oxford, pero que han sido sus 26 novelas, las que la han convertido en una escritora de fama internacional. Y que cree recordar que en la Unión Soviética era una lectura obligada; y que tiene una hueste de admiradores en Tokyo.
Por su parte George Steiner, se pregunta cual es la característica peculiar de Iris Murdoch como novelista; él la encuentra en su capacidad para dramatizar, para hacer figurativo, el acto de pensar. Es ésta una capacidad que comparten otros novelistas filósofos: Elias Canetti – su amante, al que ella dedicó una de sus primeras novelas – Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y también Proust, como discípulo de Bergson.
¿Qué relación hay entre Murdoch la novelista y Murdoch la filósofa? Para Murdoch la filosofía es una disciplina “dura”; lo que caracteriza al filósofo es la capacidad implacable para no soltar un problema. Su finalidad es la claridad; el novelista explora la ambigüedad. Un rasgo llamativo de la filosofía – opina Carr un historiador - es que, a diferencia de la ciencia, no parece avanzar. Los filósofos siguen empeñados en los mismos problemas, que les preocupaban en Atenas hace 2000 años. Pero un escritor tiene que escribir sobre lo que él o ella sabe, y ella (Iris) sabe de filosofía:
“Si supiera sobre barcos de vela los pondría en mis novelas y, en cierto modo, preferiría saber de barcos que de filosofía”.
 Iris Murdoch y John Bayley
El bien – escribe Iris Murdoch en una de esas frases directamente filosóficas de sus novelas – es el objeto inimaginable de deseos. No puede ser una simple cuestión de elección. Si el bien es inimaginable ¿cómo podemos aprehenderlo, por así decirlo, con objeto de que se convierta en acicate para un mejor comportamiento? Para Murdoch somos seres ensimismados y egoístas por naturaleza. No poseemos, dice ella, ninguna finalidad garantizada externamente, ningún Dios, dado que Kant, a su juicio, abolió Dios y en su lugar hizo Dios al hombre, convirtiéndole así en una de los padres intelectuales del existencialismo.
“La tarea es ardua – explica Murdoch – el fin lejano y acaso no alcanzable nunca. Aprendiendo ruso, mi trabajo es una progresiva revelación de otra cosa, algo que existe independientemente de mí. Mi atención es recompensada con cierto conocimiento de la realidad, algo que mi consciencia no puede dominar, asimilar, negar o hacer irreal”. Es éste el difícil lenguaje del místico, del neo-platónico. Mediante la atención y el amor – dos conceptos esenciales – nos despojamos de nuestro egoísmo, habitamos el mundo real. La realidad es una forma platónica y perdurable que yace tras lo particular, la apariencia pasajera. La imagen platónica del hombre que, después de contemplar las figuras oscilantes, que proyecta el fuego dentro de la caverna, sale a la brillante luz del sol del exterior, domina su pensamiento: “Platón utiliza constantemente la imagen del todo armonioso, que determina el debido orden de las partes”.
Platón es monista, un hombre de una idea grande, de la verdad única. “Mi temperamento – escribe Murdoch – me inclina también al monismo”.
Yo al contrario, al igual que Raymond Carr, soy por temperamento anti-monista. Como sostenía Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos” (1945) el fin último y omnicomprensivo tiene que proporcionarnos la utopía, una guía para la sociedad, y dicha guía es lo que suministra la República de Platón, una sociedad autoritaria donde los pobres mortales, son gobernados por reyes filósofos, que tienen un privilegiado acceso al fin único y último. “Yo soy un popperiano que cree en la ingeniería social gradual” nos dice Carr. “El ingeniero gradual – decía Popper – adoptará el método de buscar y luchar por lo más importante y urgente de la sociedad, en lugar de buscar y luchar por su supremo bien último”. En este sentido, Platón sería el archienemigo de la Sociedad Abierta.
Lo trágico dijo Hegel – y creo que algunas veces ya lo he repetido- no es el conflicto entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien. E Isaiah Berlin, nos advertía que la vida consiste en hacer intercambios – un poco de justicia a cambio de un poco de igualdad – entre bienes incompatibles e irreconciliables, no en buscar un único Bien omnicomprensivo.
Nos recuerda Raymond Carr, que conoció a Iris Murdoch cuando él era compañero de viaje comunista, y pegaba sobres para la campaña del Frente Popular, en las elecciones locales de Oxford de 1938. Y que uno de sus últimos encuentros con ella, fue en una cena con Margaret Thatcher, a la sazón Primera Ministra. Que en todo momento sintió un gran afecto por ella (por Iris) teñido de admiración, pero que no pudo nunca comulgar con su filosofía. “No soy monista, ni neoplatónico, ni, menos aún, místico” escribe Carr. La mirada de “Dame” Iris Murdoch – continua Carr – está fija en objetos lejanos, que yo no tengo posibilidad de discernir. “El hombre es una criatura que pinta cuadros de sí mismo, y después se las arregla para parecerse al retrato”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Octubre del 2018.


lunes, 26 de marzo de 2018

LA HISTORIA SEGÚN CARR. EL "ZORRO"

A estas alturas, a los que me leen con cierta asiduidad, no les extrañará confirmar que Raymond Carr es uno de mis historiadores preferidos, sino el que más.
Carr podría haber sido periodista (al menos lo intentó en dos ocasiones). O científico, porque le apasionaba la astronomía. Incluso interprete de jazz, su gran pasión: “Lo dejé porque no era lo suficientemente bueno”. Pero de la mano de su padre, se orientó hacia la Historia. Y el Oxford humanista e historicista de finales de los años treinta, hizo el resto.
Su forma de hacer y entender la historia viene determinada – como con frecuencia ocurre – por su época, pero también por la importancia que en su biografía tuvo el “accidente” e, igualmente, su migración social. Paradójicamente podríamos aplicar a su obra, la máxima del otro conocido Carr (Edward Hallet) tan contrario, precisamente, a reconocer el peso de lo accidental o la voluntad individual, frente a las estructuras, cuando recordaba: “Antes de estudiar la historia, estudia al historiador… antes de estudiar al historiador, estudia el contexto económico y social”. Y es que la obra de Carr (Raymond) tiende a ser un trasunto de su trayectoria y experiencia vitales. En ambas, se produce el mismo pulso entre el agente y la estructura, con la victoria – por lo general – del agente voluntarioso, aunque siempre sin despreciar el medio. Similar intento de equilibrio, o tal vez de tensa contradicción, se desprende de su interpretación de la historia, entre el peso de las regularidades o las leyes históricas, y el papel de las derivaciones coyunturales. O de su elección, entre la defensa de una interpretación única del mundo y de la condición humana, o la apertura a la exploración de horizontes y objetivos diversos, difusos.
En esa clasificación “berliniana” (por Isaiah Berlin) entre “la visión única y globalizadora del erizo, y las percepciones múltiples y confusas – y aun conflictivas – del zorro”, él se sentía más identificado con el zorro: “Pero sin las generalizaciones del erizo – sobre la lucha de clases, el imperialismo, la dependencia… etc. – los pobres zorros como yo, estaríamos condenados a una especie de puntillismo intelectual, sin dibujo general. Más aún, quedaríamos privados de una experiencia satisfactoria, algo sobre lo que hincar el diente y apretar nuestra mandíbula, para desnucar una generalización”.
También fluye, a través de la vida y obra de Carr, una buena dosis de humanidad. Humanidad en los dos sentidos en que el diccionario define este término, como sensibilidad o compasión ante las desgracias de los semejantes, y como fragilidad o flaquezas propias del ser humano, la suya misma y la de los otros. Tal vez por ello, rechazara siempre todo conato de moralización, o actitud de superioridad moral, asociado a ciertas opciones políticas o religiosas, y le interesaba especialmente el lado de los perdedores, pero también el de los heterodoxos y hasta el de los “viles”, los personajes a contracorriente.
Es igualmente común a la vida y obra de Carr, el acercamiento empático a las personas, la búsqueda de rostros y sentimientos en la nebulosa de las instituciones o estructuras, un paso más allá en lo que se denominó “human agency”, y su voluntad por entender “el otro lado” de la historia, del pensamiento, de la gente. Aunque hiciera siempre gala de un distanciamiento de la emotividad o el populismo. E incluso compartió en sus escritos y en su biografía, la misma difusa falta de teorías y fronteras, que le permitió transitar con fluidez y naturalidad, entre diferentes mundos políticos, sociales y culturales, sin dificultad ni resentimientos.
Entre los filósofos y los historiadores de las ideas, siempre se inclinó por los liberales. Collingwood, y su visión de la historia como reconstrucción de la experiencia pasada, inspiró su formación como historiador. Popper le previno, decía, contra ideologías o proyectos de sociedades perfectas, y le hizo adepto a la ingeniería social gradual. A Berlin, de quien se declaraba como incondicional y “cariñoso discípulo”, le decía: “has tenido en mí más influencia que cualquier pensador vivo”, y le reafirmó en dos cuestiones fundamentales. Por una parte, el papel del individuo en la historia. Y en esa línea interpretaría, por ejemplo, el papel de Juan Carlos I en la transición democrática. “El accidente y la elección personal es el material de la historia”, escribía. “El determinismo es para los historiadores, que se sienten compelidos decorar la sabiduría tras el acontecimiento, con ropas filosóficas decentes”. Pero, sobre todo, el pensamiento de Berlin fue el que le proporcionó el refuerzo filosófico al relativismo o pragmatismo, de su visión e interpretación liberal de una historia, en la que no buscaba buenos o malos absolutos. Como se desprendía de esa sentencia de Hegel, que tanto le gustaba utilizar a Carr, y que había anotado cuando era un adolescente, en su cuaderno de citas: “Lo trágico no es el conflicto entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien”. Al igual que en la vieja tragedia de Antígona y Creón, esas referencias del bien podían ser incompatibles entre sí, o ciegas la una a la otra. Pero había que elegir.
Por otra parte, a Carr siempre le fascinó la historia militar, desde su admiración estudiantil a Von Clausevitz, hasta el trabajo de Michael Howard. Entre los historiadores sociales, se rindió ante los maestros de la escuela de Birmingham, fundamentalmente ante F. P. Thompson, por su análisis cultural de la construcción de la clase obrera. Sobre la historia social consideraba que a veces, sí, abordaba temas relativamente secundarios, y casi siempre requería una investigación más minuciosa y difícil que la historia política o diplomática, pero que llegaba más fácilmente a la gente. Pensaba, por ejemplo, en “Montaillou”, la obra de Le Roy Ladurie sobre la vida de un pueblo campesino francés, en la época de los cátaros. Él defendía, en todo caso, la práctica de una historia narrativa y de amplio espectro, en el sentido más tradicional.
Raymond apreciaba mucho la obra de Eric Hobsbawm, aunque discrepara radicalmente con él en lo político: “Me hubiera gustado escribir su historia de Europa”. “Siempre estuvo insatisfecho y en busca de algo más – decía su amigo Quinton – pero jamás fue envidioso”. El también hispanista el gran Sir John Elliott era, de hecho, su historiador contemporáneo más valorado: “Aborda el problema que a mi me preocupa – escribía Carr – como aplicamos las nociones de revolución, derivadas de la Revolución Francesa y el racionalismo, en el sentido del siglo XIX, a periodos donde no se ajustan”. Pero criticaba toda historia construida desde excesos de sociologismos, psicologismos o teoricismos científicos.
Y sobre todo, Carr, cultivaba un amor por la forma, tanto o más que por las ideas que, en todo caso, siempre se pueden expresar con imágenes.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Diciembre del 2017.


lunes, 5 de marzo de 2018

CARR. RENOVACIÓN DE LA HISTORIOGRAFÍA

Cuando Raymond Carr, el gran hispanista inglés, comenzó a interesarse por América Latina (después de muchos años de dedicación a su gran obra “España 1808-1939”) también lo hizo por la renovación de la historiografía.
Una de sus contribuciones más importantes, a estas nuevas preocupaciones, quizá fue un artículo el 7 de Abril de 1966, en un número especial del “Times Literary Supplement”: “New ways in history”. Este número especial, dedicado a la situación de la historia en Gran Bretaña, recogía colaboraciones de historiadores como Edward Palmer Thompson, Eric Hobsbawm o Keith Thomas entre otros, y se prolongó en los siguientes números, con las aportaciones al debate de otros historiadores como Lawrence Stone, Trevor-Roper o incluso Isaiah Berlin. El debate afectaba fundamentalmente, a la renovación en la historiografía británica, que se estaba produciendo, gracias a la utilización de nuevas herramientas (sociología, demografía o psicología social), y a los nuevos acercamientos y objetivos (la historia desde abajo y el crecimiento de su público). Pero también a su ruptura, con el tradicional localismo británico, que se constataba con el crecimiento de nuevos enfoques (arte, tecnología) o áreas de estudio como África, Asia o América Latina. Y ahí era donde entraba Carr, para defender la necesidad de esta ampliación… pero también para alertar, de los peligros de su excesiva “sociologización”.
Raymond Carr
Carr se preguntaba cual iba a ser “la naturaleza del producto” historiográfico. Una cosa clara – decía – era que la situación latinoamericana forzaba a la “contemporaneidad” en el sentido croceano (por Benedetto Croce) y requería un tipo de historia y de análisis histórico, que se alejara de la estrecha narrativa tradicional. Esto – añadía – era lo que demandaban los propios historiadores latinoamericanos de la nueva generación, que volvían sus ojos a Europa y Estados Unidos, en busca de metodología (aunque no de modelos). Pero sin una base importante de historia social – concluía – resultaba difícil elaborar históricamente, la sociología del cambio. El repensar la historia de América Latina, era una labor conjunta, demandada por historiadores y científicos sociales. Pero Raymond criticaba, esa “avalancha de sociólogos norteamericanos y científicos políticos”, que habían aterrizado sobre el subcontinente, cargados con sus “brillantes herramientas nuevas”, que no se ajustaban a las peculiares estructuras del área, y que no sólo resultaban “abrumadoras” para los latinoamericanos, sino que poco podían hacer con sus métodos, tipologías y estadísticas, sin una base histórica importante:
“Nadie que mirara las estadísticas, hubiera podido predecir, la naturaleza de la revolución cubana. Alguien que hubiera mirado, la formación histórica de Cuba y de la sociedad cubana, podría haber visto las grietas en el edificio o, más bien, que el edificio no existía en absoluto”.
Carr consideraba que era fundamental, la conexión entre la historia y las ciencias sociales, para obtener un resultado positivo:
“Sin una compresión histórica, los economistas no serán capaces de ver claramente, los recursos que hay que movilizar y – añadía – como hacerlo. Si los científicos sociales, rechazan la historia narrativa de los académicos, la aplicación de técnicas avanzadas en las ciencias sociales, derivadas de las sociedades desarrolladas, pueden producir resultados estériles y llenos de irrealidad. Sólo la historia es capaz de elucidar la semántica de la política, en un continente que, aunque se ajusta a las condiciones estadísticas del subdesarrollo, tiene una larga tradición histórica”.
Así lo demostraba, pensaba Raymond, el doloroso, cuando no ridículo, esfuerzo por aplicar a América Latina, el esquema funcionalista sobre estatus, roles y equilibrios sociales de Talcott Parsons, uno de los sociólogos conservadores americanos, más importante de la Guerra Fría.

Raymond Carr
¿Y como se debía proceder entonces? El proceso historiográfico en Europa, reflexionaba Carr, había ido de lo general a lo particular, y de vuelta a reconstruir lo general. ¿Y que se estaba haciendo en América Latina? Según destacaba Raymond, se habían intentado fundamentalmente dos vías. La primera era la búsqueda de temas limitados, con el consiguiente riesgo de dejarse dominar por las fuentes. Y la otra vía, era la de la búsqueda de un típico problema en un área limitada, por ejemplo los estudios de dos ciudades, comparando una tradicional con otra en proceso de rápido desarrollo, para destacar las tensiones, contrastes en las áreas de cambio, etc. Ambas opciones parecían necesarias e inevitables, pero muy fragmentarias: “¿No estamos atrapados en el círculo vicioso de la pobreza? – se preguntaba Carr -. No podemos escribir historias generales, porque las monografías no están escritas. Y no podemos poner las monografías “in situ”, porque las historias generales no están escritas. ¿No deberíamos intentar, por mucho que sea imperfecto, abordar el retrato completo?”. Esa era su propuesta fundamental. Buenas historias nacionales y buenas historias comparadas, en el sentido casi victoriano: “Dar un paso atrás, para poder dar un salto hacia delante”. Sólo así podrían estudiarse, los obstáculos del cambio. Acababa de publicar su libro sobre España (citado al inicio de este artículo). Y sabía bien lo que era trabajar en un erial historiográfico, arrasado por el franquismo. Su defensa del papel de la historia, abierta a las influencias de las ciencias sociales, la economía o la estadística, pero ambiciosa y de calidad en su perspectiva generalista tenía, pues, pleno sentido. Así que en la polémica historiográfica, entre la vieja historia y la nueva, Raymond se ubicaba, hábilmente, en un terreno intermedio. En realidad siempre desconfió de los sociologismos, y del concepto mismo de historia científica. Pero aún más, de su utilización como arma de construcción social y política.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Agosto del 2017.





lunes, 22 de enero de 2018

"TRANSICIÓN" DE SANTOS JULIÁ

Anoche acabé de leer esta última obra de Juliá. Y me encantó.
Investigando sobre el concepto “transición”, y desde cuando se ha empleado, en el curso de nuestra convulsa historia (en realidad desde las primeras décadas del siglo XIX) nos lega un riguroso tratado sobre los años que discurren desde el exilio político – producido por el franquismo - prácticamente hasta el día de hoy.
Juliá nos recuerda, con absoluto rigor histórico, muchos de los debates que aún hoy nos ocupan, pero que en realidad vienen ya de muy lejos: Las dos Españas, el concepto de nación, Monarquía-República, nacionalismos, memoria histórica, evolución política de los partidos en el exilio, la Constitución del 78, el llamado “desencanto”, la emergencia de los populismos…
Para aquellos que piensan que la Transición fue algo improvisado o, peor, algo muñido por unas élites franquistas en busca de un nuevo acomodo, ante la ingenuidad y la cobardía de los partidos de izquierda, bueno será comprobar como muchos de los postulados defendidos y luego plasmados en la Constitución, ya habían sido debatidos y adoptados por todos, o casi todos, los partidos del exilio y del interior. Santos Juliá rechaza que la sociedad española de 1976, estuviera dominada por el miedo y la aversión al riego. Sostiene que era una sociedad en movimiento, muy visible en calles y espacios públicos, para exigir “amnistía, libertad y estatutos de autonomía”. “No fue” – concluye – “una masa inerte y despolitizada, pasiva o amorfa, dejando que a sus espaldas unas élites desaprensivas, pactaran el futuro”.
A diferencia de las más antiguas democracias, para cuyo asentamiento resultaron necesarias la revolución o la guerra, la sociedad española fue capaz de organizarse democráticamente, en apenas tres años y, si no de manera absolutamente pacífica, sí soportando una violencia reducida, que pudo ser absorbida, por las nuevas y aun endebles instituciones.
Los españoles comenzaron a referirse con orgullo a su democracia. Y la transición que habían protagonizado despertaba admiración, hasta el punto que en muchos países, se puso como modelo a seguir. A este respecto, el historiador Raymond Carr dijo de ella “que era un festín para los politólogos”. Y no tardó mucho en elevarse a la categoría de mito.
Pero pronto hizo su aparición lo que vino en llamarse “el desencanto”. Especialmente de aquellos sectores más extremistas de izquierda, que al inicio del proceso de transición, soñaron con diversas utopías. Santos Juliá nos recuerda que Cebrián, calificaba la permanencia de UCD en el Gobierno, como un triunfo de la derecha, “la verdadera heredera del poder de Franco” (hay en todo el libro, una especie de ajuste de cuentas con el director de El País). Vidal Beneyto describía la Transición, como “una ablación de la memoria”. Sostiene Juliá, que El País fue “el principal artífice del relato de la Transición como desencanto”. Y a tales efectos, de nuevo Raymond Carr – coautor de la primera historia de la Transición, con Juan Pablo Fusi – llamó la atención sobre los riesgos de dejarse arrastrar, por “una falsa concepción de la democracia, y de lo que ésta es capaz de conseguir”.
El fallido golpe de Estado de 1981, borró de un plumazo el manido “desencanto”. Y el triunfo del PSOE por mayoría absoluta en 1982, tendría un efecto decisivo en la mirada sobre la Transición. Reapareció la convicción, tan repetida desde los años cincuenta, de que el franquismo y la guerra eran hechos históricos, que deberían quedar como pasto de los historiadores.
Santos Juliá recuerda, en la parte final de su obra, que en los últimos años la Constitución del 78, vuelve a verse sometida a diversas embestidas, no sólo por cuestiones de soberanía, que discuten algunos nacionalistas vascos y catalanes, sino también por los efectos de una crisis económica, que ha causado una profunda desafección política, y que ha alumbrado nuevas fuerzas políticas. Sostiene Juliá, que Podemos busca una hegemonía discursiva, mediante una amalgama de demandas sociales desatendidas, con la televisión como palanca, lo que obliga a simplificar el mensaje en un simple: ¡Abajo el régimen! Emulando a Arquímedes: “dame un buen relato y moveré el mundo”.
En mi modesta opinión, de la lectura de “Transición” podemos recordar algunas cosas, aprender otras, y deducir muchas cara al futuro. La democracia española actual, no ha sido efímera como la republicana. Ha durado y está siempre abierta a su propio cuestionamiento. Casi el 70% de los españoles, confiesa que conoce poco o nada la Constitución. Sólo un 15% declara que la ha leído entera. Pasados cuarenta años, atribuir la menor calidad de la democracia española a la transición, no es sino echar balones fuera, y rehusar la responsabilidad que compartimos sobre ella, políticos de cualquier signo y ciudadanos.
Cambiando el tercio. Juliá utiliza, sus lectores ya lo sabemos, una narrativa muy austera, con algo de retranca gallega (no en vano nació en Ferrol). Su prosa, es sólo mi opinión, no tiene la belleza y el ritmo de la de Raymond Carr. Tampoco su ironía. Y por eso nos sorprendemos cuando de repente, se permite alguna licencia literaria, o una afirmación jocosa.
Para cualquiera que se dedique, o piense dedicarse, a la política en este país tan dado a las convulsiones, “Transición” debería ser de obligada lectura.
Este es un somero resumen de lo que me ha parecido este libro.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 20 de Enero del 2018.


martes, 12 de diciembre de 2017

DESGANA DE CULTURA

Desde hace un par de meses, los medios nos bombardean con noticias sobre manifestaciones más o menos numerosas, de este bando o el de más allá. Cuando escribo estas líneas, me desbordan ya las noticias sobre la penúltima en Bruselas.
Todo ello me ha llevado a recordar, que yo he participado en muchas en mis 75 años: como universitario, como político, como simple ciudadano. Y debo confesar que en muchas de ellas participé del sentimiento arrebatador, de cierta embriaguez como mágica, de un ambiente cautivador a los que era difícil sustraerse.
Hoy con la distancia y con la edad, debo confesar que contemplo esas exaltaciones multitudinarias, con cierto escepticismo. Momentos de grandes emociones, de los cuales ha sido expulsada la razón. Creo que entiendo los motivos, por los cuales tantos se encuentran a gusto entre una multitud enfervorizada. Los que participan, experimentan el placer de pertenecer a un “todo” poderoso. Durante un par de horas las diferencias de posición, lengua, raza y religión, parecen borradas en el torrencial sentimiento de fraternidad. Todos los manifestantes experimentan una intensificación de su yo. Ya no son los seres aislados de hace unos minutos. Ahora se sienten parte de una masa, son pueblo. Y su yo, que de ordinario pasaba inadvertido, adquiere un sentido. A todos ellos, de repente, se les abre en sus vidas otra posibilidad, más romántica: pueden llegar a ser héroes. Y aceptan con entusiasmo, la fuerza desconocida que los eleva por encima de la vida cotidiana.
Pero tal vez, intervine también en esa embriaguez una fuerza más profunda, misteriosa, y para mí, hoy, más preocupante. Esas marejadas irrumpen tan de repente y con tanta fuerza que, desbordando la superficie, sacan a flor de piel los impulsos y los instintos más primitivos e inconscientes, de la “bestia” que todos llevamos siempre dentro. Stefan Zweig, en su maravilloso y nostálgico libro “El mundo de ayer”, nos recuerda que Freud llamó a todo eso: “desgana de cultura”, el deseo de evadirse de las leyes y las cláusulas del mundo burgués, y liberar los viejos instintos de sangre. Quizá esas fuerzas oscuras, también tengan algo que ver con la frenética embriaguez en la que todo se mezcla, espíritu de aventura, de sacrificio, pura credulidad, la vieja magia de las banderas y los discursos patrióticos… La inquietante embriaguez de miles de seres, muy difícil, sí, de describir con palabras, que en el pasado dio un impulso arrebatador, a los mayores crímenes que se han cometido en Europa.
Puede que haya sido Zweig el que, mejor que otros, nos descubrió el auténtico adversario contra el que hay que luchar incansablemente: el falso heroísmo que prefiere enviar al sufrimiento primero a los demás; el optimismo barato de profetas sin conciencia que, prometiendo sin escrúpulos la victoria, prolongan el padecimiento. Todos esos “charlatanes de la guerra”, como los estigmatizó Franz Werfel, el novelista, dramaturgo y poeta austro-checo.
Hoy me horrorizan las multitudes acríticas, que desfilan tras un pensamiento único. Eso que Raymond Carr nos recuerda, se ha dado en llamar “la democracia de la plaza pública”, el apoyo de las masas de público, en la que se han parapetado tantos dictadores. Franco declaró, una y otra vez, que la aclamación “espontánea” de las multitudes organizadas, legitimaba su gobierno. En medio de esas masas, el que expone una duda, está entorpeciendo la actividad política del todo. Al que advierte, lo escarnecen llamándole pesimista. Al que disiente, lo tildan de traidor. Esos falso profetas que los dirigen son la pandilla de siempre, eterna a lo largo de los tiempos, que llaman cobardes a los prudentes, débiles a los humanitarios. Y que luego no saben que hacer, desconcertados, en la hora de la catástrofe, que ellos mismos, irreflexivamente, han provocado. La misma pandilla que se burló de Casandra en Troya.
Jamás he creído en las revoluciones, unos días de fuego contra años de cenizas. Y siempre he estado convencido de que una victoria a cualquier precio, aunque se consiguiera a costa de enormes sacrificios, nunca justificaría a las víctimas. Pero los que preconizamos la razón frente a las emociones, la serenidad contra las exaltaciones, aún en tiempos turbulentos, siempre tenemos la sensación de estar bastante solos. Y los que advertimos por encima de los confusos alaridos de victoria, antes del primer disparo, y el reparto del botín antes de la primera batalla, a menudo llegamos a dudar, de si no seremos nosotros los locos en medio de tantos cuerdos o, mejor dicho, los únicos espantosamente despiertos, en el sueño general de la embriaguez.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Diciembre del 2017.


lunes, 18 de septiembre de 2017

HISTORIADORES. NI CON UNOS NI CON OTROS

En 1979 Raymond Carr había finalizado otro libro más: “La tragedia española” Madrid. Alianza Editorial 1986. Se trataba de una reflexión propia, sobre la guerra civil española. El subtítulo de la obra, “La guerra civil en perspectiva”, dejaba bien clara su intención: pretendía analizar la guerra desde una posición distante, y supuestamente neutral. En el mismo prólogo anunciaba su propósito, con una cita ilustrativa: “Lloyd George informó al gobernador en Palestina, Ronald Storrs, de que tanto los árabes como los judíos, se quejaban de su actuación como gobernador (Storrs se veía ya de patitas en la calle). Si deja de quejarse uno de los bandos (terminaba Ll. George), dese por destituido”. Los historiadores, añadía Carr, no tienen que pasar casi nunca, por el riesgo de la destitución. Pero, quizá, serían mejores historiadores, si corrieran ese riesgo.
Lloyd George
Por esas fechas Carr andaba muy “obsesionado”, con la cuestión de la neutralidad, decía Adrian Lyttelton (especialista en la historia de Italia): “No hacía más que hablar de ello, aunque políticamente él no fuera tan neutral…” Estaba empeñado en demostrar su “neutralidad”, desde que el historiador marxista Herbert Southworth, le acusó de ser el “líder de una conspiración neofranquista”, junto al historiador conservador americano experto en la Falange Stanley Payne. Raymond se sintió profundamente ofendido, por la afirmación de Southworth. Él nunca había justificado el “golpe franquista”, ni “conspiraba” con nadie:
"Parte de su evidencia es que me vio cenando con Ricardo de la Cierva… También he tenido a Federica Montseny en mi casa, y la he invitado a dar una conferencia en Oxford ¿Soy, por tanto, el líder de una escuela neoanarquista?... Mi esposa Sara y yo, distribuíamos propaganda antifranquista en España, cuando el Sr. Southworth estaba feliz y a salvo en Tánger. No soy neofranquista. Soy, como ha destacado un airado lector, un “recalcitrante ‘don’ de Oxford”
Curiosamente, fueron autores progresistas auténticos, expertos en la guerra civil, los que hicieron las valoraciones más positivas de ese libro de Carr. Así, el historiador marxista español Manuel Tuñón de Lara (con el que mantuve una buena amistad) destacaba (“Journal of Modern History”, Diciembre 1978) su claridad y su objetividad: “De esta obra – decía – no sé si admirar más su preocupación de seriedad, sus reflexiones esclarecedoras, o su incontestable valor didáctico”. La importancia que Carr le concedía, a cuestiones como la reforma agraria, o la actitud de la banca y su sabotaje del crédito, le parecían fundamentales. Paul Preston, por su parte, destacaba (“New Society” 11 Agosto 1977) sus vívidos “sketches”, o la elegancia de estilo, pero sobretodo su manera de sentir la realidad: “No se trata de una fácil objetividad de la indiferencia, sino más bien de una honesta confrontación de verdades dolorosas, particularmente en las secciones que explican la derrota republicana. Uno quisiera – concluía – no estar de acuerdo con todo en este libro, pero es altamente iluminador, y nunca deja de estimular el pensamiento”.

Raymond Carr
En España no se tradujo “La tragedia española”, hasta casi diez años después, y pasó un poco sin pena ni gloria. En parte por el peso de la obra de Hugh Thomas “La Guerra Civil Española”, y en parte porque casi paralelamente a la edición de su mencionada obra, Carr había trabajado en otra que se publicaría directamente en España, y que acapararía plenamente la atención del público español, convirtiéndose incluso en un “best seller”. Se trataba de “España de la dictadura a la democracia”, en realidad una ampliación cronológica de su primera y famosa obra “España 1808-1939”, que ahora escribió a medias con su antiguo alumno – y desde 1976 director del Centro Ibérico – Juan Pablo Fusi.
Según destacaba el propio Carr, lo cierto era que como historiador en “La tragedia española”, había intentado entender las razones y los impulsos de los unos y los otros, evitando juicios morales fáciles. Había puesto, en definitiva, mucho de sí mismo en el ensayo, y no pretendía contentar a nadie. “Me ha llamado neofascista la izquierda lunática, y peligroso liberal la extrema derecha” decía en el prólogo. Aunque en realidad a él le encantaba moverse, en ese terreno contra la corriente (o contra las corrientes) convencionales.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 1 de Septiembre del 2017.


martes, 29 de agosto de 2017

CUBA Y LA HISTORIOGRAFÍA LATINOAMERICANA

Hasta finales de los años cincuenta, como destacaba el especialista en Colombia, y miembro de St. Antony’s College (Oxford) Malcom Deas, la historiografía latinoamericana en Gran Bretaña, ofrecía débiles “señales de vida intermitente”. Salvador de Madariaga había realizado algunos trabajos sobre Colón o sobre el Imperio español, que parecían tener poco o nada de impacto en Oxford. Pero no existían los estudios de América Latina en absoluto. A la altura de 1960, Robin Humphreys en la Universidad de Londres, y Frederick Alexander y John Horace Parry en Cambridge, eran los máximos especialistas en la materia, pero se limitaban a la era colonial, y eran “decididamente anglocéntricos”. Entre 1945 y 1960 se leyeron apenas siete tesis, relacionadas directamente con América Latina, de las cuales sólo dos, no se basaban en el comercio o la influencia británica, y ninguna sobrepasaba cronológicamente la I Guerra Mundial.
Pero en 1959 sucedió “algo” inesperado, que eclipsó momentáneamente el naciente “influjo español” en St. Antony’s College, y propició un repentino giro de atención, hacia la zona central y meridional del continente americano: Hubo una revolución en Cuba. Y así fue como en Gran Bretaña se descubrió América Latina.
Raymond Carr lo contaba de esta forma en “The Invention of Latin America” (“New York Review of Books” 3.03.1988):
<Eso era exactamente lo que había sucedido. La imperiosa “necesidad” política, en forma de amenaza comunista, propició el estímulo académico. Y los centros de estudios de América Latina, se crearon y financiaron generosamente en Harvard, Columbia, Princeton y otras importantes universidades de los EE. UU. Y eso fue también lo que sucedió en Gran Bretaña y en St. Antony’s, que fue el primer college británico, en consolidar un centro de estudios latinoamericanos. 
Malcom Deas exageraba cuando escribió irónicamente, que “el fundador del centro fue el Dr. Fidel Castro, un graduado de la Universidad de La Habana”>.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Agosto del 2017.