Los Historiadores e historiadores no sólo deberíamos escribir bien porque eso signifique que la gente nos va a leer, ni porque de eso se trate la historia, sino también porque no quedan ya muchos oficios, que tengan una responsabilidad con el lenguaje. El contraste obvio sería el novelista. Desde el auge de la “nueva” novela en Francia, en las décadas de de 1950 y 1960, las novelas han estado colonizadas por formas no estándar del lenguaje. No podemos decir que esto sea nuevo, pero los historiadores no podemos seguir este ejemplo. Un libro de historia no estándar, es decir, escrito sin atenerse a un orden de secuencia o a la sintaxis, sería sencillamente incomprensible. Digamos que en este aspecto, estamos “obligados” a ser conservadores. Judt pone el ejemplo del texto original de “Robinson Crusoe”: “el argumento es maravilloso, pero la prosa echa verdaderamente para atrás”. Por el contrario la “Historia de la decadencia y caída del Imperio romano” de Gibbon, es perfectamente accesible al historiador de hoy en día, e incluso a un escolar moderno. Lo único que ha cambiado, es que Gibbon se permite un tono descaradamente moralizante, y unas intrusivas digresiones argumentativas, que hoy serían reprochables en un historiador. Seguramente la escritura de la historia se desvió un tanto de rumbo, en la primera mitad del s.XIX. Las exageraciones románticas y las florituras de un Macaulay, un Carlyle o un Michelet, resultan hoy muy extrañas para nuestro oído. Supongo que los románticos tienen hoy sus fervorosos seguidores ¿por qué no? Pero la grandilocuencia, y el descontrol sintáctico de su escritura, a mi no me gustan, no me interesan demasiado.
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Tony Judt |
Y en este sentido, como a otros buenos historiadores de izquierdas, me preocupa, aunque pueda parecer contradictorio, la enseñanza “progresista” de la historia. En nuestra juventud (aunque en España hasta eso se manipulaba) la historia era un montón de información. La aprendías – yo leyendo libros franceses – de una forma organizada, secuencial, por lo general siguiendo una línea cronológica, cuyo propósito era proporcionar a los jóvenes, un mapa mental del mundo que habitaban. Ahora muchas veces ya no, porque se ha insistido demasiado en que aquel era un enfoque acrítico, y mucho de verdad había en ese juicio. Pero irse al otro lado, hacer una vez más el péndulo, a mi parecer ha sido una equivocación, un tremendo error sustituir aquella historia cargada de datos, por la intuición de que el pasado era una serie de mentiras y prejuicios que necesitaban ser corregidos: prejuicios que favorecían a las personas de raza blanca, o a los hombres en vez de a las mujeres, mentiras sobre el capitalismo o el colonialismo, o lo que sea.
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Timothy Snyder |
Timothy Snyder se preguntaba ¿Es la historia, como decía Aristóteles, el relato de las hazañas y sufrimientos de Alcibíades? ¿O las fuentes del pasado simplemente nos proporcionan la materia prima, que nosotros debemos convertir en fines políticos o intelectuales? Y yo me siento muy en consonancia con Tony Judt, en su opinión de que este pensamiento, este interrogante, debería dividirse en dos partes. La primera es, simplemente, que el trabajo del historiador es establecer, que cierto hecho ocurrió en efecto. Y esto lo hacemos de la forma más efectiva que podemos o sabemos. Esta tarea que debería ser bastante obvia de descripción, es en realidad crucial. Y sin embargo, la corriente actual, cultural y política, fluye en dirección contraria, la de borrar acontecimientos pasados, o explotarlos para otros propósitos más turbios. Por eso es una gran responsabilidad nuestra hacer bien nuestro trabajo, una y otra vez sin desesperar. Y soy consciente de que se trata de una tarea de Sísifo: las distorsiones cambian de continuo y, también, el énfasis en la corrección fluctúa constantemente. Pero muchos historiadores no le ven así, y no siente ninguna responsabilidad por ello. Quizás por eso, para Judt, no son verdaderos historiadores.
A la segunda parte del interrogante de Snyder, debería contestarse recordando que los historiadores, tenemos también una segunda responsabilidad. No somos sólo meros historiadores, también somos ciudadanos, con la responsabilidad de establecer una relación entre nuestras capacidades y el bien común. Obviamente debemos escribir la historia tal cual la vemos, por poco atractiva que resulte al gusto de nuestros días. Y nuestros descubrimientos e interpretaciones son tan susceptibles de ser mal utilizados, como nuestro objeto de estudio. La historia es siempre frágil frente al abuso político. De hecho tal vez sea la disciplina más expuesta en ese sentido.
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Karl Popper |
Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Agosto del 2015.