Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

lunes, 16 de julio de 2018

TRUMP Y EL COMERCIO

En estos días en que el Presidente Trump, anda por ahí torpedeando todos los tratados comerciales, con China, con Canadá, con Europa… y veremos cual es el próximo que sufre sus iras nacionalistas; he releído algunas páginas de “La riqueza de las naciones”, la gran obra de Adam Smith, que en su día me estudié en mis años universitarios, en la Facultad de Económicas de la Complutense.
Como es conocido, la idea central de “La riqueza de las naciones” es la defensa del librecambio, idea que David Hume también había adelantado, y que puede que, dada su íntima amistad, hasta sirviera de inspiración para Smith. Lo que hoy conocemos como “mercantilismo”, política dominante en aquella época, fue el principal oponente dialéctico en la obra de Smith. El otro “sistema de economía política” que Smith criticó en su libro, fue el de los fisiócratas.
En el siglo XVIII, la mayoría de políticos, mercaderes y economistas, pensaban que el oro y la plata, eran la fuente fundamental del poder de las naciones, así que estas debían buscar un superávit comercial, para acumular la máxima cantidad posible de estos metales. Smith explicó que, de acuerdo con estos supuestos, “las naciones han asumido que su objetivo, consiste en arruinar a los países contiguos”. El comercio era visto, como una forma diferente de hacer la guerra, y el arma clave era la intervención del Gobierno en la economía: aranceles a las importaciones, primas a las exportaciones, autorización de monopolios, y prohibiciones al comercio, a fin de proteger o estimular la industria nacional.
Uno de los propósitos elementales de Smith en “La riqueza de las naciones”, era atacar esta perspectiva y los errores y prejuicios en que se basaba. Difería su mentalidad de la de los mercantilistas, pues para Smith el comercio no era un juego de suma cero: las ganancias de Francia, no se traducían en pérdidas para Gran Bretaña, sino todo lo contrario. Ambas naciones se podían beneficiar del comercio entre ellas. Según su opinión, la idea de que el comercio es una contienda, en la que una de las partes siempre sale perdiendo, emana principalmente de “un prejuicio y una animadversión nacionalista” e infantil, aunque los intereses privados de los mercaderes la refuerzan.
En “Discursos políticos”, Hume había adoptado una perspectiva igual de cosmopolita, e iteró la premisa en un ensayo añadido en 1758, titulado: “Sobre la envidia del comercio”. En contraposición con la “visión cerrada y mezquina”, que lleva a las naciones “a observar con suspicacia el progreso foráneo, y a considerar rivales a todos los Estados comerciantes”, Hume expone, tal y como hizo Smith más adelante, que si una nación tiene socios comerciales prósperos, sale ganando, no perdiendo. Al fin y al cabo, cuando a nuestro socio comercial le va bien, tiene recursos para comprar nuestros bienes, y podemos sacar partido de sus inventos y de sus avances.
Por todas esas anteriores razones, al final de su ensayo, Hume proclama sin rodeos que no sólo como persona, sino también como británico, reza – sí, reza, él tan irreligioso – para que a Alemania, España, Italia e “incluso Francia”, les vayan bien las cosas.
Respecto a las causas de la riqueza, Smith opina que la clave de la prosperidad, no es tener una balanza comercial positiva, como aseguraban los mercantilistas, sino dividir el trabajo. Por consiguiente, dado que la división del trabajo está restringida por los límites del mercado, el librecambio doméstico e internacional, aumenta la prosperidad general. Hume, por su parte, había planteado un argumento más o menos parecido. Sostenía que la prosperidad deriva en gran medida, de la productividad de los ciudadanos, y que las políticas librecambistas, eran la mejor manera de conseguirla.
Por supuesto, ni Hume ni Smith eran fundamentalistas del libre mercado. De hecho, ambos destacaron la necesidad de que el Gobierno fuera lo bastante fuerte, para mantener el orden y garantizar el juego limpio; precisamente, la falta de éste había sido lo que había convertido la era feudal, en un espectáculo tan esperpéntico.
“Discursos políticos” de Hume, fue una de las primeras grandes obras en arremeter contra el mercantilismo, e interceder a favor del librecambio. Y está claro que sirvió, para allanar el terreno de “La riqueza de las naciones” de Smith.
¿Alguien le podría explicar todo esto a Trump?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Julio del 2018.

martes, 10 de julio de 2018

VEJEZ. LIBRES COMO UNA HOJA EN EL VIENTO

Ahora que acabo de cumplir 76 años, he recordado unas reflexiones de Arendt sobre la vejez.
Cuando Hannah Arendt fue a Washington, en la primavera de 1971, para celebrar el vigésimo aniversario del “National Committi for an Effective Congress”, se encontró con los congresistas que se habían opuesto con determinación, al senador Joseph McCarthy y su movimiento de caza de brujas, en la década de 1950, y que se ganaron la alabanza de Robert Griffith, en su libro “The Politics of Fear”. Estos hombres – Fulbright, Symington, Ervin y otros – tenían ya la edad de Arendt, estaban cercanos a la jubilación, y ella se preguntó quien los reemplazaría. En el espacio de dos años y con el estallido del escándalo del “Watergate”, Arendt se percataría de que estos hombres, no tenían por qué ser sustituidos tan pronto. Después de examinar el papel jugado por el senador Sam Ervin, en la comisión de investigación del “Watergate”, le dijo a su editor William Jovanovich: “Me estoy enamorando del senador Ervin… ¡viva la vejez!” A los viejos, con tal de que sean algo sensibles, es casi imposible intimidarlos, pues tienen sus carreras a sus espaldas, y de todos modos van a morir pronto. Por cierto, un pensamiento agradable y consolador bajo ciertas circunstancias.
Los viejos hablan con talante retador, sin intimidarse, sin pensar a quien placerán y a quien disgustarán. Sus críticas se dirigen a la izquierda y a la derecha, denunciando las formas de irreflexión, que cruzan todos los lindes políticos.
Eusebio, Paco (+) yo y Marita
Arendt apuntó a la generalizada “incapacidad o renuencia a consultar la experiencia y aprender de la realidad”, de gente que nunca imaginó, las consecuencias de sus mandatos y acciones. Los jóvenes que desearían ser revolucionarios, “son tan aficionados a la charla teórica y vaga”, sostenía Arendt, “que van vendiendo conceptos y categorías anticuados, derivados principalmente del siglo XIX”, sin detenerse a analizar las condiciones reales existentes en la actualidad.
Arendt admiró el estilo brusco, abundante en citas bíblicas, del senador Sam Ervin. Y cuando Nixon destituyó al fiscal especial del Watergate, Archibald Cox, y trató de invocar los privilegios del Ejecutivo, como medio para mantener secretas las grabaciones de las conversaciones habidas en la Casa Blanca, Arendt pensó que los “viejos” del Tribunal Supremo, habían salvado la situación. Firmó una petición organizada por los “Científicos Políticos” a favor del “Impeachment”, en noviembre de 1973, y confió que los “viejos” del Congreso, sacarían adelante la censura de Nixon. Y efectivamente, los “viejos” jueces del Tribunal Supremo, dejaron de lado sus prejuicios personales, sus lealtades y deudas políticas – quien se las iba a exigir a esas alturas – para ofrecer lo que la tradición de la República exigía: una meditación imparcial.
Y en la misma línea, en el tratado de Cicerón, Catón el Viejo cuenta a sus amigos que “las grandes acciones, no las llevan a cabo ni la fuerza, ni la velocidad, ni la potencia física; son producto del pensamiento, del carácter y del juicio. Y estas cualidades, lejos de disminuir con la edad, se incrementan”. Arendt estaba de acuerdo con ello, no sólo por oponerse a la tendencia de la juventud a denigrar la vejez, así como a la tendencia a deplorarla, manifiesta en libros tales como “La vejez” de Simone de Beauvoir, sino también para razonar que la ecuanimidad de Catón el Viejo, debería inducir al buen juicio, a gentes de todas las edades.
Hannah Arendt
En “La vida del espíritu”, Arendt apuntó que la vejez, desde la perspectiva de la voluntad, significa la pérdida del futuro. La carencia de futuro, sin embargo, no tiene por qué producir angustia; nos puede entregar el pasado, el curso de nuestra vida, como materia de examen y reflexión. La mirada atrás del “ego pensante” extrae el sentido del pasado, y le da la forma de la historia de una vida. Desde el punto de vista del pensamiento, la vejez es una edad para la meditación, para apartarse del abrazo del egoísmo, y de las distorsiones del partidismo. Arendt sentía que quien deja de adorar el futuro, puede obtener para sí, el gozo que el pensamiento encuentra en el recuerdo, y el “resultado” de la significación del pensamiento, una historia coherente. La vejez puede traernos el sentimiento de ser “libres como una hoja en el viento”.
También nos recuerda Arendt, ahora “Entre el pasado y el futuro”, que la vejez, distinta de la simple edad madura, constituía para los romanos la verdadera culminación de la vida humana, no tanto por la sabiduría y experiencia acumuladas, sino más bien porque el hombre anciano, se acercaba a los antepasados y a tiempos pretéritos. Al contrario de nuestro concepto de crecimiento, que coloca el proceso en el futuro, los romanos consideraban que el crecimiento, se dirigía hacia el pasado.
La tradición conservaba el pasado, al transmitir de una generación a otra el testimonio de los antepasados, de los que habían sido testigos y protagonistas de la fundación sacra (la de Roma) y después la habían aumentado con su autoridad a lo largo de los siglos. En la medida en que esa tradición no se interrumpiera, la autoridad se mantenía inviolada; y era inconcebible actuar sin autoridad y tradición, sin normas y modelos aceptados y consagrados por el tiempo, sin la ayuda de la sabiduría de los padres fundadores.
“A medida que me acerco a la muerte – dijo Catón – me siento como un hombre que se aproxima a puerto, después de un largo viaje. Me parece que veo tierra en la lontananza”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 20 de Mayo y 10 de Julio del 2018.


lunes, 2 de julio de 2018

MANI. ASIGNATURA PENDIENTE

Asignaturas pendientes tengo muchas. Y me temo que, a estas alturas, la mayoría se quedarán en esa condición de pendientes.
Desde el punto de vista de montañero, me hubiera gustado visitar el Himalaya, el Karakorum y los Alpes Neozelandeses, los Dolomitas y ascender alguno de los cuatromiles de los Alpes.
En el campo intelectual, me habría apetecido conocer Cambridge y el Trinity College, donde residieron tantos de mis referentes filosóficos: Bertrand Russell, E.G. Moore, A.J. Ayer, Wittgenstein…
Como viajero – no lo soy mucho y eso puede haber sido el problema – habría agradecido recorrer Grecia y Creta. La Acrópolis por supuesto. Pero también Esparta, aunque no fuera más que para comprobar si, como decía Paddy (Patrick Leigh Fermor) que decía Pausanias, aún se conservaba la cáscara del huevo de cisne que puso Leda, y del que surgió Helena de Troya. Aunque pensándolo mejor, antes de cruzar el Golfo de Corinto, para entrar en el Peloponeso, me acercaría a Missolonghi, el lugar donde murió Byron (de enfermedad, no en una batalla como se piensa a veces) luchando por la independencia de Grecia. Y ya que estaba allí, intentaría averiguar si los descendientes del señor Baiyorgas, conservan aún “las zapatillas de Byron”. Esta curiosa historia, entre tantas otras fabulosas, la cuenta Patrick Leigh Fermor (Paddy) en su libro “Roumeli”. La existencia de aquellas zapatillas, había llegado a oídos de Paddy en Crabbet Park, hogar de Judith, 16ª baronesa de Wentworth y biznieta de Byron. La casa de la baronesa estaba repleta de recuerdos del gran poeta: pinturas, ropa y baúles llenos de cartas y documentos. Cuando Paddy la conoció, la baronesa ya tenía casi ochenta años, pero a él le fascinó, y no sólo porque seguía utilizando palabras y giros ingleses, que habían estado de moda en tiempos de la Regencia. Ella fue la que le contó a Paddy, que en Missolonghi había un hombre que conservaba un par de zapatillas, que habían pertenecido a Lord Byron.
Sea como fuere, en un próximo viaje a Grecia, Paddy se acercó a Missolonghi con su mujer Joan Eyres Monsell. Allí, después de mucho indagar por toda la ciudad, dieron con el señor Charalambos Baiyorgas, de más de setenta años que, efectivamente, guardaba las famosas zapatillas, confeccionadas en cuero rojo muy delgado, y las puntas de los pies se curvaban al modo oriental. “Había algo en ellas – escribió Paddy – que inspiraba una inmediata certeza… las partes gastada de la suela eran diferentes en cada pie, las de la derecha mostraban un dibujo muy distinto” (recordemos que Byron tenía, de nacimiento, una malformación en el pie derecho). Al encontrarlas, Paddy tuvo la sensación de que “Lordos Vyron”, como le llamaron siempre los griegos, estaba muy cerca. Paddy hizo un dibujo de aquellas reliquias, y Joan tomó fotografías. Algo necesario porque el señor Baiyorgas, confesó que la idea de desprenderse de ellas, le resultaba insoportable.
Pero si alguna vez viajara a Grecia, por encima de todo, lo que desearía visitar es el “Mani” de Paddy, la punta de la península más al sur del Peloponeso. Y la casa que se construyeron allí el matrimonio Fermor, en Kalamitsi, a tres kilómetros de Kardamili, en el Golfo de Mesenia. Hoy pertenece al Museo Benaki de Atenas, al que la legó el escritor.
De Atenas a Kardamili hay casi trescientos kilómetros, de una carretera que parece, no siempre en óptimas condiciones. Hay que pasar antes por Corinto, Micenas, Trípoli y Kalamata. Ahí es nada.
Kardamili (la vieja Cardámila, una de las siete ciudades mesenias que según Homero, Agamenón ofreció a Aquiles para apagar su ira) tiene – según Jacinto Antón – un cierto aire de Deià (Mallorca), con una larga calle con bonitas casas de piedra, de estilo veneciano. Paddy, por su parte, nos advierte que en ella se sirve el peor “retsina” (vino blanco o rosado) de Grecia, y que los maniotas sienten una inveterada “méfiance” hacia los forasteros, pues les resultan sospechosos de entrada, por haber llegado hasta allá abajo. Y además ¡quien sabe si no son turcos rezagados! Se cuenta una historia genial, el encuentro entre Patrick Leigh Fermor, y el famoso explorador del desierto el Conde Almásy, sí, el de “El paciente inglés”. En realidad, claro, se trataba del protagonista de la película Ralph Fiennes, que estaba haciendo la ruta de Ulises, y se acercó al pueblo para conocer a Paddy, del que su padre era un gran admirador. Donde ahora está la iglesia, hubo un templo dedicado a las nereidas, ninfas, que salían del mar para ver a Neptólemo, el hijo de Aquiles. Paddy llevaba una de ellas, de cola doble, tatuada en el brazo. La villa que fue de los Fermor está tres kilómetros más al sur, en Kalamitsi, y, rodeada por olivos y altos cipreses, resulta casi invisible. La propiedad linda con el mar, y posee una escalera de piedra, que conduce a una pequeña cala.
Antes de llegar a Kalamitsi, vale la pena desviarse a Exochori, para visitar la ermita de Agios Nikolaios, junto a la que se esparcieron las cenizas del otro gran autor de viajes, Bruce Chatwin. En febrero de 1989 Elizabeth, la viuda de Chatwin, llevó sus cenizas allí. Antes de morir, Bruce había pedido que las enterraran, cerca de la capilla bizantina dedicada a San Nicolás de Chora. La pequeña iglesia bizantina, del siglo X, está situada en lo alto de un promontorio entre colinas rocosas, que descienden hasta el mar. Paddy, Joan y Elizabeth depositaron las cenizas bajo un olivo, y allí mismo ofrecieron una libación de vino a los dioses.
En el verano de 1962 Paddy viajó a Grecia en compañía de Ian Wigham, en busca de un lugar en Mani donde establecer su hogar. Cuando se encontraban a unos 3 kilómetros al sur de Kardamili, divisaron una pequeña punta de tierra entre dos valles, que finalizaba en una caleta en forma de media luna. Más tarde, aquel mismo día, regresaron al lugar para bañarse. Paddy le explicó a Joan, que dejaron el coche arriba, en la carretera, y que luego siguieron por una camino de cabras, que les llevó hasta el mar, “descendiendo por una suave ladera, que nos llevó a un mundo de una extraordinaria y mágica belleza”. El lugar se llamaba Kalamitsi, que significa lugar donde hay juncos.
Comprar aquella tierra fue complicado, porque se daba la circunstancia de que cuatro personas, debían llegar a un acuerdo para su posible venta. Joan sugirió que quizá pudieran arrendar la tierra por cincuenta años; para entonces ambos estarían muertos, pero Paddy se había empeñado en que quería comprarla. Y lo consiguió. El 3 de marzo de 1964, Paddy y Joan firmaron por fin el contrato de compra, de aquel pedazo de tierra en Kalamitsi. El precio acordado fue de dos mil libras, parte de las cuales se consiguieron vendiendo la pequeña casa de Atenas.
Cuando Joan y Paddy estaban en su propiedad no oían nada, a excepción del rumor del mar y el zumbido, casi ensordecedor, de las cigarras. Si caminaban hasta el extremo de su pequeña península, podían ver, frente a ellos, una isla deshabitada y las ruinas de un viejo castillo, que estaba en vías de desaparecer engullido por los árboles. Los impresionantes flancos grises del monte Taigeto, estaban suspendidos sobre sus cabezas, y cuando se ponía el sol relucían con tonos rosados y anaranjados.
Los dos tenía una idea muy clara de cómo quería que fuera su casa. Tal y como lo expresó Paddy, se trataba de un “monasterio liviano, integrado en una granja y con gruesos muros de habitaciones frescas”. Joan y Paddy raramente llamaron Kalamitsi al lugar, no les agradaba el efecto azucarado, que tenía la terminación “mitsi” en inglés. Para ellos fue siempre Kardamili.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 4 de Mayo del 2018.



lunes, 25 de junio de 2018

CAMBIO DE PARADIGMA

Thomas Kuhn afirmó en su libro de 1962, “La estructura de las revoluciones científicas”, que la ciencia abarca paradigmas contendientes, cada uno conformado por una teoría central e hipótesis auxiliares. Estas últimas varían, pero la primera se mantiene constante hasta ese momento terrible, en que se demuestra la imposibilidad de sostener la teoría central, a través de las hipótesis modificadas. Luego ocurre algo inusual, que Kuhn denomina “cambio de paradigma”, en que se abandona o cambia la teoría central. Él estimaba que a menudo esto ocurre, cuando la vieja guardia que defendía la teoría central se retira o muere.
No hace aún muchas semanas, recordémoslo, con la primera sentencia de la Gürtel, la escena política española se llenó de oscuridad. Se auguraba una larga y agotadora agonía. Pero allí estaba uno de los mecanismos, que tiene la democracia como contrapeso al poder: la moción de censura. El PSOE, con Pedro Sánchez al frente, lo activó entre el escepticismo general, incluido el de muchos militantes del partido. Y cambió el decorado, dice Ramoneda.
El PP sin entender lo que pasaba – dudo que a día de hoy ya lo haya entendido – se encontró como noqueado. Salía del poder, cuando creía haberlo consolidado por dos años más, al haberse aprobado los Presupuestos. Por supuesto la “realidad” en la política española sigue siendo la misma, pero el “escenario” ha dado un giro de 180º ¿Cabe esperar de ello que tenga efectos preformativos? Veremos. La oposición, ahora algo grogui, muy pronto volverá a la carga, con todos su batallones en línea. Pero no cabe duda que el espacio político, al menos de momento, se ha oxigenado. Y se ha despertado la necesidad dormida, de creer que la negociación y el diálogo son posibles.
Inesperadamente Pedro Sánchez, ha formado el Gobierno con más mujeres, de toda nuestra larga historia. Al PSOE – escribe Ramoneda – hay que reconocerle que ha sido el partido, que más ha contribuido a la evolución cultural de un país, marcado durante siglos por el papel de la Iglesia católica, como aparato ideológico del Estado para formatear las conciencias. Igualdad, Economía, Trabajo, Sanidad, Educación y Justicia, espacios donde se juega de verdad el bienestar de las personas, están en manos de mujeres. Es la base potencial sobre la que se podría reconstruir una socialdemocracia del siglo XXI – también en Europa – tanto por las prioridades como por el modo de tratarlas. Pasar de las estadísticas a las personas concretas.
Con un PP podrido por la corrupción, y un Ciudadanos desconcertado, tras su paso por el más casposo nacionalismo español, salimos ¿de verdad? de unos años de política frentista, en los que la adscripción “patriótica”, ahogaba la dinámica derecha e izquierda. Cambiar ese registro no será fácil. La “cuestión” catalana sigue abierta, aunque estos días – es cierto – en Cataluña estemos asistiendo a un cierto apaciguamiento de las pasiones, fruto del mencionado cambio de decorado. El gran riesgo radica en que Ciudadanos y PP, cuando salgan del shock, vuelvan a la tentación de apostarlo todo a la carta catalana, para desgastar al Gobierno. Sería una enorme irresponsabilidad, pero ya nos han demostrado que son muy capaces de ello.
El “problema” catalán hay que encauzarlo entre todos, de todos es responsabilidad, y nadie tiene derecho a escaquearse del mismo, de la voluntad de buscar conjuntamente una solución política. En mala hora el Gobierno del PP, tomó la decisión de pretender resolver exclusivamente por la vía judicial, un problema que sólo se puede afrontar, con probabilidades de éxito, por la vía política. Y no, no es casualidad, que quienes tomaron aquella desgraciada decisión, de dejarlo todo en manos de los jueces, hayan tenido que retirarse súbitamente de la escena política, por la salida de incendios.
Escuchar, dialogar, consensuar, ha dicho la ministra Meritxell Batet.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Junio del 2018.


lunes, 18 de junio de 2018

UNA OPORTUNIDAD LUMINOSA

Encantados, fascinados andamos muchos con Pedro Sánchez, su Gobierno y las primeras medidas tomadas. Pero personalmente hay algo, más de fondo, que me tiene feliz en las últimas semanas: la constatación de la firmeza de nuestro Estado de derecho. En los momentos en que la legión de cenizos y desencantados, que siempre pululan en nuestra sociedad, auguraban las diez plagas de Egipto sobre España, va el país y demuestra, de nuevo, ser más fuerte y democrático de lo que ellos creían y/o deseaban. Como escribía Carlos Yárnoz, la Constitución, el Congreso, la Justicia, el Estado y la sociedad toda, han funcionado como un reloj, para sacarnos del atolladero en un tiempo récord. Para empezar, España acaba de derribar un mito vergonzoso: el de que la corrupción no tiene coste. Y para continuar, ha reafirmado que la democracia y la política funcionan. Herido de muerte el Gobierno del PP por la sentencia de la Gürtel, la solución política parecía sino inviable, muy laboriosa. Y sin embargo, con algo tan sencillo como aplicar las normas de la Constitución, de la noche a la mañana España tiene un nuevo Gobierno. Siete gobiernos en cuarenta años de democracia, todo un récord de estabilidad, que muy pocos países pueden exhibir.
Consejo de MinistrAs
Escribe Jordi Gracia, que la moción de censura ha sido un asalto al poder en toda regla, regla democrática, pero tan inesperada como racionalmente explicable. La sentencia de la Audiencia, sólo la primera por el caso Gürtel, fue contundente. El PP, una vez más, prefirió mirar hacia otra parte y desmentir, tanto su responsabilidad penal como política. De esta manía de juntar los dos tipos de responsabilidad, la jurídica con la política, no somos inocentes los del PSOE, pues fue Alfonso Guerra, el primero que las vinculó. Pretender que las urnas lavan a los partidos de sus pecados de corrupción, o descalificar a los jueces cuando sus sentencias no convienen, no es propio de partidos que dicen defender el Estado de derecho, la división de poderes y, sobre todo, la democracia parlamentaria, frente a la democracia directa o plebiscitaria. Rajoy ha sido desalojado del poder por muchos motivos, pero especialmente por uno: negar la realidad y confiar en la eficacia de la posverdad. La mentira, en política, lleva dentro un riesgo letal. Muchos bulos pasan y circulan como verdades hasta que uno, demasiado grueso, demasiado increíble, desmorona el castillo entero, sin dejar piedra sobre piedra. Acaba de suceder.
Casi parece que el denostado régimen del 78 – decía Jordi Gracia – haya prestado un último e irónico servicio a la democracia. De sus reservas democráticas, que son aún tantas, ha salido un mecanismo constitucional que, paradójicamente, ha corregido los errores democráticos cometidos por los partidos de izquierda, en el frustrado acuerdo para desalojar a Rajoy hace dos años. Las condiciones son objetivamente nuevas, puede. Pero son francamente prometedoras, por encima de los peores augurios de provisionalidad, de insuficiencia, de precariedad política… Es una oportunidad de oro, luminosa me parece. Nacida del pragmatismo frío, el escarmiento largamente interiorizado, la prevención antiutópica, el reformismo inteligente, la convicción civil, y la audacia política de Pedro Sánchez y el PSOE.
La izquierda, como nos recuerda machaconamente la historia, se ha dejado robar tantas veces los valores de la sensatez y el pragmatismo, de la prevención cauta y del escepticismo activo (ese en el que tan ardientemente milito) que hemos acabado creyendo que esas virtudes políticas son de derechas. Pero no es verdad, o es una falsa verdad, una posverdad, difundida por la derecha, para neutralizar a la izquierda posible. La ciudadanía de izquierdas parece, se ha hecho consciente, en una sociedad educada y civilizada como la nuestra, de la efectividad del discurso plausible y antiutopista, ese que con tanta asiduidad vengo reclamando, de la viabilidad de algunas cosas y de la inviabilidad siempre frustrante y contradictoria de otras, como aquella, recordemos, de “asaltar los cielos”.
Moción de Censura
De todo lo que ha pasado estos últimos días, para mí la mayor alegría es constatar que la credibilidad del discurso de izquierdas, ha llegado de repente y con más serenidad, de lo que cabía esperar por la situación. Como una primavera leve – escribe Gracia – que no asalta cielo alguno, sino el poder real. El cambio de clima, espero arruine los locos proyectos del independentismo más desbocado, la impunidad política de la corrupción, y la radicalización del españolismo profundo. Veremos hasta que punto es efectiva la capacidad de intervención del nuevo gobierno, pero de momento la primera noticia importante, es la constatación de una renovación del lenguaje y de las prioridades.
Por poco que pueda hacer el nuevo ejecutivo, ese poco es mucho cuando la honradez reformista, garantiza la prioridad de los objetivos sociales. Es verdad que la oposición popular puede, ya lo está haciendo, volver a las andadas del resentimiento más corrosivo. Es verdad que el cambio de escenario, desarbola a mi parecer, la temeraria estrategia radicalizada de C’s, en esos últimos meses suyos de patriotismo casposo. Y es verdad también que hemos sido muchos, los que nunca hemos creído que la cuestión catalana, pudiera resolverse sólo con jueces en funciones políticas.
Se me tilda de excesivamente optimista ¡que le vamos a hacer! Pero el retorno de la Política me llena de alegría, lo contemplo con serenidad, como una oportunidad luminosa.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Junio del 2018.

martes, 12 de junio de 2018

EL MILITANTE HABERMAS

Según diversos autores, cabe concebir el pensamiento habermasiano en su conjunto, como un ingente intento de guiar racionalmente el camino de la “praxis” o, si se prefiere, de orientar la acción política en las complejas sociedades contemporáneas. La actitud militante, quizá pueda sorprender a quienes aún mantengan de Jürgen Habermas, la imagen de un típico profesor universitario encerrado en su torre de marfil, aislado con sus libros y papeles de todo lo que sucede en el mundanal ruido. Puede incluso chocar, a aquellos que tengan una somera idea del desarrollo de su trayectoria vital. Es cierto que, si bien sus intereses políticos resultan bastante notorios, tan solo se le conoce una breve fase de intervención directa en la arena política, y fue con ocasión de los acontecimientos estudiantiles del 68, de los que estos días se cumple el medio siglo. Mostró en aquellos días una cierta afinidad ideológica, con los planteamientos de los estudiantes que participaban el las revueltas de Fráncfort, y tomó parte activa en las largas y masivas asambleas que por entonces tuvieron lugar. En este contexto, se enfrentó a los grupos más radicales, a los que tildó con dureza de “fascistas de izquierda”, en virtud del proceso de dogmatización ideológica del que adolecieron, y que incluía elementos autoritarios y estalinistas. De hecho, algunos de estos grupos luego dieron lugar, a la emergencia de asociaciones claramente terroristas.
Sin embargo, las intervenciones de Habermas de carácter político en los medios de comunicación, han sido constantes, incluso antes de iniciar su vida académica. Un dato quizá menos conocido de su biografía, es el hecho de que su primera actividad para ganarse la vida, fueron colaboraciones como periodista autónomo (“freelance”) publicadas en diversas cabeceras alemanas de los años cincuenta. Asimismo no ha dejado de participar como invitado en infinidad de foros, organizados por partidos políticos – especialmente por el SPD – por sindicatos o por asociaciones ciudadanas. Con un inquebrantable “espíritu deportivo”, considera que verse envuelto en duras polémicas, “va de soi” con el oficio, ya que forma parte de la función crítica de la filosofía o, en terminología kantiana, del “uso público de la razón”, llamar la atención sobre las tendencias y los peligros de ciertas formas de pensar, con el objeto de poner en guardia a la ciudadanía, frente a los riesgos que pueda abrigar una determinada posición teórica.
Jürgen Habermas
En todo caso Habermas ha sido siempre muy consciente de que, a diferencia del político profesional que desempeña un puesto en la gestión del día a día, el intelectual disfruta de esa clase especial de libertad, que consiste en no tener que dar una respuesta inmediata, en tener tiempo para poder reflexionar y escuchar con más atención, las opiniones de los demás. Pero asimismo muy consciente, de que este lujo posee también su reverso: la responsabilidad indeclinable, de tener que contribuir a la formación de la voluntad común y, por tanto, de emitir públicamente sobre los asuntos de interés para la ciudadanía, una opinión razonada que no siempre puede resultar complaciente con los poderes constituidos. Y de que no obstante, este compromiso de producir y distribuir recursos cognitivos y reflexivos, no le otorga al intelectual el derecho de presentarse a sí mismo, como orientador de los destinos de la sociedad, en calidad ya sea de “consejero de príncipes” o de “ideólogo de la protesta”.
Precisamente por asumir plenamente y con toda seriedad esta misión del intelectual, la obra de Habermas es no sólo la obra de un filósofo, de un sociólogo o de un teórico de la modernidad, sino la obra de alguien que, en un país en el que se siente una y otra vez la negra sombra de la contrailustración, y de la regresión a planteamientos etnocéntricos, siempre ha defendido pública y firmemente posiciones ilustradas, convirtiéndose en el más cualificado portavoz de la “izquierda intelectual alemana”. Pero a pesar de sus innegables vínculos con el pensamiento de izquierdas, visibles en el afán de iluminar desde la reflexión teórica, la acción política de los movimientos sociales, Habermas no se considera el albacea intelectual de ningún legado, ni político ni teórico. Su obra adopta nítidos perfiles propios, en nada reducibles a los de la condición de epígono.
A mi modo de verlo, la singularidad de Habermas quizá dimane más bien, de una actitud global de carácter preteórico, que podría calificarse, digo yo, como el “rasgo afirmativo” de su pensamiento. A diferencia de sus maestros, con excepción de Marcuse, no se detiene nunca en el momento negativo de la crítica, sino que adopta una estrategia intelectual que posibilita el planteamiento no voluntarista, de propuestas constructivas. Desde su perspectiva, la teoría social debe proceder a identificar, en las estructuras normativas de las sociedades – en particular en las prácticas políticas – partículas y fragmentos ya encarnados de una “razón existente”, para luego poder reconstruirlos reflexivamente, con el objeto de que resulte factible remitirse a ellos como potencial emancipador. Encontrar tales asideros resulta crucial, dado que hoy sólo cabe concebir el inconcluso proyecto normativo de la modernidad, como un proyecto postmetafísico y secularizado, desprovisto además de cualquier garantía, que una concepción metahistórica pudiera aportar.
Estas convicciones, es mi modesta opinión, imprimen al planteamiento teórico práctico de Habermas, un señalado sesgo posibilista, y revelan asimismo la certeza de que las soluciones “sub specie aeterintatis”, no resultan acordes con la condición humana y que, por tanto, hay que actuar en el marco inmanente de la historia humana, sin aplazar nada para el final de los tiempos. Este rasgo distintivo se manifiesta en dos aspectos básicos de su teoría social, tanto a la hora de establecer un adecuado diagnóstico de las patologías sociales de la modernidad, como en el momento de ofrecer una terapia oportuna – aunque no una panacea – mediante la propuesta democrática, de un ámbito social de comunicación y discusión, libre de coacciones.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Mayo del 2018.

lunes, 28 de mayo de 2018

¿HA HABIDO ALGUNAS VEZ TURBAS ATEAS?

Las energías intelectuales, las agudezas de sentimientos que se ha invertido, en tratar de probarla existencia de un dios, son impresionantes. Los convencidos por ellas son innumerables, e incluyen a muchos de los más cualificados. Generaciones enteras se han sentido tranquilizadas, o aterradas. Millones, cientos de millones de personas, proclaman la evidencia de Alá. “Credo in unum deum”, es la profesión de fe del judeocristianismo.
Y sin embardo me pregunto ¿va algunas de estas demostraciones, más allá de los términos en que está formulada? ¿Pueden acaso – se preguntaba Steiner – saltar al otro lado de su propia sombra? La seductora opinión de Descartes, según la cual el intelecto humano por sí solo, no habría podido concebir la infinitud, es destruida por la sencilla idea, de que nuestra concepción de “lo infinito”, es una extensión de nuestro conocimiento de los tamaños muy grandes, de las series continuas. El miedo a quedarse huérfano en un vacío existencial, a ser aniquilado por la muerte, parece haber resultado más insoportable, que las invenciones de un mundo bajo vigilancia sobrenatural, aunque esté plagado de fuerzas demoníacas.
Pero parece que el hecho, es que las palabras se quedan en palabras. Las imágenes son imágenes. Como demostró Gorgias de Leontinos, el filósofo sofista, el lógico irrefutable, no puede haber una proposición, que no contenga el anverso de su propia negación. O, como nos enseñaron Kant y Wittgenstein, aunque con escrupulosa tristeza, los intentos de demostrar la existencia de Dios, a través de argumentos razonados, a través del discurso humano, están condenados al absurdo. Estrictamente considerada, toda teología, por profunda y elocuente que sea, es pura verborrea.
Mucho antes de Dostoievsky, había quienes exigían saber si la tortura de un solo niño, si la muerte por hambre de un solo niño lisiado, no refutaba en su totalidad, el concepto de un Dios justo y misericordioso ¿Por qué – se preguntaba Sócrates – el déspota, el depravado, el sádico, prosperan mientras que los hombres y mujeres honrados son objeto de burlas, y machacados hasta reducirlos a polvo? ¿Qué honestidad, que repugnancia moral – se preguntaba a su vez Camus – convierten el suicidio en “la única cuestión filosófica seria”?
Estas cuestiones, me parece, son o deberían ser, lugares comunes. Las atrocidades del siglo XX, les dieron un nuevo mordiente. La tortura programada, el asesinato de millones de hombres, mujeres y niños inocentes; la incineración de ciudades enteras, en planificadas tempestades de fuego, el entierro de miles de personas vivas… Una fría repugnancia nos domina a algunos, cuando nos aseguran que el pecado y la desobediencia del hombre a los mandamientos divinos, han provocado el castigo. Ejemplos de esta jerga rabínica, nos recuerda Steiner, se oyeron a las puertas de las cámaras de gas. Palabras, palabras, palabras. Y las reservas sin fondo de odio fanático, que brota del interior de las propias religiones organizadas. Las matanzas sectarias vuelven a estar a la orden del día. ¿Acaso – se pregunta Steiner ha habido alguna vez turbas ateas?
Ni siquiera los ascéticos circunloquios y abstenciones de la concreción de Spinoza – no las hay más puras – transcienden nuestro balbuceo, ni el “pathos” de la razón. Las hipótesis siguen siendo hipótesis. La maravilla del córtex humano, un instrumento tan pequeño, tan limitado, es que puede plantear preguntas sin respuesta, que puede activar lo indecible y lo irresoluble. Es esta paradoja, este sentido de infinita limitación, lo que me llena de sobrecogimiento, este sentido de las abrumadoras incógnitas de lo cotidiano. Es cada momento de existencia no analizada, no una inconcebible o imponente divinidad, lo que aguarda nuestra pregunta. Somos la criatura que no cesa de inquirir y de equivocarse.
El gran pensador social Max Horkheimer, describió el concepto del pecado original, como la idea más influyente, jamás promovida por los hombres. Pero sólo los fundamentalistas, sólo los “literalistas” lo tienen por real. La idea de una intrínseca culpa primordial, me parece moralmente repugnante.
La religión organizada puede infectar la razón, puede retorcerla hasta la locura ¡Cuántos pogromos se han llevado a cabo, en nombre de un Cristo amoroso, cuantos peregrinos han muerto aplastados en La Meca, qué infinita ha sido la matanza, por pueriles detalles del ritual o la leyenda! El judío ortodoxo que salmodia y gira, un virtuoso del aborrecimiento; el cristiano con sus genuflexiones, el musulmán con sus salutaciones, atestiguan la lenta y despilfarradora, prehistoria del sentido común.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 25 de Abril del 2018.


lunes, 21 de mayo de 2018

LA ACCIÓN Y EL DISCURSO

El “homo faber” construye el mundo pero no habita en él. Para vivir en el mundo, tiene que transformarse en el hombre de acción. La acción y el discurso, constituyen la esfera de lo propiamente humano. Hannah Arendt se apoya en Aristóteles, para aclarar esta excelencia de la acción: el humano sólo lo es, cuando actúa no condicionado por las necesidades de la vida. La acción es el resultado de la pluralidad y la natalidad. La pluralidad consiste en que los hombres, siendo iguales por nacimiento no lo son cuando actúan y hablan, para explicar sus propósitos y decisiones a otros hombres, en un espacio público compartido. La natalidad, como requisito de la acción, le fue descubierta a Arendt por San Agustín ("El concepto del amor en San Agustín: ensayo de una interpretación filosófica". Se trata de su tesis doctoral publicada en 1929 en Berlín). “Para que hubiera un comienzo fue creado el hombre”. El hecho de nacer, significa que algo comienza con la llegada de un nuevo ser a la tierra, porque el recién llegado tiene la facultad de hacer cosas. La libertad, en el sentido kantiano de espontaneidad, o capacidad para iniciar una serie de acontecimientos y poner en marcha procesos, que no habrían existido sin una decisión.
Hannah Arendt
La acción es inseparable de la palabra. Y sin el discurso que acompaña necesariamente a la acción, tampoco habría vida humana ni historia. Acción y palabra, son los dos ingredientes que determinan la forma específicamente humana de habitar la tierra, tanto a nivel individual como colectivo, en la biografía y en la Historia Universal. El alguien nacido, tiene el privilegio de ser un "uno". Y por tanto, afirma Arendt, nadie “estuvo allí antes que él”. Pero este privilegio es inseparable del otro, el de la palabra:
“Si la acción como comienzo corresponde al hecho de nacer, si es la realización de la condición humana de la natalidad, entonces el discurso corresponde al hecho de la distinción, y es la realización de la condición humana de la pluralidad, es decir, de vivir como ser distinto y único entre iguales”.
(Condición Humana” 1974).
Quien actúa tiene que presentar sus intenciones y propósitos a los demás hombres: “La acción sin discurso ya no sería acción, porque no habría actor, y éste, el agente de los hechos, solo es posible si, al mismo tiempo, pronuncia palabras. La acción que él inicia, se revela humanamente por la palabra”. Pero Arendt está muy lejos, de las simplificaciones de los manuales de moralidad. Siempre insiste en la imprevisibilidad de la acción, porque ésta escapa a las intenciones del actor, y porque es respondida por otros que, a su vez, la interpretan y modifican. Margaret Canovan subraya la insistencia de Arendt, en la necesidad de “proteger la estabilidad del mundo humano, contra la iniciativas anárquicas” de las nuevas generaciones que, por el misterio de la natalidad, se incorporan al mundo en marcha. Y argumenta con razón, que esta conciencia de la extrema fragilidad de la acción, es una de las causas del “aire conservador que advierte en muchas de las acciones de Arendt”.
Arendt separa, para luego volver a unir, acción y discurso, porque quiere que se entienda bien, el punto más oscuro de la acción humana. Ni en el teatro del mundo ni en la “polis”, el actor puede reclamarse “autor” de su propia acción, en un aspecto esencial:
“Aunque todo el mundo comienza su vida, insertándose en el mundo humano mediante la acción y el discurso, nadie es autor o productor de la historia de su propia vida. Dicho con otras palabras, las historias resultados de la acción y el discurso revelan un agente, pero este agente no es autor o productor. Alguien la comenzó y es su protagonista, en el doble sentido de la palabra, es decir, actor y paciente, pero nadie es su autor”
(“Condición Humana” 1974)
Y lo que vale para la biografía personal, vale para la Historia. Una historia, según Arendt, sin sujeto y sin demiurgo platónico, o espíritu del mundo que ordene el devenir de las cosas, y susurre al filósofo el sentido de la historia. No, nada de eso. La Historia universal no es sino “el libro de las narraciones de la humanidad, con muchos actores y oradores, y sin autores tangibles”, porque lo único que hace la historia, y por tanto aquello que la constituye en su esencia, es una pluralidad de hombres actuando y hablando, en un espacio público compartido. “La acción carece de fin”. Por eso mismo, el relato de la historia puede tener muchos comienzos, pero ningún fin. Las filosofías de la historia que le postulen un fin, son falsas de raíz.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Marzo del 2018.

martes, 15 de mayo de 2018

FANATISMO, SENTIDO DEL HUMOR, ESCEPTICISMO

Durante toda mi vida, he intentado resguardarme del dogmatismo y el fanatismo, refugiándome tras mi escepticismo y sentido del humor. Pero desde hace ya algún tiempo, siento como que esos refugios ya me quedan pequeños, insuficientes. Y la verdad, no sé como ampliarlos o comprarme algo más grande, donde pueda resguardarme con más eficacia. El Molt Honorable Xim Torra, el Presidente Trump, el Gobierno israelí, el Presidente Putin, Albert Rivera… todos parecen haberse confabulado contra mi serenidad.
Para colmar el vaso, nos informa hoy Javier Cercas, que en la hemeroteca de la Universidad Autónoma de Barcelona, se conserva un cuaderno firmado por “Nosaltres sols” (un partido diminuto que el Sr. Torra llegó a elogiar en el Diario Punt Avui) que según el historiador Enric Ucelay Da Cal, se publicó en torno a 1980. Está escrito en catalán, consta de ocho páginas mecanografiadas, se titula “Fundaments científics del racisme”. Y concluye de esta forma: “Por todo esto tenemos que considerar que la configuración racial catalana es más puramente blanca que la española y por tanto el catalán es superior al español en el aspecto racial” (la ausencia de comas tampoco es culpa mía). ¡La mare de deu!
Me parece que lo más peligroso de este siglo, que apenas hemos comenzado, se cobija en los renacidos fanatismos. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico… Me es difícil entender, evitando fórmulas fáciles y poco elaboradas, por qué regresa justamente ahora en el Islam, en ciertas formas del cristianismo, en el judaísmo… … Quizá por su poder económico y militar, el fanatismo y el racismo en Estados Unidos es donde más me preocupa. Pero hay fanatismo en Rusia, en Europa Oriental y, también y mucho, fanatismo nacionalista en Europa Occidental. Ahí tenemos Cataluña.
Cuanto más complejos se van haciendo los problemas en nuestros días, más y más gente corre hambrienta, tras respuestas lo más simples posibles. Buscan un fórmula que lo cubra todo, que lo mismo sirva para un fregado que para un barrido. Y con frecuencia se agarran a mensajes puramente fanáticos: “Todos nuestros problemas se deben a la civilización occidental” o “se deben al fundamentalismo islámico”, o “a la globalización” o “al sionismo”…
No se me ocurre ninguna medicina o tratamiento, que pueda curar de raíz el fanatismo. Únicamente sé de algunas recetas paliativas: Hay que mantener viva la curiosidad. Ponerse en la piel del otro, aunque sea un enemigo. Hay que cultivar a diario la imaginación, el sentido del humor, la empatía. Pero no para contentar al otro, no se trata de poner la otra mejilla. Hay que intentar imaginar, que es lo que hace al otro actuar de determinada forma. No es fácil. Casi todo el mundo dispone de una fórmula sencilla y personal para la salvación o la redención. Cristianos, musulmanes, judíos, pacifistas, nacionalistas, ateos, racistas… todo el mundo. Pero el problema no son las ideologías o las religiones en sí, son las interpretaciones de las mismas en clave extremista. No es la religión, sino el fanatismo religioso. No es el cristianismo, sino la Inquisición. No es el Islam, sino el yihadismo. No es el nacionalismo, sino el separatismo y el supremacismo.
En mi opinión, hoy la mayor parte del mundo se está moviendo demasiado rápido, desde una perspectiva compleja a otra muy simplista. Pasa también en la izquierda radical. Hay gente sentimental en Europa que practica el “buenismo”, que cree que todo puede arreglarse charlando y tomando un café, con la idea de que en el fondo, todo es un malentendido. Un poco de terapia de grupo, y tan amigos. Y no, hay conflictos que son muy reales, profundos, y que necesitan un elaborado análisis, y acciones contundentes derivadas del mismo.
Vivimos un tiempo de simplificaciones facilonas. La gente espera respuestas simples, no está dispuesta a escuchar una larga explicación razonada, ni a leerse un denso documento de análisis. Ya nadie teme parecer extremista, es más, eso hoy es guay. Pero el fanatismo conduce a la violencia, no lo olvidemos.
Decía el otro día Amos Oz: “Mi librito (“Queridos fanáticos”) contiene un milímetro de vacuna: tolerancia y curiosidad. Sonreír de tiempo en tiempo, incluso reírse de uno mismo. No he visto nunca un fanático, con sentido del humor”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Mayo del 2018.

lunes, 14 de mayo de 2018

HERÁCLITO

Quizá mi griego preferido desde que me topé, hace años mil, con su metáfora del río. “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. En Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12.
De Heráclito, que tuvo su época culminante en el 500 a. de C. poco de se sabe de su vida, excepto que era un ciudadano aristocrático de Éfeso. Y, ante todo, fue famoso en la antigüedad clásica, por su doctrina que decía que todo se halla en un estado fluyente. Hay que tener presente que Heráclito, aunque jonio, no pertenecía a la tradición científica de los de Mileto. Francis Macdonal Cornford, el filólogo inglés, lo pone de relieve con razón: Heráclito es frecuentemente mal interpretado, asimilándole a otros jonios. Era un místico, pero de una clase especial. Consideraba el fuego como sustancia fundamental.
La metafísica de Heráclito es lo suficientemente dinámica, como para satisfacer al más inquieto de los modernos. “Este mundo, que es el mismo para todos, no está hecho ni por los dioses ni por los hombres, sino que fue siempre, es ahora y siempre será, un fuego sempiterno, con unidades que se encienden y otras que se apagan”. En un mundo semejante, se puede esperar un cambio perpetuo, que es lo que creía Heráclito.
Mantenía otra teoría, que le era más esencial aún, que la idea de corriente perpetua: era la teoría de la mezcla de cosas opuestas. Decía Heráclito: “Los hombres no saben, como la discordia está de acuerdo consigo. Es una armonía de tensiones opuestas, como el arco y la lira”. Hay unidad en el mundo, pero esta unidad es el resultado de diversidades. “Lo uno está hecho de todas las cosas, y todas las cosas proceden de lo uno”.
Sin embargo, no habría unidad si no existieran antagonismos que combinar: “Lo opuesto es bueno para nosotros”. Esta doctrina contiene el germen de la filosofía de Hegel que, como sabemos, procede por una síntesis de contrarios. La metafísica de Heráclito, como la de Anaximandro, está dominada por una concepción de justicia cósmica, que impide que la lucha de elementos opuestos, termine jamás en la completa victoria de unos.
La doctrina de que todo se halla en un estado fluyente, es la idea más famosa de Heráclito, y la más ensalzada por sus discípulos, como la vemos descrita en el “Teetetes” de Platón. En donde, un tanto erróneamente, la traduce como “No se puede pisar dos veces en el mismo río, porque las aguas nuevas siempre están fluyendo encima de ti”. Cuando, según los expertos, la traducción más correcta sería: “Pisamos, y no pisamos en el mismo río, somos y no somos”.
Pero como quiera que sea, Platón y Aristóteles concuerdan en que Heráclito enseñó que “nada es nunca, todo está haciéndose” (Platón), y que “nada es constante” (Aristóteles). La búsqueda de algo permanente, es uno de los instintos más profundos, que lleva a los hombres a la filosofía. La religión busca la permanencia en dos formas: en Dios y en la inmortalidad. Y muchas desgracias, pueden llevar de modo probable a los hombres, a volver a las formas antiguas superterrenas: si la vida sobre la Tierra trae consigo la desesperación, solamente en el cielo se puede buscar la paz. De ahí proviene, según Bertrand Russell, la doctrina de la inmortalidad que arraigó entre los judíos. Habían creído que la virtud sería recompensada aquí en la Tierra, pero la persecución que cayó sobre los más virtuosos, decretada por el rey seleucida Antioco IV, que estaba determinado a helenizar todos sus dominios, puso de manifiesto que no era así. A fin de salvaguardar la justicia divina, por lo tanto, fue necesario creer en recompensas y castigos futuros, en el otro mundo.
Heráclito
Heráclito mismo, a pesar de su creencia en el cambio, pareció tener necesidad de admitir algo duradero. En su filosofía el fuego central nunca se apaga: el mundo “fue siempre, es ahora y será siempre, un fuego de vida eterna”. Pero si intelectualmente lo miramos bien, el fuego varía continuamente, y su permanencia es más bien la de un proceso que la de una sustancia. Aunque sería arriesgado por nuestra parte, atribuir esta idea al propio Heráclito. La ciencia, como la filosofía, ha intentado evadirse de la doctrina del flujo perpetuo, encontrando un substrato permanente, en medio de los fenómenos cambiantes. La química parecía cumplir este deseo. Se supuso que los átomos eran indestructibles, y que todo cambio en el mundo físico, consiste meramente en una nueva disposición de elementos persistentes. Esta idea predominó hasta que el descubrimiento de la radioactividad, hizo ver que los átomos podían desintegrarse.
Sin darse por vencidos, los físicos inventaron unidades nuevas, más pequeñas, que llamaron electrones y protones, de los cuales se componen los átomos, y durante años se supuso que estas nuevas unidades, poseían la indestructibilidad antes atribuida a los átomos. Desgraciadamente parecía que los protones y electrones podían chocar y estallar, formando no una sustancia nueva, sino una onda de energía, que se extiende por el universo con la velocidad de la luz. La energía tenia que sustituir a la sustancia, respecto a la permanencia. Pero la energía, distinta a la sustancia, no representa el refinamiento de la noción vulgar de una “cosa”, es meramente una característica de procesos físicos. Puede arbitrariamente, identificarse con el fuego de Heráclito, pero se trata de la acción de arder, no de lo que arde. “Lo que arde” ha desaparecido de la física moderna.
La doctrina del fluir perpetuo, tal como la enseñó Heráclito, es dolorosa, y la ciencia, como hemos visto, no logra refutarla. Una de las principales ambiciones de los filósofos, ha sido revivir esperanzas que la ciencia parecía haber matado. Por lo tanto, los filósofos han buscado con gran ahínco, algo que no esté sometido al imperio del tiempo. Búsqueda que se inició ya con Parménides. Los físicos modernos son partidarios de Heráclito contra Parménides. Pero lo fueron de Parménides, hasta que llegaron Einstein y la teoría de los cuantos.
Veamos finalmente la crítica de la doctrina de Heráclito. Muy pronto se la llevó al extremo, de acuerdo con la práctica de sus discípulos, entre los brillantes jóvenes de Éfeso. Una cosa puede cambiar de dos maneras, por locomoción y por cambio de cualidad, y la doctrina de la fluencia afirma que todo cambia siempre en ambos aspectos. (En la doctrina que examina Platón, hay cambio de cualidad y de lugar, pero no de sustancia. Y a este respecto, la física moderna de los cuantos, va más allá que los discípulos más extremos de Heráclito en tiempos de Platón. Éste lo hubiera considerado fatal para la ciencia, pero no ha resultado así). Y no sólo todo sufre siempre “un” cambio cualitativo, sino que todo cambia siempre “todas” sus cualidades, así, al menos se nos dice, pensaban los inteligentes de Éfeso. Esto tiene malas consecuencias. No podemos decir “esto es blanco”, porque si era blanco cuando empezamos a hablar, ya no lo será cuando terminemos la frase.
Lo que viene a ser el argumento mencionado es que, cualquiera que sea la cosa que pueda estar en perpetua fluencia, los significados de las palabras deben fijarse, al menos una vez, puesto que de otra manera no se determina ningún aserto, y ninguno es más verdadero que falso. Debe haber “algo” más o menos constante, si el discurso y la ciencia han de ser posible. Russell creía que esto debía admitirse. Pero, añadía, una gran parte de fluencia es compatible con esta admisión.
Pues esto.

Palma. Ca’n Pastilla a 20 de Abril del 2018.



lunes, 7 de mayo de 2018

POLÍTICA Y FELICIDAD PÚBLICA

En la antigüedad griega, Sófocles en “Edipo en Colona” – obra de su vejez – nos hace saber, por la boca de Teseo, el fundador legendario de Atenas y su portavoz, que lo que hacía posible que los hombres corrientes, jóvenes y viejos, pudiesen soportar las cargas de la vida: era la “polis”, el espacio donde se manifestaban los actos libres y las palabras del hombre, lo que podía dar esplendor a la vida.
Muchos siglos más tarde, Thomas Jefferson – en un comunicado a la Convención de Virginia de 1744 que, en muchos aspectos, fue una anticipación a la Declaración de Independencia – había declarado que “nuestros antepasados”, al abandonar los “dominios británicos de Europa”, ejercieron “un derecho que la naturaleza ha conferido a todos los hombres… de establecer nuevas sociedades, bajo las leyes y estatutos que estimen más convenientes, para promover la ‘felicidad pública’”. Si Jefferson estuvo en lo cierto, los colonos debieron ser movidos, incluso entonces, por una especie de insatisfacción con los derechos y libertades de los ingleses, estimulados por el deseo de hallar un tipo de libertad, de la que los “habitantes libres” de la madre patria no gozaban. A esta libertad la llamaron más tarde, cuando ya gozaban de ella, “felicidad pública”, y consistía en el derecho que tiene el ciudadano a acceder a la esfera pública, a participar del poder público – a ser “partícipe en el gobierno de los asuntos”, según una notable frase de Jefferson – como un derecho distinto de los que normalmente se reconocían a los súbditos, a ser protegidos por el gobierno en la búsqueda de la felicidad privada. El hecho de que la palabra “felicidad”, fuese elegida para fundar la pretensión a participar en el poder público indica, sin lugar a dudas, que existía en el país, con anterioridad a la revolución, algo parecido a la “felicidad pública”, y que esos hombres sabían que no podían ser completamente “felices”, si su felicidad estaba localizada en la vida privada, única esfera en la que se podía gozar de ella.
René Char y Albert Camus
No obstante, el hecho histórico, me parece, es que la Declaración de Independencia habla de “búsqueda de la felicidad”, no de felicidad pública. Quizá ello se deba a que Jefferson no estaba muy seguro, de que clase de felicidad hablaba, cuando hizo de su búsqueda, uno de los derechos inalienables del hombre.
Recordemos que la tiranía, según terminaron por entenderla las revoluciones, era una forma de gobierno en la que el gobernante, incluso aunque gobernase de acuerdo a la leyes del reino, había monopolizado para sí mismo el derecho de acción, había relegado a los ciudadanos de la esfera pública a la intimidad de sus hogares, y les había exigido que se ocupasen de sus asuntos privados. En otras palabras, la tiranía despojaba de la felicidad pública, aunque no necesariamente del bienestar privado.
Hacia el final de su vida, Jefferson concluía una carta a Adams (su duro adversario de toda la vida y, sin embargo, amigo) con estas palabras: “Quizá nos encontremos de nuevo en el Congreso, junto a nuestros antiguos colegas, y recibamos con ellos la fórmula de aprobación ‘Bien hecho, funcionarios fieles y bondadosos’”. A mi modo de ver, estas palabras, aun en su ironía, expresan la cándida admisión de que la vida en el Congreso, las alegrías de los discursos, de la legislación, de la transacción, de la persuasión, del propio convencimiento… “la felicidad pública”, constituían en no menor medida para Jefferson, un goce anticipado de una eterna bienaventuranza futura, lo que la contemplación había representado para la piedad medieval.
Thomas Jefferson
A fin de comprender lo inusitado que era en el cuadro de la tradición occidental, en la segunda mitad del siglo XVIII, concebir la felicidad política y pública, a imagen de la bienaventuranza eterna, no estará de más recordar que para Tomás de Aquino, por ejemplo, la “perfecta beatitud” consistía exclusivamente en una visión, la visión de Dios, y que para alcanzar esta visión no se requería la presencia de ningún amigo, todo lo cual, dicho sea de paso, está en consonancia con la idea platónica, de la vida de un alma inmortal. Jefferson, por el contrario, sólo era capaz de concebir un perfeccionamiento de los mejores momentos y más felices de su vida, si ensanchaba el círculo de sus amigos, de tal forma que pudiera sentarse “en el Congreso”, con los más ilustres de sus “colegas”.
Y finalmente, ya más en nuestra época, el poeta René Char, probablemente el más leído de cuantos escritores franceses, se unieron a la Resistencia frente a los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial, también nos habla del tema de la “felicidad pública”. Su libro de aforismos “Feuillets d’Hypnos” (París 1946) es una anticipación francamente pesimista, de la ya próxima liberación de Francia. De su lectura deducimos que sabía bien, al menos en lo que a él atañía, que se trataría no sólo de la liberación bien recibida de la ocupación alemana, sino también de la liberación de la “carga” de los asuntos públicos. Significaría regresar de nuevo al “épaisseur tiste” de sus vidas y ocupaciones privadas. “Si sobrevivo – escribe – sé que tendré que prescindir, de la fragancia de estos años fundamentales, que tendré que renunciar (no reprimir) a mi tesoro”. Para él el tesoro era haberse “encontrado a sí mismo”, no tener que dudar más de su propia “sinceridad”, no necesitar de máscara ni ficción para presentarse en público, poder presentarse ante los demás y ante sí mismo como era en realidad, poder, en fin, soportar “su propia desnudez”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Abril del 2018.


lunes, 30 de abril de 2018

DISCURSO SOBRE EUROPA

El doctor Andrés Laguna (Segovia 1511?-1559) fue una figura relevante de la España de Carlos V. Humanista, gran admirador de Erasmo, del cual compartía sus ideas religiosas, a favor de un cristianismo interior.
En Colonia, el domingo 22 de enero de 1543, a las siete de la tarde, pronuncia el “Discurso sobre Europa”(Europa heautentimorumene) ante una asamblea de príncipes y sabios. El tema del discurso es Europa, que se está destrozando a sí misma. Una Europa que “miserablemente se atormenta y deplora su desgracia”. Europa, en otros tiempos tan poderosa, se ve ahora reducida a una condición “desdichadísima”, por culpa de los mismos que tiene la obligación de defenderla: los príncipes cristianos, que en vez de unirse frente al enemigo común (los turcos), se hacen entre si una guerra despiadada. Pero lo que más atormenta a Europa, no es verse despedazada por los enemigos de los cristianos; su inmenso dolor lo causan sus propios hijos, los príncipes cristianos que traman contra ella una “guerra intestina”, además de consentir que el enemigo exterior, la sacuda con violencia.
Este discurso del doctor Laguna (afirma Joseph Pérez en “Carlos V”) ofrece la perspectiva exacta, para enfocar la política imperial de Carlos V, con una matización notable: Laguna habla ya de “Europa”, palabra que el Emperador no emplea nunca. Hasta muy entrado el siglo XVI, en efecto, la palabra “Europa” sólo se emplea con un significado geográfico. Cuando se quiere hablar de los pueblos que la componen, se usan más bien otras expresiones, como “Cristiandad o república cristiana”, por tratarse de territorios que reconocen la autoridad espiritual de la Iglesia Católica Romana. La Cristiandad forma un cuerpo místico-social, una unidad orgánica que procede de la comunidad de fe, pero que deja casi intacta la soberanía de cada reino particular. Dicha comunidad de fe tiene implicaciones intelectuales, culturales y morales: una misma concepción de la vida, inspira a todos los que forman parte de esta comunidad, por encima de las diferencias y variedades nacionales o regionales. Se trata en realidad, de lo que hoy llamaríamos un área cultural, o una civilización que tiene sus caracteres propios.
Doctor Andrés Laguna
En Laguna notamos pues, la nostalgia por la unidad perdida y la voluntad de recrearla, pero esta unidad ya no puede ser estrictamente religiosa, dada la división introducida por la Reforma luterana. El concilio, que con tanta insistencia había reclamado Carlos V, iba a celebrarse. Pero en Trento, ya estaba claro, que se iban a replantear las ideas directrices del dogma católico, prescindiendo ya de lo que opinaran los protestantes, que por su parte habían elaborado, o estaban elaborando, su propia ortodoxia.
Laguna da por sentada la división de la Cristiandad. La unida que él anhelaba no puede ser política: nadie acepta ya la perspectiva de un imperio, o de una monarquía universal. Pero la unida tampoco puede ser ya religiosa, bajo el imperio de la Iglesia de Roma. Sólo queda pues una fórmula, que garantice la unidad de las naciones que siguen llamándose cristianas, a pesar de sus diferencias doctrinales: es la unidad de cultura. Es el legado de la Biblia, de la Antigüedad griega y latina, tesoro común de los europeos de 1543. Este legado en el que comulgan los humanistas, permite superar las oposiciones confesionales, y sugiere un ideario y unas normas que hay que preservar: cierta concepción del hombre y su dignidad, basada en principios éticos que deben inspirar la organización política y social, el culto a la verdad y la belleza… En resumen, se trata del concepto moderno de civilización, frente a la barbarie que se está forjando en esos momentos de crisis.
Hasta el siglo XVI, el bárbaro siempre o casi siempre era el otro, el infiel, el que vivía fuera de las fronteras de la Cristiandad, y que se caracterizaba esencialmente por la crueldad y la inhumanidad de su conducta. Las guerras de religión estaban cambiando estas perspectivas. Los párrafos que Laguna dedica a pintar lo horrores de las guerras entre cristianos, no dejan lugar a dudas: la violencia, la inhumanidad y la barbarie, se han instalado en medio de los cristianos. Los infieles ya no tienen la exclusividad de tales comportamientos. De ahí la necesidad de cambiar el vocabulario. Hasta entonces – como hemos dicho – se usaba poco la palabra “Europa”, se hablaba de “república cristiana” o “Cristiandad”. Tampoco de alude para nada a la cruzada. Laguna se refiere sólo dos veces a la expresión “república de los cristianos”, y no usa nunca la palabra “Cristiandad”. Es de Europa de la que habla. Y está claro desde el principio, que para Laguna se trata mucho más que de un concepto geográfico. Esta es una de las primeras ocasiones, sino la primera, en que Europa viene definida no como una parte del mundo, sino como un área cultural, como una unidad de civilización, frente a lo que no es ella.
Igualmente en la literatura europea del siglo XVI, se está produciendo una evolución semántica significativa, y es interesante señalar que Laguna, es uno de los primeros en avanzar por esta vía. Habrá que esperar a la segunda mitad del siglo, para ver escritores, protestantes en su mayoría, que sustituyan la palabra “Cristiandad” por “Europa”. Los horrores de las guerras entre cristianos (católicos y protestantes) conducen a desear, no ya un retorno a la unidad confesional, sino por lo menos a una fraternidad basada en valores morales, políticos y culturales, es decir, una civilización totalmente opuesta a la de los bárbaros, a la de los turcos.
Lo que vemos apuntar en el “Discurso” de Laguna, en una fecha tan temprana como la de 1543 es, por lo tanto, una noción de Europa que ya no es meramente geográfica, sino cultural. Si la fe ya no puede servir de fermento de unidad ¿en qué podrá fundarse la fraternidad deseada entre las naciones de Europa? Laguna no lo dice claramente, pero de su discurso se deduce implícitamente: un irenismo (actitud pacífica y conciliatoria) que se parece mucho a la tolerancia, aunque no la mencione. Y sobre todo la adhesión a valores culturales, heredados de la doble tradición clásica y cristiana, valores percibidos como universales (ésta es la proyección humanista) y desde luego muy superiores a todo lo que se nota, en el campo opuesto.
Todo eso nos lleva a la idea imperial de Carlos V, que se nos presenta como una anticipación fecunda de la especificidad de Occidente. Anticipación de los vínculos culturales y morales, que la posterioridad había de potenciar. Y que en los tiempos que nos ha tocado vivir, cobran singular transcendencia. Al menos éste es, a mi modesto entender, el legado de Carlos V a la historia universal.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Marzo del 2018.