Hace unas semanas, después de escuchar una entrevista a Pablo Iglesias,
en la cual se pronunciaba, una vez más, por acabar de raíz con el régimen del
78, volví a releer unas páginas del libro de Raymond Aron “Introduction à la Philosophie de
l’Histoire. Essai sur les limites de l’objectivité historique”, las
cuales me reafirmaron, por si lo hubiera necesitado, en la idoneidad de la
reforma, frente a la ruptura o revolución. En la pertinencia de no derribar la
casa que nos acoge, antes de saber en que nuevo edifico nos cobijaremos. En
reformar la Constitución, mejor que llevarnos por delante el ¿régimen? del 78,
con todas sus consecuencias. No hay que confundir los deseos de reformar el
sistema con los de destruirlo. Alguien dijo aquello de “los experimentos, mejor
con gaseosa”.
Lógicamente, importa ante todo, aclarar si se acepta o no el orden
existente, aunque podando de él todas las ramas envejecidas o muertas. Esta
sería la primera alternativa a dilucidar. A mi modo de ver, el revolucionario,
el rupturista, no tiene más programa que el demagógico. Aceptemos que tiene una
ideología,
es decir, la representación de otro sistema, que transciende el presente y que
es, probablemente a día de hoy, irrealizable. Pero sólo el éxito de su
“revolución” permitiría discernir entre la anticipación y la utopia. Porque si
uno se atuviera a las ideologías en bruto, sin contrarrestar con la realidad su
factibilidad, todos nos uniríamos espontáneamente a los “revolucionarios”, que
normalmente prometen más que los demás. Los recursos de la imaginación superan
necesariamente a la realidad.
¿Qué significa para mí la prioridad de la reforma, frente a la ruptura
o revolución? Primero y ante todo, obliga a un estudio lo más riguroso posible
de la realidad, y del sistema que podría suceder al actual. En la política, tal
como yo la entiendo, la elección racional se sigue no sólo de principios
morales y de una ideología, sino también de una investigación analítica, tan
científica como sea posible. Investigación que nunca ¿lamentablemente? llegará
a una conclusión desprovista de dudas, pero que nos prevendrá contra las
trampas del idealismo o de la buena voluntad. Esto no significa que, por el
contrario, la elección política ignore los valores o la moralidad. En última
instancia no elegimos la democracia frente a sistemas totalitarios, sólo porque
juzguemos que el mercado es más eficiente que la planificación central.
Elegimos en función de múltiples criterios: eficiencia de las instituciones,
libertad de las personas, equidad de la distribución… y tal vez, por encima de
todo, por el tipo de personas que crea el sistema.
Raymond Aron, en su obra mencionada, escribía lo siguiente: “La
elección no es un actividad exterior a un ser auténtico; es el acto decisivo
por el cual me comprometo y juzgo el medio social que reconoceré como mío. La
elección en la historia se confunde en realidad con una decisión sobre mí,
puesto que tiene su origen y objeto en mi propia existencia… La decisión
política, histórica, es también la decisión de cada uno acerca de sí mismo”.
Aunque a veces no nos
percatemos, al desear un orden social, estamos deseando una manera de vivir.
Identificamos la situación en que vivimos, pero sólo la reconocemos como
nuestra, cuando la aceptamos o la rechazamos, es decir, cuando determinamos
aquella en que nos gustaría vivir. La elección del medio es una elección sobre
nosotros mismos. Y ella, la elección, crea nuestro universo espiritual, al
mismo tiempo que fija el lugar que reivindicamos en la vida colectiva. “No todo
cambiaría con una revolución. Siempre quedaría más continuidad de la que
imaginan los fanáticos” Aron dixit.
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Raymond Aron con Pierre Mendes France |
En estos días angustiosos, quizás como siempre en la historia, en que
afloran ciegas creencias (echarle un vistazo a las redes sociales y a la prensa
digital) no estaría mal que recordáramos a algunos, que el objeto concreto de
su devoción no puede ser “revelado”, y que no debería, como en las religiones
transcendentes, dividir al mundo en dos reinos opuestos. Mientras vivamos en una
democracia, en la que quepa la discusión, vale la pena recordar que no hay
humanidad posible sin tolerancia, y que a nadie le es dado poseer la verdad
total, si fuera que esa existiera.
Estamos en el terreno del compromiso, social y político, del cual se
desprende (al menos siempre fue así para mí) una cierta idea del hombre, de un
hombre que se compromete, que decide acerca de sí mismo, tratando de hacer que
su medio concuerde con su elección. “El hombre que tiene conciencia de su
finitud, que sabe su existencia única y limitada, debe, si no renuncia a vivir,
dedicarse a fines cuyo valor consagra al subordinarles su ser” (R. Aron).
A mí modo de entenderlo y recordarlo con frecuencia, el hecho de que el hombre se defina a si mismo y su misión midiéndose
con la nada, no significa, ni mucho menos, ni ceder a la moda de una filosofía
patética, ni confundir la angustia de una época muy trastornada con un dato
permanente, ni caer en el nihilismo, ni en el adanismo que nos ofrecen algunas
organizaciones políticas emergentes a día de hoy. Muy al contrario, que el
hombre se defina así, es afirmar el poder de quien se crea a sí mismo, juzgando
su medio y eligiéndose. Sólo así, el hombre podrá incorporar a su yo esencial
la historia que lleva en sí, y que se convierte en suya.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Noviembre del 2014.