En el ensayo “Verdad y política”, Hannah Arendt trata en detalle, la oposición entre el juicio persuasivo y la verdad probada. En él sitúa dicha oposición, en el contexto del conflicto tradicional, entre la vida filosófica y la vida del ciudadano. Los filósofos oponían a la verdad, la “simple opinión”, que era igualada a la ilusión. Y fue esta degradación de la opinión, lo que dio al conflicto su intensidad política, porque la opinión y no la verdad, está entre los prerrequisitos indispensables de todo poder. El antagonismo entre verdad y opinión es tal, que cuando en la esfera de los asuntos humanos se reclama una verdad absoluta, cuya validez no necesita apoyo del lado de la opinión, esa demanda impacta en las raíces mismas de todas las políticas y de todos los gobiernos.
Arendt apela a Madison, Lessing y Kant, para intenta contrarrestar los ataques lanzados por los filósofos, desde Platón, contra la opinión, y la desvalorización de la vida del ciudadano, que resulta de ello. La opinión extrae su propia dignidad distintiva, de la condición humana de la pluralidad, de la necesidad que tiene el ciudadano, de dirigirse a sus semejantes; pues “el debate es la esencia misma de la vida política”. El problema – entiende Arendt y no deberíamos olvidarlo en nuestros días – es que toda “verdad”, por su perentoria exigencia de ser reconocida, rechaza el debate. Los modos de comunicación y pensamiento que tratan de la verdad, si los miramos desde la perspectiva política, son necesariamente avasalladores, pues no toman en cuenta las opiniones de otras personas, cuando el tomarlas en cuenta, es justamente la característica de todo pensamiento estrictamente político.
Me parece muy interesante la noción del “carácter representativo del pensamiento político” que introduce Arendt. “Me formo una opinión, tras considerar determinado tema, desde diversos puntos de vista, recordando los criterios de los que están ausentes, es decir, los represento”. Efectivamente, pues este proceso de representación, no implica adoptar ciegamente los puntos de vista de los que sustentan otros criterios y, por tanto, miran hacia el mundo desde una perspectiva diferente (recordemos la teoría del perspectivismo de Ortega). Y no, no se trata de mera empatía, como si yo intentara ser o sentir como alguna otra persona. Sino de ser y pensar dentro de mi propia identidad. Cuantos más puntos de vista diversos tenga yo presentes, cuando estoy valorando determinado asunto, y cuanto mejor pueda imaginarme, como sentiría y pensaría si estuviera en el lugar de otros, tanto más fuerte será mi capacidad de pensamiento representativo, y más válidas mis conclusiones, mis opiniones.
Para Arendt, esta capacidad era la “mentalidad amplia” de Kant, el fundamento de la aptitud humana para juzgar. A pesar de que el filósofo de Königsberg, que había sido sí, el descubridor de esta capacidad de juicio imparcial, no acabó de reconocer las implicaciones políticas y morales de su descubrimiento. Intentamos “imaginar” a que se parecería nuestro pensamiento, si estuviera en otro lugar. Este proceso de formación de opinión, determinado por aquellos en cuyo lugar alguien piensa, pero utiliza su propia mente, es tal que “un asunto particular se lleva a campo abierto para verlo en todos sus aspectos, en todas las perspectivas posibles, hasta que la luz plena de la compresión humana lo inunda y lo hace transparente”.
Hannah Arendt nos pone un ejemplo muy ilustrativo de lo que venimos analizando:
“Supongamos que miro una choza determinada, y que percibo en esta construcción concreta, la idea de pobreza y miseria. Llego a esta idea representándome a mí misma, como me sentiría si tuviera que vivir allí, es decir, intento pensar en lugar del ocupante de la choza. El juicio al que llegaría, no sería necesariamente el mismo que el de los moradores, cuya época y desesperanza pudieron aliviar la indignidad de su condición, pero para mi juicio futuro sobre estas cuestiones, será un ejemplo excepcional al que referirme. Además, tener en cuenta a los demás cuando juzgo, no significa que adapte mi juicio al de los otros. Sigo hablando con voz propia, y no hago recuento de los presentes, para llegar a lo que yo pienso que es correcto. Pero mi juicio ya no es subjetivo”.
Lo fundamental, como señala Arendt, es que nuestro juicio de un caso particular, no depende sólo de nuestra percepción, sino que se basa en el hecho de que nos representamos a nosotros mismos, algo que no percibimos.
Me parece evidente que el juicio y la opinión van indisolublemente unidos, como las principales facultades de la razón política. Estimo clara la intención de Arendt al respecto: concentrar la atención en la facultad de juzgar, es rescatar la opinión del desprestigio en que había caído desde Platón. Ambas facultades, la de juzgar y la de formarse opiniones, se redimen así al mismo tiempo. Esto se aprecia muy bien en otra obre de Arendt “On Revolution” que leí no hace tanto, donde juicio y opinión son tratados conjuntamente: “Opinión y juicio, ambas facultades racionales – políticamente las más importantes – habían sido descuidadas por completo, tanto por la tradición política, como por el pensamiento filosófico”. Arendt observa que los Padres fundadores de la revolución americana, eran conscientes de la importancia de estas cualidades, a pesar de que no se esforzaron, al menos conscientemente, en reafirmar el rango y la dignidad de la opinión, en la jerarquía de las facultades racionales humanas. Y lo mismo puede decirse del juicio, sobre cuyo carácter esencial, y máxima importancia para los asuntos humanos, nos puede decir mucho más la filosofía de Kant, que los hombres de las revoluciones.
A partir de ahí, podemos captar la verdadera importancia de la oposición arendtiana, entre la verdad filosófica y el juicio del ciudadano. Su propósito no es otro, sino el de reforzar el “rango y la dignidad” de la opinión. Es el juicio el que procura a la opinión, su propia dignidad, el que pone a su disposición una dimensión de respetabilidad, cuando se la compara con la verdad. Gracias al juicio, como hemos dicho, la opinión escapa al descrédito que tradicionalmente los filósofos, habían arrojado sobre ella. Es porque los humanos, en tanto que seres plurales, podemos comprometernos con el “pensamiento representativo”, por lo que la opinión no puede ser descartada de manera tan expeditiva, como suponía la filosofía tradicional. Y dado que la opinión, es el pilar de la política, la revalorización de su rango, contribuye a elevar el rango de lo político.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 4 de Febrero del 2019
Reflexiones y opiniones a vuelapluma, de cualquier cosa que se me ocurra sobre política, historia, filosofía y otras materias
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jueves, 4 de julio de 2019
LA OPINIÓN EN POLÍTICA
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jueves, 23 de mayo de 2019
DISPUTA O DISCUSIÓN
En puridad no es lo mismo una disputa que una discusión. Y no estaría mal, me parece, que algo de eso recordaran algunos líderes políticos, en estos meses de campañas electorales.
Mientras que una acción comunicacional “normal”, se refiere a una interacción que se desarrolla sin malicia alguna, en el contexto del mundo real; en los procesos de dilucidación que Habermas llama “discusión”, se presupone la obligación de motivar claramente lo que se dice. Estos procesos deben además, satisfacer ciertas condiciones preliminares, con el fin de alcanzar su objetivo. Como el filósofo lo expondrá repetidamente, a lo largo de sus años, deben atenerse a las siguientes reglas de discusión: Primero, una implicación plena y completa de las partes concernidas; Segundo, un reparto igual de los derechos y deberes de argumentación; Tercero, el carácter informal de la situación de comunicación; y Cuarto y último, una actitud de los participantes orientada hacia la intercomprensión.
Desde el inicio, Habermas es muy consciente que ninguna situación comunicacional real, puede cumplir enteramente las exigencias draconianas de una discusión tal cual él la entiende. Pero partir del principio de que pretensiones válidas, implícitamente muy elevadas, en la actuación cotidiana pueden cumplirse en el cuadro de una discusión ideal, vale al menos de forma contractual. La discusión, desde su punto de vista, no es en absoluto una institución, más bien es el tipo de una contra-institución. A su vez la “disputa”, en tanto que medio de realización estratégica de objetivos definidos, a través de un reparto de papeles, no es en absoluto una “discusión”. Una discusión se desarrolla más bien a la luz de la búsqueda de la verdad, bajo forma de cooperación, es decir, de la comunicación por principio incondicional y sin coacción, sirviendo al único objetivo de la intercomprensión. Sin embargo, como ya se habrá entendido, la intercomprensión es un concepto normativo, que debe ser determinado bajo forma contrafactual.
Con demasiada rapidez, estimo, los debates políticos se sitúan sobre el muy delicado terreno de cuestiones morales y de principios. El umbral de irritabilidad emocional, se traspasa rápidamente desde ambos lados del debate. Desde la hoguera de la emoción, el cambio de perspectiva, susceptible de ser provocado por un esfuerzo de empatía, constituye una rara excepción, y exige demasiado a las partes, en vista de sus altas apuestas. Desde las pasiones encendidas, el riesgo de olvidar totalmente la ética de la discusión, es en todo caso demasiado alto.
Muchos políticos, especialmente en esta nuestra época, sucumben conscientemente y reiteradamente a estos peligros, convirtiendo dicho olvido en un arma ideológica-política. Recurren a la dramatización, a las generalizaciones, a los insultos, a figuras retóricas destinadas a agudizar sus propósitos, conscientes como son, que la política de las ideas así vapuleada, separa, divide, escinde… bien conscientes también, que de esta forma se aplasta, se deforma la argumentación, y se entra en contradicción con el ideal del debate político, el ideal de la “Aufklärung”, de la Ilustración. No se pretende convencer al adversario, se busca destruirlo.
En las intervenciones de este tipo, caracterizadas por los insultos y la intransigencia de las opiniones, es casi inevitable que los exabruptos sustituyan a los argumentos. Si al menos, aunque no se escuchara al adversario, se dedicaran todos a defender sus propios argumentos, sin faltar a la mínima educación, algo avanzaríamos. Pero no, ya se sabe, cuando no se tienen argumentos, se grita. Y “Dove si grida non è vera scienza”.
En lugar de hablarse directamente, de dialogar in person, se sirven de forma predeterminada de los medios. Y como consecuencia los desacuerdos se convierten, por así decirlo, en preprogramados. En vez de que las partes, en una confrontación objetiva, se sometan implícitamente a un imperativo de veracidad, cada una de ellas hace ostentación de lo suyo, y deniega la condición de veracidad al adversario.
Escribía hace unos días Pepe Borrell: “Faraday, el británico que estudió el electromagnetismo decía: "Un orador resta mucha dignidad a su carácter, cuando sesga la información para que lo obsequien con aplausos y halagos".
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Febrero del 2019.
Mientras que una acción comunicacional “normal”, se refiere a una interacción que se desarrolla sin malicia alguna, en el contexto del mundo real; en los procesos de dilucidación que Habermas llama “discusión”, se presupone la obligación de motivar claramente lo que se dice. Estos procesos deben además, satisfacer ciertas condiciones preliminares, con el fin de alcanzar su objetivo. Como el filósofo lo expondrá repetidamente, a lo largo de sus años, deben atenerse a las siguientes reglas de discusión: Primero, una implicación plena y completa de las partes concernidas; Segundo, un reparto igual de los derechos y deberes de argumentación; Tercero, el carácter informal de la situación de comunicación; y Cuarto y último, una actitud de los participantes orientada hacia la intercomprensión.
Desde el inicio, Habermas es muy consciente que ninguna situación comunicacional real, puede cumplir enteramente las exigencias draconianas de una discusión tal cual él la entiende. Pero partir del principio de que pretensiones válidas, implícitamente muy elevadas, en la actuación cotidiana pueden cumplirse en el cuadro de una discusión ideal, vale al menos de forma contractual. La discusión, desde su punto de vista, no es en absoluto una institución, más bien es el tipo de una contra-institución. A su vez la “disputa”, en tanto que medio de realización estratégica de objetivos definidos, a través de un reparto de papeles, no es en absoluto una “discusión”. Una discusión se desarrolla más bien a la luz de la búsqueda de la verdad, bajo forma de cooperación, es decir, de la comunicación por principio incondicional y sin coacción, sirviendo al único objetivo de la intercomprensión. Sin embargo, como ya se habrá entendido, la intercomprensión es un concepto normativo, que debe ser determinado bajo forma contrafactual.
Con demasiada rapidez, estimo, los debates políticos se sitúan sobre el muy delicado terreno de cuestiones morales y de principios. El umbral de irritabilidad emocional, se traspasa rápidamente desde ambos lados del debate. Desde la hoguera de la emoción, el cambio de perspectiva, susceptible de ser provocado por un esfuerzo de empatía, constituye una rara excepción, y exige demasiado a las partes, en vista de sus altas apuestas. Desde las pasiones encendidas, el riesgo de olvidar totalmente la ética de la discusión, es en todo caso demasiado alto.
Muchos políticos, especialmente en esta nuestra época, sucumben conscientemente y reiteradamente a estos peligros, convirtiendo dicho olvido en un arma ideológica-política. Recurren a la dramatización, a las generalizaciones, a los insultos, a figuras retóricas destinadas a agudizar sus propósitos, conscientes como son, que la política de las ideas así vapuleada, separa, divide, escinde… bien conscientes también, que de esta forma se aplasta, se deforma la argumentación, y se entra en contradicción con el ideal del debate político, el ideal de la “Aufklärung”, de la Ilustración. No se pretende convencer al adversario, se busca destruirlo.
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| Jürgen Habermas |
En lugar de hablarse directamente, de dialogar in person, se sirven de forma predeterminada de los medios. Y como consecuencia los desacuerdos se convierten, por así decirlo, en preprogramados. En vez de que las partes, en una confrontación objetiva, se sometan implícitamente a un imperativo de veracidad, cada una de ellas hace ostentación de lo suyo, y deniega la condición de veracidad al adversario.
Escribía hace unos días Pepe Borrell: “Faraday, el británico que estudió el electromagnetismo decía: "Un orador resta mucha dignidad a su carácter, cuando sesga la información para que lo obsequien con aplausos y halagos".
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Febrero del 2019.
jueves, 28 de febrero de 2019
NO SOY ORADOR
Hace ya muchos años, en un curso de retórica-comunicación, lo primero que nos aconsejaron fue no comenzar nunca un discurso diciendo “yo no soy orador”. Si no lo eres – nos explicaron – enseguida lo sabrán, y si lo eres, les habrás engañado.
Mark Thompson – ex director de la BBC, ex profesor de Retórica en Oxford, y hoy Director Ejecutivo del New York Times – explicaba hace unos días, que para entender que está pasando en el mundo de la comunicación política, hay que entender primero que una de las características del lenguaje político actual, es el abierto menosprecio a la retórica.
Recordemos que ya Shakespeare encarnó esta actitud en contra de la retórica, en el personaje de Marco Antonio de su obra “Julio Cesar”, cuando junto al cadáver ensangrentado de Cesar, se dirigió al público romano es estos términos: “Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos sabéis, un hombre franco y sencillo”. De esta manera se desmarcaba de los políticos que hablan como políticos, y se identificaba como un ciudadano que habla el mismo lenguaje que los ciudadanos. Y sí, resulta paradójico que renegar de la retórica sea, en realidad, una táctica retórica antiquísima.
Siendo ya Primer Ministro de Italia – nos recordaba el otro día en El País Estrella Montolío - Silvio Berlusconi declaró: “Si hay algo que no pudo soportar es la retórica. Basta de palabrería. Sólo me interesa lo que tiene que hacerse”. De un brochazo “Il Cavaliere”, desautorizó el ejercicio del debate y la actividad parlamentaria, como un obstáculo molesto para la labor recta e insobornable del gobernante.
Y que decir del siempre inefable Donald Trump: “Yo no soy un político. Digo las cosas tal como son”.
Marco Antonio, Berlusconi y Trump, explotan la falacia de que ser antirretórico y hablar con franqueza, equivale a decir la verdad. Pero como nos señala Thompson, lo sepan o no quienes votan a estos candidatos, la antirretórica también es retórica y, quizá, una de las variedades más potentes y persuasivas de todas.
Las ventajas evidentes, pero fatales a corto plazo, de esta postura antirretórica, son que una vez que convences al público de que no intentas engañarlo, como hace el típico político, consigues desactivar las alertas, las facultades críticas que, por lo general, se aplican al discurso político. De ahí que tus votantes te perdonen cualquier grado de exageración, mentira, contradicción o salida de tono: has conseguido la incondicionalidad irracional de tus votantes.
Pero no deberíamos olvidar que, pese a su mermada reputación actual, la retórica entendida como lenguaje público eficaz, desempeña un papel fundamental en nuestras sociedades democráticas: tiende el puente de la comunicación, entre la clase política y la ciudadanía. Una cita atribuida a Pericles, lo ilustra muy bien: “Las palabras nunca obstaculizan la acción. Cuando se actúa sin palabras, la democracia muere”.
La retórica – nos recuerda Montolío – como lenguaje de la explicación y la persuasión, hace posible que se produzca la toma de decisiones colectiva, que entendemos como democracia. Es inimaginable una democracia sin debate, sin que sus protagonistas compitan entre sí, por el dominio de la persuasión pública. En la esfera política, la retórica no sólo es inevitable, sino deseable. Sólo nos queda por decidir, que calidad retórica deseamos.
Y por cierto, leamos, o releamos si ya lo hemos hecho, “Julio Cesar” de Shakespeare. Muestra de manera palmaria, donde pueden conducirnos los líderes antirretóricos.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Octubre del 2018.
Mark Thompson – ex director de la BBC, ex profesor de Retórica en Oxford, y hoy Director Ejecutivo del New York Times – explicaba hace unos días, que para entender que está pasando en el mundo de la comunicación política, hay que entender primero que una de las características del lenguaje político actual, es el abierto menosprecio a la retórica.
Recordemos que ya Shakespeare encarnó esta actitud en contra de la retórica, en el personaje de Marco Antonio de su obra “Julio Cesar”, cuando junto al cadáver ensangrentado de Cesar, se dirigió al público romano es estos términos: “Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos sabéis, un hombre franco y sencillo”. De esta manera se desmarcaba de los políticos que hablan como políticos, y se identificaba como un ciudadano que habla el mismo lenguaje que los ciudadanos. Y sí, resulta paradójico que renegar de la retórica sea, en realidad, una táctica retórica antiquísima.
Siendo ya Primer Ministro de Italia – nos recordaba el otro día en El País Estrella Montolío - Silvio Berlusconi declaró: “Si hay algo que no pudo soportar es la retórica. Basta de palabrería. Sólo me interesa lo que tiene que hacerse”. De un brochazo “Il Cavaliere”, desautorizó el ejercicio del debate y la actividad parlamentaria, como un obstáculo molesto para la labor recta e insobornable del gobernante.
Y que decir del siempre inefable Donald Trump: “Yo no soy un político. Digo las cosas tal como son”.
Marco Antonio, Berlusconi y Trump, explotan la falacia de que ser antirretórico y hablar con franqueza, equivale a decir la verdad. Pero como nos señala Thompson, lo sepan o no quienes votan a estos candidatos, la antirretórica también es retórica y, quizá, una de las variedades más potentes y persuasivas de todas.
Las ventajas evidentes, pero fatales a corto plazo, de esta postura antirretórica, son que una vez que convences al público de que no intentas engañarlo, como hace el típico político, consigues desactivar las alertas, las facultades críticas que, por lo general, se aplican al discurso político. De ahí que tus votantes te perdonen cualquier grado de exageración, mentira, contradicción o salida de tono: has conseguido la incondicionalidad irracional de tus votantes.
Pero no deberíamos olvidar que, pese a su mermada reputación actual, la retórica entendida como lenguaje público eficaz, desempeña un papel fundamental en nuestras sociedades democráticas: tiende el puente de la comunicación, entre la clase política y la ciudadanía. Una cita atribuida a Pericles, lo ilustra muy bien: “Las palabras nunca obstaculizan la acción. Cuando se actúa sin palabras, la democracia muere”.
La retórica – nos recuerda Montolío – como lenguaje de la explicación y la persuasión, hace posible que se produzca la toma de decisiones colectiva, que entendemos como democracia. Es inimaginable una democracia sin debate, sin que sus protagonistas compitan entre sí, por el dominio de la persuasión pública. En la esfera política, la retórica no sólo es inevitable, sino deseable. Sólo nos queda por decidir, que calidad retórica deseamos.
Y por cierto, leamos, o releamos si ya lo hemos hecho, “Julio Cesar” de Shakespeare. Muestra de manera palmaria, donde pueden conducirnos los líderes antirretóricos.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Octubre del 2018.
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