“Es cierto que los fundamentos teóricos de la crítica marxista del capitalismo, han sido superados. Pero de lo que tenemos necesidad todavía hoy, y más que nunca, es de un análisis frío, de las repercusiones de nuestra organización económica sobre el mundo real, de las repercusiones que son al mismo tiempo productivas y destructivas, fuentes de liberación, pero también de desarraigo” (Jürgen Habermas “La normalidad de una República de Berlín”).
Desgraciadamente a día de hoy, todavía no podemos dejar de hacernos la pregunta: ¿Cómo evitar las formas de dominación y concepciones totalitarias en el mundo? Algunos de sus lectores somos muy conscientes, de que esta pregunta está en el corazón del proyecto teórico de Habermas, pero también en el cogollo de su compromiso intelectual. Su objetivo consiste en desarrollar una teoría de la democracia, basada en las normas. Al tiempo que propone una práctica de la democracia, susceptible de ser adoptada por la sociedad civil. Pero podemos preguntarnos: ¿Qué hay de su concepto de la democracia deliberativa, en su relación con el capitalismo? Sí, lo recuerdo: “Quien no escucha cuando se habla de capitalismo, debería también callarse respecto al tema del fascismo”.
Naturalmente Habermas no se ha callado nunca, respecto al tema del capitalismo, e incluso se enfrentó muy pronto, y muy especialmente, a la teoría del capitalismo de Marx, así como a su concepto de alienación. Se confrontó, por ejemplo, ya en un ensayo de 1954 titulado “La dialéctica de la racionalización”, del cual él mismo dijo, que prefiguraba lo futuros motivos de su teoría social. Se confrontó también, en el ensayo “Marx en perspectiva”, que data de 1955, y que demuestra hasta que punto Marx se engañó, atribuyendo a las fuerzas productivas, un potencial emancipatorio.
En la época de su colaboración con el Instituto de Investigación Social de Francfort, allá a mediados de los años cincuenta, Habermas redobla sus esfuerzos, para clarificar su relación con el materialismo histórico, así como con la teoría marxista del capitalismo. En esos años llegó a la conclusión, de que la autosuperación de la economía capitalista, que Marx había anunciado – una autosuperación que se producía a golpes de grandes crisis – no tenía en realidad nada de ineluctable. Ciertamente, Habermas se mantiene en la crítica marxista, del poder de disposición privada y unilateral, sobre la mano de obra y los medios de producción. E igualmente retiene las ideas de Marx, sobre las causas del reparto desigual de las rentas, así como sobre el carácter anárquico, de los procesos de autovalorización y de acumulación capitalista. Si embargo, muy pronto se distancia de la perspectiva economicista, que caracteriza el pensamiento de Marx.
“Si rompo con el análisis marxista tradicional – explica en 1978, en una entrevista con el sociólogo italiano Angelo Bolaffi – es porque no podemos ya hoy, cuando podemos recurrir a la crítica de la economía política, emitir predicciones precisas: sería necesario para esto, presuponer la autonomía de un sistema económico, que se reproduce por si mismo. No me es posible creer en ello. Precisamente por esta razón, porque las leyes del sistema económico, no son ya idénticas a las que había analizado Marx. Naturalmente, ello no significa que la influencia del sistema económico sea falsa, pero la versión ortodoxa de esta análisis, no puede pretender una autentica validez, a falta de haber tenido en cuenta, la influencia del sistema político”.
Habermas se había dedicado con cuidadosa atención, a analizar los procesos de transformación de las sociedades capitalistas. Lo que distinguía el capitalismo avanzado, del de finales del siglo XIX, era, por una parte, el reforzamiento de la actividad estatal dedicada a prevenir, en materia económica y social, las tendencias a las crisis; y, por otra parte, el hecho de que en la actualidad, se había producido una fusión de la técnica y la opresión. El crecimiento económico, de este modo, podía ser garantizado por progresos continuos en la investigación aplicada, y gracias a técnicas innovadoras que economizaran el tiempo de trabajo, reduciendo, desde el punto de vista del asalariado, dicho tiempo. La técnica y la ciencia, se convertían así, en la primera fuerza productiva, y la conciencia tecnocrática, devenía en una nueva ideología. De esta forma, deducía Habermas, dejaban de cumplirse “las condiciones de aplicación de la teoría marxista, del valor del trabajo”.
Estos análisis, en su momento, no convencieron a todos sus lectores o auditores, entre los cuales se encontraban marxistas como Ernst Bloch y Herbert Marcuse. Pero Habermas insistía: “La estabilización del sistema social capitalista de regulación estatal, depende del grado de lealtad de las masas, lealtad obtenida por medio de compensaciones sociales apolíticas (rentas o tiempo de descanso). Tal sistema no alcanzará una auténtica estabilización, como no sea a condición de que las masas, vean resueltas las condiciones prácticas que les garanticen, una vida mejor. Pero, por esta misma razón, el sistema social del capitalismo regulado estatalmente, descansa sobre una “base de legitimación muy débil”.
Prosiguiendo con su examen del capitalismo, Habermas intenta aportar una respuesta, mediante un diagnóstico más preciso, a las incertidumbres que ocasionan las oscilaciones – que por cierto había anunciado – del capitalismo avanzado, entre estabilidad relativa e inestabilidad potencial. Después de la fractura de la era social-liberal, ocurrida a inicios de los setenta, Habermas constata “problemas de legitimación en el capitalismo avanzado”. Dichos problemas, él los interpreta como un efecto secundario, de las sociedades modernas funcionalmente diferenciadas.
A mediados de los años setenta, todavía consagra un libro entero al materialismo histórico, “Después de Marx”. En el mismo, su reflexión lleva a desmontar y reconstruir, una vez más, el materialismo histórico, con el objetivo de fertizarlo nuevamente, poniéndolo al servicio de una teoría de la evolución social. También reitera su crítica central del materialismo histórico clásico, poniendo el acento sobre tres elementos de la teoría que, desde su punto de vista, son indefendibles: la primacía otorgada, al análisis de los procesos de acumulación capitalista; la dialéctica de las fuerzas productivas y las relaciones de producción; y la determinación de la superestructura por la base económica. “Estimo errónea, la tentativa de “deducir” las formas jurídicas y políticas, del Estado capitalista, partiendo de la circulación económica y, en definitiva, de la forma de la mercancía”.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 3 de Junio del 2019.
Reflexiones y opiniones a vuelapluma, de cualquier cosa que se me ocurra sobre política, historia, filosofía y otras materias
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jueves, 13 de junio de 2019
lunes, 27 de febrero de 2017
EL COMUNISMO Y COMO LO VIVÍ
Este año se cumple un siglo de la revolución bolchevique, así que vamos a leer mucho sobre la misma. También en estos días he acabado el libro de José L. Pardo – sobre el que ya algo he escrito – “Estudios del malestar”, en el que trata también de lo que fue el comunismo, en los países no-comunistas el pasado siglo. Ambas circunstancias me han llevado a rememorar, como yo viví el mismo durante mi juventud, mi etapa universitaria, y mis primeros años de militancia en el PSOE. Fueron años en lo que era bastante incómodo ir a contracorriente y no ser comunista, no entender el marxismo en su desviación leninista. Sobre esos años algo ya escribí en mi Blog:
https://senator42.blogspot.com.es/2014/11/ruptura-o-reforma-la-historia_23.html
La palabra “comunismo” en aquello tiempos, aún llevaba consigo una significación que podríamos llamar trascendente, que podía variar según su uso estratégico y que, por ello, por su inestabilidad, resultaba difícilmente discutible. Pero lo que si se podía ya discutir y rechazar, era la práctica (praxis), los hechos históricos de los partidos comunistas, la significación empírica de la palabra mágica ¡comunista!
La militancia comunista se benefició desde el principio, de una carga filosófica transcendente, de la que no disponíamos otros partidos políticos, especialmente los socialdemócratas, los socialfascistas como nos apelaban. Ser comunista no debiera haber significado empíricamente, otra cosa que ser militante del partido comunista. Pero quienes lo eran, añadían a esa condición una significación metafísica, gracias a la cual – ver el libro de José L. Pardo - como los socios del Barça dicen que su equipo es “més que un club”, daban a entender que militar en un partido comunista, era “mucho más” que ser militante de cualquier otro partido. Y ese sobrepeso semántico de la palabra “comunista”, parecía connotar un grado de compromiso superior al del resto de los proyectos políticos, algo muy parecido a una fe religiosa. En realidad en aquello años la pregunta ¿eres comunista? que te endilgaba de repente cualquier compañero de la universidad, era casi sinónima a la de ¿eres creyente?
Yo nunca he sido comunista, quizá por tradición familiar y por la educación que recibí en casa: laica, democrática, liberal, solidaria… Pero cuando llegué a la universidad, la verdad es que no tenía claro donde deseaba habitar políticamente, aunque sí sabía muy bien, donde no me alojaría: ni en el fascismo, ni en el comunismo. Pero si hubiera dudado por un instante, si me hubiera dejado convencer por los muchos conocidos que eran comunistas, ese concepto religioso, misionero, que tenían de la vida, me hubiera bastado para echarme atrás. En el año 1974 comí un día en Valencia con Vicent Ventura (era un gran gourmet), uno de los fundadores del Partit Socialista Valencia (PSV). Y me contó como coincidió en una celda con un miembro del Partido Comunista, y como éste, de madrugada, se levantaba para hacer un montón de flexiones, y luego le decía: “Y ahora vamos a debatir sobre el materialismo histórico”. A lo que él le contestaba siempre: eres un pelmazo, yo lo único que quiero, es salir cuanto antes de aquí, y no soporto tu mesianismo.
El militante comunista sentía que sólo su acción (“directa”, “revolucionaria”, no “representativa” ni “parlamentaria”) era política de verdad, mientra que en los parlamentos, en los juzgados, en los consejos de ministros, o en los periódicos burgueses, todo era simulacro y espectáculo. El comunismo consiguió que en buena medida, la política se identificara con la revolución. De tal modo que lo que no era – al menos embrionariamente – “acción revolucionaria”, no se considerase acción política, ni actividad pública; y que lo que se llamaba “política” en las cámaras legislativas, en los tribunales, en los gobiernos, o en los periódicos no era, de acuerdo con sus premisas, más que un puro sainete.
De mucho de esto es de lo que los neocomunistas de hoy, me parece, tienen una incurable nostalgia. Aquellos años del siglo pasado, es la que añoran como la “edad dorada”. Pero no tienen presente que esta melancolía, confunde la realidad histórica, con la demagogia propagandística del partido, es decir, con la “promesa” que éste hacía a sus potenciales afiliados, de que cualquiera, si se unía al partido, podrá “subir a escena”, y convertirse en protagonista de la Historia mundial, con el mismo rango que cualquier líder nacional. Que si repartía un panfleto en un mercado o arrojaba una piedra en una manifestación, y no lo hacía como simple individuo, sino en cuanto comunista, pasaría a formar parte de los que conducen el tren de la historia hacia la estación de destino.
Lo peculiar del comunismo en aquellos años, era que confería a la acción política directa, una seriedad “científica” que ampliaba su representación, y de la que no disfrutábamos, por ejemplo, los socialdemócratas. Porque toda protesta puntual de un comunista, adquiría una significación trascendente, merced a la filosofía del materialismo histórico, cuyo sostén, como sabemos, era el pensamiento de Hegel. Sólo así cualquier acción aislada se convertía en genuinamente revolucionaria, y sólo así cada “agente local” podía sentirse siempre acompañado, como parte de una estrategia político-militar infinitamente compleja e interconectada; como un soldado del gigantesco ejército proletario que libraba una guerra mundial, y cuyos intachable fines, justificaban todos los medios.
La mayoría de los que en esa época, ejercíamos el activismo político en organizaciones no comunistas, éramos incapaces de comprender, y hasta de leer, una sola página de la “Ciencia de la lógica”, o de la “Fenomenología del espíritu” de Hegel, e incluso de “El Capital” de Marx. Los militantes comunistas de base, tampoco entendían una palabra de todo aquello. Se descargaban una versión comprimida de la Historia mundial, cada vez que emprendían una acción, pero jamás llegaban a leer ese “archivo”: confiaban en que los dirigentes del partido si lo hacían (en el PSOE nunca fuimos tan crédulos) y en que gracias a ello, sus acciones locales se convertían “directamente”, en actos coordinados de una revolución generalizada, universal, y quedaban justificadas como los episodios encajan en la trama, cuando el poeta construye una fábula bien armada, condenando a todas las doctrinas rivales, al limbo de las ensoñaciones bienintencionadas, que Engels llamó “socialismo utópico”, para distinguirlo del “socialismo científico” de su socio Marx.
Pus así fue, o así lo recuerdo.
Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Enero del 2017.
https://senator42.blogspot.com.es/2014/11/ruptura-o-reforma-la-historia_23.html
La palabra “comunismo” en aquello tiempos, aún llevaba consigo una significación que podríamos llamar trascendente, que podía variar según su uso estratégico y que, por ello, por su inestabilidad, resultaba difícilmente discutible. Pero lo que si se podía ya discutir y rechazar, era la práctica (praxis), los hechos históricos de los partidos comunistas, la significación empírica de la palabra mágica ¡comunista!
La militancia comunista se benefició desde el principio, de una carga filosófica transcendente, de la que no disponíamos otros partidos políticos, especialmente los socialdemócratas, los socialfascistas como nos apelaban. Ser comunista no debiera haber significado empíricamente, otra cosa que ser militante del partido comunista. Pero quienes lo eran, añadían a esa condición una significación metafísica, gracias a la cual – ver el libro de José L. Pardo - como los socios del Barça dicen que su equipo es “més que un club”, daban a entender que militar en un partido comunista, era “mucho más” que ser militante de cualquier otro partido. Y ese sobrepeso semántico de la palabra “comunista”, parecía connotar un grado de compromiso superior al del resto de los proyectos políticos, algo muy parecido a una fe religiosa. En realidad en aquello años la pregunta ¿eres comunista? que te endilgaba de repente cualquier compañero de la universidad, era casi sinónima a la de ¿eres creyente?
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| Legalización del PCE. |
El militante comunista sentía que sólo su acción (“directa”, “revolucionaria”, no “representativa” ni “parlamentaria”) era política de verdad, mientra que en los parlamentos, en los juzgados, en los consejos de ministros, o en los periódicos burgueses, todo era simulacro y espectáculo. El comunismo consiguió que en buena medida, la política se identificara con la revolución. De tal modo que lo que no era – al menos embrionariamente – “acción revolucionaria”, no se considerase acción política, ni actividad pública; y que lo que se llamaba “política” en las cámaras legislativas, en los tribunales, en los gobiernos, o en los periódicos no era, de acuerdo con sus premisas, más que un puro sainete.
De mucho de esto es de lo que los neocomunistas de hoy, me parece, tienen una incurable nostalgia. Aquellos años del siglo pasado, es la que añoran como la “edad dorada”. Pero no tienen presente que esta melancolía, confunde la realidad histórica, con la demagogia propagandística del partido, es decir, con la “promesa” que éste hacía a sus potenciales afiliados, de que cualquiera, si se unía al partido, podrá “subir a escena”, y convertirse en protagonista de la Historia mundial, con el mismo rango que cualquier líder nacional. Que si repartía un panfleto en un mercado o arrojaba una piedra en una manifestación, y no lo hacía como simple individuo, sino en cuanto comunista, pasaría a formar parte de los que conducen el tren de la historia hacia la estación de destino.
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| Vicent Ventura |
La mayoría de los que en esa época, ejercíamos el activismo político en organizaciones no comunistas, éramos incapaces de comprender, y hasta de leer, una sola página de la “Ciencia de la lógica”, o de la “Fenomenología del espíritu” de Hegel, e incluso de “El Capital” de Marx. Los militantes comunistas de base, tampoco entendían una palabra de todo aquello. Se descargaban una versión comprimida de la Historia mundial, cada vez que emprendían una acción, pero jamás llegaban a leer ese “archivo”: confiaban en que los dirigentes del partido si lo hacían (en el PSOE nunca fuimos tan crédulos) y en que gracias a ello, sus acciones locales se convertían “directamente”, en actos coordinados de una revolución generalizada, universal, y quedaban justificadas como los episodios encajan en la trama, cuando el poeta construye una fábula bien armada, condenando a todas las doctrinas rivales, al limbo de las ensoñaciones bienintencionadas, que Engels llamó “socialismo utópico”, para distinguirlo del “socialismo científico” de su socio Marx.
Pus así fue, o así lo recuerdo.
Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Enero del 2017.
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