Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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jueves, 30 de enero de 2020

ENCUENTRO EN INNSBRUCK

El gran filósofo Ludwig Wittgenstein, nació en el seno de una acaudalada familia austriaca. Su padre Karl, que heredó y amplió una gran fortuna, forjada gracias a la industria del acero, tomó una genial decisión poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial: convirtió la mayor parte de su fortuna en bonos estadounidenses. Por lo que después de la guerra, con el Imperio austriaco desaparecido y media Europa arrasada, no sería arriesgado pensar que los Wittgenstein, fueran una de las familias más ricas del continente.
Antes de la guerra, Ludwig había estudiado en Cambridge, especialmente con Bertrand Russell. Al acabar la misma, en la que había luchado con extraordinario valor con el ejército austriaco, Ludwig (siempre atormentado por fuertes exigencias ético morales) tomó dos decisiones inesperadas: renunció ante notario, a la parte que le correspondía de la inmensa fortuna familiar, a favor de sus hermanos, y decidió hacerse maestro, para enseñar en las miserables escuelas, de los pequeños pueblos perdidos, en los altos de las montañas austriacas.
Pero esto último no funcionó durante mucho tiempo. Wittgenstein se sentía inmensamente sólo en aquellos pequeños pueblecitos, sin tener jamás a su lado alguien con quien poder hablar, alguien con quien compartir las ideas y problemas, de un hombre tremendamente culto y filósofo profundo. En su correspondencia hay claros indicios, de que a principios de 1922, comenzaba a volver su mirada hacia Inglaterra. Con frecuencia preguntaba por sus viejos amigos de Cambridge, en especial por Russell, Johnson y Keynes.
Russell, Wittgenstein y Moore
Durante todo el verano del 22, contempló con entusiasmo e ilusión, un posible encuentro con Russell, quien planeaba viajar al continente, para visitar a su hermano y la mujer de éste en Suiza. Al final acordaron verse en Innsbruck, y pernoctar allí una noche. El tono de la correspondencia, mediante la cual concertaron esa cita (hacía ocho años que no se veían), es cálido y amistoso, y no muestra ningún indicio, de las diferencias que iba a surgir entre ambos. Incluso Ludwig (algo extraño en él) le preguntó afectuosamente por su mujer y su hijo. A lo que Russell le contestó: “El pequeño es un encanto. Al principio era exactamente igual que Kant, pero ahora parece más un bebé”.
Y, aun así, el encuentro resultó una gran decepción para ambas partes. Y de hecho, fue la última vez que se vieron como “amigos”. Berti (Bertrand) aduce que hablaron de cómo llevar de nuevo a Ludwig a Inglaterra. Y niega enérgicamente que en esa ocasión, ambos discutieran: “Wittgenstein nunca era una persona fácil, pero yo creo que cualquier diferencia, se basaba en sus ideas filosóficas”. Pero sin embargo Ray Monk, en su gran biografía de Wittgenstein, recuerda que el propio Russell admitió, que las diferencias eran religiosas. Decía que Wittgenstein estaba “muy apenado por el hecho de que yo no fuera cristiano” y, en esa época estaba “en la cúspide de su ardor místico”. Él “me aseguró con mucha seriedad, que era mejor ser bueno que ser inteligente”.
En una época posterior de su vida, Bertrand Russell dio la impresión de que, tras su encuentro en Innsbruck, Wittgenstein (que acabó regresando a Inglaterra, para impartir clases de filosofía en Cambridge) le consideraba demasiado malvado, como para relacionarse con él, y así abandonó todo contacto. Estoy seguro, por lo bastante que sé de él, que a Russell le debía encantar, que le consideraran malvado. Y por eso, seguramente, éste es al aspecto que más grabado le quedó en su memoria, de aquel encuentro en Innsbruck. Cierto es que, de hecho, Wittgenstein desaprobaba profundamente, las costumbres sexuales de Russell. Incluso antes de su encuentro en la capital del Tirol, había intentado encauzarle hacia la contemplación religiosa. Pero no parece cierto, que Wittgenstein rehuyera todo contacto con Russell, a partir de entonces. Al menos nos consta, que le escribió dos cartas tras ese encuentro, y cada una de ellas comienza: “Hace mucho que no sé nada de ti”.
Los indicios nos sugieren, por tanto, que fue Russell quien cortó la comunicación. Es muy posible que considerara la seriedad religiosa de Wittgenstein, demasiado fastidiosa como para poder tolerarla. Pues, si bien es cierto que Wittgenstein, se hallaba en la “cúspide de su ardor místico”, es igualmente cierto que Russell, estaba en lo más álgido de su acritud atea. Había desaparecido de él, el trascendentalismo inspirado por Lady Ottoline Morrell, presente en algunas de sus obras, como “La esencia de la religión” y “Misticismo y lógica”, y en su lugar había quedado un feroz anticristianismo.
Todo ello puede tener que ver también, con una cuestión quizá más profunda, y en la que Paul Engelmann pone mucho énfasis: la diferencia entre intentar mejorar el mundo, e intentar mejorarse a uno mismo. No era sólo que Wittgenstein se hubiera vuelto más introspectivo e individualista, sino que Russell lo era mucho menos. La guerra le había convertido en socialista, y le había convencido de la urgente necesidad, de cambiar la manera de gobernar el mundo, subordinando las cuestiones de moralidad personal, a la preocupación primordial de hacer del mundo, un lugar más seguro y habitable.
Pues eso.


Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Enero del 2020.


lunes, 2 de septiembre de 2019

LOS INTELECTUALES Y EL PODER (o la izquierda que no actúa)

La publicación por primera vez en castellano de “El oasis”, me ha llevado a un tema que siempre me ha interesado: la compleja relación de los intelectuales con el poder. Con su autora, Mary McCarthy, entré en relación, por su gran amistad con Hannah Arendt, uno/a de mis mentores filosófico políticos más relevantes.
Nos recordaba sobre ello Patricio Pron no hace mucho, que Alain Minc remontaba al siglo XVIII, la aparición del intelectual moderno en “Una historia política de los intelectuales”, persiguiendo esa figura desde el salón de Claudine Guérin de Tencin, hasta el ámbito de las redes sociales y el surgimiento de lo que él llama “el e-intelectual”.
¿Qué es un intelectual? podemos preguntarnos una vez más, aunque me temo que ese es un debate, de los que permanecen abiertos “in secula seculorum”. Para Edgar Wallace, por ejemplo, se trata de alguien que “ha encontrado algo en lo que pensar, además de en las mujeres”, pero – ha excepción de Bertrand Russell – me parece que ningún intelectual piensa mucho en ellas.
En “Santos y eruditos” el gran ensayista británico Terry Eagleton, recorría la distancia que separaba la cárcel de Kilmainham en Dublín, donde en 1919 fusilaron al líder obrero Jame Connolly, por su responsabilidad en el Alzamiento de Pascua, hasta una cabaña en la costa occidental de Irlanda, en la que el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, hace frente a una de sus crisis personales recurrentes. Wittgenstein padeció toda su vida, los inconvenientes de una mente excesivamente inquieta. En las biografías de Russell y de Wittgenstein, he disfrutado de verdad de las conversaciones entre ambos, que nunca fueron fáciles pero si extraordinarias. Recuerdo especialmente aquella, acerca de si un hombre podría tener un animal pequeño entre sus ropas, y no darse cuenta. Pero sobre ellas planean cuestiones centrales, para la comprensión de la figura del intelectual, como cual es su ámbito de intervención; en qué punto su cuestionamiento del estado de las cosas, torna inviable su participación en política; de qué manera su enfrentamiento con el poder, casa o no con su pertenencia a las instituciones, incluidas las universitarias.
W. H. Auden, Christopher Isherwood y Stephen Spender, tres de los escritores británicos más importantes del siglo XX, vieron interrumpida su amistad y el proyecto de vivir juntos, que los había llevado a instalarse en Sintra en 1935, cuando en poco menos de un año, el estallido de la Guerra Civil española, agudizó las diferencias políticas entre ellos: Auden se marchó a España para luchar por la República; Spender se casó con Inez Pearn (Elizabeth Lake), e Isherwood acabó refugiándose en Estados Unidos.
De esa historia nació “El oasis”, la novela que Mary McCarthy escribió en 1949, años después de casarse con Edmund Wilson (crítico literario, ensayista y estudioso del socialismo europeo) y romper con la “Partisan Review”, la revista estadounidense de inclinaciones comunistas en su origen, que desde 1934 y hasta entrada la década de 1970, sentó las bases de la discusión, entre los intelectuales de izquierda.
Hannah Arendt y Mary McCarthy
La novela de McCarthy, trata de la fundación de Utopía, una comunidad ficticia de corte liberal en Nueva Inglaterra, y de los debates entre sus habitantes, entre las facciones “realistas” y “puristas”. Una vez más, la historia de los vínculos de los intelectuales con el poder. Se trata de “dejar de hablar y pasar a la acción”, se dice en un cierto momento. Pero la verdad es que hablar, es prácticamente lo único que hacen los habitantes de Utopía. Su aspiración a contribuir a la concordia entre los hombres, se ve puesta en entredicho por su insalvable dificultad, para precisar los términos de una sociedad articulada, en la participación democrática de sus integrantes.
McCarthy convierte en el centro de su novela, la constatación de que muchos intelectuales, destinan la mayoría de sus esfuerzos, a determinar las imperceptibles diferencias entre ellos, ante que a “enfrentarse al poder”. El objetivo prioritario de una importante mayoría, de los que se autodenominan intelectuales, desde del Caso Dreyfus, es participar en las luchas que se refieren a la distribución del poder intelectual, es decir, a obtener el privilegio de ser considerado “Primus inter pares”. Y a ejercer en consecuencia, influencia sobre el conjunto de personas, que otorgan alguna credibilidad a ello. Todo, cualquier cosa, antes que enfrentarse de verdad a cualquier tipo de poder real.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Julio del 2019.



viernes, 12 de abril de 2019

MI AMANTE LA RAZÓN

Me tengo por un insistente amante de la Razón. Esa hermosa dama de difícil acceso y complicada compañía. Fue mi padre en mi niñez, el que primero me habló de ella, describiéndome sus rasgos más elementales. Pero fue en casa de Bertrand Russell, donde la conocí siendo ya un veinteañero ávido de conocimientos. Allí la frecuente durante años. En las últimas décadas del siglo pasado, se mudó a los hogares de Hannah Arendt y Jürgen Habermas. En ellos la sigo tratando con asiduidad. Pero la Razón es una amante casquivana, que con frecuencia te abandona, dejándote acunado en los agradables brazos de sus rivales, la Pasión y la Emoción. Sabe muy bien que volverás a ella, cuando las ensoñaciones de sus rivales, te lleven a darte de narices con la dura realidad.
Mucho se ha escrito e investigado, libros y libros, tesis doctorales y magistrales conferencias, sobre que es la Razón. Y a día de hoy, aún no estamos todos de acuerdo, al respecto.
Habermas considera que la razón es algo que sólo nos es dado a través del diálogo. La racionalidad reside en la organización, de una formación de la voluntad general no coaccionada, es decir, en el telos ('fin', 'objetivo' o 'propósito' en griego) de una intersubjetividad, exenta de toda coerción, de la comunicación.
En su obra “La teoría de la acción comunicativa”, el gran filósofo alemán nos explica que la idea de razón, haya su fundamento en la forma de reproducción, que caracteriza una especie animal dotada del lenguaje. En la medida en que efectuamos, de forma general, actos de lenguaje, nos vemos sometidos a los imperativos de la potencia sobre la que – bajo el venerable nombre de “razón” – nos gustaría basar la estructura de un discurso posible. En este sentido – añade Habermas – parece juicioso hablar de una relación inmanente a la verdad, que es inherente al proceso vital de la sociedad.
Fiesta de la diosa Razón
En el 14 Congreso alemán de filosofía, en su aportación bajo la denominación de “La unidad de la razón en el seno de la pluralidad de voces”, Habermas abogó a favor de un concepto de razón “modesto”, dosificando los márgenes de maniobra, en los muy diversos modos de vida individuales, susceptibles de cohabitar pacíficamente. A estos diversos modos de vida les asocia el término de “intersubjetividad intacta”, que presenta como “la anticipación de relaciones simétricas que permiten, en toda libertad, un reconocimiento recíproco”. A todo eso asocia el sentido moderno de un humanismo que, desde hace tiempo, ha encontrado su expresión, en la vida consciente de ella misma, de la realización del sí mismo autentico y de la autonomía. Pero humanismo que va más allá de la simple afirmación del sí mismo.
Pero no todo el mundo está de acuerdo en esto con Habermas. Por ejemplo Richard Rorty, el filósofo estadounidense, no cree que la razón comunicacional habermasiana, pueda ser considerada como un “don natural de los hombres”. Él la considera más bien como un “conjunto de prácticas sociales”. Pensar como Habermas, dice Rorty, que la razón es comunicacional y dialógica, sería remplazar la responsabilidad referida a otros seres humanos, por la responsabilidad con respecto a un criterio no humano.
Modestamente yo pienso, como otros tratadistas, que Habermas permanece fiel a la tradición filosófica que, literalmente, hace descansar sobre nosotros la idea de razón, en tanto que facultad humana vinculada, de una manera u otra, sobre la autentica realidad.
Pues eso.

Palma, Ca’n Pastilla a 16 de Febrero del 2019.

lunes, 17 de septiembre de 2018

EL ENTUSIASMO

El hombre civilizado se distingue del salvaje, principalmente por la “prudencia” o, para emplear un término más amplio, por la “previsión”. Esta dispuesto a sufrir penas momentáneas, para obtener placeres futuros, incluso aunque estos sean muy lejanos. La verdadera “previsión” no sólo aparece, cuando el hombre obra sin que ningún impulso lo dirija, sino porque su razón le aconseja que en el porvenir, sacará más provecho así. Pero la civilización contrarresta el impulso, no sólo por la previsión, que sería un freno voluntario, sino también por la ley, la moral y la religión.
Es cierto, sin embargo, que la excesiva prudencia puede traer fácilmente consigo, la pérdida de las mejores cosas de la vida. Los adoradores de Dionisio, nos recuerda la historia, reaccionaban contra la prudencia. En la embriaguez, física o espiritual, recobraban una intensidad de sentimiento, que la prudencia había destruido. Contemplaban el mundo lleno de delicia y belleza, y su fantasía les liberaba de repente, de la prisión de las preocupaciones cotidianas. El rito báquico producía lo que se llamaba “entusiasmo”, lo cual quiere decir, etimológicamente, que el dios entraba en la persona que le veneraba, y que ésta entonces, se creía una con el dios. Muchas cosas admirables de las obra humanas, llevan en sí un elemento de embriaguez (mental, no alcohólica, por supuesto) donde la prudencia es barrida por la pasión. Sin el elemento báquico, la vida carecería de interés, con él es peligrosa. La prudencia contra la pasión: este conflicto se extiende por toda la Historia.
Nos recuerda Bertrand Russell, que Orfeo es una figura oscura en la historia, pero interesante. Algunos historiadores creen que era un personaje real, otros que un dios o un héroe imaginario. Según la tradición vino de Tracia, como Baco, pero parece más probable que viniera (él o el movimiento que se asocia a su nombre) de Creta. Es cierto que las doctrinas de Orfeo, contienen muchas ideas que parecen tener su fuente original en Egipto. Y que fue principalmente a través de Creta, como Egipto influyó en Grecia. Se dice que Orfeo fue un reformador al que desgarraron las ménades (seres femeninos divinos) frenéticas, alcohólicas, instigadas por la ortodoxia báquica.
Como quiera que fuese la doctrina de Orfeo (si es que éste existió) la que se conoce bien es la de los órficos. Creían en la transmigración del alma. Enseñaban que ésta puede tener en otro mundo un goce eterno, sufrir el tormento eterno o temporal, según la manera de vivir en la Tierra. Aspiraban a hacerse “puros”, en parte por ceremonias de purificación, en parte evitando cierto tipo de contaminación. Los más ortodoxos entre ellos, se abstenían de tomar alimento animal, excepto en ocasiones rituales, cuando lo comían como sacramento. Los órficos eran una secta de ascetas, para ellos el vino era sólo un símbolo, como más tarde en el sacramento cristiano. La embriaguez que buscaron era la del “entusiasmo”, la unión con el dios. Este elemento místico entró en la filosofía griega con Pitágoras, que fue un reformador del orfismo, así como Orfeo había sido un reformador de la religión dionisiaca. Por Pitágoras entraron elementos órficos en la filosofía de Platón. Y por éste en la mayor parte de la filosofía posterior de índole religiosa.
La tradición convencional respecto a los griegos – y así me lo enseñaron en el bachillerato – dice que manifestaron una serenidad admirable, la que les permitía contemplar la pasión desde fuera, percibiendo toda su belleza, pero permaneciendo ellos tranquilos y olímpicos. Pero Russell manifiesta, que este es un punto de vista muy unilateral. Que quizá sea cierto respecto a Homero, Sófocles y Aristóteles, pero no desde luego respecto a los griegos que, directa o indirectamente, sucumbieron bajo las influencias báquica u órfica. En Eleusis, donde los misterios del mismo nombre, formaron la parte más sagrada de la religión ateniense, se cantaba el siguiente himno:
“Alzando tu copa de vino
en tu revelación enloquecedora,
al florido valle de Eleusis
llegas tú ¡salve a ti, Baco, Pan!”
No todos los griegos, pero sí muchos de ellos, eran apasionados, desgraciados, en conflicto consigo mismo, llevados a un lado por el intelecto y a otro por las pasiones, con bastante imaginación para concebir la idea del cielo y del infierno. Tenían la máxima “nada en exceso”, pero en realidad eran exaltados en todo: en la idea pura, en la poesía, en la religión y en el pecado. Esta combinación de pasión e intelecto los hizo grandes, mientras lo fueron.
Sin embargo, en mi modesta opinión, si tomásemos como característica de los griegos, en conjunto, lo dicho en el párrafo anterior, pecaríamos también de unilaterales, como cuando los llamábamos “serenos”. En realidad, había dos tendencias en Grecia: una apasionada, religiosa, mística, ultramundana, y otra alegre, empírica, racionalista, y con afán de conocer la diversidad de hechos. Herodoto podría representar esta última tendencia, lo mismo que los primeros filósofos jónicos y, hasta cierto punto, también Aristóteles.
Las cosas, me parece, no han cambiado tanto a lo largo de la historia. Siempre ha habido y hay entusiastas, apasionados, exaltados, y también, conviviendo mal que bien con ellos, tipos serenos, reflexivos, racionalistas.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Junio del 2018.


lunes, 14 de mayo de 2018

HERÁCLITO

Quizá mi griego preferido desde que me topé, hace años mil, con su metáfora del río. “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. En Diels-Kranz, Fragmente der Vorsokratiker, 22 B12.
De Heráclito, que tuvo su época culminante en el 500 a. de C. poco de se sabe de su vida, excepto que era un ciudadano aristocrático de Éfeso. Y, ante todo, fue famoso en la antigüedad clásica, por su doctrina que decía que todo se halla en un estado fluyente. Hay que tener presente que Heráclito, aunque jonio, no pertenecía a la tradición científica de los de Mileto. Francis Macdonal Cornford, el filólogo inglés, lo pone de relieve con razón: Heráclito es frecuentemente mal interpretado, asimilándole a otros jonios. Era un místico, pero de una clase especial. Consideraba el fuego como sustancia fundamental.
La metafísica de Heráclito es lo suficientemente dinámica, como para satisfacer al más inquieto de los modernos. “Este mundo, que es el mismo para todos, no está hecho ni por los dioses ni por los hombres, sino que fue siempre, es ahora y siempre será, un fuego sempiterno, con unidades que se encienden y otras que se apagan”. En un mundo semejante, se puede esperar un cambio perpetuo, que es lo que creía Heráclito.
Mantenía otra teoría, que le era más esencial aún, que la idea de corriente perpetua: era la teoría de la mezcla de cosas opuestas. Decía Heráclito: “Los hombres no saben, como la discordia está de acuerdo consigo. Es una armonía de tensiones opuestas, como el arco y la lira”. Hay unidad en el mundo, pero esta unidad es el resultado de diversidades. “Lo uno está hecho de todas las cosas, y todas las cosas proceden de lo uno”.
Sin embargo, no habría unidad si no existieran antagonismos que combinar: “Lo opuesto es bueno para nosotros”. Esta doctrina contiene el germen de la filosofía de Hegel que, como sabemos, procede por una síntesis de contrarios. La metafísica de Heráclito, como la de Anaximandro, está dominada por una concepción de justicia cósmica, que impide que la lucha de elementos opuestos, termine jamás en la completa victoria de unos.
La doctrina de que todo se halla en un estado fluyente, es la idea más famosa de Heráclito, y la más ensalzada por sus discípulos, como la vemos descrita en el “Teetetes” de Platón. En donde, un tanto erróneamente, la traduce como “No se puede pisar dos veces en el mismo río, porque las aguas nuevas siempre están fluyendo encima de ti”. Cuando, según los expertos, la traducción más correcta sería: “Pisamos, y no pisamos en el mismo río, somos y no somos”.
Pero como quiera que sea, Platón y Aristóteles concuerdan en que Heráclito enseñó que “nada es nunca, todo está haciéndose” (Platón), y que “nada es constante” (Aristóteles). La búsqueda de algo permanente, es uno de los instintos más profundos, que lleva a los hombres a la filosofía. La religión busca la permanencia en dos formas: en Dios y en la inmortalidad. Y muchas desgracias, pueden llevar de modo probable a los hombres, a volver a las formas antiguas superterrenas: si la vida sobre la Tierra trae consigo la desesperación, solamente en el cielo se puede buscar la paz. De ahí proviene, según Bertrand Russell, la doctrina de la inmortalidad que arraigó entre los judíos. Habían creído que la virtud sería recompensada aquí en la Tierra, pero la persecución que cayó sobre los más virtuosos, decretada por el rey seleucida Antioco IV, que estaba determinado a helenizar todos sus dominios, puso de manifiesto que no era así. A fin de salvaguardar la justicia divina, por lo tanto, fue necesario creer en recompensas y castigos futuros, en el otro mundo.
Heráclito
Heráclito mismo, a pesar de su creencia en el cambio, pareció tener necesidad de admitir algo duradero. En su filosofía el fuego central nunca se apaga: el mundo “fue siempre, es ahora y será siempre, un fuego de vida eterna”. Pero si intelectualmente lo miramos bien, el fuego varía continuamente, y su permanencia es más bien la de un proceso que la de una sustancia. Aunque sería arriesgado por nuestra parte, atribuir esta idea al propio Heráclito. La ciencia, como la filosofía, ha intentado evadirse de la doctrina del flujo perpetuo, encontrando un substrato permanente, en medio de los fenómenos cambiantes. La química parecía cumplir este deseo. Se supuso que los átomos eran indestructibles, y que todo cambio en el mundo físico, consiste meramente en una nueva disposición de elementos persistentes. Esta idea predominó hasta que el descubrimiento de la radioactividad, hizo ver que los átomos podían desintegrarse.
Sin darse por vencidos, los físicos inventaron unidades nuevas, más pequeñas, que llamaron electrones y protones, de los cuales se componen los átomos, y durante años se supuso que estas nuevas unidades, poseían la indestructibilidad antes atribuida a los átomos. Desgraciadamente parecía que los protones y electrones podían chocar y estallar, formando no una sustancia nueva, sino una onda de energía, que se extiende por el universo con la velocidad de la luz. La energía tenia que sustituir a la sustancia, respecto a la permanencia. Pero la energía, distinta a la sustancia, no representa el refinamiento de la noción vulgar de una “cosa”, es meramente una característica de procesos físicos. Puede arbitrariamente, identificarse con el fuego de Heráclito, pero se trata de la acción de arder, no de lo que arde. “Lo que arde” ha desaparecido de la física moderna.
La doctrina del fluir perpetuo, tal como la enseñó Heráclito, es dolorosa, y la ciencia, como hemos visto, no logra refutarla. Una de las principales ambiciones de los filósofos, ha sido revivir esperanzas que la ciencia parecía haber matado. Por lo tanto, los filósofos han buscado con gran ahínco, algo que no esté sometido al imperio del tiempo. Búsqueda que se inició ya con Parménides. Los físicos modernos son partidarios de Heráclito contra Parménides. Pero lo fueron de Parménides, hasta que llegaron Einstein y la teoría de los cuantos.
Veamos finalmente la crítica de la doctrina de Heráclito. Muy pronto se la llevó al extremo, de acuerdo con la práctica de sus discípulos, entre los brillantes jóvenes de Éfeso. Una cosa puede cambiar de dos maneras, por locomoción y por cambio de cualidad, y la doctrina de la fluencia afirma que todo cambia siempre en ambos aspectos. (En la doctrina que examina Platón, hay cambio de cualidad y de lugar, pero no de sustancia. Y a este respecto, la física moderna de los cuantos, va más allá que los discípulos más extremos de Heráclito en tiempos de Platón. Éste lo hubiera considerado fatal para la ciencia, pero no ha resultado así). Y no sólo todo sufre siempre “un” cambio cualitativo, sino que todo cambia siempre “todas” sus cualidades, así, al menos se nos dice, pensaban los inteligentes de Éfeso. Esto tiene malas consecuencias. No podemos decir “esto es blanco”, porque si era blanco cuando empezamos a hablar, ya no lo será cuando terminemos la frase.
Lo que viene a ser el argumento mencionado es que, cualquiera que sea la cosa que pueda estar en perpetua fluencia, los significados de las palabras deben fijarse, al menos una vez, puesto que de otra manera no se determina ningún aserto, y ninguno es más verdadero que falso. Debe haber “algo” más o menos constante, si el discurso y la ciencia han de ser posible. Russell creía que esto debía admitirse. Pero, añadía, una gran parte de fluencia es compatible con esta admisión.
Pues esto.

Palma. Ca’n Pastilla a 20 de Abril del 2018.



martes, 21 de noviembre de 2017

OPINIONES A CONTRACORRIENTE, IMPOPULARES

Leí hace ya un tiempo un artículo de John Carlin en El País, en el que explicaba porqué el veía el mundo actual con optimismo. Un magnífico artículo, de esos que a uno le deprimen, al comprobar lo lejos que está de poder escribir algo así. Y he debatido con frecuencia con mis amigos, sobre el pesimismo y el optimismo. Algo que tiene que ver con nuestro carácter, con nuestros genes y con las experiencias vividas. Puede que yo sea un optimista antropológico, como me califican algunos, pero también pienso si no será, que yo enfoco la realidad desde un punto de vista más positivo. Y desde Ortega ya sabemos que una misma realidad, puede ser observada desde perspectivas diferentes. Seguirá siendo la misma, pero cada uno la veremos distinta.
Los filósofos, incluso los simples “amateurs” como yo, tienen, tenemos, una cierta obligación de pensar en dirección contraria a la mayoría. Es la única forma de someter a prueba, las ideas comúnmente aceptadas. Un “espíritu libre” era para Nietzsche, una persona que piensa de manera diferente, a lo que uno podría esperar atendiendo a sus orígenes y su cultura.
Ojo, soy muy consciente de lo de Trump, del Brexit, de los neo fascismos que campan por toda Europa, de los populismos de toda laya que han emergido por doquier, de la moda de las posverdades o “hechos alternativos”, de la indignación explicable de millones de ciudadanos, ante las recetas injustas para combatir la enorme crisis que nos ahoga, de la ola de inmigrantes que buscan refugio, de los terribles atentados terroristas… y sin embargo…
Comencemos observando la realidad de la política o, mejor, de los políticos. ¿Somos los españoles vanidosos, respecto a nuestros políticos? Pues sí, me parece que sí. Y somos vanidosos, porque presumimos que todos nosotros, somos mucho mejores que ellos. Aunque somos nosotros, y no los ángeles del cielo, quienes venimos eligiéndolos libremente, desde hace casi cuarenta años ya. Nuestros políticos no han sido arrojados, “geworfen”, a la vida, como hubiera dicho Heidegger. Ni han caído de Marte. Y como escribe Bertrand Russell, en su espléndida “Autobiografía”: “La democracia tiene al menos un mérito, un representante del pueblo no puede ser más idiota que sus electores, pues, por idiota que sea, los otros lo habrán sido mucho más al elegirlo”.
Leí unas declaraciones en Le Monde, del conocido filósofo francés Michel Serres, con motivo de la publicación de su nuevo ensayo “Darwin, Bonaparte y el Samaritano”. En las que, con respecto a Europa, decía que “vive la época de paz y prosperidad más larga, desde la guerra de Troya”. Y que la gente vive más y mejor, y que la concordia va sustituyendo a la discordia, que ha caracterizado el pasado entero de la humanidad. “El tsunami de los refugiados es bien significativo”, añade Serres, “¿a dónde quieren ir estos nuevos parias de la tierra? A nuestra casa, a Europa, porque vivimos en paz y prosperidad”. Y la edad de Serres, 86 años, es significativa. Algo tiene que ver la memoria con la tonalidad pesimista u optimista, con que vemos el mundo. “A la vista de lo que he vivido en el primer tercio de mi vida”, mantiene el filósofo, “ahora vivimos en tiempos de paz, y osaría decir que incluso Europa occidental, vive una época paradisíaca”. Lo de Siria, lo de Alepo, lo de Irak es un espanto, sí. Lo de los inmigrantes que desean entrar en Europa, también. Pero si logramos apartar la vista, aunque sea por un momento, de las espantosas imágenes de los medios, y abrimos los ojos al panorama global, y lo miramos históricamente, tendremos que reconocer que vivimos en un era de paz sin precedentes, y que desde 1946, el número de victimas en guerras, ha disminuido en proporciones gigantescas. “Las cifras facilitadas por la Organización Mundial de la Salud, informan de que la causa menos frecuente de muerte en la actualidad, es guerras, violencia y terrorismo. Muere infinitamente más gente a causa del tabaco (¡y yo con mis pipas!) y por accidentes de coche”. Así que hay una gran contradicción, entre el estado real de las cosas y la forma en que las estamos percibiendo, porque vivimos como si estuviésemos inmersos en un estado de violencia perpetua, pero eso no es real en absoluto.
Y la opinión de Serres no es única. Lluis Bassets, en El País, nos contaba como Steven Pinker ha demostrado, en su ensayo “Los ángeles que llevamos dentro”, la radical disminución de la violencia y de la guerra en el mundo. El optimismo parece ser ahora cosa de los viejos que sabemos de donde venimos, y el pesimismo de los jóvenes, disconformes con el mundo de hoy. Decía en El País Semanal, la ya muy mayor filósofa Agnes Heller (Budapest, 1929) discípula del filósofo marxista Georg Lukács: “Si comparo la Europa de hoy con la de mi juventud, la de la II Guerra Mundial, el Holocausto y el comunismo, claro que estoy feliz con el mundo en que vivimos. Y Pinker, por su parte, añadía: “No estamos en un mundo en guerra como mucha gente cree, sino que vivimos en un mundo, donde cinco de cada seis habitantes, habitan en regiones amplia o enteramente, libres de conflictos bélicos”.
Y aun hay más. El economista e historiador Johan Norberg, ha ampliado el ángulo de esta visión optimista sobre la historia de la humanidad, en su ensayo “Progreso. Los motivos para tener esperanza en el futuro”: “A pesar de lo que escuchamos en las noticias, y en boca de muchas autoridades, la gran historia de nuestra era, es que estamos presenciando la mayor mejora en los estándares de vida globales, que han tenido lugar jamás”.
Nietzsche
Entonces ¿si todo va bastante bien, por qué muchos creen que todo va rematadamente mal? Lluis Bassets adelanta algunas posibles explicaciones:
Primera: la memoria. Las nuevas generaciones, que están incorporándose a la vida política, no tienen la experiencia de dos guerras mundiales, ni de una guerra civil, ni de dictadura alguna. Para ellos la paz y la prosperidad son datos objetivos e inmutables de su realidad, aunque ésta, naturalmente, presente aún muchos y notables defectos.
Segunda: el periodismo y el rumbo digital e instantáneo que ha tomado. A los periodistas les interesan exclusivamente las malas noticias, como las guerras, los crímenes, los desastres naturales, el hambre…
Tercera: el pesimismo en la biología. Según Norberg: Estamos seguramente construidos, para estar preocupados. El miedo y la ansiedad, son armas para la supervivencia.
Cuarta: la política. Parece evidente, que no sabemos gobernar bien este nuevo mundo. Seguro que el mundo es mejor hoy, como son mejores nuestras vidas. Pero si no sabemos gobernarlo, podemos convertirlo en peor, retrocediendo a épocas pasadas.
En su libro, publicado aquí en España hace unos meses, “El viaje de Nietzsche a Sorrento”, Paolo d’Iorio nos recuerda una cita de Spinoza, que el filósofo alemán había apuntado en sus cuadernos de viaje: “El hombre libre no medita sobre la muerte, sino sobre la vida”. Nietzsche, en Sorrento, se convierte en abogado de la vida, en una época en la que estaba muy de moda ser pesimista. Sus contemporáneos estaban convencidos, de que el mundo se dirigía hacia la nada. Y él decide reafirmar la vida, y se opone a las teorías que la condenan, incluido el cristianismo. Superando entonces, la vertiente más dura y negra del nihilismo, la de su maestro Schopenhauer. Este Nietzsche, nos puede servir para reafirmar un pensamiento laico, escéptico, paródico y antirreligioso, y para entender hasta que punto, las sombras de dios siguen estando presentes en nuestra cultura, pese a que algunas veces ya no las veamos.
¿Todo puede cambiar en un próximo futuro? Pues sí. Pero no estaría mal recordar que, al menos aún hoy, la humanidad tiene más motivos para darse un pequeño aplauso, que para hundirse en la desesperación.
Escribía no hace tanto Javier Gomá (director de la Fundación Juan March): “Esta es la mejor época de la historia que se ha podido vivir ¿En que otra época te habría gustado vivir si hubieras sido extranjero, enfermo, disidente, preso, emigrante…?” Y, sin embargo, cunde la melancolía y el malestar, algo que según Gomá tiene tres explicaciones: “Porque el éxito de las democracias es compatible con el sentimiento individual de infelicidad; porque hay miedos que vienen de la opulencia y no de la escasez; y porque tras el marxismo la cultura es siempre perversa, hay desconfianza hacia ella”.
A mi entender (ya lo he dicho, soy un optimista) en el fondo de todo fatalismo, de todo pesimismo, aunque nos parezca increíble, hay siempre ciertas dosis de optimismo. Como no hay jamás sombra, sin luz. Y en los momentos de máxima angustia, rememorar el pasado puede ser un acto salvador. Deberíamos releer a Stefan Zweig “El mundo de ayer. Memorias de un europeo” que, reescrito ahora con conocimiento de causa, podría titularse: “La reacción”.
La desesperación y la esperanza, son dos caras de la misma moneda de la condición humana”, escribe George Steiner. Yo elijo la segunda. Pues siempre he tenido a bien, renegar del catastrofismo: nada sin causa y nada sin solución. Meciéndose en la voluptuosidad de la rabia y la desesperación, nada se arregla. Hay motivos para la esperanza. Así, al menos, lo veo yo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 31 de Enero del 2017.



lunes, 25 de septiembre de 2017

ILUSIONES Y HECHOS

El artículo de hoy (23.09.2017) de José Luis Pardo en El País, me ha llevado a releer algunas notas y párrafos subrayados, en un par de tomos de Bertrand Russell, referidos al recurrente tema de las Ilusiones y los Hechos.
Mi estimado Lord Russell, hace ya algo así como poco más de medio siglo, explicó (algo que merece ser recordado en esta época de la posverdad) que una proposición es verdadera, solo si se corresponde con los hechos. Lo hizo entonces contra los pragmatistas y los neopositivistas, que sostenían que las afirmaciones no se validan por los hechos, sino por su coherencia con el marco interpretativo. Y a Russell le como escandalizaba esta posición porque, según ella, una proposición falsa podría declararse verdadera, si se construía un marco fantástico o ilusorio para interpretarla, que fuera mayoritariamente aceptado. La historia cultural posterior, parece haber dado la razón a los adversarios de Russell, y a él, algunos, le han considerado una especia de cascarrabias desfasado. Hasta el punto de que hoy los gabinetes de prensa, elaboran “hechos alternativos”, para convertir en verdadera cualquier proposición, por muy fantasmagórica que sea. Es cierto que no siempre consiguen crear una “verdad alternativa”, pero sí logran sembrar la duda, acerca de cual es la realidad y cual la ficción.
En mi opinión, los catalanes independentistas “viven en una realidad paralela”. Según algunas encuestas, el marco interpretativo mayoritario en Cataluña, sería el de quienes creen tener un “derecho a decidir” sobre la forma del Estado español, derecho del que carecen el resto de sus compatriotas. A mi, en la línea de Russell, esto me parece una “ilusión”. Pero para probarlo tendría que recurrir a los “hechos” – a los jurídicos, no a los estadísticos – y en este momento sería cuando me convertiría, a ojos de muchos, en un reaccionario ¡quien me lo iba a decir a estas alturas! tan recalcitrante como el viejo Russell, y se me acusaría de atentar contra las “ilusiones colectivas”.
Bertrand Russell
El nacionalismo, pensamos ¿muchos? es la creencia – entre otras - de que los portadores de cierta identidad, son superiores a los que no la portamos. Y yo diría, una vez más, que eso es otra “ilusión”, pero los nacionalistas intentan esquivar esa conclusión, señalando un “hecho”: el hecho diferencial que les hace distintos, es decir, superiores. A diferencia del nacionalismo vasco, el catalán no busca este hecho en la genética (aunque Junqueras, el otro día, parecía que iba por ahí) sino en la cultura, en ese hecho de cultura que es la lengua. Identificando ser catalán, con “hablar catalán” (yo también lo hablo, y mi mujer, mis hijos y mis nietos) y el “hablar catalán” con ser nacionalista ¿Quién se atreve hoy a recordar que, como habría dicho Nietzsche, no hay hechos diferenciales, sino interpretaciones diferenciales (o sea supremacistas) de los hechos?
Este sería pues, a día de hoy, el marco interpretativo dominante (fantástico, sí, pero no por ello ineficaz, opina Pardo) en el cual la ficción soberanista, se torna estrictamente coherente, como igualmente coherente resulta también, el corrimiento del espectro ideológico estatal, en el que se ha insertado con sonados triunfos, la nueva izquierda revolucionaria nacida del 15M, y debido al cual, quienes a principios de este siglo éramos de izquierda, pero no nacionalistas ni anticapitalistas, sin necesidad de haber cambiado de ideas, y de acuerdo con las nuevas coordenadas interpretativas, hemos acabado situados en el fondo del pozo del facherío, como muy a la derecha de Trump y de Marie Le Pen, por sólo citar dos energúmenos.
Y ahí, me temo, terminaremos todos aquellos a los que se nos ocurra, como al querido Russell, invocar la correspondencia con los “hechos” como fundamento de la “verdad”, en lugar de aceptar la más absurda teoría de la verdad, como coherencia con el delirio dominante.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 23 de Septiembre del 2017.

sábado, 8 de julio de 2017

75 AÑOS YA

Cuando Bertrand Russell se convirtió en nonagenario, escribió unas interesantes reflexiones, sobre los muchos años que ya había vivido. Yo sólo acabo de alcanzar los setenta y cinco, no son tantos, pero tampoco está mal. Así que, apoyándome en Russell, se me ha ocurrido también dedicar unas líneas, a pensar sobre eso de la edad.
Hay a la vez ventajas e inconvenientes en el hecho de hacerse mayor. Los inconvenientes me parecen evidentes para todos, y por ende no me detendré en ellos. Las ventajas se me aparentan más interesantes. De entrada, una ya larga perspectiva sobre el tiempo pasado, da peso y substancia a la experiencia. A estas alturas he podido seguir el curso de muchas vidas, de amigos y de personajes públicos, desde su inicio hasta su conclusión. Algunos de ellos (amigos del colegio, de la universidad y de la política), llenos de promesas en su juventud, no han llegado a hacer nada extraordinario; otros en cambio, no han dejado de convertirse en personalidades fuertes a lo largo de su dilatada vida, llena de realizaciones importantes. Sin ninguna duda, la experiencia de los años, hace que uno adivine con más facilidad, a cual de las dos categorías pertenecerá realmente, una persona hoy aún joven. Y eso no reza solamente de las personas, sino también de los movimientos y organizaciones que, con el tiempo, pasan a formar parte de nuestra experiencia personal y, desde la cual, nos es relativamente fácil evaluar las probabilidades de éxito o fracaso de las mismas. El simple hecho de haber observado tantos fenómenos diversos, nos ayuda comprender el pasado, la historia, y debería igualmente ayudarnos a prever el futuro probable.
Para centrarnos en un espacio más personal, me atrevería a decir que para aquellos que de jóvenes fuimos enérgicos y emprendedores, era normal sentir un apasionado e incesante deseo de grandes realizaciones, sin ninguna previsión clara, eso sí, de hasta donde, la suerte ayudando, podríamos llegar. En la vejez se vuelve uno muy consciente, de que ha sido lo que se ha conseguido o no. Lo que aún pudiéramos conseguir, lo vemos ya como una pequeña proporción de lo ya conseguido. Y eso hace de nuestra vida personal, algo mucho menos excitable. Nos produce una cierta serenidad, que nos facilita analizar más racionalmente las cosas y el devenir. Nos ayuda a controlar nuestras ya más débiles pasiones, a aherrojar nuestros sentimientos más primitivos, para dar más espacio a la razón.
Personalmente he apreciado y aprecio, todo aquello que hace de la vida algo delicioso. En otros tiempos pensaba que cuado fuera viejo, me retiraría del mundo y llevaría una vida de “dilettante”, leyendo todos aquellos libros que aún no había podido leer. Visto lo visto, hoy me parece un vano sueño. Un largo hábito de trabajar por objetivos que uno reputa importantes, es muy difícil de abandonar. Pero podría haber entendido demasiado pesado, este género de placer elegante, incluso si el mundo que me rodease hubiera sido algo más justo, placentero y acogedor. Sea lo que sea lo que hubiera podido ser, me es imposible aún encerrarme en mi rincón, e ignorar los acontecimientos.
Muchos de esos, hay tantos, que no dudan jamás de su sabiduría, no dejan de advertirme reiteradamente, que la vejez debería aportarme una serenidad y una amplia visión, para entender que muchos de los males que nos aquejan, no son sino aparentes, y deben ser contemplados como simples medios para alcanzar fines favorables. Me es ciertamente imposible, aceptar ese punto de vista. En la dura realidad que hoy nos toca vivir, esa supuesta “serenidad”, entiendo, sólo se puede dar desde la ceguera o la brutalidad. Contrariamente a lo que se espera tradicionalmente de los mayores, me estoy convirtiendo poco a poco, pero cada día más, en lo que llamaríamos un “rebelde”. Sin tener una naturaleza y unos genes muy rebeldes, el curso de los acontecimientos que hoy sufrimos, me convierte cada día más, en alguien incapaz de aceptar pacientemente todo lo que sucede.
Y en esas andamos.

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de Julio del 2017.

lunes, 17 de abril de 2017

G.E. MOORE Y EL SENTIDO COMÚN (I)

En su excelente autobiografía, Bertrand Russell cuenta una anécdota sobre Moore, con la que me siento muy identificado. Escribe Russell (traduzco del francés): “Uno de los entretenimientos preferidos de todos los amigos de Moore, estribaba en contemplarlo a la hora de preparar su pipa. Encendía una cerilla, e inmediatamente seguía con una discusión, hasta que la cerilla le quemaba los dedos. Entonces encendía otra, y así sucesivamente hasta acabar la caja de cerillas. Esta práctica le fue indudablemente saludable, al asegurarle algunos momentos en los que no fumaba”.
Mi vieja relación con las obras y el pensamiento de Lord Russell, me llevó a entrar en contacto con los escritos de otros filósofos: Alfred Jules Ayer, Ludwig Wittgenstein, y George Edward Moore. Y de nuevo me encontré con éste último hace unos meses, al publicar un sucinto artículo sobre John Maynard Keynes, con motivo del 70 aniversario de su fallecimiento.
Moore es un clásico de la filosofía contemporánea, pero aunque su prosa ha sido justamente celebrada por su simplicidad y lucidez, su lectura no es fácil ni muy amena. Y es que los filósofos no escriben de ordinario, con la intención de servir de pasatiempo a sus semejantes, aunque muchos de ellos lo consigan incluso sin proponérselo. Y también es curiosamente cierto, que muchos problemas técnicos de la filosofía, como el de si la existencia es o no un predicado, han conseguido desde Kant, apasionar a una amplia gama de filósofos y lectores.
Russell y Moore
La filosofía analítica tiene a Moore por uno de sus fundadores y principales animadores. Y dice Javier Muguerza: “Preocupantes son los reparos de quienes consideran obsoleto ese tipo de pensamiento, aun sin por lo demás tomarse siempre la molestia de estudiarlo previamente”. La filosofía analítica no es, desde luego, cosa de ayer. Pero la misma diversidad de sus manifestaciones, que con frecuencia hace difícil agrupar bajo un mismo rótulo, tendencias filosóficas tan dispares como el atomismo lógico, el neopositivismo, las distintas etapas del influjo wittgensteiniano, o las plurales direcciones del análisis actual es, como poco, un indicio de su vitalidad. Y sería de lamentar, error en el que espero no caer, confundir la crítica de lo que se conoce más o menos a fondo, con el desprecio de lo que supinamente se ignora.
Como he adelantado, Moore pasa por ser una de las grandes figuras del movimiento analítico, comparable por su talla a Russell o Wittgenstein. Cierto que el horizonte de sus intereses, es bastante más reducido que el del primero; y la profundidad de su penetración en la temática que realmente le interesó, es sin duda menor que la del segundo. Pero la seriedad con que asumió su oficio de filósofo, candorosa y hasta ingenua más bien que solemne o pedantesca, es superior, si cabe, a la de ambos. Si en el siglo pasado hubo un filósofo “puro”, ese fue sin duda Moore. Semejante “pureza”, a la que Moore debe su mayor fama, acaso sea también lo que hoy más le distancia de nosotros. John Maynard Keynes, condiscípulo suyo en Cambridge, escribió: “No veo razón para que arrumbemos hoy sus intuiciones básicas… por más que estas se nos revelen de todo punto insuficientes, para dar cuenta de la experiencia real de nuestros días. Que provean una justificación de una experiencia, completamente independiente de los acontecimientos externos, entraña un aliciente adicional, aun si ya no es posible vivir confortablemente instalados, en el imperturbable individualismo que fue el gran sueño hecho realidad, en nuestros viejos tiempos eduardianos”.
Moore fue, en cualquier caso, un típico espécimen de filósofo universitario. A lo largo de veintiocho años (1911-1939) profesó, trimestre tras trimestre, en la Universidad de Cambridge, en la que antes había estudiado durante otros doce. Fellow de por vida del Trinity College, miembro activo de la Aristotelian Society, editor de la revista Mind desde 1921 a 1947, Moore fue todo lo que un filósofo inglés de la época podía ser, sin salir de los apacibles confines del recinto académico. Y ese academicismo, según algunos analistas, podría haber contribuido a angostar algo, la mira de sus preocupaciones filosóficas. Al serle reprochada por un crítico, la limitación de sus preocupaciones filosóficas, respondió: “Quizá no haya motivos para lamentarse de no haber abordado otro género de cuestiones, acaso de mayor transcendencia práctica, con las que sólo me habría sido dado bandearme, peor de lo que lo hice con aquellas de que efectivamente me ocupé”. Y lo menos que se puede decir de esa contestación, a mí entender, es que se trata de una respuesta muy honrada. Y es que el pensamiento filosófico de Moore rezuma honradez por todos sus poros. Esa honradez que no es sólo la que impide a un filósofo – según opina Muguerza – embarcarse en aventuras que considera exceden a sus capacidades, sino también la que le incita, sin retórica, a buscar la verdad, y a poner esa búsqueda, por encima de todo otro objetivo. Que la verdad, en la filosofía como en cualquier otro dominio de la cultura humana, sea más o menos ardua de lograr, eso ya es harina de otro costal.
Trinity College
A juzgar por la devoción de muchos de quienes frecuentaron sus clases de Cambridge, la influencia de sus casi seis lustros de ininterrumpida docencia, debió ser muy grande. Y, según las mismas fuentes, el Moore de dichos cursos estaba por encima de sus publicaciones. El Moore que más se conoce, al menos por los que no somos sino amateurs en este campo, es el filósofo moral, es decir, el Moore de los Principia Ethica de 1903, o de las Ethics de 1912, libros, ambos, escritos fuera del ambiente de Cambridge, y anteriores a su época de madurez. Y aunque esos dos libros han bastado para asegurar a Moore, un puesto privilegiado en la historia de la ética contemporánea, lo cierto es que el filósofo, no volvería a tratar por escrito de cuestiones de ética, hasta la Reply to my Critics, con que se cierra el volumen colectivo The Philosofy of G.E. Moore de 1942. Autores de tan diferente orientación como Alfred C. Ewing, Richard B. Braithwaite (el anfitrión del célebre debate – “El atizador de Wittgenstein” - entre Popper y Wittgenstein) o Norman A. Malcom, no han vacilado en señalar A Defence of Common Sense, como la cumbre de la producción filosófica de Moore. Y, sea o no discutible esa valoración, en el mismo se encierra ciertamente, según Muguerza, la clave de toda la comprensión de su filosofía.
En sus años de estudiante de filosofía, a finales del XIX, Moore pudo todavía vivir un capítulo de la historia de esta última, muy diferente del que – en compañía de Russell, y con la decisiva aportación ulterior del primer Wittgenstein – iba a contribuir a inaugurar. De entre sus mentores filosóficos, ninguno logró ejercer sobre él, según su propia confesión, una sugestión comparable al del neohegeliano Mc Taggart. Aunque el hegelianismo de aquellos neohegelianos británicos era, en verdad, un hegelianismo muy sui generis, y hasta cabría, dice Muguerza, tal vez dudar de la conveniencia de llamarlos “hegelianos” en algún sentido (como agudamente observó John Passmore: “La dialéctica de estos filósofos, más parece tener que ver con la dialéctica parmenídea, que con la de Hegel”). Por lo que quizá fuese mejor hablar de “metafísicos” y, todavía más adecuado, apellidarlos como “metafísicos desenfrenados”. Pues lo cierto es que, como Russell, e incluso el primer Wittgenstein, Moore no dejó de cultivar toda su vida, un cierto tipo de metafísica austeramente sofrenada.
Wittgenstein
Entre aquellos analistas, para quienes la filosofía analítica comienza justo, y sólo, con el Wittgenstein tardío, lo corriente es que hagan con Moore una excepción, considerándolo como un “wittgensteiniano avant la lettre”. Pero esa interpretación de Moore, que impondría a su filosofía lo que cabría llamar un “freno analítico de refuerzo” (según palabras de Muguerza), y la convierte en un simple y puro análisis del lenguaje, me parece a mí, que no soy ningún experto, una interpretación un tanto abusiva. Pues la ética de Moore, no se interesa únicamente por el significado de la palabra “bueno”, o cuestiones lingüísticas por el estilo, sino también por averiguar que cosas son buenas y que debemos hacer.
Y por si hubiera alguna duda, respecto a su comprensiva manera de entender la filosofía, en 1942 replicaría a su caracterización como un filósofo analítico, por parte de John Wisdom, en los siguientes términos: “Habla (Wisdom) de mí concepción de la filosofía como análisis, como si alguna vez yo hubiera dicho, que la filosofía se reduzca a análisis… Y no es verdad que yo haya dicho, creído o dado a entender nunca, que el análisis sea el único cometido apropiado de la filosofía. De mi práctica del análisis se puede ciertamente desprender, que este último es, en mi opinión, “uno” de los cometidos de la filosofía. Pero eso es todo lo lejos, a lo que estoy dispuesto a llegar en mis concesiones. Y analizar no es, desde luego, lo único que en realidad he tratado de hacer”.

(Continuará)

Palma. Ca’n Pastilla a 25 de Marzo del 2016.


lunes, 21 de noviembre de 2016

QUERIDA LUCY

Siempre he tenido a mano la docena de mis libros favoritos, y algunos textos que releo con frecuencia, para tener siempre presente su contenido. Uno de esos textos, es este:
El 1 de Septiembre de 1902, Bertrand Russell escribía estas letras a Lucy Martin Donnelly:
<Para la mayoría de la gente, la familia posee un grado de realidad, superior al de no importa que ulterior relación, comprendidas las del esposo y/o la esposa.  Lo puede observar en Carlyle: sus padres en Annandale, estuvieron presentes para él, como jamás lo estuvo su esposa hasta que murió… Las personas asociadas a nuestra infancia, tienen una presencia superior a la que pudieran pretender, aquellos que conocemos más tarde (los primeros viven siempre en nuestro pasado instintivo)…
No, no he leído a los Isabelinos desde mi primer año en la universidad: según mis recuerdos, su principal mérito residía en la riqueza y esplendor de su verbo. No demande a los antiguos dramaturgos, un Evangelio capaz de regenerarnos: su mundo es decididamente, demasiado irreal. “Bien sûre”, vuestra propia vida es una vida “de papier”, como usted misma dice, una vida en la que la experiencia viene adquirida por el intermediario de los libros. Para remediar esto, más libros no es una buena solución. El único remedio es la vida real, pero no es un remedio fácil. Por “vida real”, entiendo una vida hecha de cierta forma de intimidad con otros seres humanos (la vida pasional de Hodder, no tiene ninguna especie de realidad). O, si usted lo prefiere, la vida real significa la experiencia, que uno adquiere por si mismo, de las emociones que constituyen la materia de la religión y la poesía. La vía para llegar a ella, es la misma que la aconsejada al hombre que quería fundar una nueva religión: Muera en la cruz y resucite al tercer día.
Si usted se siente preparada para estas dos pruebas, no lo dude: láncese a la vida real. Pero en el mundo moderno, la cruz es generalmente la que uno se inflige a sí mismo, deliberadamente; y la resurrección, con la perspectiva de nuevas crucifixiones, exige un considerable esfuerzo de voluntad. Me parece que sus dificultades, provienen del hecho de que en su mundo, usted no tiene interlocutores reales. Los jóvenes no son nunca reales; los solteros lo son raramente. Además, si me permite remarcarlo, la calidad de las emociones en América, me parece más frívola, más superficial, más pusilánime que en Europa; se constata allí una banalidad de sentimientos, que hace que las personas reales sean muy escasas…

En suma, la vida real no consiste, como Hodder querría haceros creer, en aventuras con los hombres casados. Si busca experiencias raras, algo de renunciamiento, o de cumplimiento del deber, os procurará sensaciones infinitamente más singulares, que las más bellas, las más libres pasiones del mundo. Por lo demás, una vida rodeada de libros, procura un alto grado de calma y serenidad. Es exacto que se acaba teniendo hambre de algo más inmaterial; pero se ahorra uno el remordimiento, el horror, la tortura y el veneno enloquecedor de la pesadumbre. Por mi parte, yo me construyo un refugio, donde lo más profundo de mi mismo, pueda habitar en paz, mientras un simulacro de mi persona afronta el mundo exterior.

Ayer, como hablaba en descampado, los espectros de mi pasado surgieron y desfilaron ante mí en procesión – tantos muertos, con sus esperanzas y sus temores, sus alegrías y sus penas, y las aspiraciones de su juventud dorada – todo perdido, desvanecido en los limbos inmensos de la humana locura. Y mientras hablaba, tenía la impresión que yo mismo y los otros, desaparecíamos ya en el pasado, y que nada tenía ya importancia: luchas, sufrimientos… todas las cosas, pura fatuidad, ruidos y furor, sin ningún sentido. “Et voilàcomo se alcanza la serenidad, como los rayos del Destino, se reducen a simples cuentos de niñeras, relatados para asustar a los chavales…
He releído, por otra parte, el más exquisito de todos los pequeños relatos históricos, “Le collier de diamants” de Carlyle. Es el único autor que ha sabido dar a la Historia, su legítima plaza en las Bellas Artes>.

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de Noviembre del 2016.

lunes, 31 de octubre de 2016

¿VOTO EN CONCIENCIA? A CONTRACORRIENTE

Me va a costar mucho escribir lo que sigue, gotas de sangre. Pero jamás he rehuido expresar mi opinión, en los momentos más delicados. Sé que muchos buenos amigos, incluso familiares, no van a estar de acuerdo hoy conmigo. Entiendo que la emoción de muchos, está estos días con los compañeros que han ignorado la disciplina de partido. Ellos van a ser los héroes. Y que muchos de los que votaron abstención, aún siendo partidarios del No, serán ahora los villanos de la película. Pero como yo sufrí un par de veces, cuando era diputado, esa angustia de la escisión entre lo que había decidido el partido y mi convicción política profunda, mis pensamientos y solidaridad están hoy con María González Veracruz, Patxi López, Adriana Lastra y otros, que hicieron de tripas corazón, y acataron la decisión del Comité Federal.
Mucho se ha hablado y discutido en estos días del “voto en o de conciencia”. Y yo no acabo de entender del todo, que es eso de la “conciencia”. Desde pequeño aprendí que había que obrar de la forma más adecuada, para producir la mayor suma de felicidad en los demás. Pero Bertrand Russell nos recordaba en su autobiografía, que su abuela le replicaba que era imposible conocer, que era lo que produciría más gozo y que, en consecuencia, mejor era obedecer la voz de la conciencia. Pero si la conciencia fuera algo así, como mi forma más íntima de pensamiento, deberemos aceptar que dicha “conciencia” depende de la educación recibida, de las experiencias vividas y de nuestras cambiantes circunstancias, por lo cual varía a lo largo del tiempo. Y como afirma también Russell, si admitimos que la conciencia no es sino producto de la evolución y la educación combinadas, entonces es evidentemente absurdo, dejarse conducir por ella, antes que por la razón.
María González Veracruz
Yo procuro en todo momento seguir la razón y no mis emociones o “conciencia”, en parte debidas a mi familia, a la sociedad que me rodea, al nivel económico en que vivo, y a la educación recibida. Y que serán buenas o malas, según la calidad de todas esas circunstancias referidas. Sin embargo es esa “voz interior”, esa “divina conciencia”, la que con frecuencia se desea imponer como guía, a seres dotados de razón. Es pura locura. Es un “mito” en el sentido en que lo entendía Simone de Beauvoir, algo parecido a la noción de Husserl de las teorías acumuladas sobre los fenómenos, que hay que rascar y eliminar, para llegar a las “cosas mismas”. Por mi parte aspiro a dejarme guiar por la razón, en la medida de lo posible. Y no, no es agradable sostener opiniones con frecuencia poco comunes, pues o bien no dices palabra, o bien los otros, se espantan ante mi escepticismo.
Toda experiencia modifica la susodicha “conciencia”. No hay un solo suceso psíquico o físico-material, que no altere el conjunto de nuestra identidad. En el flujo de lo instantáneo – escribía George Steiner – este impacto, como el de las partículas eléctricas que recorren nuestro planeta, es infinitesimal e imperceptible. Pero los seres individuales somos proceso, nos encontramos en perpetuo cambio. La experiencia o el aprendizaje pasados, las expectativas más o menos confesadas, las convenciones socioculturales con respecto a determinada inclinación momentánea (Stimmung), o las circunstancias accidentales, se nos escapan. Pero el “acto-experiencia”, y los efectos que produce sobre nosotros, son inconfundibles.
Así que no, el voto no es nunca de “conciencia”, es siempre político o, como máximo, ideológico. El voto de los diputados del PSC, no hace falta explicarlo, porque ha quedado muy claro, ha sido absolutamente político. Incluso aquellos que votaron en su día, en contra del aborto o del divorcio, lo hicieron no por su conciencia, si no porque se lo exigía su ideología, en este caso religiosa. Y los socialistas que votaron no a la investidura de Rajoy, lo hicieron por su profunda convicción política, superior y contraria pensaban ellos, a las indicaciones de su partido. Lo respeto, pero no lo comparto.
Estar afiliado a un partido político, no es ninguna obligación. Y si ingresamos en uno, ya sabemos que tiene sus normas, sus estatutos, su historia y su cultura, que deberemos respetar. Escribía hace tiempo Javier Marías, que cuando ingresó en la RAE, ya sabía que se exigía corbata para participar en sus reuniones. Así que si un día la misma se le olvidaba, y el ujier no le dejaba entrar, no iba a montar ningún pollo. Sin normas que se respeten (aunque se puedan cambiar) no hay organización ni institución que aguante. La libertad absoluta es una utopía de los anarquistas. El artículo 78 de los estatutos federales del PSOE, establece que los miembros del Grupo Parlamentario (eso debería rezar para todos los diputados, incluidos los independientes, los no afiliados al partido) “están sujetos a la unidad de actuación y disciplina de voto”.
La Ley Electoral actual lleva a que los ciudadanos votamos un partido, no a una persona en particular. Yo fui elegido diputado por el PSOE en varias ocasiones, y en ninguna se me ocurrió pensar, que lo hubiera sido por mi cara bonita. Y aunque la justicia haya establecido, que el escaño es personal, políticamente no es así. Todos los diputados han sido elegidos, porque se presentaron en la lista de un partido. Ahora no discuto de la bondad y excelencia democrática, de nuestra norma electoral. Cuando una mayoría amplia de las Cortes así lo convenga, se puede cambiar. Se puede variar la circunscripción; elegir un sistema diferente al D’Hondt; abrir las listas electorales, para que el elegido lo sea por sus valía personal además de por pertenecer al partido x, y así responder de forma más directa ante los electores y no ante la dirección partidaria; se podría establecer el distrito unipersonal como en Inglaterra; o un sistema mixto como el alemán…
Adriana Lastra
Las normas y las leyes se pueden cambiar o derogar. Pero mientras tanto, las leyes, en democracia, se deben acatar; y las normas en las instituciones y organizaciones democráticas, lo mismo. La alternativa es la jungla, y el sálvese quien pueda. Por eso no me vale lo que argumentan los que votaron no: lo hice por responsabilidad ante los votantes. No, en unas próximas elecciones, los ciudadanos no le van a pedir responsabilidades personales a ninguno de ellos, se las van a pedir, muy consecuentemente, al PSOE. El escaño de ninguno de ellos va a depender, en un próximo futuro, de su voto del pasado sábado, sino de si el PSOE ha sabido recuperar o no su credibilidad, ante los ciudadanos. Y en cualquier caso, me parece, el que estime que su “conciencia” no le permite respetar las decisiones, adoptadas por el partido, siempre puede entregar su acta. En el PSOE entramos, nos mantenemos o salimos, siempre libremente.
Y para que no haya lugar a equivocaciones, repito una vez más: Me parece inaceptable el “golpe palaciego” perpetrado en el PSOE. Deberíamos haber votado No al PP una vez más, e ir a terceras elecciones con todas sus consecuencias. Como militante, exijo ya Primarias y un Congreso Extraordinario. Y por último, y por muy contradictorio que pueda parecer con todo lo que he escrito, no estoy en absoluto de acuerdo, con haber abierto expediente a los que votaron no. Es hora de minimizar costes, no de seguir cavando y profundizando, el hoyo en el que nos hemos metido.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 31 de Octubre del 2016.

sábado, 9 de abril de 2016

¿NOS ATREVEMOS CON SPINOZA?

Para cualquier compulsivo lector aficionado a la filosofía, es prácticamente imposible no encontrarse con Baruch, Bento, o Benedictus Spinoza (BDS) una y otra vez y desde el inicio. Se admira la modernidad del mismo: “La mente humana es la idea del cuerpo humano”. O se le odia profundamente. Pero a nadie deja indiferente. Desde Leibniz a Diderot, desde Nietzsche a Marx, la mayoría de filósofos han registrado la influencia del notable judío holandés, apreciando o despreciando su materialismo; su modo de no separar alma y cuerpo, ni al hombre de la naturaleza, ni a esta de nada y de nadie; y su asociación con al ateísmo, el panteísmo, la herejía y, como escribe Fernando Savater: “con la condición esencialmente hospitalaria de la ética no supersticiosa”. Russell afirmaba que Leibniz caía en el spinozismo, cada vez que se permitía ser lógico. “Ser un seguidor de Spinoza – dijo en cierta ocasión Hegel – es el comienzo esencial de toda filosofía”. Y cuando a Einstein le preguntaban si creía en Dios, se dice que contestaba: “Yo creo en el Dios de Spinoza”.
Se comprenderá por ello, las ganas que yo tenía desde mi mocedad, de enfrentarme a la lectura del mismo. Pero había dos problemas que me llevaban, una y otra vez, a posponer ese momento.
El primero era que en mi juventud, allá por los años setenta, se había puesto de moda la llamada “Posmodernidad” (término introducido por el filósofo francés Jean-François Lyotard) que abominaba de las ideas de la Ilustración, y de las de los racionalistas que la precedieron en el s. XVII, durante la llamada “Revolución Científica” (Descartes, Leibniz, Spinoza, Galileo, Newton, Locke, Hobbes…) y culpaba a aquella y aquellos, de todos los males que afligían a la sociedad. Desde la llamada de Heidegger a derrocar la metafísica occidental, para recuperar la verdad del Ser, todo el proyecto “posmoderno” de deconstrucción de la tradición del pensamiento occidental, todas las diversas tendencias del mismo, tuvieron una cosa en común: fueron en el fondo, formas de reacción contra la Modernidad. Todas aquellas tendencias empezaron con la convicción de que existe un aspecto vital de la experiencia, que escapa al pensamiento moderno. Todas mantuvieron que el propósito de la vida, empieza allí donde termina la modernidad. Todas afirmaron descubrir el significado, especial y escurridizo, de la existencia, mediante un análisis de los supuestos fracasos del pensamiento moderno. Pero todas ellas se mantuvieron, curiosamente, ligadas indisolublemente a aquello a lo que, precisamente, decían oponerse.
En aquellos años, las ideas de la Ilustración y de sus predecesores (Spinoza entre ellos) etéreas, optimistas y ecuménicas, parecían viejas, cuando no hipócritas y presuntuosas. Y también estaban aquellos que acusaban a la Ilustración, de dinamitar los antiguos y reputados sistemas de creencias religiosas, de situar la razón por encima de cualquier otra facultad humana, o de reducir el sentimiento, la solidaridad y las emociones, a una mera ilusión, destruyendo por el camino, toda posibilidad de creencia consoladora en una deidad omnisciente y benévola.
Cierto es que la Ilustración fue profundamente antirreligiosa. Pero como observó David Hume, en aquel periodo escaseaban los verdaderos ateos, y la mayor parte de los grandes del siglo XVIII, más que ser exactamente ateos, simplemente no prestaban atención a las deidades de las religiones monoteístas del mundo. Pero ser “ilustrado” significa, como bien recoge la famosa afirmación de Immanuel Kant, liberar la mente humana de “la bola y la cadena de su permanente minoría de edad” impuesta, entre otros, por “los dogmas y las fórmulas de la religión establecida”.
Y no es cierta, en cambio, esa idea frecuente y poco cuestionada, de que la Ilustración fue un movimiento interesado, especialmente, en dominar las pasiones y cualquier otra manifestación, de los sentimientos o afectos humanos. El ejercicio de la razón representó un papel decisivo en el proceso ilustrado, efectivamente, pero reducir un proyecto intelectual altamente complejo, lleno de matices, a lo que luego se dio en llamar “el imperio de la razón”, es un simplismo absurdo.
Y había un segundo problema, quizá el más importante, que retrasaba mi encuentro con Spinoza: dudaba de mi capacidad para entenderle. Un amigo del Colegio Mayor La Salle, que luego llegó a Doctor en Filosofía, me había advertido que las obras de Spinoza, especialmente la central, su Ética, eran espesos matorrales, llenos de términos arcaicos e importantes abstracciones. Y me recomendaba que antes de meterme con ellas, me sumergiera a fondo con las de otros filósofos más accesibles (fue el primero que me habló de Habermas, que también tiene lo suyo). Y así lo hice durante bastante tiempo.
Pero hace un par de años ese mismo viejo amigo, en un intercambio de correos sobre otros temas, me comentó, como de pasada, que se había publicado un libro muy interesante, ameno y accesible, sobre Spinoza. Tomé buena nota del mismo; pero ha sido sólo hace un par de meses, cuando me lo he comprado.
El libro en cuestión es “El hereje y el cortesano”, de Matthew Stewart, hijo de estadounidense y catalana, y Doctor por Oxford con una tesis sobre la filosofía alemana del siglo XIX. En su libro, como el mismo Stewart advierte, presenta un enfoque algo heterodoxo, hoy, de Spinoza, pero muy interesante, al menos a mi entender. Y por cierto, el autor es un personaje muy peculiar ya que, después de dedicarse durante siete años a consultor de empresas, en una consultoría fundada por el mismo y que llegó a tener 600 empleados, un buen día decidió de repente retirarse, para llevar una vida contemplativa dedicada a pensar y escribir.
Y casualidades de la vida, como si todo dios se hubiera puesto de acuerdo, para no dejarme excusa con la que posponer mi lectura de Spinoza, me entero el otro día, vía Internet, que Bruno Giuliani, francés y Doctor en Filosofía, ha publicado una versión de la Ética de Spinoza, su gran obra, accesible para todos los aficionados como yo. Al menos eso es lo que anuncia la editorial del mismo. Habrá que comprarlo.

De manera que por fin ¡atrevámonos con Spinoza!

Palma. Ca’n Pastilla a 3 de Abril del 2016.

viernes, 11 de marzo de 2016

B. RUSSELL: ESCEPTICISMO Y RACIONALIDAD

Los Russell han jalonado mi vida. En mi juventud, años de universidad e inicios en la política, estuvo presente Bertrand Russell. En mi madurez, en los tiempos de apasionamiento montañero, me acompañó el conde Henry Russell, el gran cantor de los Pirineos, y autor de las “primeras” a la mayoría de los “tresmiles”. Y ahora en mi última etapa, me he vuelto a encontrar con Russell el filósofo. Y, casualidades de la vida, ambos eran parientes lejanos: Lord John Russell, Primer Ministro de la reina Victoria, y abuelo de Bertrand Russell, era primo del padre de Henry Russell.
Para las personas de mi generación, Bertrand Russell (1872-1970) fue un mito; un hombre admirado tanto por sus contribuciones al pensamiento, como por los compromisos sociales que asumió, durante toda su larga vida. De joven leí con entusiasmo algunos de sus libros: “Historia de la filosofía occidental”, “Por qué no soy cristiano”, “Ideales políticos”, “Ensayos impopulares”, “Elogio de la ociosidad”… y muy especialmente, su increíble “Autobiografía”.
Mi querido y admirado Russell, escribe en su introducción a los “Ensayos escépticos”: “Quisiera procurar a la amble consideración del lector, una doctrina que podría parecer moderada, pero, de aceptarse, acabaría revolucionando por completo la vida humana”. Con estas palabras iniciales, Russell nos anticipa unas ideas que siguen siendo hoy, me parece, revolucionarias. Porque, a pesar de asumir la insoslayable irracionalidad del mundo, propone algo profundamente paradójico y subversivo: la convicción de que la racionalidad, a través del ejercicio de la duda escéptica, puede transformar el mundo.
Bertrand Russell siempre se consideró un escéptico. Sin embargo, compaginaba este parecer con la inconmovible convicción de que el uso de la razón, podía transformar la vida humana. La coexistencia de ambos puntos de vista no resulta fácil. Entre los antiguos griegos, el escepticismo era una forma de alcanzar la paz interior, no un programa de cambio social. Montaigne volvería a recurrir al escepticismo, para justificar su alejamiento de los asuntos públicos. Cuando en realidad los escépticos griegos, al menos los pirrónicos, al contrario de los epicúreos que preferían aislarse en su “jardín”, optaban por mantenerse presentes en el “mundo real” y en el espacio público. Y a los ojos de Russell aquel alejamiento resultaba impensable.
Miembro de una noble familia liberal, siempre fue y se sintió un aristócrata – su abuelo lord John Russell, había sacado adelante la gran Ley de la Reforma del año 1832, que había encarrilado a Inglaterra por la senda de la democracia – y era, asimismo, ahijado de John Stuart Mill. Llevaba por tanto la idea reformista en la sangre. Así nada más natural, que tratara de mostrar a los demás – y de probarse a sí mismo - que el escepticismo y la confianza en la posibilidad del progreso, no tenían porque ser nociones encontradas. Algunos de los ensayos más sugerentes y mejor escritos, con que cuenta la lengua inglesa, un conjunto de textos en los que el autor intenta mostrar, que la duda escéptica puede transformar el mundo, son sus “Ensayos escépticos”.
En ellos Russell argumenta que hemos de estar dispuestos, a aceptar la incertidumbre de nuestras creencias. Nos dice que el hecho de que los expertos de un determinado campo del conocimiento discrepen, no implica que la opinión contraria sea meridianamente cierta; y que si estos afirman que no existe base suficiente, para expresar una opinión positiva, lo mejor es dejar en suspenso, la adopción de un criterio propio (Los pirronianos trataban los problemas que la vida les puede presentar, mediante una sola palabra, que actúa como resumen para esta maniobra: en griego “epoché”. Que significa “suspendo el juicio”. Tal como explique hace unos días en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/search/label/Escepticismo%20de%20Pirr%C3%B3n). Aunque este hábito de reserva mental, se halla un tanto alejado, de la pasión que Russell habría de exhibir, en su faceta de reformista (la misma contradicción que expresa el título de mi Blog: Escéptico y apasionado). Escéptico en cuanto a la teoría del conocimiento, a la que él mismo se atenía, Russell se mostraba un tanto candoroso y confiado, a la hora de abordar los asuntos humanos. Sus cambios de impresiones con Joseph Conrad, nos ilustran este extremo. Y debemos recordar que Conrad, a diferencia de Russell, sí era un verdadero escéptico. Russell defendía que la única solución a los problemas de la humanidad, era el socialismo internacional. Y Conrad no quería saber nada de semejante perspectiva. A Russell le encantaba Conrad. Y su admiración hacia él, estaba llamada a ser profunda y duradera. Prueba de ello es que Russell elegiría en honor de aquel, el nombre de su hijo Conrad (más tarde historiador, par de Inglaterra y miembro del Partido Liberal Demócrata). Sin embargo, nunca lograría convencerse de que pudiera resultar sensato, aceptar el escepticismo que despertaban en Conrad las posibilidades del progreso.
La tensión reflexiva del planteamiento de Russell, es realmente de fondo. A diferencia de muchos de los racionalistas posteriores, no siempre habrá de juzgar la ciencia con veneración acrítica. Dado que su escepticismo arraigaba en la tradición de Hume, Russell sabía bien que la ciencia depende de la inducción filosófica; esto es, de la convicción de que, al hallarse el mundo regido por las relaciones de causa-efecto, el futuro habría de resultar necesariamente similar al pasado. Algo de lo que yo repito, con menos gracia y profundidad, cuando afirmo que en lo nuevo hay mucho de lo viejo.
Pero cierto es que en Russell anidó siempre, un conflicto nunca resuelto. En su papel de reformista y partidario del racionalismo, juzgaba que las principales esperanzas del género humano, descansaban en la ciencia. La ciencia era la encarnación misma de la racionalidad práctica, de modo que la difusión del enfoque científico, no podía determinar a la postre, sino que la humanidad se volviera más razonable. Sin embargo, en su condición de filósofo escéptico, Russell sabía que la ciencia era incapaz de hacer que la humanidad fuese más racional, dado que la ciencia misma, es producto de un conjunto de creencias irracionales.
El escepticismo moral de Russell se remontaba a la época, en que decidió abandonar la fe de George Edward Moore (el gran referente ético-moral de los “Apóstoles” de Cambridge) en las cualidades éticas objetivas. Y en varios pasajes de sus obras, vendrá a reiterarse convencido, como estudioso de las teorías de Hume, de que la razón es incapaz de determinar, cual es la finalidad de la vida.
En sus aclamadas memorias, publicadas originalmente con el título “My Early Beliefs”, John Maynard Keynes sostiene que Russell profesaba dos “creencias ridículamente incompatibles: por un lado se mostraba convencido de que todos los problemas del mundo, procedían del hecho de que los asuntos humanos, tendían a organizarse de las más irracional de las maneras, y por otro confiaba en que la solución resultara sencilla, puesto que todo lo que había que hacer, era comportarse de forma racional”. No podemos negar que se trata de una aguda observación esta de Keynes, pero no estoy seguro de que alcance a ver la clave del error, en que incurre el racionalismo de Russell. La dificultad no estriba, opino, en el hecho de que Russell sobrevalore, la capacidad humana para el comportamiento razonable. Radica en la circunstancia de que, según su propio planteamiento, la razón es impotente.
Y la apasionada admiración que Russell sentía por Conrad, debía beber de otras fuentes. Una de ellas, seguramente, brotaba de la sospecha de que el fatalismo escéptico de Conrad, viniera a dar más veraz cuenta de la vida humana, que la desazonada fe que el mismo, depositaba en la razón y la ciencia. Como reformista, Russell creía que la razón podía salvar al mundo, pero en su condición de escéptico y seguidor de Hume, sabía en cambio que la razón jamás alcanzaría a liberarse, de la esclavitud de las pasiones. Al escribir los “Ensayos escépticos”, Russell asume la defensa de la duda racional. Al leerlos hoy, podemos ver en ellos una profesión de fe, el testimonio de un racionalista militante, que dudaba de las capacidades de la razón.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de febrero del 2016.