Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

jueves, 23 de mayo de 2019

DISPUTA O DISCUSIÓN

En puridad no es lo mismo una disputa que una discusión. Y no estaría mal, me parece, que algo de eso recordaran algunos líderes políticos, en estos meses de campañas electorales.
Mientras que una acción comunicacional “normal”, se refiere a una interacción que se desarrolla sin malicia alguna, en el contexto del mundo real; en los procesos de dilucidación que Habermas llama “discusión”, se presupone la obligación de motivar claramente lo que se dice. Estos procesos deben además, satisfacer ciertas condiciones preliminares, con el fin de alcanzar su objetivo. Como el filósofo lo expondrá repetidamente, a lo largo de sus años, deben atenerse a las siguientes reglas de discusión: Primero, una implicación plena y completa de las partes concernidas; Segundo, un reparto igual de los derechos y deberes de argumentación; Tercero, el carácter informal de la situación de comunicación; y Cuarto y último, una actitud de los participantes orientada hacia la intercomprensión.
Desde el inicio, Habermas es muy consciente que ninguna situación comunicacional real, puede cumplir enteramente las exigencias draconianas de una discusión tal cual él la entiende. Pero partir del principio de que pretensiones válidas, implícitamente muy elevadas, en la actuación cotidiana pueden cumplirse en el cuadro de una discusión ideal, vale al menos de forma contractual. La discusión, desde su punto de vista, no es en absoluto una institución, más bien es el tipo de una contra-institución. A su vez la “disputa”, en tanto que medio de realización estratégica de objetivos definidos, a través de un reparto de papeles, no es en absoluto una “discusión”. Una discusión se desarrolla más bien a la luz de la búsqueda de la verdad, bajo forma de cooperación, es decir, de la comunicación por principio incondicional y sin coacción, sirviendo al único objetivo de la intercomprensión. Sin embargo, como ya se habrá entendido, la intercomprensión es un concepto normativo, que debe ser determinado bajo forma contrafactual.
Con demasiada rapidez, estimo, los debates políticos se sitúan sobre el muy delicado terreno de cuestiones morales y de principios. El umbral de irritabilidad emocional, se traspasa rápidamente desde ambos lados del debate. Desde la hoguera de la emoción, el cambio de perspectiva, susceptible de ser provocado por un esfuerzo de empatía, constituye una rara excepción, y exige demasiado a las partes, en vista de sus altas apuestas. Desde las pasiones encendidas, el riesgo de olvidar totalmente la ética de la discusión, es en todo caso demasiado alto.
Muchos políticos, especialmente en esta nuestra época, sucumben conscientemente y reiteradamente a estos peligros, convirtiendo dicho olvido en un arma ideológica-política. Recurren a la dramatización, a las generalizaciones, a los insultos, a figuras retóricas destinadas a agudizar sus propósitos, conscientes como son, que la política de las ideas así vapuleada, separa, divide, escinde… bien conscientes también, que de esta forma se aplasta, se deforma la argumentación, y se entra en contradicción con el ideal del debate político, el ideal de la “Aufklärung”, de la Ilustración. No se pretende convencer al adversario, se busca destruirlo.
Jürgen Habermas
En las intervenciones de este tipo, caracterizadas por los insultos y la intransigencia de las opiniones, es casi inevitable que los exabruptos sustituyan a los argumentos. Si al menos, aunque no se escuchara al adversario, se dedicaran todos a defender sus propios argumentos, sin faltar a la mínima educación, algo avanzaríamos. Pero no, ya se sabe, cuando no se tienen argumentos, se grita. Y “Dove si grida non è vera scienza”.
En lugar de hablarse directamente, de dialogar in person, se sirven de forma predeterminada de los medios. Y como consecuencia los desacuerdos se convierten, por así decirlo, en preprogramados. En vez de que las partes, en una confrontación objetiva, se sometan implícitamente a un imperativo de veracidad, cada una de ellas hace ostentación de lo suyo, y deniega la condición de veracidad al adversario.
Escribía hace unos días Pepe Borrell: “Faraday, el británico que estudió el electromagnetismo decía: "Un orador resta mucha dignidad a su carácter, cuando sesga la información para que lo obsequien con aplausos y halagos".
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Febrero del 2019.

jueves, 16 de mayo de 2019

LAS PALABRAS Y LA LENGUA

Muchos amigos saben ya bien, que soy un histérico con el tema del uso correcto de las palabras. Un convencido de que a falta de consenso, sobre el significado exacto de las palabras que utilizamos, el diálogo se hace difícil. Y no hace mucho Pepe Borrell, en una inolvidable intervención en Sevilla, nos recordó los males que se derivan de la renuncia a la palabra. Que el voto sí, es muy importante en política, pero es su último trámite. La política, en democracia, es primordialmente diálogo, conversación, palabras.
Ahora bien, Tony Judt en su última obra, antes de que el ELA acabase con su vida, “El refugio de la memoria”, nos recordaba que la pura facilidad retórica (arte de hablar o escribir) con independencia de su atractivo, no significa necesariamente profundidad ni originalidad de contenido. Del mismo modo que la falta de elocuencia (facilidad de hablar o escribir con fluidez) seguramente sugiere una deficiencia de pensamiento. Una idea que sonará rara, a la generación de las redes sociales, más preocupada por lo que intenta decir, que por lo que realmente dice.
Hay como una inclinación a retraerse de la crítica formal, con la esperanza de que la libertad así conquistada, favorecerá el pensamiento independiente. “Lo que importa son las ideas, no te preocupes de cómo las digas”. No quedan muchos, al menos en el mundo digital, con la suficiente confianza en sí mismos, como para replicar una expresión desafortunada, y explicar claramente que la misma, inhibe la reflexión inteligente.
Pareciera que hoy en día, la expresión “natural”, tanto en el lenguaje como en el arte, fuera preferida al artificio (predominio de lo elaborado, sobre lo natural). Suponemos de forma irreflexiva que la verdad, no menos que la belleza, se transmiten así de manera más efectiva. Alexander Pope, en su “Ensayo sobre la crítica” decía: “El verdadero ingenio es la naturaleza hermosamente vestida. Lo que fue pensado muchas veces, pero nunca tan bien expresado”. Como nos enseña la historia, en la tradición occidental, durante siglos, ha habido una estrecha relación entre lo bien que uno expresa su punto de vista, y la credibilidad de su argumentación. Los estilos retóricos podían variar, desde lo espartano hasta lo barroco, pero el estilo mismo nunca era una asunto indiferente. Y el “estilo” no consistía sólo, en una oración bien construida: una expresión pobre, ocultaba un pensamiento pobre. Las palabras confusas sugerían, en el mejor de los casos, ideas confusas, y en el peor, disimulo.
La inseguridad cultural engendra su “doble” lingüístico. Si nos fijamos, sucede lo mismo con los avances tecnológicos. En el mundo de Facebook y Twitter, la concisa alusión sustituye a la exposición. En la generación de mis hijos, no digamos en la de mis nietos, la taquigrafía comunicativa facilitada por su “hardware”, ha calado en la comunicación misma: la gente habla como en los mensajes.
Esto debiera preocuparnos, al menos a mí me preocupa. Cuando las palabras pierden su integridad, también lo hacen las ideas que expresan. Si privilegiamos la expresión personal de cada uno, por encima de la convención formal (las gramáticas establecidas) entonces estaremos privatizando el leguaje, no menos de lo que hemos ya privatizado tantas otras cosas. Recordáis a Humpty Dumpty, en “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”: “Cuando yo utilizo una palabra, significa lo que yo elija que signifique, ni más ni menos”. A lo que Alicia contesta: “La cuestión es si tu ‘puedes’ hacer, que las palabras signifiquen cosas tan diferentes”. Y sí, Alicia tenía razón: el resultado es la anarquía.
Puede que la prosa de baja calidad, sea hoy indicativa de inseguridad intelectual. Hablamos y escribimos mal, porque no nos sentimos seguros de lo que pensamos, y nos resistimos a afirmarlo de un modo rotundo e inequívoco. En opinión de Judt, más que padecer la aparición de la “neolengua”, nos amenaza el auge de la “no-lengua”.
Mis capacidades intelectuales disminuyen. No sé cuanto tiempo aún seré capaz, de forma aceptable, de seguir traduciendo el ser a pensamiento, el pensamiento a palabras y las palabras a comunicación. La riqueza de las palabras en que me crié, era un espacio público por derecho propio. Y de espacios públicos adecuadamente conservados es, con demasiada frecuencia, de lo que carecemos hoy. Si las palabras se deterioran ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Abril del 2019.


jueves, 9 de mayo de 2019

PIERDEN LOS MAXIMALISMOS

La política de diálogo y combate contra las desigualdades, del PSOE con Pedro Sánchez al frente, ha sido premiada en las urnas. Los maximalismos y exclusivismos han sido severamente castigados. Los ciudadanos de este país, una vez más, han estado de acuerdo en que los problemas que nos afectan, son complejos y, por tanto, no tienen soluciones simples ni milagrosas.
Los tres partidos de la derecha han sacado el 44,34% de los votos y 149 diputados, cuando el PP de Rajoy y C’s en 2016, obtuvieron el 46,07% y 169 diputados. La triple derecha se ha quedado así, nada menos que a 27 escaños de la mayoría absoluta. Pero el fracaso de Casado ha sido mucho más espectacular, porque ha perdido la mitad de los diputados (de 137 a 66) y de sus electores (de 33% al 16,7%). Y por si fuera poco, el Senado ha pasado de una mayoría absoluta del PP, a otra socialista.
El PP no sólo ha perdido, sino que está viéndose obligado, a modificar a toda velocidad su discurso. Y su futuro como gran partido de la derecha está muy amenazado, algo así como nos pasó a nosotros en 2015 en la izquierda. Algunos barones peperos ya comienzan a remugar, y C’s ya le alienta en el cogote.
El segundo maximalismo que se ha llevado una buena bofetada es el de Podemos, que ha bajado de 71 diputados en 2016 a 42. Incluso si no contabilizamos los diputados de sus confluencias, que se han evaporado, la pérdida conjunta de Podemos y En Comú Podem (su franquicia catalana) es de 15 diputados. Muchas causan explican esta caída.
Si olvidamos las relacionadas con su origen: un artefacto de aluvión, que recogía los indignados de diversas madres, en absoluto amparados bajo un proyecto común, sin estructura entendible ya que no sólida, con el único fin del “sorpasso” al PSOE, hay otra muchas causas más actuales. La primera podría ser que la salida de la gran crisis económica (con el PIB creciendo desde 2014, y la creación de nuevos puestos de trabajo) ha demostrado que la democracia española, no es ni la ruina ni el desastre, que pintaban a brochazos. El mismo triunfo de la moción de censura, ya demostró que la corrupción sí importa a los ciudadanos. Y que la justicia española, muy lenta por muy garantista, al final llega y condena.
De verdad he sentido vergüenza ajena, contemplando al cruzado Pablo Iglesias, que en 2015 embestía lanza en ristre, contra el corrupto “régimen del 78”, debatir en la tele con la Constitución del 78 en la mano, cual paladín de la misma. Aunque fiel a su gusto por el extremismo, considerando a la misma no como un texto reformable, sino la Biblia intocable de este siglo. Todas las encuestas – incluso después de su buen desempeño en los dos debates – siguen señalando a Iglesias como el líder peor valorado. Puede que por su exceso de verbalismo y sus cambios radicales de discurso, puede que por las múltiples trifulcas internas y fugas de destacados compañeros, puede que porque su discurso sobre los buenos y los de abajo, siempre saqueados por los de arriba, la casta, ha entrado en flagrante contradicción, con hechos como la compra de un bonito chalé de clase media alta, en las afueras de Madrid.
Como bien nos recordaba el otro día Juan Tapia, circunstancias externas a España, tampoco han ayudado nada a Unidas. Lo sucedido en la UE, con la aceptación por la Grecia de Tsipras, con buenos resultados, de las recomendaciones europeas, ha dejado en muy mal lugar las tesis de Iglesias, sobre las economías europeas. Por lo menos yo no le he escuchado decir ni pío, de la salida, expulsión, de Varoufakis del gobierno griego, tras comprobar Tsipras que el desafío al BCE, llevaba a la salida del euro y a la catástrofe. Además, aunque queda muy claro que Podemos, no es culpable de lo que pasa ahora en Venezuela, la realidad es que los que defendían las democracias bolivarianas, no salen bien librados de la imagen horrorosa, que transmite hoy el régimen de Maduro.
El tercer maximalismo que sale trasquilado de las elecciones, más allá de las simples apariencias, ha sido el independentismo, aunque aquí los resultados sean menos unívocos: baja del 47% de las elecciones autonómicas del 2017, al 39%, pero respecto a las anteriores legislativas, las del 2016, sube del 32 al 39%. Estas elecciones como sabemos, han coincidido con el juicio en el Supremo, a nueve dirigentes secesionistas cuya sentencia – según los iluminados Torra y la ANC - debe producir por fin el “momentum” tan esperado, para una nueva proclamación de la independencia.
A nivel de Estado, los 22 diputados separatistas, irónicamente, pesarán mucho menos que los 17 anteriores, porque el PSOE puede construir diversas mayorías de gobierno, alguna de ellas sin la participación del independentismo catalán. Por ejemplo con Podemos, PNV, los canarios y el diputado regionalista de Revilla, llega de facto a la mayoría absoluta.
Más relevante quizá, es que dentro del secesionismo los hoy, al menos aparentemente, más pragmáticos y realistas, los ERC, suben de 9 a 15 y doblan así a los 7 fundamentalistas, que bajan 1 y ahora obedecen al ciudadano de Waterloo. Me parece que los dirigentes de la antigua CDC, ahora prisioneros de Puigdemont, tendrán que reaccionar sí o sí, después de las municipales, ya que muchos de los alcaldes de Convergencia, que no querían una ruptura clara con Puigdemont antes de las elecciones, después de las mismas van a exigir clarificación.
Nos recordaba el otro día Juan Tapia (colaborador en El Periódico) que la pura contabilidad canta. En el 2011 CiU, con el democristiano Durán Lleida como primero de lista, sacó 16 diputados en el Congreso y ahora, con el puigdemontismo, ha quedado reducido a sólo 7. Mientras, entonces la supuesta más radical ERC, ha pasado de 3 a 15. Modestamente por entonces, me atreví a profetizar que la conversión de Artur Mas al independentismo, iba a ser un negocio pésimo. Y ya sabemos que los catalanes, con los “negocis” no juegan.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Mayo del 2019.


jueves, 2 de mayo de 2019

EXCITACIÓN ESTÉRIL. VANIDAD

Decía Max Weber, que tres son las cualidades que deben adornar a un político: pasión, sentido de la responsabilidad y distanciamiento.
Pasión de estar volcado en una cosa, de una entrega apasionada a una “causa”, al dios o al demonio que la gobierna. No en el sentido de esa actitud interior que Georg Simmel – el gran sociólogo alemán – solía denominar “excitación estéril”, tal como se daba por aquel entonces, en un determinado tipo de intelectuales. Y que en estos días juega un papel muy importante, en mi opinión, en muchos movimientos políticos – populismos, nacionalismos, ultraísmos – en este carnaval en que algunos han convertido la política, un romanticismo de lo intelectualmente interesante, que corre hacia el vacío, sin ningún sentido de la responsabilidad por las cosas.
Hace ya tiempo que sabemos, que con la mera pasión no basta. La pasión no le convierte a uno en político si, como servicio a una causa, no hace de la responsabilidad, precisamente respecto a esa causa, la estrella que guía, de manera decisiva, la acción. Y para ello se necesita el “distanciamiento” (“Augenmass”, la cualidad decisiva para el político, pensaba Weber). Necesita el político, como al aire que respira, esa capacidad de dejar que la realidad, la tozuda realidad, actúe sobre sí mismo con serenidad interior, es decir, necesita de una “distancia” respecto a las cosas y las personas. La falta de distanciamiento como tal, es uno de los pecados mortales del político. Una de las características, cuya falta de cultivo, va a incapacitar – es mi opinión – a diversos líderes políticos actuales, para la acción política duradera.
Y es que el problema es precisamente éste: ¿como se puede obligar a la pasión ardiente y al frío distanciamiento, a que convivan en la misma persona? La política se hace con la cabeza, no con otras partes del cuerpo. Y, sin embargo, la entrega a la política, si no quiere ser un frívolo juego intelectual, sino una acción auténticamente humana, sólo puede nacer y alimentarse de la pasión. Pero el gran control que caracteriza al político apasionado, y que lo diferencia del mero aficionado “excitado estérilmente”, sólo se consigue habituándose al distanciamiento. La fuerza de una personalidad política significa, antes que nada, poseer estas complicadas cualidades.
El auténtico político tiene que vencer en sí mismo, día a día y hora a hora, a un enemigo muy habitual y demasiado humano, la “vanidad”, que es muy común y es la enemiga mortal de la entrega a una causa, y al distanciamiento requerido respecto a sí mismo.
La vanidad es una característica muy extendida, y seguramente ninguno estemos a salvo de ella. En los círculos intelectuales y académicos, es como una especie de enfermedad endémica. Pero ocurre que en el intelectual, es relativamente inocua, por muy antipática que se manifieste pues, por regla general, no daña su actividad científica. Pero en el político, tiene consecuencias totalmente distintas. El “instinto de poder”, como solemos llamarlo, pertenece, sí y de hecho, a sus cualidades normales. Pero el problema se presenta, cuando esta ambición de poder se convierte, en algo que no toma en consideración las cosas como realmente son, cuando se convierte en objeto de una pura embriaguez personal.
En el terreno de la política sólo hay, en última instancia, dos clases de pecados mortales: el no tomar en cuenta las cosas, y la falta de responsabilidad que, con frecuencia, es idéntica a la primera, aunque no siempre. La vanidad, esa necesidad de ponerse a sí mismo en primer plano, lo más visiblemente posible, es lo que con más fuerza conduce al político, a la tentación de cometer uno de esos dos pecados, o los dos. El político narcisista, se halla en continuo peligro de tomar a la ligera su responsabilidad, por las consecuencias de sus acciones, preocupado como está solamente, por la impresión que produce en los demás.
La falta de tomar en consideración la realidad, hace al político proclive a ambicionar la apariencia brillante del poder, en vez del poder real, y le lleva a disfrutar solamente del poder por sí mismo, sin una finalidad objetiva. Pues, aunque el poder sea el medio ineludible de la política, o justamente “porque” el poder es el medio ineludible de aquella, no existe deformación más perniciosa de la energía política, que la fanfarronería con el poder, propia de un advenedizo, y la vanidosa complacencia en el sentimiento de poder, es decir, la adoración del poder como tal. En mis tiempos, se hablaba mucho de la “erótica del poder”, aunque yo nunca llegué a entender muy bien, de que iba ese rollo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Marzo del 2019.


jueves, 18 de abril de 2019

EL NAZISMO Y LA FILOSOFÍA

Con el paso del tiempo y la dosificada entrega de documentos por parte de su hijo, a los archivos de Marbach, donde se pueden consultar, la figura de Heidegger ha quedado manchada, por una verdad que ya no es posible ignorar: aceptó el Rectorado de la Universidad de Friburgo, cuando Alemania ya se había decantado claramente por el régimen nazi. Y se afilió al partido de Hitler (el NSDAP, Partido Nacionalista Obrero Alemán) como condición “sine qua non” para ocupar el cargo. Pero para muchos devotos de Heidegger, esta circunstancia de su biografía no plantea ningún problema, ni pone en entredicho su filosofía.
En mi simple condición de aficionado a la filosofía, acepto que Heidegger fue, ciertamente, el autor de una ontología de primera categoría – aunque coincido con Pierre Bourdieu, cuando la calificó de un “galimatías abstracto” – y de una reconsideración de la pregunta sobre el ser, que nos permite dibujar el arco amplísimo de la filosofía, que va de los presocráticos hasta el mismo Heidegger. Pasando, “ça va de soi”, por el descrédito del racionalismo cartesiano, pascaliano y spinozista, los empiristas ingleses, “bien sûr”, la filosofía ilustrada de Kant y, en menor medida, la romántica de Hegel.
Nos recordaba el otro día Jordi Llovet, que ya hay demasiados textos de Heidegger, que demuestran que estuvo convencido – puede ser que toda su vida, pues jamás se desdijo de lo que había dicho, en los diez meses 1933-1934 de rectorado en Friburgo – de una serie de tesis que le hermanaban, ante la perplejidad de sus discípulos, con las necias autoridades académicas e intelectuales del régimen de Hitler.
Heidegger dentro del círculo
El texto que más se conocía hasta hace poco, era el famoso discurso de su toma de posesión del rectorado, “La autoafirmación de la universidad alemana”, en el que se podían leer párrafos como este: “El mundo espiritual de un pueblo no es una superestructura cultural, y tampoco un arsenal de conocimientos y valores utilizables, sino el poder que más profundamente conserva la fuerza de su raza y de su tierra”. Se trata, como podemos detectar con cierta facilidad, los que nos hemos especializado en historia contemporánea, de una versión del lema nazi más fundamental: “Blut und Boden”, “Sangre y Tierra”. Pero hay más, pues dijo Heidegger que había que “eliminar la libertad académica”, para supeditar toda la enseñanza y toda la vida universitaria, al “destino” (palabra favorita de todo totalitarismo) de Alemania.
Gracias a la “generosidad” del hijo de Heidegger, Hermann, los investigadores han podido tener acceso a una cantidad importante de declaraciones, conferencias públicas y seminarios del filósofo, que producen realmente angustia, especialmente entre los años 1933 y 1935. Mucho de ello lo podemos leer en un libro apasionante, que acaba de publicar Emmanuel Faye, “Heidegger. La introducción del nazismo en la filosofía”. Heidegger habría sido el filósofo ideal para el pensamiento totalitario del nacionalsocialismo, si no hubiera sido porque lo corifeos de Hitler, consideraban infecto cualquier acto de pensar a fondo sobre cualquier cosa, no digamos ya del propio acto de disentir.
Quien desee profundizar en el tema que hoy nos lleva, haría bien en leer o releer la gran obra del filósofo, “El Ser y el Tiempo” (reconozco que es un libro que a los simples aficionados nos desborda). En el mismo descubrimos, sí, un gran pensador. Pero nos toparemos con párrafos como éste: “Si el Dasein (ser-ahí) existe como estar-en-el-mundo, pero estando con otros, su devenir es un devenir con los otros, y queda determinado como destino común. Con este término designamos el devenir de la comunidad, del pueblo”. La palabra mítica, “pueblo”, “Volk”, la llave maestra para entender cualquier totalitarismo. Y que yo, como he repetido con frecuencia, aún no sé bien que significa.
Pues eso.


Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Febrero del 2019

viernes, 12 de abril de 2019

MI AMANTE LA RAZÓN

Me tengo por un insistente amante de la Razón. Esa hermosa dama de difícil acceso y complicada compañía. Fue mi padre en mi niñez, el que primero me habló de ella, describiéndome sus rasgos más elementales. Pero fue en casa de Bertrand Russell, donde la conocí siendo ya un veinteañero ávido de conocimientos. Allí la frecuente durante años. En las últimas décadas del siglo pasado, se mudó a los hogares de Hannah Arendt y Jürgen Habermas. En ellos la sigo tratando con asiduidad. Pero la Razón es una amante casquivana, que con frecuencia te abandona, dejándote acunado en los agradables brazos de sus rivales, la Pasión y la Emoción. Sabe muy bien que volverás a ella, cuando las ensoñaciones de sus rivales, te lleven a darte de narices con la dura realidad.
Mucho se ha escrito e investigado, libros y libros, tesis doctorales y magistrales conferencias, sobre que es la Razón. Y a día de hoy, aún no estamos todos de acuerdo, al respecto.
Habermas considera que la razón es algo que sólo nos es dado a través del diálogo. La racionalidad reside en la organización, de una formación de la voluntad general no coaccionada, es decir, en el telos ('fin', 'objetivo' o 'propósito' en griego) de una intersubjetividad, exenta de toda coerción, de la comunicación.
En su obra “La teoría de la acción comunicativa”, el gran filósofo alemán nos explica que la idea de razón, haya su fundamento en la forma de reproducción, que caracteriza una especie animal dotada del lenguaje. En la medida en que efectuamos, de forma general, actos de lenguaje, nos vemos sometidos a los imperativos de la potencia sobre la que – bajo el venerable nombre de “razón” – nos gustaría basar la estructura de un discurso posible. En este sentido – añade Habermas – parece juicioso hablar de una relación inmanente a la verdad, que es inherente al proceso vital de la sociedad.
Fiesta de la diosa Razón
En el 14 Congreso alemán de filosofía, en su aportación bajo la denominación de “La unidad de la razón en el seno de la pluralidad de voces”, Habermas abogó a favor de un concepto de razón “modesto”, dosificando los márgenes de maniobra, en los muy diversos modos de vida individuales, susceptibles de cohabitar pacíficamente. A estos diversos modos de vida les asocia el término de “intersubjetividad intacta”, que presenta como “la anticipación de relaciones simétricas que permiten, en toda libertad, un reconocimiento recíproco”. A todo eso asocia el sentido moderno de un humanismo que, desde hace tiempo, ha encontrado su expresión, en la vida consciente de ella misma, de la realización del sí mismo autentico y de la autonomía. Pero humanismo que va más allá de la simple afirmación del sí mismo.
Pero no todo el mundo está de acuerdo en esto con Habermas. Por ejemplo Richard Rorty, el filósofo estadounidense, no cree que la razón comunicacional habermasiana, pueda ser considerada como un “don natural de los hombres”. Él la considera más bien como un “conjunto de prácticas sociales”. Pensar como Habermas, dice Rorty, que la razón es comunicacional y dialógica, sería remplazar la responsabilidad referida a otros seres humanos, por la responsabilidad con respecto a un criterio no humano.
Modestamente yo pienso, como otros tratadistas, que Habermas permanece fiel a la tradición filosófica que, literalmente, hace descansar sobre nosotros la idea de razón, en tanto que facultad humana vinculada, de una manera u otra, sobre la autentica realidad.
Pues eso.

Palma, Ca’n Pastilla a 16 de Febrero del 2019.

lunes, 8 de abril de 2019

PEDRO SÁNCHEZ. "POTESTAS" Y "AUCTORITAS"

La otra noche leyendo a Giovanni Sartori, mi pensamiento se centró en el hecho de cómo Pedro Sánchez, después de increíbles vicisitudes y según mi opinión, ha logrado aunar en su persona, la “auctoritas” y la “potestas”. Para aquellos que no estén demasiado acostumbrados a estas disquisiciones terminológicas, me explicaré un poco más.
Autoritarismo viene de autoridad y fue acuñado por el fascismo, como término apreciativo. Luego, con la derrota del fascismo y del nazismo, autoritarismo se convirtió en un término peyorativo, que significa “mala autoridad”, un exceso y un abuso de autoridad, que aplasta la libertad. Autoritarismo se corresponde, como opuesto, más con libertad que con democracia. Autoritarismo es una cosa, y autoridad otra cosa totalmente diferente. El sufijo “ismo” separa dos conceptos casi antitéticos.
Auctoritas” es un término romano. Y para conocer la tortuosa evolución del concepto, bueno es leer a Hannah Arendt. Para los romanos “auctoritas” (autoridad) siempre fue diferente de “potestas” (poder) y, para ellos, “auctoritas” estaba estrechamente ligada a “dignitas”. Como señalaba Jaim Wirszubski, académico y teólogo lituano: “es la “dignitas” lo que sobre cualquier otra cosa, dota a un romano de “auctoritas”. Y la “dignitas” implica la idea de mérito, y contiene la idea del respeto inspirado por ese mérito. Si juntamos todas esas ideas, resulta que – al final de una larga evolución histórica – hoy “autoridad” significa, en el uso común, “un poder que es respetado, aceptado, reconocido, legítimo”.
Pero profundicemos un poco más en la distinción entre poder (“potestas”) y autoridad (“auctoritas”). De por sí, etimológicamente, “poder” es un sustantivo inocuo. Tener poder de hacer significa “yo puedo, tengo la capacidad o me está permitido”. Pero se trata de ver con qué medios el poder “manda hacer” ¿Con incentivos? ¿Con privaciones? ¿Con coerción y uso de la fuerza? Cuando se llega a “mandar hacer” amenazando o usando la fuerza, entonces percibimos el poder político en su elemento más característico, de acuerdo con la definición clásica, que daba de él Max Weber: “el uso legal de la fuerza”. Pero ninguna sociedad puede simplemente reducirse y reconducirse, en su orden, a las órdenes que la gobiernan. Para explicar un orden social, hacen falta otros ingredientes, y entre ellos la autoridad. Y la autoridad explica, lo que el poder no explica.
Autoridad, como hemos dicho, es “poder aceptado, respetado, reconocido, legítimo”. La autoridad no manda, influye; y no pertenece a la esfera de la legalidad, sino a la de la legitimidad. Ya lo decían los romanos: la autoridad se basa en la “dignitas”. Y Jacques Maritain, el filósofo católico francés, lo resume en esta conclusión: “Denominaremos ‘autoridad’ al derecho de dirigir y de mandar, de ser escuchado (como también escribía Ignatieff en su obra “Fuego y cenizas”) y obedecido por los demás; y ‘poder’ la fuerza de que se dispone, y por medio de la cual, se puede obligar a los demás a escuchar o a obedecer… Por tener una parte de poder, la autoridad desciende hasta el orden físico; en cuanto autoridad, el poder se eleva hasta el orden moral”.
El ‘poder’ como tal, es un hecho de fuerza sostenido por sanciones, es una fuerza que se impone desde arriba. En cambio la ‘autoridad’, emerge de una investidura espontánea, y obtiene su fuerza del reconocimiento: es un “poder de prestigio”, que recibe de éste su legitimación y su eficacia. De lo que puede deducirse que una “buena democracia”, debe tender a transformar el poder en autoridad, y que el ideal de las fuerzas democráticas, debería ser el de reducir las “zonas de poder”, para sustituirlas por personas y organismos, dotados de autoridad.
Aclarado eso, me parece que se entenderá mejor por qué opino que Pedro Sánchez, a su “potestas”, ha añadido ya la “auctoritas”. Cada día que dispongo de algo de tiempo, me trago todos los vídeos de los actos electorales de Pedro. No lo hago por descubrir que dirá el Presidente, ya lo sé o me lo imagino. Lo que me interesa es el ambiente del acto, si hay verdadera ilusión o simple asistencia formal. También conocer a los potenciales líderes, de la nueva generación del PSOE. Descubrir en ellos, entre los candidatos a las generales o municipales, los que son de verdad buenos, o los que no pasan de auténticos peñazos, puestos ahí por el aparato.
Y volviendo a Pedro, más que lo que dice, me gusta analizar como lo dice, vía el mensaje corporal. La “potestas”, el poder, lo adquirió ya tras aquellas primarias increíbles que vivimos. Salió elegido de forma rotunda Secretario General, y nuestra ley, los Estatutos, le otorgaron el poder, la “potestas”. Ahora ya no grita en los mítines, dice con sosiego, apelando a la razón política más que a los sentimientos. Apela al sentido del humor, a la ironía, y se siente a gusto en ello. Los movimientos de su cuerpo son más reposados, más elegantes, su “estar” tranquilo no parece nada impostado. Su renuncia a cualquier insulto hacia los adversarios, no parece mera estrategia, sino seguridad en si mismo. Y todo eso, me parece, revela que ya se siente provisto de la “auctoritas”, de la “dignitas”, más allá del simple poder.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Abril del 2019


jueves, 4 de abril de 2019

CICERÓN Y KANT. MORAL Y DEBER

Por lo que he podido leer hasta hoy, son muchas las áreas de coincidencia entre Kant y Cicerón. Los dos pensaban que la ética estaba basada en la razón y era opuesta cualquier tipo de impulso, los dos rechazaban el hedonismo. Cicerón usaba frases como “conquistado por el placer” y “roto por los deseos”, para describir acciones que carecían de virtud o de carácter moral. Kant sostenía por su parte, que sólo eran morales las acciones realizadas únicamente por deber, mientras que una acción motivada por el placer no era moral. Así, tanto Cicerón como Kant, ofrecían una teoría de la moralidad basada en el deber.
Aunque Cicerón, al igual que Kant, consideraba que el deber y la virtud, son los conceptos fundamentales de la moralidad, el primero sostenía que todo lo que concordara con el deber resultaría, en última instancia, más placentero que lo que contradecía la virtud. A fin de cuentas, el deber, como todas las cosas, se deriva de la naturaleza:
“La naturaleza ha dotado a todos los seres animados, del instinto de defender su vida y su cuerpo, y de huir de todo lo que parezca perjudicial, de buscar por doquier y preparar, todo lo necesario para vivir, como el alimento, el albergue. Instinto común de todos los animales, es el apetito de unirse con el fin de procrear”.
Los deberes se basan, en último término, en estas tendencias. Las acciones realizadas por deber, pueden, por tanto, ser caracterizadas como “acordes con la naturaleza”. Lo que es nuestro deber es también lo que es natural, y el consejo ciceroniano de que sigamos siempre a la naturaleza, es seguramente el precepto más famoso de su filosofía moral.
Cicerón
Pero Cicerón no derivó sus deberes directamente de la naturaleza. Afirmaba que la naturaleza ha dotado de razón a los seres humanos, y la razón es su carácter esencial. Por lo tanto, los deberes están también basados en la razón. Para Cicerón no podía haber conflicto alguno, entre obedecer a la naturaleza y obedecer a la razón. Lo que es verdaderamente racional, es también natural.
Los hombres somos animales sociales, y necesitamos de los otros, no sólo para las necesidades de la vida, sino también por razones de compañía y de expansión. Necesitamos la aprobación de los demás, y la vida moral está fundamentalmente interesada por tal aprobación. No nos basta con ser tenidos por honestos o buenos, queremos también ser honestos y buenos. Los deberes deben ser derivados de ciertas “fuentes de honestidad”, que para Cicerón eran cuatro: 1) percepción de la verdad, 2) conservación de la sociedad humana, 3) grandeza y firmeza de un ánimo excelso e indomable, 4) orden y medida en todo cuanto se dice y hace. “Estas cuatro virtudes están unidas, de forma que una no puede existir sin la otra (“Sobre los deberes”).
Los deberes relacionados con la “vida comunal” tienen influencia sobre todos los otros. “Los deberes que tienen sus raíces en la sociabilidad, conforman más nuestra naturaleza, que los extraídos del aprendizaje”. Así, la firmeza del carácter sólo se revela cuando se lucha por la “seguridad del grupo”, pero no cuando lo que se persigue, es la propia ventaja de uno. Somos animales sociales, y la ética es el estudio de nosotros mismos dentro de la sociedad.
“Debe cada uno conservar escrupulosamente sus cualidades personales, no defectuosas, para guardar el decoro que buscamos. Obrar de conformidad con nuestro carácter particular, de suerte que, aunque haya otros más dignos y mejores, midamos nuestras inclinaciones con la norma de nuestra condición. Porque no es apropiado resistir a la naturaleza, ni perseguir lo que no se puede lograr” (“De Officiis”).
Lo que nuestra naturaleza sea, depende mucho de nuestro papel social. La sociabilidad o comunicabilidad es, según esto, el principio más importante del que se deriva el deber. Los deberes están así, esencialmente relacionados con el estatus social, con algo que es público, que es parte de la esfera de la “res pública” o la comunidad. Los deberes tienen poco sentido fuera de la sociedad.
Como hijo de un artesano que fue miembro de un gremio, Kant había experimentado directamente, la clase de disposición moral o “ethos” de la que Cicerón y Christian Garve (filósofo de la Ilustración, coetáneo de Kant) hablaban. Y esa disposición fue siempre, muy importante para él. Sin embargo, estimaba, no era fundamental para la moralidad. La honradez era para Kant, una forma de moralidad “meramente” externa, o una “honestidad externa”. Había comprendido con claridad, que esa virtud dependía de un orden social, y por eso la rechazaba como base de nuestras máximas. El fundamento de la obligación moral, decía Kant, no puede encontrarse “en la naturaleza del hombre, ni en las circunstancias en el mundo en que está puesto, sino que debe ser buscado ‘a priori’, únicamente en los conceptos de la razón pura”.
Kant
Una ética ciceroniana cuyos fundamentos se encontrasen en la vida común, y expresada por conceptos tales como los de la honorabilidad (“honesta”), fidelidad (“fides”), compañerismo (“societas”) y decoro (“decorum”) era demasiado superficial y afilosófica para Kant. Por esta razón, Kant terminó rechazando, no sólo a Cicerón, sino también a todos los que trataban de elaborar una ética ciceroniana. Los deberes morales, no pueden ser derivados en modo alguno, del honor o la honradez. Esos deberes están basados, en algo que reside en nosotros y sólo en nosotros mismos: el concepto del deber que se encuentra en nuestro corazón y en nuestra razón. La moralidad está referida, a lo que genuinamente somos o deberíamos ser, y eso no tiene nada que ver, según Kant, con nuestro estatus social.
Al rechazar la honorabilidad, Kant está rechazando también implícitamente, uno de los principios fundamentales de la sociedad en la que vivía. La distinción entre los diferentes estamentos, no tiene ninguna relevancia moral. Como agentes morales, todos somos iguales. Cualquier intento de defender, o justificar las diferencias sociales por apelación a la moral, debe ser rechazado igualmente. El conservador “statu quo” tiene que ser impugnado.
Kant, a mi parecer, está diciendo que también nosotros, debemos subordinar toda consideración personal, el amor a uno mismo y las pasiones, a la única meta a la que vale la pena aspirar: ser moral. Esta meta tiene poco que ver con el sentimiento, y si mucho con la razón.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Enero del 2019


viernes, 29 de marzo de 2019

POLÍTICA YMORAL

En la segunda parte de su conocida obra “La política como profesión”, Max Weber plantea la cuestión de la moralidad de la política. Fue una parte dirigida especialmente, contra una interpretación muy extendida en la opinión publica por aquel entonces (años veinte del pasado siglo) concretamente entre los estudiantes universitarios, consistente en ver la política como una actividad para la aplicación de principios absolutos, que en la época eran de índole revolucionaria y pacifista. Pero estaba dirigida igualmente, contra el tipo de político excesivamente pragmático y sin convicciones políticas profundas.
Arranca Weber de la definición de Política y de Estado (del Estado “moderno”) mostrando como ambos conceptos están mutuamente referidos entre si. Política es para Weber, la actividad de dirección de un Estado, o el ejercicio de una influencia sobre el mismo, es decir, “la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre distintos Estados o, dentro de un Estado, entre los distintos grupos humanos que éste comprende”.
Habla de tres cualidades necesarias para el político – pasión, responsabilidad por las consecuencias de sus acciones, y sentido de la distancia respecto a sí mismo y a las cosas (“realismo”) – explicando por qué la vanidad es el peor vicio del político, y por qué critica al “político del poder”. Insiste en la característica fundamental de la política, que es la que exige esas cualidades, y la que estará en la base, del problema de la relación entre política y moral.
La acción política la caracteriza Weber, como una acción en la que, por regla general, según demuestra la historia, no hay una correspondencia entre la intención y los resultados, siendo por tanto la relación entre intenciones y resultados, de índole paradójica. En esa situación, lo único que puede darle consistencia interna a la acción política, es su sentido de servicio a una causa. Pero, por otro lado, son muchos y distintos los objetivos posibles de la actividad política. Y con todos estos elementos, plantea ya expresamente, la cuestión de la moralidad de la política.
Weber se pregunta qué moralidad tiene la política, si hay una moralidad que le marque a la política lo que es correcto o no, y si esta moral sería una moral general humana, o una moral específica para la actividad política ¿En qué nivel ético está situada la política? ¿Cuál es la relación verdadera entre ambas? ¿No tienen nada que ver? ¿O vale para la política la moral general, que vale para cualquier otro ámbito de la vida?
Todo el problema deriva del medio que utiliza la política, que es el poder y la violencia que puede derivarse del mismo. Quien se mete en política, es decir, quien se mete con el poder y la violencia como medios, debería ser muy consciente con antelación, que firma un pacto con los poderes diabólicos. Y tener muy presente para sus acciones, que nos es verdad que el bien sólo salga del bien y del mal sólo el mal.
El planteamiento weberiano, deja totalmente fuera de consideración, la idea de que la relación entre la moral y la política, pudiera consistir en utilizar la moral, como fuente de legitimación de una actuación política. Las intenciones de una acción no justifican nada, pues cualquier acción política podría así justificarse por intenciones distintas y aun contrapuestas. Como la política es poder (algo que modestamente he venido yo recordando con frecuencia) o uno no acude a él o se cuenta con él, y entonces hay que cargar con las consecuencias. Justificar el poder con buenas intenciones, Weber lo considera inmoral. Por eso no le parece solución adecuada para la acción política, acudir a la ética del Sermón de la Montaña, en el que él condensaba la doctrina cristiana. Pues dicha ética es una moral absoluta y radical, que prescribe cosas que realmente el político no puede hacer, ya que, por ejemplo, condena la violencia, mientras que el político con frecuencia tiene que utilizar la violencia para ir contra el mal.
Si tenemos en cuenta los caracteres de la acción política, se nos hará evidente que no es compatible con ella, un comportamiento guiado por una ética de carácter absoluto, ya que esta última no se pregunta nunca, por las consecuencias de las acciones. Es en esta pregunta por las consecuencias, de tomarlas en consideración para la acción política, donde se nos muestra la gran diferencia, entre la lógica de la política y la de la ética de las convicciones. Diferente al comportamiento guiado por una ética de lo absoluto o de convicciones, es el dirigido por una ética de la responsabilidad, por la ética de que hay que responder de las consecuencias (previsibles) de las propias acciones. Al aceptar que hay que ser responsable, de las consecuencias de nuestras acciones, Weber afirma que ninguna ética puede evitar, que la consecución de fines considerados buenos, vaya unida a tener que contar con medios dudosos, y con consecuencias colaterales malas: “Ninguna ética – afirma Weber – puede demostrar cuando un fin bueno, justifica medios dudosos, ni en que medida los justifica”.
A lo largo de su obra, Weber va desarrollando argumentos, en contra de que los políticos actúen según una ética de convicciones. Critica el comportamiento político basado en la ética de las convicciones, porque ésta no toma en cuenta, el hecho de la no racionalidad moral del mundo, es decir, el hecho de que del bien puede salir el mal y al revés. La inadecuación de la ética de convicciones a la actividad política, deja a la ética de responsabilidad, como la única compatible con la política, precisamente porque toma en consideración las consecuencias. Ahora bien, la diferenciación y contraposición entre ambas éticas no implica, por otra parte, que no puedan, e incluso que no deban, convivir en la persona del político.
Al político de verdad Weber le exige: a) que sea consciente de las paradojas éticas – ya mencionadas – derivadas de las características de la acción política; b) que tenga también corazón, pero auténtico y firme, no lleno de romanticismo vacío, ya que la política no se hace sólo con la cabeza; y c) que tenga presente que para tener un corazón firme, es preciso mantener la distancia necesaria respecto a las cosas y a si mismo – ser realista – para que uno pueda afrontar el fracaso de todas las ilusiones, de todas las esperanzas.
Al final resume Weber, que sólo tiene cualidades para la política, quien tenga esa fortaleza interior, quien no se derrumbe ante la realidad del mundo tal como es, quien no sea un mero romántico fanfarrón: tiene “Beruf” (vocación, profesión) para la política, quien no se hunda ante un mundo estúpido, que no está dispuesto a recibir, todo lo que uno desea ofrecerle, sino que diga, por el contrario, que él, a pesar de todo, se afirma en su posición y sigue.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 12 de Marzo del 2019.


miércoles, 27 de marzo de 2019

JUSTICIA RETROSPECTIVA

La carta de López Obrador a Felipe VI, no pasará de mera anécdota, de tal manera que no interesará mucho a los ciudadanos. Pero para los historiadores es algo más que una anécdota, pues, una vez más, se manosea la historia, por intereses espurios.
Los problemas con la historia comienzan, cuando se trata de utilizar el pasado para manipular el presente, y no para explicarlo. El presentismo histórico, es decir, la crítica de los hechos del pasado, con la mentalidad, los valores y la información del presente, sólo conduce a la distorsión de ambos.
No volveré a decir que López Obrador me parece un tanto populista, y que ha utilizado la mencionada carta, como elemento de propaganda interna. Pero si me permitiré repetir aquí, algunas manifestaciones de historiadores. “López Obrador se educó, cuando los libros de texto de la escuela, decían que todos los mexicanos descendemos de los mexicas” (Alfredo Ávila). “Al final (la carta) refleja lo que él aprendió en la educación pública. La forma en que lo expresó el presidente, es reflejo de una educación muy tradicional, empujada por el Estado después de la revolución, que tiene un marcado peso indigenista. Es una deformación de la realidad histórica, una manipulación y un uso político de la historia” (Martín Ríos). “La sensación que tengo con la declaración de López Obrador, es que tiene algún problema interno, y quiere agitar fantasmas para resolverlo. Con ello, mueve el nacionalismo mexicano” (Jesús Bustamante).
Todo esté debate pudo comenzar un 12 de Octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón, al frente de tres carabelas y menos de 100 hombres, arribaron a desconocida tierra firme en la Isla de san Salvador (hoy Bahamas). Ese día comenzó la forja del imperio español americano. Fue, sí, obra de conquista y ocupación, devenida muy pronto en labor de colonización y aculturación (religiosa e idiomática). Un proceso histórico similar, al de otras expansiones imperiales en el viejo mundo, desde la formación del mundo helenístico, hasta la constitución del Imperio Romano.
En este proceso tuvo un papel determinante, “ça va sans dire”, la expansión militar, con sus gestas y atrocidades, verídicas o exageradas. Esa es una faceta siempre destacada, por las visiones catastrofistas y la leyenda negra antiespañola de origen protestante, como si las restantes experiencias imperiales, hubieran sido diferentes por su desarrollo pacífico y más humanitario.
Como explica muy bien Enrique Moradiellos (catedrático de historia, nada sospechoso de imperialismo y/o nacional catolicismo) también es cierto que aquella conquista tuvo un éxito fulgurante, porque se inscribió en “una guerra de indios contra indios” (Bernat Hernández). Y en ella los españoles, aprovecharon muy bien las fisuras internas de los pueblos indígenas enfrentados entre si. Articularon alianzas con sus facciones y consiguieron así, someter imperios mediante una combinación de fuerza, diplomacia, astucia y golpes de fortuna.
Exclusivamente de esta manera, podemos entender que en 1521, el poderoso imperio azteca de México y su propia capital (Tenochtitlán, con más de 200.000 habitantes) cayeran bajo el poder de Hernán Cortés y sus 500 soldados, 100 marineros, 30 caballos y 10 cañones. Aunque no hay que olvidar un dato determinante: los contingentes indígenas que se les sumaron, por su oposición al brutal dominio azteca, como fueron el millar de guerreros totonacas, o los 3.000 guerreros tlaxcaltecas.
Algo similar sucedió con el imperio inca en la cordillera andina, que contaba con la friolera de 14 millones de súbditos. Pero estaba al borde de la guerra civil, y afrontaba la hostilidad de grupos étnicos sometidos, como los cañaris, los limas o los charcas.
El resultado asombroso de todas esas operaciones, fue la rápida expansión española por el continente, con un número muy reducido de hombres, que contaba, eso sí, con una evidente superioridad tecnológica militar. Pero a ello hay que sumar, la ayuda de la sorpresa que provocó su audacia. Y asimismo, como hemos dicho, las alianzas con los grupos étnicos sometidos cruelmente a los imperios precolombinos.
Muy interesantes son los últimos estudios históricos, publicados sobre la colonización española de América Latina, que han puesto de relieve, que la labor de conquista, evangelización e hispanización, fue obra en su mayoría de personas cultivadas, que llevaron a aquellas tierras, las formas de vida de la Europa renacentista.
A tenor de todo ello, no me parece posible concebir América, en su pluralidad, sin esa identidad occidental. Y entiendo que es una quimera anacrónica, pensar en deshacer su historia, bajo la ilusión de impartir justicia retrospectiva, quinientos años más tarde.
Pues eso.


Palma. Ca’n Pastilla a 27 de Marzo del 2019.


jueves, 21 de marzo de 2019

DE LA PRE-POLÍTICA A LA POLÍTICA

En su célebre “Ética”, Spinoza desarrolla una antropología basada en el individuo. Lo analiza en un contexto que llamaríamos pre-político – llamado también “estado de naturaleza”, en el cual no hay ni ley ni religión, ni bien ni mal – en el que todo el mundo tiene derecho a hacer lo que sea para subsistir. Según las famosas palabras de Hobbes, la vida en el “estado de naturaleza” es solitaria, menesterosa, punible, casi animal, y breve. En tanto en cuanto se supone que somos criaturas racionales, comprenderíamos rápido que mejor haríamos, aunque fuera desde un punto de vista puramente egoísta, en llegar prestos a un acuerdo entre nosotros, para limitar nuestros deseos antagonistas, y la búsqueda desenfrenada del interés personal. En resumen, que nuestro mayor interés personal, consistiría en vivir bajo la ley de la razón, antes que bajo la de la naturaleza. Lo cual nos llevaría a confiar a un soberano, nuestro derecho y nuestro poder naturales de hacer todo lo que nos es posible, para satisfacer nuestros deseos. Dicho soberano – sea un individuo, un Rey; un pequeño grupo de individuos, una oligarquía; o el cuerpo político en su totalidad, una democracia – será absoluto, y la extensión de sus poderes no sujeta a restricciones. Se encargará de obligar a todos los miembros de la sociedad a respetar el acuerdo, esencialmente utilizando su temor a las consecuencias, de una ruptura del “contrato social”.
Nos advierte Spinoza, que la obediencia al soberano no contraviene nuestra autonomía, puesto que siguiendo los mandamientos del mismo, seguimos a una autoridad que libremente hemos admitido, cuyas órdenes no tienen otro objetivo, mas que nuestro propio interés racional. Se lee en la “Ética”: “Puede ser, pensará alguno, que de esta forma nos convertimos en esclavos, dado que se considera como tal a todo el que actúa siguiendo órdenes de otro, y como “libre” al que gestiona su vida a su manera; lo cual no es absolutamente cierto. Pues, en realidad, aquel al que su placer conduce así, y es incapaz de ver lo que le es útil y hacerlo, es desde cualquier punto de vista, esclavo; únicamente es libre aquel que vive, con todas sus fuerzas, exclusivamente conducido por la razón. En cuanto a la acción llevada a término por mandato, es decir la obediencia, suprime la libertad de una cierta forma, pero no cae en el campo de la esclavitud: es únicamente el objetivo de la acción el que nos hace esclavos. Si la finalidad de la acción es la utilidad, no ya del que actúa, sino de quien la ordena, entonces sí el agente, el actuante, es esclavo e inútil a si mismo. Pero en una república y un Estado en el cual el bienestar de todo el pueblo, y no el del jefe, es la ley suprema, aquel que obedece en todo al poder soberano, no puede ser tildado de esclavo inútil a sí mismo, sino de ciudadano”.
El tipo de gobierno más susceptible de adoptar leyes fundadas en la sana razón, y servir los fines para los cuales un gobierno ha sido instituido es, en opinión de Spinoza, la democracia. Es la forma “más natural” de gobierno, surgido del contrato social, dado que en una democracia la gente se pliega únicamente, a las leyes que emanan de la voluntad general del cuerpo político, y no a los abusos del poder. En una democracia, la racionalidad de las órdenes del soberano está prácticamente garantizada, pues es muy improbable que una mayoría de ciudadanos, se ponga de acuerdo sobre un proyecto irracional.
Debe haber no obstante, “algunos” límites para los discursos. Los discursos sediciosos, que impelen a los individuos a anular el contrato social, no deben ser permitidos. Ciertos “inconvenientes” pueden nacer, sin duda alguna, de una libertad excesiva. Pero quien quisiera arreglarlo todo mediante la ley, “irritará más lo vicios, que corregirlos”. En un pasaje que prefigura la defensa utilitarista de la libertad, que John Stuart Mill hará dos siglos más tarde, Spinoza añade que “esta libertad es muy necesaria, para el desarrollo de las ciencias y las artes, ya que estas últimas no pueden ser practicadas con éxito, más que por aquellos cuyo juicio es libre y exento de prevención”. No olvidemos que estas reflexiones las expresa Spinoza en pleno siglo XVII, lo que ahí es nada.
En su “Tratado teológico-político”, uno de los alegatos más elocuentes a favor de un estado democrático secular, en la historia del pensamiento político, Spinoza – muy concernido por las cuestiones que abordaba – contrariamente al tono generalmente frío de la “Ética”, expresa sus sentimientos con fuerza y sin ambigüedad alguna.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Noviembre del 2018.

jueves, 14 de marzo de 2019

DEMOCRACIA Y LEY

La democracia está por encima de la ley, se ha dicho. Más literalmente, ha dicho Quim Torra: “Poner la democracia y la voluntad del pueblo por encima de la ley”. La única forma en que la democracia, podría estar por encima de la ley, sería si imaginamos una estatua, en la que aquella se levanta sobre la plataforma de ésta. Pero no se ha hecho una figura con ellas, se ha querido manifestar que en pro de una supuesta democracia, se podrían conculcar las leyes. Legalidad, democracia, ética y moralidad, son campos de juego diferentes, aunque, eso sí, fuertemente relacionados.
La disociación que se ha pretendido hacer en Cataluña, entre democracia y legalidad, es un error gravísimo. La legalidad y la democracia, son caras de una misma moneda. No tiene ningún sentido, que la democracia pase por encima de las leyes. Y ya no digamos, si la ley la ha hecho uno mismo. Esto se podría entender, cuando nos enfrentamos a leyes dictatoriales, pero no en una democracia y Estado de Derecho. La interpretación de que si esto es justo o injusto a mi entender, cumplo o no la ley, abre la puerta a un espacio muy, muy peligroso.
Por supuesto las leyes son convenciones, reglas de juego que en democracia son el fruto de procedimientos, que tienen la legitimidad de contar con el aval de la mayoría de la ciudadanía. Son normas que marcan lo que es legal y lo que es ilegal. Nada más, pero también nada menos. Es evidente que no todo lo que es legal es moral. Y que puede haber comportamientos ilegales, de alto valor moral. Pero no por ello dejan de ser ilegales. Tendremos que repasar a Max Weber.
Que se me entienda bien, porque para mí, el “fundamentalismo” de la ley, se da de bruces con la prueba más evidente de su carácter convencional: es principio de cualquier legalidad democrática, poderla cambiar. Y la prueba más clara de que una democracia funciona, es la de su capacidad de ir adaptando las leyes, a los cambios sociales y económicos.
Y junto al fundamentalismo legalista, aparece con frecuencia, en contraposición, el fundamentalismo democrático de supuesta base patriótica, que – como cita Ramoneda – unos usan para convertir la ley en un muro, y otros para negarla. Se están diciendo muchas estupideces. Casado ha gritado ¡la Constitución es sagrada! Y Torra: ¡nosotros ponemos la voluntad del pueblo por delante de la ley! Deberían saber ambos, que la democracia rehuye los fundamentos absolutos.
Recuerdo al gran filósofo francés Claude Lefort, que teorizó sobre el totalitarismo y la democracia, cuando definía esta última: como el régimen político donde el poder es un lugar vacío, inacabado, siempre construyéndose, donde se alternan las opiniones y los intereses divergentes. Y que decía que “Lo propio de la democracia, es que no tiene verdad, que es capaz de moverse en las verdades provisionales”. Y por eso es una flor de delicado cultivo.
La calidad de la democracia, se mide por la capacidad de ampliar al máximo el espacio de lo posible, sin romper la convivencia. Sabemos que el marco natural de la democracia, ha sido históricamente el Estado nación. Y la configuración del pueblo soberano, se ha confundido muy a menudo con la nación, como forma de colocar a los ciudadanos, bajo la sombra de un sujeto transcendental, al que nos debemos en términos cuasi religiosos. Pero cuando la nación se impone como horizonte absoluto y límite insuperable – escribía Ramoneda – la democracia pierde su peculiar fragilidad, y entra en el terreno de las lealtades inquebrantables, que sólo conducen a los “choques de trenes”.
De ahí, me parece, la crisis actual de gobernanza de las democracias liberales, que ha vuelto a poner en escena enfáticas nociones, como nación y pueblo, balsámicas palabras, utilizadas como argumento fundamental, para revocar unas legalidades democráticas, eso sí, algo oxidadas. Cuando la visión fundamentalista de la ley, se combina con el fundamentalismo patriótico, se entra en la oscuridad. La memoria es corta y el conocimiento de la historia precario, por ello el recuerdo de los años treinta, que operó en Europa como un superego civilizador, durante un par de generaciones, ya queda lejos (para mis nietos tan lejos como el reino visigodo) ¡Y las banderas vuelven a desplegarse!
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Marzo del 2019.