Pero hay una cierta “izquierda” que, a lo largo de mi vida, me ha irritado tanto o más que la derecha. Esos grupitos de “intelectuales” (profesionales liberales, artistas, escritores…) que se reunían en los mejores bares o restaurantes, para cambiar el mundo mediante la revolución, y luego se iban a dormir, tan satisfechos ellos con lo muy de izquierdas que eran. Hoy en día esos mismos están en las redes. Autopromocionados “intelectuales” mediáticos, que se pavonean distraídamente ante el admirativo espejo de su audiencia electrónica. Como escribía Antonio Elorza: “Con frecuencia los tuits son como los insultos que se dirigen los automovilistas de un coche a otro. El agresor disfruta de la doble coraza del posible anónimo y de la brevedad impuesta del texto, lo cual justifica quedarse en un improperio, sin tomarse el trabajo de argumentar”
Me estoy refiriendo, como muchos ya habrán interpretado, a lo que llamábamos la “Gauche divine” o la “Izquierda chic” (La Gauche Divine (‘izquierda divina’ en francés) fue un movimiento de intelectuales y artistas de izquierda que se extendió por la Barcelona de los años sesenta y comienzos de los setenta. El grupo estuvo ligado al movimiento cinematográfico denominado Escuela de Barcelona. El escritor y periodista Joan de Sagarra fue quien bautizó al grupo con el nombre de Gauche Divine en las páginas del periódico Tele/eXprés en octubre de 1969 a raíz de la fiesta de presentación de Tusquets Editores en el Price). Y por extensión denominamos así en Madrid, en mis tiempos en la universidad, a otros supuestos intelectuales, que esperaban las madrugadas en el Bocaccio, o en otros locales de élite.
Son esas personas que se sienten muy a gusto en su excelsa minoría. Esos que entienden que un libro, o una película o cualquier obra humana, no puede ser bueno si resulta del gusto de mucha gente. Los que no pertenecerán jamás a un partido que obtenga muchos votos, pues confunden la autenticidad de la izquierda, con la irrelevancia y marginalidad extramuros del sistema. Los que se sienten a disgusto compartiendo las ideas que, en un momento dado, puedan ser apoyadas por la mayoría del “pueblo”, vocablo, por otra parte, del que se les llena con frecuencia la boca. Los que sufren un miedo cerval a “ensuciarse” las manos con el ejercicio del poder, como nos decía D. Joaquín Ruiz Giménez. Los que hacen supuesta estética, pero no política.
Ya se habrá entendido que no me refiero a Podemos ¡¡que me lo veo venir!! Ni a Iniciativa (a pesar del video que incluyo) ni a ningún otro partido o movimiento político, de los que se baten el cobre y trabajan duro a diario por sus ideas, las que sean. Pero por si alguien pudiera pensar que esa es otra ocurrencia o enajenación mía, se pueden examinar escritos o manifestaciones de intelectuales y/o políticos mucho más profundos que yo.
Por ejemplo Albert Camus, hablaba sobre el “odio de si mismo” del intelectual burgués y de su fascinación por la violencia. Siempre, añado yo, que ésta, la violencia, tuviera lugar en otro país o, por lo menos, lejos de su ciudad. Una de las cosas que le disgustaba más a Camus de los intelectuales parisinos (afirma Tony Judt en “El Peso de la Responsabilidad”) era la convicción de estos, de que tenían algo que decir sobre todas las cosas, y que todas las cosas podían reducirse al tipo de cosas que querían decir. Jean Paul Sartre les soltó: “Ustedes pronuncian sentencias y el mundo sigue impasible. Sus condenas se desintegran con el contacto de la realidad, y ustedes se ven obligados a comenzar de nuevo”. Y Claudio Magris en “Microcosmos” escribía: “Federico Tavan es el poeta maudit transgresivo-inocente, socialmente irregular e indigesto, marcado por diversas marginaciones, y proclive, como muchos autores de su cuerda, a hacer de ello un ostentoso estilo de vida”.
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El Roto |
¡¡Pues eso!!
Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Diciembre del 2014.