Por lo que escribís os siento muy atribulados, enojados, angustiados, y me preocupa vuestra salud. Me da que habéis, espero que sólo de momento, olvidado a vuestro, nuestro, querido Montaigne, y su saludable y curativo escepticismo. A nuestra ya provecta edad, debemos estar atentos a los esfuerzos excesivos, a los que sometemos nuestro cerebro. La química puede ayudarnos. Pero más efectivo es releer los “Essais”, o el hermoso libro “Una vida con Montaigne” de Sarah Bakewell. Por supuesto no pretendo afirmar, que no os sobren hoy razones para la indignación y la tribulación (“Calamidad de los tiempos cuando los locos conducen a los ciegos”. Shakespeare “El Rey Lear”) yo mismo me siento afectado. Pero recordar la “ataraxia” de los griegos: “Ataraxia” significa equilibrio: el arte de mantener la estabilidad, de tal modo que no estés exultante, cuando las cosas te van bien, ni te hundas en la desesperación, cuando se tuercen. Alcanzar ese estado es controlar tus emociones, para no verte apaleado o arrastrado por ellas.
Acordaros de los pirrónicos helenos, cuando aseveraban que todo era discutible. No olvidéis que un escéptico siempre quiere ver pruebas, y que duda de cosas que las demás personas aceptan sin más. Que el escepticismo, como os decía, supone una forma sensacional de terapia. Los escépticos pirronianos tratan todos los problemas, a los que la vida les puede arrojar, mediante una sola palabra que actúa como resumen para esta maniobra: en griego “epoché”, que significa “suspendo el juicio”. O, en una traducción diferente al francés del propio Montaigne, “je soutiens”: “me contengo”. Suena tan consolador como la idea estoica o epicúrea de “indiferencia”, pero, como las demás ideas helenísticas funciona, y eso es lo que cuenta. La “epoché” actúa casi como uno de esos intrigantes “koans” del budismo zen (tan de moda no hace mucho, en ciertos círculos occidentales) breves y enigmáticas ideas o preguntas sin respuesta. El truco de la “epoché” te hace reír, pero sobre todo sentirte mejor, porque te libera de la necesidad, de encontrar una respuesta definitiva para cualquier cosa, objetivo únicamente perseguido por los esencialistas y dogmáticos, por esos partidarios actuales de las utopías regresivas, que por ahí pululan hoy.
Tampoco sobraría remitirse, una vez más, a la mayoría de los pensadores ilustrados, que lo que más temían de la religión (también aplicable a la política, cuando se desliza hacia el fanatismo y/o los esencialismos) era el daño real que podían causar las pretensiones, de una inspiración privada y personal. Eso que se llamó en el siglo XVIII “entusiasmo”, aunque naturalmente, el significado del término admite muchos matices. Según Hume, se trataba de una especie de histeria, por la que el “enloquecido fanático, ciegamente y sin reservas, se entrega a un supuesto trance, y a la inspiración que le llega de lo alto”, del líder demagogo que cabalga su desbocado ego.
La capacidad para empujar a los fieles, a los militantes, a la comisión de los disparates más irracionales en su nombre, convierte a la religión y a las políticas del absoluto y de las utopías, en un asunto no sólo disparatado, innecesario y decepcionante, sino también altamente destructivo.
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| Tercer Conde de Shaftesbury |
Y para terminar no olvidéis a Heráclito, queridos amigos, cuando afirma que el fundamento de todo está en el cambio incesante. Que el ente deviene, y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción, al que nada escapa. “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos].”
Un afectuoso abrazo,
Palma. Ca'n Pastilla a 2 de Mayo del 2016.

