Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 3 de octubre de 2019

SÍ, LA SOCIALDEMOCRACIA PUEDE TENER FUTURO

En contra de lo que está pasando en Europa, o en parte de ella, soy de lo que creen en las posibilidades de futuro, de una opción reformista como es la socialdemócrata. Sí, sí, no me olvido, soy un optimista antropológico. Pero, en el peor de los casos, no soy el único. Hay buenos filósofos y analistas políticos, que también han señalado, no hace tanto, que se trata de una opción ético-política, que puede estar a la altura de las circunstancias históricas, de la segunda década del siglo XXI, y con vocación de futuro a medio y largo plazo.
En una fecha tan próxima, como la del pasado año, Emilio Martínez Navarro, de la Universidad de Murcia, nos recordaba como la gran filósofa Adela Cortina, había ido elaborando su propia propuesta de filosofía política en uno de sus libros (“Justicia cordial”). Se trata de una propuesta que hunde sus raíces, en las aportaciones de la ética discursiva, de mis estimados Karl-Otto Apel y Jürgen Habermas, la noción hegeliana de “reconocimiento recíproco”, y algunos elementos valiosos, que proceden de la tradición filosófica de nuestro propio país, Ortega, Zubiri y Aranguren especialmente. A mi modesto entender, se trata de una propuesta original, atractiva y, sobre todo, viable.
Como creo que muchos recordaremos, al menos los que ya peinamos canas, en los años ochenta y noventa del pasado siglo, se llevó a cabo en España una interesante polémica, en torno a la renovación ideológica de la socialdemocracia, en la que participó de forma brillante la doctora Cortina.
En dicha polémica, frente a las propuestas de renovación de la socialdemocracia, que mantuvieron los partidarios de recurrir, casi exclusivamente, a la teoría de la justicia de Rawls, Cortina propuso la recuperación del modelo de “socialismo neokantiano”, que hunde sus raíces en autores como Karl Vorländer (neokantiano de Marburgo) y se prolonga en el socialismo clásico español, y en las aportaciones de Apel y Habermas.
A juicio de Cortina, la renovación que proponían sus interlocutores, centrada en un supuesto y vago “individualismo de izquierdas”, convertiría a la socialdemocracia en una opción tan cercana al liberalismo, que prácticamente quedaría diluida en él. Para Cortina, quien entienda el socialismo en la línea de Habermas “como una forma de vida que posibilita la autonomía y la autorrealización en solidaridad”, debería optar por un “personalismo solidario”, atento al carácter personal – autónomo – de los hombres, y a la solidaridad que constituye su elemento vital.
Adela Cortina insistía en que, si un partido político quisiera asumir, la tarea de encarnar una moral racional crítica, que acoge en su seno lecciones de las tradiciones liberales y socialistas, tendría que admitir que no basta con un pretendido “individualismo cooperativo”, sino que es preciso formar a las personas en la “autonomía solidaria”, evitando caer en un colectivismo homogeneizador, o bien en un individualismo carente de toda base racional. De este modo, una socialdemocracia que se precie, levantaría la bandera de una solidaridad consecuente, que no se quede en meras declaraciones retóricas, para las campañas electorales.
Ahora bien, pensamos algunos, la profundización de la democracia, en la que consistiría una socialdemocracia con futuro, no estriba en extender el mecanismo de las votaciones y la regla de las mayorías, a los diferentes ámbitos de la vida social – tal como pretenden los partidarios de una democracia asamblearia - sino en construir una sociedad, en la que se promueva la ética de las instituciones, teniendo muy presente los fines de la organizaciones e instituciones, que conforman la compleja vida social contemporánea. Se trata, más bien, de profundizar en los fines propios de todas y cada una, de dichas organizaciones e instituciones, los fines por los que cobran sentido su existencia.
De ahí que el fomento de las éticas aplicadas, sea uno de los pilares fundamentales, de las propuestas ético-políticas de la doctora Cortina. No se trata únicamente, de que la ética sea el núcleo de la política socialdemócrata (lo que plantaría algunos problemas con las tesis de Weber), sino que también ha de ser el núcleo de la actividad económica y empresarial, de la actividad sanitaria, de la educativa, de las profesionales, y de todas las demás actividades legítimas, que conforman la vida social.
Emilio Martínez Navarro
Los que somos lectores suyos, recordaremos que a partir de la publicación, en 2007, de su “Ética de la razón cordial”, la profesora Cortina viene insistiendo en la dimensión emocional, cordial, que ha de contemplar cualquier propuesta ética y política, que pretenda estar a la altura de la época en que vivimos. En este contexto es en el que aparece su insistencia, en que la aplicación del principio de la ética de la razón cordial al ámbito de la política, proporciona una peculiar teoría normativa de la democracia. Se trata de una “democracia radical comunicativa”. Escribe Cortina: “Perfeccionar los mecanismos de representación, para que la democracia sea auténtica; dar mayor protagonismo a los ciudadanos; tratar de asegurar a todos unos mínimos económicos, sociales y políticos; y propiciar el desarrollo de una ciudadanía activa, dispuesta a asumir con responsabilidad su protagonismo”.
En resumen, y a mi modo de verlo, la doctora Cortina ha elaborado una propuesta de renovación de la socialdemocracia, que insiste en el carácter ético que ha de tener, una política que aspire a ganarse el respeto y la legitimidad del presente y del futuro, tanto en sus bases teóricas – que han de estar bien ancladas en la defensa de la dignidad innegociable de todas las personas, especialmente de las más vulnerables – como en sus propuestas prácticas – que no han de confundir la democratización de la sociedad, con la extrapolación ilegítima y homogeneizadora de la regla de la mayoría – como también, y especialmente, en la necesaria coherencia entre la teoría y la praxis.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 31 de Agosto del 2019.


lunes, 4 de diciembre de 2017

IDENTIDADES VERSUS IDENTIDAD

He escrito ya varias veces sobre el concepto de “Identidad”, una palabra que siempre me ha parecido muy peligrosa, pues no tiene usos contemporáneos respetables. Pero lo cierto es que a día de hoy, visto la felona utilización que hacen muchos de la misma, es muy difícil no reincidir en el tema.
No hace tanto pudimos comprobar como en Francia y Países Bajos, los artificialmente estimulados “debates nacionales” sobre la identidad, fueron una endeble cobertura para la explotación política del sentimiento antiinmigrante, y una descarada estratagema para desviar las preocupaciones económicas, hacia objetivos minoritarios.
También Tony Judt nos recordaba como en la vida académica, de manera análoga, la palabra “identidad” tenía usos sospechosos. Los estudiantes universitarios, al menos en los Estados Unidos, podían escoger sobre toda una panoplia de estudios identitarios: “estudios de género”, “estudios sobre la mujer”, “estudios sobre asiáticos-americanos del Pacífico”… etc. Y que el punto flaco de todos estos programas paraacadémicos, no era que se concentraran en una minoría étnica o geográfica concreta, sino que alentaban a los miembros de esa minoría a “estudiarse a sí mismos”, negando de ese modo los objetivos de una educación liberal y, al mismo tiempo, reforzando las mentalidades sectarias y de gueto que, curiosamente, pretendían socavar. Los negros estudiaban a los negros, los gay a los gays, y así sucesivamente.
Como sucede a menudo – y no debería ser así – el gusto académico sigue las modas político-sociales. Hoy todos llevamos una especie de guión interpuesto a nuestra supuesta identidad: belgas-flamencos, ingleses-escoceses, españoles- catalanes, catalanes-nacionalistas, mallorquines-españolistas… En este mundo globalizado, mucha gente ya ni habla el idioma de sus antepasados, ni sabe mucho sobre su lugar de origen. Hace solo muy poco, que Puigdemont se enteró de sus raíces andaluzas y castellano manchegas. Pero al seguir los pasos de una generación de jactancioso victimismo, llevan lo poco que saben como una orgullosa placa de identidad, algo así como: uno es lo que sus abuelos sufrieron.
Este baño caliente, esta sauna de identidad, siempre me ha sido ajeno. Podemos ser subdivididos, según muchos sistemas de clasificación (escribía Giovanni Sartori). Pero la realidad es que nuestra existencia se caracteriza por pertenencias múltiples, por una “naturaleza plural”. Y sí, ya lo sé, es cierto: ser demasiadas cosas a la vez, puede en ocasiones resultar complicado. Pero es esa complicación la que vuelve al mundo interesante, y la que vuelve interesante nuestro estar en el mundo: ver con distintos ojos, hablar en distintas lenguas, cohabitar con ideologías diferentes, congeniar con distintas etnias, ser una cosa y ser otra, no una o la otra: la conjunción agrega: catalán y español, castellano y canario, europeo y cosmopolita. La disyunción cancela, suprime, empobrece.
Yo no estoy seguro de si soy visigodo, leonés, canario, francés o mallorquín. Y sin embargo siento con fuerza que soy todas esas cosas. Estudié en castellano en Madrid y aquí en Palma. Hablo algo de francés, catalán y castellano. He sido tildado de pensar e incluso escribir, como un “intelectual” españolista, un halago mordaz por cierto. Pero el españolismo casposo me deja frío, o me indigna. Es un club del que me sentiría felizmente excluido.
¿Y que hay de mi identidad “política”? Como descendiente de canarios progresistas, leoneses republicanos y franceses radicales, desde temprana edad adquirí una familiaridad superficial, con los textos marxistas y la historia del socialismo. Superficial pero suficiente, para estar vacunado contra las más desaforadas tensiones del nuevo izquierdismo de los años sesenta, mientras me asentaba con firmeza en el campo de la socialdemocracia.
Por los comentarios de algunos amigos a mis escritos, me da la impresión que me tienen por un dinosaurio reaccionario. Y puedo comprenderlos; suelo escribir sobre el legado de algunos políticos e intelectuales europeos, hace tiempo desaparecidos. Admito que no soy muy tolerante con la “propia expresión”, como sustitutivo de la claridad. Que contemplo el esfuerzo, como una pobre alternativa del logro. Me muevo en mis disciplinas, historia y política, como dependientes en primera instancia de los hechos, no de la “teoría”. Veo con escepticismo, mucho de lo que pasa por erudición histórica y política. Y sí, para las convenciones académicas y populistas imperantes, debo de ser un incorregible conservador.
Como socialdemócrata frecuentemente en desacuerdo con compañeros, que se describen a sí mismos como radicales, supongo que me debería servir de alivio, el familiar insulto de “cosmopolita desarraigado”. Pero no, porque lejos de sentirme un desarraigado, me encuentro muy bien arraigado en una diversidad de identidades, contrastantes entre sí. Procuro mantener las distancias con los “ismos” obviamente carentes de atractivo – fascismo, patrioterismo, chovinismo – pero también con las variedades aparentemente hoy más seductoras: nacionalismo, soberanismo, independentismo. El orgullo nacional, el patriotismo – después de más de dos siglos en que Samuel Johnson lo planteara por primera vez – todavía me parece “el último refugio de los sinvergüenzas”.
Personalmente prefiero los “confines”: aquellos lugares donde los países, las comunidades, las lealtades, las afinidades y las raíces, se topan incómodamente entre sí, y donde el cosmopolitismo no es tanto una identidad, sino la condición normal de vida. Soy consciente de que puede haber algo de inmoderado, en la afirmación de que uno siempre está en el límite, en el margen. La mayoría de la gente prefiere no llamar la atención, pasar desapercibida. Si todos son independentistas, mejor ser independentista. Si todos hablan en castellano, mejor no hablar en catalán. Hasta en una democracia abierta, es preciso disponer de una notable testarudez de carácter, para actuar deliberadamente a contracorriente de la comunidad, especialmente si esta es pequeña. Pero si uno ha nacido en una intersección de identidades y culturas, y goza de la libertad de permanecer allí, eso me parece una posición decididamente privilegiada.
A diferencia del fallecido Edward Said, creo que puedo comprender, e incluso sentir empatía, con los que están a gusto amando fieramente a un solo país, y sólo a uno. No considero ese sentimiento incomprensible, simplemente no lo comparto. Pero, con la edad, esas lealtades fieramente incondicionales – a un país, a un dios, a una idea o a un líder – han llegado a aterrorizarme. La fina capa de la civilización – escribía Tony Judt – reposa sobre lo que bien podría ser, una fe ilusoria en nuestra humanidad común. Pero ilusoria o no, bien haríamos en aferrarnos a ella.
Me temo mucho que estamos adentrándonos en un tiempo muy problemático. No son sólo los terroristas, los banqueros o el clima, los que van a causar estragos en nuestro sentimiento de seguridad y estabilidad. La globalización misma será una fuente de temor e incertidumbre, para miles de millones de personas, que se volverán hacia sus líderes en demanda de protección. Las “identidades” se desenvolverán mal en las estrecheces, mientras los indigentes y los desarraigados, golpean en los cada vez más altos muros de las comunidades cerradas. Ser danés, catalán, español o norteamericano, no será sólo una identidad, supondrá un rechazo y una reprobación, de aquellos a los que estas excluyan. Habrá intolerantes demagogos en democracias establecidas, que pedirán tests – de conocimientos, de lengua, de religión, de cultura – para determinar si los desesperados recién llegados, merecen ostentar la “identidad” de franceses, belgas, españoles o catalanes. Ya lo estamos viendo. En este “espléndido siglo nuevo” echaremos de menos a los tolerantes, a los de los márgenes, a la gente fronteriza. Mi gente.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Noviembre del 2017.

domingo, 25 de junio de 2017

UN CIERTO REGUSTO A "DÉJÀ VU".

En cuarenta años desde las primeras elecciones democráticas en España, muchas son las cosas que han cambiado en el mundo. Hemos sufrido, sufrimos, una crisis económica no vista desde 1929, una revolución tecnológica impresionante, una globalización imparable, la emergencia de nuevas organizaciones políticas… etc. Y, sin embargo, especialmente en política, no puedo evitar experimentar un cierto regusto a algo ya vivido a, como dicen los franceses, un “déjà vu.
Contestaba el otro día Manu Escudero en una entrevista: “Lo que ha pasado (se refería al PSOE) se estudiará en los libros de historia porque es algo vivo, novedoso, no premeditado y con un impacto político evidente. Es un hecho singular”. Ya he escrito yo en ocasiones anteriores, que las primarias en el PSOE me han parecido un ejercicio fabuloso de democracia interna, algo que sí, seguramente, tendrán presente en el futuro los analistas políticos. Pero ¿un hecho singular? Sí en los tiempos actuales, pero no si repasamos nuestra historia no tan lejana. No si estudiamos lo sustancial de la historia, y no nos limitamos a ver lo más accidental de la misma. Unamuno – que no era historiador, pero sí algo sabía del tema – decía que no hay que entender la historia, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Él llamaba “intrahistoria” (“Evolución y revolución” 1886) a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales. Tal idea no es de Marx ¡bien sûre! y ni siquiera por completo de Unamuno, que la había encontrado esbozada en la demótica de Machado Álvarez y en “Guerra y Paz” de Tolstoi. Pero es de ahí, pienso, de donde me viene ese regusto a algo ya conocido ¡Ah los muchos años!
XIII Congreso en Suresnes
Los medios y los analistas peor documentados, se escandalizan de lo que ha pasado últimamente en el PSOE, y lo interpretan como algo sobrevenido en la historia. La historia que ellos conocen, claro, sólo la de los últimos 20 años. Remarcan como un lamentable error y algo nuevo, que Pedro Sánchez haya optado por dar un viraje a la izquierda, para intentar atajar la sangría de votos hacia Podemos. Pero eso de pelear primero por la hegemonía de la izquierda, tiene más años que Matusalén. En los años veinte del pasado siglo, la batalla por la izquierda, entre los socialdemócratas y los emergentes comunistas, estuvo en el orden del día, en la mayoría de países del centro, sur y oeste de Europa. Y en los años setenta el PSOE, consciente de la fuerza que había adquirido el PCE, en su lucha contra la dictadura franquista, salió del Congreso de Suresnes con un profundo giro hacia la izquierda, dispuesto a disputarle a los comunistas los votos de ese espacio. Pues ahora lo mismo, lo “déjà vu”, aclaremos quien manda en la izquierda.
Reprochan a Pedro que se haya rodeado en su ejecutiva de personas de su absoluta confianza, sin apenas margen para la integración. ¿Y qué lección esperaban que hubiera aprendido del golpe palaciego del 1 de Octubre? Pero también eso ya lo he visto. Felipe no integró a nadie en 1979, de los que se habían opuesto a la redefinición del influjo del marxismo, en nuestros principios, y que le había costado su dimisión ¡Qué yo ya estuve allí!
Disputar a UP la hegemonía del voto de izquierda, urbano y juvenil, aunque sea vía el abrazo del oso, me parece acertado como primera tare del nuevo PSOE. Lo del apoyo del centro izquierda – lo que sea que eso signifique – llegará como consecuencia. Con Felipe tuvimos que esperar de 1974 a 1982. Así que un poco de calma y paciencia.
Y todo ello siendo muy conscientes, de que siempre a nuestra izquierda habrá alguien. Pues eso del sueño romántico de la “revolución” es algo muy adictivo. En la izquierda han existido siempre dos culturas políticas disímiles y opuestas, que resultan difícilmente insolubles entre sí. Y esto no es sólo un problema español, se viene dando un poco por toda Europa. Como ya he dicho, desde los años veinte del pasado siglo, hasta finales del mismo, con la caída del Muro de Berlín, ese criterio de demarcación entra las izquierdas, separó y opuso al comunismo frente a la socialdemocracia. Pero hoy parece manifestarse mejor, por la dicotomía entre populismo – sea lo que sea lo que signifique el vocablo – y socialdemocracia.
El catedrático Enrique Gil Calvo explica bien a mí entender (y nos lo recordaba hoy Antonio Papell en el Diario de Mallorca) la diferencia entre ambas culturas de la izquierda, sintetizándola en tres rasgos definitorios:
Ante todo la identidad colectiva, el “quien somos nosotros”, como cemento capaz de soldar, integrar y erigir un sujeto político. Ambas culturas interpelan a unas mismas bases sociales heterogéneas entre sí, definibles como clase media urbana, clase obrera y/o clase popular. Pero mientras la tradición socialdemócrata trata de articularlas, estructurarlas y cohesionarlas, apelando a sus intereses comunes, en cambio el llamado, mejor o peor, “populismo”, intenta hacerlo apelando a sus aversiones comunes. Lo cual hace que la identidad populista, se caracterice por su negatividad, pues necesita fabricar un “enemigo del pueblo” (lo de la “clase contra clase” o “socialfascistas” de los viejos estalinistas).
En segundo lugar la estrategia, el modelo de sociedad que se piensa construir. La cultura socialdemócrata aspira al pluralismo universal incluyente. Un pluralismo que, para Juan Linz, es el mejor criterio de demarcación, para trazar la frontera, entre democracia y autoritarismo. Mientras que el populismo no busca desarrollar la pluralidad, sino construir la hegemonía de Gramsci, entendida como homogeneidad cultural, y de ahí su propensión a las purgas y las limpiezas excluyentes.
39 Congreso
Y por último, la táctica o método de competir por el poder. Y la competición por el poder es siempre ambivalente, al basarse tanto en la negociación, el acuerdo y el pacto, como en la lucha, el conflicto y el antagonismo. Y de estas dos dimensiones de lo político, la cultura socialdemócrata se basa en la búsqueda de compromisos, mientras que la razón populista, tiende a exacerbar el conflicto antagónico.
O sea, nada nuevo bajo el sol, los perros de siempre con collares adaptados al siglo XXI.
Hace cuarenta años la derecha era AP, hoy PP; el centro UCD, ahora Ciudadanos; la izquierda el PSOE, hoy el mismo PSOE; y la extrema izquierda el PCE, ahora Unidos Podemos. Los nacionalismos los mismos más o menos. Y una serie de grupos residuales, como hoy. Y claro, muchos a esto lo llaman la “nueva política”. ¡Vamos anda!
Lo que decía: Un cierto regusto a un “déjà vu”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Junio del 2017.





viernes, 24 de junio de 2016

LA SOCIALDEMOCRACIA ES DE TODOS, EL PSOE DE SUS MILITANTES

No creo que nadie tenga registrado el nombre de “Socialdemocracia”, de manera que puede reclamarse de él cualquier ciudadano. Incluso en los años setenta y ochenta pasados, había personas en otros partidos políticos no declarados socialdemócratas, que en el fondo sí se sentían como tales (me refiero a la gente de UCD de Fernández Ordóñez, que luego mayoritariamente se integraron en el PSOE; y a muchos camaradas del PCE que se titulaban “eurocomunistas”, y que igualmente acabaron recalando en el PSOE). Así que la socialdemocracia, es de todo aquel que como tal se sienta. Salvo, por supuesto, de aquellos trileros que utilizan el nombre, para disfrazar su verdadera ideología y conseguir más votos.
Pero el PSOE es de sus militantes, al menos formalmente, porque también podríamos pensar que, como Bien de Interés Cultural (BIC) a lo largo de nuestra historia, pertenece así mismo a todos los españoles. Pero lo digo por esos que estos días, sin militar en el PSOE, se pasan el día en las redes, diciéndonos lo que tenemos que hacer, y el terrible abismo al que nos precipitaremos, si no les hacemos caso. Que no se preocupen, tenemos nuestros instrumentos democráticos internos que, después de un rudo debate como son históricamente los nuestros, decidirán sobre nuestro futuro.
Socialdemocracia. Mitterrand y Felipe
Aunque todos tenemos el derecho a evolucionar históricamente, y sospechoso es, me parece, el que no lo hace por mucho que las circunstancias si se muevan, los cambios de opinión deben ser serios, no meros disfraces para un momento dado. El pasado día 10, Ramón Aguiló nos recordaba como hace menos de dos años, Pablo Iglesias se definía sin problema como comunista, al tiempo que contradictoriamente, impulsaba un proyecto político transversal, que superaba la vieja dicotomía de izquierda y derecha. Y de hecho no era sino un desertor de IU, resentido por no haber sido incluido, en las listas para el Parlamento Europeo. Y ahora ¡voilà, triple salto mortal! se define como socialdemócrata y manipula la historia en su beneficio, calificando a Marx y Engels (pero bueno, según él, también Kant había escrito la “Ética de la razón pura”) como tales socialdemócratas. Y se reclama como patriota ¡vivir para ver y oír! Como apostillaba Ramón, si dice que España es un estado plurinacional, niega a España su condición de nación, y entonces tenemos que preguntarnos ¿de que nación es patriota, de Cataluña, de Euskadi, de Galicia o de Madrid? ¿Qué quiere decir cuando dice “patria”? La palabra tiene una larga historia, y ha servido a proyectos políticos muy distintos. Hay en ella una prosapia ilustrada y liberal, la de los patriotas dieciochescos. Pero también posee un sesgo reaccionario, el del lema carlista “Dios, Patria, Rey”. Y resonancias románticas: es la tierra de nuestros antepasados, la identidad étnica, la Fatherland. O la España de José Antonio Primo de Rivera y la Falange, que pedían “la patria, el pan y la justicia”. ¿Qué patria por tanto? Por favor, seriedad y coherencia.
Pero repito, podemos cambiar de opinión, pero debemos ser serios y consecuentes. Porque si algo ha definido históricamente a la socialdemocracia, ha sido el gradualismo y el reformismo político, el respeto a las libertades (“burguesas” las calificaban los comunistas) y el rechazo a la lucha de clases y a la dictadura del proletariado. De todo eso escribí, analizando la gran controversia entre Kautsky y Bernstein, en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/2015/10/bernstein-kautsky-la-gran-controversia-i.html.
De la hipotética degradación del espacio socialdemócrata en el PSOE, se derivaría en todo caso, es mi opinión, la regeneración de dicho espacio político, pero no su sustitución por un populismo demagógico, dispuesto a todo para confundir a los ciudadanos y conseguir el poder, mintiendo al estilo de Lenin. Que algunos nos hemos leído la historia y aprendido de ella.
PSOE
El hipotético descenso del PSOE a la tercera posición, sería un duro golpe para el partido, es cierto. Pero ni sería definitiva, ni prueba del inminente final del ciclo socialdemócrata, iniciado tras el final de la segunda Guerra Mundial. No debe estar tan claro ese final del ciclo, cuando Pablo Manuel ha elegido esa camisa ¡una más! para su batalla final por La Moncloa. Ni cuando casi el 50% de los españoles se sitúan, según las encuestas, en el espacio de centro-izquierda. Y desde luego no es la primera vez, que se pronostica ese desenlace. A finales de 1979, yo ya estaba allí, apenas diez años antes de la caída del Muro de Berlín, el número uno de la prestigiosa revista marxista “Mientras tanto”, publicada en Barcelona, exhortaba a sus lectores, a no renunciar a su inspiración revolucionaria, “perdiéndose en el triste ejército socialdemócrata, precisamente cuando está en vísperas de la desbandada”.
La pretensión del Sr. Iglesias, de atribuirse el papel de líder de la “nueva socialdemocracia”, encaja mal con sus hechos y sus dichos. Esa corriente se caracteriza, según resumía mi buen amigo y politólogo Ramón Vargas Machuca, en El País hace años (2014), por conciliar voluntad redistributiva y lealtad institucional, por considerar al Estado de derecho, un marco irrebasable para sus aspiraciones de justicia social, por hacer de los principios y procedimientos de la democracia constitucional, un criterio de legitimidad. “En eso – decía – consiste la moderación socialdemócrata, y la diferencia con otras izquierdas”.
Por mis lecturas sé cuan cuantiosos son los trabajos “científicos”, publicados sobre la “decadencia”, “crisis”, “desaparición”… de la socialdemocracia. No deja de ser una paradoja más de la excepcionalidad española, como escribe Santos Juliá, que en una situación tan cercana al desahucio por ruina de la misma, una de las novedades de esta campaña electoral, sea la lucha en la izquierda por detentar la exclusiva de tal rótulo. Así que ¡al loro “casandras” iletrados!
Tras las elecciones se tendrá que pactar, bien sûr. Pueden hacerlo todas aquellas fuerzas, cuyas ideas se sitúen dentro de ese “tronco común” de valores democráticos y reformistas compartidos, al que se refería Francesc de Carreras advirtiendo: “Lo peligroso sería desviarse, prescindir de la realidad, dejarse seducir por la magia, por las falsas ilusiones. Y todo ello por llegar al Gobierno”.

Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Junio del 2016.