Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
Mostrando entradas con la etiqueta Spinoza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Spinoza. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de marzo de 2019

DE LA PRE-POLÍTICA A LA POLÍTICA

En su célebre “Ética”, Spinoza desarrolla una antropología basada en el individuo. Lo analiza en un contexto que llamaríamos pre-político – llamado también “estado de naturaleza”, en el cual no hay ni ley ni religión, ni bien ni mal – en el que todo el mundo tiene derecho a hacer lo que sea para subsistir. Según las famosas palabras de Hobbes, la vida en el “estado de naturaleza” es solitaria, menesterosa, punible, casi animal, y breve. En tanto en cuanto se supone que somos criaturas racionales, comprenderíamos rápido que mejor haríamos, aunque fuera desde un punto de vista puramente egoísta, en llegar prestos a un acuerdo entre nosotros, para limitar nuestros deseos antagonistas, y la búsqueda desenfrenada del interés personal. En resumen, que nuestro mayor interés personal, consistiría en vivir bajo la ley de la razón, antes que bajo la de la naturaleza. Lo cual nos llevaría a confiar a un soberano, nuestro derecho y nuestro poder naturales de hacer todo lo que nos es posible, para satisfacer nuestros deseos. Dicho soberano – sea un individuo, un Rey; un pequeño grupo de individuos, una oligarquía; o el cuerpo político en su totalidad, una democracia – será absoluto, y la extensión de sus poderes no sujeta a restricciones. Se encargará de obligar a todos los miembros de la sociedad a respetar el acuerdo, esencialmente utilizando su temor a las consecuencias, de una ruptura del “contrato social”.
Nos advierte Spinoza, que la obediencia al soberano no contraviene nuestra autonomía, puesto que siguiendo los mandamientos del mismo, seguimos a una autoridad que libremente hemos admitido, cuyas órdenes no tienen otro objetivo, mas que nuestro propio interés racional. Se lee en la “Ética”: “Puede ser, pensará alguno, que de esta forma nos convertimos en esclavos, dado que se considera como tal a todo el que actúa siguiendo órdenes de otro, y como “libre” al que gestiona su vida a su manera; lo cual no es absolutamente cierto. Pues, en realidad, aquel al que su placer conduce así, y es incapaz de ver lo que le es útil y hacerlo, es desde cualquier punto de vista, esclavo; únicamente es libre aquel que vive, con todas sus fuerzas, exclusivamente conducido por la razón. En cuanto a la acción llevada a término por mandato, es decir la obediencia, suprime la libertad de una cierta forma, pero no cae en el campo de la esclavitud: es únicamente el objetivo de la acción el que nos hace esclavos. Si la finalidad de la acción es la utilidad, no ya del que actúa, sino de quien la ordena, entonces sí el agente, el actuante, es esclavo e inútil a si mismo. Pero en una república y un Estado en el cual el bienestar de todo el pueblo, y no el del jefe, es la ley suprema, aquel que obedece en todo al poder soberano, no puede ser tildado de esclavo inútil a sí mismo, sino de ciudadano”.
El tipo de gobierno más susceptible de adoptar leyes fundadas en la sana razón, y servir los fines para los cuales un gobierno ha sido instituido es, en opinión de Spinoza, la democracia. Es la forma “más natural” de gobierno, surgido del contrato social, dado que en una democracia la gente se pliega únicamente, a las leyes que emanan de la voluntad general del cuerpo político, y no a los abusos del poder. En una democracia, la racionalidad de las órdenes del soberano está prácticamente garantizada, pues es muy improbable que una mayoría de ciudadanos, se ponga de acuerdo sobre un proyecto irracional.
Debe haber no obstante, “algunos” límites para los discursos. Los discursos sediciosos, que impelen a los individuos a anular el contrato social, no deben ser permitidos. Ciertos “inconvenientes” pueden nacer, sin duda alguna, de una libertad excesiva. Pero quien quisiera arreglarlo todo mediante la ley, “irritará más lo vicios, que corregirlos”. En un pasaje que prefigura la defensa utilitarista de la libertad, que John Stuart Mill hará dos siglos más tarde, Spinoza añade que “esta libertad es muy necesaria, para el desarrollo de las ciencias y las artes, ya que estas últimas no pueden ser practicadas con éxito, más que por aquellos cuyo juicio es libre y exento de prevención”. No olvidemos que estas reflexiones las expresa Spinoza en pleno siglo XVII, lo que ahí es nada.
En su “Tratado teológico-político”, uno de los alegatos más elocuentes a favor de un estado democrático secular, en la historia del pensamiento político, Spinoza – muy concernido por las cuestiones que abordaba – contrariamente al tono generalmente frío de la “Ética”, expresa sus sentimientos con fuerza y sin ambigüedad alguna.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Noviembre del 2018.

lunes, 19 de noviembre de 2018

SPINOZA. ACCIONES Y PASIONES

Desde jovencito, cuando comencé a circular por espacios en los que se debatía, con frecuencia apasionadamente (asambleas universitarias, consejos de administración en empresas privadas, asambleas locales y congresos en el PSOE…) empecé a darme cuenta que cuanto más el debate se acaloraba, más se llevaban el gato al agua, aquellos que mantenían la serenidad. Desde entonces me prometí aplicarme el cuento: controla tu pasión Emilio. Muchos de mis autores favoritos ¿lo serán por ello? han reflexionado sobre el tema de las pasiones. Y lo último profundo sobre ello, lo he encontrado en Spinoza.
Nuestros afectos se dividen en acciones y pasiones. Cuando un suceso tiene lugar en nuestra propia naturaleza, entonces se trata de un caso en el cual el espíritu está activo (acción). Pero cuando nos llega alguna cosa, cuya causa es exterior a nuestra naturaleza, entonces el espíritu permanece pasivo (pasión). Tanto cuando estamos en activo, como cuando permanecemos pasivos, se produce un cambio en nuestras capacidades mentales o físicas. Lo que Spinoza llama “un crecimiento o disminución de nuestra capacidad de actuar”. Este “conatus”, especie de inercia existencial, constituye la “esencia” de todo ser.
Deberíamos esforzarnos en liberarnos de las pasiones – o si eso no nos fuera posible – aprender, al menos, a moderarlas o restringirlas, convirtiéndonos en seres activos y autónomos. Si lo conseguimos, entonces seremos “libres”, en la medida en que todo lo que nos llegue, será resultado no de nuestra relación con las cosas que nos son exteriores, sino de nuestra propia naturaleza. Para lograrlo, necesitamos acrecentar nuestro conocimiento, nuestro tesoro de ideas adecuadas, y eliminar en la medida de lo posible, nuestras ideas inadecuadas. En otros términos, debemos liberarnos de nuestra dependencia respecto a los sentidos y a la imaginación, pues una vida de sentidos e imágenes, es una vida pasiva, conducida por los objetos que nos rodean. Y deberíamos confiar, tanto como nos sea posible, en nuestras facultades racionales.
Todas las emociones humanas, en tanto que pasiones, se dirigen hacia el exterior, hacia los objetos y su capacidad de afectarnos de una u otra manera. Movidos por nuestras pasiones y deseos, buscamos o rechazamos aquellos objetos que, creemos, nos provocan alegría o tristeza. Nuestras esperanzas y temores fluctúan, según consideremos que los objetos de nuestros deseos o aversiones, están alejados, próximos, son necesarios, posibles o improbables. Pero los objetos de nuestras pasiones, ojo, dado que nos son exteriores, escapan a nuestro control. Por ello, tanto más nos dejemos controlar por los mismos, más nos veremos sometidos a las pasiones, y menos nos sentiremos activos y libres. El resultado será una imagen más bien desoladora, de una vida absorbida por las pasiones, siempre persiguiendo los objetos cambiantes y efímeros, que las causan: “Nos movemos de muchas maneras empujados por causas exteriores – escribía Spinoza – y parecidos a las olas del mar empujadas por vientos contrarios, agitados, ignorando lo que nos espera y cual será nuestro destino”.
El título de la cuarta parte de la Ética, revela con una claridad perfecta, lo que opina Spinoza de una vida como la que acabamos de relatar: “De la Servidumbre del hombre, o de las Fuerzas de los Afectos”. En él nos explica que llama “Servidumbre” a la impotencia del hombre a la hora de gobernar y reducir sus afectos; sometido a los afectos, en efecto, el hombre no es dueño de sí mismo, sino de la fortuna, cuyo poder es tal, que muchas veces se ve obligado, aun conociendo lo mejor, a hacer lo peor. Es, agrega Spinoza, una especie de “enfermedad del alma”, un experimentar un amor excesivo, por una cosa “sometida a numerosos cambios, y que no podemos poseer por entero”.
Casa de Spinoza en Amsterdam
Existe una antigua solución para resolver esta dificultad. Como no podemos controlar los objetos que nos sentimos obligados a valorar y a dejarles influir sobre nuestro bienestar, deberíamos intentar controlar nuestras propias evaluaciones y minimizar de esta forma, el poder que los objetos exteriores y las pasiones, ejercen sobre nosotros. No podemos jamás evitar completamente los afectos pasivos, cosa que, por otra parte, no sería deseable en esta vida. Somos esencialmente parte de la naturaleza – opina Spinoza – y como tales no nos podemos jamás librar, de las series causales que nos ligan a las cosas exteriores. “Es imposible que el hombre no sea una parte de la Naturaleza”. De ello se devenga, que el hombre está siempre sometido a las pasiones, que sigue el orden común de la Naturaleza y lo obedece, y se adapta tanto como la naturaleza de las cosas le exigen. Pero a pesar de todo y a fin de cuentas, podemos contrarrestar las pasiones, controlarlas y librarnos en parte, de su dominio.
La vía que permite restringir y moderar los afectos, es la de la virtud. El “spinozismo” sería una suerte de egoísmo psicológico y ético. Todos los seres buscan, buscamos, naturalmente su propio beneficio – preservar su bienestar – y es justo que lo hagan. En ello consiste la virtud. Porque somos seres pensantes, dotados de inteligencia y razón, nuestra principal ventaja es el conocimiento. Nuestra virtud consiste entonces, en buscar el conocimiento y la comprensión de las ideas adecuadas. El mejor modelo de conocimiento, es el de la intuición puramente intelectual, de la esencia de las cosas. Este “tercer género de conocimiento” – más allá de la experiencia vaga y de la razón, los otros dos que considera Spinoza – contempla las cosas, no en su dimensión temporal, tampoco en su duración o en su relación a otras cosas particulares, sino bajo el aspecto de la eternidad, es decir, despojado de toda consideración de tiempo y de lugar. Bajo este tipo de conocimiento, las cosas son aprehendidas en su relación conceptual y causal con las esencias universales (pensamiento y extensión según Spinoza) y con la leyes eternas de la naturaleza.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Octubre del 2018.

martes, 21 de noviembre de 2017

OPINIONES A CONTRACORRIENTE, IMPOPULARES

Leí hace ya un tiempo un artículo de John Carlin en El País, en el que explicaba porqué el veía el mundo actual con optimismo. Un magnífico artículo, de esos que a uno le deprimen, al comprobar lo lejos que está de poder escribir algo así. Y he debatido con frecuencia con mis amigos, sobre el pesimismo y el optimismo. Algo que tiene que ver con nuestro carácter, con nuestros genes y con las experiencias vividas. Puede que yo sea un optimista antropológico, como me califican algunos, pero también pienso si no será, que yo enfoco la realidad desde un punto de vista más positivo. Y desde Ortega ya sabemos que una misma realidad, puede ser observada desde perspectivas diferentes. Seguirá siendo la misma, pero cada uno la veremos distinta.
Los filósofos, incluso los simples “amateurs” como yo, tienen, tenemos, una cierta obligación de pensar en dirección contraria a la mayoría. Es la única forma de someter a prueba, las ideas comúnmente aceptadas. Un “espíritu libre” era para Nietzsche, una persona que piensa de manera diferente, a lo que uno podría esperar atendiendo a sus orígenes y su cultura.
Ojo, soy muy consciente de lo de Trump, del Brexit, de los neo fascismos que campan por toda Europa, de los populismos de toda laya que han emergido por doquier, de la moda de las posverdades o “hechos alternativos”, de la indignación explicable de millones de ciudadanos, ante las recetas injustas para combatir la enorme crisis que nos ahoga, de la ola de inmigrantes que buscan refugio, de los terribles atentados terroristas… y sin embargo…
Comencemos observando la realidad de la política o, mejor, de los políticos. ¿Somos los españoles vanidosos, respecto a nuestros políticos? Pues sí, me parece que sí. Y somos vanidosos, porque presumimos que todos nosotros, somos mucho mejores que ellos. Aunque somos nosotros, y no los ángeles del cielo, quienes venimos eligiéndolos libremente, desde hace casi cuarenta años ya. Nuestros políticos no han sido arrojados, “geworfen”, a la vida, como hubiera dicho Heidegger. Ni han caído de Marte. Y como escribe Bertrand Russell, en su espléndida “Autobiografía”: “La democracia tiene al menos un mérito, un representante del pueblo no puede ser más idiota que sus electores, pues, por idiota que sea, los otros lo habrán sido mucho más al elegirlo”.
Leí unas declaraciones en Le Monde, del conocido filósofo francés Michel Serres, con motivo de la publicación de su nuevo ensayo “Darwin, Bonaparte y el Samaritano”. En las que, con respecto a Europa, decía que “vive la época de paz y prosperidad más larga, desde la guerra de Troya”. Y que la gente vive más y mejor, y que la concordia va sustituyendo a la discordia, que ha caracterizado el pasado entero de la humanidad. “El tsunami de los refugiados es bien significativo”, añade Serres, “¿a dónde quieren ir estos nuevos parias de la tierra? A nuestra casa, a Europa, porque vivimos en paz y prosperidad”. Y la edad de Serres, 86 años, es significativa. Algo tiene que ver la memoria con la tonalidad pesimista u optimista, con que vemos el mundo. “A la vista de lo que he vivido en el primer tercio de mi vida”, mantiene el filósofo, “ahora vivimos en tiempos de paz, y osaría decir que incluso Europa occidental, vive una época paradisíaca”. Lo de Siria, lo de Alepo, lo de Irak es un espanto, sí. Lo de los inmigrantes que desean entrar en Europa, también. Pero si logramos apartar la vista, aunque sea por un momento, de las espantosas imágenes de los medios, y abrimos los ojos al panorama global, y lo miramos históricamente, tendremos que reconocer que vivimos en un era de paz sin precedentes, y que desde 1946, el número de victimas en guerras, ha disminuido en proporciones gigantescas. “Las cifras facilitadas por la Organización Mundial de la Salud, informan de que la causa menos frecuente de muerte en la actualidad, es guerras, violencia y terrorismo. Muere infinitamente más gente a causa del tabaco (¡y yo con mis pipas!) y por accidentes de coche”. Así que hay una gran contradicción, entre el estado real de las cosas y la forma en que las estamos percibiendo, porque vivimos como si estuviésemos inmersos en un estado de violencia perpetua, pero eso no es real en absoluto.
Y la opinión de Serres no es única. Lluis Bassets, en El País, nos contaba como Steven Pinker ha demostrado, en su ensayo “Los ángeles que llevamos dentro”, la radical disminución de la violencia y de la guerra en el mundo. El optimismo parece ser ahora cosa de los viejos que sabemos de donde venimos, y el pesimismo de los jóvenes, disconformes con el mundo de hoy. Decía en El País Semanal, la ya muy mayor filósofa Agnes Heller (Budapest, 1929) discípula del filósofo marxista Georg Lukács: “Si comparo la Europa de hoy con la de mi juventud, la de la II Guerra Mundial, el Holocausto y el comunismo, claro que estoy feliz con el mundo en que vivimos. Y Pinker, por su parte, añadía: “No estamos en un mundo en guerra como mucha gente cree, sino que vivimos en un mundo, donde cinco de cada seis habitantes, habitan en regiones amplia o enteramente, libres de conflictos bélicos”.
Y aun hay más. El economista e historiador Johan Norberg, ha ampliado el ángulo de esta visión optimista sobre la historia de la humanidad, en su ensayo “Progreso. Los motivos para tener esperanza en el futuro”: “A pesar de lo que escuchamos en las noticias, y en boca de muchas autoridades, la gran historia de nuestra era, es que estamos presenciando la mayor mejora en los estándares de vida globales, que han tenido lugar jamás”.
Nietzsche
Entonces ¿si todo va bastante bien, por qué muchos creen que todo va rematadamente mal? Lluis Bassets adelanta algunas posibles explicaciones:
Primera: la memoria. Las nuevas generaciones, que están incorporándose a la vida política, no tienen la experiencia de dos guerras mundiales, ni de una guerra civil, ni de dictadura alguna. Para ellos la paz y la prosperidad son datos objetivos e inmutables de su realidad, aunque ésta, naturalmente, presente aún muchos y notables defectos.
Segunda: el periodismo y el rumbo digital e instantáneo que ha tomado. A los periodistas les interesan exclusivamente las malas noticias, como las guerras, los crímenes, los desastres naturales, el hambre…
Tercera: el pesimismo en la biología. Según Norberg: Estamos seguramente construidos, para estar preocupados. El miedo y la ansiedad, son armas para la supervivencia.
Cuarta: la política. Parece evidente, que no sabemos gobernar bien este nuevo mundo. Seguro que el mundo es mejor hoy, como son mejores nuestras vidas. Pero si no sabemos gobernarlo, podemos convertirlo en peor, retrocediendo a épocas pasadas.
En su libro, publicado aquí en España hace unos meses, “El viaje de Nietzsche a Sorrento”, Paolo d’Iorio nos recuerda una cita de Spinoza, que el filósofo alemán había apuntado en sus cuadernos de viaje: “El hombre libre no medita sobre la muerte, sino sobre la vida”. Nietzsche, en Sorrento, se convierte en abogado de la vida, en una época en la que estaba muy de moda ser pesimista. Sus contemporáneos estaban convencidos, de que el mundo se dirigía hacia la nada. Y él decide reafirmar la vida, y se opone a las teorías que la condenan, incluido el cristianismo. Superando entonces, la vertiente más dura y negra del nihilismo, la de su maestro Schopenhauer. Este Nietzsche, nos puede servir para reafirmar un pensamiento laico, escéptico, paródico y antirreligioso, y para entender hasta que punto, las sombras de dios siguen estando presentes en nuestra cultura, pese a que algunas veces ya no las veamos.
¿Todo puede cambiar en un próximo futuro? Pues sí. Pero no estaría mal recordar que, al menos aún hoy, la humanidad tiene más motivos para darse un pequeño aplauso, que para hundirse en la desesperación.
Escribía no hace tanto Javier Gomá (director de la Fundación Juan March): “Esta es la mejor época de la historia que se ha podido vivir ¿En que otra época te habría gustado vivir si hubieras sido extranjero, enfermo, disidente, preso, emigrante…?” Y, sin embargo, cunde la melancolía y el malestar, algo que según Gomá tiene tres explicaciones: “Porque el éxito de las democracias es compatible con el sentimiento individual de infelicidad; porque hay miedos que vienen de la opulencia y no de la escasez; y porque tras el marxismo la cultura es siempre perversa, hay desconfianza hacia ella”.
A mi entender (ya lo he dicho, soy un optimista) en el fondo de todo fatalismo, de todo pesimismo, aunque nos parezca increíble, hay siempre ciertas dosis de optimismo. Como no hay jamás sombra, sin luz. Y en los momentos de máxima angustia, rememorar el pasado puede ser un acto salvador. Deberíamos releer a Stefan Zweig “El mundo de ayer. Memorias de un europeo” que, reescrito ahora con conocimiento de causa, podría titularse: “La reacción”.
La desesperación y la esperanza, son dos caras de la misma moneda de la condición humana”, escribe George Steiner. Yo elijo la segunda. Pues siempre he tenido a bien, renegar del catastrofismo: nada sin causa y nada sin solución. Meciéndose en la voluptuosidad de la rabia y la desesperación, nada se arregla. Hay motivos para la esperanza. Así, al menos, lo veo yo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 31 de Enero del 2017.



martes, 30 de mayo de 2017

UTOPÍA

El otro día, en respuesta a “La desilusión de los ilusos”, que publiqué en facebook, un amigo me contestaba: “Pues yo quiero seguir soñando con la utopía”. Me parece bien, pensar y soñar son las únicas cosas que nunca logró erradicar, ni la más sanguinaria de las dictaduras. Y si no soñáramos con algo mejor, jamás daríamos el siguiente paso: trabajar por ello. Y aún viviríamos en las cavernas. Pero ilusionarse sólo por una utopía (“proyecto, deseo o plan ideal, atrayente y beneficioso, generalmente para la comunidad, que es muy improbable que suceda o que en el momento de su formulación es irrealizable”) y no por algo más alcanzable, me parece andar un camino, que termina muy pronto en la desilusión y la frustración.
Escribía Ortega en “La doctrina del punto de vista”: “Todo conocimiento lo es desde un punto de vista determinado. La ‘species aeternitatis’ de Spinoza, el punto de vista ubicuo, absoluto, no existe propiamente: es un punto de vista ficticio y abstracto. No dudamos de se utilidad instrumental, para ciertos menesteres del conocimiento; pero es preciso no olvidar, que desde él no se ve lo real. El punto de vista abstracto, sólo proporciona abstracciones”.
El error inveterado, me parece, consiste en suponer que la realidad tiene por sí misma, e independientemente del punto de vista que sobre ella se tome, una fisonomía propia. Pero es el caso que la realidad, igual que un paisaje, tiene infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y auténticas. La sola perspectiva falsa, es esa que pretende ser la única. Dicho de otra manera: “lo falso es la utopía, la verdad no localizada, vista desde “lugar ninguno” (Ortega). Y una idea forjada, sin otra intención que hacerla perfecta como idea, cualquiera que sea su incongruencia con la realidad, es precisamente lo que comúnmente llamamos “utopía”.
A lo largo de la historia, cada revolución se ha propuesto la vana quimera, de realizar una utopía más o menos completa. El intento, inexorablemente, ha fracasado. Y el fracaso suscita el fenómeno gemelo y antitético de toda revolución: la contrarrevolución. Interesante sería, en otro momento, mostrar históricamente como ésta (la contrarrevolución) no es menos utopista que su hermana antagónica, aún cuando es menos sugestiva, generosa e inteligente. El entusiasmo por la razón pura no se siente vencido y vuele a la lid. Otra revolución estalla, con otra utopía bordada en sus pendones, modificación de la anterior. Nuevo fracaso, nueva reacción; y así, sucesivamente, hasta que la conciencia social comienza a sospechar, que la falta de éxito no es debida a la intriga de sus enemigos, sino a la contradicción misma del propósito.
El programa utópico acaba revelando su interno formalismo, su pobreza, su sequedad, en comparación con el raudal jugoso y esplendido de la vida. A la política de meras ideas, sucede una política de cosas y de hombres. Se acaba por descubrir que no es la vida para la idea, sino la idea, la norma para la vida. O como nos recuerda Ortega que dice el Evangelio: “el sábado por causa del hombre es hecho, no el hombre por causa del sábado”.
Sobre todo – y éste es, me parece, un síntoma muy importante – la política toda pierde su presión, desaparece del primer plano de las preocupaciones humanas, y queda convertida en un simple menester, como otros tantos que son ineludibles, sí, pero no atraen el entusiasmo, ni se sobrecargan de un patetismo solemne y casi religioso.
Cuando llega el ocaso de las revoluciones, a la gente le parece este fervor de las generaciones anteriores, una evidente aberración de la perspectiva emocional, sentimental. La política no es cosa que pueda ser exaltada, a tan alto rango de esperanzas y respetos. El alma racionalista – nos recuerda Ortega – la ha sacado de quicio, esperando demasiado de ella. Cuando este pensamiento comienza a generalizarse, concluye la era de las revoluciones. Al alma revolucionaria, conocemos por la historia, no ha sucedido nunca un alma reaccionaria, sino, más bien, un alma desilusionada. Es la inevitable consecuencia psicológica, que dejan los espléndidos siglos idealistas, racionalistas; centurias de dilapidación orgánica, borrachas de confianza, de seguridad en sí mismas, grandes bebedoras de utopía e ilusión.
José Ortega y Gasset
La misma tendencia que en su forma positiva, conduce al perspectivismo, en su forma negativa, significa hostilidad al utopismo. La concepción utópica, es la que se crea desde “ningún sitio”, y que, sin embargo, pretende valer para todos. Querer ver algo, y no querer verlo desde un preciso lugar, es un absurdo. La propensión utópica, sí, ha dominado la mente europea durante toda la época moderna: en ciencia, en moral, en religión, en arte… Ha sido menester todo el contrapeso del enorme afán de dominar lo real – específico del europeo – para que la civilización occidental, no haya concluido en un gigantesco fracaso. Porque lo más grave del utopismo, no es que dé soluciones falsas a los problemas – científicos o políticos – sino algo peor: es que no acepta el problema – lo real – según se presenta; antes bien y “a priori”, le impone una caprichosa forma.
La desviación utopista de la inteligencia humana comienza en Grecia, y se reproduce dondequiera llegue a exacerbación el racionalismo. La razón pura construye un mundo ejemplar, con la creencia de que él es la verdadera realidad y, por tanto, debe suplantar a la efectiva. La divergencia entre las cosas y las ideas puras es tal, que no puede evitarse el conflicto. Pero el auténtico racionalista no duda de que en él – en el conflicto – le corresponde ceder a lo real. Y esta convicción – opina Ortega – es la característica del temperamento racionalista.
Claro es que la realidad posee dureza sobrada, para resistir los embates de las ideas. Entonces el racionalismo busca una salida: reconoce que, “por el momento”, la idea no se puede realizar, pero que lo logrará en “un proceso infinito” (Leibnitz, Kant…). El utopismo toma la forma de “ucronismo”, ese pecado que consiste en cegarse, no a esta o aquella realidad histórica, sino a cualquier realidad histórica, consiste en pensar, en el fondo de uno mismo, que es Adán y que el mundo es nuevo, y que no ha habido nada, que no existe nada, que ahora toda va a crearse de golpe y de una vez.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Mayo del 2017.


domingo, 15 de enero de 2017

HABILITADOS EN RAZÓN

Esta larga y profunda crisis, pero especialmente las injustas recetas, que aplican algunos gobiernos para enfrentarla, han habilitado aparentemente en razón a muchos ciudadanos en su indignación. Y estos andan por ahí, cabalgando sus pasiones y emociones. Arrasando sin compasión, lo que pudiera quedar entre nosotros, de la herencia de las Luces, de la Ilustración.
Un día de estos, para no ser menos que los gritones y faltones en las redes, me asomo a la ventana, me suelto el pelo – el poco que me queda – y comienzo a chillar e insultar: ¡Inmigrantes esquiroles! ¡Islamistas de mierda! ¡Asesinos del Isis! ¡Trumpistas incultos! ¡Nacionalistas periféricos incordiantes! ¡Españolistas casposos! ¡Errejonistas pusilánimes! ¡Folcloristas susanistas! ¡Golpistas gestoristas! ¡Fanáticos pedristas!... ¡Sois todos unos hijos de la Gran… Bretaña.
Y ya está. Ya me he desahogado. Y ahora, para serenarme, vuelvo a los “propos” de mi querido Alain, y a los “Essais” de mi admirado Montaigne, que atan mis pasiones.
Escribe Alain que no tenemos ningún poder sobre las pasiones, en tanto no conocemos sus verdaderas causas. Que el error, en todos estos casos, consiste en poner el pensamiento al servicio de las pasiones, y dejarse llevar por el miedo o la cólera, con una especie de salvaje entusiasmo. Nos recuerda que Spinoza dijo, que es imposible que el hombre no tenga pasiones, pero que el sabio forma en su alma tal extensión de pensamientos felices, que a su lado las pasiones son insignificantes. La pasión se soporta más difícilmente que la enfermedad, porque nuestra pasión nos parece resultado ineludible de nuestro carácter y de nuestras ideas, lo que le da el signo de una necesidad invencible. Y elimina toda esperanza, pues ni para odiar ni para amar, es preciso tener el objeto de nuestro odio o de nuestro amor ante los ojos; lo imaginamos e incluso lo transformamos, mediante una labor interior que es como una poesía. Todo nos lleva a él. Los hombres somos unos filósofos asombrosos. Y lo que más nos sorprende, es que la razón no pueda dominar las pasiones. Cuando somos indulgentes con nosotros mismos y adoradores de impresiones, el mundo se nos echa encima. Casandra augura desgracias. Desconfiad de las Casandras, almas yacentes. El verdadero hombre se sacude y hace el porvenir.
Y Montaigne nos recordaba, que todas las pasiones que se dejan probar y digerir, son sólo mediocres. “Las cuitas leves hablan, las grandes son mudas” (Séneca “Hipólito”). Yo estoy poco expuesto a tales pasiones violentas. Mi aprehensión es dura por naturaleza, y la emboto y ofusco todos los días con el razonamiento. Los deseos en que interviene el cuerpo, están sujetos a saciedad. En cambio, las pasiones que pertenecen enteramente al alma, dan mucho más trabajo a la razón, pues no puede ser auxiliada más que por sus propios méritos, y estos apetitos no pueden ser saciados, de hecho se agudizan y aumentan con la satisfacción.
Así que ¡ojo con los entusiasmos, las pasiones y las emociones desatadas!

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Diciembre del 2016.

domingo, 1 de enero de 2017

LOS JÓVENES Y YO

Actualmente algunos de los militantes más apasionados del PSOE, tienden a identificar, descuidadamente o adrede, la dicotomía entre la vieja política y la nueva, como igual a viejos y jóvenes en edad cronológica. Lo bueno tiene menos de 40 años, lo de más de 50 ya es caduco. Como todas las generalidades, ésta me pone muy nervioso, quizá más porque me implica muy directamente. Y después de releer hace unos días “La deshumanización del arte” de Ortega y Gasset, se me ocurrieron estas reflexiones:
Lo que hemos dado en llamar “nueva política”, se ha convertido en un hecho a escala universal, olvidando que siempre en lo nuevo hay mucho de viejo, y en lo vetusto algo de moderno. Los jóvenes más atentos de las nuevas generaciones, en París, Atenas, Londres, Nueva York, Madrid, etc. coinciden en que la política tradicional no les interesa nada, más aún: les repugna. Y entonces los veteranos, la vieja guardia (los “pata negra” como nos llamaban en los años ochenta) no sabemos que hacer con ellos: o los fusilamos directamente, o nos esforzamos en comprenderlos. Después de mucho leer y reflexionar, yo he adoptado resueltamente, por la segunda opción.
Lo caprichoso, lo arbitrario y, en consecuencia, estéril, sería, opino, resistirse a lo nuevo y obstinarse en la reclusión dentro de formas y modos ya arcaicas, exhaustas y periclitadas. En política como en moral, no depende el deber de nuestro arbitrio; hay que aceptar el imperativo de trabajo, que la época nos impone. Esta docilidad a la orden del tiempo, es la única probabilidad de acertar que como individuos tenemos. Aun así, pienso con frecuencia, quizá no se consiga nada; pero es mucho más seguro su fracaso, si uno se obstina hoy en componer una ópera wagneriana, o escribir una novela naturalista.
Jóvenes
En política suelen ser nulas todas las repeticiones. Cada nuevo estilo que aparece en la historia, puede engendrar cierto número de formas diferentes, dentro de un tipo genérico. Pero llega un día en que lo que fue magnífica cantera, se agota. Es un error ingenuo, creer que la esterilidad actual de la política, se debe a la ausencia de talentos personales. Lo que acontece es que se han agotado las combinaciones posibles, dentro del viejo sistema político. Por esta razón, pienso que debe juzgarse venturoso, que coincida con este agotamiento, la emergencia de nuevas sensibilidades, capaces de anunciar nuevas canteras aún intactas.
Debemos observar que una misma realidad, se quiebra en realidades divergentes, cuando es mirada desde puntos de vista diferentes. Si yo subo al Galatzó, abajo al Este, contemplaré el largo y bonito Coll des Carniceret. Si al mismo tiempo mi hijo David, se ha encaramado a los Puntals de Planicia, admirará el mismo collado al Sur. Los dos estaremos contemplado al unísono la misma realidad. Pero los dos la veremos diferente. Y entonces nos preguntamos: ¿cuál de esas dos realidades es la verdadera? Cualquier decisión que tomemos puede ser arbitraria. Nuestra preferencia por una u otra, sólo puede fundarse en nuestra estimación. Todas esas “realidades” son equivalentes, cada una la autentica para cada perspectiva. Lo único que podemos hacer, es clasificar estos puntos de vista y elegir entre ellos, el que prácticamente nos parezca más “normal” o más espontáneo.
Soy muy consciente de que para que podamos ver algo, para que un hecho se convierta en simple objeto contemplado, es menester separarlo de nosotros, y que deje de formar parte viva de nuestro ser. Y de que algo así debiera hacer yo, cuando intento analizar con objetividad, la crisis en el PSOE. Pero no me resulta nada fácil. Mi historia me como obliga a interesarme seriamente en lo que ocurre, siento como si llevase en ello cierta responsabilidad. La escena se apodera de mí, me arrastra al interior del hecho. Pero también reflexiono, en contradicción, que si me alejo demasiado de esa dolorosa realidad, perderé con el hecho todo contacto sentimental. No participaré ya sentimentalmente en lo que allá acaece, me hallaré espiritualmente exento y fuera del suceso. No lo viviré, simplemente lo contemplaré. Me traerá sin cuidado cuanto pasé allí. Estaré, como suele decirse, a cien mil leguas del suceso. Mi actitud será meramente contemplativa, más aún: no lo contemplaré en su integridad, el doloroso sentido interno del hecho, quedará fuera de mi percepción. Sólo me llegará lo exterior del mismo, las luces y las sombras, los valores cromáticos. Maximun de distancia, minimun de intervención sentimental.
Impresionismo
El otro día en una charla en el “ies Guillem Sagrera”, al final en el turno de preguntas, me preguntó una chica ¿pero a usted que le gusta más, la vieja o la nueva política? Bueno, gustar, gustar, le contesté, la vieja política con sus protocolos y sus formas y tradiciones, con sus apasionados debates pero educados y respetuosos, con la buena relación personal con los adversarios por encima de las opiniones diversas. Pero también me gusta más Sinatra, que cualquiera de los ruidosos cantantes actuales. Y el impresionismo en pintura, antes que los cuadros de hoy que no me llegan. Y Stendhal mucho más que el cretino de Reverte. Pero no se trata de “gustar”, se trata de aceptar el imperativo de nuestra época, o resignarnos a ser arrumbados al baúl de los recuerdos. Y yo aún no me resigno a ser expulsado del hoy.
En cada una de esas dos posturas hay grados diferentes de participación sentimental. Situados en la una nos encontramos con un aspecto del mundo que es la realidad “vivida”, en la otra vemos todo su aspecto de realidad “contemplada”. Pero entre esos diversos aspectos de la realidad, que corresponden a los diferentes puntos de vista, hay uno del que derivan todos los demás, y en todos los demás va supuesto. Si no hubiese alguien que viviese en pura entrega y frenesí, el hecho contemplado nos sería ininteligible. Un cuadro, una poesía, donde no quedase resto alguno de las formas vividas – escribía Ortega – serían ininteligibles, es decir, no serían nada. Quiero decir que en la escala de las realidades, corresponde a la realidad “vivida” una peculiar primacía, que nos obliga a considerarla como “la” realidad por excelencia. Podríamos afirmar, pues, que el punto de vista humano, es aquel en que “vivimos” las situaciones, las personas, las cosas. Y viceversa, son humanas todas las realidades, cuando ofrecen el aspecto bajo el cual suelen ser vividas.
¿Por qué tendríamos que tener hoy razón los viejos contra los jóvenes, siendo así que – como nos muestra la historia - el mañana da siempre la razón a los jóvenes contra la vieja guardia? Sobre todo no nos conviene, me parece, indignarnos ni pontificar gritando. “Dove si grida non è vera scienza” dijo Leonardo da Vinci; “Neque lugere neque indignari, sed intelligere”, recomendaba Spinoza. Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros límites, nuestros confines, nuestra prisión. Parca sería nuestra vida si no aleteara en ella, un afán formidable de ampliar sus fronteras. Se vive en la proporción, en que se ansía vivir más. Toda obstinación en mantenernos dentro de nuestro horizonte habitual, significa debilidad, decadencia de las energías vitales. El horizonte es también una línea biológica. Mientras gozamos de plenitud, el mismo emigra, se dilata, ondula elástico casi al compás de nuestra respiración. En cambio, cuando el horizonte se fija, es que se ha anquilosado. Y que nosotros, ahora sí, ingresamos en la vejez.
Pues eso, a seguir dilatando los horizontes.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Diciembre del 2016.


viernes, 29 de julio de 2016

SPINOZA. SENTIMIENTO DE LA "VANITAS"

El 27 de julio de 1656 en la sinagoga de Ámsterdam, Spinoza, educado en la religión judía, fue excomulgado. La excomunión o “cherem”, era una práctica severa, pero en absoluto desconocida en las comunidades judías.
La “cherem”, fue el acontecimiento más decisivo en la vida de Spinoza. Determinó, en primera instancia, las circunstancias en las que iba a vivir. Cuando cruzó por última vez el puente sobre el río Houtgracht, se abandonó a la merced de la, desde hacía poco, tolerante sociedad holandesa. Desde aquel momento, ya no se consideró a sí mismo un judío, sino un ciudadano de una república libre. Su filosofía de madurez, sería una celebración del espíritu liberal, que caracterizaba a la tierra de adopción de sus padres. La primera obra filosófica original que publicó, el Tractatus Theologico-Politicus, se abre con algo parecido a una carta de agradecimiento, a su nuevo hogar: “Esta libertad, no solamente puede garantizarse sin poner en peligro la piedad y la paz de la comunidad, sino que la paz y la piedad, dependen de esta libertad”. Sin embargo, en su nuevo estatus de judío apóstata, Spinoza conocería pronto, los límites de la misma libertad holandesa, que hacía posible su nueva vida. Los vituperios de los rabinos – escribe Matthew Stewart - llegarían a parecerle unas amonestaciones muy ligeras, comparadas con el vitriolo que le iban a deparar, los teólogos cristianos. De hecho, después de su expulsión de la comunidad judía, el filósofo inició una especie de dobles exilio. Para los judíos era un hereje; para los cristianos era, además, un judío.
Los cinco años siguientes a su traumática expulsión de la comunidad judía, se conocen a veces como “el periodo oscuro” de la vida de Spinoza. Pero a pesar de las incertidumbres biográficas, disponemos de una notable pieza de filosofía semiautobiográfica, que arroja mucha luz sobre este oscuro periodo de la vida de Baruch. El “Tratado sobre la reforma del entendimiento”, que muy probablemente data del año siguiente a su excomunión, o de un año más tarde, registra el primer intento de Spinoza, de explicar y justificar su opción de vida. Diríamos que presenta la “filosofía de la filosofía”, que le guiaría por el resto de sus días.
El “Tratado” se abre con una confesión íntima: “Resolví finalmente averiguar si existía algo, que pudiera ser el auténtico bien… si había algo que, una vez encontrado y adquirido, me proporcionaría una felicidad continua, suprema y duradera”. Para Spinoza, la filosofía se origina en la experiencia, absolutamente personal, de un sentido de la futilidad de la vida ordinaria, una sensación de vacío que, en la tradición filosófica, se ha ganado el distinguido nombre de “contemptu mundi”, el desdén por las cosas mundanas o, mejor aún, el de “vanitas”. En este caso, la acusación contra la existencia cotidiana, va más allá de los infortunios y adversidades de la vida, e incluye incluso las llamadas cosas buenas de la vida. Spinoza nos dice que las cosas buenas, no son lo suficientemente buenas; que el éxito en la vida, no es más que la postergación del fracaso; que el placer nos es sino, un efímero alivio del dolor; y que, en general, los objetos de nuestros esfuerzos, no son más que vanas ilusiones.
Del placer sensual, por ejemplo, el filósofo escribe: “La mente se ve tan atrapada por él… que apenas puede pensar en otra cosa. Pero una vez que el goce sensual ha pasado, sobreviene la mayor de las tristezas”. Igualmente inútil, razona, es el ansia de fama que domina tantas vidas. “El honor tiene esta gran desventaja, que para obtenerlo hemos de dirigir nuestras vidas, en función de la capacidad de entendimiento de otros hombres”. El sentimiento de “vanitas” que describe Spinoza, no es simplemente una sensación pasajera de insatisfacción. Va mucho más allá, de esta especie de depresión postcoital, o de la melancolía que a menudo nos abruma, en cuanto finalmente conseguimos, lo que siempre hemos afirmado desear. La “vanitas” se eleva al nivel de la filosofía, cuando se vuelve intolerable. Es el angustioso encuentro, con la posibilidad de una caída en la nada más absoluta, una vida irrelevante llegando a un final sin sentido.
Esa experiencia de la que Spinoza deja constancia, es una experiencia mucho más cercana a la que, en los relatos de la tradición espiritual, se conoce como “la noche oscura del alma”, ese momento de duda, temor e incerteza extremos, que precede al alba de la revelación. Ese viaje por el vacío del que habla Spinoza, es el mismo que un número de poetas, filósofos y teólogos ha recorrido durante milenios, dejando constancia del sentimiento de que la vida, es una pasión inútil, una rueda incesante de esfuerzos, un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia y que no significa nada. Pero el sentimiento – escribe Stewart – no es universal; por ejemplo, por citar uno, no tuvo ninguna importancia en la obra de su coetáneo Leibnitz. Pero en el caso de Spinoza, al parecer, el sentimiento de la “vanita” perduró en su mente durante mucho tiempo, antes de que se decidiese a hacer algo al respecto.
Casa de Spinoza en Amsterdam
Spinoza deja muy claro que la filosofía que se origina en la “vanita”, apunta directamente a su contrario: “una suprema, continua e imperecedera felicidad”. No se trata de una especie de satisfacción ordinaria, de perfil básico. Es algo tan extremo como el terror del que brota, y Spinoza lo define con expresiones, tomadas de la experiencia religiosa tradicional: “dicha”, “bienaventuranza”, o “salvación”. La filosofía, tal como la entiende Spinoza, no se dedica a traficar con las formas efímeras de la alegría, ni a proponer modestas mejoras en el bienestar; la filosofía busca, y dice encontrar, un fundamento para la felicidad, que es absolutamente cierto, permanente, divino. El principal objetivo, en realidad el único, de la filosofía de su época de madurez, tal como se expresa en la “Ética”, su obra maestra, es conseguir esta especie de dicha o salvación.
Establecida la condición arquetípica de la oscuridad absoluta, en la que se origina una gran parte de la filosofía, lo siguiente que hace Spinoza, es centrarse en los medios originales, con los que la filosofía se propone alcanzar su objetivo, la búsqueda de la sabiduría en una vida de contemplación. Y este es el punto en el que el camino del filósofo, se separa tradicionalmente del camino del teólogo. Mientras que los pensadores religiosos, encuentran finalmente refugio, en la absoluta certeza de una verdad revelada, los filósofos como Spinoza, dan por sentado que la certeza absoluta, solamente es posibles obtenerla mediante los propios recursos internos. Los filósofos descartan también la posibilidad, de alcanzar esta clase de certeza, mediante la experiencia de las cosas del mundo físico, pues tales cosas, por su propia naturaleza, siempre son variables. Aquello que es indudable, insiste Spinoza y sus “colegas” de la antigüedad, ha de encontrarse “dentro”, es decir, en la “mente”. Al igual que Sócrates, Spinoza afirma que la dicha se obtiene solamente con cierta clase de “conocimiento”, específicamente con el “conocimiento de la unión entre la mente y la totalidad de la Naturaleza”.
Icosaedro de Spinoza en Amsterdam
Spinoza reconoce que, aunque uno consagre su vida a la búsqueda de una felicidad continua, suprema y eterna, “es preciso vivir”. Por consiguiente redondea su “Tratado sobre la reforma del entendimiento”, proponiendo “tres reglas de vida”. La primera regla de vida, es “llevarse bien” con el resto de la humanidad. Es decir, quienes busquen la felicidad, deben seguir las costumbres sociales establecidas, y comportarse amigablemente con la gente ordinaria. La segunda regla, es que uno debe disfrutar de los placeres sensuales, requisito para salvaguardar la salud y, por consiguiente, porque ello sirve al importantísimo fin, de llevar una vida de la mente. La tercera regla, es que uno debe tratar de ganar dinero y obtener otros bienes mundanos, solamente en la medida en que ello es necesario, para conservar la vida y la salud; también en este caso, con el propósito de mantener el vigor de la mente.
En el verano de 1661, Spinoza emergió de “su noche oscura del alma”, y se instaló en una habitación de alquiler en una casa pequeña, a las afueras de Rijnsburg, una aldea situada a unos diez kilómetros al oeste, de la ciudad universitaria de Leiden, y unos cuarenta kilómetros al sur de Ámsterdam. Le quedaban dieciséis años de vida. Y todas las pruebas apuntan, al hecho de que el filósofo observó rigurosamente, las reglas que había enunciado en su primer tratado.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Mayo del 2016.

sábado, 9 de abril de 2016

¿NOS ATREVEMOS CON SPINOZA?

Para cualquier compulsivo lector aficionado a la filosofía, es prácticamente imposible no encontrarse con Baruch, Bento, o Benedictus Spinoza (BDS) una y otra vez y desde el inicio. Se admira la modernidad del mismo: “La mente humana es la idea del cuerpo humano”. O se le odia profundamente. Pero a nadie deja indiferente. Desde Leibniz a Diderot, desde Nietzsche a Marx, la mayoría de filósofos han registrado la influencia del notable judío holandés, apreciando o despreciando su materialismo; su modo de no separar alma y cuerpo, ni al hombre de la naturaleza, ni a esta de nada y de nadie; y su asociación con al ateísmo, el panteísmo, la herejía y, como escribe Fernando Savater: “con la condición esencialmente hospitalaria de la ética no supersticiosa”. Russell afirmaba que Leibniz caía en el spinozismo, cada vez que se permitía ser lógico. “Ser un seguidor de Spinoza – dijo en cierta ocasión Hegel – es el comienzo esencial de toda filosofía”. Y cuando a Einstein le preguntaban si creía en Dios, se dice que contestaba: “Yo creo en el Dios de Spinoza”.
Se comprenderá por ello, las ganas que yo tenía desde mi mocedad, de enfrentarme a la lectura del mismo. Pero había dos problemas que me llevaban, una y otra vez, a posponer ese momento.
El primero era que en mi juventud, allá por los años setenta, se había puesto de moda la llamada “Posmodernidad” (término introducido por el filósofo francés Jean-François Lyotard) que abominaba de las ideas de la Ilustración, y de las de los racionalistas que la precedieron en el s. XVII, durante la llamada “Revolución Científica” (Descartes, Leibniz, Spinoza, Galileo, Newton, Locke, Hobbes…) y culpaba a aquella y aquellos, de todos los males que afligían a la sociedad. Desde la llamada de Heidegger a derrocar la metafísica occidental, para recuperar la verdad del Ser, todo el proyecto “posmoderno” de deconstrucción de la tradición del pensamiento occidental, todas las diversas tendencias del mismo, tuvieron una cosa en común: fueron en el fondo, formas de reacción contra la Modernidad. Todas aquellas tendencias empezaron con la convicción de que existe un aspecto vital de la experiencia, que escapa al pensamiento moderno. Todas mantuvieron que el propósito de la vida, empieza allí donde termina la modernidad. Todas afirmaron descubrir el significado, especial y escurridizo, de la existencia, mediante un análisis de los supuestos fracasos del pensamiento moderno. Pero todas ellas se mantuvieron, curiosamente, ligadas indisolublemente a aquello a lo que, precisamente, decían oponerse.
En aquellos años, las ideas de la Ilustración y de sus predecesores (Spinoza entre ellos) etéreas, optimistas y ecuménicas, parecían viejas, cuando no hipócritas y presuntuosas. Y también estaban aquellos que acusaban a la Ilustración, de dinamitar los antiguos y reputados sistemas de creencias religiosas, de situar la razón por encima de cualquier otra facultad humana, o de reducir el sentimiento, la solidaridad y las emociones, a una mera ilusión, destruyendo por el camino, toda posibilidad de creencia consoladora en una deidad omnisciente y benévola.
Cierto es que la Ilustración fue profundamente antirreligiosa. Pero como observó David Hume, en aquel periodo escaseaban los verdaderos ateos, y la mayor parte de los grandes del siglo XVIII, más que ser exactamente ateos, simplemente no prestaban atención a las deidades de las religiones monoteístas del mundo. Pero ser “ilustrado” significa, como bien recoge la famosa afirmación de Immanuel Kant, liberar la mente humana de “la bola y la cadena de su permanente minoría de edad” impuesta, entre otros, por “los dogmas y las fórmulas de la religión establecida”.
Y no es cierta, en cambio, esa idea frecuente y poco cuestionada, de que la Ilustración fue un movimiento interesado, especialmente, en dominar las pasiones y cualquier otra manifestación, de los sentimientos o afectos humanos. El ejercicio de la razón representó un papel decisivo en el proceso ilustrado, efectivamente, pero reducir un proyecto intelectual altamente complejo, lleno de matices, a lo que luego se dio en llamar “el imperio de la razón”, es un simplismo absurdo.
Y había un segundo problema, quizá el más importante, que retrasaba mi encuentro con Spinoza: dudaba de mi capacidad para entenderle. Un amigo del Colegio Mayor La Salle, que luego llegó a Doctor en Filosofía, me había advertido que las obras de Spinoza, especialmente la central, su Ética, eran espesos matorrales, llenos de términos arcaicos e importantes abstracciones. Y me recomendaba que antes de meterme con ellas, me sumergiera a fondo con las de otros filósofos más accesibles (fue el primero que me habló de Habermas, que también tiene lo suyo). Y así lo hice durante bastante tiempo.
Pero hace un par de años ese mismo viejo amigo, en un intercambio de correos sobre otros temas, me comentó, como de pasada, que se había publicado un libro muy interesante, ameno y accesible, sobre Spinoza. Tomé buena nota del mismo; pero ha sido sólo hace un par de meses, cuando me lo he comprado.
El libro en cuestión es “El hereje y el cortesano”, de Matthew Stewart, hijo de estadounidense y catalana, y Doctor por Oxford con una tesis sobre la filosofía alemana del siglo XIX. En su libro, como el mismo Stewart advierte, presenta un enfoque algo heterodoxo, hoy, de Spinoza, pero muy interesante, al menos a mi entender. Y por cierto, el autor es un personaje muy peculiar ya que, después de dedicarse durante siete años a consultor de empresas, en una consultoría fundada por el mismo y que llegó a tener 600 empleados, un buen día decidió de repente retirarse, para llevar una vida contemplativa dedicada a pensar y escribir.
Y casualidades de la vida, como si todo dios se hubiera puesto de acuerdo, para no dejarme excusa con la que posponer mi lectura de Spinoza, me entero el otro día, vía Internet, que Bruno Giuliani, francés y Doctor en Filosofía, ha publicado una versión de la Ética de Spinoza, su gran obra, accesible para todos los aficionados como yo. Al menos eso es lo que anuncia la editorial del mismo. Habrá que comprarlo.

De manera que por fin ¡atrevámonos con Spinoza!

Palma. Ca’n Pastilla a 3 de Abril del 2016.

sábado, 2 de abril de 2016

LA FELICIDAD

                                          <Anoche cuando dormía
                                            soñé ¡bendita ilusión!
                                            que una fontana fluía
                                            dentro de mi corazón>
                                           (Antonio Machado)
Pero yo aún no dormía cuando hace dos noches, leyendo unos textos de Spinoza, experimenté unos minutos casi de éxtasis. Tranquilos, no levité, estoy seguro de que mi cuerpo, permaneció siempre pegado a la cama. Luego entró Marita para preguntarme, que me apetecería comer al día siguiente. Y se acabó. Pero bueno, esa es una de las grandes cualidades de las mujeres, siempre permanecen con los pies pegados a la tierra, ocupadas y preocupadas por los asuntos prácticos del diario vivir; mientras los varones, con asiduidad, nos perdemos en las nubes de nuestras ensoñaciones.

Theodore Zeldin
Pero sí creo, como alguien ya adelantó, que la felicidad se compone de minutos discontinuos de exaltación, como esos que experimenté. Y en El País, Winston Manrique Sabogal nos reseña tres libros, que tratan de todo eso.
¿Qué significa ser feliz, estar plenamente vivo en todo momento, en lugar de estarlo sólo a medias? se pregunta el historiador y pensador Theodore Zeldin, ex decano del St. Anthony College de Oxford. ¿Cómo elegir entre la múltiples formas de escapar al sufrimiento y a la frustración, entre las diversas variantes de la religión (existen 4.200), entre ideales tan dispares como los de los estoicos y los de los románticos, el Renacimiento y los enciclopedistas, la ciencia y la tecnología, y así sucesivamente? A desentrañar esa búsqueda ha dedicado los 25 últimos años el profesor Zeldin. Y el resultado lo plasma en una treintena de historias de aliento reflexivo, en el libro “Los placeres ocultos de la vida. Una nueva forma de recordar el pasado e imaginar el futuro (Plataforma)”.
Por su parte el italiano Giuseppe Scaraffia en “Los grandes placeres (Periférica)” nos dice: “Hemos olvidado que la felicidad, no es un estado de ánimo edificante, y sí la suma de muchos pequeños placeres, que crean una atmósfera”. Pero el mundo contemporáneo, como coinciden los dos pensadores, exige expectativas sobredimensionadas para alcanzar la felicidad. Scaraffia nos recuerda que Stendhal pidió “ir a la caza de la felicidad” y dijo: “Hay que saber lo que te hace feliz y convertirlo en hábito. Y para construir la felicidad se requiere sensibilidad, paciencia, cultura y memoria”.
Zeldin es más escéptico que Scaraffia respecto a Internet y la felicidad, ya que considera que siempre se ha esperado demasiado de las nuevas tecnologías, que han producido efectos colaterales inesperados. “Internet – dice – no ha sido un sustituto apropiado, de la experiencia completa del contacto personal íntimo, que proporciona a los seres humanos su placer más profundo. Pero no tiene sentido echar toda la culpa a la Red. El aislamiento de los individuos, también se ha incrementado por el crecimiento de las ciudades. Yo disfruto de los placeres sencillos y, también, encuentro placer en investigar”.
En el teatro de la vida, nos dice Theodore Zeldin, la gente para protegerse enmascara sus verdaderos deseos, sentimiento y placeres. Y agrega que muchos están encorsetados en prejuicios y tradiciones, que los llevan a convertirse en lo que creen que quieren ser. “El prejuicio es el obstáculo más firme, a la apertura de la mente” remacha.
La solución, en realidad, está al alcance de todos. Está en descubrir el placer en cada cosa que se haga, en disfrutar de la belleza que llega a través de los sentidos, o del intelecto, o de los sentimientos, nos recuerdan los filósofos. En “El libro de la belleza. Reflexiones sobre un valor esquivo (Turner)María Elena Ramos nos recuerda que el hombre, “debe tornar la mirada hacia el interior de sí mismo, donde habría de encontrar grandes bienes, que son la señal dejada en el alma humana por la creación”.
Giuseppe Scaraffia
Por su parte Boris Cyrulnik, psiquiatra y uno de los padres de la “resiliencia”, escribe: “Nadie sabe definir la felicidad. Durante mucho tiempo, el paso por la tierra era el valle de lágrimas entre dos paraísos: el paraíso perdido, por culpa del conocimiento, y el paraíso posible, que podemos ganar tras nuestra muerte, obedeciendo a las leyes divinas. Entre los dos paraísos se sufría. El siglo XIX y la Revolución Francesa, cambiaron esta noción de la felicidad. Si creemos que la felicidad es metafísica, creeremos que sólo puede llegar después de nuestra vida o nuestra muerte. Es lo que ocurre con los yihadistas. El yihadismo enseña, lo que los cristianos enseñaron durante mucho tiempo: morid primero, seréis felices después… Ahora sabemos que la felicidad es un tricotar continuado; es el placer de vivir cotidiano; es un trabajo de todos los días, no es metafísico. La artesanía de la felicidad cotidiana se tricota día a día”.
No se trata tanto de hacer la vida mejor, sino de convertirla en algo más interesante, afirman Zeldin y Scaraffia. Los filósofos piden desterrar prejuicios, vergüenzas y miedos, para evitar la sensación de haber malgastado la vida. Quejarse menos y buscar metas más emocionantes, arriesgar en la aventura. Sentir. Vivir un olor que recupera un paraíso, o una buena noticia de alguien y decirle al oído: “Estoy contento”.

Palma. Ca’n Pastilla a 20 de Marzo del 2016.



martes, 22 de marzo de 2016

LEIBNIZ. LA FILOSOFÍA Y LA INFORMÁTICA

En su continua búsqueda de la paz intelectual, Leibniz siempre insistió en la virtud de la claridad. Si los filósofos escribieran con mayor claridad, declaró, dejarían de pelearse los unos con los otros. De esta manera Leibniz inauguraba uno de los leitmotiv de su “filosofía de la filosofía”. En el “Arte de las combinaciones”, un ensayo académico que escribió antes de cumplir los veinte años, planteó por primera vez la idea de una “característica universal”, un leguaje de símbolos lógicos tan transparente, que reduciría todas las disputas filosóficas, a la manipulación mecánica de unos cuantos signos. Con una prescencia increíble, acerca del futuro de la tecnología de la información, previó la codificación de este lenguaje lógico, en una “máquina aritmética” que fuese capaz de acabar con los debates filosóficos, simplemente pulsando una tecla. En el futuro, predecía extasiado, cuando los filósofos lleguen a un desacuerdo, exclamarán alborozados: ¡Vamos a calcularlo!
La máquina de Leibniz
La “característica universal” de Leibniz, nunca llegó a ser más que la idea de una idea. Lo que resulta fascinante en ella no son los resultados conseguidos, sino la expresión que representa de cierta clase de aspiración. Leibniz, como ciertos pensadores más modernos, estaba convencido de que no existen en realidad, auténticos conflictos filosóficos, lo único que hay son errores gramaticales. Quería creer sobre todo en “la elegancia y la armonía del mundo”, y su intento de reconciliar todas las posturas filosóficas, en los plácidos movimientos de una máquina de calcular inimitablemente barroca era, en el fondo, un esfuerzo encaminado a confirmar esta creencia. La filosofía, parecía asumir Leibniz, no es un fin en si mismo; ni tampoco es la jubilosa experiencia de la unión de la mente con Dios (Naturaleza, Sustancia) como quería Spinoza. Es, simplemente, una forma más de lograr un silencio tranquilo. En el mundo ideal de Leibniz, de hecho, la filosofía no sólo podría elaborarse perfectamente con una hermosa máquina, sino que también podría funcionar mientras uno estuviera durmiendo, ni más ni menos que un ordenador.

Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Marzo del 2016

martes, 16 de febrero de 2016

LA POLÍTICA Y EL PODER

En estos días de negociaciones interminables para formar gobierno, en el que los medios analizan con lupa, la supuesta talla política de los líderes que andan en ellas, sería conveniente recordar algunas cosas sobre la política, que son de cajón, ya expresadas desde antiguo por filósofos, politólogos y sociólogos, pero que con frecuencia se olvidan.
Los grandes líderes políticos en la historia, no han sido grandes moralistas, ni grandes intelectuales, ni grandes teóricos (aunque algo de todo ello pueden haber sido). El líder político se caracteriza, en los sistemas democráticos, por su determinación, por su valentía para arriesgarlo todo, por su empatía, por su paciencia para negociar y conciliar contrarios (un “culo di ferro” que diría Pertini) por su inteligencia práctica, por la coherencia de sus ideas, y por su ambición de poder. No hay gran político sin ese “chute” de la ambición. Mendes France era más coherente y más sincero que Mitterrand; Adlai Stevenson, seguramente fue más sólido intelectualmente que Kennedy… Pero a Mitterrand y Kennedy, les empujaba su inconmensurable ambición. No, no hay liderazgo político sólido, sin ambición de poder. Poder no exclusivamente como satisfacción personal, también como posibilidad única, de llevar a la práctica su proyecto de sociedad.
Golo Mann. Historiador
La política va de eso, de poder. Pero la lucha política, el sendero hacia el poder, no es algo normalizado, claro, despejado y minuciosamente determinado. Recorrerlo implica con frecuencia superar incoherencias, o aparentes contradicciones. Soy partidario de las primarias como método de elección de líderes, pero de repente tengo que dar un puñetazo en la mesa y cesar a un dirigente. Apoyo el funcionamiento realmente democrático, pero no siempre las primarias. La democracia directa me parece bien, pero no más que la representativa, tan legítima y efectiva como aquella. El que no pueda vivir con esas y otras contradicciones, que no aspire al liderazgo. Fue Golo Mann el que nos advertía: “Si la condición humana es tal que no hay verdad ni juicio, que pueda abarcarla en su totalidad, tendrá que haber verdades que se opongan unas a otras, y dejará de tener validez el axioma del “tertium non datur”. Y si has ejercido toda la vida como escritor, periodista y profesor, nada te prepara para el uso del “lenguaje”, de la “narrativa”, una vez que entras en la arena política, porque no se parece a ningún juego de palabras, a ningún relato, al que te hayas enfrentado con anterioridad. No es lo que quieres decir, sino lo que la gente entiende.
Como apuntaba, la talla política de los líderes se mide por varios parámetros. Y uno de los más importantes me parece ser: el de la valentía frente a la incertidumbre y la angustia del vértigo. Esa que Pedro Sánchez está teniendo ante la apatía y cobardía de Rajoy; los ataques por la retaguardia de barones y vetustos “ex”, anclados en un pasado ya pasado; y los órdagos y líneas rojas, de quienes andan cabalgando su ego desbocado. En Spinoza podemos leer: “Omnis determinatio est negatio”. Toda decisión es negación. Negación de todo aquello contra lo que, o por lo que, uno “no” se decide, la exclusión de todas las demás posibilidades. Realizamos algo de lo que existía potencialmente en nosotros, pueden ser cosas muy diferentes, pero nunca todas: o porque las circunstancias son adversas, o porque una cosa sofocó a la otra.
Spinoza
Y no, no soy cínico, y priorizo la honradez, pero tampoco soy moralista, soy político. Y sé, como Weber, que hay dos lógicas políticas, que son dos éticas:
1.- La “ética de la convicción” (Gesinnungsethik). Animada únicamente por la obligación moral y la intransigencia absoluta, en el servicio de los principios.
2.- La “ética de la responsabilidad” (Verantwuortungsethik). Que valora las consecuencias de sus actos, y confronta los medios con los fines, las consecuencias y las diversas opciones o posibilidades, ante una determinada situación. Que es una expresión de racionalidad instrumental, en el sentido que no sólo valora los fines, sino los instrumentos para alcanzar determinados fines. Y es esta racionalidad instrumental, maduramente reflexionada, la que conduce al éxito político.
A mi modesto entender, sería un error de la acción política, plantearse exclusivamente la “racionalidad de los valores”, para prescindir de lo fundamental: la racionalidad en las herramientas que han de conducir, a la realización de estos valores. Hay pues, creo, en la política, una ética implícita que no conocen los “moralistas”, los partidarios de la pureza, de la ingenuidad evangélica, o del doctrinarismo dogmático de cualquier signo.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de febrero del 2016.