Anoche leía un artículo del gran Claudio Magri en el Corriere della Sera del 13 de Mayo del 2002: “Razones de la ley y razones del corazón”. En el mismo decía, entre otras cosas interesantísimas, que la ley, hemos oído repetir, “no puede contener toda la vida, sus infinitos pliegues y sus inextricables complicaciones, sus decisiones trágicas y sus dilemas”. Y todo esto es verdad, es más, es obvio. Si Pascal decía que la razón no conoce todas las razones del corazón, tampoco el código civil ni el penal, pueden albergar la pretensión de conocer y clasificar todos los matices del alma y sus enredos. Lo primero que hace de un hombre un hombre, lo que le infunde la capacidad de discernir entre el bien y el mal, de vivir libremente su relación con los demás, consigo mismo, no es la observación de una ley, humana o religiosa. La vida de un individuo – su pasión, su miedo, su fuerza de amar o su aridez, los dioses que venera o los fantasmas que le persiguen – fluye más acá o más allá de toda ley.
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| Política |
La razón – y la ley – albergan a menudo más fantasía que el corazón, capaz sólo de sentir sus propias “inextricables complicaciones” e incapaz de imaginar que existan también las de los demás. El legislador que no deja impune la corrupción en las contratas públicas, es un artista que sabe imaginar la realidad, porque en esa corrupción no ve únicamente la abstracta violación de una norma, sino también, por ejemplo, los deficientes equipos de los que – a causa de esa corrupción – se dota un hospital, en lugar de los equipos más eficientes, con los que habría contado de haber sido correcta la adjudicación de la contrata.
La democracia es poética, está llena de fantasía, porque nos hace sentir que existen individuos que no veremos nunca, y de los que no nos importa nada, pero que tienen los mismos derechos a vagabundear, a soñar y delirar. Quien sólo sabe ver la inmediatez, no ve nada; quien sólo ve árboles delante de él, y no es capaz de pensar el bosque, no sabe lo que son esos árboles, que quizá se hace la ilusión de conocer bien (véase para esto, las dos entradas en mi Blog “El encinar huye de mis ojos”: http://senator42.blogspot.com.es/search/label/Encinar%20huye%20de%20mis%20ojos%20%28I%29).
Debilitar la ley o ignorarla, en nombre del espontáneo proceso de la vida, que en todos los ámbitos – individual, político, económico, social – encontraría la mejor forma de proceder, sólo significa dejar a los débiles a merced de los fuertes, allanar el camino a la violencia y a la injusticia, abandonar la realidad al arbitrio del más poderoso. La creciente complejidad y la escala cada vez más amplia, de los fenómenos y las relaciones político-social-económicas, hacen todavía más necesario el control del derecho, y un Estado que garantice la eficacia de ese control en defensa de los más débiles, para la tutela del ambiente, para la protección de la vida de todos.
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| Ley |
La ley ciertamente no agota las exigencias de la conciencia, pero constituye también un intento de insertarlas concretamente en la realidad. Sus razones son distintas de las del corazón, pero no necesariamente sus enemigas. Sabemos perfectamente que los bizantinismos jurídicos, pueden favorecer las peores injusticias. Pero también el formalismo aparentemente más árido, puede acudir en auxilio del corazón.
Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Noviembre del 2015.

