Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 19 de septiembre de 2019

MELANCOLÍA DEL FRACASO

En esta tendencia de hoy en día, a una recurrente melancolía de la rememoración de lo fracasado, y de una evocación, cada vez más evanescente, de los momentos de felicidad, el sentido histórico, me temo, corre el riesgo de atrofiarse y no percibir, en consecuencia, los progresos, por débiles que sean, que se vienen produciendo. Por supuesto, estos progresos generan sus propias regresiones, pero es en ellas justamente – apuntaba Jürgen Habermas – donde prende la acción política.
La crítica que Walter Benjamin hacía del progreso “vacío”, ya atacaba a un reformismo sin alegría, cuyo sensorio lleva ya demasiado tiempo embotado, como para poder seguir percibiendo la diferencia, entre las mejoras en la reproducción de la vida y una vida plena, o mejor, una vida que no resulte fallida. Pero esta crítica sólo sería radical, si lograra hacer visible esa diferencia, en el seno mismo de esas mejoras de la vida, que no deberíamos menospreciar. Esas mejoras, es cierto, no crean recuerdos nuevos, pero pueden disolver recuerdos viejos y malditos. Las negaciones lentas y graduales de la pobreza, e incluso de la opresión, hay que admitirlo, son negaciones que no dejan huella: alivian pero no llenan, pues sólo un alivio capaz de interiorizarse y rememorarse, constituiría una etapa preliminar de la plenitud. En vista de ello, nos encontramos hoy con dos posiciones llevadas al extremo: la “contrailustración”, apoyándose en antropologías pesimistas, pretende estar en conocimiento, de que las imágenes utópicas de la plenitud, son ficciones útiles para la vida de una criatura, finita, que nunca podrá transcender su simple vida, en la dirección de una vida buena. Por el contrario, la teoría dialéctica del progreso, se halla demasiado segura del pronóstico, de que el logro de la emancipación, significa también plenitud. La teoría benjaminiana de la experiencia, si pasara de ser simple cogulla, a núcleo del materialismo histórico, podría oponer a la primera posición a que nos hemos referido, una esperanza fundada, y a la segunda, una duda profiláctica.
Walter Benjamin
“Emancipación” significa en las sociedades complejas, una transformación participativa, de las estructuras administrativas de decisión ¿No podría algún día una humanidad emancipada, encararse consigo misma en los espacios ampliados de una formación discursiva de la voluntad y verse, sin embargo, desprovista de la luz en la que fuera capaz de interpretar su vida como una vida buena? La venganza de la cultura, explotada durante milenios para la legitimación del dominio, radicaría entonces, en el instante mismo de la superación de represiones ancestrales, en que ya no llevaría en su seno, sin duda alguna, ninguna violencia, pero tampoco ningún contenido. Y sin el aporte de esas energías semánticas, a las que se refiere la crítica salvadora de Benjamin, las estructuras del discurso práctico, implantadas al final con todas sus consecuencias, se revelarían desiertas.
Me refiero a que – en la óptica de Habermas – un concepto matizado de progreso abre una perspectiva que, lejos de acobardarnos, puede dotar de mejor puntería a la acción política. Pues en unas circunstancias históricas, que ya no nos permiten pensar racionalmente en la “Revolución”, y que nos sugieren expectativas, de largos y persistentes procesos de conmoción social, no nos queda otra que cambiar la idea de revolución, como proceso de formación de una nueva subjetividad. La hermenéutica conservadora-revolucionaria de Walter Benjamin, que descifra la historia de la cultura, desde el aspecto de ponerla a salvo para el momento mesiánico, puede indicarnos un camino.
Jürgen Habermas
Pero una teoría de la comunicación lingüística, que quiera integrar las ideas de Benjamin – al menos hasta donde yo alcanzo, que no es tanto – tendría que pensar de manera conjunta, dos párrafos de Benjamin. Me refiero a su afirmación, de que “existe una esfera de concierto humano, hasta tal punto exenta de todo dominio, que es enteramente inaccesible al poder; la esfera propiamente dicha del entendimiento, esto es, el lenguaje”. Y a una advertencia suya relacionada con lo anterior: “Pesimismo en todos los frentes por supuesto. Y sobre todo desconfianza, desconfianza contra todo entendimiento entre las clases, los pueblos y los individuos. Y eso sí, una ilimitada confianza en la IG Farben (Entre 1933 y 1945 la explotación de los obreros alemanes voluntarios, forzados o esclavos y el monopolio químico tenía un nombre: IG Farben. Después de la derrota alemana las potencias victoriosas acabaron con el trust. Así nacieron BASF, Hoechst o Bayer, pero IG Farben siguió existiendo hasta ayer) y en el pacífico perfeccionamiento de la Luftwaffe”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Agosto del 2019.


jueves, 21 de febrero de 2019

PERO NO HUBO UN TROTSKY

Después de leerme de una tacada “El naufragio” de Lola García, he vuelto a repasar rápidamente dos libros: “Diez días que sacudieron el mundo” y “¿Cuándo amanecerá Tovarich?”, y un magnífico artículo que tengo guardado de Lluis Bassets.
No soy jurista, pero con toda la información de que ya dispongo, me atrevo a declarar que, a mi juicio, no hubo insurrección en Cataluña. Ni insurrección ni golpe de Estado posmoderno. Nada que se asemeje a las condiciones que establecía para ello Curzio Malaparte, en su conocida “Técnica del golpe de Estado”.
Puede que Artur Mas, en sus últimos meses como President de la Generalitat, creara las condiciones previas para una insurrección, como Kerensky en la Rusia imperial. Sin un Mas, probablemente no hubiera habido un Puigdemont, que encaró el desenlace del Procés y la proclamación de la república. Pero faltó la voluntad y la técnica insurreccional, que no es cuestión únicamente de grandes manifestaciones, ni de huelgas generales, sino de la acción decidida de un pequeño grupo entrenado y preparado.
Según nos enseña la historia, el triunfo de la revolución rusa dependió de los dos o tres días de combate, de una tropa de choque preparada por Trotsky, para controlar primero las infraestructuras y las comunicaciones de Petersburgo, y después derrocar al gobierno. Quienes se encargaron de esta tarea fueron un millar de obreros, soldados y marineros, a las órdenes de Antonoff-Ovsienko, que posteriormente sería cónsul soviético en Barcelona durante la guerra incivil, y acabaría fusilado por Stalin al regresar a la URSS, al terminar su misión diplomática ante la Generalitat.
Dicha tropa de choque estuvo entrenándose diez días sin armas, en lo que Malaparte llama “maniobras invisibles”, especialmente dedicadas a preparar el control de las estaciones de ferrocarril. Nada parece que hubiera sucedido, las cosas no se hubieran decantado a favor de los revolucionarios, como nada definitivo ha sucedido en Cataluña, de no mediar la fulminante acción insurreccional de los hombres de Trotsky.
No hay insurrección ni golpe de Estado sin el control del territorio, de las infraestructuras y de los edificios donde se ubican las instituciones (en Barcelona, ni siquiera se arrió la bandera de España en el Palau de la Generalitat). Y esto no es posible sin la acción preparada y decidida de una pequeña fuerza de choque, una vanguardia, dispuesta a enfrentarse y a vencer a las fuerzas de orden público y al ejército, a las órdenes del gobierno establecido al que hay que derrocar.
Parece que los independentistas esperaban que la violencia la pusiera el Estado, y las victimas y la sangre parte de los ciudadanos catalanes. Y me cuesta escribir algo así, pues me parece inhumano y cínico, que alguien pueda incluso sólo pensar, en una estrategia tal. Pero hay muchos indicios de que así se esperaba ganar la partida, especialmente ante la opinión pública internacional, que se quedaría pasmada ante la brillante estrategia pacífica, de los “revolucionarios” catalanes.
Todo muy ingenuo. No había un Trotsky y había que fiarlo todo a la reacción del Estado. Las “vanguardias revolucionarias” se fueron de fin de semana, y algunos después al extranjero. Se esfumaron muchos de los dirigentes, tan valientes ellos a la hora de hablar y hacer discursos. Y no, no fue una revolución fracasada, sino el ensueño de una revolución que nunca tuvo lugar, fuera de la verborrea de muchos medios de comunicación, y de las redes sociales. Nos costaría mucho creer, si no lo hubiéramos vivido, que nuestra revolución de octubre, de la que debía nacer la república catalana independiente, se disolvió en la inanidad de una simple proclamación, que todavía no se sabe con certeza que significaba.
Hubo deseos de insurrección, eso parece claro, pero nada hubo que se asemejara, a lo que es propiamente una insurrección. Hubo voluntad de golpe de Estado, seguramente, pero sin fuerza ni voluntad para culminarlo.
Al final no hubo violencia, o como mucho en dosis muy controladas, incluido el 1-O. En ningún momento pareció que se pudiera hurtar el control del territorio y de las infraestructuras al Estado. En todos los movimientos exaltados hay muchas cabezas calientes, y nunca se puede descartar que alguna sí, tenga la pretensión de culminar la marcha hacia ninguna parte. Pero leyendo los libros, análisis e informes de esos meses, más parece que las cabezas de todos los dirigentes, por lo que estuvieron preocupadas de verdad, fue por su patrimonio y su futuro personal.
Hay muchas cosas más que deberían haber sabido los dirigentes independentistas, respecto a los “momentos” insurreccionales. Primera, como el marxismo-leninismo nos enseña, y la experiencia de todas las revoluciones ha confirmado, para que estalle y triunfe la revolución, deben existir los factores objetivos y subjetivos requeridos. Segunda, el Estado contra el que te rebelas, debe de estar muy desprestigiado y en descomposición. Tercera, las fuerzas armadas no deben ya estar monolíticamente, a las órdenes de las autoridades establecidas. Y como resumen, ser conscientes de que a día de hoy, las revoluciones no derrocan las instituciones, sino que es la degradación de las instituciones, la que lleva a la revolución.
Como sucede con tanta frecuencia, las ilusiones nublaron la racionalidad. No se valoró la capacidad de resistencia y actuación del Estado. Se sobrestimó en sumo grado, la potencial protesta y apoyo de Europa. “La revolución de las sonrisas”, como a veces han denominado los independentistas al “procés”, no era suficiente para desafiar al poder estatal.
La dicotomía entre una pulsión revolucionaria y otra aburguesada, que se ha venido produciendo en todo este proceso, viene de lejos, y los catalanes no aprenden. Como escribía Agustí Calvet” “Gaziel”, en el artículo titulado “Un buen consejo”, publicado en La Vanguardia el ¡16 de junio de 1934!, y recogido en el libro “Tot s’ha perdut”:
“El catalanismo de antaño había abusado de la táctica del ‘tot o res, si no ens ho donen, ens ho prendrem’, y otras bravatas parecidas, tal como la de un posible alzamiento de Cataluña… Entonces el catalanismo no lo sentían más que clases medias y conservadoras… ¿Cómo iban ellas a jugarse el todo por el todo, y hacerse romper la crisma?”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Febrero del 2019


jueves, 7 de febrero de 2019

REVOLUCIÓN

Se acaba de publicar la traducción al castellano de “La libertad de ser libres”, de la gran pensadora y uno de mis referentes intelectuales, Hannah Arendt.
En la obra analiza el término del vocabulario político, “Revolución”. El vocablo, con independencia de cuando y por qué apareciera, el fenómeno a que alude, tiene la misma edad que la memoria humana.
Antes de que se produjeran las dos grandes revoluciones del siglo XVIII (la americana y la francesa) y antes de que adquiriera el sentido específico que hoy tiene, la palabra Revolución, apenas ocupaba un lugar destacado en el vocabulario del pensamiento o la práctica políticos. El término en el siglo XVII, aún se refería a su significado original astronómico, al movimiento eterno y recurrente de los cuerpos celestes; el uso político era metafórico y describía el retorno a un punto preestablecido, por tanto un movimiento, el regreso a un orden predeterminado. La palabra se utilizó por primera vez en 1660 en Inglaterra, con ocasión del restablecimiento de la monarquía, tras el derrocamiento del Parlamento Remanente (“Rump Parliament”). Pero incluso la Revolución Gloriosa, el acontecimiento gracias al cual el término supo encontrar su sitio, de forma harto paradójica, en el lenguaje histórico político, no fue concebida como una revolución, sino como la restauración del poder monárquico.
El hecho de que la palabra “revolución”, significara originariamente restauración, es más que una mera curiosidad semántica. Ni siquiera las revoluciones del siglo XVIII (antes mencionadas) pueden entenderse sin advertir que estallaban ante todo, con la restauración como objetivo, y que el contenido de dicha restauración era la libertad. En el transcurso de ambas revoluciones (la americana y la francesa), cuando sus actores adquirieron consciencia, de que se habían embarcado en una empresa completamente nueva, y no en el regreso a una situación anterior, fue cuando la palabra “revolución” adquirió, por consiguiente, su nuevo significado. Fue Thomas Paine quien, todavía fiel al espíritu pretérito, propuso con toda seriedad, llamar “contrarrevoluciones” tanto a la revolución estadounidense como a la francesa. De esa manera pretendía librar a aquellos acontecimientos tan extraordinarios, de la sospecha de que con ellos se había dado vida a unos comienzos completamente nuevos.
Nada de lo sucedido en el curso de las mencionadas revoluciones, resulta tan notable y tan sorprendente, como el enfático hincapié hecho en la novedad de las mismas, la insistencia en que nunca se había producido hasta entonces, nada comparable por su significación y su grandeza. La cuestión crucial, a la par que compleja, es que el enorme “pathos” de la nueva era, el “Novus Ordo Seclorum”, salió adelante sólo cuando los actores de la revolución, en buena parte en contra de su voluntad, llegaron a un punto de no retorno.
Así lo sucedido a finales del XVIII, fue en realidad un intento de restauración y recuperación de antiguos derechos y privilegios, que acabó justo en lo contrario: en el desarrollo progresivo y la apertura de un futuro, que desafiaba cualquier intento posterior de actuar o de pensar, en términos de movimiento circular o giratorio. Y mientras que la palabra “revolución”, se transformó radicalmente en el proceso revolucionario, ocurrió algo similar, pero infinitamente más complejo, con la palabra “libertad”. Mientras que con ella no se pretendía indicar, nada más que la libertad “restaurada”, seguiría refiriéndose a los derechos y libertades que hoy asociamos con el gobierno constitucional, los que propiamente se llaman derechos civiles. Y entre estos, por cierto, no se incluía el derecho político a participar en los asuntos públicos. Lo revolucionario no era la proclama de “vida, libertad y propiedad”, sino la idea de que se trataba de derechos inalienables de todos los seres humanos, al margen de donde vivieran, o del tipo de Gobierno que tuvieran. E incluso en esa nueva y revolucionaria extensión a toda la humanidad, la libertad no significaba más que la autonomía, frente a todo impedimento injustificable, es decir, algo en esencia negativo.
Ninguna revolución, independientemente de lo que se haya abierto a las masas y a los oprimidos, se ha iniciado nunca por ellos. Y ninguna revolución ha sido tampoco obra de conspiraciones, de sociedades secretas, o de partidos abiertamente revolucionarios, afirma Arendt.
Hablando en términos generales, ninguna revolución es posible, allí donde la autoridad del Estado se halla intacta, lo que, en las condiciones actuales, significa allí donde cabe confiar en que las Fuerzas Armadas, obedezcan a las autoridades civiles. Las revoluciones no son la causa, sino la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política (este es un punto que, pienso, deberían memorizar los independentistas más entusiastas). Si se permite que se desarrollen sin control procesos desintegradores, durante un periodo prolongado, pueden producirse revoluciones, pero a condición de que haya un número suficiente de gente, preparada para el colapso del régimen existente, y para tomar el poder al precio que sea.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Enero del 2019




martes, 12 de diciembre de 2017

DESGANA DE CULTURA

Desde hace un par de meses, los medios nos bombardean con noticias sobre manifestaciones más o menos numerosas, de este bando o el de más allá. Cuando escribo estas líneas, me desbordan ya las noticias sobre la penúltima en Bruselas.
Todo ello me ha llevado a recordar, que yo he participado en muchas en mis 75 años: como universitario, como político, como simple ciudadano. Y debo confesar que en muchas de ellas participé del sentimiento arrebatador, de cierta embriaguez como mágica, de un ambiente cautivador a los que era difícil sustraerse.
Hoy con la distancia y con la edad, debo confesar que contemplo esas exaltaciones multitudinarias, con cierto escepticismo. Momentos de grandes emociones, de los cuales ha sido expulsada la razón. Creo que entiendo los motivos, por los cuales tantos se encuentran a gusto entre una multitud enfervorizada. Los que participan, experimentan el placer de pertenecer a un “todo” poderoso. Durante un par de horas las diferencias de posición, lengua, raza y religión, parecen borradas en el torrencial sentimiento de fraternidad. Todos los manifestantes experimentan una intensificación de su yo. Ya no son los seres aislados de hace unos minutos. Ahora se sienten parte de una masa, son pueblo. Y su yo, que de ordinario pasaba inadvertido, adquiere un sentido. A todos ellos, de repente, se les abre en sus vidas otra posibilidad, más romántica: pueden llegar a ser héroes. Y aceptan con entusiasmo, la fuerza desconocida que los eleva por encima de la vida cotidiana.
Pero tal vez, intervine también en esa embriaguez una fuerza más profunda, misteriosa, y para mí, hoy, más preocupante. Esas marejadas irrumpen tan de repente y con tanta fuerza que, desbordando la superficie, sacan a flor de piel los impulsos y los instintos más primitivos e inconscientes, de la “bestia” que todos llevamos siempre dentro. Stefan Zweig, en su maravilloso y nostálgico libro “El mundo de ayer”, nos recuerda que Freud llamó a todo eso: “desgana de cultura”, el deseo de evadirse de las leyes y las cláusulas del mundo burgués, y liberar los viejos instintos de sangre. Quizá esas fuerzas oscuras, también tengan algo que ver con la frenética embriaguez en la que todo se mezcla, espíritu de aventura, de sacrificio, pura credulidad, la vieja magia de las banderas y los discursos patrióticos… La inquietante embriaguez de miles de seres, muy difícil, sí, de describir con palabras, que en el pasado dio un impulso arrebatador, a los mayores crímenes que se han cometido en Europa.
Puede que haya sido Zweig el que, mejor que otros, nos descubrió el auténtico adversario contra el que hay que luchar incansablemente: el falso heroísmo que prefiere enviar al sufrimiento primero a los demás; el optimismo barato de profetas sin conciencia que, prometiendo sin escrúpulos la victoria, prolongan el padecimiento. Todos esos “charlatanes de la guerra”, como los estigmatizó Franz Werfel, el novelista, dramaturgo y poeta austro-checo.
Hoy me horrorizan las multitudes acríticas, que desfilan tras un pensamiento único. Eso que Raymond Carr nos recuerda, se ha dado en llamar “la democracia de la plaza pública”, el apoyo de las masas de público, en la que se han parapetado tantos dictadores. Franco declaró, una y otra vez, que la aclamación “espontánea” de las multitudes organizadas, legitimaba su gobierno. En medio de esas masas, el que expone una duda, está entorpeciendo la actividad política del todo. Al que advierte, lo escarnecen llamándole pesimista. Al que disiente, lo tildan de traidor. Esos falso profetas que los dirigen son la pandilla de siempre, eterna a lo largo de los tiempos, que llaman cobardes a los prudentes, débiles a los humanitarios. Y que luego no saben que hacer, desconcertados, en la hora de la catástrofe, que ellos mismos, irreflexivamente, han provocado. La misma pandilla que se burló de Casandra en Troya.
Jamás he creído en las revoluciones, unos días de fuego contra años de cenizas. Y siempre he estado convencido de que una victoria a cualquier precio, aunque se consiguiera a costa de enormes sacrificios, nunca justificaría a las víctimas. Pero los que preconizamos la razón frente a las emociones, la serenidad contra las exaltaciones, aún en tiempos turbulentos, siempre tenemos la sensación de estar bastante solos. Y los que advertimos por encima de los confusos alaridos de victoria, antes del primer disparo, y el reparto del botín antes de la primera batalla, a menudo llegamos a dudar, de si no seremos nosotros los locos en medio de tantos cuerdos o, mejor dicho, los únicos espantosamente despiertos, en el sueño general de la embriaguez.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Diciembre del 2017.


lunes, 13 de noviembre de 2017

EL TRAJE NUEVO DEL PRESIDENTE MAO

Hace 50 años – escribía no hace mucho David Trueba – los jóvenes e intelectuales que lograban evadirse de países bajo la disciplina soviética, algunos incluso recién invadidos por los tanques del Pacto de Varsovia, se quedaban perplejos ante la dramática confusión en parte de la izquierda europea. Recuerdo que yo tuve ocasión – cuando aún era universitario - de hablar con dos checos que se habían refugiado en París, con motivo de una recepción en la embajada francesa. Al llegar a los paraísos soñados de occidente, París por ejemplo en este caso, estos expatriados se topaban con que los jóvenes universitarios de su edad en los países libres, se mostraban fascinados por las mismas dictaduras de las que ellos huían. Estos jóvenes universitarios europeos, españoles incluidos, una vez admitidos con pesar, los crímenes y las persecuciones del estalinismo, dieron una gran zancada hacia delante, y consagraron a Mao como el timonel de sus revueltas caseras.
Recuerdo que un día, estando estudiando en la biblioteca de la Facultad de Económicas, un PNN (así se denominaba entonces a los profesores noveles) a quien conocía un poco, me dijo que la biblioteca debía ser arrasada, y me lo dijo con cierta pedantería en francés: “Du passé faisons table rase”. Su lógica era que en realidad el pasado, es un impedimento para la innovación sin límites. Como sabemos, mi conocido maoísta y sus amigos, nunca quemaron la biblioteca. A diferencia de sus homólogos alemanes e italianos, los extremistas estudiantiles españoles, no pasaron nunca de la teoría revolucionaria a la práctica violenta. Podríamos especular porqué fue así. Seguramente porque los aparatos represivos de la dictadura, tenían más manga ancha que los de las democracias europeas. Pero siempre he pensado que la mayoría de los estudiantes enragés, de procedencia burguesa, tenían en el fondo muy presente, todo el futuro que podían perder, si ponían el mundo boca abajo. Además, y aún siendo también un joven rebelde “ma non troppo”, nada me parecía ser suficientemente serio. Incluso entonces me resultaba difícil creer, aquello que decían los estudiantes franceses en Mayo del 68, que debajo de los adoquines estuviera la playa (“sous les pavés, la plage”) quizá porque en Madrid ya no había adoquines. Ni mucho menos que una comunidad de estudiantes, obsesionados con sus planes de viaje para el verano, pudieran llevar a efecto una auténtica revolución. Al final, como nos cuenta la historia, fue en Praga y en Varsovia, en aquellos meses del verano del 68, donde el marxismo terminó consigo mismo. Fueron los estudiantes rebeldes de la Europa central quienes acabaron por minar, desacreditar y derrocar, no sólo un par de deteriorados regímenes comunistas, sino también la idea misma del comunismo.
Simon Leys
Estos días Ediciones El Salmón, ha publicado el libro de Simón Leys “El traje nuevo del presidente Mao”. De haberlo leído en su día – escribe Muñoz Molina – me habría ayudado a corregir algunas de las mentiras y tonterías, que di por verdades en mi juventud, y a ver cosas que hubiera debido ver hace tiempo. También a mi me hubiera sido útil leerlo en mis días universitarios, al menos para acumular argumentos a favor de mi antimaoismo, tan impopular entonces. Hoy en día pude parecer inverosímil, el prestigio casi universal que disfrutaba en la izquierda, la figura de Mao Zedong.
Pero en los años sesenta y setenta en la universidad Complutense en Madrid, los poemas de Mao y el Libro Rojo circulaban en ediciones legales, y había quien los citaba con reverencia, arrodillados ante ellos como otros ante las Sagradas Escrituras. Hasta se leía – nos ha recordado Muñoz Molina – un libro de pura propaganda, firmado nada menos que por Baltasar Porcel, futuro cortesano de Jordi Pujol, y titulado “China, una revolución en pie”. A simple vista parecía que todo dios fuera maoísta. El tono intelectual de la época lo resumió Sartre con su proverbial “sutileza”: “Todo anticomunista es un perro”. En una ambiente así, la publicación por Tusquets en 1976 de “El traje nuevo del presidente Mao” fue un escándalo. La agresividad extrema que se desató contra Leys fue increíble, aunque él no llegó a arredrarse.
Como he dicho, en mis días universitarios me hubiera venido muy bien leer a Simon Leys. No lo hice. Me pasó desapercibido, ahogado por la cultura española del antifranquismo, muy refractaria a cualquier visión crítica de los sistemas comunistas y, por consiguiente, muy mezquinamente hostil a los testimonios de sus víctimas. Leys fue uno de los espíritus de verdad libres del siglo pasado, de la estirpe de Orwell, de Camus, de Cioran, de Milosz… un “raro” que combinó lo más erudito de la filología clásica china, con el amor por la navegación en velero, y la heterodoxia política con la novela. A diferencia de casi todos los intelectuales de su época, Leys conocía con detalle la actualidad china, la historia del país, el idioma, y leía a diario en Hong Kong, los periódicos y los libros que llegaban de China; hablaba con desterrados y fugitivos, y había visto los cadáveres de fusilados, con las manos atadas a la espalda, que bajaban a centenares por el río Amarillo y aparecían en las playas de Hong Kong. La Revolución Cultural, explicaba Leys, no había sido una efervescencia de rebelión popular y libertad, sino una calamidad desatada por Mao, con el propósito de librarse del círculo de antiguos leales, que lo habían apartado del poder efectivo.
Mao Zedong
Simon Leys murió hace ahora tres años. Sus opiniones heréticas de 1971, han sido confirmadas por el trabajo de los historiadores, y por un catálogo innumerable de relatos de testigos y supervivientes, de aquellos tiempos de horror y destrucción. Ahora el libro de Leys lo edita y traduce de nuevo una editorial joven Ediciones El Salmón, con un prólogo de Jean-Bernard Maugiron, que sitúa la obra en el contexto de su tiempo, y la vida de su autor. Ninguna época – nos recuerda Muñoz Molina – está a salvo de la tontería ni del oscurantismo. En la nuestra parece que vuelven a cobrar un prestigio sorprendente, las terribles abstracciones colectivistas de pueblos elegidos y líderes salvadores. Espíritus libres como Simon Leys, hacen tanta falta ahora como en los setenta.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Octubre del 2017.


miércoles, 21 de junio de 2017

PROLEGÓMENOS DE LA TRANSICIÓN

Ahora que celebramos los 40 años de Democracia y de la Transición, me gustaría rememorar, como fueron, al menos como los viví yo, los prolegómenos de la misma.
Me es imposible recordar cuando escuché por primera vez la palabra “Democracia”. Nací en una familia demócrata a carta cabal, y debí escuchar el vocablo prácticamente en mi alumbramiento, junto a otros como libertad, respeto, educación, leer…
Cuando accedí a la universidad en 1963, “Democracia” se repetía insistentemente a todas horas y en todos lo círculos. Pero el sentido que a la misma se le daba, era equívoco e incluso contradictorio, en boca de según quien. Para unos democracia era algo burgués y por tanto rechazable: democracia “formal”, “burguesa”. Para otros democracia equivalía a democracia radical que, a su vez, se confundía con revolución democrática. Sólo para unos pocos, muy mal vistos entonces, democracia significaba la sumisión voluntaria, a las reglas del juego de la representación parlamentaria, pues asumíamos la negociación política, como expresión legítima de la opinión de la ciudadanía, concienciada o no concienciada, alienada o no alienada.
Como recordaba muy bien Jordi Gracia en El País: La convencida ilusión revolucionaria, que fraguó entre las juventudes universitarias más politizadas desde los años sesenta, no dio el menor crédito a la democracia como sistema de pactos, contrapesos y transacciones, pues eso era claudicación socialdemócrata y pequeño burguesa, como mínimo.
Y no, no me fue cómodo ser un asqueroso socialdemócrata pequeño burgués, durante mis cinco años en la Complutense. El ideal hegemónico allí era otro, porque la revolución, como el poder y la autoridad, no se pacta ni se negocia, se impone. La revolución se venía a entender como un despotismo ilustrado: para el pueblo, pero sin el pueblo. El “sueño” era cual moneda de una sola cara, no había lugar para más. La revolución tenía que acabar con el franquismo, incluso con el que se titulaba reformista, pero también – y me temo que esencialmente – con las formaciones que denominaban “burguesas” o “pequeño burguesas”, tan dispuestas a plegarse al teatro de una democracia parlamentaria a la europea.
Me supo mal, de verdad, por muchos de mis amigos que andaban mecidos en aquel sueño. La Transición la vivieron como una despiadada traición a su juventud revolucionaria que, con la literatura, la ideología, el ideario libertario, el comunismo soviético, el trotskismo, el maoísmo y la contracultura toda, había pergeñado un detallado programa de futuro, sin contar con una población que ni sabía quienes eran Rimbaud, Lautramont ni Allen Ginsberg. Y aquella población real, cuantificable, votó a Adolfo Suárez, ignorando los ensueños de la marihuana y del “caballo” letal.
El fracaso fue estrepitoso para las “vanguardias”, porque la población de aquella democracia en construcción, no soñó con revolución alguna, ni se prendó de sus condiciones despóticas. Pero sí aquella precaria democracia de los “pequeños burgueses” y los cerdos socialdemócratas, arrasó con el sistema legal del franquismo, y fundó otro de nuevo cuño: a partir de 1978 llevó a cabo una auténtica ruptura democrática. El despiste de aquella revolucionaria contracultura, fue entonces descomunal, porque la revolución era ya sólo una fantasía derrotada, un objetivo ya no viable con las cifras electorales en las manos. Fue entonces, como cuenta Jordi Herralde en El País Semanal, cuando los lectores de la “revolucionaría” Anagrama abandonaron la editorial, diez años después de su fundación. “De golpe y porrazo buena parte de aquellos lectores inquietos, que se interesaban por todo, dejaron de leer no sólo textos políticos, sino también de pensamiento, de teoría, lo cual provocó la desaparición de la totalidad de las revistas políticas, y el colapso de la mayoría de las editoriales progresistas”.
Y ¡al loro! los menos avisados: Podemos no tiene nada que ver con la revolución enterrada, que algunos soñaban en los setenta: para ellos, al menos en su imaginario, la revolución lo era de verdad, porque quería cambiarlo todo. Podemos carece de aquel “élan” revolucionario: discute, amaga, recela, engaña, traiciona, teatraliza… como las demás fuerzas “pequeño burguesas”.
Pero para muchos, entre los que me cuento, para la gran mayoría de la población, sí fue una gran noticia que triunfara la ruptura pactada – como la denominó Carrillo – por encima de la soñada revolución. El “demos” no era revolucionario, como apunta Gracia, o más bien fue democrático en el sentido en que lo eran, lo son, las democracias realmente existentes en la Europa de aquel tiempo. Y sí, la democracia es imperfecta y, además, no es nunca ni pura ni inmaculada. Lo malo fue que la fantasía de la pureza siguió viva y, por ende, la frustración también. Muchos de aquello jóvenes, hoy ya adultos y hasta muy mayores, no renunciaron a que la literatura y la vida siguieran siendo lo mismo: un ensueño fascinante y adictivo. Pero al que personalmente, no le veo ejemplaridad alguna.
Lo que no podemos remediar, es el trágico error que anidaba en los sueños líricos e ideológicos, de los que soñaba con la revolución. A ellos sin duda la Transición los traicionó. Pero los que la llevaron a buen puerto no se equivocaron. Sólo quien mida el éxito de la Transición desde el romanticismo revolucionario, puede afirmar que fue un fracaso. No es mi caso.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Junio del 2017.




martes, 30 de mayo de 2017

UTOPÍA

El otro día, en respuesta a “La desilusión de los ilusos”, que publiqué en facebook, un amigo me contestaba: “Pues yo quiero seguir soñando con la utopía”. Me parece bien, pensar y soñar son las únicas cosas que nunca logró erradicar, ni la más sanguinaria de las dictaduras. Y si no soñáramos con algo mejor, jamás daríamos el siguiente paso: trabajar por ello. Y aún viviríamos en las cavernas. Pero ilusionarse sólo por una utopía (“proyecto, deseo o plan ideal, atrayente y beneficioso, generalmente para la comunidad, que es muy improbable que suceda o que en el momento de su formulación es irrealizable”) y no por algo más alcanzable, me parece andar un camino, que termina muy pronto en la desilusión y la frustración.
Escribía Ortega en “La doctrina del punto de vista”: “Todo conocimiento lo es desde un punto de vista determinado. La ‘species aeternitatis’ de Spinoza, el punto de vista ubicuo, absoluto, no existe propiamente: es un punto de vista ficticio y abstracto. No dudamos de se utilidad instrumental, para ciertos menesteres del conocimiento; pero es preciso no olvidar, que desde él no se ve lo real. El punto de vista abstracto, sólo proporciona abstracciones”.
El error inveterado, me parece, consiste en suponer que la realidad tiene por sí misma, e independientemente del punto de vista que sobre ella se tome, una fisonomía propia. Pero es el caso que la realidad, igual que un paisaje, tiene infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y auténticas. La sola perspectiva falsa, es esa que pretende ser la única. Dicho de otra manera: “lo falso es la utopía, la verdad no localizada, vista desde “lugar ninguno” (Ortega). Y una idea forjada, sin otra intención que hacerla perfecta como idea, cualquiera que sea su incongruencia con la realidad, es precisamente lo que comúnmente llamamos “utopía”.
A lo largo de la historia, cada revolución se ha propuesto la vana quimera, de realizar una utopía más o menos completa. El intento, inexorablemente, ha fracasado. Y el fracaso suscita el fenómeno gemelo y antitético de toda revolución: la contrarrevolución. Interesante sería, en otro momento, mostrar históricamente como ésta (la contrarrevolución) no es menos utopista que su hermana antagónica, aún cuando es menos sugestiva, generosa e inteligente. El entusiasmo por la razón pura no se siente vencido y vuele a la lid. Otra revolución estalla, con otra utopía bordada en sus pendones, modificación de la anterior. Nuevo fracaso, nueva reacción; y así, sucesivamente, hasta que la conciencia social comienza a sospechar, que la falta de éxito no es debida a la intriga de sus enemigos, sino a la contradicción misma del propósito.
El programa utópico acaba revelando su interno formalismo, su pobreza, su sequedad, en comparación con el raudal jugoso y esplendido de la vida. A la política de meras ideas, sucede una política de cosas y de hombres. Se acaba por descubrir que no es la vida para la idea, sino la idea, la norma para la vida. O como nos recuerda Ortega que dice el Evangelio: “el sábado por causa del hombre es hecho, no el hombre por causa del sábado”.
Sobre todo – y éste es, me parece, un síntoma muy importante – la política toda pierde su presión, desaparece del primer plano de las preocupaciones humanas, y queda convertida en un simple menester, como otros tantos que son ineludibles, sí, pero no atraen el entusiasmo, ni se sobrecargan de un patetismo solemne y casi religioso.
Cuando llega el ocaso de las revoluciones, a la gente le parece este fervor de las generaciones anteriores, una evidente aberración de la perspectiva emocional, sentimental. La política no es cosa que pueda ser exaltada, a tan alto rango de esperanzas y respetos. El alma racionalista – nos recuerda Ortega – la ha sacado de quicio, esperando demasiado de ella. Cuando este pensamiento comienza a generalizarse, concluye la era de las revoluciones. Al alma revolucionaria, conocemos por la historia, no ha sucedido nunca un alma reaccionaria, sino, más bien, un alma desilusionada. Es la inevitable consecuencia psicológica, que dejan los espléndidos siglos idealistas, racionalistas; centurias de dilapidación orgánica, borrachas de confianza, de seguridad en sí mismas, grandes bebedoras de utopía e ilusión.
José Ortega y Gasset
La misma tendencia que en su forma positiva, conduce al perspectivismo, en su forma negativa, significa hostilidad al utopismo. La concepción utópica, es la que se crea desde “ningún sitio”, y que, sin embargo, pretende valer para todos. Querer ver algo, y no querer verlo desde un preciso lugar, es un absurdo. La propensión utópica, sí, ha dominado la mente europea durante toda la época moderna: en ciencia, en moral, en religión, en arte… Ha sido menester todo el contrapeso del enorme afán de dominar lo real – específico del europeo – para que la civilización occidental, no haya concluido en un gigantesco fracaso. Porque lo más grave del utopismo, no es que dé soluciones falsas a los problemas – científicos o políticos – sino algo peor: es que no acepta el problema – lo real – según se presenta; antes bien y “a priori”, le impone una caprichosa forma.
La desviación utopista de la inteligencia humana comienza en Grecia, y se reproduce dondequiera llegue a exacerbación el racionalismo. La razón pura construye un mundo ejemplar, con la creencia de que él es la verdadera realidad y, por tanto, debe suplantar a la efectiva. La divergencia entre las cosas y las ideas puras es tal, que no puede evitarse el conflicto. Pero el auténtico racionalista no duda de que en él – en el conflicto – le corresponde ceder a lo real. Y esta convicción – opina Ortega – es la característica del temperamento racionalista.
Claro es que la realidad posee dureza sobrada, para resistir los embates de las ideas. Entonces el racionalismo busca una salida: reconoce que, “por el momento”, la idea no se puede realizar, pero que lo logrará en “un proceso infinito” (Leibnitz, Kant…). El utopismo toma la forma de “ucronismo”, ese pecado que consiste en cegarse, no a esta o aquella realidad histórica, sino a cualquier realidad histórica, consiste en pensar, en el fondo de uno mismo, que es Adán y que el mundo es nuevo, y que no ha habido nada, que no existe nada, que ahora toda va a crearse de golpe y de una vez.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Mayo del 2017.


martes, 8 de noviembre de 2016

UN LARGO SÁBADO

Como antídoto contra la subida de mi tensión, ante los acontecimientos políticos, peligrosa para mi doliente corazón, me refugio en la lectura de Steiner.
Lo último que he leído de Steiner es: “Un largo sábado”. Me llamaba la atención el título. Y además creía recordar que esa enigmática frase, ya se la había leído en “Presencias reales”. De manera que no pude sino comprarme el librito, una serie de entrevistas con la gran periodista francesa Laura Adler (autora de la gran biografía de Hannah Arendt) para desentrañar el misterio de la frase mencionada.
Contesta Steiner a Adler: “He tomado del Nuevo Testamento, el esquema viernes-sábado-domingo. Es decir: La muerte de Cristo el viernes, con la noche que se cierne sobre la Tierra, el velo del templo rasgado; y luego la incertidumbre, que ha debido de ser – para los creyentes – algo tremendo: la incertidumbre del sábado en el que no sucede nada, en el que nada se mueve; y luego la resurrección del domingo. Es un esquema de una fuerza sugestiva ilimitada. Vivimos la catástrofe, la tortura, la angustia, luego esperamos, y para muchos el sábado no acabará nunca. El mesías no vendrá y el sábado continuará”.
He pensado muy a menudo, sin saberlo, en ¿cómo vivir ese sábado? En como soportan algunos la espera de la “revolución”, a partir de los horrores del viernes, con la “toma del palacio de invierno” el domingo. Para el mesianismo marxista, para el comunista utópico, ese sábado tendrá un final: se instaurará el reino de la justicia en la tierra. Los extremistas de izquierda llevan prediciendo “el asalto de los cielos” desde hace un par de siglos, apostillando: “Debemos ser pacientes”. El judío tiene la creencia de que el mesías acabará llegando. Para el positivista o el científico, el final del sábado podría ser cualquier avance científico, por ejemplo, la cura contra el cáncer. Para otros, el final del sábado será la erradicación del hambre, que haya suficientes alimentos para todos los niños del planeta; lo que, por cierto, ya está a nuestro alcance, desde el punto de vista tecnológico. Pero falta, vaya por dios, la voluntad política.
Y es que ese sábado de lo desconocido, de la espera sin garantías, es, ni más ni menos, el sábado de nuestra historia. Y eso sí lo sé por mis estudios. En ese sábado – añade Steiner – hay una mecánica a la vez de desesperación y de esperanza. La desesperación y la esperanza, son dos caras de la misma moneda de la condición humana.
A todos, me parece, nos cuesta mucho imaginar el domingo. Sólo los que hemos experimentado la alegría del amor auténtico, hemos conocido esos domingos, esos momentos de epifanía. Ha habido momentos de esos, también en la política, como esa noche de Mayo del 68 (la recuerdo como si fuera ayer) en la Plaza de la Bastilla, cuando los estudiantes, muchos de ellos árabes, gritaron ante Cohn-Bendit: “Todos somos judíos alemanes”. Fue uno de esos momentos de epifanía, de domingo, que parecía iba a cambiarlo todo. No fue así evidentemente, no nos movimos del sábado. Pero eso no quiere decir, que no haya válido la pena vivir aquellos momentos.
Si nos mantenemos estáticos, sin dar un palo al agua, pasivos sin intentar algún avance, alguna positiva reforma, esperando el domingo, tal vez a alguno le pase por la cabeza la idea del suicidio. Y es que el suicidio es algo totalmente lógico. Nos demuestra la historia, que ha habido hombres y mujeres que han preferido el suicidio a la corrupción – y no me refiero ahora a la económica – a la traición a sus sueños, a sus creencias, a sus valores, a sus ideales políticos. Es bien sabido que ha habido ¿hay? grandes artistas y grandes pensadores, que han preferido dejar con antelación una vida que consideraban sucia, impura, corrupta.
Los que eligen el suicidio – explica Steiner - son los que dicen: “No habrá ningún domingo. No lo habrá para nosotros, ni para nuestra sociedad”. Aunque, por otra parte, contrariamente, está lo que el gran filósofo marxista Ernst Bloch, ha llamado el “principio esperanza”, la dinámica de la continuidad de la vida. Para un gran número de seres humanos, desgraciadamente, hace falta mucho valor para despertarse cada mañana y enfrentarse a la vida. Es ese valor cívico, diario, aparentemente poco heroico, persistente, del que me hablaba mi padre, frente al valor militar, en la batalla, momentáneo, producto de un arrebato, de una borrachera de pólvora, dolor, nervios y entusiasmo, velozmente perecedero. Como escribió Montaigne en sus "Ensayos": El mérito y la valía de un hombre radican en el ánimo y la voluntad; ahí es donde reside su verdadero honor; la valentía es la firmeza no de sus piernas y sus brazos, sino del ánimo y del alma... El papel propio de la verdadera victoria es la lucha, no la salvación; y el honor de la virtud radica en combatir, no en vencer".  O como diría Julián Barnes, el gran escritor británico: “Es más fácil ser un héroe, lo difícil es ser cobarde. Para ser un héroe sólo tienes que serlo una vez, cobarde debes serlo cada día”. Digamos que se necesita mucho valor para ser cobarde.
Por lo que a mí respecta, como a Steiner, hoy en día, quizá debido a mi edad, hay muchos momentos en los que dudo en encender la tele, o leer la prensa, escrita o digital. Porque con mucha frecuencia las noticias, me resultan totalmente insoportables física, moral y mentalmente. Pero hay que seguir; “somos los invitados de la vida” como diría Heidegger (nos encontramos “geworfen” dijo en alemán, “arrojados en la vida”) y hay que seguir luchando, para intentar que las cosas mejoren un poco. Hacerlo mejor.
Sobre Hegel y este tema escribió Ortega: “Para Hegel lo histórico es, en un sentido muy esencial, lo pasado. Termina en el presente, cuya constitución es ya de carácter definitivo, inmutable, y no puede pasar (el “Largo sábado” de Steiner, añado yo). Prisionero de su propia perfección, hieratizado en ella, se condena el presente a una perdurabilidad que a mí me parecería desesperante. La etapa actual de la historia sería, por fin, la meta lograda, el lugar apetecido, en busca del cual todo el pretérito se afanó, se movió y, por lo mismo, pasó. Si yo estuviera convencido de esta idea hegeliana, y me sintiese adscrito a este eterno presente, se me iría con nostalgia el alma hacia el pasado, que era un camino y un andar, no, como el presente, un haber llegado y reposar. Como Cervantes decía, es preferible el camino a la posada”.
¿Habrá un domingo para el hombre? No lo veo claro. Pero espero que sí. Soy un optimista antropológico, como dice de mí, mi buen amigo Ramón Aguiló.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Julio del 2016.