Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

jueves, 17 de enero de 2019

EL PECADO ORIGINAL

Diversas veces me he referido a esa interpretación moderna de la culpa del pecado original: si tienes un antepasado fascista, no puedes ser un hombre de izquierdas; si tu padre fue comunista, no puedes votar al PP; si eres español, eres culpable de las supuestas atrocidades de los colonizadores de América… y así suma y sigue.
Pero en estas pasadas semanas dos de mis autores preferidos – Javier Marías y Albert Camus – me han recordado el tema.
Recuerdo que siendo aún prácticamente un niño, uno de mis primeros recelos ante la enseñanza cristiana, me lo produjo ese que me parecía disparatado concepto del “pecado original”. Si cierro los ojos, me puedo ver todavía claramente en Ca’n Tapara, donde los franciscanos nos encerraban una semana para “ejercicios espirituales”, oyendo a un fraile asustándonos con ese concepto: ¡arrepentíos de vuestros pecados, de los de vuestros padres, y de los padres de vuestros padres! ¡La mare de deu! Por lo visto ese pecado era grave, y se cargaba con él por el mero hecho de haber nacido. Supongo que, por la aún poca racionalidad que había absorbido de la educación en casa, me parecía propio de miserables, aterrorizar a unas criaturas que todavía no habíamos tenido tiempo de hacer daño a nadie – ni siquiera entendíamos que era eso de pecar de pensamiento – con ese idea de que estaban ya contaminadas, por pertenecer a una especie cuyos antepasados más remotos, habían “pecado” a los ojos de un Dios tan severo.
Javier Marías
Pero lo que más me extraña y desespera, es ver como casi el mundo entero – laicos y agnósticos incluidos – parece abrazar ese dogma cristiano con un fervor incomprensible y, me temo, de funestos resultados. Dice Marías que se buscan y señalan sin cesar, culpables que no han hecho nada personalmente, contraviniendo la creencia, más justa y democrática, de que uno sólo es responsable de sus propios actos.
La verdad es que he vivido muchos años durante los cuales, a nadie se le ocurría acusar a Javier Pradera o a Sánchez Ferlosio, por poner sólo dos ejemplos muy conocidos, de ser, respectivamente, nieto de un notario carlista e hijo de un falangista destacado. Parecía que estábamos todos de acuerdo, en que los crímenes de los bisabuelos no nos atañían ni condenaban, y en que sólo respondíamos de nuestras trayectorias personales.
Pero a día de hoy pareciera, no ya que se exija continuamente que naciones e instituciones “pidan perdón”, por las atrocidades cometidas por compatriotas de otros siglos, o por antidiluvianos miembros con los cuales nada tenemos que ver los actuales, sino que hemos entrado en una época, en la que casi todo el mundo es culpable por su raza, su sexo, su clase social, su nacionalidad o su religión, es decir, justamente por los factores por los que nadie debería ser discriminado.
Nadie podría librarse de las tropelías de sus ancestros, si las responsabilidades se extienden hasta el comienzo de los tiempos. Pocos pueblos, si hay alguno, no han invadido, asesinado, conquistado y esclavizado. Hoy no es raro oír o leer, nos recuerda Marías: “Ante tal o cual situación, se nos debería caer la cara de vergüenza”. Y a mi me entran unas ganas locas de gritar: Hable usted por si mismo, y haga el favor de no meterme en sus ridículas vergüenzas hereditarias.
Albert Camus
También he encontrado estos días párrafos de Albert Camus, que de alguna forma nos remiten a lo que estamos hablando.
Sartre, en su famosa polémica con Camus, decía que éste siempre experimentaba la necesidad de acusar a alguien. Y “si no es usted, será entonces el universo”. Al lo que Camus respondió indirectamente, por intermedio de su protagonista de “La Chute” Jean-Baptiste Clamence: “Cada uno siente la necesidad de ser inocente a cualquier precio, incluso si para ello es necesario acusar al género humano y al cielo”.
Franck Jotterand (enviado de un suplemento literario de un periódico suizo), interrogó a Camus sobre lo que pensaba del punto de vista según el cual, todos seríamos culpables. A lo que el escritor argelino-francés respondió: “Muchos escritores modernos, entre ellos los existencialistas ateos, han suprimido a Dios; pero han conservado la noción del ‘pecado original’. Hoy se pretende aplastarnos bajo el peso de nuestra culpabilidad. Existe, creo, una verdad intermedia”. Estimaba, Camus, que el hombre pecaba de falta de indulgencia (me recuerda a Arendt hablando del perdón). Y citaba a Sancho Panza, nombrado Gobernador de la Ínsula Barataria: “Dado que no podemos ejercer una justicia transparente, al menos hagamos apelación a la misericordia”. Camus sonriente, terminaba: “Vaya usted hoy a hablar de misericordia, en las calles de Paris” (eran los días de la rebelión argelina).
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Diciembre del 2018.


jueves, 10 de enero de 2019

DOVE SI GRIDA NON È VERA SCIENZA

“Dove si grida non è vera scienza” – dijo Leonardo da Vinci – “Donde se grita no hay buen conocimiento”. Cuando los hombres no tienen nada claro que decir sobre una cosa, en vez de callarse suelen hacer lo contrario: “dicen” en superlativo, esto es, gritan.
Casi todo el mundo anda alterado en estos tiempos, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial: la posibilidad de meditar, de recogerse sobre sí mismo, para ponerse consigo mismo de acuerdo y aclararse en lo que cree y no cree, lo que de verdad estima y lo que de verdad detesta. La alteración le obnubila, le ciega, le obliga a actuar mecánicamente, en una especie de frenético sonambulismo.
A Ortega le recordaba esta alteración de los hombres a las pequeñas bestezuelas, constantemente alerta, en perpetua inquietud, mirando, oyendo todas las señales que les llegan de su derredor, atentas sin descanso al contorno, como temiendo que de él llegue siempre un peligro, al que es forzoso responder automáticamente. Son los objetos y acaecimientos del contorno, los que gobiernan la vida del animal. Le traen y le llevan como una marioneta. Él no rige su existencia, no vive de sí mismo, sino que está siempre atento a lo que pasa fuera de él, a lo otro que él. Fijémonos que nuestro vocablo otro, no es sino el latino alter. Decir pues, que el animal no vive de sí mismo sino de lo otro, traído y llevado por lo otro, equivale a decir que el animal vive siempre alterado, enajenado, que su vida es continua alteración.
Pero los hombres podemos y deberíamos, al menos de tanto en tanto, suspender nuestra ocupación directa con las cosas, desasirnos de nuestro derredor, desentendernos de él, y volvernos, por decirlo así, de espaldas al mundo y meternos dentro de nosotros mismos, atender a nuestra propia intimidad o, lo que es lo mismo, ocuparnos de nosotros y no de lo otro, de las cosas. Dicho con un espléndido vocablo, que estimo sólo existe en nuestro idioma, los hombres podemos ensimismarnos.
Ortega y Gasset
Mas si el hombre goza de ese privilegio de liberarse transitoriamente de las cosas, y poder entrar y descansar en sí mismo, es porque con su esfuerzo, su trabajo y sus ideas, ha logrado reobrar sobre las cosas, transformarlas y crear en su derredor un margen de seguridad, siempre limitado es cierto, incluso con algún temporal retroceso, pero siempre o casi siempre en aumento. Y viceversa, porque si el hombre es capaz de modificar su contorno en el sentido de su conveniencia, es porque aprovechó todo respiro que las cosas le dejaban, para ensimismarse, para entrar dentro de sí y forjarse ideas sobre ese mundo, sobre las cosas y su relación con ellas, para fraguarse un plan de ataque a las circunstancias, diría Ortega. En suma, para construirse un mundo interior. Y de este mundo interior emerge y vuelve al de fuera. Pero vuelve en calidad de protagonista, vuelve con un sí mismo que antes no tenía – con su plan de campaña – no para dejarse dominar por las cosas, sino para gobernarlas él, para imponerles su voluntad y su designio, para realizar en ese mundo de fuera sus ideas. Lejos de perder su propio sí mismo en esta vuelta al mundo, por el contrario lleva su sí mismo a lo otro, lo proyecta enérgica y señorialmente sobre las cosas, es decir, hace que lo otro – el mundo – se vaya convirtiendo poco a poco en él mismo. El hombre humaniza al mundo, y cabe imaginar que el mundo, sin dejar de serlo, llegue a convertirse en algo así como un alma materializada. Y como en “La tempestad” de Shakespeare, las ráfagas del viento soplen empujadas por Ariel, el duende de las ideas.
Leonardo da Vinci
Pero prestemos atención a que esa atención hacia adentro, que es el ensimismamiento, es un hecho antinatural. El hombre ha tardado miles y miles de años en educar un poco, su capacidad de concentración. Lo que le es natural es dispersarse, distraerse hacia fuera. Nos cuenta Ortega en “Ensimismamiento y alteración”, que el Padre Chevesta, explorador y misionero, que fue el primer etnógrafo especializado en el estudio de los pigmeos, probablemente la variedad de hombres más antigua que se conoce, y a la que fue a buscar en las selvas tropicales más recónditas, y que se limitaba a describir lo que veía, escribió en su última obra de 1932, sobre los enanos del Congo: “Les falta por completo el poder de concentrarse. Están siempre absorbidos por las impresiones exteriores”.
En resumen, son pues tres momentos diferentes, que cíclicamente se repiten a lo largo de la historia humana, en formas cada vez más complejas y densas: 1º, el hombre se siente perdido, naufrago en las cosas, es la alteración; 2º, el hombre, con un enérgico esfuerzo, se retira a su intimidad, para formarse ideas sobre las cosas, es el ensimismamiento, la vita contemplativa, que decían los romanos, el teoréticos bíos, de los griegos, la theoría; 3º, el hombre vuelve a sumergirse en el mundo, para actuar en él conforme a un plan preconcebido, es la acción, la vita activa, la praxis.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Noviembre del 2018.

lunes, 17 de diciembre de 2018

AISLAR LOS RUIDOS

¿Sobrevivirá la democracia tal cual la conocemos, a las redes sociales? Ya he leído a varios tratadistas y analistas políticos, que se lo preguntan. Aunque no se trata de poner en duda, los muchos beneficios de Internet y su carácter en principio democrático, como digo, muchos están asustados o, al menos, preocupados.
Ya he escrito alguna vez, de los diferentes ritmos a que circulan la sociedad en red y los usos parlamentarios. La velocidad, esquemas y normas de comportamiento en las redes sociales, casan mal con los hábitos reflexivos y deliberativos que hemos heredado de la Ilustración, cuyos principios, no lo olvidemos, son los que inspiran la democracia representativa. Y aunque la Red sea consecuencia de una construcción lógica, sus efectos se incrustan en el universo de los sentimientos, de las emociones. A la verdad se opone la posverdad, a las noticias los hechos alternativos, y al razonamiento el ruido de las exaltaciones.
Podemos llevarnos las manos a la cabeza, pero la inmediatez, aunque también la levedad, de la imagen, se está imponiendo al peso del pensamiento. Del mismo modo que la efervescencia de la crispación, atrae más que el fatigoso diálogo en busca de consenso. Como si a nuestra atención, ya más modelada por los tuits que por las páginas de un libro, le costara penetrar en la profundidad de las ideas. Exigimos blanco o negro. A favor de uno u otro. Conmigo o contra mí. Compartimentamos la realidad en trincheras, y nos colocamos detrás de una en contra de la otra. Y así nos va, al menos de momento.
A pesar del ruido ambiente- se preguntaba el otro día Josep Ramoneda - ¿es posible que el principio de realidad, conduzca poco a poco a un espacio de entendimiento, por provisional que sea? Y Belén Gopegui, el pasado jueves en Barcelona, decía que “limpiando el ruido, aparece el sentido”. Ojalá que de eso se trate.
La política está hoy sumamente polarizada. Y eso nos pilla en descampado, a todos los que nos iniciamos en ella en la Transición e, incluso, en la clandestinidad. Muchos políticos se mueven hoy del blanco al negro y viceversa, pero la vida cotidiana sigue cargada de grises, de matices. La derecha española permanece aferrada al relato del golpismo, por mucho que cada vez son menos los que lo ven verosímil. Pero algunos sectores del soberanismo, siguen erre que erre en el unilateralismo, que desfallece día a día, porque por mucho que se repita una consigna, pasa siempre, se va desvaneciendo si no se hace carne.
El relato catalán de la intransigencia – uno de los factores del encabronamiento de la política – representado hoy por el President Torra, se sustenta ya solo sobre el calendario judicial. Es la situación de los presos – con una prisión preventiva que nos parece injustificable a algunos – la que permite a Torra presentar “argumentos”. Weber diría que está prevaleciendo la ética de las convicciones, por encima de la de la responsabilidad, que a mi me parece que es la que debe dirigir siempre, o casi siempre, la actuación de un político. Curiosamente - a pesar de las diatribas del President, y los ruidos de la pintura amarilla resbalando sobre las puertas, la agitación de los lazos amarillos y el flamear de las esteladas - los consellers del Govern catalán, negocian permanentemente con el Gobierno de Sánchez. Y los componentes de la mayoría soberanista, se esmeran en cumplir la legalidad, no fueran a pillarles en falso.
Según el tiempo va pasando, más me parece evidente la responsabilidad histórica del Gobierno de Rajoy, al derivar un conflicto que era, es, político, al ámbito de la justicia. Aún es pronto quizá, para verlo con claridad. Pero apostaría que ese será el juicio de los historiadores serios, cuando escriban sobre los acontecimientos de estos años.
No hay un “continuum” en el relato del soberanismo catalán, está construido a base de momentos y “días de gloria” sin conexión: la proclamación a hurtadillas de la República, con fuga incluida a Bruselas; el referéndum que no lo fue… Y ahora se articula el discurso sobre el “momentum”, la sentencia sobre los presos, como choque político y emocional que sublevaría a Cataluña, y despertaría a Europa.
Y se equivocan – escribía Ramoneda – los que piensan que da lo mismo Casado que Sánchez. No, no son lo mismo, ni los son sus posibles socios ni sus votantes. Y para empezar a caminar con buen pie en política, siempre hay que buscar afinidades, por pequeñas que sean. En política y en democracia, la base es la negociación, el compromiso sobre intereses discordantes, por coyuntural que sea. La unanimidad pertenece al mundo de las utopías. Pero para que la negociación sea útil y arribe a buen puerto, se requiere recuperar la palabra como medio de tejer un espacio compartido, que permita a cada uno jugar sus cartas. Ramoneda exige dos requisitos mínimos y previos: Primero un protocolo de comunicación, hablar el mismo lenguaje, compartir el significado de las palabras. Y segundo, el reconocimiento mutuo como interlocutores, sin negar a la otra parte la condición de tal, nos guste más o menos.
Y sí, hay mucho ruido que limpiar, antes que se abra un espacio de entendimiento.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Noviembre del 2018.

martes, 11 de diciembre de 2018

AL TANTO CON LA IZQUIERDA ESCLARECIDA

Me temo que estas reflexiones, a más de uno le van a parecer políticamente incorrectas. Pero no será la primera vez que advierto sobre una izquierda, que se cree superior, más culta, en posesión de la verdad única: aquella “gauche divine” de los sesenta y los setenta, la izquierda chic de ahora, los populistas de hoy.
El doctor Anthony Daniels (Theodore Dalrymple es el pseudónimo como escritor del doctor Anthony Daniels, médico y psiquiatra forense, columnista habitual en medios como The Spectator, City Journal, The Times y The Daily Telegraph) hace un par de años ya puso de manifiesto, como en la victoria electoral de Donald Trump, había jugado a su favor, el sentimiento de menosprecio (ético y estético) que el “stablishment” demócrata e intelectual, al menos una buena parte de él, había manifestado hacia la parte de la ciudadanía, dotada de opiniones toscamente conservadoras o rurales.
Es un gran error de los progresistas, opino yo que me cuento entre ellos, considerar que quienes tienen opiniones erróneas sobre la inmigración, el matrimonio homosexual, otras costumbres sociales tradicionales, la nación… no sólo están equivocados (que para mi sí lo están) sino que son personas moralmente malas, inferiores vistos desde una ética esclarecida. Y ahí es cuando la liamos, al meter en el mismo saco la moral, la ética y la política. No es que la política deba quedar al margen de la moral, por supuesto, pero tiene sus propias reglas, y sus diversas éticas como nos enseñó Weber. Como decimos los mallorquines: “no s’han de mesclar ous amb caragols”.
Hay de debatir duro con el adversario, sin complejo alguno, sin concesiones. Pero ojo a traslucir de nuestras palabras o dialogo corporal, un sentimiento de menosprecio a los adversarios. El maniqueísmo al final no es tan natural, como creen algunos. La vida no está hecha en blanco o negro. Y por lo menos a mí, me resulta inaceptable esta idea religiosa, de que “yo represento lo bueno”.
Traído el tema a nuestros lares. Tratar a los que se manifiestan nacionalistas españoles, o catalanes ya puestos, como rancios apestados por un fachorio congénito. Considerar la reacción antiinmigración, solo como una cuestión de falta de moralidad. Y las inclinaciones sexualmente conservadoras, como seguro índice de pecaminoso patriarcalismo. Al final, convertir el desacuerdo político en una cuestión moral, en la que los progresistas están en la verdad esclarecida, y los que no la ven así son todos unos fachas impresentables, se vuelve en contra de los primeros cual boomerang. Todo este batiburrillo de moral y política, esta exhibición de una supuesta superioridad moral e intelectual, es un tremendo error político, que aleja de la izquierda a muchos ciudadanos, que se sientes menospreciados.
Escribía el otro día José María Ruiz Soroa, que reaccionar con desprecio ante cualquier manifestación de nacionalismo español como algo rancio, cutre e irremisiblemente contaminado hasta el final de los siglos, por el franquismo nacional católico, no sólo es simplón (incluso en el reino de la simpleza en que vivimos) sino que es injusto para quienes se sienten (nos sentimos) españoles (no nacionalistas) que se ven tratados como apestados, mientras los nacionalismos periféricos, son valorados como legítima expresión de identidades. De esta manera el ciudadano español de ideología simple, elemental, termina por sufrir, como lo calificó Helena Béjar (socióloga en la Complutense) “una privación relativa y un sentimiento de dejación”. Y por supuesto, reacciona mal.
El miedo receloso del ciudadano de a pie, ante la inmigración, especialmente cuando muchos medios irresponsables, se empeñan en presentarla como una invasión imparable, es “normal” en ciertos grupos humanos no muy informados ni sofisticados. La reacción xenófoba, tiene mucho de “natural”, de elemental, no es algo tan elaborado y sofisticado como el altruismo y el cosmopolitismo. Sería la insociable forma de ser sociable que tiene el ser humano, como nos enseñaba Kant. Con ella deberíamos contar siempre, y superarla a base de educación, información y demostración, justo lo contrario del desprecio y el menosprecio, desde posiciones de superioridad moral. Porque sucede, además, que los más afectados por el miedo al otro distinto, son los menos favorecidos por la fortuna de una buena posición social e intelectual. Y estos colectivos, no lo olvidemos, tendrían que ser el pueblo de la izquierda.
Si el ser humano no hubiera estado abierto al cambio, la humanidad no hubiera salido de las cavernas. Pero si no hubiera en su condición humana, una atávica aversión al riesgo, hubiera vuelto a ellas hace tiempo. Este péndulo existe aún hoy, y lo inteligente políticamente hablando, es saber tratarlo con argumentos y ejemplos. No despreciarlo únicamente como algo maligno. Primero porque es darle excesiva transcendencia. Y segundo porque se rebota. Y entonces sí, llegan los fachas, los de verdad.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 29 de Noviembre del 2018.

lunes, 3 de diciembre de 2018

NO SABEMOS LO QUE NOS PASA

Me decía hoy un amigo: ‘siempre había sido una persona decidida y valiente, pero en estos meses estoy como asustado, no sé que me pasa’. Y entonces recordé las palabras de Ortega y se las repetí: “No sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”.
Estar desorientado, “dépaysé” como dicen los franceses. Tal es siempre la sensación vital, me parece, que nos invade en las crisis históricas. Es como una sensación de hallarse en la divisoria de dos formas de vida, de dos mundos, de dos épocas. Como la nueva forma de vida todavía no ha florecido, aún no es lo que va a ser, sólo podemos buscar alguna claridad respecto a ella, respecto a nuestro futuro, volviendo la mirada a la vieja forma de vida, a lo que parece que estamos abandonando. Precisamente porque la vemos, a la vieja forma de vida, conclusa o casi, la vemos con la máxima claridad.
Vivimos originariamente hacia el futuro, disparados hacia él, decía Ortega. Pero el futuros es lo esencialmente problemático, no podemos hacer pie en él, no tiene figura fija, perfil decidido ¿Cómo lo va a tener si aún no es? El futuro es siempre plural, consiste en lo que puede suceder. Y pueden acaecer muchas cosas diversas, incluso contradictorias. De aquí la condición paradójica, esencial a nuestra vida, de que el hombre no tenga otro medio de orientarse en el futuro, que hacerse cargo de lo que ha sido el pasado, cuya figura es inequívoca, fija e inmutable ¿Deformación de un licenciado en historia? Explica Mark Lilla en “La mente reaccionaria”, que la esperanza puede verse decepcionada, pero la nostalgia es irrefutable. Atentos, porque no es lo mismo hacerse cargo del pasado, que la pura nostalgia.
Libros de historia
Precisamente porque vivir es sentirse disparado hacia el futuro, rebotamos en él y vamos a caer en el pasado, al cual nos agarramos con fuerza, para volver con él, en él, al futuro y realizarlo. El pasado es la única despensa, donde encontramos los medios para hacer efectivo nuestro futuro. Tengamos siempre presente, que no recordamos nunca porque sí. Con frecuencia insiste Ortega, en que nada de lo que hacemos en nuestra vida, lo hacemos porque sí. Recordamos el pasado “porque” esperamos el futuro y en vista de él. Aquí tendríamos el origen de la historia. El hombre hace historia porque ante el futuro, que no está en su mano, se encuentra con que lo único que tiene, que posee, es su pasado. Sólo de él puede echar mano: es como la pequeña nave en que se embarca hacia el inquieto porvenir.
Si hoy nos encontramos con el agrio aspecto de nuestra realidad, de nuestra circunstancia habría dicho Ortega, no es por casualidad, sino “porque” la vida Moderna fue como fue y ésta, a su vez, lleva dentro de sí el Renacimiento, que fue tal porque la Edad Media vivió como vivió, y así sucesivamente hacia atrás. Nuestra situación actual es el resultado de todo el pretérito humano – nada surge espontáneamente, nos explica el gran historiador John H. Elliot - en el mismo sentido en que el último capítulo de una novela, no se entiende si no se han leído los anteriores. Y es muy posible que una de las causas, que producen la grave desorientación respecto a sí mismo, en que hoy se halla el hombre, sea el hecho de que en las últimas generaciones el hombre medio, que sabe tantas cosas, no sabe nada de historia.
Ortega y Gasset
Con frecuencia, hasta donde alcanzo, Ortega ha escrito que el tipo de hombre que en el siglo XVIII o XVII, correspondía a lo que hoy es nuestro hombre medio, sabía mucho más de historia que el hombre actual. Por lo menos, conocía la historia griega y la historia de Roma, y estos dos pretéritos servían de fondo y daban profunda perspectiva a su actualidad. Pero en estos días, me temo, el hombre medio se encuentra, por su ignorancia histórica, casi como un primitivo, como un primer hombre, y de aquí – aparte otras cosas – que, en efecto, dentro de su alma vieja e hipercivilizada, broten de pronto, inesperados modos de salvajismo o de barbarie. “No recuerdan a Franco; no recuerdan la Guerra Civil; no recuerdan la Transición. De hecho tienen muy poco sentido de la Historia”, decía el otro día Elliot refiriéndose a las nuevas generaciones.
Tampoco es necesario darle muchas vueltas: la realidad radical es nuestra vida, y ésta es como es, tiene la estructura que tiene, porque las anteriores formas de vida fueron tales y como fueron, en línea concretísima de destino único. Por eso no se puede entender rigorosamente una época, si no se entienden todas las demás.
El destino humano es una especie de melodía, en la que cada nota tiene su sentido musical, colocada en su sitio entre todas las demás. Por eso la canción de la historia, sólo tiene sentido cantada entera. Es incomprensible a base de tuits inconexos. “La historia es sistema”, un sistema lineal tendido en el tiempo. La serie de las formas de vida humana que ha habido, no son tantas, no son infinitas, tantas como generaciones diría Ortega, unas cuantas precisas y determinadas, que se suceden unas a otras y salen unas de otras.
No perdamos de vista que en la vida humana va incluida toda otra realidad, “la” realidad radical. Y cuando una realidad es “la” realidad, la única que propiamente hay, es, claro está, transcendente. He aquí seguramente por qué la historia – aunque algunos no lo vean o crean así – es la ciencia superior, la ciencia de la realidad fundamental. Ella y no la física.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Noviembre del 2018.


sábado, 1 de diciembre de 2018

INTELECTUAL

Mucho se ha escrito y debatido sobre el término y concepto de “intelectual”, desde que se utilizó por primera vez en Francia, con motivo del “Affaire Dreyfus” allá a finales del siglo XIX.
No hace mucho, leyendo el interesante libro de Stuart Jeffries “Gran Hotel abismo”, que recomiendo a todos aquellos que tengan algún interés por la “Escuela de Frankfurt”, recordé la aportación de Theodor Adorno, más práctica que semántica, a dicho debate. Fue Adorno quien evocó explícitamente, en sus tomas de posición pública, la función crítica de los intelectuales, y quien elaboró, con su manera de utilizar públicamente la razón crítica, un nuevo tipo de intervención intelectual. Esa forma de actuar en público, debería ejercer una influencia importante, sobre el entonces joven Habermas. Sus posiciones sobre la “vigilancia crítica”, en su texto consagrado a Heidegger, parecen constituir una primera referencia directa, a ese modelo de intelectual con el que se identificará a no mucho tardar.
“El intelectual debe poder exasperarse
pero debe, sin embargo, tener suficiente juicio político
para no sobreactuar”.
(Jürgen Habermas)
“Sentado entre dos sillas, estructuralmente apátrida, sin domicilio fijo en el plano trascendental”, así definía Karl Mannheim, al intelectual que evoluciona libremente en la esfera social, que no proviene de ningún grupo específico, ni se deja asignar a ninguno.
Ni el nacimiento ni el origen predestinan el estatus de intelectual. Y el hecho de ejercer una profesión intelectual, no predestina tampoco a expresarse como tal en ciertas circunstancias. El verdadero intelectual es algo más raro y, justo por esa razón, algo culturalmente visible. Ralf Dahrendorf y Michael Walzer han evocado a su vez, la manera típica de ser del intelectual: su resistencia frente a las ideologías extremas, su incorruptibilidad moral, su capacidad particular para ponerse en el sitio del otro – es decir su empatía – o incluso su sensibilidad.
Desde al “Affaire Dreyfus”, se denomina “intelectuales” a aquellas personas que osan tomar la palabra en el espacio público, y desde el campo de la oposición. Sería la crítica expresada públicamente, la que haría del intelectual potencial, un auténtico intelectual. Pero ¡al loro! la “crítica” no debemos entenderla en esos casos, como la entendió Kant cuando escribió la “Crítica de la razón pura”, es decir como un método de exploración y análisis de los límites. La idea de “crítica” – cuando hablamos de intelectuales – se refiere más bien a intervenciones sobre problemas práctico-políticos reales, originados en su mayoría, en épocas de crisis. El intelectual, se caracteriza típicamente por una profunda ambivalencia entre distancia y compromiso (“engagement”). Y ejerce esta facultad, por decirlo de alguna manera, metiendo el dedo en las heridas de la sociedad, diagnóstica al tiempo por si mismo, de forma visible y audible.
A mi entender, el “intelectual” debe preservar una cierta distancia – por ejemplo velando por su relativa independencia en tanto que científico, escritor o artista – con el fin de ser reconocido como una instancia independiente en el coro de voces. Pero la mayoría de las veces, se verá obligado a abandonar el “espacio protegido” de la investigación científica, si de veras quiere ser entendido de forma aceptable. No tiene elección. Como dicen los franceses: “il faut s’engager” (hay que comprometerse). Pero si desea ejercer una cierta influencia en el campo de las confrontaciones sociales-políticas, sus tomas de posición deben ser muy claras y pertinentes. Las mismas, además, deberán manifestar en su conjunto, una línea “normativa” que le permita posicionarse, en el campo de los conflictos de intereses políticos generalmente contradictorios. Jürgen Habermas considera que el autentico origen de su decisión de asumir el papel de intelectual, se encuentra en su orientación hacia los valores de justicia, hacia un ideal comunicativo de resolución discursiva de los conflictos.
En la conferencia que en 1986 dedicó a Heinrich Heine, Habermas reflexionó explícitamente sobre la figura social del intelectual. La tarea de éste, dijo, consiste en comprometerse, por medio de argumentos retóricamente bien formulados, a favor de derechos lesionados y verdades reprimidas, a favor de las innovaciones que se van imponiendo y progresos que han sido pospuestos. Para ello el intelectual necesita un espacio público adecuado, un espacio público entendido como un “medium” de formación democrática de la voluntad. Es en él, en el que el intelectual encuentra su sitio, su auténtico lugar.
Para decirlo bajo el prisma de de la teoría de la comunicación y de la discusión habermasianas: se trata para el intelectual en sus intervenciones, de aportar en la práctica, la prueba de la fuerza productiva de la comunicación y, por tanto, de demostrar que la “fuerza comunicativa” puede determinar la cultura política. Lo que concuerda perfectamente con su manera – la de Habermas – de contemplarse, como un ciudadano activo entre otros, cuyo compromiso político debe ser considerado como una actividad anexa, ejercida únicamente por su iniciativa, y sin mandato político alguno. Así el compromiso del intelectual, no está motivado sino por un sentimiento de “responsabilidad ante el interés general, y no por ambición política alguna”.
Lo que debe hacer el intelectual, según la representación ideal de Habermas, no es ejercer una influencia de tipo estratégico, en la lucha por la toma del poder político, sino coordenar en el modo comunicacional, un espacio público autónomo y plural. Si el ciudadano alcanza un estatus de intelectual, no será en tanto que autoridad intelectual, ni en tanto que pedante profesional, sino en tanto que participante en la discusión, que intenta lo que otros han podido igualmente realizar antes que él: proporcionar argumentos convincentes a favor o disfavor de tal o cual causa. En consecuencia, será la calidad de sus argumentos – que tendrá que imponer en el debate público – lo que hará que el intelectual sea reconocido como un “public intelectual”, un intelectual público. Los intelectuales no fuerzan a ninguna interpretación. Mas bien “los destinatarios” deben, constantemente, tener la posibilidad, sin ambigüedad alguna, de aceptar o rechazar las interpretaciones que aquel les ofrece, en las circunstancias apropiadas, es decir, de hacerlo en total libertad. No hay Aufklärung (Ilustración) sin interpretaciones aceptadas en total libertad.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Septiembre del 2018.


lunes, 26 de noviembre de 2018

“DE PORC I DE SENYOR SE N’HA DE VENIR DE CASTA”

Cuando vemos a una persona revolcarse libremente en el lodazal, en Mallorca decimos: “De porc i de senyor se n'ha de venir de casta”, lo que vendría a significar, para los que no manejen bien el catalán: “El cochino y el señor, de casta han de ser los dos”.
El otro día, cuando el incidente en el Congreso entre Borrell y Rufián, viendo al primero allí de pie frente a su escaño, todo dignidad, le dije a Marita: Mírale, parece un senador romano, sólo le falta la toga.
Pues bien, hoy me desayuno con un espléndido artículo en Diario de Mallorca de José Carlos Llop, en el que dice lo mismo y muchas más cosas propias de su inteligencia.
Yo siempre he pensado que Rufián, por mucho que esté afiliado a un partido antiespañolista y muy a su pesar, además de ser un payaso, es el mejor ejemplo, el mejor cliché, del españolista típico, de aquellos a los que maldecía mi muy amado Luis Cernuda, en su “Desolación de la Quimera”. Un personaje menor de las pinturas negras de Goya, que se chulea en el Congreso, como si estuviera en la barra de un bar. No es necesario hacer bromas con su apellido, es suficiente su peinado y su vestimenta. Goya y sus brujas o sus hombres del garrote. Escupiendo frases de chulo, como en la peor España. De cuya pesadilla, por cierto, creíamos habernos librado. Rufián es la sombra de nuestro error.
El otro día al verle allí en el Pleno, con los brazos en cruz, feliz de haberse conocido, explayándose ante todos con cierta obscenidad, me recordaba a Trump, Salvini, Orban… al que ustedes quieran, desgraciadamente hay mucho donde escoger.
Pepe Borrell
Pero lo que más llamaba la atención, pienso, era el contraste entre los dos contendientes: un brioso joven de 36 años, frente a un sereno adulto de 72; un gamberro político frente a un hombre de Estado. Rufián no tiró de sintaxis – la capacidad de elaboración del pensamiento – sino de adjetivos a secas: un insulto detrás de otro (“indigno” fue el más repetido). Y más de uno, por lo visto, nos preguntábamos qué sabe de dignidad quien así, sin respeto alguno por el otro, se expresa y comporta.
Efectivamente la dignidad, toda ella, estuvo en Josep Borrell. De pie en su escaño – escribe José Carlos Llop – Borrell tenía el aire de un senador romano. Sólo le faltaba la toga blanca”. Y había en él mucho de estoico, diría yo, como de discípulo de Séneca, de Marco Aurelio o de Cicerón. Una clara capacidad de “controlar la razón”, para lo bueno de la vida y para lo malo. Borrell apenas habló, pero la frase que pudimos escucharle, fue magnífica. Una larga frase, frente al tableteo de ametralladora de adjetivos insultantes y despreciativos, de su oponente. Fue tan magnífica esa frase de Borrell dirigida a Rufián – sigue Llop – que la apunté y la repito aquí: “Una vez más ha vertido sobre el hemiciclo, esa mezcla de serrín y estiércol, que es lo único que usted es capaz de producir”.
José Carlos Llop escribe que detrás de esa gran frase, está toda la Escuela de Barcelona y la Generación del 50: está Barral y está Gil de Biedma, seguro. Pero también García Hortelano y Juan Goytisolo. Está el mundo sentimental, y también ético, en el que nos educamos las generaciones que viviríamos la Transición, tan denostada por los que no la conocieron, pero sí tanto han disfrutado de sus logros.
José Carlos Llop
Pero detrás de las palabras de Borrell – tan medidas y precisas – está también toda la España Ilustrada y europeísta: desde Jovellanos (al que los mallorquines tuvimos tan cerca, encerrado en el Castillo de Bellver) a la Institución Libre de Enseñanza, de la que generaciones de Alonso hemos bebido; de Galdós a Antonio Machado; de Ortega a María Zambrano. Desgraciadamente, a lo largo de nuestra historia, no son las maneras de Rufián, las derrotadas con más frecuencia. Por mucho que creímos algunos, durante los últimos cuarenta años, que ahora sí y para siempre, las habíamos erradicado.
En fin, el horizonte hoy es el que es, no excesivamente tranquilizador. Pero la actitud de Borrell conteniendo su ira – le conozco bien y lo veía en su expresión – ante el espectáculo de la zafiedad y la irracionalidad, elevadas a canon del ejercicio del noble arte de la política; y sus escasas palabras tan bien traídas, han sido no sólo un bálsamo, sino el regreso de la dignidad al espacio público, ese que con tanto fervor defendieron Hannah Arendt y Jürgen Habermas. Aunque haya tantos que no sepan lo que es eso y, por eso mismo, no entiendan de que estoy hablando. Y prefieran mirar hacia otro lado, que siempre es más cómodo, como dice Llop.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Noviembre del 2018.


lunes, 19 de noviembre de 2018

SPINOZA. ACCIONES Y PASIONES

Desde jovencito, cuando comencé a circular por espacios en los que se debatía, con frecuencia apasionadamente (asambleas universitarias, consejos de administración en empresas privadas, asambleas locales y congresos en el PSOE…) empecé a darme cuenta que cuanto más el debate se acaloraba, más se llevaban el gato al agua, aquellos que mantenían la serenidad. Desde entonces me prometí aplicarme el cuento: controla tu pasión Emilio. Muchos de mis autores favoritos ¿lo serán por ello? han reflexionado sobre el tema de las pasiones. Y lo último profundo sobre ello, lo he encontrado en Spinoza.
Nuestros afectos se dividen en acciones y pasiones. Cuando un suceso tiene lugar en nuestra propia naturaleza, entonces se trata de un caso en el cual el espíritu está activo (acción). Pero cuando nos llega alguna cosa, cuya causa es exterior a nuestra naturaleza, entonces el espíritu permanece pasivo (pasión). Tanto cuando estamos en activo, como cuando permanecemos pasivos, se produce un cambio en nuestras capacidades mentales o físicas. Lo que Spinoza llama “un crecimiento o disminución de nuestra capacidad de actuar”. Este “conatus”, especie de inercia existencial, constituye la “esencia” de todo ser.
Deberíamos esforzarnos en liberarnos de las pasiones – o si eso no nos fuera posible – aprender, al menos, a moderarlas o restringirlas, convirtiéndonos en seres activos y autónomos. Si lo conseguimos, entonces seremos “libres”, en la medida en que todo lo que nos llegue, será resultado no de nuestra relación con las cosas que nos son exteriores, sino de nuestra propia naturaleza. Para lograrlo, necesitamos acrecentar nuestro conocimiento, nuestro tesoro de ideas adecuadas, y eliminar en la medida de lo posible, nuestras ideas inadecuadas. En otros términos, debemos liberarnos de nuestra dependencia respecto a los sentidos y a la imaginación, pues una vida de sentidos e imágenes, es una vida pasiva, conducida por los objetos que nos rodean. Y deberíamos confiar, tanto como nos sea posible, en nuestras facultades racionales.
Todas las emociones humanas, en tanto que pasiones, se dirigen hacia el exterior, hacia los objetos y su capacidad de afectarnos de una u otra manera. Movidos por nuestras pasiones y deseos, buscamos o rechazamos aquellos objetos que, creemos, nos provocan alegría o tristeza. Nuestras esperanzas y temores fluctúan, según consideremos que los objetos de nuestros deseos o aversiones, están alejados, próximos, son necesarios, posibles o improbables. Pero los objetos de nuestras pasiones, ojo, dado que nos son exteriores, escapan a nuestro control. Por ello, tanto más nos dejemos controlar por los mismos, más nos veremos sometidos a las pasiones, y menos nos sentiremos activos y libres. El resultado será una imagen más bien desoladora, de una vida absorbida por las pasiones, siempre persiguiendo los objetos cambiantes y efímeros, que las causan: “Nos movemos de muchas maneras empujados por causas exteriores – escribía Spinoza – y parecidos a las olas del mar empujadas por vientos contrarios, agitados, ignorando lo que nos espera y cual será nuestro destino”.
El título de la cuarta parte de la Ética, revela con una claridad perfecta, lo que opina Spinoza de una vida como la que acabamos de relatar: “De la Servidumbre del hombre, o de las Fuerzas de los Afectos”. En él nos explica que llama “Servidumbre” a la impotencia del hombre a la hora de gobernar y reducir sus afectos; sometido a los afectos, en efecto, el hombre no es dueño de sí mismo, sino de la fortuna, cuyo poder es tal, que muchas veces se ve obligado, aun conociendo lo mejor, a hacer lo peor. Es, agrega Spinoza, una especie de “enfermedad del alma”, un experimentar un amor excesivo, por una cosa “sometida a numerosos cambios, y que no podemos poseer por entero”.
Casa de Spinoza en Amsterdam
Existe una antigua solución para resolver esta dificultad. Como no podemos controlar los objetos que nos sentimos obligados a valorar y a dejarles influir sobre nuestro bienestar, deberíamos intentar controlar nuestras propias evaluaciones y minimizar de esta forma, el poder que los objetos exteriores y las pasiones, ejercen sobre nosotros. No podemos jamás evitar completamente los afectos pasivos, cosa que, por otra parte, no sería deseable en esta vida. Somos esencialmente parte de la naturaleza – opina Spinoza – y como tales no nos podemos jamás librar, de las series causales que nos ligan a las cosas exteriores. “Es imposible que el hombre no sea una parte de la Naturaleza”. De ello se devenga, que el hombre está siempre sometido a las pasiones, que sigue el orden común de la Naturaleza y lo obedece, y se adapta tanto como la naturaleza de las cosas le exigen. Pero a pesar de todo y a fin de cuentas, podemos contrarrestar las pasiones, controlarlas y librarnos en parte, de su dominio.
La vía que permite restringir y moderar los afectos, es la de la virtud. El “spinozismo” sería una suerte de egoísmo psicológico y ético. Todos los seres buscan, buscamos, naturalmente su propio beneficio – preservar su bienestar – y es justo que lo hagan. En ello consiste la virtud. Porque somos seres pensantes, dotados de inteligencia y razón, nuestra principal ventaja es el conocimiento. Nuestra virtud consiste entonces, en buscar el conocimiento y la comprensión de las ideas adecuadas. El mejor modelo de conocimiento, es el de la intuición puramente intelectual, de la esencia de las cosas. Este “tercer género de conocimiento” – más allá de la experiencia vaga y de la razón, los otros dos que considera Spinoza – contempla las cosas, no en su dimensión temporal, tampoco en su duración o en su relación a otras cosas particulares, sino bajo el aspecto de la eternidad, es decir, despojado de toda consideración de tiempo y de lugar. Bajo este tipo de conocimiento, las cosas son aprehendidas en su relación conceptual y causal con las esencias universales (pensamiento y extensión según Spinoza) y con la leyes eternas de la naturaleza.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Octubre del 2018.

lunes, 12 de noviembre de 2018

NUEVOS HÉROES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Achacad mi “incorrección política” a mi edad, a mi deterioro cerebral, ya incapaz de entender que hoy se de por bueno, lo que a mi me enseñaron que era simple mala educación. A comprender como humor ingenioso, lo que en mis días se consideraba pura chabacanería. A confundir hablar claro y sin tapujos, con la falta de respeto.
Hay días en que pienso que se acaba eso que Ortega llamaba “una época histórica”, y que no es sino un clima moral, donde predominan ciertas valoraciones, ciertas preferencias, ciertos entusiasmos. Esta ecuación de coincidencia o repugnancia entre nuestro programa vital y nuestra época, es unos de los factores primordiales de lo que algunos tratadistas han llamado “destino”. Y es que – en sentido orteguiano – no es posible escapar a la circunstancia; ella forma parte de nuestro ser, favorece o dificulta el proyecto que somos. En fin.
Parece se ha puesto de moda, la queja de que por culpa de la corrección política, la libertad de expresión corre peligro. Se repite desde una orgullosa disidencia e, incluso, hasta desde un cierto supuesto heroísmo. Ya en mis tiempos una cierta izquierda, la “gauche divine”, se sentía halagada por sentirse perseguida sin ningún peligro. Los nuevos “héroes de la libertad de expresión” – escribía el otro día Muñoz Molina – lamentan que los censores de la ortodoxia progresista o del buenismo, no quieren dejarles llamar a las cosas por su nombre. El derecho sagrado a la creatividad, a la irreverencia del humor, está en peligro porque ya no puede ejercerse el antiguo ingenio español, de los chistes de maricones. En ese pozo sin fondo de basura tóxica que es Twitter – me explicaba un amigo, pues yo no estoy en esa plataforma – alguien mostraba su talento natural, y ejercía su libertad de expresión, celebrando que a Federico García Lorca le pegaron un tiro en el culo por maricón. Es una gracia de mucha tradición en nuestra alta cultura.
Trump
Cuando era joven viví bajo una dictadura, así que no me vengan con monsergas, sé muy bien cual es la diferencia entre la censura y la libertad de expresión. Y jamás olvidaré el precio que algunas personas valerosas tuvieron que pagar, por ejercer la suya. Parece que fue ayer, cuando la gente se jugaba la vida por alzar la voz contra los pistoleros de ETA. Los que hablaban y escribían no eran tantos y, por eso, constituían blancos fáciles. Al periodista José Luis López de la Calle – nos recuerda Muñoz Molina – le pegó un tiro con gran valentía, uno de aquello “gudaris” tan celebrados, cuando volvía una mañana de comprar el periódico. Personalmente perdí demasiados compañeros del PSOE por ejercer su libertad de expresión. Algunos de ellos, además de compañeros, fueron amigos personales entrañables: Enrique Casas, Fernando Mújica “el Poto”, Fernando Buesa y Ernest Lluch.
A los periodistas los persiguen y los encarcelan en medio mundo. Con frecuencia los asesinan. La libertad de expresión es un bien muy valioso, muy frágil y muy escaso. La información veraz y el pensamiento crítico, son siempre incómodos para los poderosos, para los corruptos y para los explotadores.
Salvini
Pero el problema de estos días, a mi modesto entender, no es que ya no se puedan decir en público, en voz alta, ciertas palabras. Es justo lo contrario: que hoy si se pueden decir. De los espacios broncos, como eran las barras de los bares, los estadios de fútbol y las pintadas en retretes públicos, las palabras desagradables y altisonantes, los insultos más soeces, se han extendido, como en una especie de metástasis cancerígena, a lo que en mis tiempos era el espacio más o menos civilizado del debate público, el institucional.
Nunca, a lo largo de mi ya extensa vida, he asistido, ni aquí en España ni en otros países, a un grado de violencia verbal como el que observo y escucho ahora, en los periódicos digitales, en las redes sociales, y en las declaraciones de muchos políticos. No olvidemos que no hay palabra de odio que no sea tóxica, incluso las que murmura uno en “petit comité”. Pero cuando las dice el Presidente de Estados Unidos, o ahora también el de Brasil, o algún político en nuestras Cortes, me doy cuenta de que ha comenzado una nueva época que me es extraña; que ahora el odio es respetable y legítimo, y que las palabras van a ser más dañinas que nunca.
Si hay una libertad que hoy no está en peligro, es justo la que ejercen con tanta desenvoltura Trump, Bolsonaro, Salvini y todos sus innumerables imitadores: la de ofender a los débiles, a las mujeres, a los perseguidos, a los raros, a los negros, a los homosexuales, a los discapacitados, a los desposeídos. No hay peligro de que no se puedan hacer chistes, cuando el Presidente de los EE. UU. parodia en un acto público, el habla y los movimientos de un discapacitado. Nunca me han hecho gracia esos chistes que siempre se burlan de los más débiles. El humor grueso, soez, siempre me ha repelido. Prefiero el humor que apela a la inteligencia, el humor fino de los ingleses, la ironía.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Noviembre del 2018.


lunes, 5 de noviembre de 2018

LA MORAL SEGÚN HUME

A lo largo de los tres años (1734-1737) que David Hume vivió en la Europa continental por primera vez, escribió gran parte de los dos primeros volúmenes de su famoso “Tratado de la Naturaleza Humana”: “(I)Del entendimiento” y “(II)De las pasiones”. En septiembre de 1737 regresó a Londres, con grandes expectativas respecto a la publicación de la obra, que acabó apareciendo en 1739. Pero sufrió una gran decepción, ante la pobre acogida de la misma. “Nació muerta desde la imprenta” dijo (la frase hace referencia al texto de Alexander Pope: “Salvo la verdad, todo nace muerto desde la imprenta/Desde el último periódico a la última nueva”). Hume volvió a Escocia y, a pesar de todo, perseveró en la idea de añadir un tercer volumen, “De la moral”, que cuando salió a la venta (noviembre de 1740) fue recibido con aun más indiferencia entre el gran público. Pero a pesar de que el primer libro de Hume, no fue un gran éxito en su época, los años que han transcurrido han compensado con creces aquel fracaso. Los filósofos de hoy consideran de forma casi unánime el “Tratado”, como la obra maestra de Hume en el ámbito de la filosofía. En el siglo XIX, Thomas Henry Huxley, alias “el bulldog de Darwin”, llegó a afirmar que “es probablemente la obra filosófica más remarcable, que se haya escrito jamás, tanto en sí misma, como por los efectos que tuvo en el pensamiento”.
Hume alega que la moral no emana de una fuente transcendente, sino de los sentimientos humanos comunes y, en especial, de nuestro sentido de aprobación y desaprobación. Para Hume, a diferencia de Francis Hutcheson, no poseemos una especie de “sexto sentido”, un sentido moral que perciba el bien y el mal. También para Hume, algunos rasgos del carácter – como el esfuerzo y la alegría – nos parecen útiles o agradables, tanto que los aprobamos. Algo similar ocurre con otros rasgos del carácter – como la generosidad y la modestia – que son útiles o agradables para terceros, cosa que identificamos gracias a la facultad que Hume llama “simpatía” (noción cercana a lo que hoy denominaríamos “empatía”) y que transmite los sentimientos entre las personas. Según Hume, la moral es simple y llanamente esto: una convención humana verdaderamente práctica con un único objetivo, mejorar la vida de la gente. La virtud es toda cualidad que consideramos útil o agradable, en términos sociales, para nosotros o para otros. No guarda relación con los designios de Dios, un plan divino o el más allá.
La producción literaria de Hume, no se vio afectada en absoluto, por las frecuentes mudanzas y los vaivenes profesionales. En 1751 salió a la luz su obra “Investigación sobre los principios de la moral” (la “Segunda investigación”). Si la “Primera investigación”, había sido una readaptación del primer libro del “Tratado”, esta obra revisaba el tercero. Tanto la “Primera investigación” como la “Segunda”, eran más breves, refinadas y concisas, que los correspondientes volúmenes del “Tratado”.
David Hume
El tercer libro del “Tratado”, había expuesto un planteamiento visiblemente mundano de la moralidad, pero la “Segunda investigación” era todavía más ofensiva, para la sensibilidad cristiana. Hume reitera la tesis primordial de que la moralidad deriva de los sentimientos humanos – no de la palabra o la voluntad de Dios – pero, además, recalca que la mayoría de las cualidades que los devotos tenían por nobles virtudes, eran en realidad defectos. En definitiva, si las virtudes son sólo rasgos que consideramos útiles o agradables para nosotros mismos o para el resto, en verdad los rasgos fuera de esta categoría, no representan la virtud.
Hume mete en el mismo saco “celibato, ayuno, penitencia, mortificación, abnegación, humildad, silencio y soledad, además de toda la ristra de virtudes monacales”. Según él, estas cualidades “no tienen ningún propósito. No permiten a uno progresar en el mundo, ni le convierten en un miembro preciado de la sociedad. Tampoco le hacen más agradable para la gente, ni le enseñan a saber disfrutar en soledad”. De hecho, “contradicen todos estos fines deseados, aturdiendo el entendimiento y endureciendo el corazón. En definitiva, nublan la imaginación y turban el ánimo”. Hume concluye que todo aquel que no tenga el juicio enturbiado, por “el espejismo de la superstición y la falsa religión”, debería considerar vicios estas cualidades. Una vez más, Hume destacó que muchas veces la religión era tajantemente dañina, aparte de innecesaria. Poco después de publicarse la obra, admitió que era su favorita, y mantuvo esa preferencia hasta el final.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Julio del 2018.

lunes, 29 de octubre de 2018

CUANDO UN HISTORIADOR MUERE

Siempre he pensado que cuando un historiador muere y se convierte en pasado, en realidad no hace otra cosa que viajar a su auténtico hogar: el pasado. Un auténtico historiador, un buen historiador, puede tener diversas casas a lo largo de su vida, pero en realidad el siempre habita en el pasado, en la historia. Cuando fallece, no hace sino instalarse definitivamente en su casa.
Esta posible tontería, volvió de nuevo a mi mente el pasado 28 de agosto, día en que falleció el historiador catalán Josep Fontana. Y me llamó mucho la atención que, hasta donde yo sé, y con la excepción de Julián Casanova, ningún otro historiador no catalán, hiciera mención del triste suceso.
Como nos recordaba Gonzalo Pontón, sólo algún medio electrónico lo recordó como: “un vulgar propagandista político, volcado en chuscas labores de agitación al servicio de los patrones del procés”. Sin olvidarse de mencionar “aquel congreso presidido (sic) por Fontana que llevó por lema “España contra Cataluña”. Una vez más insultos y falsedades. El que presidió aquel simposio fue Jaume Sobrequés i Callicó, por cierto Excelentísimo Senador de España y socialista. Y Fontana se limitó a enviar – antes de que el congreso tuviera nombre – el texto que Sobrequés le había pedido.
Pero seguramente a Fontana, todo eso no le hubiera tomado por sorpresa, pues siempre tuvo problemas con otros historiadores. Cuando en 2014 publicó su conocida obra “La formació de una identitat”, la respuesta de la mayoría de historiadores, fue el silencio. Aunque desgraciadamente ese no fue el caso de mi estimado Santos Juliá, quien echo en cara a Fontana su “volte face”: “Si en los años setenta entendía Fontana, que la lucha de clases era el motor de la historia, ahora, sin mayor rubor, entiende que el sentido de la historia lo marca la identidad colectiva”. Y añadía más adelante: “Un marxista de estricta observancia, contando una historia al modo de un nacionalista romántico”. Me perdone Juliá mi atrevimiento de llevarle la contraria, pues ninguna de las dos cosas: ni un marxista de estricta observancia, ni un nacionalista romántico.
Josep Fontana
En lo que yo pueda conocer de su obra, sí es cierto que Fontana utiliza la metodología del materialismo histórico. Ve la historia de Cataluña, a través de sus desigualdades, es decir, a través de sus luchas de clases. Desnuda así, el papel de la oligarquía ligada al control de la tierra y a los grandes negocios de importación, que mantiene a los campesinos en un puño y se entrega a la Castilla de los Habsburgo, para conseguir arriendos fiscales. Esas élites, nos recuerda Fontana, traicionaron a los “segadors” en 1640, y a la “Coronela” de 1714. Esa poco edificante burguesía, en el siglo XVIII, se hará “española” abandonando su lengua propia. En el XIX clamará por un dictador militar, ante las reivindicaciones laborales de los catalanes menos pudientes. Esa burguesía, estos días “catalanista”, se sentirá “española” en 1870, en 1902, en 1923 (Primo de Rivera) en 1936 (Franco) en 1977, en 1996… siempre en defensa de sus intereses de clase, que, zafiamente, intentará colar como los de todo el “poble català”. Este mal resumen de la obra de Fontana, nos revela probablemente a un historiador rojo ¿pero un nacionalista romántico? Me parece oír en la lejanía, las carcajadas de un Pierre Vilar o de un Eric Hobsbawm (ellos sí marxistas nada nacionalistas) ante semejante disparate.
Gonzalo Pontón – fundador de la Editorial Crítica, en la que colaboró con Fontana – escribía en El País que en medio de la histeria independentista, Fontana denunciaba públicamente la precarización económica, el paro, la degradación de la enseñanza y la sanidad en Cataluña. Que en estos últimos años Fontana sostuvo sin desfallecer, que la independencia de Cataluña era una insensatez y que, en un sistema como el de la Unión Europea, los grados de independencia son de escasa entidad. Nos contaba como en junio de 2015, la televisión pública catalana entrevistó a Fontana, con la equívoca intención de que jaleara el independentismo, y lo que él contestó fue que si se producía una acción unilateral, las primeras empresas que huirían de Cataluña serían La Caixa y el Banco de Sabadell. Por supuesto esta predicción que resultó exacta no se emitió, y TV3 jamás volvió a entrevistarle.
Santos Juliá
Lo leído esos días sobre la infausta noticia, me llevó, una vez más, a reflexionar sobre la responsabilidad de los historiadores. La honestidad y la metodología científica, obliga a los historiadores a verificar y falsar sus hipótesis de trabajo, antes de presentar sus conclusiones. Y su propia disciplina les – nos – obliga a ser sumamente críticos ante los usos y abusos de la historia. Ningún historiador que se precie debería admitir jamás que la irracionalidad, la mentira, la falsedad y el cinismo, crecieran en la consciencia ciudadana, ya bastante machacada por la propaganda política de varios partidos, donde “lo limpio es sucio y lo sucio limpio, pero lo sucio es útil y lo limpio no”, como ya muy bien nos advirtió John Maynard Keynes. ¿Por qué algunos historiadores se mantienen callados, cuando periodistas de fortuna, publicistas mercenarios y tertulianos de toda laya sostienen en los medios, mentiras mil veces desmentidas, con recios argumentos, por ellos en sus propios textos?
Ya tengo 76 tacos y ya me sería difícil ser ingenuo, si alguna vez lo hubiera sido. Soy consciente del poco caso, especialmente en España, que muchos filisteos, disfrazados de ciudadanos de pro, hacen de los trabajos científicos de cualquier rama del saber. Pero si los historiadores se marginan del debate público, si no se sumergen en la sociedad fajándose en ella, si no tienen nada que decir a los ciudadanos de hoy, si no pueden echarles una mano en sus angustias y sus esperanzas, entonces ¿de qué les vale todo lo que han estudiado y saben?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 28 de Octubre del 2018.


miércoles, 17 de octubre de 2018

EL VOCABULARIO EN LAS REDES

Escribía Ortega y Gasset en “Teoría del improperio” ¡en 1910! que harta es conocida la importancia, que para aprehender y fijar la individualidad de un artista literario, tiene la determinación de su vocabulario predilecto. Como esas flechas que marcan en los mapamundis las grandes corrientes oceánicas, nos sirven sus palabras preferidas para descubrir los torbellinos mayores de ideación, que componen el alma del poeta.
Me han traído esos recuerdos orteguianos, la lectura el otro día, de unos comentarios innecesariamente poco estéticos (el castellano es muy rico y permite significar lo mismo, con vocablos menos zafios) en un debate en facebook. Esa preferencia por vocablos antiestéticos – antiestéticos no sólo por groseros, sino por inaptos para un buen entendimiento del texto – es claramente incompatible, opino, con una poderosa voluntad de convencer al interlocutor.
La palabra, lo sabemos o deberíamos saberlo, pretende hacer externo lo interno, sin que deje de ser interno. No es un signo cualquiera, sino un signo expresivo. La buena articulación es necesaria a la palabra, a fin de aprisionar el contorno preciso y estable de los conceptos, de las imágenes exactas y complejas. Pero para expresar una explosión de alegría o, más comúnmente, de amargura o ira, donde el motivo, la causa, lo importante – la realidad interna – es la conmoción del alma toda, basta con un grito, un improperio, un insulto. Toda palabra tiene pues dos direcciones. Una de ellas la lleva a expresar puramente una idea; la otra tira de ella hacia atrás, y la induce a expresar puramente, exclusivamente, un estado emocional, pasional. De esto he escrito con frecuencia: para debatir con razones es esencial emplear bien las palabras, elegirlas correctamente por su significado; para contrastar emociones, es suficiente con un simple grito. Y en las redes con demasiada frecuencia, eso es lo que hacemos, nos gritamos por que sólo tenemos emociones, no argumentos.
Los improperios nos recordaba Ortega, son palabras que significan realidades objetivas, sí, pero que empleamos, no en cuanto expresan éstas, sino para manifestar nuestros sentimientos personales. Cuando Baroja decía o escribía “imbécil”, no quería decir que se tratara de alguien débil (“sine baculo”) que es su valencia original, ni de un enfermo del sistema nervioso. Lo que quería expresar, era su desprecio apasionado hacia esa persona. Los improperios son vocablos complejos usados como interjecciones; es decir, son palabras al revés. La abundancia de improperios pues, es síntoma de la regresión de un vocabulario hacia su infancia o, cuando menos, de una puericia persistente que se inyecta en el léxico, de personas supuestamente adultas.
Decía también Ortega, que es sabido que no existe pueblo en Europa, que posea caudal tan rico de vocablos injuriosos, de juramentos e interjecciones, como el nuestro. Según parece, sólo los napolitanos pueden hacernos alguna concurrencia. En mi muro entran con frecuencia ciertos “amigos”, que claramente, cada vez que sueltan un taco, un insulto, un improperio, sienten cierta fruición y descanso. Se nota mucho, me parece, que los han de menester – los insultos – como rítmica purgación de la energía espiritual, que a cada instante se les acumula dentro, les estorba y necesitan librarse de la misma. Estos “amigos” está claro, no poseen un gran entendimiento, administran una moralidad reducidísima, no son capaces de debatir con argumentos, les molesta todo lo que huela a razón… y van directos hacia la muerte intelectual, como una piedra hacia el centro de la tierra. Preguntémonos ¿será acaso ese abuso de interjecciones (facha, rojo de mierda, imbécil, capullo…) ese alarde de energías frecuentes en el español, más bien efecto de su debilidad espiritual?
Estas intromisiones súbitas de sentimientos y emociones incontroladas, que no tiene nada que ver con el curso del pensamiento, producen, claro está, una fragmentación de la vida intelectiva. Entran en la continuidad de una mente normal como cuñas y la hacen saltar en trozos: se interponen, se interyectan entre los miembros de una construcción intelectual, y la hacen poco menos que imposible. Por eso las almas de histéricos y neuróticos – afirma Ortega – viven una vida discontinua, incompatible generalmente, con el edificio de un ideario unificado y resistente. Son almas disgregadas en átomos, inconexas; almas dispersas, cuya existencia es un nacer y morir a cada instante, menesterosas de condensar en esa vida instantánea, toda su vitalidad. Almas inarticuladas que se expresan en interjecciones, porque ellas mismas lo son.
El chulismo, la bravuconería, la exageración, el insulto, el retruécano y otras muchas formas de expresión, que se ha creado de una forma predilecta el español, podrían muy verosímilmente, reducirse a manifestaciones de histerismo colectivo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastillas a 5 de Agosto del 2018.