Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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lunes, 13 de noviembre de 2017

EL TRAJE NUEVO DEL PRESIDENTE MAO

Hace 50 años – escribía no hace mucho David Trueba – los jóvenes e intelectuales que lograban evadirse de países bajo la disciplina soviética, algunos incluso recién invadidos por los tanques del Pacto de Varsovia, se quedaban perplejos ante la dramática confusión en parte de la izquierda europea. Recuerdo que yo tuve ocasión – cuando aún era universitario - de hablar con dos checos que se habían refugiado en París, con motivo de una recepción en la embajada francesa. Al llegar a los paraísos soñados de occidente, París por ejemplo en este caso, estos expatriados se topaban con que los jóvenes universitarios de su edad en los países libres, se mostraban fascinados por las mismas dictaduras de las que ellos huían. Estos jóvenes universitarios europeos, españoles incluidos, una vez admitidos con pesar, los crímenes y las persecuciones del estalinismo, dieron una gran zancada hacia delante, y consagraron a Mao como el timonel de sus revueltas caseras.
Recuerdo que un día, estando estudiando en la biblioteca de la Facultad de Económicas, un PNN (así se denominaba entonces a los profesores noveles) a quien conocía un poco, me dijo que la biblioteca debía ser arrasada, y me lo dijo con cierta pedantería en francés: “Du passé faisons table rase”. Su lógica era que en realidad el pasado, es un impedimento para la innovación sin límites. Como sabemos, mi conocido maoísta y sus amigos, nunca quemaron la biblioteca. A diferencia de sus homólogos alemanes e italianos, los extremistas estudiantiles españoles, no pasaron nunca de la teoría revolucionaria a la práctica violenta. Podríamos especular porqué fue así. Seguramente porque los aparatos represivos de la dictadura, tenían más manga ancha que los de las democracias europeas. Pero siempre he pensado que la mayoría de los estudiantes enragés, de procedencia burguesa, tenían en el fondo muy presente, todo el futuro que podían perder, si ponían el mundo boca abajo. Además, y aún siendo también un joven rebelde “ma non troppo”, nada me parecía ser suficientemente serio. Incluso entonces me resultaba difícil creer, aquello que decían los estudiantes franceses en Mayo del 68, que debajo de los adoquines estuviera la playa (“sous les pavés, la plage”) quizá porque en Madrid ya no había adoquines. Ni mucho menos que una comunidad de estudiantes, obsesionados con sus planes de viaje para el verano, pudieran llevar a efecto una auténtica revolución. Al final, como nos cuenta la historia, fue en Praga y en Varsovia, en aquellos meses del verano del 68, donde el marxismo terminó consigo mismo. Fueron los estudiantes rebeldes de la Europa central quienes acabaron por minar, desacreditar y derrocar, no sólo un par de deteriorados regímenes comunistas, sino también la idea misma del comunismo.
Simon Leys
Estos días Ediciones El Salmón, ha publicado el libro de Simón Leys “El traje nuevo del presidente Mao”. De haberlo leído en su día – escribe Muñoz Molina – me habría ayudado a corregir algunas de las mentiras y tonterías, que di por verdades en mi juventud, y a ver cosas que hubiera debido ver hace tiempo. También a mi me hubiera sido útil leerlo en mis días universitarios, al menos para acumular argumentos a favor de mi antimaoismo, tan impopular entonces. Hoy en día pude parecer inverosímil, el prestigio casi universal que disfrutaba en la izquierda, la figura de Mao Zedong.
Pero en los años sesenta y setenta en la universidad Complutense en Madrid, los poemas de Mao y el Libro Rojo circulaban en ediciones legales, y había quien los citaba con reverencia, arrodillados ante ellos como otros ante las Sagradas Escrituras. Hasta se leía – nos ha recordado Muñoz Molina – un libro de pura propaganda, firmado nada menos que por Baltasar Porcel, futuro cortesano de Jordi Pujol, y titulado “China, una revolución en pie”. A simple vista parecía que todo dios fuera maoísta. El tono intelectual de la época lo resumió Sartre con su proverbial “sutileza”: “Todo anticomunista es un perro”. En una ambiente así, la publicación por Tusquets en 1976 de “El traje nuevo del presidente Mao” fue un escándalo. La agresividad extrema que se desató contra Leys fue increíble, aunque él no llegó a arredrarse.
Como he dicho, en mis días universitarios me hubiera venido muy bien leer a Simon Leys. No lo hice. Me pasó desapercibido, ahogado por la cultura española del antifranquismo, muy refractaria a cualquier visión crítica de los sistemas comunistas y, por consiguiente, muy mezquinamente hostil a los testimonios de sus víctimas. Leys fue uno de los espíritus de verdad libres del siglo pasado, de la estirpe de Orwell, de Camus, de Cioran, de Milosz… un “raro” que combinó lo más erudito de la filología clásica china, con el amor por la navegación en velero, y la heterodoxia política con la novela. A diferencia de casi todos los intelectuales de su época, Leys conocía con detalle la actualidad china, la historia del país, el idioma, y leía a diario en Hong Kong, los periódicos y los libros que llegaban de China; hablaba con desterrados y fugitivos, y había visto los cadáveres de fusilados, con las manos atadas a la espalda, que bajaban a centenares por el río Amarillo y aparecían en las playas de Hong Kong. La Revolución Cultural, explicaba Leys, no había sido una efervescencia de rebelión popular y libertad, sino una calamidad desatada por Mao, con el propósito de librarse del círculo de antiguos leales, que lo habían apartado del poder efectivo.
Mao Zedong
Simon Leys murió hace ahora tres años. Sus opiniones heréticas de 1971, han sido confirmadas por el trabajo de los historiadores, y por un catálogo innumerable de relatos de testigos y supervivientes, de aquellos tiempos de horror y destrucción. Ahora el libro de Leys lo edita y traduce de nuevo una editorial joven Ediciones El Salmón, con un prólogo de Jean-Bernard Maugiron, que sitúa la obra en el contexto de su tiempo, y la vida de su autor. Ninguna época – nos recuerda Muñoz Molina – está a salvo de la tontería ni del oscurantismo. En la nuestra parece que vuelven a cobrar un prestigio sorprendente, las terribles abstracciones colectivistas de pueblos elegidos y líderes salvadores. Espíritus libres como Simon Leys, hacen tanta falta ahora como en los setenta.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Octubre del 2017.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Del por qué se dividió Checoslovaquia

“Nada en la vida de la Unión Soviética fue tan característico como el hecho de abandonarla”, escribe Tony Judt en su libro “Postguerra”. (Por cierto, la única obra de Historia Contemporánea que conozco, en la cual la historia de las naciones de la Europa Oriental, ocupa el mismo espacio que la de las Occidentales). Y lo mismo, en gran medida, podríamos afirmar de la ruptura de Checoslovaquia, del “divorcio de terciopelo” de eslovacos y checos, pacífica y amigablemente consumado el 1 de Enero de 1993. A primera vista, podría parecernos un ejemplo de manual de cómo los sentimientos étnicos, ocuparon el vacío creado por la desaparición del comunismo: el “retorno de la historia” en forma de renacimiento nacional. Pero si observamos con más atención, la división de Checoslovaquia pone de manifiesto una vez más, las limitaciones de ese tipo de interpretaciones.
Está claro que no faltaba “historia” a la que remitirse. Los checos y los eslovacos habían tenido pasados notablemente diferentes. Bohemia y Moravia – los territorios históricos checos – no sólo podían presumir de un destacado pasado medieval y renacentista, sino que también habían tenido un papel primordial en la industrialización de la Europa central. Y en 1914, Praga – una de las joyas estéticas del continente – era un importante centro del modernismo artístico y literario.
Václav Havel

Los eslovacos, por el contrario, tenían poco de que presumir. Gobernados durante siglos desde Budapest, carecían de una historia nacional propia. No era casual que la ciudad más populosa de la zona, situada a pocos kilómetros al este de Viena, se conociera a veces como Presburgo (para los austriacos germano parlantes) y otras como Pozsony (para los húngaros). Sólo con la independencia de Checoslovaquia en 1918, se convertiría en la segunda ciudad del nuevo Estado, con el nombre de Bratislava.
En los primeros años del estalinismo, la acusación de ser un “nacionalista eslovaco burgués” era muy corriente. Pero, con el tiempo, los comunistas de Checoslovaquia, como los de otros lugares, llegaron a comprender las ventajas que tenía fomentar un cierto grado de sentimiento nacional. Los reformistas de 1968 (muchos de ellos eslovacos) haciéndose eco del aumento de dicho sentimiento en Bratislava, propusieron una nueva Constitución federal, que diera cabida a dos repúblicas distintas. Y de todas las innovaciones importantes, debatidas o puestas en marcha durante la Primavera de Praga, esta fue la única que sobrevivió a la “normalización” posterior. El retraso de Eslovaquia ahora obraba a su favor. Con menos coches y televisiones y peores comunicaciones, los eslovacos parecían menos vulnerables a la influencia extranjera, que los disidentes asentados en Praga, que tenían acceso a medios de comunicación extranjeros. En consecuencia, sufrieron mucho menos durante la represión y las purgas de los años setenta. Ahora eran los checos, los que se llevaban la peor parte del desdén de las autoridades.
Checoslovaquia

Si tenemos en cuenta esta historia, la ruptura de Checoslovaquia después de 1989 podría parecer, si no algo cantado, sí al menos, un resultado lógico de décadas de mutua animadversión que, reprimidas y explotadas por el comunismo, no había sido olvidada. Pero no fue así. Todas las encuestas mostraban que la mayoría de los checos y los eslovacos, eran partidarios de mantener algún tipo de Estado checoslovaco común. Y tampoco la clase política estaba profundamente dividida al respecto: en términos generales, tanto en Praga como en Bratislava, estaban de acuerdo en que al final, la nueva Checoslovaquia sería una federación. Y el nuevo presidente Václav Havel, creía con firmeza en mantener a checos y eslovacos en el mismo país.
La escasa relevancia inicial de la cuestión “nacional”, se puede apreciar en el resultado de las primeras elecciones libres de junio de 1990. En Bohemia y Moravia el “Foro Cívico” de Havel logró la mitad de los votos; y en Eslovaquia el partido hermano del “Foro Cívico”, “Público contra la Violencia” fue el más votado, y el “Partido Nacional Eslovaco” sólo obtuvo el 11%, o sea que menos de uno de cada siete electores eslovacos, optó por la única formación política, partidaria de dividir el país en dos partes distintas.
Václav Klaus
Pero a partir de 1991 el “Foro Cívico” comenzó a desintegrarse. Lo que había sido una alianza basada en un enemigo común (el comunismo) y un líder popular (Havel), ya no tenía ni lo uno ni lo otro: el comunismo había desaparecido, y Havel era el presidente de la República, supuestamente por encima de las disputas políticas. Ahora las diferencias entre antiguos colegas salían a la palestra, y los doctrinarios partidarios del libre mercado, dirigidos por el ministro de Hacienda Václav Klaus (que se proclamaba thatcheriano) tenían cada vez más influencia. En abril de 1991, después de que el Parlamento aprobará una amplia ley de privatizaciones de empresas públicas, el “Foro Cívico” se escindió, y la facción de Klaus (la mayoritaria) se convirtió en el “Partido Democrático Cívico”.
Klaus estaba decidido a conducir rápidamente al país por la senda del “capitalismo”. Pero mientras que en las tierras checas, ese objetivo sí contaba con apoyos reales, no era así en Eslovaquia, que dependía mucho más del empleo que proporcionaban fábricas, minas y acererías estatales, deficitarias y desfasadas. Para muchos círculos empresariales y políticos de Praga, Eslovaquia era una pesada herencia.
Entre tanto el eslovaco “Público contra la Violencia” también se desunió, por razones análogas. Uno de sus líderes destacado era ahora Vladímir Meciar, un ex boxeador que había demostrado más maña que sus colegas, para esquivar los escollos de la política democrática. Pero que al no tener la mayoría del partido, lo abandonó y fundó el “Movimiento para una Eslovaquia Democrática”, desde el cual enarboló la bandera del nacionalismo eslovaco, un tema por el que hasta entonces, no había demostrado mucho interés.
Encumbrado por esa retórica y por su chabacano, pero carismático comportamiento público, Meciar llevó a su nuevo partido a una victoria en las elecciones federales de junio de 1992, en las que logró casi el 40% de los sufragios en Eslovaquia. Entre tanto en las regiones checas, el nuevo “Partido Democrático Cívico” de Václav Klaus, también salió victorioso. Las dos regiones de la República Federal, ya estaban en manos de hombres que, por razones diferentes pero complementarias, no lamentarían la división del país. Ahora, únicamente el presidente federal, Havel, representaba, en términos constitucionales y con su propia persona, el ideal de una Checoslovaquia unida y federal. Pero Václav Havel ya no tenía el favor popular de antes y, en consecuencia, ya no era tan influyente como lo había sido menos de dos años atrás.
Ambos (Klaus y Meciar) que ahora eran los dos políticos más poderosos de sus respectivas regiones, se pasaron las semanas siguientes, supuestamente negociando los términos del tratado de constitución, de una Checoslovaquia federal. Parece muy improbable que hubieran podido llegar a un acuerdo. Pero es que, de hecho, las reuniones que mantuvieron durante junio y julio de 1992, no fueron realmente negociaciones: Klaus se hacia el sorprendido y el disgustado, ante las exigencias de Meciar; pero en realidad, era Klaus, y no al revés, el que estaba manejando al líder eslovaco, para llegar a un punto de ruptura.
Vladímir Meciar
Los ciudadanos checos y eslovacos, sin apenas darse cuenta, se vieron pronto ante la tesitura, de aceptar un hecho consumado. Al estancarse las negociaciones, Klaus les decía realmente a sus interlocutores: como parece que somos incapaces de llegar a un acuerdo, quizás podríamos abandonar estos infructuosos esfuerzos, e ir cada uno por nuestro lado. Los eslovacos ante la aparente realización de sus propios deseos, cayeron en la trampa del asentimiento, en muchos casos aun sabiendo que era un error.
En consecuencia, el 17 de julio de 1992, el Consejo Nacional Eslovaco adoptó una nueva bandera, una nueva constitución y un nuevo nombre: República Eslovaca. Checoslovaquia desapareció y sus dos repúblicas se convirtieron en Estados independientes, con Klaus y Meciar como primeros ministros. Václav Havel, cuyos esfuerzos por mantener unido al país, habían sido cada vez más desesperados, dejó de ser presidente de Checoslovaquia, y se reencarnó en presidente de la recortada República Checa (pero ojo, la división política resultó más fácil que la económica: hasta 1999, siete años después, no se llegó a un acuerdo definitivo para dividir los bienes federales).
Durante mucho tiempo no se supo si el divorcio había sido bueno para los dos socios: a lo largo de la primera década postcomunista, ni la República Checa ni Eslovaquia fueron países boyantes. Tanto la “terapia de choque” de Klaus, como el “nacionalcomunismo” de Meciar, fracasaron, aunque de distinta manera. El divorcio checoslovaco fue un proceso manipulado, en el que la derecha checa consiguió lo que decía no haber buscado, y los populistas eslovacos lograron bastante más de lo que pretendían; el resultado no entusiasmó a casi nadie.
La división de Checoslovaquia fue producto del azar y de las circunstancias. Pero también fue una obra humana. Si el control hubiera estado en manos de otras personas, y si los resultados de las elecciones de 1990 y 1992 hubieran sido diferentes, la historia no habría sido la misma. Si en 1992 se hubiera consensuado la constitución de un Estado federal, si Checoslovaquia hubiera durado unos años más, es muy poco probable que en Praga o Bratislava, hubiera habido nadie con razones para continuar sus peleas: las perspectivas de admisión en la Unión Europea, habrían centrado la atención de todos.
Pero en Historia no existe la moviola, que le vamos a hacer.

Palma. Ca’n Pastilla a 3 de Septiembre del 2015.