He escrito ya varias veces sobre el concepto de “Identidad”, una palabra que siempre me ha parecido muy peligrosa, pues no tiene usos contemporáneos respetables. Pero lo cierto es que a día de hoy, visto la felona utilización que hacen muchos de la misma, es muy difícil no reincidir en el tema.
No hace tanto pudimos comprobar como en Francia y Países Bajos, los artificialmente estimulados “debates nacionales” sobre la identidad, fueron una endeble cobertura para la explotación política del sentimiento antiinmigrante, y una descarada estratagema para desviar las preocupaciones económicas, hacia objetivos minoritarios.
También Tony Judt nos recordaba como en la vida académica, de manera análoga, la palabra “identidad” tenía usos sospechosos. Los estudiantes universitarios, al menos en los Estados Unidos, podían escoger sobre toda una panoplia de estudios identitarios: “estudios de género”, “estudios sobre la mujer”, “estudios sobre asiáticos-americanos del Pacífico”… etc. Y que el punto flaco de todos estos programas paraacadémicos, no era que se concentraran en una minoría étnica o geográfica concreta, sino que alentaban a los miembros de esa minoría a “estudiarse a sí mismos”, negando de ese modo los objetivos de una educación liberal y, al mismo tiempo, reforzando las mentalidades sectarias y de gueto que, curiosamente, pretendían socavar. Los negros estudiaban a los negros, los gay a los gays, y así sucesivamente.
Como sucede a menudo – y no debería ser así – el gusto académico sigue las modas político-sociales. Hoy todos llevamos una especie de guión interpuesto a nuestra supuesta identidad: belgas-flamencos, ingleses-escoceses, españoles- catalanes, catalanes-nacionalistas, mallorquines-españolistas… En este mundo globalizado, mucha gente ya ni habla el idioma de sus antepasados, ni sabe mucho sobre su lugar de origen. Hace solo muy poco, que Puigdemont se enteró de sus raíces andaluzas y castellano manchegas. Pero al seguir los pasos de una generación de jactancioso victimismo, llevan lo poco que saben como una orgullosa placa de identidad, algo así como: uno es lo que sus abuelos sufrieron.
Este baño caliente, esta sauna de identidad, siempre me ha sido ajeno. Podemos ser subdivididos, según muchos sistemas de clasificación (escribía Giovanni Sartori). Pero la realidad es que nuestra existencia se caracteriza por pertenencias múltiples, por una “naturaleza plural”. Y sí, ya lo sé, es cierto: ser demasiadas cosas a la vez, puede en ocasiones resultar complicado. Pero es esa complicación la que vuelve al mundo interesante, y la que vuelve interesante nuestro estar en el mundo: ver con distintos ojos, hablar en distintas lenguas, cohabitar con ideologías diferentes, congeniar con distintas etnias, ser una cosa y ser otra, no una o la otra: la conjunción agrega: catalán y español, castellano y canario, europeo y cosmopolita. La disyunción cancela, suprime, empobrece.
Yo no estoy seguro de si soy visigodo, leonés, canario, francés o mallorquín. Y sin embargo siento con fuerza que soy todas esas cosas. Estudié en castellano en Madrid y aquí en Palma. Hablo algo de francés, catalán y castellano. He sido tildado de pensar e incluso escribir, como un “intelectual” españolista, un halago mordaz por cierto. Pero el españolismo casposo me deja frío, o me indigna. Es un club del que me sentiría felizmente excluido.
¿Y que hay de mi identidad “política”? Como descendiente de canarios progresistas, leoneses republicanos y franceses radicales, desde temprana edad adquirí una familiaridad superficial, con los textos marxistas y la historia del socialismo. Superficial pero suficiente, para estar vacunado contra las más desaforadas tensiones del nuevo izquierdismo de los años sesenta, mientras me asentaba con firmeza en el campo de la socialdemocracia.
Por los comentarios de algunos amigos a mis escritos, me da la impresión que me tienen por un dinosaurio reaccionario. Y puedo comprenderlos; suelo escribir sobre el legado de algunos políticos e intelectuales europeos, hace tiempo desaparecidos. Admito que no soy muy tolerante con la “propia expresión”, como sustitutivo de la claridad. Que contemplo el esfuerzo, como una pobre alternativa del logro. Me muevo en mis disciplinas, historia y política, como dependientes en primera instancia de los hechos, no de la “teoría”. Veo con escepticismo, mucho de lo que pasa por erudición histórica y política. Y sí, para las convenciones académicas y populistas imperantes, debo de ser un incorregible conservador.
Como socialdemócrata frecuentemente en desacuerdo con compañeros, que se describen a sí mismos como radicales, supongo que me debería servir de alivio, el familiar insulto de “cosmopolita desarraigado”. Pero no, porque lejos de sentirme un desarraigado, me encuentro muy bien arraigado en una diversidad de identidades, contrastantes entre sí. Procuro mantener las distancias con los “ismos” obviamente carentes de atractivo – fascismo, patrioterismo, chovinismo – pero también con las variedades aparentemente hoy más seductoras: nacionalismo, soberanismo, independentismo. El orgullo nacional, el patriotismo – después de más de dos siglos en que Samuel Johnson lo planteara por primera vez – todavía me parece “el último refugio de los sinvergüenzas”.
Personalmente prefiero los “confines”: aquellos lugares donde los países, las comunidades, las lealtades, las afinidades y las raíces, se topan incómodamente entre sí, y donde el cosmopolitismo no es tanto una identidad, sino la condición normal de vida. Soy consciente de que puede haber algo de inmoderado, en la afirmación de que uno siempre está en el límite, en el margen. La mayoría de la gente prefiere no llamar la atención, pasar desapercibida. Si todos son independentistas, mejor ser independentista. Si todos hablan en castellano, mejor no hablar en catalán. Hasta en una democracia abierta, es preciso disponer de una notable testarudez de carácter, para actuar deliberadamente a contracorriente de la comunidad, especialmente si esta es pequeña. Pero si uno ha nacido en una intersección de identidades y culturas, y goza de la libertad de permanecer allí, eso me parece una posición decididamente privilegiada.
A diferencia del fallecido Edward Said, creo que puedo comprender, e incluso sentir empatía, con los que están a gusto amando fieramente a un solo país, y sólo a uno. No considero ese sentimiento incomprensible, simplemente no lo comparto. Pero, con la edad, esas lealtades fieramente incondicionales – a un país, a un dios, a una idea o a un líder – han llegado a aterrorizarme. La fina capa de la civilización – escribía Tony Judt – reposa sobre lo que bien podría ser, una fe ilusoria en nuestra humanidad común. Pero ilusoria o no, bien haríamos en aferrarnos a ella.
Me temo mucho que estamos adentrándonos en un tiempo muy problemático. No son sólo los terroristas, los banqueros o el clima, los que van a causar estragos en nuestro sentimiento de seguridad y estabilidad. La globalización misma será una fuente de temor e incertidumbre, para miles de millones de personas, que se volverán hacia sus líderes en demanda de protección. Las “identidades” se desenvolverán mal en las estrecheces, mientras los indigentes y los desarraigados, golpean en los cada vez más altos muros de las comunidades cerradas. Ser danés, catalán, español o norteamericano, no será sólo una identidad, supondrá un rechazo y una reprobación, de aquellos a los que estas excluyan. Habrá intolerantes demagogos en democracias establecidas, que pedirán tests – de conocimientos, de lengua, de religión, de cultura – para determinar si los desesperados recién llegados, merecen ostentar la “identidad” de franceses, belgas, españoles o catalanes. Ya lo estamos viendo. En este “espléndido siglo nuevo” echaremos de menos a los tolerantes, a los de los márgenes, a la gente fronteriza. Mi gente.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Noviembre del 2017.
Reflexiones y opiniones a vuelapluma, de cualquier cosa que se me ocurra sobre política, historia, filosofía y otras materias
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lunes, 4 de diciembre de 2017
viernes, 10 de junio de 2016
"UBI LIBERTAS, IBI PATRIA". PATRIOTISMO CONSTITUCIONAL (II)
Habermas agregó además una nueva connotación, al sentido que Sternberger infundió a la noción de “patriotismo constitucional”. Siguiendo el esquema evolutivo de la conciencia moral, elaborado por Lawrence Kohlberg, sostiene que representa una forma “postconvencional” de identidad colectiva, en la medida en que este tipo de patriotismo, no está orientado por el seguimiento de la norma social imperante, sino que es el resultado de una elección de una conciencia autónoma, regida por principios universalistas. Este rasgo se pone de manifiesto, en tanto que dicho patriotismo se basa, en una adhesión “razonada” y no sólo emocional de los ciudadanos, a los valores de la libertad, y en la lealtad política “activa y consciente”, y no meramente inducida, a las instituciones que encarnan el mensaje constitucional. Se trata, pues, de una identificación de carácter reflexivo, no con contenidos particulares de una tradición cultural determinada, sino con contenidos universales, recogidos en el orden normativo, sancionado por la constitución: los derechos humanos, y los principios básicos del Estado democrático de derecho. El objeto de adhesión no sería entonces, el país que a uno le ha tocado en suerte, sino aquel que reúne los requisitos de civilidad, exigidos por el constitucionalismo moderno. Sólo de este modo, cabe sentirse legítimamente orgulloso de pertenecer a un país, al menos desde una perspectiva democrática.
Dado su destacado componente ilustrado y universalista, el “patriotismo constitucional” se contrapone al nacionalismo de base étnico-cultural. Frente a esta forma de identidad, en este patriotismo se integran personalidad colectiva y soberanía popular, y se reconcilian identidad cultural y ley democrática. Representa, en definitiva, una forma integradora y pluralista de identidad política, en la medida en que las identificaciones básicas, que mantienen los sujetos con las formas de vida, y las tradiciones culturales que les son propias, no se reprimen ni se anulan, sino que, por el contrario, “quedan recubiertas por un patriotismo que se ha vuelto más abstracto, y que no se refiere ya al todo concreto de una nación, sino a procedimientos y a principios formales” (Habermas).
El “patriotismo constitucional”, al poner el acento en la adhesión a los fundamentos de un régimen político y democrático, y no tanto en la comunión con los sustratos prepolíticos de una comunidad étnico-nacional, se encontraría en condiciones de estrechar la cohesión entre los diversos grupos culturales, y consolidar una cultura política de la tolerancia, que posibilite la coexistencia intercultural. Para ello, un requisito sería establecer una nítida diferenciación, entre la adscripción cultural de los diferentes ciudadanos y grupos, y los principios políticos que han de ser compartidos por todos, estos es, entre “nación”, como comunidad de origen étnico-cultural (que puede ser múltiple dentro de un mismo Estado) y la “cultura política ciudadana” (la lealtad a los principios e instituciones, que instauran las condiciones de convivencia, entre las diferentes formas de vida). Los elementos axiológicos e institucionales, que configuran la “cultura política”, han de mantenerse separados de las diversas “formas” de vida, que los individuos, libremente, pueden abrazar.
Cabría objetar, con cierta razón, que los valores y principios políticos no aportan, por sí mismos, el necesario cemento social, y que el mero hecho de que un amplio conjunto de ciudadanos los comparta, no significa que tengan, necesariamente, la voluntad de continuar unidos. Sin embargo, quienes abogamos por el “patriotismo constitucional”, no colocamos el énfasis en los principios abstractos, sino en un componente cultural mucho más concreto: en la adhesión a aquellas instituciones, procedimientos y hábitos de deliberación compartidos, que conforman una “cultura política vivida”.
El “patriotismo constitucional”, como sucede también con la identidad colectiva de tipo nacional, representa una forma de cultura política, que permite anclar el sistema de los derechos, en el contexto histórico de una comunidad política determinada. El empeño de Habermas se centra en mostrar, en primer lugar, que es posible una “comunidad política articulada en términos de Estado posnacional” y, en segundo lugar, que el mencionado patriotismo, puede tener unas prestaciones similares a las de la conciencia nacional, y no conlleva algunas de las nefastas consecuencias, asociadas al sentimiento nacionalista no integrador.
Habermas reconoce que la nación es “una idea con fuerza, capaz de crear convicciones, y de apelar al corazón y al alma”. La nación, ficción forjada a base de nociones históricas, éticas e incluso estéticas, es un constructo cultural, que ha posibilitado que el individuo moderno, lograra entroncar con las instituciones formales del estado de derecho, y tomara conciencia de una nueva forma de pertenencia compartida. Comparado con la enorme capacidad de movilización del nacionalismo, la noción de “patriotismo constitucional” se enfrenta, sin duda, con la enorme dificultad de compensar la menor carga emocional, mediante un esfuerzo de argumentación racional. Si resulta cierto que las palabras y las razones, tienen que ir acompañadas por la emoción, para poder movilizar a los diversos agentes sociales ¿sobre que base cabe entonces, desarrollar formas multiculturales de integración social, que remplacen a las modalidades de integración social, centradas en la idea de nación? Entre las diferentes opciones posibles, una podría consistir en una suerte de “patriotismo sin nacionalismo”, que recupere el lenguaje de las virtudes cívicas, basadas en el amor a las instituciones políticas, y al modo de vida que sustancia la libertad común de un país, sin necesidad de tener que reforzar su unidad y homogeneidad cultural, lingüística y étnica. Estos rasgos de la identidad colectiva de una “nación de ciudadanos”, permitiría alcanzar el objetivo, difícilmente rechazable desde una mentalidad democrática, de una “inclusión sensible a las diferencias”. Habermas aboga por la configuración de una identidad colectiva, sobre la base de una participación política activa: “La nación de ciudadanos encuentra su identidad, no en comunidades étnico-culturales, sino en la práctica de los ciudadanos, que ejercen activamente sus derechos democráticos de participación y de comunicación”.
Y para terminar, pero muy importante para desfacer el equivoco, de los que nos consideran talibanes de la constitución, a los que abogamos por el “patriotismo constitucional”, añadir que dicho patriotismo, no alude a la letra de un determinado texto constitucional, sino a los valores que contiene, y merced a los cuales, los ciudadanos se convierten, nos convertimos, en ciudadanos libres e iguales ante la ley. La constitución consagra un espacio político de libertad, en el que, abandonando su condición de súbditos, los hombres se tornan en ciudadanos y protagonistas, de la gestión y custodia de los asuntos públicos. El objeto que, de acuerdo con Sternberger, suscitaría “devoción patriótica” y lealtad política, no es el documento jurídico en su literalidad, sino el “orden democrático y liberal” que, precisamente, la constitución funda y protege. De ahí que se presuponga, no una comprensión “fosilizada” de la constitución, sino una concepción “dinámica” de ella, que la aborde como una “obra abierta”. La defensa del “patriotismo constitucional” no tiene nada que ver, por tanto, con intento alguno de congelar la constitución como entidad inamovible, ni como variante alguna, de lo que podría denominarse “fundamentalismo constitucional”. Por el contrario, quienes trabajan lealmente por la reforma constitucional, se acreditan como “los auténticos patriotas constitucionales”, esto es, como los amigos de un “proyecto” constitucional, concebido dinámicamente.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Mayo del 2016.
Dado su destacado componente ilustrado y universalista, el “patriotismo constitucional” se contrapone al nacionalismo de base étnico-cultural. Frente a esta forma de identidad, en este patriotismo se integran personalidad colectiva y soberanía popular, y se reconcilian identidad cultural y ley democrática. Representa, en definitiva, una forma integradora y pluralista de identidad política, en la medida en que las identificaciones básicas, que mantienen los sujetos con las formas de vida, y las tradiciones culturales que les son propias, no se reprimen ni se anulan, sino que, por el contrario, “quedan recubiertas por un patriotismo que se ha vuelto más abstracto, y que no se refiere ya al todo concreto de una nación, sino a procedimientos y a principios formales” (Habermas).
El “patriotismo constitucional”, al poner el acento en la adhesión a los fundamentos de un régimen político y democrático, y no tanto en la comunión con los sustratos prepolíticos de una comunidad étnico-nacional, se encontraría en condiciones de estrechar la cohesión entre los diversos grupos culturales, y consolidar una cultura política de la tolerancia, que posibilite la coexistencia intercultural. Para ello, un requisito sería establecer una nítida diferenciación, entre la adscripción cultural de los diferentes ciudadanos y grupos, y los principios políticos que han de ser compartidos por todos, estos es, entre “nación”, como comunidad de origen étnico-cultural (que puede ser múltiple dentro de un mismo Estado) y la “cultura política ciudadana” (la lealtad a los principios e instituciones, que instauran las condiciones de convivencia, entre las diferentes formas de vida). Los elementos axiológicos e institucionales, que configuran la “cultura política”, han de mantenerse separados de las diversas “formas” de vida, que los individuos, libremente, pueden abrazar.
Cabría objetar, con cierta razón, que los valores y principios políticos no aportan, por sí mismos, el necesario cemento social, y que el mero hecho de que un amplio conjunto de ciudadanos los comparta, no significa que tengan, necesariamente, la voluntad de continuar unidos. Sin embargo, quienes abogamos por el “patriotismo constitucional”, no colocamos el énfasis en los principios abstractos, sino en un componente cultural mucho más concreto: en la adhesión a aquellas instituciones, procedimientos y hábitos de deliberación compartidos, que conforman una “cultura política vivida”.
El “patriotismo constitucional”, como sucede también con la identidad colectiva de tipo nacional, representa una forma de cultura política, que permite anclar el sistema de los derechos, en el contexto histórico de una comunidad política determinada. El empeño de Habermas se centra en mostrar, en primer lugar, que es posible una “comunidad política articulada en términos de Estado posnacional” y, en segundo lugar, que el mencionado patriotismo, puede tener unas prestaciones similares a las de la conciencia nacional, y no conlleva algunas de las nefastas consecuencias, asociadas al sentimiento nacionalista no integrador.
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| Jürgen Habermas |
Y para terminar, pero muy importante para desfacer el equivoco, de los que nos consideran talibanes de la constitución, a los que abogamos por el “patriotismo constitucional”, añadir que dicho patriotismo, no alude a la letra de un determinado texto constitucional, sino a los valores que contiene, y merced a los cuales, los ciudadanos se convierten, nos convertimos, en ciudadanos libres e iguales ante la ley. La constitución consagra un espacio político de libertad, en el que, abandonando su condición de súbditos, los hombres se tornan en ciudadanos y protagonistas, de la gestión y custodia de los asuntos públicos. El objeto que, de acuerdo con Sternberger, suscitaría “devoción patriótica” y lealtad política, no es el documento jurídico en su literalidad, sino el “orden democrático y liberal” que, precisamente, la constitución funda y protege. De ahí que se presuponga, no una comprensión “fosilizada” de la constitución, sino una concepción “dinámica” de ella, que la aborde como una “obra abierta”. La defensa del “patriotismo constitucional” no tiene nada que ver, por tanto, con intento alguno de congelar la constitución como entidad inamovible, ni como variante alguna, de lo que podría denominarse “fundamentalismo constitucional”. Por el contrario, quienes trabajan lealmente por la reforma constitucional, se acreditan como “los auténticos patriotas constitucionales”, esto es, como los amigos de un “proyecto” constitucional, concebido dinámicamente.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Mayo del 2016.
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viernes, 3 de junio de 2016
"UBI LIBERTAS, IBI PATRIA". PATRIOTISMO CONSTITUCIONAL (I)
Con el siembre recurrente “tema” de Cataluña, algunos amigos han reaccionado con cierto enfado, ante otros que hablábamos de “patriotismo constitucional”. Pensaban ¿piensan? que somos unos talibanes de la Constitución del 78. Que tenemos una visión acrítica, casi religiosa, de la misma. Que nos postramos ante ella, como los cristianos ante la Biblia, los musulmanes ante el Corán, o los judíos ante la Torá. Y ni de lejos va de eso, al menos no para mí, ni para Dolf Sternberger que acuñó el concepto, ni para Jürgen Habermas quien lo difundió. Está más relacionado, me parece, con el viejo dicho latino de “Ubi libertas, ibi patria” (“Donde está la libertad, ahí está mí patria”). Lo explico un poco.
Con frecuencia, el empleo público del término “patriotismo constitucional”, ha estado acompañado de una fuerte polémica. Incluso la pequeña historia de la recepción de esta noción, ha sido algo azarosa. Cuando fue puesta en circulación en Alemania, durante la década de los ochenta, obtuvo poca resonancia, limitada básicamente al ámbito académico. Años después, al inicio del nuevo milenio, ha encontrado una sorprendente difusión en España, siendo mil veces repetida, por personas profanas en cuestiones teóricas. Pero el hecho mismo de que el uso de este concepto, suscite abiertas polémicas, se encuentra ciertamente entre los efectos perseguidos, por quienes lo concibieron. Tanto para Dolf Sternberger, como para Jürgen Habermas, el debate público resulta indisociable de la cultura política democrática.
El uso masivo de dicho término, ha generado interpretaciones sesgadas, pero que no logran hacer palidecer, su sugerente y atractivo potencial. No obstante, posee unas connotaciones particulares que es preciso advertir, para evitar usos que no hagan justicia a su sentido primigenio. Y eso es lo que a veces acontece cuando, por ejemplo, apenas se insiste en su carácter profundamente secularizado, propio de un pensamiento postmetafísico. O cuando, al contrario, se hace hincapié en su naturaleza abstracta, y se niega de plano su posible capacidad, para motivar el compromiso y la acción de los ciudadanos.
Para precisar el sentido que Habermas otorga, a la noción de “patriotismo constitucional”, es útil precisar el contexto histórico-social, para que el que, en su origen, fue concebido. Recordar que el filósofo utiliza el término, en referencia a tres núcleos de cuestiones bien diferenciadas: 1º- como dotar de una nueva identidad colectiva, a una comunidad política que ha experimentado una ruptura insalvable, en la continuidad de su propia historia; 2º - cuales puedes ser los rasgos identitarios, compartidos por una sociedad marcada por un profundo pluralismo cultural; y 3º - sobre que bases comunes se podría asentar, la identidad de una Unión Europea aún en proceso de construcción.
A día de hoy el término “identidad”, se ha convertido en una de esas palabras clave, que articulan el peculiar engarce del pensamiento filosófico-antropológico, con el discurso político. Como sucede con casi todos los términos filosóficos, aplicados a la retórica política, el de “identidad” posee un confuso aire conceptual y un contenido muy poco preciso. La “identidad” personal no es un dato inmutable, y nunca se da de una vez por todas. Como advierte Habermas, no es algo que quepa asignarles directamente a los individuos. Debido, en gran parte, a los procesos de diferenciación social y funcional del mundo moderno, que obligan al desempeño de distintos papeles, los individuos asumimos múltiples pertenencias. Y a lo largo de la vida, cada cual se va relatando de manera diversa, la idea que tiene de sí mismo, de quien es. (Ver en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/2015/09/la-riqueza-de-ser-esto-y-lo-otro.html).
Pero, en cualquier caso, el proceso de individualización tiene lugar, a la par que el proceso de socialización de los sujetos. Esta dimensión social se pone de manifiesto, como nos enseñó Hegel, en el hecho de que “las identidades que no son reconocidas por aquellos, con los que nuestras vidas y destinos están trabados, son inherentemente inestables”. Forzando los extremos de esta tesis, podría apuntarse (dice Habermas) de un modo más concreto, la necesidad de que dicho reconocimiento, se efectúe en una marco social estable. Sin embargo, la construcción social de la identidad personal, no coincide con la construcción, igualmente social e intersubjetiva, de la identidad colectiva. En consecuencia, el derecho de los individuos a ser diferentes, no ha de confundirse, en principio, con la defensa de la identidad de los diferentes grupos humanos. Los individuos deciden, con mayor o menor margen, su propia adscripción social. Los mismos no están necesariamente aferrados, a un determinado código social, sino que en unas circunstancias optan por uno, y en otras por otro. De hecho, en las sociedades modernas, profundamente polifónicas, un sujeto individual, sólo con enorme dificultad, es capaz de amoldarse a una única forma densa de identidad colectiva. Por ello, para poder abarcar la multiplicidad de situaciones sociales, las identidades colectivas tienen que definirse mediante rasgos genéricos.
Las entidades y comunidades políticas son construcciones sociales y, en cuanto tales, productos históricos: las comunidades son entidades imaginadas, como señalaba Benedict Anderson. No hay, en realidad, otras comunidades que las tramadas de manera narrativa, a partir de restos fragmentarios de un pasado común. La identidad colectiva, es decir, la idea que los miembros de un grupo concreto o de una sociedad entera, tienen sobre sí mismos, no se descubre ni es objeto de revelación, sino que “se forja” en común, sobre la base de un código cultural. En este sentido el nacionalismo resulta un caso ejemplar: los diversos movimientos nacionalistas, se autoconciben en términos de homogeneidad cultural (ya sea étnica, lingüística, religiosa o cosmovisional) y en términos de crítica, a las formas abstractas y neutrales del poder político. Con todo, la nación, además de responder a una herencia de raíz profana, exige una actitud consciente, que trasciende a una supuesta comunidad natural de la sangre y de la tierra. Implica, por tanto, todo un arduo trabajo de elaboración teórica por parte de élites locales, que permite filtrar historiográficamente, símbolos culturales no exentos de fisuras. Habermas mantiene también, que las naciones son comunidades socialmente construidas, que se dotan de un simbolismo constitutivo que bebe, no de hechos dados de forma natural, sino de una “tradición inventada”.
En los diferentes escritos e intervenciones públicas de Habermas, late un radical cuestionamiento de la identidad nacional como forma de identidad colectiva, acorde con las exigencias morales de autonomía y racionalidad. Habermas se pregunta, si no sería posible un tipo de identidad colectiva, que se inspirase en razones compatibles, con el proyecto democrático y, en particular, con los derechos humanos. Su autorespuesta no consistió en la formulación, de un nuevo modelo ideal, ni de una noción abstracta, sino en señalar los perfiles, de una opción alternativa ya existente. Se disponía de una serie de observaciones empíricas, que daba a entender un notable “debilitamiento del elemento particularista, en la figura de conciencia que representaba el nacionalismo”. El “patriotismo constitucional” poco tendría que ver, con el tradicional patriotismo del Estado nacional: está pensado – y eventualmente también vivido – como identificación política racional, y como elección libre de un proyecto de vida en común.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Mayo del 2016.
Con frecuencia, el empleo público del término “patriotismo constitucional”, ha estado acompañado de una fuerte polémica. Incluso la pequeña historia de la recepción de esta noción, ha sido algo azarosa. Cuando fue puesta en circulación en Alemania, durante la década de los ochenta, obtuvo poca resonancia, limitada básicamente al ámbito académico. Años después, al inicio del nuevo milenio, ha encontrado una sorprendente difusión en España, siendo mil veces repetida, por personas profanas en cuestiones teóricas. Pero el hecho mismo de que el uso de este concepto, suscite abiertas polémicas, se encuentra ciertamente entre los efectos perseguidos, por quienes lo concibieron. Tanto para Dolf Sternberger, como para Jürgen Habermas, el debate público resulta indisociable de la cultura política democrática.
El uso masivo de dicho término, ha generado interpretaciones sesgadas, pero que no logran hacer palidecer, su sugerente y atractivo potencial. No obstante, posee unas connotaciones particulares que es preciso advertir, para evitar usos que no hagan justicia a su sentido primigenio. Y eso es lo que a veces acontece cuando, por ejemplo, apenas se insiste en su carácter profundamente secularizado, propio de un pensamiento postmetafísico. O cuando, al contrario, se hace hincapié en su naturaleza abstracta, y se niega de plano su posible capacidad, para motivar el compromiso y la acción de los ciudadanos.
Para precisar el sentido que Habermas otorga, a la noción de “patriotismo constitucional”, es útil precisar el contexto histórico-social, para que el que, en su origen, fue concebido. Recordar que el filósofo utiliza el término, en referencia a tres núcleos de cuestiones bien diferenciadas: 1º- como dotar de una nueva identidad colectiva, a una comunidad política que ha experimentado una ruptura insalvable, en la continuidad de su propia historia; 2º - cuales puedes ser los rasgos identitarios, compartidos por una sociedad marcada por un profundo pluralismo cultural; y 3º - sobre que bases comunes se podría asentar, la identidad de una Unión Europea aún en proceso de construcción.
A día de hoy el término “identidad”, se ha convertido en una de esas palabras clave, que articulan el peculiar engarce del pensamiento filosófico-antropológico, con el discurso político. Como sucede con casi todos los términos filosóficos, aplicados a la retórica política, el de “identidad” posee un confuso aire conceptual y un contenido muy poco preciso. La “identidad” personal no es un dato inmutable, y nunca se da de una vez por todas. Como advierte Habermas, no es algo que quepa asignarles directamente a los individuos. Debido, en gran parte, a los procesos de diferenciación social y funcional del mundo moderno, que obligan al desempeño de distintos papeles, los individuos asumimos múltiples pertenencias. Y a lo largo de la vida, cada cual se va relatando de manera diversa, la idea que tiene de sí mismo, de quien es. (Ver en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/2015/09/la-riqueza-de-ser-esto-y-lo-otro.html).
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| Dolf Sternberger |
Las entidades y comunidades políticas son construcciones sociales y, en cuanto tales, productos históricos: las comunidades son entidades imaginadas, como señalaba Benedict Anderson. No hay, en realidad, otras comunidades que las tramadas de manera narrativa, a partir de restos fragmentarios de un pasado común. La identidad colectiva, es decir, la idea que los miembros de un grupo concreto o de una sociedad entera, tienen sobre sí mismos, no se descubre ni es objeto de revelación, sino que “se forja” en común, sobre la base de un código cultural. En este sentido el nacionalismo resulta un caso ejemplar: los diversos movimientos nacionalistas, se autoconciben en términos de homogeneidad cultural (ya sea étnica, lingüística, religiosa o cosmovisional) y en términos de crítica, a las formas abstractas y neutrales del poder político. Con todo, la nación, además de responder a una herencia de raíz profana, exige una actitud consciente, que trasciende a una supuesta comunidad natural de la sangre y de la tierra. Implica, por tanto, todo un arduo trabajo de elaboración teórica por parte de élites locales, que permite filtrar historiográficamente, símbolos culturales no exentos de fisuras. Habermas mantiene también, que las naciones son comunidades socialmente construidas, que se dotan de un simbolismo constitutivo que bebe, no de hechos dados de forma natural, sino de una “tradición inventada”.
En los diferentes escritos e intervenciones públicas de Habermas, late un radical cuestionamiento de la identidad nacional como forma de identidad colectiva, acorde con las exigencias morales de autonomía y racionalidad. Habermas se pregunta, si no sería posible un tipo de identidad colectiva, que se inspirase en razones compatibles, con el proyecto democrático y, en particular, con los derechos humanos. Su autorespuesta no consistió en la formulación, de un nuevo modelo ideal, ni de una noción abstracta, sino en señalar los perfiles, de una opción alternativa ya existente. Se disponía de una serie de observaciones empíricas, que daba a entender un notable “debilitamiento del elemento particularista, en la figura de conciencia que representaba el nacionalismo”. El “patriotismo constitucional” poco tendría que ver, con el tradicional patriotismo del Estado nacional: está pensado – y eventualmente también vivido – como identificación política racional, y como elección libre de un proyecto de vida en común.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Mayo del 2016.
sábado, 16 de abril de 2016
PATRIA, IDENTIDAD Y CULTURA
Cuando aparentemente tanto lío nos hemos hecho con conceptos como patria, identidad y cultura. Cuando enfebrecidos por ese amor a la patria, algunos no consideran contradictorio empobrecerla, llevándose su dinero a otra parte. Ahora que muchos parecen desear con pasión una sola patria, una singular cultura y una única identidad. Cuando todo eso ocurre, algunas reflexiones absorbidas de Claudio Magris “La Historia no ha terminado”, y de María Zambrano “De Unamuno a Ortega y Gasset”, podrían venir a cuento.
“Durante las guerras napoleónicas – escribe Magris – un archiduque y general austriaco exhortó a los soldados, en una proclama, a combatir por la patria. La corte imperial censuró aquella proclama, considerándola subversiva. La patria era un peligroso concepto revolucionario, afirmado por Francia; los soldados austriacos tenían que combatir por la casa de Habsburgo, por su señor”.
La patria presupone ciudadanos, no súbditos. Pero la carga libertaria de la idea de patria y de nación, enarbolada por la Revolución Francesa, fue muy pronto pervertida. El amor a la patria degeneró pronto en una agresiva negación de las patrias de los demás; y el principio de nacionalidad se escindió de los movimientos liberales, a los que estaba inicialmente unido. Se degradó en nacionalismos que han inflamado a las masas, desencadenado violencias, y han favorecido la movilización totalitaria de los pueblos y los regímenes dictatoriales. Instrumentalizado y vilipendiado, ridiculizado por la retórica patriotera, o escarnecido con petulancia, el justo sentido de la patria está amenazado por su abyecta caricatura nacionalista, y por la regresión particularista a presuntas raíces étnicas, por el micronacionalismo de campanario incapaz de ver, más allá del pueblo de al lado, el mundo.
La “particularidad”, escribió Pedrag Matvejevic, ensayista serbo-croata, oponiéndose al delirio del nacionalismo étnico, no es todavía un valor; es la premisa de un valor, que se realiza en la superación de toda inmediatez y de todo fetichismo de la identidad. La Italia de Mazzini era una patria, pero su amor a ella era inseparable del amor a Europa y a la humanidad. El nacionalismo y el municipalismo son igualmente antipatrióticos, porque ambos son particularistas, cerrados y obtusos, incapaces de sentir en grande, en términos universales. El auténtico patriotismo sabe trascenderse. Milosz (abogado, poeta y Premio Nobel, polaco) nos recuerda el deber de defender a su nación cuando ésta está amenazada, pero también el de impedir que ese valor se absolutice y se convierta en dominante, haciendo que se olviden los valores más altos, los universales-humanos.
El nacionalismo, explica Magris, es una compulsiva camisa de fuerza, neurótica, agresiva y autolesiva; y el fascismo una especie de delantalito análogo, sofocante y rencoroso. No es casual que el patriotismo republicano, el patriotismo constitucionalista diríamos hoy, estuviera, los españoles lo recordamos muy bien, en la primera línea de la lucha antifascista. La nacionalidad es “cultura”, no biología. Los últimos grandes defensores del Imperio Romano fueron de origen bárbaro, como Ezio o Aecio (vencedor de Atila en los Campos Cataláunicos) y Stilicone, de cuna vándala; que se habían hecho más romanos, que los postreros y débiles emperadores de Roma.
Si nos interrogamos sobre nuestros orígenes, comprobaremos como nuestra identidad se resquebraja en una pluralidad de elementos heterogéneos (algo ya he escrito sobre ello en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/search/label/ser%20una%20cosa%20y%20ser%20otra. Es un proceso que tiene lugar en todas partes, pero del que suelen percatarse con especial intensidad, los que han nacido y/o vivido en territorios fronterizos, en los que muchos patriotas, se dan cuenta de que pertenecen también a otras nacionalidades, puede que incluso a aquella con la que la suya se encuentra en conflicto. Si no nos atemoriza nuestra complejidad, y no buscamos ahogar histéricamente ese miedo, refugiándonos en el nacionalismo, e inventando una mítica compacidad, descubriremos que estamos también y siempre, al otro lado de la frontera. Marisa Madieri (esposa de Magris, fallecida hace ya tiempo) cuenta la historia del éxodo de Fiume al final de la Segunda Guerra Mundial (incluidas las vejaciones sufridas en aquel momento a manos de los eslavos, que se vengaban con violencia indiscriminada, por las violencias que a ellos les infligieron los fascistas), como descubrió las raíces eslavas y húngaras de su familia, y como se da cuenta que forma también parte de ese mundo, que ahora le está amenazando.
Este reconocimiento de pertenencia-no pertenencia estudiado, como explica Magris, por Arduino Agnelli a propósito de la narrativa de Vegliani, no tiene que ver con el parentesco étnico, sino con la afinidad a una cultura y a un estilo de vida. El descubrimiento, en uno, de una identidad plural, como ya comenté en mi Blog, no agrieta sino que enriquece el sentido de pertenencia a la nación en que se reconoce, y le da como un “plus”. La nación, la patria, la identidad no son un ídolo inmóvil, nacen, viven y se transforman en el tiempo; los pueblos no son eternos, como sí proclamaba Stalin, sino que pasan, lo mismo que los bosques y los dioses. Las patrias mueren y renacen; en 1978 murió una España y de ella nació otra. Hoy en día los Estados Nacionales, España incluida, están destinados, aun en medio de innumerables dificultades y resistencias, a integrarse en una patria más grande, Europa (una Europa federal, descentralizada, garantía de las peculiaridades individuales, pero unida). Se trata de un proceso trabajoso pero liberatorio, que no anula sino que potencia el auténtico patriotismo; el federalismo, opuesto a todo rencoroso secesionismo, nace para unir las trabazones existentes, no para disgregarlas.
El acné juvenil de las pequeñas patrias, que quisieran encerrarse en su angosta inmediatez, levantando un puente levadizo en las narices de los que incluso viven al otro lado de la calle, nace del miedo a ser borrados del mapa, por las grandes transformaciones que tienen lugar en el mundo. A ese miedo no hay que ignorarlo, por supuesto, es preciso comprenderlo, pero para poder así refutarlo. Dante decía que a fuerza de beber el agua del Arno, había aprendido a amar intensamente a Florencia, pero añadía que su patria era el mundo, como lo es el mar para los peces. Esas dos aguas, el río de nuestro pueblo y el océano universal, se integran recíprocamente; la patria es ese vínculo entre la particularidad del lugar natal y el horizonte del mundo.
La patria no se identifica necesariamente con una nación. Han existido y existen Estados plurinacionales, que garantizan las diversidades, en las que los individuos y las distintas comunidades se reconocen, y encuentran una morada habitable en la vida, una realidad en la que sentirse en casa en el mundo. La legua alemana contrapone el agresivo Vaterland a la Heimat, la patria entendida como casa natal. Esa casa natal decía el marxista Ernst Bloch, en la que todavía nadie ha estado verdaderamente, porque la verdadera patria, la verdadera casa natal de la vida, es un mundo liberado de la injusticia y de la opresión, un mundo que todavía no existe.
Y por su parte María Zambrano nos recordó que cada pueblo de rango en la historia, no es otra cosa que la realización o el intento, a veces fracasado, de una manera de ser hombre, de un proyecto de existencia humana, es decir, un aspecto de algo tan universal como el hombre. A ello, dice Zambrano, es a lo que se ha llamado una “cultura”. Muchas definiciones se han dado de lo que es una “cultura”, pero a mí modo de verlo humildemente, una cultura es la realización, a veces no lograda, de una manera de ser hombre. Pues el hombre puede existir, estar en el mundo, de muchas maneras, no de una sola, y justamente por ello es hombre, y no astro ni piedra. Cada uno de estos intentos de ser hombre, que llamamos culturas, tiene su momento de esplendor y su muerte o decadencia. Pero lo más extraordinario, es que tiene también su resurrección y su renacimiento, que no siempre se verifica del mismo modo. Y es que si todo pasa en la historia humana, todo también queda, en cierta manera. La historia como acontecer del espíritu, de un ser espiritual llamado hombre, no es la simple permanencia ni el sencillo tránsito, sino el dramático juego de la vida y de la muerte: aurora, madurez, muerte y, por último, resurrección o renacimiento.
Y así las diversas culturas ya pasadas, persisten dentro de la que hoy vivimos. Cada una es algo así como nuestra patria. Todo hombre culto tiene no una, sino varias patrias. Y el más culto será aquel que en su espíritu y modo de vivir, haya incorporado todas las patrias, todas las culturas de que tenemos conocimiento, aquel en que resuene la voz más remota del pasado, unida a la voz del futuro, que clama por abrirse paso.
Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Diciembre del 2015.
“Durante las guerras napoleónicas – escribe Magris – un archiduque y general austriaco exhortó a los soldados, en una proclama, a combatir por la patria. La corte imperial censuró aquella proclama, considerándola subversiva. La patria era un peligroso concepto revolucionario, afirmado por Francia; los soldados austriacos tenían que combatir por la casa de Habsburgo, por su señor”.
La patria presupone ciudadanos, no súbditos. Pero la carga libertaria de la idea de patria y de nación, enarbolada por la Revolución Francesa, fue muy pronto pervertida. El amor a la patria degeneró pronto en una agresiva negación de las patrias de los demás; y el principio de nacionalidad se escindió de los movimientos liberales, a los que estaba inicialmente unido. Se degradó en nacionalismos que han inflamado a las masas, desencadenado violencias, y han favorecido la movilización totalitaria de los pueblos y los regímenes dictatoriales. Instrumentalizado y vilipendiado, ridiculizado por la retórica patriotera, o escarnecido con petulancia, el justo sentido de la patria está amenazado por su abyecta caricatura nacionalista, y por la regresión particularista a presuntas raíces étnicas, por el micronacionalismo de campanario incapaz de ver, más allá del pueblo de al lado, el mundo.
La “particularidad”, escribió Pedrag Matvejevic, ensayista serbo-croata, oponiéndose al delirio del nacionalismo étnico, no es todavía un valor; es la premisa de un valor, que se realiza en la superación de toda inmediatez y de todo fetichismo de la identidad. La Italia de Mazzini era una patria, pero su amor a ella era inseparable del amor a Europa y a la humanidad. El nacionalismo y el municipalismo son igualmente antipatrióticos, porque ambos son particularistas, cerrados y obtusos, incapaces de sentir en grande, en términos universales. El auténtico patriotismo sabe trascenderse. Milosz (abogado, poeta y Premio Nobel, polaco) nos recuerda el deber de defender a su nación cuando ésta está amenazada, pero también el de impedir que ese valor se absolutice y se convierta en dominante, haciendo que se olviden los valores más altos, los universales-humanos.
El nacionalismo, explica Magris, es una compulsiva camisa de fuerza, neurótica, agresiva y autolesiva; y el fascismo una especie de delantalito análogo, sofocante y rencoroso. No es casual que el patriotismo republicano, el patriotismo constitucionalista diríamos hoy, estuviera, los españoles lo recordamos muy bien, en la primera línea de la lucha antifascista. La nacionalidad es “cultura”, no biología. Los últimos grandes defensores del Imperio Romano fueron de origen bárbaro, como Ezio o Aecio (vencedor de Atila en los Campos Cataláunicos) y Stilicone, de cuna vándala; que se habían hecho más romanos, que los postreros y débiles emperadores de Roma.
Si nos interrogamos sobre nuestros orígenes, comprobaremos como nuestra identidad se resquebraja en una pluralidad de elementos heterogéneos (algo ya he escrito sobre ello en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/search/label/ser%20una%20cosa%20y%20ser%20otra. Es un proceso que tiene lugar en todas partes, pero del que suelen percatarse con especial intensidad, los que han nacido y/o vivido en territorios fronterizos, en los que muchos patriotas, se dan cuenta de que pertenecen también a otras nacionalidades, puede que incluso a aquella con la que la suya se encuentra en conflicto. Si no nos atemoriza nuestra complejidad, y no buscamos ahogar histéricamente ese miedo, refugiándonos en el nacionalismo, e inventando una mítica compacidad, descubriremos que estamos también y siempre, al otro lado de la frontera. Marisa Madieri (esposa de Magris, fallecida hace ya tiempo) cuenta la historia del éxodo de Fiume al final de la Segunda Guerra Mundial (incluidas las vejaciones sufridas en aquel momento a manos de los eslavos, que se vengaban con violencia indiscriminada, por las violencias que a ellos les infligieron los fascistas), como descubrió las raíces eslavas y húngaras de su familia, y como se da cuenta que forma también parte de ese mundo, que ahora le está amenazando.
Este reconocimiento de pertenencia-no pertenencia estudiado, como explica Magris, por Arduino Agnelli a propósito de la narrativa de Vegliani, no tiene que ver con el parentesco étnico, sino con la afinidad a una cultura y a un estilo de vida. El descubrimiento, en uno, de una identidad plural, como ya comenté en mi Blog, no agrieta sino que enriquece el sentido de pertenencia a la nación en que se reconoce, y le da como un “plus”. La nación, la patria, la identidad no son un ídolo inmóvil, nacen, viven y se transforman en el tiempo; los pueblos no son eternos, como sí proclamaba Stalin, sino que pasan, lo mismo que los bosques y los dioses. Las patrias mueren y renacen; en 1978 murió una España y de ella nació otra. Hoy en día los Estados Nacionales, España incluida, están destinados, aun en medio de innumerables dificultades y resistencias, a integrarse en una patria más grande, Europa (una Europa federal, descentralizada, garantía de las peculiaridades individuales, pero unida). Se trata de un proceso trabajoso pero liberatorio, que no anula sino que potencia el auténtico patriotismo; el federalismo, opuesto a todo rencoroso secesionismo, nace para unir las trabazones existentes, no para disgregarlas.
El acné juvenil de las pequeñas patrias, que quisieran encerrarse en su angosta inmediatez, levantando un puente levadizo en las narices de los que incluso viven al otro lado de la calle, nace del miedo a ser borrados del mapa, por las grandes transformaciones que tienen lugar en el mundo. A ese miedo no hay que ignorarlo, por supuesto, es preciso comprenderlo, pero para poder así refutarlo. Dante decía que a fuerza de beber el agua del Arno, había aprendido a amar intensamente a Florencia, pero añadía que su patria era el mundo, como lo es el mar para los peces. Esas dos aguas, el río de nuestro pueblo y el océano universal, se integran recíprocamente; la patria es ese vínculo entre la particularidad del lugar natal y el horizonte del mundo.
La patria no se identifica necesariamente con una nación. Han existido y existen Estados plurinacionales, que garantizan las diversidades, en las que los individuos y las distintas comunidades se reconocen, y encuentran una morada habitable en la vida, una realidad en la que sentirse en casa en el mundo. La legua alemana contrapone el agresivo Vaterland a la Heimat, la patria entendida como casa natal. Esa casa natal decía el marxista Ernst Bloch, en la que todavía nadie ha estado verdaderamente, porque la verdadera patria, la verdadera casa natal de la vida, es un mundo liberado de la injusticia y de la opresión, un mundo que todavía no existe.
Y por su parte María Zambrano nos recordó que cada pueblo de rango en la historia, no es otra cosa que la realización o el intento, a veces fracasado, de una manera de ser hombre, de un proyecto de existencia humana, es decir, un aspecto de algo tan universal como el hombre. A ello, dice Zambrano, es a lo que se ha llamado una “cultura”. Muchas definiciones se han dado de lo que es una “cultura”, pero a mí modo de verlo humildemente, una cultura es la realización, a veces no lograda, de una manera de ser hombre. Pues el hombre puede existir, estar en el mundo, de muchas maneras, no de una sola, y justamente por ello es hombre, y no astro ni piedra. Cada uno de estos intentos de ser hombre, que llamamos culturas, tiene su momento de esplendor y su muerte o decadencia. Pero lo más extraordinario, es que tiene también su resurrección y su renacimiento, que no siempre se verifica del mismo modo. Y es que si todo pasa en la historia humana, todo también queda, en cierta manera. La historia como acontecer del espíritu, de un ser espiritual llamado hombre, no es la simple permanencia ni el sencillo tránsito, sino el dramático juego de la vida y de la muerte: aurora, madurez, muerte y, por último, resurrección o renacimiento.
Y así las diversas culturas ya pasadas, persisten dentro de la que hoy vivimos. Cada una es algo así como nuestra patria. Todo hombre culto tiene no una, sino varias patrias. Y el más culto será aquel que en su espíritu y modo de vivir, haya incorporado todas las patrias, todas las culturas de que tenemos conocimiento, aquel en que resuene la voz más remota del pasado, unida a la voz del futuro, que clama por abrirse paso.
Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Diciembre del 2015.
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viernes, 25 de septiembre de 2015
La riqueza de ser esto y lo otro
Mis apellidos, hasta donde he podido averiguar, son: Alonso, Sarmiento, Rubio, Porcel, Rubio, Salóm, Rodríguez, Bouché. Por tanto llevo en mis venas sangre de godos o visigodos (el solar más antiguo de los Alonso, con casa solariega en el valle de Valdivieso, Burgos, tiene como tronco a Desiderio, sobrino del Rey godo Wamba, que fundó la casa en dicho valle en el año 672) de viejos castellanos, de canarios, de mallorquines y de franceses. Por un improbable azar, a causa de nuestra guerra civil que lo trastocó todo, nací en Mallorca. Mi esposa es mallorquina de pura cepa, descendiente por todos lados de estirpes isleñas. Mis hijos son mallorquines. Mis yernos, nuera, y sus familias, argentinos, italianos, aragoneses, vascos y catalanes. Tengo cuatro nietas mallorquinas y uno catalán. Hablo y leo castellano, catalán y francés. Y libros en esos idiomas, pueblan mi biblioteca.
He sido y soy muchas cosas a los ojos de los otros: para los mallorquines un foraster (cuando no “un puta foraster”) para mis familias castellana y canaria, un catalán-mallorquín. En mis primeros trabajos, para los empresarios era un intelectual/político, y para estos un homme d’affaires. En política, para los de derechas he sido un rojo peligroso, y para los de izquierdas un asqueroso socialdemócrata reformista. Para mis amigos mallorquines soy un jacobino españolista, y para los forasters un puto catalanista. Cada una de estas cosas que se supone que soy, puede que me reduzca ante los ojos de quienes me califican, pero me enriquece ante mí mismo: soy esto y soy lo otro.
Todas esas visiones sobre mi persona, no le quitan ni añaden nada a mi yo único, aunque complejo y contradictorio, siempre en formación, y todavía incompleto. Pero sí agregan algo a mi asombro: la certeza, desde niño, de que las cosas, estas cosas, las cosas de la identidad pueden ser de uno u otro modo y, con mucha mayor probabilidad, pueden simplemente no ser, no haber sido.
Nada me cuesta reconocer, que cuando las marcas de los principios son tan plurales, es más sencillo tener conciencia de la fragilidad de nuestro suelo común o, más justamente, de lo que nos resulta común de nuestro suelo.
Como escribía el otro día Alejandro Katz (editor y ensayista): no juzgo el deseo de unos, ni sus convicciones. Simplemente pienso cuánto queda a la vera del camino del rechazo, cuántas historias, qué parte de la memoria propia, de la memoria familiar, del pasado y del futuro común, podría dejar de ser eso: historia compartida. Quiénes serían esos ciudadanos de un futuro Estado que para inventarse a sí mismo, debe abandonar parte de aquello que ya es.
Ya lo sé, es cierto: ser demasiadas cosas a la vez, puede en ocasiones resultar complicado. Pero es esa complicación la que vuelve al mundo interesante, y la que vuelve interesante nuestro estar en el mundo: ver con distintos ojos, hablar en distintas lenguas, cohabitar con ideologías diferentes, congeniar con distintas etnias (conté hace meses en facebook, como un día en La Bisbal, tuve una bonita charla en catalán, con una niñita marroquí que hablaba árabe con su madre) ser una cosa y ser otra, no una o la otra: la conjunción agrega: catalán y español, castellano y canario, europeo y cosmopolita. La disyunción cancela, suprime, empobrece.
Jamás he sido un revolucionario, porque siempre me han atemorizado esas “revoluciones de un día de fuego, pero setenta años de humo, dificultades, miserias y problemas” a que se refería el otro día Felipe González. Huyo de los esencialismos, de las identidades de hierro, de las naciones con sus fronteras y alambradas, de los paraísos celestiales o terrenales, de los dogmas siempre excluyentes. Me pregunto continuamente, por qué tanta gente querría suprimir de su historia, nuestra historia en común. No encuentro las respuestas, y no puedo menos que angustiarme imaginando esas hogueras, cuyos fuegos destruyen los cuerpos extraños, foráneos, con la ilusión de forjar hasta su máxima dureza el alma de lo idéntico. Sé que el fuego en el que se fraguan las identidades, es el mismo en el que arden las supuestas impurezas, y sé que es el fuego que no deberíamos encender nunca más.
Palma. Ca’n Pastilla a 25 de Septiembre del 2015.
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| Mi tío-abuelo Baltasar Champsaur Sicilia |
Todas esas visiones sobre mi persona, no le quitan ni añaden nada a mi yo único, aunque complejo y contradictorio, siempre en formación, y todavía incompleto. Pero sí agregan algo a mi asombro: la certeza, desde niño, de que las cosas, estas cosas, las cosas de la identidad pueden ser de uno u otro modo y, con mucha mayor probabilidad, pueden simplemente no ser, no haber sido.
Nada me cuesta reconocer, que cuando las marcas de los principios son tan plurales, es más sencillo tener conciencia de la fragilidad de nuestro suelo común o, más justamente, de lo que nos resulta común de nuestro suelo.
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| Mi abuela Marie Porcel Bouché |
Ya lo sé, es cierto: ser demasiadas cosas a la vez, puede en ocasiones resultar complicado. Pero es esa complicación la que vuelve al mundo interesante, y la que vuelve interesante nuestro estar en el mundo: ver con distintos ojos, hablar en distintas lenguas, cohabitar con ideologías diferentes, congeniar con distintas etnias (conté hace meses en facebook, como un día en La Bisbal, tuve una bonita charla en catalán, con una niñita marroquí que hablaba árabe con su madre) ser una cosa y ser otra, no una o la otra: la conjunción agrega: catalán y español, castellano y canario, europeo y cosmopolita. La disyunción cancela, suprime, empobrece.
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| Mi bisabuela Isabel Rodríguez (sentada primera a la izquierda) |
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