Muchos amigos saben ya bien, que soy un histérico con el tema del uso correcto de las palabras. Un convencido de que a falta de consenso, sobre el significado exacto de las palabras que utilizamos, el diálogo se hace difícil. Y no hace mucho Pepe Borrell, en una inolvidable intervención en Sevilla, nos recordó los males que se derivan de la renuncia a la palabra. Que el voto sí, es muy importante en política, pero es su último trámite. La política, en democracia, es primordialmente diálogo, conversación, palabras.
Ahora bien, Tony Judt en su última obra, antes de que el ELA acabase con su vida, “El refugio de la memoria”, nos recordaba que la pura facilidad retórica (arte de hablar o escribir) con independencia de su atractivo, no significa necesariamente profundidad ni originalidad de contenido. Del mismo modo que la falta de elocuencia (facilidad de hablar o escribir con fluidez) seguramente sugiere una deficiencia de pensamiento. Una idea que sonará rara, a la generación de las redes sociales, más preocupada por lo que intenta decir, que por lo que realmente dice.
Hay como una inclinación a retraerse de la crítica formal, con la esperanza de que la libertad así conquistada, favorecerá el pensamiento independiente. “Lo que importa son las ideas, no te preocupes de cómo las digas”. No quedan muchos, al menos en el mundo digital, con la suficiente confianza en sí mismos, como para replicar una expresión desafortunada, y explicar claramente que la misma, inhibe la reflexión inteligente.
Pareciera que hoy en día, la expresión “natural”, tanto en el lenguaje como en el arte, fuera preferida al artificio (predominio de lo elaborado, sobre lo natural). Suponemos de forma irreflexiva que la verdad, no menos que la belleza, se transmiten así de manera más efectiva. Alexander Pope, en su “Ensayo sobre la crítica” decía: “El verdadero ingenio es la naturaleza hermosamente vestida. Lo que fue pensado muchas veces, pero nunca tan bien expresado”. Como nos enseña la historia, en la tradición occidental, durante siglos, ha habido una estrecha relación entre lo bien que uno expresa su punto de vista, y la credibilidad de su argumentación. Los estilos retóricos podían variar, desde lo espartano hasta lo barroco, pero el estilo mismo nunca era una asunto indiferente. Y el “estilo” no consistía sólo, en una oración bien construida: una expresión pobre, ocultaba un pensamiento pobre. Las palabras confusas sugerían, en el mejor de los casos, ideas confusas, y en el peor, disimulo.
La inseguridad cultural engendra su “doble” lingüístico. Si nos fijamos, sucede lo mismo con los avances tecnológicos. En el mundo de Facebook y Twitter, la concisa alusión sustituye a la exposición. En la generación de mis hijos, no digamos en la de mis nietos, la taquigrafía comunicativa facilitada por su “hardware”, ha calado en la comunicación misma: la gente habla como en los mensajes.
Esto debiera preocuparnos, al menos a mí me preocupa. Cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan. Si privilegiamos la expresión personal de cada uno, por encima de la convención formal (las gramáticas establecidas) entonces estaremos privatizando el leguaje, no menos de lo que hemos ya privatizado tantas otras cosas. Recordáis a Humpty Dumpty, en “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”: “Cuando yo utilizo una palabra, significa lo que yo elija que signifique, ni más ni menos”. A lo que Alicia contesta: “La cuestión es si tu ‘puedes’ hacer, que las palabras signifiquen cosas tan diferentes”. Y sí, Alicia tenía razón: el resultado es la anarquía.
Puede que la prosa de baja calidad, sea hoy indicativa de inseguridad intelectual. Hablamos y escribimos mal, porque no nos sentimos seguros de lo que pensamos, y nos resistimos a afirmarlo de un modo rotundo e inequívoco. En opinión de Judt, más que padecer la aparición de la “neolengua”, nos amenaza el auge de la “no-lengua”.
Mis capacidades intelectuales disminuyen. No sé cuanto tiempo aún seré capaz, de forma aceptable, de seguir traduciendo el ser a pensamiento, el pensamiento a palabras y las palabras a comunicación. La riqueza de las palabras en que me crié, era un espacio público por derecho propio. Y de espacios públicos adecuadamente conservados es, con demasiada frecuencia, de lo que carecemos hoy. Si las palabras se deterioran ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Abril del 2019.
Reflexiones y opiniones a vuelapluma, de cualquier cosa que se me ocurra sobre política, historia, filosofía y otras materias
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jueves, 16 de mayo de 2019
LAS PALABRAS Y LA LENGUA
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jueves, 7 de marzo de 2019
MIRABEAU. LA POLÍTICA
Hay un pequeño librito ¿de 1926? “Mirabeau y la política real” de Herbert Van Leisen, que no consigo recordar donde lo leí hace muchos años ¿En la biblioteca de la Facultad de Políticas y Económicas de la Complutense? ¿En casa de mi abuela materna Marie Porcel Bouché? Y hay, por otra parte, la conocida obra de Ortega y Gasset “Mirabeau o el político” de 1927.
Para ambos escritores, Honoré Gabriel Riquetti (9 de marzo de 1749, castillo de Le Bignon, Nemours - 2 de abril de 1791) Conde de Mirabeau, habría sido algo así como el arquetipo del político. Arquetipo, no ideal. No debemos confundir lo uno con lo otro. Tal vez parte de los morbosos desvaríos que hoy vivimos, provenga de habernos obstinado en no diferenciar los arquetipos de los ideales. Estos últimos, son las cosas según estimamos deberían ser. Mientras que los primeros son las cosas en su dura realidad. Si nos acostumbráramos a buscar de cada cosa su arquetipo, evitaríamos, posiblemente, formarnos de esa misma cosa un ideal absurdo.
He recordado algo de todo esto, a raíz de que hace días, una amiga me escribía que para ella, Felipe González era “un ídolo caído”. Son muchos, estimo, los que piensan que el político ideal, el ídolo, sería un hombre, o una mujer, que además de un gran estadista, fuese una buena persona, alguien que no evolucionara en sus ideas, con una vida privada monacal, austera, intachable ¿de acuerdo a que moral? Con el que nos fuera imposible estar en desacuerdo, buen padre de familia, abuelo cariñoso, amigo de sus amigos, simpático, empático, con sentido del humor… ¿es esto posible? Los ideales ¿los ídolos? son las cosas recreadas por nuestros deseos, son “desiderata”.
Varias veces a lo largo de nuestra vida, deberíamos detenernos a realizar una higiene de nuestros ideales, una lógica de nuestros deseos. Tal vez lo que más diferencia una mente infantil del espíritu maduro – escribía Ortega – es que aquella no reconoce la jurisdicción de la realidad, y suplanta las cosas tal cual son, por sus imágenes deseadas. La madurez comienza cuando descubrimos que el mundo es sólido, que el margen de holgura concedido a la intervención de nuestros deseos es muy escaso, y que más allá de él se levanta una materia resistente, de constitución rígida e inexorable. En ese momento, comenzamos a desdeñar los ideales del puro deseo y a estimar los arquetipos, es decir, a considerar la realidad misma, en lo que tiene de profunda y esencial. El “idealismo” vive de falta de imaginación. Todo aquel capaz de imaginarse realizando con exactitud su abstracto ideal, lo más probable es que sufra una desilusión.
El “ideal” al uso es menos, y no más, que la realidad. Así el atributo de buena persona y otros muchos, que se suele exigir al político ideal, puede que sean fáciles de imaginar y definir; en cambio, todo lo demás que constituye al gran político, no es fácil extraerlo de nuestra minerva, de nuestra mente. Tendremos que esperar humildemente, a que la naturaleza tenga a bien inventarlo. Y se resuelva a parir algún nuevo titán político, como en la historia ha habido. Pero eso sí, una vez que el nuevo esté ahí, todos, ingratos y petulantes, nos apresuraremos a censurar el engendro, porque no tiene las virtudes de un honrado y corriente padre de familia. La humanidad es como aquel que se casa con un artista porque es artista, y luego se queja porque no se comporta como un jefe de negociado.
La política de Mirabeau no tuvo claroscuros, fue diáfana. Como en la historia de su siglo se puede comprobar, fue la obra más clara que se intentó en la Revolución Francesa. Si algo puede causarnos sorpresa y maravilla, es que este hombre, ajeno a las Cancillerías y a la Administración, ocupado en un tráfago perpetuo de amores turbulentos, de pleitos, de canalladas, que rueda de prisión en prisión, de deuda en deuda, de fuga en fuga, súbitamente, con ocasión de los Estados Generales, se convierta en un hombre público e improvise, podría decirse en pocas horas, toda una política nueva, que va a ser la política del siglo XIX, la Monarquía constitucional. Y no vagamente, sino en todos sus detalles, no sólo los principios, sino los gestos, la terminología, el estilo y la emoción del liberalismo democrático.
Pero el pensamiento político, como sabemos, no es toda la política, sino sólo una dimensión de la misma. La dimensión restante es la actuación, la praxis. Seguramente sin haberlo previsto él mismo, Mirabeau encuentra dentro de sí mismo, mágicamente presto, el formidable instrumento para la nueva forma de la vida pública: la oratoria romántica. Relata la historia, que el efecto de su primer discurso fue electrizante. “En el tumultuoso preludio de las Comunas, no se había oído aún nada comparable en fuerza y dignidad; fue como una delicia nueva, porque la elocuencia es el encanto de los hombres reunidos”.
Algunos dirán que todo eso era mera retórica. Ya sería bastante que fuera mera retórica – a ver si un día de estos escribo sobre la importancia de la retórica en política - , pero no, era algo más. Era también su valor personal, característica de los grandes políticos. El valor ante los encrespamientos multitudinarios. Si la Asamblea Nacional se levantaba entera contra él, Mirabeau no se inmutaba, no perdía ni una pizca de su serenidad; al contrario, su mente se aguzaba, penetraba mejor la situación, la hacía transparente, y acababa poniendo de su lado aquella misma Asamblea, unos minutos antes tan arisca y tan fiera con él (a eso los franceses lo llaman “déterminer le troupeau”. Cuentan que en un discurso, Mirabeau le respondió a Robespierre, otro titán: “Joven, la exaltación de los principios, no es lo sublime de los principios”.
Dotado de una capacidad de trabajo extraordinaria, Mirabeau era un organizador nato. Donde llegaba ponía orden, síntoma supremo del gran político. Ponía orden en el buen sentido de la palabra, que excluye como ingredientes normales policía y bayonetas (Talleyrand, le dijo un día a Napoleón: "Señor, con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa, menos sentarse sobre ellas"). Orden no es una presión que desde fuera se ejerce sobre la sociedad, sino un equilibrio que se suscita en su interior.
Su muerte prematura (42 años) fue declarada desdicha nacional, y su enorme cadáver inauguró el Panteón de los Grandes Hombres. Pero he aquí que poco después, fueron descubiertas las pruebas de su venalidad. Enseguida el pedante que siempre está a punto, a la sazón Joseph Chénier, pidió la palabra en la Asamblea, y propuso que los restos de Mirabeau fueran extraídos del Panteón “considerando que no hay grande hombre sin virtud”. ¡La gran frase!
Todo ello nos plantea una interesante cuestión, que no está entre mis aptitudes contestar ¿Por qué la historia de Mirabeau recuerda tanto a la de Cesar y, en varia medida, la de casi todos los grandes políticos? Con rara coincidencia, el gran político ha repetido siempre el mismo tipo de hombre, hasta en los detalle de su fisiología.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Febrero del 2019.
Para ambos escritores, Honoré Gabriel Riquetti (9 de marzo de 1749, castillo de Le Bignon, Nemours - 2 de abril de 1791) Conde de Mirabeau, habría sido algo así como el arquetipo del político. Arquetipo, no ideal. No debemos confundir lo uno con lo otro. Tal vez parte de los morbosos desvaríos que hoy vivimos, provenga de habernos obstinado en no diferenciar los arquetipos de los ideales. Estos últimos, son las cosas según estimamos deberían ser. Mientras que los primeros son las cosas en su dura realidad. Si nos acostumbráramos a buscar de cada cosa su arquetipo, evitaríamos, posiblemente, formarnos de esa misma cosa un ideal absurdo.
He recordado algo de todo esto, a raíz de que hace días, una amiga me escribía que para ella, Felipe González era “un ídolo caído”. Son muchos, estimo, los que piensan que el político ideal, el ídolo, sería un hombre, o una mujer, que además de un gran estadista, fuese una buena persona, alguien que no evolucionara en sus ideas, con una vida privada monacal, austera, intachable ¿de acuerdo a que moral? Con el que nos fuera imposible estar en desacuerdo, buen padre de familia, abuelo cariñoso, amigo de sus amigos, simpático, empático, con sentido del humor… ¿es esto posible? Los ideales ¿los ídolos? son las cosas recreadas por nuestros deseos, son “desiderata”.
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| Mirabeau |
El “ideal” al uso es menos, y no más, que la realidad. Así el atributo de buena persona y otros muchos, que se suele exigir al político ideal, puede que sean fáciles de imaginar y definir; en cambio, todo lo demás que constituye al gran político, no es fácil extraerlo de nuestra minerva, de nuestra mente. Tendremos que esperar humildemente, a que la naturaleza tenga a bien inventarlo. Y se resuelva a parir algún nuevo titán político, como en la historia ha habido. Pero eso sí, una vez que el nuevo esté ahí, todos, ingratos y petulantes, nos apresuraremos a censurar el engendro, porque no tiene las virtudes de un honrado y corriente padre de familia. La humanidad es como aquel que se casa con un artista porque es artista, y luego se queja porque no se comporta como un jefe de negociado.
La política de Mirabeau no tuvo claroscuros, fue diáfana. Como en la historia de su siglo se puede comprobar, fue la obra más clara que se intentó en la Revolución Francesa. Si algo puede causarnos sorpresa y maravilla, es que este hombre, ajeno a las Cancillerías y a la Administración, ocupado en un tráfago perpetuo de amores turbulentos, de pleitos, de canalladas, que rueda de prisión en prisión, de deuda en deuda, de fuga en fuga, súbitamente, con ocasión de los Estados Generales, se convierta en un hombre público e improvise, podría decirse en pocas horas, toda una política nueva, que va a ser la política del siglo XIX, la Monarquía constitucional. Y no vagamente, sino en todos sus detalles, no sólo los principios, sino los gestos, la terminología, el estilo y la emoción del liberalismo democrático.
Pero el pensamiento político, como sabemos, no es toda la política, sino sólo una dimensión de la misma. La dimensión restante es la actuación, la praxis. Seguramente sin haberlo previsto él mismo, Mirabeau encuentra dentro de sí mismo, mágicamente presto, el formidable instrumento para la nueva forma de la vida pública: la oratoria romántica. Relata la historia, que el efecto de su primer discurso fue electrizante. “En el tumultuoso preludio de las Comunas, no se había oído aún nada comparable en fuerza y dignidad; fue como una delicia nueva, porque la elocuencia es el encanto de los hombres reunidos”.
Algunos dirán que todo eso era mera retórica. Ya sería bastante que fuera mera retórica – a ver si un día de estos escribo sobre la importancia de la retórica en política - , pero no, era algo más. Era también su valor personal, característica de los grandes políticos. El valor ante los encrespamientos multitudinarios. Si la Asamblea Nacional se levantaba entera contra él, Mirabeau no se inmutaba, no perdía ni una pizca de su serenidad; al contrario, su mente se aguzaba, penetraba mejor la situación, la hacía transparente, y acababa poniendo de su lado aquella misma Asamblea, unos minutos antes tan arisca y tan fiera con él (a eso los franceses lo llaman “déterminer le troupeau”. Cuentan que en un discurso, Mirabeau le respondió a Robespierre, otro titán: “Joven, la exaltación de los principios, no es lo sublime de los principios”.
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| Talleyrand |
Su muerte prematura (42 años) fue declarada desdicha nacional, y su enorme cadáver inauguró el Panteón de los Grandes Hombres. Pero he aquí que poco después, fueron descubiertas las pruebas de su venalidad. Enseguida el pedante que siempre está a punto, a la sazón Joseph Chénier, pidió la palabra en la Asamblea, y propuso que los restos de Mirabeau fueran extraídos del Panteón “considerando que no hay grande hombre sin virtud”. ¡La gran frase!
Todo ello nos plantea una interesante cuestión, que no está entre mis aptitudes contestar ¿Por qué la historia de Mirabeau recuerda tanto a la de Cesar y, en varia medida, la de casi todos los grandes políticos? Con rara coincidencia, el gran político ha repetido siempre el mismo tipo de hombre, hasta en los detalle de su fisiología.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Febrero del 2019.
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jueves, 28 de febrero de 2019
NO SOY ORADOR
Hace ya muchos años, en un curso de retórica-comunicación, lo primero que nos aconsejaron fue no comenzar nunca un discurso diciendo “yo no soy orador”. Si no lo eres – nos explicaron – enseguida lo sabrán, y si lo eres, les habrás engañado.
Mark Thompson – ex director de la BBC, ex profesor de Retórica en Oxford, y hoy Director Ejecutivo del New York Times – explicaba hace unos días, que para entender que está pasando en el mundo de la comunicación política, hay que entender primero que una de las características del lenguaje político actual, es el abierto menosprecio a la retórica.
Recordemos que ya Shakespeare encarnó esta actitud en contra de la retórica, en el personaje de Marco Antonio de su obra “Julio Cesar”, cuando junto al cadáver ensangrentado de Cesar, se dirigió al público romano es estos términos: “Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos sabéis, un hombre franco y sencillo”. De esta manera se desmarcaba de los políticos que hablan como políticos, y se identificaba como un ciudadano que habla el mismo lenguaje que los ciudadanos. Y sí, resulta paradójico que renegar de la retórica sea, en realidad, una táctica retórica antiquísima.
Siendo ya Primer Ministro de Italia – nos recordaba el otro día en El País Estrella Montolío - Silvio Berlusconi declaró: “Si hay algo que no pudo soportar es la retórica. Basta de palabrería. Sólo me interesa lo que tiene que hacerse”. De un brochazo “Il Cavaliere”, desautorizó el ejercicio del debate y la actividad parlamentaria, como un obstáculo molesto para la labor recta e insobornable del gobernante.
Y que decir del siempre inefable Donald Trump: “Yo no soy un político. Digo las cosas tal como son”.
Marco Antonio, Berlusconi y Trump, explotan la falacia de que ser antirretórico y hablar con franqueza, equivale a decir la verdad. Pero como nos señala Thompson, lo sepan o no quienes votan a estos candidatos, la antirretórica también es retórica y, quizá, una de las variedades más potentes y persuasivas de todas.
Las ventajas evidentes, pero fatales a corto plazo, de esta postura antirretórica, son que una vez que convences al público de que no intentas engañarlo, como hace el típico político, consigues desactivar las alertas, las facultades críticas que, por lo general, se aplican al discurso político. De ahí que tus votantes te perdonen cualquier grado de exageración, mentira, contradicción o salida de tono: has conseguido la incondicionalidad irracional de tus votantes.
Pero no deberíamos olvidar que, pese a su mermada reputación actual, la retórica entendida como lenguaje público eficaz, desempeña un papel fundamental en nuestras sociedades democráticas: tiende el puente de la comunicación, entre la clase política y la ciudadanía. Una cita atribuida a Pericles, lo ilustra muy bien: “Las palabras nunca obstaculizan la acción. Cuando se actúa sin palabras, la democracia muere”.
La retórica – nos recuerda Montolío – como lenguaje de la explicación y la persuasión, hace posible que se produzca la toma de decisiones colectiva, que entendemos como democracia. Es inimaginable una democracia sin debate, sin que sus protagonistas compitan entre sí, por el dominio de la persuasión pública. En la esfera política, la retórica no sólo es inevitable, sino deseable. Sólo nos queda por decidir, que calidad retórica deseamos.
Y por cierto, leamos, o releamos si ya lo hemos hecho, “Julio Cesar” de Shakespeare. Muestra de manera palmaria, donde pueden conducirnos los líderes antirretóricos.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Octubre del 2018.
Mark Thompson – ex director de la BBC, ex profesor de Retórica en Oxford, y hoy Director Ejecutivo del New York Times – explicaba hace unos días, que para entender que está pasando en el mundo de la comunicación política, hay que entender primero que una de las características del lenguaje político actual, es el abierto menosprecio a la retórica.
Recordemos que ya Shakespeare encarnó esta actitud en contra de la retórica, en el personaje de Marco Antonio de su obra “Julio Cesar”, cuando junto al cadáver ensangrentado de Cesar, se dirigió al público romano es estos términos: “Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos sabéis, un hombre franco y sencillo”. De esta manera se desmarcaba de los políticos que hablan como políticos, y se identificaba como un ciudadano que habla el mismo lenguaje que los ciudadanos. Y sí, resulta paradójico que renegar de la retórica sea, en realidad, una táctica retórica antiquísima.
Siendo ya Primer Ministro de Italia – nos recordaba el otro día en El País Estrella Montolío - Silvio Berlusconi declaró: “Si hay algo que no pudo soportar es la retórica. Basta de palabrería. Sólo me interesa lo que tiene que hacerse”. De un brochazo “Il Cavaliere”, desautorizó el ejercicio del debate y la actividad parlamentaria, como un obstáculo molesto para la labor recta e insobornable del gobernante.
Y que decir del siempre inefable Donald Trump: “Yo no soy un político. Digo las cosas tal como son”.
Marco Antonio, Berlusconi y Trump, explotan la falacia de que ser antirretórico y hablar con franqueza, equivale a decir la verdad. Pero como nos señala Thompson, lo sepan o no quienes votan a estos candidatos, la antirretórica también es retórica y, quizá, una de las variedades más potentes y persuasivas de todas.
Las ventajas evidentes, pero fatales a corto plazo, de esta postura antirretórica, son que una vez que convences al público de que no intentas engañarlo, como hace el típico político, consigues desactivar las alertas, las facultades críticas que, por lo general, se aplican al discurso político. De ahí que tus votantes te perdonen cualquier grado de exageración, mentira, contradicción o salida de tono: has conseguido la incondicionalidad irracional de tus votantes.
Pero no deberíamos olvidar que, pese a su mermada reputación actual, la retórica entendida como lenguaje público eficaz, desempeña un papel fundamental en nuestras sociedades democráticas: tiende el puente de la comunicación, entre la clase política y la ciudadanía. Una cita atribuida a Pericles, lo ilustra muy bien: “Las palabras nunca obstaculizan la acción. Cuando se actúa sin palabras, la democracia muere”.
La retórica – nos recuerda Montolío – como lenguaje de la explicación y la persuasión, hace posible que se produzca la toma de decisiones colectiva, que entendemos como democracia. Es inimaginable una democracia sin debate, sin que sus protagonistas compitan entre sí, por el dominio de la persuasión pública. En la esfera política, la retórica no sólo es inevitable, sino deseable. Sólo nos queda por decidir, que calidad retórica deseamos.
Y por cierto, leamos, o releamos si ya lo hemos hecho, “Julio Cesar” de Shakespeare. Muestra de manera palmaria, donde pueden conducirnos los líderes antirretóricos.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Octubre del 2018.
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