Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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lunes, 8 de abril de 2019

PEDRO SÁNCHEZ. "POTESTAS" Y "AUCTORITAS"

La otra noche leyendo a Giovanni Sartori, mi pensamiento se centró en el hecho de cómo Pedro Sánchez, después de increíbles vicisitudes y según mi opinión, ha logrado aunar en su persona, la “auctoritas” y la “potestas”. Para aquellos que no estén demasiado acostumbrados a estas disquisiciones terminológicas, me explicaré un poco más.
Autoritarismo viene de autoridad y fue acuñado por el fascismo, como término apreciativo. Luego, con la derrota del fascismo y del nazismo, autoritarismo se convirtió en un término peyorativo, que significa “mala autoridad”, un exceso y un abuso de autoridad, que aplasta la libertad. Autoritarismo se corresponde, como opuesto, más con libertad que con democracia. Autoritarismo es una cosa, y autoridad otra cosa totalmente diferente. El sufijo “ismo” separa dos conceptos casi antitéticos.
Auctoritas” es un término romano. Y para conocer la tortuosa evolución del concepto, bueno es leer a Hannah Arendt. Para los romanos “auctoritas” (autoridad) siempre fue diferente de “potestas” (poder) y, para ellos, “auctoritas” estaba estrechamente ligada a “dignitas”. Como señalaba Jaim Wirszubski, académico y teólogo lituano: “es la “dignitas” lo que sobre cualquier otra cosa, dota a un romano de “auctoritas”. Y la “dignitas” implica la idea de mérito, y contiene la idea del respeto inspirado por ese mérito. Si juntamos todas esas ideas, resulta que – al final de una larga evolución histórica – hoy “autoridad” significa, en el uso común, “un poder que es respetado, aceptado, reconocido, legítimo”.
Pero profundicemos un poco más en la distinción entre poder (“potestas”) y autoridad (“auctoritas”). De por sí, etimológicamente, “poder” es un sustantivo inocuo. Tener poder de hacer significa “yo puedo, tengo la capacidad o me está permitido”. Pero se trata de ver con qué medios el poder “manda hacer” ¿Con incentivos? ¿Con privaciones? ¿Con coerción y uso de la fuerza? Cuando se llega a “mandar hacer” amenazando o usando la fuerza, entonces percibimos el poder político en su elemento más característico, de acuerdo con la definición clásica, que daba de él Max Weber: “el uso legal de la fuerza”. Pero ninguna sociedad puede simplemente reducirse y reconducirse, en su orden, a las órdenes que la gobiernan. Para explicar un orden social, hacen falta otros ingredientes, y entre ellos la autoridad. Y la autoridad explica, lo que el poder no explica.
Autoridad, como hemos dicho, es “poder aceptado, respetado, reconocido, legítimo”. La autoridad no manda, influye; y no pertenece a la esfera de la legalidad, sino a la de la legitimidad. Ya lo decían los romanos: la autoridad se basa en la “dignitas”. Y Jacques Maritain, el filósofo católico francés, lo resume en esta conclusión: “Denominaremos ‘autoridad’ al derecho de dirigir y de mandar, de ser escuchado (como también escribía Ignatieff en su obra “Fuego y cenizas”) y obedecido por los demás; y ‘poder’ la fuerza de que se dispone, y por medio de la cual, se puede obligar a los demás a escuchar o a obedecer… Por tener una parte de poder, la autoridad desciende hasta el orden físico; en cuanto autoridad, el poder se eleva hasta el orden moral”.
El ‘poder’ como tal, es un hecho de fuerza sostenido por sanciones, es una fuerza que se impone desde arriba. En cambio la ‘autoridad’, emerge de una investidura espontánea, y obtiene su fuerza del reconocimiento: es un “poder de prestigio”, que recibe de éste su legitimación y su eficacia. De lo que puede deducirse que una “buena democracia”, debe tender a transformar el poder en autoridad, y que el ideal de las fuerzas democráticas, debería ser el de reducir las “zonas de poder”, para sustituirlas por personas y organismos, dotados de autoridad.
Aclarado eso, me parece que se entenderá mejor por qué opino que Pedro Sánchez, a su “potestas”, ha añadido ya la “auctoritas”. Cada día que dispongo de algo de tiempo, me trago todos los vídeos de los actos electorales de Pedro. No lo hago por descubrir que dirá el Presidente, ya lo sé o me lo imagino. Lo que me interesa es el ambiente del acto, si hay verdadera ilusión o simple asistencia formal. También conocer a los potenciales líderes, de la nueva generación del PSOE. Descubrir en ellos, entre los candidatos a las generales o municipales, los que son de verdad buenos, o los que no pasan de auténticos peñazos, puestos ahí por el aparato.
Y volviendo a Pedro, más que lo que dice, me gusta analizar como lo dice, vía el mensaje corporal. La “potestas”, el poder, lo adquirió ya tras aquellas primarias increíbles que vivimos. Salió elegido de forma rotunda Secretario General, y nuestra ley, los Estatutos, le otorgaron el poder, la “potestas”. Ahora ya no grita en los mítines, dice con sosiego, apelando a la razón política más que a los sentimientos. Apela al sentido del humor, a la ironía, y se siente a gusto en ello. Los movimientos de su cuerpo son más reposados, más elegantes, su “estar” tranquilo no parece nada impostado. Su renuncia a cualquier insulto hacia los adversarios, no parece mera estrategia, sino seguridad en si mismo. Y todo eso, me parece, revela que ya se siente provisto de la “auctoritas”, de la “dignitas”, más allá del simple poder.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Abril del 2019


jueves, 18 de mayo de 2017

SUSANA DÍAZ Y LOS CONCEPTOS POLÍTICOS

Que dice la compañera Susana (El País 18.05.2017) que “las primarias son para dar protagonismo a los y las militantes, no para otorgar poderes especiales, a la figura del Secretario General”. Y que la elección directa por primarias “no transfiere un plus de poder, para imponer decisiones…”.
Lo que vengo diciendo yo: que esta compañera está demasiada ocupada en su escalada hacia el poder, y no dispone de mucho tiempo para instruirse y leer un poco. Y ello lleva a que a día de hoy, aún no sepa distinguir entre el poder como “potestas”, y la autoridad, “auctoritas”, que produce la “dignitas”.
Es cierto que las “primarias”, no conllevan un plus de poder (“potestas”) para el elegido Secretario General, en el sentido más formal o legal, derivado de nuestros actuales Estatutos. Pero le conceden una autoridad (“auctoritas”) de mucho calado. Podemos discutir si eso es deseable o no: la eterna disputa en busca de un equilibrio “bueno”, entre la democracia representativa y la directa.
Pero ese debate no puede producirse en una especie de vacío histórico, al margen de las corrientes que atraviesan la sociedad en un tiempo dado. Y en mi opinión (quizá me guste menos que más) la tendencia que se impone, es la de conceder más autoridad a los ciudadanos y a los militantes de los partidos, lo que Susana llama “dar protagonismo”. Aunque parece que para ella, lo del “protagonismo”, sólo se entiende como más “visualidad” (la de los “protagonistas” de una película o de una obre de teatro) no como más “potestas”.
Pero la Historia se mueve, fluye, y quien no se adapta a los tiempos nuevos, se queda petrificado. Lo explicaba no hace mucho en mi Blog (https://senator42.blogspot.com.es/search/label/Democracia%20directa%20o%20representativa) En la Convención de Filadelfia (1787), los Padres Fundadores, en vez de considerar la lucha por la Presidencia, como una ocasión para movilizar las masas, respecto a unos ideales programáticos, diseñaron el sistema de selección, con unos propósitos muy diferentes, e instituyeron el Colegio Electoral. Hoy muchos consideran éste, como un anacronismo, en el mejor de los casos, o como una peligrosa bomba de relojería en el peor, una bomba que puede explotar, adjudicando la Casa Blanca, al candidato que ha perdido en el voto popular. Acaba de suceder con la elección de Trump. Para sus artífices, el Colegio Electoral era un ingenioso dispositivo, para evitar la Presidencia plebiscitaria. Pretendía alentar la selección del hombre, con un pasado más distinguido al servicio de la República. La virtud republicana, no la demagogia populista, tenía que ser el requisito principal. Estoy seguro, porque los conozco bien, que esto es lo que siguen pensando algunos líderes históricos del PSOE, respecto a la legitimidad de los Congresos a la antigua usanza, por encima de las Primarias. Pero la Historia, adaptándose a las circunstancias cambiantes, para bien o para mal, ha convertido la elección a la Presidencia de los Estados Unidos en un plebiscito, y la elección de nuestro Secretario General, en algo parecido mediante las Primarias.
A mi modesto entender, me parece que ya podemos afirmar, que estas Primarias en el PSOE se han convertido “de facto”, en un proceso constituyente. Siempre que aceptemos, claro está, que existe una teoría en el derecho Constitucional, que contempla como proceso constituyente: “la radicalización de la democracia mediante la imposición de nuevas cartas de derechos, fruto de las nuevas necesidades políticas y socioeconómicas de la inmensa mayoría” (Bruce Ackerman en “We The People).
Pues eso Susana ¡al loro!

Palma. Ca’n Pastilla a 18 de mayo del 2017.

lunes, 15 de mayo de 2017

"POTESTAS" Y "AUCTORITAS": SUSANA Y PEDRO

Un jeu d'esprit”. Un simple “divertimento”, entre estos conceptos romanos, y el poder y la autoridad, a día de hoy, entre dos de nuestros candidatos en las primarias.
La otra noche leyendo a Giovanni Sartori, mi pensamiento, siempre falible, me llevó a esta reflexión: "A día de hoy, Susana sigue disponiendo de la “potestas”, pero Pedro ha alcanzado ya la “auctoritas.Y aquí me podría detener, pues muchos ya habrán entendido, el fondo de mi reflexión.
Sin embargo, para aquellos que no estén demasiado acostumbrados a estas disquisiciones terminológicas, me explicaré un poco más.
Autoritarismo” viene de “autoridad” y fue acuñado por el fascismo, como término apreciativo. Luego, con la derrota del fascismo y del nazismo, autoritarismo se convirtió en un término peyorativo, que significa “mala autoridad”, un exceso y un abuso de autoridad, que aplasta la libertad. Autoritarismo se corresponde, como opuesto, más con libertad que con democracia. “Autoritarismo” es una cosa, y “autoridad” otra cosa totalmente diferente. El sufijo “ismo” separa dos conceptos casi antitéticos.
Auctoritas” es un término romano. Y para conocer la tortuosa evolución del concepto, bueno es leer a Hannah Arendt. Para los romanos “auctoritas” siempre fue diferente de “potestas” y, para ellos, “auctoritas” estaba estrechamente ligada a “dignitas”. Como señalaba Jaim Wirszubski, académico y teólogo lituano: “es la “dignitas” lo que sobre cualquier otra cosa, dota a un romano de “auctoritas”. Y la “dignitas implica la idea de mérito, y contiene la idea del respeto inspirado por ese mérito. Si juntamos todas esas ideas, resulta que – al final de una larga evolución histórica – hoy “autoridad” significa, en el uso común, “un poder que es respetado, aceptado, reconocido, legítimo”.
Pero profundicemos un poco más en la distinción entre poder (“potestas”) y autoridad (“auctoritas”). De por sí, etimológicamente, “poder” es un sustantivo inocuo. Tener poder de hacer significa “yo puedo, tengo la capacidad o me está permitido”. Pero se trata de ver con qué medios el poder “manda hacer” ¿Con incentivos? ¿Con privaciones? ¿Con coerción y uso de la fuerza? Cuando se llega a “mandar hacer” amenazando o usando la fuerza, entonces percibimos el poder político en su elemento más característico, de acuerdo con la definición clásica, que daba de él Max Weber: “el uso legal de la fuerza”. Pero ninguna sociedad puede simplemente reducirse y reconducirse, en su orden, a las órdenes que la gobiernan. Para explicar un orden social, hacen falta otros ingredientes, y entre ellos la autoridad. Y la autoridad explica, lo que el poder no explica.

Autoridad, como hemos dicho, es “poder aceptado, respetado, reconocido, legítimo”. La autoridad no manda, influye; y no pertenece a la esfera de la legalidad, sino a la de la legitimidad. Ya lo decían los romanos: la autoridad se basa en la “dignitas”. Y Jacques Maritain, el filósofo católico francés, lo resume en esta conclusión: “Denominaremos ‘autoridad’ al derecho de dirigir y de mandar, de ser escuchado (como también escribía Ignatieff en su obra “Fuego y cenizas”) y obedecido por los demás; y ‘poder’ la fuerza de que se dispone, y por medio de la cual, se puede obligar a los demás a escuchar o a obedecer… Por tener una parte de poder, la autoridad desciende hasta el orden físico; en cuanto autoridad, el poder se eleva hasta el orden moral”.
El ‘poder’ como tal, es un hecho de fuerza sostenido por sanciones, es una fuerza que se impone desde arriba. En cambio la ‘autoridad’, emerge de una investidura espontánea, y obtiene su fuerza del reconocimiento: es un “poder de prestigio”, que recibe de éste su legitimación y su eficacia. De lo que puede deducirse que una “buena democracia”, debe tender a transformar el poder en autoridad, y que el ideal de las fuerzas democráticas, debería ser el de reducir las “zonas de poder”, para sustituirlas por personas y organismos, dotados de autoridad.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de Mayo del 2017.