Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

sábado, 26 de marzo de 2016

LA ILUSTRACIÓN Y SUS ENEMIGOS

Anthony Pagden, profesor de de Historia y Ciencias Políticas de la Universidad de California (UCLA) tras pasar por Oxford, Cambridge y Harvard, acaba de publicar “La Ilustración. Y por qué sigue siendo importante para nosotros” en Alianza. Una continuación de su conocido “La Ilustración y sus enemigos”, en el que recogía el texto reelaborado, de unas conferencias dictadas en la sede madrileña de la UNED en 1999, y en las que abordó algunos de los asuntos centrales de la filosofía política ilustrada. Pagden, ha venido a ser uno de los más conocidos representantes del grupo de estudiosos que, bajo la inspiración de Quentin Skinner, transformó la metodología y los enfoques analíticos, aplicados al estudio de la historia intelectual y de las ideas políticas.
A día de hoy podemos contemplar como, desgraciadamente, la diana de los ataques extremistas es la Ilustración. El penúltimo objetivo fue hace un mes, de nuevo, París, la ciudad que vio nacer el proyecto de modernidad más importante del mundo occidental. El último, de momento, ha sido hace unos días, en Bruselas. Y la mejor defensa ante esa barbarie, sigue siendo la propia Ilustración. Escribe Pagden: “Por mucho que sus valores estén siendo atacados, por elementos como los fundamentalistas estadounidenses y el Islam radical – e incluso no tan radical – es decir, por la religión organizada, la Ilustración sigue siendo la fuerza intelectual y cultural dominante en Occidente. La misma continúa ofreciendo un arma formidable contra el fanatismo”.
Un mundo, afirma Pagden, donde “escapar de la religión como una forma de organización, fue el paso verdaderamente original de la modernidad y de la Ilustración. Y esto no va a cambiar” ¿Cómo explicar los valores de la Ilustración a quienes no creen en ella, además del papel esencial de la razón, como motor del desarrollo individual y colectivo? “Es un proyecto importante y en incesante evolución. Proporciona una imagen de un mundo, capaz tanto de alcanzar cierto grado de universalidad, como de liberarse de las restricciones de la clase de normas morales interesadas, que ofrecen las comunidades religiosas y sus análogas ideologías laicas: el comunismo, el fascismo y, ahora, incluso el comunitarismo” asegura Pagden. Quien agrega: “Es importante, porque situó lo individual, lo frágil, lo mortal y lo imperfecto en el centro del cosmos. Sin la Ilustración, los avances de la civilización occidental, habrían sido quizá no imposibles, pero desde luego muy lentos, desde la salud a Internet”.
Y no olvida, el historiador, algo que resulta común a todos: “Está lo que hoy llamamos empatía, la conciencia de la experiencia humana compartida y, por tanto, la posibilidad de la existencia de valores humanos comunes, que no dependen de ninguna fe religiosa”.
“La religión tiende a impedir el desarrollo del intelecto, de la razón” opina Pagden, que añade: “El Islam es una religión primitiva. Quiero decir que, a diferencia del cristianismo, nunca se ha visto obligada a adaptar a las circunstancias de un mundo laico, moderno, lo que en realidad es un conjunto muy simple de creencias y mandatos, a medida de las necesidades de un pueblo tribal del siglo VII. El Islam nunca ha tenido que amoldarse, como el cristianismo, a los valores de la Ilustración. Esto no lo hace intelectualmente inferior al cristianismo, que también es bastante simple, o al judaísmo, pero si mucho más agresivo cuando se ve amenazado por la modernidad”.
Anthony Pagden
Mientras por un lado la Ilustración es atacada, por otro se le pide que despliegue sus principios de universalidad y ciudadanía, ante la ola de migraciones a Europa, o las ayudas al resto del mundo. “La ciudadanía siempre ha estado estrechamente ligada a las naciones. Y con los nuevos inmigrantes que fluyen a Europa desde Oriente Próximo y África, el concepto de ciudadanía se ha vuelto aún más restringido. Sin embargo, sin las aspiraciones de universalismo que la Ilustración formuló e inspiró, por las que ha sido denostada, no habría cooperantes, ni Médicos Sin Fronteras, ni Corte Internacional de Justicia, ni Naciones Unidas, ni existiría el concepto de derechos humanos y, en última instancia, la Unión Europea”.
No todo son luces, también hay sombras. El precio ha sido un mundo dividido en Norte y Sur, cuyo desequilibrio en prosperidad y las guerras, se achacan al intento de imponer los valores occidentales. “La creciente hostilidad hacia un mundo, al que se considera responsable del hecho, de que los beneficios de la modernidad, no se hayan distribuido equitativamente”, afirma Anthony Pagden. Es lo que Alain Finkielkraut llamó: El etnocentrismo de la mala conciencia de Occidente.
Como dijo Kant: “La Ilustración es un proceso en continuo devenir. El error de todas las religiones monoteístas, es suponer que tiene que haber un fin inmutable decretado por Dios. Y no lo hay. Pero si bien esta clase de perfección no existe, el progreso, desde luego, sí”.

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de Enero del 2016.


martes, 22 de marzo de 2016

LEIBNIZ. LA FILOSOFÍA Y LA INFORMÁTICA

En su continua búsqueda de la paz intelectual, Leibniz siempre insistió en la virtud de la claridad. Si los filósofos escribieran con mayor claridad, declaró, dejarían de pelearse los unos con los otros. De esta manera Leibniz inauguraba uno de los leitmotiv de su “filosofía de la filosofía”. En el “Arte de las combinaciones”, un ensayo académico que escribió antes de cumplir los veinte años, planteó por primera vez la idea de una “característica universal”, un leguaje de símbolos lógicos tan transparente, que reduciría todas las disputas filosóficas, a la manipulación mecánica de unos cuantos signos. Con una prescencia increíble, acerca del futuro de la tecnología de la información, previó la codificación de este lenguaje lógico, en una “máquina aritmética” que fuese capaz de acabar con los debates filosóficos, simplemente pulsando una tecla. En el futuro, predecía extasiado, cuando los filósofos lleguen a un desacuerdo, exclamarán alborozados: ¡Vamos a calcularlo!
La máquina de Leibniz
La “característica universal” de Leibniz, nunca llegó a ser más que la idea de una idea. Lo que resulta fascinante en ella no son los resultados conseguidos, sino la expresión que representa de cierta clase de aspiración. Leibniz, como ciertos pensadores más modernos, estaba convencido de que no existen en realidad, auténticos conflictos filosóficos, lo único que hay son errores gramaticales. Quería creer sobre todo en “la elegancia y la armonía del mundo”, y su intento de reconciliar todas las posturas filosóficas, en los plácidos movimientos de una máquina de calcular inimitablemente barroca era, en el fondo, un esfuerzo encaminado a confirmar esta creencia. La filosofía, parecía asumir Leibniz, no es un fin en si mismo; ni tampoco es la jubilosa experiencia de la unión de la mente con Dios (Naturaleza, Sustancia) como quería Spinoza. Es, simplemente, una forma más de lograr un silencio tranquilo. En el mundo ideal de Leibniz, de hecho, la filosofía no sólo podría elaborarse perfectamente con una hermosa máquina, sino que también podría funcionar mientras uno estuviera durmiendo, ni más ni menos que un ordenador.

Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Marzo del 2016

viernes, 18 de marzo de 2016

ENVEJECER ES UN ROLLO

Pues sí, envejecer es un rollo, aunque la alternativa tampoco es excitante. Se te olvidan las cosas, no recuerdas los nombres, las fechas se te borran… te cuesta mucho entender las novedades, las modas, las costumbres, los estilos y las nuevas ideas que se van imponiendo. Y es que no envejeces al ritmo natural/biológico de tu cuerpo y tu cerebro, lo haces mucho más rápido, por la velocidad increíble en que se mueve tu entorno: la tecnología, la ciencia, la filosofía, las ideologías… jamás la historia, me parece, había fluido a tal velocidad. Golo Mann afirmaba en sus memorias “Una juventud alemana”: “La vida también es larga, observada retrospectivamente. Son los cambios los que la alargan, los cambios en quien la vive y en el mundo en derredor”. A Schiller, en algún momento, parece que la muerte le pareció un reposo más apetecible, que la vida “envuelta en negro velo”. Es su conocida obra sobre Wallenstein, le hace decir a éste, recordando a su amigo Max:
<Él es feliz. Ha llegado a la meta.
 Para él ya no existe el futuro, con él ya no teje
 el destino alevosías: lisa y brillante
 a la vista desplegada está su vida,
 no ha quedado en ella mancha oscura,
 Ninguna hora funesta ya le acecha,
 más allá de anhelos y temores, ya no es
 de planetas indecisos y engañosos…
¡Dichoso él! ¡Pero a nosotros, quien sabe
 lo que trae la hora inmediata, envuelta en negro velo>.
Pero bueno, como escribía mi buen amigo Pedro de Silva: “Hay que hacerse viejo, sin dejarse envejecer”.
Reflexionaba sobre todo eso, a raíz de haber leído una recensión sobre el último libro de José Carlos LlopReyes de Alejandría”. Conecté hace ya tiempo con el escritor mallorquín, cuando Marita se empeñó en que leyera “La ciudad sumergida”, sobre la Palma de los años setenta, un tiempo que, como Sisa, también habría podido yo decir: “Fue bonito y creo que estuve allí”.
Reyes de Alejandría”, escribe Llop al inicio, trata de un viaje en el tiempo, trata pues de nosotros, y ha de contar quienes éramos… y quienes dejamos de ser. Pero en la obra no hay nostalgia almibarada, ni cantos de cisne. Hay sí, fe de vida. Y reconocimiento. Y hay necesidad de ordenar y clarificar unos años que, para bien o para mal, quedaron en nosotros como anclajes. Para desembocar en la certeza, de que ante el tiempo y sus máscaras, tenemos un salvavidas: “La escritura de la memoria, entre la impresión y el fogonazo en la niebla”.
No me resulta nada fácil, recorrer mi cartografía existencial como revive Llop la suya: mis exploraciones iniciales de la poesía, Lorca, Machado (Antonio), Celaya, Cernuda, Paz; la filosofía, Ortega, Russell, Ayer; el marxismo, Marx, Bernstein, Althusser; la historia, Dobb, Carr; la música, Serrat, Sabina, Bonet, Aute, y la clásica de de las mañanas de los domingos en el Teatro Real; los enamoramientos; los hábitos, ritos y vestimentas; las referencias contraculturales; el ridículo índice inquisitorial, dictado por los mandarines y los comisarios políticos; las algaradas, las revueltas y la vida universitaria toda; los bares, las copas y los amigos.
En mi juventud veinteañera, cualquier cosa que se convertía en popular, era mirada con sospecha y nos daba risa. Y por darnos risa, a la mayoría se lo daba el socialismo democrático, la libertad y la democracia. Menos mal que entre 1977 y 1982 (especialmente a raíz del tejerazo) todo eso cambió. Buena parte de la izquierda, se dio cuenta de que era un camino equivocado, que no hacía sino prolongar el franquismo. Y entonces todo el mundo comenzó a hacer profundos estudios de democracia, para llegar a Vicepresidente del Gobierno. Caímos en la cuenta que ni el arte ni la política pueden ser elitistas, no pueden dirigirse a una “selecta minoría”. Porque eso es traicionar la esencia misma del arte y de la política y, sobre todo, te lleva a considerar (esta cosa insoportable de “cierta izquierda”) que todo el mundo es idiota menos nosotros. Ese “nosotros” casi por esencia, exiguo e iluminado.
Luego aparecieron las sombras, que precipitaron la catástrofe de muchos: con la droga entró la mentira, y también la locura y la muerte (sida, sobredosis, suicidios…). De repente el dinero resultó “cool”, el arte fue una prenda de vestir, y las palabras… Después llegó de golpe la “postmodernidad”.
La vida es como una obra de teatro en tres actos, dice Félix de Azúa. El primero es sensacional, y en la actualidad viene a durar hasta los 40 años. Luego viene el momento de responsabilizarse de algo: ya no se puede seguir bailando todos los días. Esto dura un poco menos, unos 25. Y el tercero, en el que llevo ya unos años, es aquel en que resulta más difícil actuar. Porque es muy complicado mantener la dignidad. Sobre todo en esta nuestra sociedad actual, donde la vejez es casi una enfermedad. Está muy mal visto ser viejo, es algo muy feo. Tengo amigos de mi edad que se disfrazan a diario y fuera del carnaval, en un desesperado intento, por no llegar al tercer acto de su vida. Así que se “mueren” en el segundo, como en las malas obras.
Si has vivido con cierta honradez, eso quiere decir que te has preocupado de aprender algunas cosas. Sí, los viejos sabemos cosas, y a veces son interesantes. Lo difícil es exponerlas sin arrogancia, con toda la claridad posible, y sin pretender dar lecciones inútiles. Pues en eso andamos.

Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Febrero del 2016.


viernes, 11 de marzo de 2016

B. RUSSELL: ESCEPTICISMO Y RACIONALIDAD

Los Russell han jalonado mi vida. En mi juventud, años de universidad e inicios en la política, estuvo presente Bertrand Russell. En mi madurez, en los tiempos de apasionamiento montañero, me acompañó el conde Henry Russell, el gran cantor de los Pirineos, y autor de las “primeras” a la mayoría de los “tresmiles”. Y ahora en mi última etapa, me he vuelto a encontrar con Russell el filósofo. Y, casualidades de la vida, ambos eran parientes lejanos: Lord John Russell, Primer Ministro de la reina Victoria, y abuelo de Bertrand Russell, era primo del padre de Henry Russell.
Para las personas de mi generación, Bertrand Russell (1872-1970) fue un mito; un hombre admirado tanto por sus contribuciones al pensamiento, como por los compromisos sociales que asumió, durante toda su larga vida. De joven leí con entusiasmo algunos de sus libros: “Historia de la filosofía occidental”, “Por qué no soy cristiano”, “Ideales políticos”, “Ensayos impopulares”, “Elogio de la ociosidad”… y muy especialmente, su increíble “Autobiografía”.
Mi querido y admirado Russell, escribe en su introducción a los “Ensayos escépticos”: “Quisiera procurar a la amble consideración del lector, una doctrina que podría parecer moderada, pero, de aceptarse, acabaría revolucionando por completo la vida humana”. Con estas palabras iniciales, Russell nos anticipa unas ideas que siguen siendo hoy, me parece, revolucionarias. Porque, a pesar de asumir la insoslayable irracionalidad del mundo, propone algo profundamente paradójico y subversivo: la convicción de que la racionalidad, a través del ejercicio de la duda escéptica, puede transformar el mundo.
Bertrand Russell siempre se consideró un escéptico. Sin embargo, compaginaba este parecer con la inconmovible convicción de que el uso de la razón, podía transformar la vida humana. La coexistencia de ambos puntos de vista no resulta fácil. Entre los antiguos griegos, el escepticismo era una forma de alcanzar la paz interior, no un programa de cambio social. Montaigne volvería a recurrir al escepticismo, para justificar su alejamiento de los asuntos públicos. Cuando en realidad los escépticos griegos, al menos los pirrónicos, al contrario de los epicúreos que preferían aislarse en su “jardín”, optaban por mantenerse presentes en el “mundo real” y en el espacio público. Y a los ojos de Russell aquel alejamiento resultaba impensable.
Miembro de una noble familia liberal, siempre fue y se sintió un aristócrata – su abuelo lord John Russell, había sacado adelante la gran Ley de la Reforma del año 1832, que había encarrilado a Inglaterra por la senda de la democracia – y era, asimismo, ahijado de John Stuart Mill. Llevaba por tanto la idea reformista en la sangre. Así nada más natural, que tratara de mostrar a los demás – y de probarse a sí mismo - que el escepticismo y la confianza en la posibilidad del progreso, no tenían porque ser nociones encontradas. Algunos de los ensayos más sugerentes y mejor escritos, con que cuenta la lengua inglesa, un conjunto de textos en los que el autor intenta mostrar, que la duda escéptica puede transformar el mundo, son sus “Ensayos escépticos”.
En ellos Russell argumenta que hemos de estar dispuestos, a aceptar la incertidumbre de nuestras creencias. Nos dice que el hecho de que los expertos de un determinado campo del conocimiento discrepen, no implica que la opinión contraria sea meridianamente cierta; y que si estos afirman que no existe base suficiente, para expresar una opinión positiva, lo mejor es dejar en suspenso, la adopción de un criterio propio (Los pirronianos trataban los problemas que la vida les puede presentar, mediante una sola palabra, que actúa como resumen para esta maniobra: en griego “epoché”. Que significa “suspendo el juicio”. Tal como explique hace unos días en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/search/label/Escepticismo%20de%20Pirr%C3%B3n). Aunque este hábito de reserva mental, se halla un tanto alejado, de la pasión que Russell habría de exhibir, en su faceta de reformista (la misma contradicción que expresa el título de mi Blog: Escéptico y apasionado). Escéptico en cuanto a la teoría del conocimiento, a la que él mismo se atenía, Russell se mostraba un tanto candoroso y confiado, a la hora de abordar los asuntos humanos. Sus cambios de impresiones con Joseph Conrad, nos ilustran este extremo. Y debemos recordar que Conrad, a diferencia de Russell, sí era un verdadero escéptico. Russell defendía que la única solución a los problemas de la humanidad, era el socialismo internacional. Y Conrad no quería saber nada de semejante perspectiva. A Russell le encantaba Conrad. Y su admiración hacia él, estaba llamada a ser profunda y duradera. Prueba de ello es que Russell elegiría en honor de aquel, el nombre de su hijo Conrad (más tarde historiador, par de Inglaterra y miembro del Partido Liberal Demócrata). Sin embargo, nunca lograría convencerse de que pudiera resultar sensato, aceptar el escepticismo que despertaban en Conrad las posibilidades del progreso.
La tensión reflexiva del planteamiento de Russell, es realmente de fondo. A diferencia de muchos de los racionalistas posteriores, no siempre habrá de juzgar la ciencia con veneración acrítica. Dado que su escepticismo arraigaba en la tradición de Hume, Russell sabía bien que la ciencia depende de la inducción filosófica; esto es, de la convicción de que, al hallarse el mundo regido por las relaciones de causa-efecto, el futuro habría de resultar necesariamente similar al pasado. Algo de lo que yo repito, con menos gracia y profundidad, cuando afirmo que en lo nuevo hay mucho de lo viejo.
Pero cierto es que en Russell anidó siempre, un conflicto nunca resuelto. En su papel de reformista y partidario del racionalismo, juzgaba que las principales esperanzas del género humano, descansaban en la ciencia. La ciencia era la encarnación misma de la racionalidad práctica, de modo que la difusión del enfoque científico, no podía determinar a la postre, sino que la humanidad se volviera más razonable. Sin embargo, en su condición de filósofo escéptico, Russell sabía que la ciencia era incapaz de hacer que la humanidad fuese más racional, dado que la ciencia misma, es producto de un conjunto de creencias irracionales.
El escepticismo moral de Russell se remontaba a la época, en que decidió abandonar la fe de George Edward Moore (el gran referente ético-moral de los “Apóstoles” de Cambridge) en las cualidades éticas objetivas. Y en varios pasajes de sus obras, vendrá a reiterarse convencido, como estudioso de las teorías de Hume, de que la razón es incapaz de determinar, cual es la finalidad de la vida.
En sus aclamadas memorias, publicadas originalmente con el título “My Early Beliefs”, John Maynard Keynes sostiene que Russell profesaba dos “creencias ridículamente incompatibles: por un lado se mostraba convencido de que todos los problemas del mundo, procedían del hecho de que los asuntos humanos, tendían a organizarse de las más irracional de las maneras, y por otro confiaba en que la solución resultara sencilla, puesto que todo lo que había que hacer, era comportarse de forma racional”. No podemos negar que se trata de una aguda observación esta de Keynes, pero no estoy seguro de que alcance a ver la clave del error, en que incurre el racionalismo de Russell. La dificultad no estriba, opino, en el hecho de que Russell sobrevalore, la capacidad humana para el comportamiento razonable. Radica en la circunstancia de que, según su propio planteamiento, la razón es impotente.
Y la apasionada admiración que Russell sentía por Conrad, debía beber de otras fuentes. Una de ellas, seguramente, brotaba de la sospecha de que el fatalismo escéptico de Conrad, viniera a dar más veraz cuenta de la vida humana, que la desazonada fe que el mismo, depositaba en la razón y la ciencia. Como reformista, Russell creía que la razón podía salvar al mundo, pero en su condición de escéptico y seguidor de Hume, sabía en cambio que la razón jamás alcanzaría a liberarse, de la esclavitud de las pasiones. Al escribir los “Ensayos escépticos”, Russell asume la defensa de la duda racional. Al leerlos hoy, podemos ver en ellos una profesión de fe, el testimonio de un racionalista militante, que dudaba de las capacidades de la razón.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de febrero del 2016.



lunes, 7 de marzo de 2016

LA HISTORIA Y LA INCERTIDUMBRE

Con motivo, supongo, del aniversario del 23F, de la reciente firma del acuerdo PSOE-Ciudadanos, y de las votaciones de investidura, analistas políticos e historiadores, vienen reflexionando sobre nuestros pasados cuarenta años de historia. Uno de ellos ha sido Carmen Iglesias, actual Directora de la Academia de la Historia. Me parece recordar que la conocí en persona, allá por los años setenta, en los Coloquios de Historia Contemporánea de España, organizados por Manuel Tuñón de Lara en Pau, que impulsaron los estudios de Historia social, y que constituyeron un foco de encuentro y debate, al que acudió un buen número de estudiosos desde las Universidades españolas. A esos coloquios asistí yo un par de veces, como estudiante de historia, y llegué a entablar una buena amistad con Tuñón, uno de mis historiadores de cabecera. Pero en cualquier caso, si estoy seguro de que estuvimos con Iglesias y con Tuñón, cuando el homenaje que se le rindió a éste, en la Universidad Internacional Menéndez Pidal, en Santander.
“Como resultado de una percepción adánica del momento político, en el que parece que todo está inventándose o apunto de inventarse, se concluye que cualquier gesto es histórico, cuando a veces es solo un aniversario, de algo ya hecho anteriormente” (Manuel Jabois).
Carmen Iglesias
Algunos de los que aún andamos por aquí, nacimos en medio de la dictadura franquista, vivimos la época dura y esperanzada de la Transición, la alegría democrática de la Constitución del 78, y los casi cuarenta años de desarrollo, con una recuperada autoestima de pertenecer a Europa y al mundo, como una nación más dentro de las democracias occidentales. Y hoy esos mismos, nos asombramos y desasosegamos ante lo que parecería, una especie de castillo de naipes – como escribe Carmen Iglesias – que se desmorona mostrando las costuras de una corrupción bastante generalizada; una crisis económica que no por general en el mundo global, sirve de consuelo a unas clases medias y menos medias, que han conocido un ascenso de nivel de vida por primera vez en su historia, y que ahora subsisten ahogadas y desesperanzadas; una desobediencia impune ante las leyes con desafío a la Constitución; una grave amenaza de secesión; y un populismo rampante.
¿Será verdad que las jóvenes generaciones, creen que la democracia es nada más que la voluntad de las mayorías en cada momento? ¿Que la falta de una educación cívica, ha conducido a un adanismo que se sitúa fuera de la realidad y de la historia? ¿Es posible que ideologías y prácticas políticas, que demostraron en el siglo XX el fracaso, y llevaron a la muerte a millares de personas, pretendan ser todavía la panacea de los males y de las imperfecciones de instituciones y seres humanos, y amenacen su libertad y sus derechos?
Los historiadores conocemos bien por haberlo estudiado que, en cualquier época, los coetáneos viven las vicisitudes inevitables de la historia humana, con la sensación de que la crisis de valores y de formas de vida que experimentan son excepcionales, y los cambios los peores que pueden ocurrir. Pero también aprendimos que la historia no estaba cerrada, ni era inevitable lo que ocurrió y tal como fue, sino que había alternativas, quizá brumosas, para sus protagonistas en aquel presente, pero factibles y no fatales.
El mundo que nos rodea, para bien y para mal, es siempre incierto. Alguien escribió: “La aceptación de la incertidumbre, es un medio para resistir a la simplificación de la ignorancia”, referido tanto a la política como a la historia. Un concepto de “incertidumbre”, como préstamo estimulante de la microfísica de Heinsenberg a las ciencias sociales, que resulta algo diferente de la duda y adopta el sentimiento de ausencia de creencia dogmática o verdad evidente: dada la insuficiencia de total conocimiento de una compleja realidad, y de las consecuencias no intencionadas, derivadas de la acción sobre la misma y sobre los seres humanos, se impone siempre una cierta moderación y prevención, frente a decisiones inapelables y a ensayos de ingeniería social. Nos explica Golo Mann, como una tarde del verano de 1933, estando en la Costa Azul, le explicó el novelista Arnold Zweig, que el “principio de incertidumbre” de Heinsenberg, había eliminado el principio de causalidad. Y que Bertrand Russell, a diferencia de Zweig, se acerca más al porqué de la superación de ese concepto: la multiplicidad de las causas que aumentan indefinidamente, a medida que se remontan en el tiempo; la separación en el tiempo, que ocurre con frecuencia, de la causa y el efecto, de forma que la causa empieza a obrar, cuando ya ha dejado de existir: la confusión entre relación causal, y actividad o voluntad humanas. Como nos recuerda Carmen Iglesias, el Padre Feijoo escribió en los albores de la Ilustración: “Para lograr la utilidad, importa que todo el mundo conozca la incertidumbre”. Una incertidumbre muy necesaria en estos tiempos, en el mundo de la política y de la cultura, en que los delirios y fantasías de ciertas gentes – como avisaban también Montaigne y Hume, que temían la vuelta de esos “ciclos fanáticos” destructivos – afectan a hombres y mujeres de carne y hueso en su vida cotidiana, y pueden convertirla en una pesadilla.
Manuel Tuñón de Lara
Por todo ello en estos días más que nunca, la cultura política, la educación de la ciudadanía, es fundamental. Una cultura política que exija la asunción de la realidad, no la que nos gustaría que fuera, sino la que es. Una cultura política como conversación; una conversación que no pretenda alcanzar lo absoluto, sino evitar lo realmente malo (la corrupción, la desobediencia a las leyes comunes, el aplastamiento de los más débiles…); una conversación que aborde la política como un medio necesario, vinculado a la específica aventura humana y que, por ello, no está dominada por seguridades y certezas de ningún tipo, sino por la incertidumbre; “un conversar durante el camino, por lo diferentes azares y modos de experiencia, que vamos topando” que escribió Luis Gonzalo Diez; y que intentamos ir resolviendo con inteligencia, sentido del bien común, y la apuesta por la libertad e igualdad de nuestro Estado de derecho, que tanto nos ha costado conseguir a lo largo de nuestra azarosa historia.
“Cuantas más cosas tengamos que eliminar con el pensamiento, para imaginar que una serie de acontecimientos, por ejemplo, una revolución, una guerra, una evolución espiritual o científica, no han existido o han existido de una manera diferente, tanto más inevitables habrán sido” (Golo Mann).

Palma. Ca’n Pastilla a 4 de Marzo del 2016.


martes, 16 de febrero de 2016

LA POLÍTICA Y EL PODER

En estos días de negociaciones interminables para formar gobierno, en el que los medios analizan con lupa, la supuesta talla política de los líderes que andan en ellas, sería conveniente recordar algunas cosas sobre la política, que son de cajón, ya expresadas desde antiguo por filósofos, politólogos y sociólogos, pero que con frecuencia se olvidan.
Los grandes líderes políticos en la historia, no han sido grandes moralistas, ni grandes intelectuales, ni grandes teóricos (aunque algo de todo ello pueden haber sido). El líder político se caracteriza, en los sistemas democráticos, por su determinación, por su valentía para arriesgarlo todo, por su empatía, por su paciencia para negociar y conciliar contrarios (un “culo di ferro” que diría Pertini) por su inteligencia práctica, por la coherencia de sus ideas, y por su ambición de poder. No hay gran político sin ese “chute” de la ambición. Mendes France era más coherente y más sincero que Mitterrand; Adlai Stevenson, seguramente fue más sólido intelectualmente que Kennedy… Pero a Mitterrand y Kennedy, les empujaba su inconmensurable ambición. No, no hay liderazgo político sólido, sin ambición de poder. Poder no exclusivamente como satisfacción personal, también como posibilidad única, de llevar a la práctica su proyecto de sociedad.
Golo Mann. Historiador
La política va de eso, de poder. Pero la lucha política, el sendero hacia el poder, no es algo normalizado, claro, despejado y minuciosamente determinado. Recorrerlo implica con frecuencia superar incoherencias, o aparentes contradicciones. Soy partidario de las primarias como método de elección de líderes, pero de repente tengo que dar un puñetazo en la mesa y cesar a un dirigente. Apoyo el funcionamiento realmente democrático, pero no siempre las primarias. La democracia directa me parece bien, pero no más que la representativa, tan legítima y efectiva como aquella. El que no pueda vivir con esas y otras contradicciones, que no aspire al liderazgo. Fue Golo Mann el que nos advertía: “Si la condición humana es tal que no hay verdad ni juicio, que pueda abarcarla en su totalidad, tendrá que haber verdades que se opongan unas a otras, y dejará de tener validez el axioma del “tertium non datur”. Y si has ejercido toda la vida como escritor, periodista y profesor, nada te prepara para el uso del “lenguaje”, de la “narrativa”, una vez que entras en la arena política, porque no se parece a ningún juego de palabras, a ningún relato, al que te hayas enfrentado con anterioridad. No es lo que quieres decir, sino lo que la gente entiende.
Como apuntaba, la talla política de los líderes se mide por varios parámetros. Y uno de los más importantes me parece ser: el de la valentía frente a la incertidumbre y la angustia del vértigo. Esa que Pedro Sánchez está teniendo ante la apatía y cobardía de Rajoy; los ataques por la retaguardia de barones y vetustos “ex”, anclados en un pasado ya pasado; y los órdagos y líneas rojas, de quienes andan cabalgando su ego desbocado. En Spinoza podemos leer: “Omnis determinatio est negatio”. Toda decisión es negación. Negación de todo aquello contra lo que, o por lo que, uno “no” se decide, la exclusión de todas las demás posibilidades. Realizamos algo de lo que existía potencialmente en nosotros, pueden ser cosas muy diferentes, pero nunca todas: o porque las circunstancias son adversas, o porque una cosa sofocó a la otra.
Spinoza
Y no, no soy cínico, y priorizo la honradez, pero tampoco soy moralista, soy político. Y sé, como Weber, que hay dos lógicas políticas, que son dos éticas:
1.- La “ética de la convicción” (Gesinnungsethik). Animada únicamente por la obligación moral y la intransigencia absoluta, en el servicio de los principios.
2.- La “ética de la responsabilidad” (Verantwuortungsethik). Que valora las consecuencias de sus actos, y confronta los medios con los fines, las consecuencias y las diversas opciones o posibilidades, ante una determinada situación. Que es una expresión de racionalidad instrumental, en el sentido que no sólo valora los fines, sino los instrumentos para alcanzar determinados fines. Y es esta racionalidad instrumental, maduramente reflexionada, la que conduce al éxito político.
A mi modesto entender, sería un error de la acción política, plantearse exclusivamente la “racionalidad de los valores”, para prescindir de lo fundamental: la racionalidad en las herramientas que han de conducir, a la realización de estos valores. Hay pues, creo, en la política, una ética implícita que no conocen los “moralistas”, los partidarios de la pureza, de la ingenuidad evangélica, o del doctrinarismo dogmático de cualquier signo.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de febrero del 2016.


jueves, 11 de febrero de 2016

EL ESCEPTICISMO DE PIRRÓN.

El que algunos amigos hayan hablado estos días en las redes, del “escepticismo pirrónico”, me ha llevado a volver a Montaigne, especialmente al magnífico libro de Sarah Bakewell, que muy acertadamente me recomendó en su día, el buen amigo y maestro Miquel Rayó.
En lo que respecta a los filósofos académicos, Montaigne solía mostrarse desdeñoso: le disgustaban sus pedanterías y abstracciones. Pero mostraba una fascinación sin límites, recordémoslo, por otra tradición filosófica: la de las grandes escuelas pragmáticas. Y los tres sistemas de pensamiento de este estilo más famosos fueron: el estoicismo, el epicureismo y el escepticismo, filosofías conocidas colectivamente como “helenísticas”. Diferían en algunos detalles, pero estaban tan cerca en lo esencial, que eran difíciles de distinguir la mayor parte del tiempo. Y el gran Montaigne las combinó y mezcló, según sus necesidades.
Estas tres escuelas tenían el mismo objetivo: conseguir una forma de vivir, conocida en el original griego como “eudaimonia”, que a menudo se traduce como “felicidad”, “alegría” o “florecimiento humano”. Eso significaba vivir bien en todos los sentidos: prosperar, disfrutar de la vida, ser buena persona. El estoicismo y el epicureismo son caminos hacia la tranquilidad, te enseñan a prepararte para las dificultades de la vida, y a desarrollar buenos hábitos de pensamiento. El escepticismo es algo aparentemente más limitado. Un escéptico es alguien que siempre quiere ver pruebas, y que duda de cosas, que las demás personas aceptan sin más. Parece que haga referencia sólo, a cuestiones de conocimiento, y no a la cuestión de cómo vivir.
Pero como las otras dos, el escepticismo suponía una forma de terapia, al menos en el caso del “escepticismo pirrónico”, el originado por el filósofo griego Pirrón (no en el escepticismo “dogmático” o “académico). Se transparenta una cierta idea, del extraño efecto que el pirronismo tenía sobre la gente, en la reacción de Henri Estienne, casi contemporáneo de Montaigne, y primer traductor francés de Sexto Empírico, a su encuentro con las “Hipotiposis”: la risa. Y otro estudioso de la época, Gentian Hervet, tuvo una experiencia similar.
Un lector moderno que examine la “Hipotiposis”, podría preguntarse por qué la encontraban tan graciosa. Y no resulta nada obvio, por qué curó tanto a Estienne como a Hervet, de su aburrimiento, ni por qué tuvo tal impacto en Montaigne, que lo encontró el antídoto perfecto contra Ramón Sibiuda, y sus ideas solemnes y ampulosas, de la importancia humana. La clave del truco, es la revelación de que nada en la vida, debe ser tomado en serio. El pirronismo ni siquiera se toma en serio a sí mismo. El escepticismo dogmático normal y corriente, asegura la imposibilidad del conocimiento, conocida en la observación de Sócrates: “Sólo sé que no sé nada”. El escepticismo pirrónico parte de ese punto, pero añade, efectivamente: “y ni siquiera de eso estoy seguro”.
Los pirronianos, por tanto, tratan los problemas que la vida les puede presentar, mediante una sola palabra, que actúa como resumen para esta maniobra: en griego “epoché”. Que significa “suspendo el juicio”. O, en una traducción diferente al francés, del propio Montaigne: “je soutiens”, me contengo. Suena tan consolador como la idea estoica o epicúrea de “indiferencia”, pero, como las demás ideas helenísticas, funciona, y eso es lo que cuenta. El truco de la “epoché” te hace reír y sentirte mejor, porque te libera de la necesidad de encontrar una respuesta definitiva, para cualquier cosa. Tomando un ejemplo de Alan Bailey, historiador del escepticismo, si alguien declara que el número de granos de arena en el Sahara, es un número par, y te pide que le des tu opinión, la respuesta natural sería: “Pues no tengo ninguna”, o ¿y yo que sé? O, si quieres que suene más filosófico: “Suspendo mi juicio… “epoché. En efecto, responderíamos con la afirmación inexpresiva, que el propio Sexto citaba como definición de “epoché”: “No puedo decir cual de las cosas propuestas, encuentro convincente, y cual no encuentro convincente”. O bien: “Siento que no puedo plantear dogmáticamente, ni tampoco rechazar, ninguna de las cosas que atañen a esta investigación”. No podemos saber la respuesta, y sentimos que no importa, de modo que esa ausencia de compromiso, no causa alteración alguna.
Foto cortesía de Francesc Mellado
Los pirronianos hacían esto, no para alterarse profundamente, y arrojarse a un torbellino paranoico de dudas, sino para conseguir un estado de relajación ante todas las cosas. Era su camino hacia la “ataraxia, que podría traducirse como “imperturbabilidad”, o “liberación de la ansiedad”, y que compartían con estoicos y epicúreos. “Ataraxia” significa equilibrio: el arte de mantener la estabilidad, de tal modo que no estés exultante, cuando las cosas te van bien, ni te hundas en la desesperación, cuando se tuercen. Alcanzar ese estado es controlar tus emociones, para no verte apaleado o arrastrado por ellas. Los pirrónicos, si ganaban en sus discusiones, demostraban que tenían razón. Si perdían, eso sólo probaba que tenían razón, en dudar de su propio conocimiento. No les preocupaba la idea, de que alguien se enfadara con ellos, y no se preocupaban tampoco, indebidamente, del dolor físico ¿Quién dice que el dolor, sea peor que el placer? ¡Hail, sceptic ease! ¡Salve sereno escepticismo! Escribió el poeta irlandés Thomas Moore, mucho después que Montaigne:
“Cuando pasan las olas del error
que dulce es alcanzar al fin tu puerto tranquilo,
y suavemente balanceado por la duda ondulante
sonreír a los tenaces vientos que guerrean fuera”.
Tan inmensa era esa serenidad, que se podría separar enteramente a los escépticos, de la gente corriente, aunque, a diferencia de los epicúreos en su “jardín”, ellos preferían permanecer inmersos en el mundo real.
A lo único que renunciaba Pirrón, según Montaigne, era al fingimiento de que era presa, la mayoría de la gente: el de “reglamentar, ordenar y asegurar la verdad”. Eso era lo que realmente interesaba a Montaigne, en la tradición escéptica: no tanto el enfoque extremo de los escépticos, de rechazar sufrimientos y penas (en eso prefería a los estoicos y epicúreos) sino su deseo de tomarlo todo provisionalmente y cuestionárselo. Eso era justamente, lo que él había intentado hacer siempre. Para mantener ese objetivo en mente, en 1576, hizo que acuñaran una serie de medallas, incluyendo la palabra mágica de Sexto, “epoché”, junto con sus propias armas, y un emblema de una balanza. Y la balanza es otro símbolo pirrónico, destinado a recordarse a sí mismo, que debía mantener el equilibrio y sospesar las cosas, en lugar de aceptarlas sin más. El escepticismo guió a Montaigne en el trabajo, en su vida doméstica y en sus escritos. Los “Ensayos” están impregnados de él: llenó sus páginas con palabras como “quizá”, “hasta cierto punto”, “creo”, “me parece” y otras tantas… palabras que, como dijo el mismo Montaigne, “suavizan y moderan la aspereza de nuestras proposiciones”, y que encarnan lo que el crítico Hugo Friedrich, ha llamado su filosofía de la “falta de pretensiones”.
Ni siquiera los escépticos originales, fueron tan lejos como Montaigne. Ellos dudaban de todo lo que tenían a su alrededor, pero normalmente no consideraban lo implicadas que estaban sus almas, en lo más interno de su ser, en la incertidumbre general. Y Montaigne sí que lo hacia, constantemente:
Nosotros, y nuestros juicios, y todas las cosas mortales, seguimos fluyendo y rodando incesantemente. Así, nada cierto se puede establecer, de una cosa por parte de otra, ya que tanto lo que juzga como lo juzgado, están en movimiento y cambio continuos”.
Esto podría parecer un callejón sin salida, cerrando todas las posibilidades de saber cualquier cosa, pero también podría abrir, una nueva forma de vivir. Lo hace todo más complicado y más interesante: el mundo se convierte en un paisaje multidimensional, en el cual hay que tener en cuenta, todos los puntos de vista. Lo que debemos hacer, escribía Montaigne, es recordar este hecho, para “volvernos sabios a expensas nuestras”. Y añadía: “Debemos esforzar realmente nuestra alma, para ser conscientes de nuestra propia falibilidad”. Los “Ensayos” ayudaban. Al escribirlos, él se colocaba a sí mismo en la posición de cobaya, y se examinaba igualmente a sí mismo, con un cuaderno en la mano.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Enero del 2016.



viernes, 5 de febrero de 2016

MEMORIAS DE MESTANZA

Recordando algo que escribió Jordi Gracia, he releído estos días, un texto un tanto extraño de Ortega y Gasset. Texto que me parece interesante, para los que fuimos formados el siglo pasado, y comprobamos como la realidad en la que hoy vivimos, ya no es la de entonces. Para aquellos que ya pensamos que todas las emociones que se agolpan en nuestro interior, quizá ya nos las veremos desarrolladas nunca. Para todos los que nos educamos en tiempos de soberano desdén hacia los tópicos. Para los que aprendimos a reprimir las ilusiones infundadas.
Me estoy refiriendo a “Memorias de Mestanza”, que publicó Ortega, cuando tenía 53 años, en “La Nación” (Buenos Aires) entre octubre y diciembre de 1936. En el mismo, Ortega acude a un recurso insólito en él: ensaya la ficción rozando la autoficción, como diríamos hoy, un ejercicio público más abiertamente novelesco. Para hablar de la desolación que le embargaba en aquellos días, inventa unas inexistentes “Memorias”, que pueden leerse como una especie de autobiografía intelectual en diferido, depurada y sintética, testamentaria. Es también como una necrológica de sí mismo, un obituario autocrítico, el más autocrítico que jamás redactará, proyectado en un personaje de ficción, contrafigura y máscara de Ortega, Gaspar de Mestanza.
Ortega finge extractar en la serie de artículos, las extensísimas memorias de un hombre que acaba de morir, y que fue “uno de los pocos españoles interesantes, que han nacido en los últimos cien años”. Si hubo un tiempo en que la “soberbia y la vanidad”, fueron las “fuerzas esenciales de que se alimenta la vida humana”, ese tiempo se ha acabado ¿? Pero existió: fue el de Gaspar de Mestanza, fue el de Guizot, Lamartine, Lamennais, Auguste Comte, y a ellos “esa vanidad y esa soberbia les salvaron”, y gracias a ellas “crearon las nuevas formas de vida” de la Europa del siglo XX.
El editor de estas memorias, el mismo Ortega, destila nostalgia por aquellos tiempos y aquellos hombres, que “sólo podían dar tono, continuidad, elevación y dignidad a sus vidas, si sacaban de sí mismos el molde de sus propias vidas”. Pero eso sólo era posible a partir de “una gran fe y un alta idea de su individual persona”. Son ellos ejemplo y modelo de Gaspar Mestanza, “dotados de sin igual perspicacia, para percibir los cambios de los tiempos y definirlos”. Y por fin, hacia los 50 años, Mestanza u Ortega, Ortega o Mestanza, aprenden que “cada cosa es lo que es y nada más” ¿el “un vaso es un vaso” de Rajoy? sin falsos ensueños, sin falsas ilusiones, “acariciadoras pero fraudulentas”. Brota entonces por fin, tras el desengaño y la desilusión, cuando se aprende a reprimir las ilusiones infundadas, “una sorprendente sensación de dominio sobre la vida”, para elaborar “con evidente garbo”, meditaciones sobre la vida humana: que “aunque resulte escandaloso advertirlo, es una realidad sobre la que se ha pensado todavía muy poco en forma deliberada”.
Seguramente Ortega escribió esos textos, entre agosto y septiembre de 1936, y para entonces no serían aún una convicción; sino más bien una profecía, una especie de pronóstico imaginado que, sin embargo, contiene ahilada, esquemática, su autobiografía más delicada y escondida, atribuida a un inventado Gaspar de Mestanza. Es la lectura de su desengaño con España y consigo mismo, o la percepción por fin lúcida, de la desconexión entre los ensueños ideales, de un hombre formado en el XIX, y ansioso reformista del XX, cuando la realidad del XX, ya no es la del siglo XIX. Ortega se despide de sus pretensiones, que ahora sabe de golpe, desnudamente ilusas. Reconoce entonces ese final del mundo antiguo, pero también el error de haber nutrido su imaginación, con ideas y modelos anacrónicos, de haber proyectado sus ideas al presente, cuando ese tiempo y esa sociedad eran ya otros, cuando no regía para ellos, lo que regía para el siglo XIX.
Ortega había calculados mal el tiempo real, la duración de la existencia de cada hombre: la cima de una vida, el punto culminante de la misma, llegaba en el siglo XIX a los 30 años, y en sus 30 años emplaza, efectivamente, la cristalización de lo que ha ido preparando laboriosamente desde sus 20: en una cara, “Vieja y nueva política”, en la otra, “Meditaciones del Quijote”. Pero en el siglo XX esos 30 años, son nada más que una primera madurez ¡no digamos en 2016! y Ortega aprende desde entonces a digerir, que las vidas ya no culminan a los 30 años; que sus planes se fraguaron en un mundo donde las vidas ¿heroicas? no duraban, lo que permanecían en el siglo XX, ni cuando el mundo cambiaba a la velocidad que transcurría el nuevo. Sus planes no iban a ser aptos ni viables, ni realistas, en plena transformación de las sociedades democráticas y capitalistas, de la Europa de los años veinte, mientras él se empeñaba en que las ideas útiles para el siglo XIX, que había interiorizado, lo fuesen también en la sociedad de masas del XX.
Las ideas de Ortega, sobre el exterminio de los mejores, y el ejercicio de la autoridad, por derecho nativo de superioridad, comienza a intoxicar sus lecturas de la realidad, cuando comprueba la indocilidad del mundo a su liderazgo, en torno de 1913 y 1914, aunque sólo se activan esas ideas, de veras, en 1920, cuando ya es evidente la sordera o el desdén de todos, ante la autoridad irrefutable de los pocos. Y sin embargo sigue siendo verdad, la calidad luminosa de sus análisis del cambio que ha vivido el mundo. Pero haberlo analizado, haber descompuesto formidablemente los pedazos del nuevo desorden, no condujo a Ortega a proyectar una solución o un plan o un programa de redención, de cambio, adaptado a ese mismo análisis, sino que retoma soluciones, ideas, planes que proceden de otro tiempo ¿Sólo a mí me suena eso a actuaciones varias y sentencias, de algunos de los nuevos políticos emergentes de hoy?
Ortega se hace ucrónico pero también anacrónico, como si de verdad el origen de todos los males, pudiera ser una presunta pérdida de autoridad, la ausencia de modelos ejemplares, la volatilización de las ideas verdaderas, en creencias acríticas y masivamente respaldadas. El mundo ha cambiado del todo, mientras él actuaba pensando en el mundo de antes, con su estructura jerarquizada y netamente dividida, echándola de menos, reclamándola una y otra vez de forma inútil, casi lírica y, en el fondo, sentimental. ¡Al loro los barones y baronesa del PSOE. Y los líderes de Podemos!
Algunos por nuestra edad, llevamos en nuestras entrañas, como no podría ser menos, los atributos de nuestra generación. Pero no podemos, no debemos, quedarnos sumergidos en ella, sino que la debemos contemplar como flotando sobre ella, la única forma en que podemos salvarnos, cuando ella transcurre llegando a su fin, y seguir siendo aptos para vivir los otros tiempos que subsiguen. Pero eso sólo es posible si nuestro modo sustancial de vida, no es la pasión, sino la visión.
Ortega habría dicho: Ser antiguo y no emergente, pero muy del siglo XXI.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Enero del 2016.


sábado, 23 de enero de 2016

Un "novivir"

Mi cerebro ya no es capaz de procesar más de una barbaridad, en unas pocas horas: Pablo Iglesias, Mariano Rajoy… compitiendo por la sinrazón. Me voy a retirar un par de meses por lo menos, a un monasterio con las obras de Ortega, Habermas, Montaigne y algún otro. Y me dedicaré a pensar, a reflexionar y a escribir sin ruidos, sin poder caer en la tentación de escuchar memeces. Y luego ya me lo contareis.
Para los que nos preocupamos seriamente por la res pública, por el bien de la ciudadanía, ni a base de pastillas podemos combatir esa angustia. Me va a dar otro infarto. Cuando Ortega lamentaba algo, lo lamentaba sin titubeos, cuando se deprimía, se deprimía con fuerza, con la frescura paradójica, eso sí, de un desarreglo que se combate nombrándolo, escribiéndolo, haciéndolo palabras. Con frecuencia Ortega trata de filosofía, pero no de la filosofía como asunto científico o académico, trata de la vocación intelectual que se activa con la filosofía, como arrebato irrefrenable y rapto físico, como deseo de saber y seguir sabiendo, sensación vibrante de tener un instrumento insustituible e invencible, contra la adversidad, contra el daño o la debilidad: el ejerció de la inteligencia como gimnasia del instinto, del placer en prácticas perpetuas, como vocación elegida e irreprimible.
Pensar decía, es “terror, entusiasmo, desazón, curiosidad, profunda delicia, exaltación”; es lo que se produce en nuestra vida “en sus momentos culminantes, cuando el vivir se estira, se acrece, y siendo vivir, es más que vivir”.
Pues sí, quien pudiera en estos días, pensar rodeado de silencio, leer y escribir alejado del mundanal ruido. Me temo que yo ya no soy capaz, me tendrían que pastar de nuevo. ¿Alguien comienza a añorar ya la “vieja política”.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Enero del 2016.

jueves, 21 de enero de 2016

Hasta las narices de algunos líderes regionales

El otro día en Facebook, contesté esto a un amigo:
Nunca en el PSOE ha existido un pensamiento único o dogmático. Se debate en él continuamente y libremente. A veces haciendo bastante ruido. En el alma de la organización, siempre han existido unas pulsiones libertarias muy fuertes. Quizá por eso me siento tan a gusto en él. Jamás me afiliaría a un partido, donde todos tuvieran que pensar exactamente lo mismo, obedecer de continuo la opinión del "jefe". Y en ello andamos”. Sigo pensando lo mismo.
Pero una cosa es esto, y otra muy distinta, me parece, que aquellos que detentan en estos momentos, cargos orgánicos o institucionales, anden por ahí parloteando, intentando introducir palos en las ruedas de la bicicleta de Pedro Sánchez. Vale que Nicolasín Redondo, o el bruto de Corcuera, vayan largando estupideces. Se les pasó el arroz y no lo pueden soportar. Pero los señores y señora presidentes de comunidades, deberían saber controlar sus desmedidos egos, por lealtad al partido e, incluso, por un inteligente control de sus ambiciones cara al futuro. No se han enterado que desde las primarias del pasado 13 de Junio del 2014, y especialmente por las continuas visitas de Pedro a las agrupaciones de toda España, el poder real y definitivo ha pasado a manos de los militantes.
No sé si al final Pedro será investido Presidente del Gobierno. Pero de momento ya ha conseguido, que la llave de la investidura, la decisión sobre el futuro Gobierno, esté en manos del PSOE. Si sé, como todos los “militantes”, puede que algún afiliado no, que la palabra decisiva, entre Congreso y Congreso, la tiene el Comité Federal, y que éste se reunirá el día 30, y que es bueno que así sea ¿A quien le están recordando a diario esta obviedad, algunos líderes?
En algunas sedes territoriales del partido parece constatarse ya, que empieza a ser factible que Pedro tenga bastantes opciones de conseguir la investidura. A Sánchez se le agranda el sumatorio, en tanto que el de Mariano Rajoy no se mueve. Esta situación, sin embargo ¡no produce alborozo, sino preocupación, entre algunos líderes! ¿Por qué no se atreven a explicar públicamente, el motivo profundo de esa contradicción? El partido ha cambiado mucho, mientras ellos actúan pensando en el partido de antes, con su estructura jerarquizada y netamente dividida, echándola de menos, reclamándola una y otra vez de forma inútil, casi lírica y, en el fondo, sentimental o interesada.
Ocurra lo que ocurra, la legislatura será complicada, dura, repleta de acuerdos y pactos, casi ley a ley. Pero esto es lo que deseaban los votantes, los ciudadanos, una situación a la danesa sin daneses ¿o no? Pues a lo hecho, pecho. Los contrarios a pactar con Podemos y/o con nacionalistas, aluden constantemente, a la “inestabilidad” que un Gobierno de esa índole traería consigo, en una coyuntura muy difícil. Pero eso los líderes regionales ya lo están sufriendo en sus carnes. Y todavía no sé de alguno, que haya dimitido por culpa de esa inestabilidad, a consecuencia de esa necesidad de estar a diario acordando las medidas a tomar. Coherencia por favor. A Podemos ya lo hemos descubierto hace mucho. Es una especie de artefacto poco sólido, y lo será menos según se vayan agravando sus contradicciones internas. Pero ha tenido mucho voto de ciudadanos auténticamente de izquierdas. Y en cuanto a los nacionalistas ¿hay algún otro medio de detener su deriva, y que no implique la fuerza bruta, que no sea la tender puentes y acordar con ellos una solución sensata, en pro de la unidad de España?
Hay que ser muy burros para pensar que todo esto lo desconoce Pedro. Si no lo sabía antes, a estas horas ya conoce perfectamente, las dificultades internas y externas, a las que se va a tener que enfrentar. Pero a diferencia de los aparateros regionales, el sigue adelante sin titubear. Y estas son las condiciones que adornan a los auténtico líderes: ambición, fe en si mismo, decisión, visión de futuro, conocimiento de la realidad en la que uno se mueve (de sus “circunstancias” en lenguaje orteguiano) y una gran valentía para arriesgarlo todo, en la persecución de lo que le parece factible y óptimo para el pueblo.
¿No queríamos Política en mayúsculas? Pues ya está aquí.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Enero del 2016.

viernes, 15 de enero de 2016

Pensamiento postmetafísico

A todos los diputados nuevos, junto con los ejemplares de la Constitución y del Reglamento del Congreso, se les debería repartir un ejemplar de este libro. Me parece que ayudaría mucho, a la hora de debatir con razones de calado, y argumentos que vayan más allá de meros titulares y frases ingeniosas.
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Habermas emplea el término “metafísica”, para aludir a todo aquello que quiere superar, del pensamiento filosófico tradicional: en primer lugar, el intento de reconducir las apariencias a un principio originario, que haga las veces de “fundamentación última”. Pero también la filosofía moderna de la conciencia, desplegada desde Descartes, que concibe el “yo pienso” como instancia última de certeza. En lugar de remitirse a la tradición metafísica, opta por defender su concepción comunicativa de la razón, frente al tribunal científico de la filosofía del lenguaje contemporánea, e instaurar así, un “pensamiento postmetafísico”, con conciencia de su falibilidad y mucho más humilde en sus pretensiones, pero más acorde con la acreditada imposibilidad, de seguir apoyándose en certezas o premisas dogmáticas, aportadas por una determinada religión, cosmovisión o weltanschauung.

Así pues, las condiciones que hacen posible el lenguaje no son, en ningún caso, de índole metafísica, sino meramente pragmáticas, esto es, inmanentes a la praxis comunicativa. Por ello, y aunque Habermas no elude el “problema de la verdad”, cuestión central a lo largo de la historia de la filosofía, no habla de “condiciones de verdad”, pero sí de “condiciones de aceptabilidad”: un enunciado no es verdadero porque corresponda a un determinado estado de cosas, ni simplemente porque resulte coherente con otros enunciados; lo es porque a lo largo del proceso comunicativo, llega a ser aceptado como justificado, bajo determinadas condiciones ideales. Y entre estas condiciones se incluye, el respeto de ciertos procedimientos y reglas de juego: exclusión de toda coacción dentro del proceso argumentativo, reparto equitativo de derechos y deberes de la argumentación, transparencia en la exposición de razones… etc. En este sentido, una regla de juego elemental, consistiría en aportar todo tipo de razones, hasta que se hagan valer como las mejores, de acuerdo con el conocimiento disponible en un momento determinado: es preciso, por tanto, disponer siempre de “razones justificatorias” que avalen nuestra pretensión de verdad, una “verdad” que, a pesar de que “apunte más allá” de todas la evidencias potencialmente disponibles, no puede ser entendida en la práctica discursiva cotidiana, sino como “aseverabilidad justificada” mediante razones.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Enero del 2016.

jueves, 14 de enero de 2016

Agustí Calvet "Gaziel"

El nuevo President de la Generalitat, Carles Puigdemont, citó en su discurso de investidura, un texto de Gaziel: “Soc falible, però isubornable”. Hubiera sido un momento estupendo, para decir algo más sobre Gaziel y su obre póstuma: Quina mena de gent som. Quatre assaigs sobre Catalunya i els catalans.
Agustí Calvet, más conocido como Gaziel, que muchos consideran como uno de los más grandes periodistas, de la Cataluña del siglo XX, se vio obligado a escapar con su familia de la Barcelona revolucionaria en 1936. Estuvo instalado en Francia y Bélgica, pero retornó a España en 1940. Tras el sobreseimiento de las causas que se le abrieron, estableció su residencia en Madrid, buscando otras maneras de ganarse la vida, en una suerte de largo exilio interior. Aunque sus artículos ya no pudieran ver la luz en los diarios, jamás dejó de escribir. Republicano íntegro y de talante moderado, laico y demócrata, amante de su tierra y su lengua, más federalista que nacionalista, murió a la edad de 77 años y dejó un legado literario, formado por ocho libros en castellano y catorce en catalán. Josep Benet, en el prólogo a la Obra Catalana Completa (1970) que publicó póstumamente la Editorial Selecta, valoró así su contribución: «Probablemente ha sido el escritor político más inteligente que ha dado la derecha catalana en este siglo».
El primero de los ensayos de Quina mena de gent som, presentado como una introducción a una nueva historia de Cataluña, es valorado por diversos historiadores, como una pieza extraordinaria. Fue escrito en 1938 en París, tras una detenida relectura de una obra fundamental, de la historiografía catalana: “Historia de Cataluña (1934-1935)” de Ferran Soldevilla, que Gaziel definía como uno de los libros más bellos, al tiempo que bien construidos, que pueden leer los catalanes, inflamado todo de fe catalanesca, la fe ciega del patriotismo. Adolecía, sin embargo, de un problema: no era tanto la historia de unos hechos, como la de un deseo maravilloso urdido con ellos. O, expresado de otro modo, Soldevilla no presentaba, en realidad, la historia de Cataluña, sino la historia del sueño de Cataluña. En opinión de Gaziel, el objetivo tenía que ser: no elaborar una contrahistoria o una antihistoria de las anteriores, sino una historia diferente, “más real, más directa y profunda”. Y el resultado no iba a ser ni una historia ejemplar y estimulante, ni un cuento de hadas patriótico.
Insistía Gaziel en que, a lo largo de más de mil años, Cataluña nunca había existido como entidad política; los catalanes fueron, en todo momento, incapaces de construir un estado, “una entidad política propia, exclusiva”. El término Cataluña no tuvo en ningún momento, ni el sentido ni el contenido, que se le estaba dando desde la Renaixença: el arca maravillosa, que guardaba los sueños patrióticos, de los nacionalistas catalanes de su época, no había existido nunca en el pasado. Se trataba, en fin, de una figura mitológica, hija del moderno nacionalismo. Toda historia nacionalista – o absolutista, o fascista, o federalista – era, simple y llanamente, una historia falsa.
Gaziel criticaba lúcidamente, en estas historias impregnadas de ideal nacionalista, el que hicieran converger todos los acontecimientos del pasado, hacia la necesidad apriorística, de obtener como coronación, la plenitud de la nacionalidad catalana en una forma estatal. Para él era indispensable, en resumen, una nueva historia que dejase de contar lo que debió ser y no fue, para intentar explicar, de una vez por todas, lo que realmente fue. Al fin y al cabo, la labor de todo historiador que se precie, de cualquier auténtico historiador: contar la historia tal como fue, con el rigor y objetivad de las fuentes y documentos, por muy desagradable que el resultado nos parezca.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Enero del 2016.