Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

miércoles, 17 de octubre de 2018

EL VOCABULARIO EN LAS REDES

Escribía Ortega y Gasset en “Teoría del improperio” ¡en 1910! que harta es conocida la importancia, que para aprehender y fijar la individualidad de un artista literario, tiene la determinación de su vocabulario predilecto. Como esas flechas que marcan en los mapamundis las grandes corrientes oceánicas, nos sirven sus palabras preferidas para descubrir los torbellinos mayores de ideación, que componen el alma del poeta.
Me han traído esos recuerdos orteguianos, la lectura el otro día, de unos comentarios innecesariamente poco estéticos (el castellano es muy rico y permite significar lo mismo, con vocablos menos zafios) en un debate en facebook. Esa preferencia por vocablos antiestéticos – antiestéticos no sólo por groseros, sino por inaptos para un buen entendimiento del texto – es claramente incompatible, opino, con una poderosa voluntad de convencer al interlocutor.
La palabra, lo sabemos o deberíamos saberlo, pretende hacer externo lo interno, sin que deje de ser interno. No es un signo cualquiera, sino un signo expresivo. La buena articulación es necesaria a la palabra, a fin de aprisionar el contorno preciso y estable de los conceptos, de las imágenes exactas y complejas. Pero para expresar una explosión de alegría o, más comúnmente, de amargura o ira, donde el motivo, la causa, lo importante – la realidad interna – es la conmoción del alma toda, basta con un grito, un improperio, un insulto. Toda palabra tiene pues dos direcciones. Una de ellas la lleva a expresar puramente una idea; la otra tira de ella hacia atrás, y la induce a expresar puramente, exclusivamente, un estado emocional, pasional. De esto he escrito con frecuencia: para debatir con razones es esencial emplear bien las palabras, elegirlas correctamente por su significado; para contrastar emociones, es suficiente con un simple grito. Y en las redes con demasiada frecuencia, eso es lo que hacemos, nos gritamos por que sólo tenemos emociones, no argumentos.
Los improperios nos recordaba Ortega, son palabras que significan realidades objetivas, sí, pero que empleamos, no en cuanto expresan éstas, sino para manifestar nuestros sentimientos personales. Cuando Baroja decía o escribía “imbécil”, no quería decir que se tratara de alguien débil (“sine baculo”) que es su valencia original, ni de un enfermo del sistema nervioso. Lo que quería expresar, era su desprecio apasionado hacia esa persona. Los improperios son vocablos complejos usados como interjecciones; es decir, son palabras al revés. La abundancia de improperios pues, es síntoma de la regresión de un vocabulario hacia su infancia o, cuando menos, de una puericia persistente que se inyecta en el léxico, de personas supuestamente adultas.
Decía también Ortega, que es sabido que no existe pueblo en Europa, que posea caudal tan rico de vocablos injuriosos, de juramentos e interjecciones, como el nuestro. Según parece, sólo los napolitanos pueden hacernos alguna concurrencia. En mi muro entran con frecuencia ciertos “amigos”, que claramente, cada vez que sueltan un taco, un insulto, un improperio, sienten cierta fruición y descanso. Se nota mucho, me parece, que los han de menester – los insultos – como rítmica purgación de la energía espiritual, que a cada instante se les acumula dentro, les estorba y necesitan librarse de la misma. Estos “amigos” está claro, no poseen un gran entendimiento, administran una moralidad reducidísima, no son capaces de debatir con argumentos, les molesta todo lo que huela a razón… y van directos hacia la muerte intelectual, como una piedra hacia el centro de la tierra. Preguntémonos ¿será acaso ese abuso de interjecciones (facha, rojo de mierda, imbécil, capullo…) ese alarde de energías frecuentes en el español, más bien efecto de su debilidad espiritual?
Estas intromisiones súbitas de sentimientos y emociones incontroladas, que no tiene nada que ver con el curso del pensamiento, producen, claro está, una fragmentación de la vida intelectiva. Entran en la continuidad de una mente normal como cuñas y la hacen saltar en trozos: se interponen, se interyectan entre los miembros de una construcción intelectual, y la hacen poco menos que imposible. Por eso las almas de histéricos y neuróticos – afirma Ortega – viven una vida discontinua, incompatible generalmente, con el edificio de un ideario unificado y resistente. Son almas disgregadas en átomos, inconexas; almas dispersas, cuya existencia es un nacer y morir a cada instante, menesterosas de condensar en esa vida instantánea, toda su vitalidad. Almas inarticuladas que se expresan en interjecciones, porque ellas mismas lo son.
El chulismo, la bravuconería, la exageración, el insulto, el retruécano y otras muchas formas de expresión, que se ha creado de una forma predilecta el español, podrían muy verosímilmente, reducirse a manifestaciones de histerismo colectivo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastillas a 5 de Agosto del 2018.


viernes, 5 de octubre de 2018

LA BÚSQUEDA - LA "QUESTE" - DEL GRIAL

Victoria Cirlot, catedrática de Filología Románica en la Universidad Pompeu Fabra, gran especialista en literatura artúrica (hija del poeta, crítico de arte y compositor Juan Eduardo Cirlot) acaba de publicar un nuevo e interesantísimo libro “Luces del grial”.
No soy en absoluto medievalista, si de algo sé un poco es de Historia Contemporánea. Pero de joven fui muy aficionado al ciclo artúrico, a las obras de Chrétien de Troyes, como es sabido el creador de la novela medieval, inspirada en la tradición celta y las leyendas bretonas (la que ha sido llamada la “matière de Bretagne”) y el primero que escribió sobre el “grial”. Y no digamos a las muchas películas sobre Arturo y sus “Caballeros de la Mesa Redonda”, me las vi todas. Especialmente esa joya de John Boorman, “Excalibur”, plena de hermosas imágenes, con música de Wagner (“Marcha fúnebre de Sigfrido”). En cambio – quizá porque hace tiempo que no leo novelas – no me han atraído las obras de Peter Berling. Sobre historia no me dicen nada las novelas históricas, prefiero ir directamente a las fuentes, a las publicaciones de los historiadores, pues con frecuencia son mucho más emocionantes que las novelas.
Victoria Cirlot
Recuerdo perfectamente, pues me impresionó mucho, aquella escena de “Excalibur” en la que un Perceval derrotado, junto al árbol donde están colgados los caballeros muertos, mientras sus armaduras se entrechocan, escucha una voz sobrenatural que le pregunta: ¿Qué es el grial? Y Victoria Cirlot nos explica que fue el mismo Boorman, quien supo explicar muy bien que es la “queste” (del latín “quaerere”) la búsqueda, la errancia en pos del objeto sagrado, la misión. Algo que a mí no deja de recordarme a la “llamada”, de la que nos habla Michael Ignatieff en su precioso libro “Fuego y cenizas”.
Pero a mi no me parece fácil contestar a esta pregunta de qué es el grial. No se nos dice en ninguna parte. Es un símbolo particularmente extraordinario. Su polivalencia es inmensa. Se podría decir que simboliza la búsqueda de lo imposible. El grial sería lo imposible mismo. Y lo que nos mantiene en su búsqueda. Nos advierte Cirlot que nunca se imaginó el grial como un objeto a conquistar, del que te pudieras apropiar. Es un símbolo. La búsqueda culmina con su visión, es una experiencia visionaria. Pero nadie se planteaba conquistarlo, eso fue cosa de Spielberg. La “queste” es buscarlo. Es una empresa de conocimiento. Y, en buena medida, de conocimiento a través del amor. A mi me recuerda mucho a Elizabeth Arthur, cuando afirma en “Más allá de la montaña”: “No vinimos para alcanzar la cumbre, para poder decir luego que lo habíamos hecho; para estar aquí y ahora, es por lo que hemos venido… Para así conocernos mejor y demostrar, al menos a nosotros mismos, que alcanzar las cumbres no es lo más importante, sino moverse hacia ellas”.
Eric Hobsbawm – el gran historiado marxista inglés – en su interesante autobiografía “Años interesantes”, cuenta como a finales de los años ochenta, un dramaturgo la de la Alemania Oriental (recordemos: la de régimen comunista) escribió una obra titulada “Los caballeros de la Tabla Redonda”, en la que dice: “¿Acaso el propio Lancelot ya no cree en el Grial? No lo sé – se responde – no puedo dar respuesta a esa pregunta. No, probablemente nunca encuentren el Grial ¿Pero no tiene razón el rey Arturo, cuando dice que lo importante no es el Grial, sino la búsqueda? Si abandonamos la búsqueda del Grial, nos abandonamos a nosotros mismos ¿Sólo a nosotros mismos? ¿Acaso la humanidad puede vivir sin los ideales de libertad y justicia, o sin aquello que le dedican su vida? ¿O acaso incluso, sin el recuerdo de los que así lo hicieron en el siglo XX?”
La queste del Saint Graal”, parte del ciclo conocido como el “Lancelot-Graal”, una “summa” del universo artúrico, se ha leído – nos dice Cirlot – como un manual de vida cristiana, pero si se observa con atención, como hacen Foucault y Sloterdijk, aparece como un ejercicio de cuidado de uno mismo, “cura sui”, técnicas para afrontar la vida, un verdaderos “training” de transformación, procedimientos físicos y mentales para enfrentarse a la vida y a la muerte. “Es el cuidado de tu interior. Mirarte por dentro, la atención a uno mismo. Con la muerte como punto culminante, el saber morir”. Escribí en su día: “Vivir con gallardía y saber morir, principio y final de ese “gran juego” que sería la vida. La propia supervivencia, la más básica de las necesidades, es la que tiene el precio más alto, y en consecuencia los gestos más grandes se relacionan con ese exquisito “savoir-mourir” que tan profundamente admiró Karen von Blixen-Finecke”. (Ver en mi Blog: https://senator42.blogspot.com/search/label/Isak%20Dinesen).
Todo ese ciclo del grial, de Arturo, de los caballeros, de la espada… parecen un conjunto de mitos, de leyendas, pero que contienen preguntas fundamentales sobre la existencia, que algunos intentaron contestar, no tanto a través de la filosofía, como con el relato y el mito. Pero en “Luces del grial”, Victoria Cirlot pretende que sea la filosofía moderna, especialmente Foucault, la que ilumine ciertos pasajes de la literatura artúrica.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Julio del 2018.


lunes, 24 de septiembre de 2018

NOS COGERÁ EL TORO

Nos cogerá el toro, y es un morlaco de aúpa, si seguimos prestándole menos atención a él que al ruido en los tendidos, a los gritos, aplausos, insultos y olés de los aficionados. Pedro Sánchez ha dicho: “Sólo es ruido”. Sí, pero justo por eso, no deberíamos perder tanto tiempo con ello.
No hay que entender la política, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Es lo mismo que en la historia, en cuya investigación sabemos de la importancia de detectar lo que está debajo de lo más manifiesto. Unamuno, lo he escrito a veces, llamaba “intrahistoria” a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales. A día de hoy, los “grandes acontecimientos históricos”, los asuntos que tratan los periódicos, y no digamos las redes, son los que tienen lugar en la superficie; mientras que los cambios sociales y culturales importantes, que se mueven bajo la superficie, sólo son detectados por contados políticos, sociólogos o filósofos que, como Casandras de hoy, nos advierten sobre ellos, con el mismo resultado que el de la clásica profetisa: ninguno. Hay un “nivel subterráneo” (abisal diría Unamuno) donde se articulan dinámicas sistémicas globales, que unen lo que en la superficie parece desconectado. Son imposibles de percibir, si contemplamos el mundo con los lentes de nuestras pasiones. O las confundimos con las que nos presentan algunos digitales, las redes sociales, los tuiters de Trump, las “fake news”, o los postureos y “performances” de muchos políticos.
Pepe Borrell en Florencia
Las elecciones europeas están ahí, el próximo mayo. Si ganan las derechas populistas, identitarias y xenófobas, se deshilacha la Unión y el Euro se devalúa gravemente ¿de verdad a alguien le va a preocupar entonces, lo que haya pasado con el máster de Casado, o la tesis de Sánchez? Borrell nos hablaba el otro día de problemas reales e imaginarios. Los primeros, los reales, en su mayoría se pueden resolver, si existe voluntad política (como pasó no hace mucho con la crisis del Euro). Los imaginarios (derivados de emociones y ensoñaciones) no se pueden resolver, sólo disolver. El Gobierno debe enfrentar con rigor y respuestas concretas y efectivas, aquellos problemas que de verdad afectan, o afectarán gravemente, la vida diaria de los ciudadanos. Y dejar de prestar atención a la espuma de las olas, y a la bullanga de ciertos medios digitales y redes sociales.
Sí, sí, ya lo sé, sólo 84 diputados y un montón de otros exclusivamente dedicados al postureo. Y sigo manteniendo mi confianza en el Gobierno y en la Dirección del PSOE. Seguro que todos ellos saben mejor que yo, cuales son los movimientos importantes, los abisales, los que se dinamizan en lo profundo. Yo solo aviso como Casandra improvisada. Porque hay que seguir confiando en la acción transformadora de la política; sin dejarnos atrapar en las falsas dicotomías del Ideal-Posible o Mejor-Bueno. Que no son sino un burdo plagio de la “piedra de Sísifo”. No es que en la carrera de lo posible a lo ideal, la piedra siempre acabe volviendo al comienzo, sino que cuando ascendemos algo hacia el Ideal, siempre hay alguien que lo sitúa más alto. Si no se desafora al Rey, no desaforamos a los políticos. O el todo o nada. Pero de nada nos sirve llorar o quejarnos, pues como nos recordaba Javier Solana, que dijo Hegel en su “Fenomenología del espíritu”: “La queja es una lágrima derramada sobre la necesidad”.
No es necesario haber leído muchas publicaciones serias, para constatar que en Europa (y en el mundo ya puestos) se está produciendo un cambio de mentalidades, germinado en tres fenómenos propios de nuestros días: una aversión estereotipada hacia los inmigrantes, muy especialmente hacia los de confesión musulmana; el poder de atracción de un nuevo tipo de políticos, que rehuyen los problemas reales, y sitúan en la agenda los imaginarios (esencialmente identitarios); y, por fin, la torpe forma de reaccionar de las élites políticas, ante la aparición de estos movimientos de protesta, en general populistas de derecha, pero no exclusivamente. Estas nuevas tendencias políticas, son incompatibles con las Constituciones de países que se consideran hijos de la tradición democrática liberal europea. Y con todos los que no comulgamos con una concepción étnica de la democracia, ni con una visión exclusivamente judeo-cristiana de nuestra tradición.
Jürgen Habermas
Pero algo bueno puede que aporten estos movimientos contestatarios: despertarnos de la somnolencia con la que hemos manejado hasta hoy, el funcionamiento de la democracia a nivel europeo que, como poco, diríamos que ha sido excesivamente elitista. Todas estas fuerzas política emergentes, algunas de sus exigencias, nos demuestran que una comprensión puramente formalista – y por ende disminuida – de los procesos democráticos, cada día encontrará una mayor resistencia.
También nos decía Borrell en su conferencia de hace unos días, que todo ese laissez faire, laissez passer, con el cual los ciudadanos han permitido a ciertas élites (nómadas cosmopolitas, las define Pepe y se incluye) gobernar la Unión, cuando las cosas iban bien, se ha acabado. La Unión ya no puede seguir siendo cosa de unos pocos (por más que el Parlamento Europeo, lo compongan 750 miembros), la ciudadanía de todos los países debe ser convocada seriamente, no sólo a la votación en las próximas elecciones, sino esencialmente a los procesos de debate en la campaña. Lo que decía al inicio: si las fuerzas seriamente democráticas, pierden las elecciones ¡que irrelevante nos parecerá entonces el máster de Casado!
Pero para terminar, un toque de optimismo, que es lo mío. Decía no hace tanto Jürgen Habermas: “Tenemos en Europa ciudadanos suficientemente educados, para que ese género de ficciones políticas sentimentales, de las que el populismo de derechas quiere convencernos que existen, no tengan recorrido”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Septiembre del 2018.


lunes, 17 de septiembre de 2018

EL ENTUSIASMO

El hombre civilizado se distingue del salvaje, principalmente por la “prudencia” o, para emplear un término más amplio, por la “previsión”. Esta dispuesto a sufrir penas momentáneas, para obtener placeres futuros, incluso aunque estos sean muy lejanos. La verdadera “previsión” no sólo aparece, cuando el hombre obra sin que ningún impulso lo dirija, sino porque su razón le aconseja que en el porvenir, sacará más provecho así. Pero la civilización contrarresta el impulso, no sólo por la previsión, que sería un freno voluntario, sino también por la ley, la moral y la religión.
Es cierto, sin embargo, que la excesiva prudencia puede traer fácilmente consigo, la pérdida de las mejores cosas de la vida. Los adoradores de Dionisio, nos recuerda la historia, reaccionaban contra la prudencia. En la embriaguez, física o espiritual, recobraban una intensidad de sentimiento, que la prudencia había destruido. Contemplaban el mundo lleno de delicia y belleza, y su fantasía les liberaba de repente, de la prisión de las preocupaciones cotidianas. El rito báquico producía lo que se llamaba “entusiasmo”, lo cual quiere decir, etimológicamente, que el dios entraba en la persona que le veneraba, y que ésta entonces, se creía una con el dios. Muchas cosas admirables de las obra humanas, llevan en sí un elemento de embriaguez (mental, no alcohólica, por supuesto) donde la prudencia es barrida por la pasión. Sin el elemento báquico, la vida carecería de interés, con él es peligrosa. La prudencia contra la pasión: este conflicto se extiende por toda la Historia.
Nos recuerda Bertrand Russell, que Orfeo es una figura oscura en la historia, pero interesante. Algunos historiadores creen que era un personaje real, otros que un dios o un héroe imaginario. Según la tradición vino de Tracia, como Baco, pero parece más probable que viniera (él o el movimiento que se asocia a su nombre) de Creta. Es cierto que las doctrinas de Orfeo, contienen muchas ideas que parecen tener su fuente original en Egipto. Y que fue principalmente a través de Creta, como Egipto influyó en Grecia. Se dice que Orfeo fue un reformador al que desgarraron las ménades (seres femeninos divinos) frenéticas, alcohólicas, instigadas por la ortodoxia báquica.
Como quiera que fuese la doctrina de Orfeo (si es que éste existió) la que se conoce bien es la de los órficos. Creían en la transmigración del alma. Enseñaban que ésta puede tener en otro mundo un goce eterno, sufrir el tormento eterno o temporal, según la manera de vivir en la Tierra. Aspiraban a hacerse “puros”, en parte por ceremonias de purificación, en parte evitando cierto tipo de contaminación. Los más ortodoxos entre ellos, se abstenían de tomar alimento animal, excepto en ocasiones rituales, cuando lo comían como sacramento. Los órficos eran una secta de ascetas, para ellos el vino era sólo un símbolo, como más tarde en el sacramento cristiano. La embriaguez que buscaron era la del “entusiasmo”, la unión con el dios. Este elemento místico entró en la filosofía griega con Pitágoras, que fue un reformador del orfismo, así como Orfeo había sido un reformador de la religión dionisiaca. Por Pitágoras entraron elementos órficos en la filosofía de Platón. Y por éste en la mayor parte de la filosofía posterior de índole religiosa.
La tradición convencional respecto a los griegos – y así me lo enseñaron en el bachillerato – dice que manifestaron una serenidad admirable, la que les permitía contemplar la pasión desde fuera, percibiendo toda su belleza, pero permaneciendo ellos tranquilos y olímpicos. Pero Russell manifiesta, que este es un punto de vista muy unilateral. Que quizá sea cierto respecto a Homero, Sófocles y Aristóteles, pero no desde luego respecto a los griegos que, directa o indirectamente, sucumbieron bajo las influencias báquica u órfica. En Eleusis, donde los misterios del mismo nombre, formaron la parte más sagrada de la religión ateniense, se cantaba el siguiente himno:
“Alzando tu copa de vino
en tu revelación enloquecedora,
al florido valle de Eleusis
llegas tú ¡salve a ti, Baco, Pan!”
No todos los griegos, pero sí muchos de ellos, eran apasionados, desgraciados, en conflicto consigo mismo, llevados a un lado por el intelecto y a otro por las pasiones, con bastante imaginación para concebir la idea del cielo y del infierno. Tenían la máxima “nada en exceso”, pero en realidad eran exaltados en todo: en la idea pura, en la poesía, en la religión y en el pecado. Esta combinación de pasión e intelecto los hizo grandes, mientras lo fueron.
Sin embargo, en mi modesta opinión, si tomásemos como característica de los griegos, en conjunto, lo dicho en el párrafo anterior, pecaríamos también de unilaterales, como cuando los llamábamos “serenos”. En realidad, había dos tendencias en Grecia: una apasionada, religiosa, mística, ultramundana, y otra alegre, empírica, racionalista, y con afán de conocer la diversidad de hechos. Herodoto podría representar esta última tendencia, lo mismo que los primeros filósofos jónicos y, hasta cierto punto, también Aristóteles.
Las cosas, me parece, no han cambiado tanto a lo largo de la historia. Siempre ha habido y hay entusiastas, apasionados, exaltados, y también, conviviendo mal que bien con ellos, tipos serenos, reflexivos, racionalistas.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Junio del 2018.


martes, 11 de septiembre de 2018

"INTRAHISTORIA"

Hace ya cierto tiempo en mi Blog, al escribir sobre “Un cierto regusto a un “déjà vu”, hice alguna alusión al concepto de “intrahistoria” en Unamuno: “Unamuno – que no era historiador, pero sí algo sabía del tema – decía que no hay que entender la historia, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Él llamaba “intrahistoria” (“Evolución y revolución” 1886) a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales”.
La noción de intrahistoria de Unamuno se debe – creo yo - en gran parte, a la obra de Hegel, y al concepto romántico alemán de "Volksgeist". Aunque muchos investigadores, sugieren que Don Miguel pudiera haberse encontrado con este concepto, de un modo más indirecto y casual. Juaristi, por ejemplo, cree que Unamuno podría haber hallado ecos del historicismo romántico alemán y de la idea de "Volksgeist", en las novelas fueristas o foralistas que leyó en su juventud. Por su parte Inman Fox llama la atención, sobre el vínculo existente entre el concepto unamuniano de intrahistoria y la noción de “historia interna” – el análisis del funcionamiento interno de la historia, elemento común en la historiografía del siglo XIX – y puntualiza que durante décadas los krausistas y, en especial, Giner de los Ríos, habían sido los principales exponentes tanto de la “historia interna”, como de la idea romántica que mantiene que el carácter íntimo de un pueblo, sale a la luz a partir de su literatura, de su arte y de su lengua. Winfried Kreutzer sugiere, incluso, que Unamuno podría haber conocido la noción de “historia interna” – noción fundamental, bajo su punto de vista, en relación a su desarrollo de la idea de intrahistoria – por mediación de la obra de Pérez Galdós. Finalmente Adolfo Sotelo Vázquez afirma que las raíces de la idea de intrahistoria, pueden hallarse en Taine y en el krausismo (“tras el cual se halla el concepto herderiano romántico alemán de "Volksgeist”).
Miguel de Unamuno
Stephen G. H. Roberts opina que aquellos progresistas que, al igual que Unamuno, se han sentido atraídos por los ideales internacionalistas de movimientos tales como el socialismo, viven mirando al futuro en un constante soñar con utopías lejanas. Consiguientemente pasan por alto el presente sin arraigarse en él. Y es a la luz de este hecho, que Unamuno se dispone a buscar el momento presente, donde pasado y futuro puedan encontrarse. Llegará a descubrir este presente dentro, y a través, del concepto de intrahistoria. A diferencia de los casticistas, que buscan tradiciones en el pasado, Unamuno afirma que, en realidad, la tradición verdadera, aquello que él llama “la tradición eterna”, se sitúa en las profundidades del presente. Al igual que el mar, el momento presente está formado de superficies y profundidades: los grandes acontecimientos históricos, los asuntos que tratan los periódicos, tienen lugar en la superficie, mientras que las tradiciones y los valores depositados por el pasado, se hallan recogidos en la profundidad intrahistórica, encontrando su expresión en las vidas de hombre y mujeres, que llevan a cabo sus tareas cotidianas.
Contrariamente a lo que piensan algunos investigadores, tales como Juaristi – escribe Roberts – estos valores y tradiciones intrahistóricos, acumulados en las profundidades del momento presente, no son estáticos, ni inmutables, ni tan siquiera se hallan separados de la superficie histórica, sino que, como explica Don Miguel: “la historia brota de la no historia… las olas son olas del mar quieto y eterno”. Unamuno hace hincapié, en la relación simbiótica que existe entre las esferas intrahistórica e histórica, teniendo en cuenta que las tradiciones y los valores intrahistóricos han sido, y continúan siendo, creados como resultado de los acontecimientos acaecidos en la esfera histórica, mientras que, por su parte, los eventos históricos se dejan influir o, cuando menos, a su parecer, a si debiera ser, por las tradiciones y valores que los sustentan. Tal y como afirma Unamuno “la tradición es la sustancia de la historia”, y “la historia es la forma de la tradición”. Esencialmente las profundidades intrahistóricas actúan como sustancia del momento histórico presente, y la conjunción de lo profundo y lo superficial, de la tradición y de la historia, forma lo que Unamuno denomina “el presente total intrahistórico”, es decir, un presente profundo donde el pasado y el futuro, la tradición y el progreso, terminan por unirse.
Pues bien, hoy dejando de lado a Unamuno y repasando notas antiguas, me he encontrado con otras alusiones, a este concepto de la dimensión interna de la historia.
Creo recordar que fue por allá por los años ochenta cuando Ulrich Beck (Słupsk, Pomerania, 15 de mayo de 1944 - 1 de enero de 2015, un sociólogo alemán, profesor de la Universidad de Munich y de la London School of Economics) nos invitó a cambiar de registro, para abordar los problemas que, a partir de entonces, debería resolver la política. Hechos cercanos e imperceptibles que trasforman la vida cotidiana, nos avisaba, debían afrontarse con una nueva perspectiva, que diese cuenta de los profundos desplazamientos que se producían en el mundo.
No hace mucho la politóloga Máriam Martínez Bascuñan, en El País, nos recordaba que Saskia Sassen (La Haya, Países Bajos, 1949 socióloga, escritora y profesora neerlandesa) decía que hay lógicas que cortan transversalmente, las divisiones académicas que empleamos con excesiva recurrencia, que hay un “nivel subterráneo” (abisal dijo Unamuno) donde se articulan dinámicas sistémicas globales, que unen lo que en la superficie parece desconectado. Son imposibles de percibir – añade – si contemplamos el mundo con viejos clichés.
Y por último, Alfonso Pinilla (historiador) en una entrevista también en El País, nos recordaba que los historiadores, solemos acudir a grandes categorías conceptuales, para explicar los procesos históricos. Y sin embargo, quizá porque no siempre disponemos de un sólido apoyo documental, ignoramos el papel clave que tiene la intrahistoria, ese conjunto de pequeñas teselas, de actitudes individuales, de actuaciones concretas, muchas veces procedentes de personas desconocidas por el gran público. Sin descenso a la intrahistoria, nos advertía, no hay comprensión real de lo que vemos, de los grandes hechos, siempre complejos, y muchas veces inesperados.
Pues eso.


Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Julio del 2017.

jueves, 30 de agosto de 2018

PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

Casi cada día, menos los fines de semana en los que nuestros nietos lo revolucionan todo, después de comer, mientras me tomo mi segundo café del día, Marita y yo solemos ver el programa de la 2: “Saber y ganar”. Y hace unos días en el mismo, preguntaron por el “Principio de incertidumbre” de Werner Heisenberg.
Por la noche, en esos minutos que discurren desde que interrumpo la lectura y apago la luz, hasta que el sueño me invade, volví al “Principio de incertidumbre” y, por asociación de ideas, rememoré una anécdota increíble, que viví un verano a los inicios de este siglo, en una de mis frecuentes salidas montañeras a los Pirineos.
Estaba disfrutando de una cerveza y del atardecer, en la terraza del Refugio del Portillón (Jean Arlaud). Este refugio francés es relativamente moderno. Hace no muchos años, a lo que llamábamos Refugio del Portillón los montañeros, era a los antiguos barracones que acogieron a los trabajadores, que edificaron la presa del lago del mismo nombre. Eran un espacio muy austero – por denominarlo de manera amable - sin agua caliente, sin duchas, sin aseos, sin camas (colchonetas en el suelo) y con alguna que otra rata que se paseaba tranquilamente, por los pies de los montañeros. Había pernoctado en él hacía mucho con mi hijo David, que era aún un chavalito, en una de las dos tentativas fallidas de ascender al Perdiguero 3.222 mts. (A la tercera, en Julio del 2008, hicimos cima). Y estaba reflexionando sobre las diferencias entre los antiguos refugios de montaña, y los nuevos construidos desde finales del siglo pasado. Los modernos tienen todas las comodidades de un hotel: agua caliente, duchas, aseos, cómodas habitaciones, comedores amplios (pero estilo self service)… Los fines de semana del verano, se llenan de familias con sus proles, con sus artefactos de música, con sus gritos y carreras… turistas que sólo pretenden pasar un par de días de asueto en plena naturaleza. Los viejos, los antiguos, eran incómodos a más no poder, pero se disfrutaba de una paz increíble. Y todos los que pernoctábamos en ellos, éramos montañeros en busca o de vuelta de algún reto. De manera que en los atardeceres y en las cenas, entre unos y otros se intercambiaba interesante información, se compartían anécdotas increíbles, y se recordaba a los pireneistas más famosos, con los que alguna vez se había coincidido. La añoranza de unos tiempos pasados, el romanticismo desplazado por las comodidades de la modernidad.
Refugio del Portillón (Jean Arlaud).
Pues bien, en esas andaba, cuando una pareja de montañeros franceses veteranos, me pidieron permiso para sentarse a mi mesa (en las otras ya no había sitio). Debían ser un poco mayores que yo, y se trataba de dos profesores de universidad, ya jubilados. Ella se parecía un montón a Lauren Bacall (así que en este relato los llamaré Humphrey o Bogie y Lauren). Bogie había sido catedrático de ciencias, en la Universidad de Aix-en-Provence. Y Lauren profesora, Doctora en Filosofía, en la de Pau (conozco bien esta ciudad y su universidad, de los tiempos en que asistí a sus Coloquios de Historia Contemporánea de España, invitado por mi buen amigo y extraordinario historiador Manuel Tuñón de Lara) Enseguida conectamos muy bien. Eso y el vino, mi bota se acabó y la botella de ellos lo mismo, facilitaron que al poco tiempo, estuviéramos intercambiando ya noticias de nuestras vidas privadas. Y ahí llego la anécdota que siempre he recordado, y quería hoy compartir con los que leen mi Blog.
Hacía ya años, Bogie fue invitado por la Universidad de Pau, a dar una charla sobre “El principio de incertidumbre” de Heisenberg. Y a Lauren le tocó hacer la presentación del invitado. Al ir a comenzar la charla, ya ambos sobre la tribuna, una niñita se acercó a entregar un ramo de flores a Lauren. Ella vestía aquel día una blusa holgada, cuyo escote se ensanchó al agacharse a recoger las flores. Y Bogie desde sus dos metros de altura, dominando perfectamente el panorama, no se perdió detalle y se quedó como petrificado. Al incorporarse, Lauren se dio perfecta cuenta de lo que había pasado, y dibujo una preciosa media sonrisa. Lo cual, confesaba Bogie, aún fue peor, pues aquella sonrisa encantadora - fue como un fogonazo existencial que me llevara a un futuro incierto, dijo - le dejó como hechizado, transportado en ese momento al principio de incertidumbre sobre su futuro. Se produjeron unos minutos embarazosos, porque el conferenciante no reaccionaba, congelado en su ensueño. Por fin despertó Bogie, apartó los folios que había preparado para la charla, e improvisó una nueva. En ella habló y habló, mezclando y relacionando la indeterminación con el erotismo, la incertidumbre con el sexo, la imposibilidad de determinar con precisión el momento lineal con la presencia del amor… Su intervención fue un éxito total. Al final de la misma, todos los oyentes (científicos y filósofos) puestos de pie, aplaudieron fervientemente durante mucho tiempo.
Lauren Bacall
Y como se dice al final de “Casablanca”: ese fue el principio, de algo más que una buena amistad. En aquellos momentos Bogie era viudo. Y Lauren se había divorciado hacía dos años. Cuando Bogie se jubiló se mudó a Pau. Y allí espero sigan aún los dos, disfrutando de la indeterminación cuántica de su amor.
Pues eso.

Palma a 17 de Junio del 2018.

NOTA PARA LOS MENOS VERSADOS:
En 1925, Heisenberg inventa la mecánica cuántica matricial. Lo que subyace en su aproximación al tema es un gran pragmatismo. En vez de concentrarse en la evolución de los sistemas físicos de principio a fin, concentra sus esfuerzos en obtener información sabiendo el estado inicial y final del sistema, sin preocuparse demasiado por conocer en forma precisa lo ocurrido en el medio. Concibe la idea de agrupar la información en forma de cuadros de doble entrada. Fue Max Born quien se dio cuenta de que esa forma de trabajar, ya había sido estudiada por los matemáticos, y no era otra cosa que la teoría de matrices. Uno de los resultados más llamativos es que la multiplicación de matrices no es conmutativa, por lo que toda asociación de cantidades físicas con matrices, tendrá que reflejar este hecho matemático. Esto lleva a Heisenberg a enunciar el Principio de indeterminación.
En mecánica cuántica, la relación de indeterminación de Heisenberg o principio de incertidumbre, establece la imposibilidad de que determinados pares de magnitudes físicas observables y complementarias, sean conocidas con precisión arbitraria. Sucintamente, afirma que no se puede determinar, en términos de la física cuántica, simultáneamente y con precisión arbitraria, ciertos pares de variables físicas, como son la posición y el momento lineal (cantidad de movimiento) de un objeto dado. En otras palabras, cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su momento lineal y, por tanto, su masa y velocidad.


viernes, 10 de agosto de 2018

LA ESTABILIDAD DE LA CIRCUNSTANCIA, DE LA COYUNTURA

Hace unos días en mi artículo “El sustrato carlista”, recordaba algo que había escrito Jordi Gracia en la prensa (al que me aficioné, después de leer su extensa biografía de Ortega): “El ‘imperio de la coyunturalidad’ sigue vigente y nada es, todavía, ni fatal ni irreversible”. A mi buen amigo Carlos Cano no le gustó. No estoy seguro de si por estar en desacuerdo con el contenido de la frase, o por la aversión que siente por su autor. En cualquier caso quería contestarle con cierta extensión, porque tanto “coyuntura”, como “circunstancia”, “fatal”, e “irreversible” son conceptos muy relacionados, con mi concepción de la Historia como algo siempre fluyente, nunca estático ni fijado a perpetuidad. Pero aquel día andaba muy atareado con mis seis nietos, todos en casa. Así que ahora retomo el tema.
Como preámbulo, relataré dos anécdotas con mi profesor de “Estructura Económica Internacional” en la Complutense, el gran José Luis Sampedro. Un día nos recordó que en España, las cosas provisionales tienen con frecuencia una vida muy larga. Por ejemplo – nos dijo – el impuesto ‘provisional’ sobre el café, data de finales del siglo pasado. Y para que no nos liáramos, a lo largo del estudio de su asignatura, con los significados de ‘Coyuntura’ y ‘Estructura’, nos recitó:
“Estructura es lo que dura,
Lo demás es Coyuntura”.
Pero bueno, vayamos a lo nuestro. Recuerdo que en un artículo sobre Shakespeare, Goethe resumía su pensamiento sobre el gran bardo inglés, con estas palabras: “Shakespeare acompaña a la Naturaleza”. Y Ortega, al respecto, opinaba que todo espíritu dotado de alguna penetración, se esfuerza asimismo en acompañar a la Naturaleza, y ve en ello, su mandamiento primero y más genérico. De aquí el amor a la circunstancia, que Goethe sintió también profundamente. Tomémonos la licencia de sustituir Naturaleza por Historia.
Las almas superficiales, desdeñan lo que en cada caso es circunstancia o coyuntura, pensando siempre en una situación definitiva que, claro está, no llega jamás. Como el día de la toma del Palacio de Invierno, o ese “Un largo sábado” de Steiner, que para algunos no terminará nunca. Pero la vida de la persona o del universo no conoce situaciones definitivas, sino que consiste en una serie inacabable de circunstancias o coyunturas, que se van sucediendo y negando la una a la otra. Ninguna de ellas puede alzarse frente al resto, como la única perfecta. Lo definitivo, lo acabado, lo perfecto, no consiste en una realidad determinada que, por si misma, se eleva sobre las demás y las anula. En cambio, toda coyuntura y toda realidad, contiene una posible perfección. Y es este margen de perfeccionamiento de la circunstancia, lo que algunos llamamos “ideal” y nos esforzamos por henchir.
Nos recordaba Ortega, que lo circunstante, lo coyuntural, no sólo inspira al arte y a la ciencia, sino también a la sensibilidad moral (releamos a Hume) y a la invención política. Mucho ojo con las formas utópicas o ucrónicas en política. Al loro con la verdad única. Mejor aprender con Habermas, que la misma es dialógica. La única superioridad de Grecia, por así decirlo, fue creer que el universo se halla saturado de “nous”, de sentido, y que, por tanto, de él es de donde debemos extraer las normas para la mente.
José Luis Sampedro
Hay ocasiones en que la Naturaleza, la Historia, ejecuta un rápido y profundo viraje, y a la circunstancia de ayer, sucede otra de cariz tan opuesto, que las gentes con poco sentido del equilibrio, son lanzadas por la tangente hacia el vacío intelectual. El mundo ha cambiado y no saben como. Es distinto del de ayer, eso lo notamos, pero nos cuesta reconocer las facciones del nuevo. Con frecuencia sólo advertimos en lo presente, la ausencia de las fisonomías acostumbradas. Hoy no se cree en lo que ayer se creía. Son los signos de estos nuevos tiempos.
En lo nuevo, algunos advertimos la presencia de lo viejo, desgraciadamente de mucho de lo viejuno, arcaico. Pero cada moneda tiene una cara que quema menos. También podemos ser optimistas, contemplando como en este profundo viraje de la Historia, hay personas y equipos que, acostumbrados a vivir en y con la coyuntura, se ajustan al rolar del viento y – como expertos balandristas diría Ortega – navegan de ceñida; salvan el punto difícil y no pierden contacto, adherencia íntima, con la nueva circunstancia. Son personas infinitamente plásticas, capaces de la más fina adaptación a los alabeos cósmicos. Esta es la impresión que producen en su secreto afán, algunos (pocos por desgracia) de los políticos más inteligentes, de está difícil coyuntura social que vivimos. Han aceptado el imperativo de la hora, y trabajan en la forja de las nuevas normas.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Agosto del 2018.


lunes, 6 de agosto de 2018

ESCEPTICISMO Y GUSTO REFINADO

En 1742 David Hume publicó un segundo volumen de ensayos, entre los que cabe destacar: “El epicúreo”, “El estoico”, “El platónico” y “El escéptico”. Los ensayos sospesan con viveza los alicientes y defectos, de cuatro concepciones de la buena vida: la vida del placer, de la virtud, de la devoción religiosa y del escepticismo. El ensayo sobre la vida escéptica, es más largo que los otros tres juntos, seguramente porque es el que despierta más afinidad en Hume. Aunque el escepticismo se asocia frecuentemente al nihilismo y la insensibilidad, Hume sugiere que en realidad tiende a la paz interior, la humildad intelectual y al afán por hacerse cada vez más preguntas. El ensayo también indaga en el método para alcanzar la moderación, el equilibrio y el humanismo de los escépticos, para lo cual recomienda “prestar especial atención a las ciencias y a las artes liberales”.
Hume ya había formulado una premisa parecida, en el primer ensayo de su primer volumen, “De la delicadeza en el gusto y la templanza en la pasión”, una de las joyas más infravaloradas – al menos eso pensamos algunos – de la totalidad de su obra. La hipótesis principal de este trabajo, es que el secreto de la felicidad, está en cultivar las artes liberales porque, en primer lugar, una persona de gusto refinado, puede “confiar su felicidad a los objetos que le convengan”, dado que “tenemos la oportunidad de escoger qué libros leemos, en qué actividades de ocio participamos, y con quien nos relacionamos”.
Aquel que disfruta genuinamente con un buen libro, o charlando con un buen amigo, por ejemplo, tiene muchas más posibilidades de encontrar la felicidad, que aquel que desea fama y riqueza en abundancia. Además, sostiene que “un gusto delicado es preferible al amor y la amistad – eso no lo veo yo tan claro – al permitirnos ser selectivos con las personas”, puesto que “quien tiene bien asimilado el saber de libros y hombres, sólo se regocija en compañía de unos pocos”. En otras palabras, las personas de gusto refinado, son más diestras a la hora de discernir quienes comparten sus opiniones y preferencias. Por lo tanto, pueden establecer relaciones más profundas y estimables con unos pocos elegidos, tal como el propio Hume terminó haciendo con Adam Smith.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Julio del 2018.

lunes, 23 de julio de 2018

DEMASIADO ENTUSIASMO Y NINGÚN DIOS

Estoy estos días con un magnífico libro, “Gran Hotel Abismo” de Stuart Jeffries. Una especie de biografía coral crítica sobre la Escuela de Frankfurt. Y además releo un artículo que publicó, hace un par de meses, Jordi Llovet, refiriéndose a Jürgen Habermas que, como sabemos, es uno de los últimos representantes de dicha Escuela.
La muy nombrada y conocida Escuela de Frankfurt – originalmente Instituto para la Investigación Social – ha sido probablemente ¡al menos de momento! la última muestra europea de potente actividad intelectual, sólidamente anclada en la filosofía racional, que se extiende desde la Ilustración hasta el marxismo.
Mi admirado Habermas forjó al menos, en su momento, tres marcos conceptuales que ilustraron el pensamiento alemán contemporáneo, e intentaron entender y resolver, determinados males de las sociedades actuales. En cuanto al nacionalismo, que es el gran tema generador de su filosofía, por el sólo hecho de ser un hijo del III Reich, quedó totalmente inmunizado frente al mismo. Habermas, “ça va sans dire”, no sólo detesta ese constructo fantasioso y falsario (el nacionalismo) sino que le revienta, le aterroriza, le produce nauseas. Justamente por eso, el filósofo se ha preocupado toda su vida, de plantear teorías capaces de evitar que el fantasma del nacionalismo alemán – que ahora revive allá y en otros países de la Unión Europea, bajo la forma de xenofobias y exaltaciones de “la propia identidad” – pueda alzar de nuevo el vuelo.
Seguramente por eso Habermas habló, ya al inicio de su carrera, de una “esfera pública”, que estaría presidida por una “acción comunicativa”, entendida como la capacidad de todos los miembros de un Estado nación, de resolver racionalmente y dialógicamente, todos los problemas que se pudieran presentar. Siempre creyó que una nación basada en el principio de unicidad étnica – lo cual me lleva inevitablemente a pensar en el “Estat Català”, tan admirado por el President Torra – era contraria a toda idea de emancipación universal, entre los miembros de una sociedad plural. Más aun: los lazos de solidaridad entre los miembros de una nación son emocionales, sentimentales y afectivos y, por tanto, incompatibles con la “razón comunicativa”, que Habermas consideraba necesaria, para alcanzar una “esfera pública” o “sociedad civil”, capaz de contrarrestar razonadamente el peso, siempre inerte, del Estado entendido como un sistema abstracto de legalidades.
Con el paso del tiempo - dado que las sociedades y los individuos se comunican cada vez menos por medio del leguaje razonado, y más mediante el significante vacío de “la opinión común”, Internet y las redes sociales – Habermas propuso un marco conceptual más: el “patriotismo constitucional”. Si cada uno en un país tiramos hacia donde se nos antoje, al menos podríamos ponernos de acuerdo en que una carta magna, refrendada por una gran mayoría de la población, puede establecer un marco de garantías legales y de moralidad suficiente, que impida que salten las costuras de un sistema jurídico y político democrático.
Cuando uno piensa en estos tiempo en Cataluña, se da cuenta de que por mucho que el independentismo sea un fenómeno “religioso”, resulta tan apoyado sobre una hipóstasis de los fenómenos estéticos, por una praxis tan monológica – es decir, no dialogal ni discursiva – por una falsa “ecclesia”, una variante herética del mesianismo, que no le será posible hacer nada para resolver el conflicto. Demasiado entusiasmo y ningún dios, escribía Llovet. Muchos mártires y perseguidos, pero ni rastro de dios alguno.
Esta “religión” nacionalista, que se presenta como la metamorfosis laica de una religión propiamente dicha, chocará siempre – no hay más que repasar nuestra historia – con un antipático nacionalismo español, que se alimenta justamente de los excesos del catalanismo más cutre.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla 3 de Julio del 2018.

lunes, 16 de julio de 2018

TRUMP Y EL COMERCIO

En estos días en que el Presidente Trump, anda por ahí torpedeando todos los tratados comerciales, con China, con Canadá, con Europa… y veremos cual es el próximo que sufre sus iras nacionalistas; he releído algunas páginas de “La riqueza de las naciones”, la gran obra de Adam Smith, que en su día me estudié en mis años universitarios, en la Facultad de Económicas de la Complutense.
Como es conocido, la idea central de “La riqueza de las naciones” es la defensa del librecambio, idea que David Hume también había adelantado, y que puede que, dada su íntima amistad, hasta sirviera de inspiración para Smith. Lo que hoy conocemos como “mercantilismo”, política dominante en aquella época, fue el principal oponente dialéctico en la obra de Smith. El otro “sistema de economía política” que Smith criticó en su libro, fue el de los fisiócratas.
En el siglo XVIII, la mayoría de políticos, mercaderes y economistas, pensaban que el oro y la plata, eran la fuente fundamental del poder de las naciones, así que estas debían buscar un superávit comercial, para acumular la máxima cantidad posible de estos metales. Smith explicó que, de acuerdo con estos supuestos, “las naciones han asumido que su objetivo, consiste en arruinar a los países contiguos”. El comercio era visto, como una forma diferente de hacer la guerra, y el arma clave era la intervención del Gobierno en la economía: aranceles a las importaciones, primas a las exportaciones, autorización de monopolios, y prohibiciones al comercio, a fin de proteger o estimular la industria nacional.
Uno de los propósitos elementales de Smith en “La riqueza de las naciones”, era atacar esta perspectiva y los errores y prejuicios en que se basaba. Difería su mentalidad de la de los mercantilistas, pues para Smith el comercio no era un juego de suma cero: las ganancias de Francia, no se traducían en pérdidas para Gran Bretaña, sino todo lo contrario. Ambas naciones se podían beneficiar del comercio entre ellas. Según su opinión, la idea de que el comercio es una contienda, en la que una de las partes siempre sale perdiendo, emana principalmente de “un prejuicio y una animadversión nacionalista” e infantil, aunque los intereses privados de los mercaderes la refuerzan.
En “Discursos políticos”, Hume había adoptado una perspectiva igual de cosmopolita, e iteró la premisa en un ensayo añadido en 1758, titulado: “Sobre la envidia del comercio”. En contraposición con la “visión cerrada y mezquina”, que lleva a las naciones “a observar con suspicacia el progreso foráneo, y a considerar rivales a todos los Estados comerciantes”, Hume expone, tal y como hizo Smith más adelante, que si una nación tiene socios comerciales prósperos, sale ganando, no perdiendo. Al fin y al cabo, cuando a nuestro socio comercial le va bien, tiene recursos para comprar nuestros bienes, y podemos sacar partido de sus inventos y de sus avances.
Por todas esas anteriores razones, al final de su ensayo, Hume proclama sin rodeos que no sólo como persona, sino también como británico, reza – sí, reza, él tan irreligioso – para que a Alemania, España, Italia e “incluso Francia”, les vayan bien las cosas.
Respecto a las causas de la riqueza, Smith opina que la clave de la prosperidad, no es tener una balanza comercial positiva, como aseguraban los mercantilistas, sino dividir el trabajo. Por consiguiente, dado que la división del trabajo está restringida por los límites del mercado, el librecambio doméstico e internacional, aumenta la prosperidad general. Hume, por su parte, había planteado un argumento más o menos parecido. Sostenía que la prosperidad deriva en gran medida, de la productividad de los ciudadanos, y que las políticas librecambistas, eran la mejor manera de conseguirla.
Por supuesto, ni Hume ni Smith eran fundamentalistas del libre mercado. De hecho, ambos destacaron la necesidad de que el Gobierno fuera lo bastante fuerte, para mantener el orden y garantizar el juego limpio; precisamente, la falta de éste había sido lo que había convertido la era feudal, en un espectáculo tan esperpéntico.
“Discursos políticos” de Hume, fue una de las primeras grandes obras en arremeter contra el mercantilismo, e interceder a favor del librecambio. Y está claro que sirvió, para allanar el terreno de “La riqueza de las naciones” de Smith.
¿Alguien le podría explicar todo esto a Trump?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Julio del 2018.

martes, 10 de julio de 2018

VEJEZ. LIBRES COMO UNA HOJA EN EL VIENTO

Ahora que acabo de cumplir 76 años, he recordado unas reflexiones de Arendt sobre la vejez.
Cuando Hannah Arendt fue a Washington, en la primavera de 1971, para celebrar el vigésimo aniversario del “National Committi for an Effective Congress”, se encontró con los congresistas que se habían opuesto con determinación, al senador Joseph McCarthy y su movimiento de caza de brujas, en la década de 1950, y que se ganaron la alabanza de Robert Griffith, en su libro “The Politics of Fear”. Estos hombres – Fulbright, Symington, Ervin y otros – tenían ya la edad de Arendt, estaban cercanos a la jubilación, y ella se preguntó quien los reemplazaría. En el espacio de dos años y con el estallido del escándalo del “Watergate”, Arendt se percataría de que estos hombres, no tenían por qué ser sustituidos tan pronto. Después de examinar el papel jugado por el senador Sam Ervin, en la comisión de investigación del “Watergate”, le dijo a su editor William Jovanovich: “Me estoy enamorando del senador Ervin… ¡viva la vejez!” A los viejos, con tal de que sean algo sensibles, es casi imposible intimidarlos, pues tienen sus carreras a sus espaldas, y de todos modos van a morir pronto. Por cierto, un pensamiento agradable y consolador bajo ciertas circunstancias.
Los viejos hablan con talante retador, sin intimidarse, sin pensar a quien placerán y a quien disgustarán. Sus críticas se dirigen a la izquierda y a la derecha, denunciando las formas de irreflexión, que cruzan todos los lindes políticos.
Eusebio, Paco (+) yo y Marita
Arendt apuntó a la generalizada “incapacidad o renuencia a consultar la experiencia y aprender de la realidad”, de gente que nunca imaginó, las consecuencias de sus mandatos y acciones. Los jóvenes que desearían ser revolucionarios, “son tan aficionados a la charla teórica y vaga”, sostenía Arendt, “que van vendiendo conceptos y categorías anticuados, derivados principalmente del siglo XIX”, sin detenerse a analizar las condiciones reales existentes en la actualidad.
Arendt admiró el estilo brusco, abundante en citas bíblicas, del senador Sam Ervin. Y cuando Nixon destituyó al fiscal especial del Watergate, Archibald Cox, y trató de invocar los privilegios del Ejecutivo, como medio para mantener secretas las grabaciones de las conversaciones habidas en la Casa Blanca, Arendt pensó que los “viejos” del Tribunal Supremo, habían salvado la situación. Firmó una petición organizada por los “Científicos Políticos” a favor del “Impeachment”, en noviembre de 1973, y confió que los “viejos” del Congreso, sacarían adelante la censura de Nixon. Y efectivamente, los “viejos” jueces del Tribunal Supremo, dejaron de lado sus prejuicios personales, sus lealtades y deudas políticas – quien se las iba a exigir a esas alturas – para ofrecer lo que la tradición de la República exigía: una meditación imparcial.
Y en la misma línea, en el tratado de Cicerón, Catón el Viejo cuenta a sus amigos que “las grandes acciones, no las llevan a cabo ni la fuerza, ni la velocidad, ni la potencia física; son producto del pensamiento, del carácter y del juicio. Y estas cualidades, lejos de disminuir con la edad, se incrementan”. Arendt estaba de acuerdo con ello, no sólo por oponerse a la tendencia de la juventud a denigrar la vejez, así como a la tendencia a deplorarla, manifiesta en libros tales como “La vejez” de Simone de Beauvoir, sino también para razonar que la ecuanimidad de Catón el Viejo, debería inducir al buen juicio, a gentes de todas las edades.
Hannah Arendt
En “La vida del espíritu”, Arendt apuntó que la vejez, desde la perspectiva de la voluntad, significa la pérdida del futuro. La carencia de futuro, sin embargo, no tiene por qué producir angustia; nos puede entregar el pasado, el curso de nuestra vida, como materia de examen y reflexión. La mirada atrás del “ego pensante” extrae el sentido del pasado, y le da la forma de la historia de una vida. Desde el punto de vista del pensamiento, la vejez es una edad para la meditación, para apartarse del abrazo del egoísmo, y de las distorsiones del partidismo. Arendt sentía que quien deja de adorar el futuro, puede obtener para sí, el gozo que el pensamiento encuentra en el recuerdo, y el “resultado” de la significación del pensamiento, una historia coherente. La vejez puede traernos el sentimiento de ser “libres como una hoja en el viento”.
También nos recuerda Arendt, ahora “Entre el pasado y el futuro”, que la vejez, distinta de la simple edad madura, constituía para los romanos la verdadera culminación de la vida humana, no tanto por la sabiduría y experiencia acumuladas, sino más bien porque el hombre anciano, se acercaba a los antepasados y a tiempos pretéritos. Al contrario de nuestro concepto de crecimiento, que coloca el proceso en el futuro, los romanos consideraban que el crecimiento, se dirigía hacia el pasado.
La tradición conservaba el pasado, al transmitir de una generación a otra el testimonio de los antepasados, de los que habían sido testigos y protagonistas de la fundación sacra (la de Roma) y después la habían aumentado con su autoridad a lo largo de los siglos. En la medida en que esa tradición no se interrumpiera, la autoridad se mantenía inviolada; y era inconcebible actuar sin autoridad y tradición, sin normas y modelos aceptados y consagrados por el tiempo, sin la ayuda de la sabiduría de los padres fundadores.
“A medida que me acerco a la muerte – dijo Catón – me siento como un hombre que se aproxima a puerto, después de un largo viaje. Me parece que veo tierra en la lontananza”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 20 de Mayo y 10 de Julio del 2018.


lunes, 2 de julio de 2018

MANI. ASIGNATURA PENDIENTE

Asignaturas pendientes tengo muchas. Y me temo que, a estas alturas, la mayoría se quedarán en esa condición de pendientes.
Desde el punto de vista de montañero, me hubiera gustado visitar el Himalaya, el Karakorum y los Alpes Neozelandeses, los Dolomitas y ascender alguno de los cuatromiles de los Alpes.
En el campo intelectual, me habría apetecido conocer Cambridge y el Trinity College, donde residieron tantos de mis referentes filosóficos: Bertrand Russell, E.G. Moore, A.J. Ayer, Wittgenstein…
Como viajero – no lo soy mucho y eso puede haber sido el problema – habría agradecido recorrer Grecia y Creta. La Acrópolis por supuesto. Pero también Esparta, aunque no fuera más que para comprobar si, como decía Paddy (Patrick Leigh Fermor) que decía Pausanias, aún se conservaba la cáscara del huevo de cisne que puso Leda, y del que surgió Helena de Troya. Aunque pensándolo mejor, antes de cruzar el Golfo de Corinto, para entrar en el Peloponeso, me acercaría a Missolonghi, el lugar donde murió Byron (de enfermedad, no en una batalla como se piensa a veces) luchando por la independencia de Grecia. Y ya que estaba allí, intentaría averiguar si los descendientes del señor Baiyorgas, conservan aún “las zapatillas de Byron”. Esta curiosa historia, entre tantas otras fabulosas, la cuenta Patrick Leigh Fermor (Paddy) en su libro “Roumeli”. La existencia de aquellas zapatillas, había llegado a oídos de Paddy en Crabbet Park, hogar de Judith, 16ª baronesa de Wentworth y biznieta de Byron. La casa de la baronesa estaba repleta de recuerdos del gran poeta: pinturas, ropa y baúles llenos de cartas y documentos. Cuando Paddy la conoció, la baronesa ya tenía casi ochenta años, pero a él le fascinó, y no sólo porque seguía utilizando palabras y giros ingleses, que habían estado de moda en tiempos de la Regencia. Ella fue la que le contó a Paddy, que en Missolonghi había un hombre que conservaba un par de zapatillas, que habían pertenecido a Lord Byron.
Sea como fuere, en un próximo viaje a Grecia, Paddy se acercó a Missolonghi con su mujer Joan Eyres Monsell. Allí, después de mucho indagar por toda la ciudad, dieron con el señor Charalambos Baiyorgas, de más de setenta años que, efectivamente, guardaba las famosas zapatillas, confeccionadas en cuero rojo muy delgado, y las puntas de los pies se curvaban al modo oriental. “Había algo en ellas – escribió Paddy – que inspiraba una inmediata certeza… las partes gastada de la suela eran diferentes en cada pie, las de la derecha mostraban un dibujo muy distinto” (recordemos que Byron tenía, de nacimiento, una malformación en el pie derecho). Al encontrarlas, Paddy tuvo la sensación de que “Lordos Vyron”, como le llamaron siempre los griegos, estaba muy cerca. Paddy hizo un dibujo de aquellas reliquias, y Joan tomó fotografías. Algo necesario porque el señor Baiyorgas, confesó que la idea de desprenderse de ellas, le resultaba insoportable.
Pero si alguna vez viajara a Grecia, por encima de todo, lo que desearía visitar es el “Mani” de Paddy, la punta de la península más al sur del Peloponeso. Y la casa que se construyeron allí el matrimonio Fermor, en Kalamitsi, a tres kilómetros de Kardamili, en el Golfo de Mesenia. Hoy pertenece al Museo Benaki de Atenas, al que la legó el escritor.
De Atenas a Kardamili hay casi trescientos kilómetros, de una carretera que parece, no siempre en óptimas condiciones. Hay que pasar antes por Corinto, Micenas, Trípoli y Kalamata. Ahí es nada.
Kardamili (la vieja Cardámila, una de las siete ciudades mesenias que según Homero, Agamenón ofreció a Aquiles para apagar su ira) tiene – según Jacinto Antón – un cierto aire de Deià (Mallorca), con una larga calle con bonitas casas de piedra, de estilo veneciano. Paddy, por su parte, nos advierte que en ella se sirve el peor “retsina” (vino blanco o rosado) de Grecia, y que los maniotas sienten una inveterada “méfiance” hacia los forasteros, pues les resultan sospechosos de entrada, por haber llegado hasta allá abajo. Y además ¡quien sabe si no son turcos rezagados! Se cuenta una historia genial, el encuentro entre Patrick Leigh Fermor, y el famoso explorador del desierto el Conde Almásy, sí, el de “El paciente inglés”. En realidad, claro, se trataba del protagonista de la película Ralph Fiennes, que estaba haciendo la ruta de Ulises, y se acercó al pueblo para conocer a Paddy, del que su padre era un gran admirador. Donde ahora está la iglesia, hubo un templo dedicado a las nereidas, ninfas, que salían del mar para ver a Neptólemo, el hijo de Aquiles. Paddy llevaba una de ellas, de cola doble, tatuada en el brazo. La villa que fue de los Fermor está tres kilómetros más al sur, en Kalamitsi, y, rodeada por olivos y altos cipreses, resulta casi invisible. La propiedad linda con el mar, y posee una escalera de piedra, que conduce a una pequeña cala.
Antes de llegar a Kalamitsi, vale la pena desviarse a Exochori, para visitar la ermita de Agios Nikolaios, junto a la que se esparcieron las cenizas del otro gran autor de viajes, Bruce Chatwin. En febrero de 1989 Elizabeth, la viuda de Chatwin, llevó sus cenizas allí. Antes de morir, Bruce había pedido que las enterraran, cerca de la capilla bizantina dedicada a San Nicolás de Chora. La pequeña iglesia bizantina, del siglo X, está situada en lo alto de un promontorio entre colinas rocosas, que descienden hasta el mar. Paddy, Joan y Elizabeth depositaron las cenizas bajo un olivo, y allí mismo ofrecieron una libación de vino a los dioses.
En el verano de 1962 Paddy viajó a Grecia en compañía de Ian Wigham, en busca de un lugar en Mani donde establecer su hogar. Cuando se encontraban a unos 3 kilómetros al sur de Kardamili, divisaron una pequeña punta de tierra entre dos valles, que finalizaba en una caleta en forma de media luna. Más tarde, aquel mismo día, regresaron al lugar para bañarse. Paddy le explicó a Joan, que dejaron el coche arriba, en la carretera, y que luego siguieron por una camino de cabras, que les llevó hasta el mar, “descendiendo por una suave ladera, que nos llevó a un mundo de una extraordinaria y mágica belleza”. El lugar se llamaba Kalamitsi, que significa lugar donde hay juncos.
Comprar aquella tierra fue complicado, porque se daba la circunstancia de que cuatro personas, debían llegar a un acuerdo para su posible venta. Joan sugirió que quizá pudieran arrendar la tierra por cincuenta años; para entonces ambos estarían muertos, pero Paddy se había empeñado en que quería comprarla. Y lo consiguió. El 3 de marzo de 1964, Paddy y Joan firmaron por fin el contrato de compra, de aquel pedazo de tierra en Kalamitsi. El precio acordado fue de dos mil libras, parte de las cuales se consiguieron vendiendo la pequeña casa de Atenas.
Cuando Joan y Paddy estaban en su propiedad no oían nada, a excepción del rumor del mar y el zumbido, casi ensordecedor, de las cigarras. Si caminaban hasta el extremo de su pequeña península, podían ver, frente a ellos, una isla deshabitada y las ruinas de un viejo castillo, que estaba en vías de desaparecer engullido por los árboles. Los impresionantes flancos grises del monte Taigeto, estaban suspendidos sobre sus cabezas, y cuando se ponía el sol relucían con tonos rosados y anaranjados.
Los dos tenía una idea muy clara de cómo quería que fuera su casa. Tal y como lo expresó Paddy, se trataba de un “monasterio liviano, integrado en una granja y con gruesos muros de habitaciones frescas”. Joan y Paddy raramente llamaron Kalamitsi al lugar, no les agradaba el efecto azucarado, que tenía la terminación “mitsi” en inglés. Para ellos fue siempre Kardamili.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 4 de Mayo del 2018.