Estos días me cuesta gotas de sangre escribir una sola línea. Estoy terriblemente desanimado. Continuamente me llegan noticias e informaciones de que mi mundo, en el que he vivido hasta hoy se está acabando ¿o se ha terminado ya? He creído estar viviendo en un mundo relativamente racional, poblado de ciudadanos medianamente cultos, educados y respetuosos. En una sociedad libre, bajo una democracia mejorable pero aceptable. Y, muy especialmente, en un mundo en el que sé podía confiar en la mayoría de las personas. Seguramente he sido siempre un ingenuo. Pero es que no sabría vivir pensando y sintiendo de otra manera, creyendo que todo es malo, que nada tiene solución, que no se puede acabar con la desigualdad, la injusticia y la miseria. Siendo un fatalista o un impenitente pesimista. Ni pensando lo de lo de los creyentes, que este mundo en un solar de lágrimas, y que la única esperanza está en el más allá, en no sé que paraíso perfecto. Ni siquiera he podido creer jamás en los paraísos terrenales, el de las utopías totalitarias hegelianas, de izquierdas o de derechas. Y no veo nada claro que el mundo que viene o ya ha llegado, me pueda gustar, que yo pueda vivir en él medianamente tranquilo, sereno.

Siempre he sabido que la sociedad no era perfecta, y pensado que todo teníamos que aportar para transformarla, y por eso siempre he sido de izquierdas, socialista. Y he trabajado por los cambios y las reformas (posibles, sensatas, racionales, no utópicas…) en la medida de mis posibilidades. Sigo pensando así, pero temo, y me aterra, la posibilidad de que ya muy pocos opinen del mismo modo. Sé muy bien que hay muchos motivos, cada día descubrimos algunos más, para estar indignados. Soy terriblemente consciente de que un montón de españoles lo está pasando horriblemente mal. Y por eso entiendo perfectamente su irritación, su cabreo, su total desconfianza en las autoridades y en las instituciones que nos gobiernan, y su deseo de hacer tabla rasa con todo y con todos. Pero pensaba que una transformación urgente y profunda de nuestras estructuras sociales y políticas, podía hacerse de forma ordenada, sensata y racional. Que había que cambiar un sistema imperfecto por otro algo más perfecto; pero no arramblando con todo lo que tenemos, antes de tener el repuesto; que es de locos tirar toda la casa, antes de haber construido un nuevo cobijo. Que no podíamos actuar como los rusos: acabando de un plumazo con el sistema comunista, sin previamente haber previsto cual era la alternativa, y así dar paso a una sociedad de mafias y oligarcas. Pero me parece que eso no va a ser así. Me temo que en España se acercan tiempos muy convulsos, con graves problemas de gobernabilidad, en manos de demagogos, nacionalistas y populistas, repitiendo los inmensos errores de no hace tanto, y sobre los cuales deberíamos haber aprendido mucho, leyendo algo de historia.
Pero lo que le ha dado la puntilla a mi desánimo, es comprobar que confié en personas que no lo merecían, sin tener la suficiente inteligencia de detectarlo. Lo cual me hace preguntarme si tengo la mínima autoridad, para decir o escribir algo públicamente. Y es que yo deposité mi confianza en personas como Jordi Pujol ¡¡sí, sí ese Jordi!! Lo conocí personalmente y hablé con él bastantes veces. Aquí en Mallorca aún en la clandestinidad, y luego en el Congreso de los Diputados. Éramos adversarios políticos, pero me parecía una persona decente, y un político en el que se podía confiar. Y lo peor es que me acabo de enterar, que mi buen amigo José Ángel Fernández Villa, líder histórico de los mineros asturianos y del SOMA, tenía dinero, de sospechosa procedencia, fuera de España. Hice buenas migas con él, en los años en que coincidimos en la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE. Estuve muchas veces de acuerdo con sus posturas, y siempre pensé que era un honesto socialista. Esto me ha rematado.
Si no fuera por la compañía de mi mujer, mis hijas y mis queridas nietas, ahora mismo vendería lo poco que tengo, y me mudaría a un rincón de los Pirineos, por el Valle de Benasque (está en Aragón, no en Catalunya), sin televisión, sin prensa, sin redes sociales… sólo con un montón de libros. Y allá os la apañéis todos con los corruptos, los demagogos, los populistas y los irracionales.
Pero tranquilos, no voy a hacerlo. No soy capaz de alejarme de los míos. Ni dejaros solos ante la que se avecina. Mi compromiso político/social de toda una vida, es más fuerte que mi desánimo. Voy a seguir escribiendo, aunque muy pocos, o ninguno, podáis conceder autoridad alguna a mis palabras ¡¡he sido un político durante muchos años!! Así al menos mis nietas, si algún día sienten curiosidad, podrán enterarse de cómo pensaba su abuelo.
Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Octubre del 2014.