Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
Mostrando entradas con la etiqueta Odio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Odio. Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de noviembre de 2018

NUEVOS HÉROES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Achacad mi “incorrección política” a mi edad, a mi deterioro cerebral, ya incapaz de entender que hoy se de por bueno, lo que a mi me enseñaron que era simple mala educación. A comprender como humor ingenioso, lo que en mis días se consideraba pura chabacanería. A confundir hablar claro y sin tapujos, con la falta de respeto.
Hay días en que pienso que se acaba eso que Ortega llamaba “una época histórica”, y que no es sino un clima moral, donde predominan ciertas valoraciones, ciertas preferencias, ciertos entusiasmos. Esta ecuación de coincidencia o repugnancia entre nuestro programa vital y nuestra época, es unos de los factores primordiales de lo que algunos tratadistas han llamado “destino”. Y es que – en sentido orteguiano – no es posible escapar a la circunstancia; ella forma parte de nuestro ser, favorece o dificulta el proyecto que somos. En fin.
Parece se ha puesto de moda, la queja de que por culpa de la corrección política, la libertad de expresión corre peligro. Se repite desde una orgullosa disidencia e, incluso, hasta desde un cierto supuesto heroísmo. Ya en mis tiempos una cierta izquierda, la “gauche divine”, se sentía halagada por sentirse perseguida sin ningún peligro. Los nuevos “héroes de la libertad de expresión” – escribía el otro día Muñoz Molina – lamentan que los censores de la ortodoxia progresista o del buenismo, no quieren dejarles llamar a las cosas por su nombre. El derecho sagrado a la creatividad, a la irreverencia del humor, está en peligro porque ya no puede ejercerse el antiguo ingenio español, de los chistes de maricones. En ese pozo sin fondo de basura tóxica que es Twitter – me explicaba un amigo, pues yo no estoy en esa plataforma – alguien mostraba su talento natural, y ejercía su libertad de expresión, celebrando que a Federico García Lorca le pegaron un tiro en el culo por maricón. Es una gracia de mucha tradición en nuestra alta cultura.
Trump
Cuando era joven viví bajo una dictadura, así que no me vengan con monsergas, sé muy bien cual es la diferencia entre la censura y la libertad de expresión. Y jamás olvidaré el precio que algunas personas valerosas tuvieron que pagar, por ejercer la suya. Parece que fue ayer, cuando la gente se jugaba la vida por alzar la voz contra los pistoleros de ETA. Los que hablaban y escribían no eran tantos y, por eso, constituían blancos fáciles. Al periodista José Luis López de la Calle – nos recuerda Muñoz Molina – le pegó un tiro con gran valentía, uno de aquello “gudaris” tan celebrados, cuando volvía una mañana de comprar el periódico. Personalmente perdí demasiados compañeros del PSOE por ejercer su libertad de expresión. Algunos de ellos, además de compañeros, fueron amigos personales entrañables: Enrique Casas, Fernando Mújica “el Poto”, Fernando Buesa y Ernest Lluch.
A los periodistas los persiguen y los encarcelan en medio mundo. Con frecuencia los asesinan. La libertad de expresión es un bien muy valioso, muy frágil y muy escaso. La información veraz y el pensamiento crítico, son siempre incómodos para los poderosos, para los corruptos y para los explotadores.
Salvini
Pero el problema de estos días, a mi modesto entender, no es que ya no se puedan decir en público, en voz alta, ciertas palabras. Es justo lo contrario: que hoy si se pueden decir. De los espacios broncos, como eran las barras de los bares, los estadios de fútbol y las pintadas en retretes públicos, las palabras desagradables y altisonantes, los insultos más soeces, se han extendido, como en una especie de metástasis cancerígena, a lo que en mis tiempos era el espacio más o menos civilizado del debate público, el institucional.
Nunca, a lo largo de mi ya extensa vida, he asistido, ni aquí en España ni en otros países, a un grado de violencia verbal como el que observo y escucho ahora, en los periódicos digitales, en las redes sociales, y en las declaraciones de muchos políticos. No olvidemos que no hay palabra de odio que no sea tóxica, incluso las que murmura uno en “petit comité”. Pero cuando las dice el Presidente de Estados Unidos, o ahora también el de Brasil, o algún político en nuestras Cortes, me doy cuenta de que ha comenzado una nueva época que me es extraña; que ahora el odio es respetable y legítimo, y que las palabras van a ser más dañinas que nunca.
Si hay una libertad que hoy no está en peligro, es justo la que ejercen con tanta desenvoltura Trump, Bolsonaro, Salvini y todos sus innumerables imitadores: la de ofender a los débiles, a las mujeres, a los perseguidos, a los raros, a los negros, a los homosexuales, a los discapacitados, a los desposeídos. No hay peligro de que no se puedan hacer chistes, cuando el Presidente de los EE. UU. parodia en un acto público, el habla y los movimientos de un discapacitado. Nunca me han hecho gracia esos chistes que siempre se burlan de los más débiles. El humor grueso, soez, siempre me ha repelido. Prefiero el humor que apela a la inteligencia, el humor fino de los ingleses, la ironía.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Noviembre del 2018.


martes, 31 de octubre de 2017

ODIO, XENOFOBIA... DISCURSOS SIMPLES

Siguiendo en la línea de la reflexión subida el otro día aquí, mi Blog, engarzo con lo que decía Ramoneda hace ya meses, en junio pasado.
Leyendo la Historia comprobamos, que todas las sociedades han tenido siempre, unas pautas morales y culturales de referencia que las articulan. Naturalmente esas pautas – la hegemonía cultural -, es así de duro, ha sido siempre fruto de las relaciones de fuerza, que determinan quien tiene la capacidad normativa, para incidir en la definición de los comportamientos adecuados e inadecuados.
También la Historia nos demuestra como una sociedad es más libre, cuanto mayor es su capacidad de inclusión. Una sociedad libre es una sociedad fuerte, porque puede integrar al máximo, sin poner en peligro su condición de ser. Pero una sociedad no puede ser libre sin el respeto a los demás. Y este es el límite. Y al mismo tiempo, como nos advertía Claude Levi-Strauss, una sociedad incapaz de generar su propia negatividad, es una sociedad sin futuro. Cerrarse sobre si misma, negar el derecho a la transgresión, es simple expresión de debilidad e impotencia. Es un síntoma manifiesto de carencia de autoestima, que no se sienta vergüenza al despreciar a una persona, simplemente porque no es como nosotros, porque nos estorba, porque no sabemos como relacionarnos con ella, porque no somos capaces de mirarla con los mismos ojos con los que miramos a los nuestros. La debilidad elude la complejidad, demanda discursos simples.
Pepe Borrell
Siempre he opinado, que es más fácil dar correa al discurso del miedo y de la discriminación, que afrontar las causas que la favorecen. ¿Qué nos indican estos tiempos de odio y xenofobia? Pues una enorme inseguridad respecto a nuestra identidad, que genera contantes pulsiones de hipocondría. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Estas situaciones son en gran parte, a mi modo de ver, fruto de la imposición de una ideología del desamparo, a unas sociedades que habían alcanzado altos niveles de bienestar, y que ahora se sienten amenazadas. Demasiados años de individualismo radical, de desprestigio de lo social, de una cultura del sálvese quien pueda. Años de brutal aceleración de las cosas, de cambios inesperados de referencias, de desplazamiento de las rentas del trabajo a las del capital… han sido el caldo de cultivo de las explosiones de hoy.
A esta construcción del odio y la xenofobia, han contribuido dirigentes políticos, ideólogos e intelectuales que, en vez de buscar y afrontar las razones, que han movido a determinadas personas, a parapetarse tras la xenofobia, han preferido adularlas, asumiendo su discurso y su agenda, sin dar las batallas de las ideas – como nos recordaba ayer Borrell que no se ha hecho, con el relato del independentismo catalán – ni las de una sociedad abierta, en las que el odio al otro debería ser de modo natural, residual y despreciable.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Octubre del 2017.

martes, 17 de octubre de 2017

ALGUIEN A QUIEN PODER ODIAR

Se preguntaba el otro día Paco Tomás ¿qué nos está pasando? Parecería como si, casi repentinamente, nos encontráramos habitando en una sociedad que se crece en la enemistad, que parece revalorizarse creando vínculos contra alguien, en lugar de construir puentes. Es como si una especie de complejo de inferioridad que nos ha sobrevenido, nos empujara a necesitar alguien a quien odiar para poder legitimarnos, para recobrar autoestima.
Y eso ocurre a la vez en América, en Europa y en España. Y da igual si estamos tratando de los derechos humanos o las modas estéticas. Todo es susceptible de ser odiado. Localizar un enemigo, parece justificar no ya mi lucha, sino también mi lugar en el mundo. Odiar al diferente, odiar al gay, odiar al catalán, odiar al español, odiar al musulmán, odiar a los turistas… Odiar para permanecer. Siento como si me hubieran empujado a tierra de nadie, a un espacio inclemente, árido y solitario, que nos han reservado a los pocos y extraños seres, que aún no creemos en el pensamiento único.
He hablado en las últimas semanas, y recomendado su relectura, del libro de Stefan Zweig “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. En él recuerda Zweig, el comienzo del siglo XX, desde el peculiar observatorio en el que había vivido como austriaco, judío, humanista y pacifista. Y nos relata como los jóvenes educados en la Austria imperial, en un ambiente seguro y estable, creían periclitado cualquier episodio de barbarie, y no veían en el futuro sino signos de progreso.
Stefan Zweig
Pues bien, como nos recordaba el Marzo pasado, la gran Adela Cortina, ese relato nos resulta muy familiar, a quienes hemos vivido la experiencia de la transición española a la democracia. En los años setenta del siglo pasado, creíamos haber ingresado en la senda del progreso social y político. Quedaban atrás por fin, pensábamos, los enfrentamientos violentos tan comunes a nuestra historia. Hoy sin embargo, casi nos obligan a pensar, que las semillas de la vuelta atrás, pueden estar ya sembradas.
Una de esas semillas, como bien sabemos los conocedores de nuestra historia, es la del triunfo de los discursos del odio. Quien recurre a ese tipo de discursos, pretende estigmatizar determinados grupos, y abrir la veda para que puedan ser tratados con hostilidad. Según Cortina, quizá “odio” no sea el término más adecuado, para referirse a las emociones – siempre las malditas emociones – que se expresan en esos discursos, como la aversión, el desprecio y el rechazo, pero sí se trata, en cualquier caso, de ese amplio mundo de las fobias sociales, que no son otra cosa que patologías sociales, que a estas altura ya deberíamos haber superado: la xenofobia, la supremacía nacionalista, la misoginia, la homofobia, el desprecio al “otro”, al diferente… Ya me aburre recordar las veces que he advertido, del peligro de las emociones como pauta en la política.
Es un viejo dilema, sí, pero aquí lo tenemos de nuevo: el conflicto entre la libertad de expresión que, por supuesto, es un bien preciado en cualquier sociedad abierta (reléase a Popper), y la defensa de los derechos de los colectivos, objeto del odio, tanto a su supervivencia, como al respeto de su identidad, a su autoestima. Por decirlo con palabras de Amartya Sen, la libertad es el único camino hacia la libertad, y extirparla es el sueño de todos los totalitarismos.
El derecho al reconocimiento de la propia dignidad, es un bien innegociable en cualquier sociedad con suficiente inteligencia, como para percatarse de que el núcleo de la vida social, no lo forman individuos aislados, sino personas en relación, en vínculo de reconocimiento mutuo. Personas que cobran su autoestima, desde el respeto que los demás les demuestran. Y desde esta perspectiva, los discursos intolerantes que proliferan estos días en las redes, están causando un daño irreparable. Están abriendo un abismo entre el “nosotros”, de los que andan convencidos erróneamente de su estúpida superioridad, y el “ellos” de aquellos a los que, con la misma estupidez, consideran inferiores.
Adela Cortina
Muchos nos preguntamos casi a diario, por los criterios para distinguir entre el discurso procaz y molesto, pero protegido por la libertad de expresión, y los discursos que atentan contra bienes constitucionales. La ley, con ser imprescindible, no es suficiente. Porque el conflicto entre libertad de expresión y el discurso del odio, no se supera sólo intentando averiguar hasta donde es posible dañar al otro sin incurrir en delito. Después de Habermas ya sabemos que las libertades personales, también la de expresión, se construyen “dialógicamente”. El reconocimiento recíproco de la igual dignidad, es el auténtico cemento de una sociedad democrática. Tomando de Ortega la distinción entre “ideas” y “creencias” – que consiste en reconocer que las ideas las tenemos, y en las creencias estamos – podríamos convenir que convertir en creencia la idea de la igual dignidad, es el modo ético de superar los conflictos, entre los discursos del odio y la libertad de expresión, porque quien respeta activamente la dignidad de otra persona, difícilmente se permite dañarla.
Reforzar y cultivar a diario nuestro “êthos” democrático, es el modo de superar los conflictos entre la libertad de expresión y los derechos de los más vulnerables. Porque de eso se trata en cada caso, de defender los derechos de quiénes son socialmente más vulnerables, y por eso se encuentran a merced, de los socialmente más poderosos.
Pues eso. Al loro los que insultan en las redes sin respeto alguno a los demás.

Palma. Ca’n Pastilla a 4 de Octubre del 2017.