Leyendo a G.E. Moore

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Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016
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viernes, 29 de marzo de 2019

POLÍTICA YMORAL

En la segunda parte de su conocida obra “La política como profesión”, Max Weber plantea la cuestión de la moralidad de la política. Fue una parte dirigida especialmente, contra una interpretación muy extendida en la opinión publica por aquel entonces (años veinte del pasado siglo) concretamente entre los estudiantes universitarios, consistente en ver la política como una actividad para la aplicación de principios absolutos, que en la época eran de índole revolucionaria y pacifista. Pero estaba dirigida igualmente, contra el tipo de político excesivamente pragmático y sin convicciones políticas profundas.
Arranca Weber de la definición de Política y de Estado (del Estado “moderno”) mostrando como ambos conceptos están mutuamente referidos entre si. Política es para Weber, la actividad de dirección de un Estado, o el ejercicio de una influencia sobre el mismo, es decir, “la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre distintos Estados o, dentro de un Estado, entre los distintos grupos humanos que éste comprende”.
Habla de tres cualidades necesarias para el político – pasión, responsabilidad por las consecuencias de sus acciones, y sentido de la distancia respecto a sí mismo y a las cosas (“realismo”) – explicando por qué la vanidad es el peor vicio del político, y por qué critica al “político del poder”. Insiste en la característica fundamental de la política, que es la que exige esas cualidades, y la que estará en la base, del problema de la relación entre política y moral.
La acción política la caracteriza Weber, como una acción en la que, por regla general, según demuestra la historia, no hay una correspondencia entre la intención y los resultados, siendo por tanto la relación entre intenciones y resultados, de índole paradójica. En esa situación, lo único que puede darle consistencia interna a la acción política, es su sentido de servicio a una causa. Pero, por otro lado, son muchos y distintos los objetivos posibles de la actividad política. Y con todos estos elementos, plantea ya expresamente, la cuestión de la moralidad de la política.
Weber se pregunta qué moralidad tiene la política, si hay una moralidad que le marque a la política lo que es correcto o no, y si esta moral sería una moral general humana, o una moral específica para la actividad política ¿En qué nivel ético está situada la política? ¿Cuál es la relación verdadera entre ambas? ¿No tienen nada que ver? ¿O vale para la política la moral general, que vale para cualquier otro ámbito de la vida?
Todo el problema deriva del medio que utiliza la política, que es el poder y la violencia que puede derivarse del mismo. Quien se mete en política, es decir, quien se mete con el poder y la violencia como medios, debería ser muy consciente con antelación, que firma un pacto con los poderes diabólicos. Y tener muy presente para sus acciones, que nos es verdad que el bien sólo salga del bien y del mal sólo el mal.
El planteamiento weberiano, deja totalmente fuera de consideración, la idea de que la relación entre la moral y la política, pudiera consistir en utilizar la moral, como fuente de legitimación de una actuación política. Las intenciones de una acción no justifican nada, pues cualquier acción política podría así justificarse por intenciones distintas y aun contrapuestas. Como la política es poder (algo que modestamente he venido yo recordando con frecuencia) o uno no acude a él o se cuenta con él, y entonces hay que cargar con las consecuencias. Justificar el poder con buenas intenciones, Weber lo considera inmoral. Por eso no le parece solución adecuada para la acción política, acudir a la ética del Sermón de la Montaña, en el que él condensaba la doctrina cristiana. Pues dicha ética es una moral absoluta y radical, que prescribe cosas que realmente el político no puede hacer, ya que, por ejemplo, condena la violencia, mientras que el político con frecuencia tiene que utilizar la violencia para ir contra el mal.
Si tenemos en cuenta los caracteres de la acción política, se nos hará evidente que no es compatible con ella, un comportamiento guiado por una ética de carácter absoluto, ya que esta última no se pregunta nunca, por las consecuencias de las acciones. Es en esta pregunta por las consecuencias, de tomarlas en consideración para la acción política, donde se nos muestra la gran diferencia, entre la lógica de la política y la de la ética de las convicciones. Diferente al comportamiento guiado por una ética de lo absoluto o de convicciones, es el dirigido por una ética de la responsabilidad, por la ética de que hay que responder de las consecuencias (previsibles) de las propias acciones. Al aceptar que hay que ser responsable, de las consecuencias de nuestras acciones, Weber afirma que ninguna ética puede evitar, que la consecución de fines considerados buenos, vaya unida a tener que contar con medios dudosos, y con consecuencias colaterales malas: “Ninguna ética – afirma Weber – puede demostrar cuando un fin bueno, justifica medios dudosos, ni en que medida los justifica”.
A lo largo de su obra, Weber va desarrollando argumentos, en contra de que los políticos actúen según una ética de convicciones. Critica el comportamiento político basado en la ética de las convicciones, porque ésta no toma en cuenta, el hecho de la no racionalidad moral del mundo, es decir, el hecho de que del bien puede salir el mal y al revés. La inadecuación de la ética de convicciones a la actividad política, deja a la ética de responsabilidad, como la única compatible con la política, precisamente porque toma en consideración las consecuencias. Ahora bien, la diferenciación y contraposición entre ambas éticas no implica, por otra parte, que no puedan, e incluso que no deban, convivir en la persona del político.
Al político de verdad Weber le exige: a) que sea consciente de las paradojas éticas – ya mencionadas – derivadas de las características de la acción política; b) que tenga también corazón, pero auténtico y firme, no lleno de romanticismo vacío, ya que la política no se hace sólo con la cabeza; y c) que tenga presente que para tener un corazón firme, es preciso mantener la distancia necesaria respecto a las cosas y a si mismo – ser realista – para que uno pueda afrontar el fracaso de todas las ilusiones, de todas las esperanzas.
Al final resume Weber, que sólo tiene cualidades para la política, quien tenga esa fortaleza interior, quien no se derrumbe ante la realidad del mundo tal como es, quien no sea un mero romántico fanfarrón: tiene “Beruf” (vocación, profesión) para la política, quien no se hunda ante un mundo estúpido, que no está dispuesto a recibir, todo lo que uno desea ofrecerle, sino que diga, por el contrario, que él, a pesar de todo, se afirma en su posición y sigue.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 12 de Marzo del 2019.


domingo, 7 de agosto de 2016

LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN

Decía Claudio Magris, que si supiera como, regalaría a todos aquellos que tienen entre sus ocupaciones y pasiones la política, esa obra de arte, ese opúsculo de Max Weber, que es “La política como profesión”.
Por “profesión” – en alemán “Beruf” – evoca también Weber (con “pathos” religioso protestante) la vocación, o la “llamada”, a la que se refiere también Michael Ignatieff, en su maravillosa obra “Fuego y cenizas”. En las pocas páginas de su genial ensayo, Weber traza la frontera entre la esfera de lo que es racionalmente demostrable, y la de los valores, las fes y los afectos, que constituyen una certeza vivida en el ánimo y, a veces, un ideal supremo, pero de los que no podemos pretender, dar una demostración lógica, aunque no por ello sean menos importantes. Y esa claridad, es la esencia de la laicidad.
En su libro, Weber distingue dos formas fundamentales de la acción política, inspiradas respectivamente el la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad" (ya he escrito diversas veces sobre esto). Quien sigue la primera intenta actuar obedeciendo puntillosamente, únicamente a sus propios principios, sin dejarse turbar por las consecuencias de su comportamiento. Quien se inspira en la segunda, piensa en cambio, no sólo en la pureza de sus principios, sino también y sobre todo, en las consecuencias de sus actos. No se preocupa tanto de salvar lo inmaculado de su propia alma, como de salvar al mundo y a los demás.
Ambos comportamientos, también analizados agudamente por Giovanni Sartori (Licenciado en Ciencias Sociales en la Universidad de Florencia) tienen sus méritos y sus peligros. La “ética de la convicción”, elevado testimonio y fermento de la conciencia, como apunta Magris, puede degenerar en fanatismo abstracto; la de la “responsabilidad” en la indolencia, y en las más generalizadas y abyectas componendas, en la vileza de quien dice “tengo familia” y se echa para atrás.
Como Magris, también yo pienso que hoy en día, asistimos a un eclipse de la “ética de la responsabilidad”. Quizá podríamos decir, generalizando, que la derecha es con frecuencia cínicamente responsable, y la izquierda bobaliconamente irresponsable. A la primera le importan un pimiento los principios, y persigue con coherencia sus objetivos e intereses, en las formas y modos que le parecen más adecuados, para alcanzar sus fines. La izquierda por su parte, está llena de gente deseosa, sobre todo, de dar siempre su opinión, de airear sus propios sentimientos, sus rabias, sus desilusiones, y de exhibir la nobleza y la sensibilidad de su alma bella, sin preocuparse de si los modos y las formas, en que todo ello se lleva a cabo, ayudan objetivamente o bien perjudican, a la afirmación y la defensa de los valores en que se cree y por los que se combate. Y por los cuales, si de veras se cree en ellos, y no solamente en el propio estado de ánimo, haría falta estar dispuesto a sacrificar algo, incluidas – si fuera necesario – las efusiones del propio estado de ánimo. Hay que llevar mucho cuidado con el viejo dicho de “pereat mundus et fiat justitia” (“perezca el mundo y hágase justicia”). Porque el sentido de la “responsabilidad”, si bien liberado de todo fanatismo, sigue siendo la premisa de toda auténtica acción humana y política; si desaparece no queda nada.
Giovanni Sartori
Si el tiro al blanco sobre los propios líderes, se convierte en la izquierda – como parece hoy – en un difundido deporte alegremente autodestructivo, la partida está perdida; y una fuerza política se transforma en una caseta de feria, en la que se tiran media docena de bolas por unos euros. Y en este clima sentimentaloide, quien trabaja en un partido, incluso quien lo dirige, inspirándose en la “responsabilidad”, aparecerá a menudo, como una persona gris y prosaica.
Responsabilidad” significa pagar el precio y la renuncia, que toda acción exige (Es el concepto que, resumido, figuraría igualmente en la divisa de la familia Finch-Hatton – el amante de Isak Dinessen, Baronesa Von Blixen, en “Memorias de África” - “Je responderay”), no pretender a la vez, como se dice, estar en misa y repicando. Y la vida política se hace en muchos lugares, igualmente legítimos siempre y cuando se respeten las leyes y las reglas fundamentales de la democracia: en el parlamento, en las plazas, en las sedes de los partidos, en las asociaciones, en el ejemplo dado en el puesto de trabajo, y hoy también en las redes sociales y en los múltiples blogs. En todos estos casos y lugares, lo que cuenta, o debería contar, escribe Magris, es volver a casa, por la noche, contentos no sólo de haber cantado y gritado, las canciones y eslóganes que conmueven a nuestros corazones, o de haber tronado contra el adversario, sino sobre todo, si ello fuera posible, de haber convencido al menos a un elector de la otra parte, a cambia la próxima vez su voto.
Pues eso, al tajo.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Agosto del 2016.