Es vano preguntarse, cuando uno no cree en la Providencia, si la Historia tiene un fin y/o un objetivo. Pero de ello no se desprende que la Idea hegeliana, sustituto de la potencia divina, pueda condenarse al mismo tiempo que la finalidad teológica. Pues la Razón, con la cual el filósofo actualiza la Astucia (en términos aronianos) se confunde posiblemente con la racionalidad inmanente al caos histórico.
En el hecho de que los individuos obedezcan a sus pasiones, que alcancen resultados que no habían previsto ni deseado, que los hombres construyan su historia sin tener consciencia de ello, en todo eso, pienso, fácilmente estaremos de acuerdo. La Astucia de la Razón pone de manifiesto, en primer lugar, un aspecto claro para todo observador del propio devenir: el espacio, el desplazamiento de fases, entre los fines de los actores y las consecuencias de sus actos. Este aspecto es el que captura y organiza el determinismo histórico, casi siempre macroscópico.
Al mismo tiempo, el problema de la “causalidad” incorpora, de forma paradójica, el de la “finalidad”. Los acontecimientos históricos que transcienden a los individuos, no han sido queridos o deseados por nadie. Como indicaba Max Weber, el acto libre es el acto razonable: “Quant à la conduite, elle est practiquement d’autant plus explicable qu’elle semble plus libre: car l’action raissonable est la plus aisée à comprendre, et l’action totalement incomprensible est celle que personne ne qualifie de libre, celle du fou”.
¿Existe un determinismo del conjunto o sólo determinismos parciales? La investigación causal se orienta espontáneamente, hacia las situaciones en que la persona desaparece. Instituciones y costumbres, movimientos históricos (cristianismo, nacional-socialismo) evoluciones colectivas, en todos estos ejemplos, las pasiones particulares quedan subordinadas a las pasiones comunes, las conductas individuales al fin asignado a todos. La descripción de estas “astucias”, por las cuales los hombres son sacrificados a fines que les sobrepasan, es fácil. Pero estos fines, a su vez ¿son comparables a misiones históricas, razonables al mismo tiempo que necesarias? Si la humanidad no conoce maestro ni tutor, la Historia no tiene un fin desconocido y fatal. ¿Pero el hombre, es capaz de asignarse un objetivo? ¿O puede al menos, después de todo, reconocer la legitimidad de lo que se ha realizado, sin caer en la simpleza y la cobardía de los que adoran el éxito?
La originalidad del determinismo histórico, consiste en substituir la ininteligibilidad inmediata del hecho parcial, por otra ininteligibilidad más incierta, a la vez que superior a los individuos e inmanente a su agrupación, desconocida de la conciencia individual y, es posible, ligada al espíritu humano. El determinismo se halla inscrito en lo real y construido por la ciencia, parcial y, sin embargo, sin límites marcados de antemano.
El filósofo, el historiador o el político más positivo, se esfuerza, casi espontáneamente, en organizar regularidades fragmentarias, sin las cuales la Historia tendería a disolverse en una pluralidad incoherente, y a perder la unidad inteligible que la define.
Palma. Ca’n Pastilla a 3 de Julio del 2015.
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sábado, 4 de julio de 2015
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