Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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martes, 25 de julio de 2017

SALVAR AL SOLDADO SÁNCHEZ

Hace unos días comenté a mi amigo David Castelo en facebook, que ya en su día apoyé la candidatura de Pedro Sánchez decididamente, pero de forma crítica. Ya por entonces advertí de lo poco que me gustaban, los "pedristas” más fanáticos y esencialistas. Puros y en posesión de la verdad única, frente al sector de los impuros, equivocados y malhechores. Y ahora estos días, con ocasión de algunas primarias a nivel regional, se me han vuelto a encender todas las alarmas. Como razonar políticamente resulta fatigoso, algunos militantes pedristas decepcionados, lo entiendo, por los resultados en Valencia y Extremadura, han creído mejor recurrir a la descalificación personal y al improperio. Cuando la izquierda abandona su vocación racionalista, se activan todas mis susceptibilidades.
Así que creo llegada la hora de “salvar al soldado Sánchez”, de algunos de sus talibanes de salón. Con permiso de Benedetti: hay que defender a Pedro de la miseria y de los miserables; de las ausencias transitorias y de las definitivas; defenderle del pasmo y las pesadillas; de las dulces infamias y los graves diagnósticos; defenderle del rayo y la melancolía, de los ingenuos y de los canallas… Especialmente ponerle a resguardo de muchos de sus fans en las redes que, bajo la excusa de defender su programa, no hacen sino colocar plomo es sus alas. Y por cierto: ya no hay programa sanchista propiamente dicho, ha sido subsumido en las resoluciones del 39 Congreso, que ahora es el programa de TODO el PSOE. Les guste a unos más o menos.
El sanchismo no puede, como algunos parecen pretender, devenir en una religión que nos impida a todos una mirada limpia, que nos imponga esa sinrazón que, supuestamente, cosería un mundo de sinrazones. Por lo menos los librepensadores, entendemos la democracia, como una práctica de pública racionalidad. No nos va esa visión cainita de la política. No creemos en eso de buenos frente a malos. Personalmente soy más del debate entre verdades relativas, para llegar al final a los que los ingleses denominan "compromise" (que no tiene una buena traducción en castellano). Me enerva esa legión que ha surgido de pedristas acríticos. No lo puedo evitar. Y pienso sinceramente, que Pedro estaría de acuerdo conmigo.
Al contrario de algunos compañeros, que parecen sentirse en posición de la verdad única y exclusiva, más bien creo que la verdad es dialógica. Que es el resultado del diálogo igualitario; en otras palabras, que es la consecuencia de un diálogo en el que diferentes personas, dan argumentos basados en pretensiones de validez y no de poder. El concepto de aprendizaje dialógico, se vincula con contribuciones provenientes de varias perspectivas y disciplinas, como con la teoría de la acción dialógica (Freire, 1970); la aproximación de la indagación dialógica (Wells, 2001); con la teoría de la acción comunicativa (Habermas, 1987); la noción de la imaginación dialógica (Bakhtin, 1981) y con la teoría del “Yo Dialógico” (Soler, 2004). Además, el trabajo de una importante variedad de autores contemporáneos, está basado en concepciones dialógicas.
Jürgen Habermas
A mi modesto entender: El consenso se produce sobre la base de la coacción del mejor argumento, si me dejo convencer, es porque entiendo que las razones en las que se asienta mi convicción, son igualmente convincentes para cualquier hablante. El ideal de la razón está inscrito en la interacción lingüística, y la alternativa al diálogo, no es otra que la sinrazón y la violencia. Para Habermas, uno de mis más apreciados mentores, la comunicación lleva inscrita en su piel, la promesa de resolver con razones las perturbaciones. Quien habla pisa una dimensión en la que aparecen claros los conceptos verdad/mentira, justicia e injusticia. El lenguaje nos da la posibilidad de consensuar normas de comportamiento y de propiciar, por tanto, el progreso histórico. Habermas da un nuevo sentido a la frase de Aristóteles: “el hombre, porque habla, sabe de lo justo y de lo injusto”. Sobre el lenguaje, Habermas establece la posibilidad de crear una ética, una política y una teoría consensual de la verdad.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Julio del 2017.


viernes, 15 de enero de 2016

Pensamiento postmetafísico

A todos los diputados nuevos, junto con los ejemplares de la Constitución y del Reglamento del Congreso, se les debería repartir un ejemplar de este libro. Me parece que ayudaría mucho, a la hora de debatir con razones de calado, y argumentos que vayan más allá de meros titulares y frases ingeniosas.
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Habermas emplea el término “metafísica”, para aludir a todo aquello que quiere superar, del pensamiento filosófico tradicional: en primer lugar, el intento de reconducir las apariencias a un principio originario, que haga las veces de “fundamentación última”. Pero también la filosofía moderna de la conciencia, desplegada desde Descartes, que concibe el “yo pienso” como instancia última de certeza. En lugar de remitirse a la tradición metafísica, opta por defender su concepción comunicativa de la razón, frente al tribunal científico de la filosofía del lenguaje contemporánea, e instaurar así, un “pensamiento postmetafísico”, con conciencia de su falibilidad y mucho más humilde en sus pretensiones, pero más acorde con la acreditada imposibilidad, de seguir apoyándose en certezas o premisas dogmáticas, aportadas por una determinada religión, cosmovisión o weltanschauung.

Así pues, las condiciones que hacen posible el lenguaje no son, en ningún caso, de índole metafísica, sino meramente pragmáticas, esto es, inmanentes a la praxis comunicativa. Por ello, y aunque Habermas no elude el “problema de la verdad”, cuestión central a lo largo de la historia de la filosofía, no habla de “condiciones de verdad”, pero sí de “condiciones de aceptabilidad”: un enunciado no es verdadero porque corresponda a un determinado estado de cosas, ni simplemente porque resulte coherente con otros enunciados; lo es porque a lo largo del proceso comunicativo, llega a ser aceptado como justificado, bajo determinadas condiciones ideales. Y entre estas condiciones se incluye, el respeto de ciertos procedimientos y reglas de juego: exclusión de toda coacción dentro del proceso argumentativo, reparto equitativo de derechos y deberes de la argumentación, transparencia en la exposición de razones… etc. En este sentido, una regla de juego elemental, consistiría en aportar todo tipo de razones, hasta que se hagan valer como las mejores, de acuerdo con el conocimiento disponible en un momento determinado: es preciso, por tanto, disponer siempre de “razones justificatorias” que avalen nuestra pretensión de verdad, una “verdad” que, a pesar de que “apunte más allá” de todas la evidencias potencialmente disponibles, no puede ser entendida en la práctica discursiva cotidiana, sino como “aseverabilidad justificada” mediante razones.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Enero del 2016.