Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

lunes, 26 de noviembre de 2018

“DE PORC I DE SENYOR SE N’HA DE VENIR DE CASTA”

Cuando vemos a una persona revolcarse libremente en el lodazal, en Mallorca decimos: “De porc i de senyor se n'ha de venir de casta”, lo que vendría a significar, para los que no manejen bien el catalán: “El cochino y el señor, de casta han de ser los dos”.
El otro día, cuando el incidente en el Congreso entre Borrell y Rufián, viendo al primero allí de pie frente a su escaño, todo dignidad, le dije a Marita: Mírale, parece un senador romano, sólo le falta la toga.
Pues bien, hoy me desayuno con un espléndido artículo en Diario de Mallorca de José Carlos Llop, en el que dice lo mismo y muchas más cosas propias de su inteligencia.
Yo siempre he pensado que Rufián, por mucho que esté afiliado a un partido antiespañolista y muy a su pesar, además de ser un payaso, es el mejor ejemplo, el mejor cliché, del españolista típico, de aquellos a los que maldecía mi muy amado Luis Cernuda, en su “Desolación de la Quimera”. Un personaje menor de las pinturas negras de Goya, que se chulea en el Congreso, como si estuviera en la barra de un bar. No es necesario hacer bromas con su apellido, es suficiente su peinado y su vestimenta. Goya y sus brujas o sus hombres del garrote. Escupiendo frases de chulo, como en la peor España. De cuya pesadilla, por cierto, creíamos habernos librado. Rufián es la sombra de nuestro error.
El otro día al verle allí en el Pleno, con los brazos en cruz, feliz de haberse conocido, explayándose ante todos con cierta obscenidad, me recordaba a Trump, Salvini, Orban… al que ustedes quieran, desgraciadamente hay mucho donde escoger.
Pepe Borrell
Pero lo que más llamaba la atención, pienso, era el contraste entre los dos contendientes: un brioso joven de 36 años, frente a un sereno adulto de 72; un gamberro político frente a un hombre de Estado. Rufián no tiró de sintaxis – la capacidad de elaboración del pensamiento – sino de adjetivos a secas: un insulto detrás de otro (“indigno” fue el más repetido). Y más de uno, por lo visto, nos preguntábamos qué sabe de dignidad quien así, sin respeto alguno por el otro, se expresa y comporta.
Efectivamente la dignidad, toda ella, estuvo en Josep Borrell. De pie en su escaño – escribe José Carlos Llop – Borrell tenía el aire de un senador romano. Sólo le faltaba la toga blanca”. Y había en él mucho de estoico, diría yo, como de discípulo de Séneca, de Marco Aurelio o de Cicerón. Una clara capacidad de “controlar la razón”, para lo bueno de la vida y para lo malo. Borrell apenas habló, pero la frase que pudimos escucharle, fue magnífica. Una larga frase, frente al tableteo de ametralladora de adjetivos insultantes y despreciativos, de su oponente. Fue tan magnífica esa frase de Borrell dirigida a Rufián – sigue Llop – que la apunté y la repito aquí: “Una vez más ha vertido sobre el hemiciclo, esa mezcla de serrín y estiércol, que es lo único que usted es capaz de producir”.
José Carlos Llop escribe que detrás de esa gran frase, está toda la Escuela de Barcelona y la Generación del 50: está Barral y está Gil de Biedma, seguro. Pero también García Hortelano y Juan Goytisolo. Está el mundo sentimental, y también ético, en el que nos educamos las generaciones que viviríamos la Transición, tan denostada por los que no la conocieron, pero sí tanto han disfrutado de sus logros.
José Carlos Llop
Pero detrás de las palabras de Borrell – tan medidas y precisas – está también toda la España Ilustrada y europeísta: desde Jovellanos (al que los mallorquines tuvimos tan cerca, encerrado en el Castillo de Bellver) a la Institución Libre de Enseñanza, de la que generaciones de Alonso hemos bebido; de Galdós a Antonio Machado; de Ortega a María Zambrano. Desgraciadamente, a lo largo de nuestra historia, no son las maneras de Rufián, las derrotadas con más frecuencia. Por mucho que creímos algunos, durante los últimos cuarenta años, que ahora sí y para siempre, las habíamos erradicado.
En fin, el horizonte hoy es el que es, no excesivamente tranquilizador. Pero la actitud de Borrell conteniendo su ira – le conozco bien y lo veía en su expresión – ante el espectáculo de la zafiedad y la irracionalidad, elevadas a canon del ejercicio del noble arte de la política; y sus escasas palabras tan bien traídas, han sido no sólo un bálsamo, sino el regreso de la dignidad al espacio público, ese que con tanto fervor defendieron Hannah Arendt y Jürgen Habermas. Aunque haya tantos que no sepan lo que es eso y, por eso mismo, no entiendan de que estoy hablando. Y prefieran mirar hacia otro lado, que siempre es más cómodo, como dice Llop.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Noviembre del 2018.


lunes, 19 de noviembre de 2018

SPINOZA. ACCIONES Y PASIONES

Desde jovencito, cuando comencé a circular por espacios en los que se debatía, con frecuencia apasionadamente (asambleas universitarias, consejos de administración en empresas privadas, asambleas locales y congresos en el PSOE…) empecé a darme cuenta que cuanto más el debate se acaloraba, más se llevaban el gato al agua, aquellos que mantenían la serenidad. Desde entonces me prometí aplicarme el cuento: controla tu pasión Emilio. Muchos de mis autores favoritos ¿lo serán por ello? han reflexionado sobre el tema de las pasiones. Y lo último profundo sobre ello, lo he encontrado en Spinoza.
Nuestros afectos se dividen en acciones y pasiones. Cuando un suceso tiene lugar en nuestra propia naturaleza, entonces se trata de un caso en el cual el espíritu está activo (acción). Pero cuando nos llega alguna cosa, cuya causa es exterior a nuestra naturaleza, entonces el espíritu permanece pasivo (pasión). Tanto cuando estamos en activo, como cuando permanecemos pasivos, se produce un cambio en nuestras capacidades mentales o físicas. Lo que Spinoza llama “un crecimiento o disminución de nuestra capacidad de actuar”. Este “conatus”, especie de inercia existencial, constituye la “esencia” de todo ser.
Deberíamos esforzarnos en liberarnos de las pasiones – o si eso no nos fuera posible – aprender, al menos, a moderarlas o restringirlas, convirtiéndonos en seres activos y autónomos. Si lo conseguimos, entonces seremos “libres”, en la medida en que todo lo que nos llegue, será resultado no de nuestra relación con las cosas que nos son exteriores, sino de nuestra propia naturaleza. Para lograrlo, necesitamos acrecentar nuestro conocimiento, nuestro tesoro de ideas adecuadas, y eliminar en la medida de lo posible, nuestras ideas inadecuadas. En otros términos, debemos liberarnos de nuestra dependencia respecto a los sentidos y a la imaginación, pues una vida de sentidos e imágenes, es una vida pasiva, conducida por los objetos que nos rodean. Y deberíamos confiar, tanto como nos sea posible, en nuestras facultades racionales.
Todas las emociones humanas, en tanto que pasiones, se dirigen hacia el exterior, hacia los objetos y su capacidad de afectarnos de una u otra manera. Movidos por nuestras pasiones y deseos, buscamos o rechazamos aquellos objetos que, creemos, nos provocan alegría o tristeza. Nuestras esperanzas y temores fluctúan, según consideremos que los objetos de nuestros deseos o aversiones, están alejados, próximos, son necesarios, posibles o improbables. Pero los objetos de nuestras pasiones, ojo, dado que nos son exteriores, escapan a nuestro control. Por ello, tanto más nos dejemos controlar por los mismos, más nos veremos sometidos a las pasiones, y menos nos sentiremos activos y libres. El resultado será una imagen más bien desoladora, de una vida absorbida por las pasiones, siempre persiguiendo los objetos cambiantes y efímeros, que las causan: “Nos movemos de muchas maneras empujados por causas exteriores – escribía Spinoza – y parecidos a las olas del mar empujadas por vientos contrarios, agitados, ignorando lo que nos espera y cual será nuestro destino”.
El título de la cuarta parte de la Ética, revela con una claridad perfecta, lo que opina Spinoza de una vida como la que acabamos de relatar: “De la Servidumbre del hombre, o de las Fuerzas de los Afectos”. En él nos explica que llama “Servidumbre” a la impotencia del hombre a la hora de gobernar y reducir sus afectos; sometido a los afectos, en efecto, el hombre no es dueño de sí mismo, sino de la fortuna, cuyo poder es tal, que muchas veces se ve obligado, aun conociendo lo mejor, a hacer lo peor. Es, agrega Spinoza, una especie de “enfermedad del alma”, un experimentar un amor excesivo, por una cosa “sometida a numerosos cambios, y que no podemos poseer por entero”.
Casa de Spinoza en Amsterdam
Existe una antigua solución para resolver esta dificultad. Como no podemos controlar los objetos que nos sentimos obligados a valorar y a dejarles influir sobre nuestro bienestar, deberíamos intentar controlar nuestras propias evaluaciones y minimizar de esta forma, el poder que los objetos exteriores y las pasiones, ejercen sobre nosotros. No podemos jamás evitar completamente los afectos pasivos, cosa que, por otra parte, no sería deseable en esta vida. Somos esencialmente parte de la naturaleza – opina Spinoza – y como tales no nos podemos jamás librar, de las series causales que nos ligan a las cosas exteriores. “Es imposible que el hombre no sea una parte de la Naturaleza”. De ello se devenga, que el hombre está siempre sometido a las pasiones, que sigue el orden común de la Naturaleza y lo obedece, y se adapta tanto como la naturaleza de las cosas le exigen. Pero a pesar de todo y a fin de cuentas, podemos contrarrestar las pasiones, controlarlas y librarnos en parte, de su dominio.
La vía que permite restringir y moderar los afectos, es la de la virtud. El “spinozismo” sería una suerte de egoísmo psicológico y ético. Todos los seres buscan, buscamos, naturalmente su propio beneficio – preservar su bienestar – y es justo que lo hagan. En ello consiste la virtud. Porque somos seres pensantes, dotados de inteligencia y razón, nuestra principal ventaja es el conocimiento. Nuestra virtud consiste entonces, en buscar el conocimiento y la comprensión de las ideas adecuadas. El mejor modelo de conocimiento, es el de la intuición puramente intelectual, de la esencia de las cosas. Este “tercer género de conocimiento” – más allá de la experiencia vaga y de la razón, los otros dos que considera Spinoza – contempla las cosas, no en su dimensión temporal, tampoco en su duración o en su relación a otras cosas particulares, sino bajo el aspecto de la eternidad, es decir, despojado de toda consideración de tiempo y de lugar. Bajo este tipo de conocimiento, las cosas son aprehendidas en su relación conceptual y causal con las esencias universales (pensamiento y extensión según Spinoza) y con la leyes eternas de la naturaleza.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Octubre del 2018.

lunes, 12 de noviembre de 2018

NUEVOS HÉROES DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Achacad mi “incorrección política” a mi edad, a mi deterioro cerebral, ya incapaz de entender que hoy se de por bueno, lo que a mi me enseñaron que era simple mala educación. A comprender como humor ingenioso, lo que en mis días se consideraba pura chabacanería. A confundir hablar claro y sin tapujos, con la falta de respeto.
Hay días en que pienso que se acaba eso que Ortega llamaba “una época histórica”, y que no es sino un clima moral, donde predominan ciertas valoraciones, ciertas preferencias, ciertos entusiasmos. Esta ecuación de coincidencia o repugnancia entre nuestro programa vital y nuestra época, es unos de los factores primordiales de lo que algunos tratadistas han llamado “destino”. Y es que – en sentido orteguiano – no es posible escapar a la circunstancia; ella forma parte de nuestro ser, favorece o dificulta el proyecto que somos. En fin.
Parece se ha puesto de moda, la queja de que por culpa de la corrección política, la libertad de expresión corre peligro. Se repite desde una orgullosa disidencia e, incluso, hasta desde un cierto supuesto heroísmo. Ya en mis tiempos una cierta izquierda, la “gauche divine”, se sentía halagada por sentirse perseguida sin ningún peligro. Los nuevos “héroes de la libertad de expresión” – escribía el otro día Muñoz Molina – lamentan que los censores de la ortodoxia progresista o del buenismo, no quieren dejarles llamar a las cosas por su nombre. El derecho sagrado a la creatividad, a la irreverencia del humor, está en peligro porque ya no puede ejercerse el antiguo ingenio español, de los chistes de maricones. En ese pozo sin fondo de basura tóxica que es Twitter – me explicaba un amigo, pues yo no estoy en esa plataforma – alguien mostraba su talento natural, y ejercía su libertad de expresión, celebrando que a Federico García Lorca le pegaron un tiro en el culo por maricón. Es una gracia de mucha tradición en nuestra alta cultura.
Trump
Cuando era joven viví bajo una dictadura, así que no me vengan con monsergas, sé muy bien cual es la diferencia entre la censura y la libertad de expresión. Y jamás olvidaré el precio que algunas personas valerosas tuvieron que pagar, por ejercer la suya. Parece que fue ayer, cuando la gente se jugaba la vida por alzar la voz contra los pistoleros de ETA. Los que hablaban y escribían no eran tantos y, por eso, constituían blancos fáciles. Al periodista José Luis López de la Calle – nos recuerda Muñoz Molina – le pegó un tiro con gran valentía, uno de aquello “gudaris” tan celebrados, cuando volvía una mañana de comprar el periódico. Personalmente perdí demasiados compañeros del PSOE por ejercer su libertad de expresión. Algunos de ellos, además de compañeros, fueron amigos personales entrañables: Enrique Casas, Fernando Mújica “el Poto”, Fernando Buesa y Ernest Lluch.
A los periodistas los persiguen y los encarcelan en medio mundo. Con frecuencia los asesinan. La libertad de expresión es un bien muy valioso, muy frágil y muy escaso. La información veraz y el pensamiento crítico, son siempre incómodos para los poderosos, para los corruptos y para los explotadores.
Salvini
Pero el problema de estos días, a mi modesto entender, no es que ya no se puedan decir en público, en voz alta, ciertas palabras. Es justo lo contrario: que hoy si se pueden decir. De los espacios broncos, como eran las barras de los bares, los estadios de fútbol y las pintadas en retretes públicos, las palabras desagradables y altisonantes, los insultos más soeces, se han extendido, como en una especie de metástasis cancerígena, a lo que en mis tiempos era el espacio más o menos civilizado del debate público, el institucional.
Nunca, a lo largo de mi ya extensa vida, he asistido, ni aquí en España ni en otros países, a un grado de violencia verbal como el que observo y escucho ahora, en los periódicos digitales, en las redes sociales, y en las declaraciones de muchos políticos. No olvidemos que no hay palabra de odio que no sea tóxica, incluso las que murmura uno en “petit comité”. Pero cuando las dice el Presidente de Estados Unidos, o ahora también el de Brasil, o algún político en nuestras Cortes, me doy cuenta de que ha comenzado una nueva época que me es extraña; que ahora el odio es respetable y legítimo, y que las palabras van a ser más dañinas que nunca.
Si hay una libertad que hoy no está en peligro, es justo la que ejercen con tanta desenvoltura Trump, Bolsonaro, Salvini y todos sus innumerables imitadores: la de ofender a los débiles, a las mujeres, a los perseguidos, a los raros, a los negros, a los homosexuales, a los discapacitados, a los desposeídos. No hay peligro de que no se puedan hacer chistes, cuando el Presidente de los EE. UU. parodia en un acto público, el habla y los movimientos de un discapacitado. Nunca me han hecho gracia esos chistes que siempre se burlan de los más débiles. El humor grueso, soez, siempre me ha repelido. Prefiero el humor que apela a la inteligencia, el humor fino de los ingleses, la ironía.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Noviembre del 2018.


lunes, 5 de noviembre de 2018

LA MORAL SEGÚN HUME

A lo largo de los tres años (1734-1737) que David Hume vivió en la Europa continental por primera vez, escribió gran parte de los dos primeros volúmenes de su famoso “Tratado de la Naturaleza Humana”: “(I)Del entendimiento” y “(II)De las pasiones”. En septiembre de 1737 regresó a Londres, con grandes expectativas respecto a la publicación de la obra, que acabó apareciendo en 1739. Pero sufrió una gran decepción, ante la pobre acogida de la misma. “Nació muerta desde la imprenta” dijo (la frase hace referencia al texto de Alexander Pope: “Salvo la verdad, todo nace muerto desde la imprenta/Desde el último periódico a la última nueva”). Hume volvió a Escocia y, a pesar de todo, perseveró en la idea de añadir un tercer volumen, “De la moral”, que cuando salió a la venta (noviembre de 1740) fue recibido con aun más indiferencia entre el gran público. Pero a pesar de que el primer libro de Hume, no fue un gran éxito en su época, los años que han transcurrido han compensado con creces aquel fracaso. Los filósofos de hoy consideran de forma casi unánime el “Tratado”, como la obra maestra de Hume en el ámbito de la filosofía. En el siglo XIX, Thomas Henry Huxley, alias “el bulldog de Darwin”, llegó a afirmar que “es probablemente la obra filosófica más remarcable, que se haya escrito jamás, tanto en sí misma, como por los efectos que tuvo en el pensamiento”.
Hume alega que la moral no emana de una fuente transcendente, sino de los sentimientos humanos comunes y, en especial, de nuestro sentido de aprobación y desaprobación. Para Hume, a diferencia de Francis Hutcheson, no poseemos una especie de “sexto sentido”, un sentido moral que perciba el bien y el mal. También para Hume, algunos rasgos del carácter – como el esfuerzo y la alegría – nos parecen útiles o agradables, tanto que los aprobamos. Algo similar ocurre con otros rasgos del carácter – como la generosidad y la modestia – que son útiles o agradables para terceros, cosa que identificamos gracias a la facultad que Hume llama “simpatía” (noción cercana a lo que hoy denominaríamos “empatía”) y que transmite los sentimientos entre las personas. Según Hume, la moral es simple y llanamente esto: una convención humana verdaderamente práctica con un único objetivo, mejorar la vida de la gente. La virtud es toda cualidad que consideramos útil o agradable, en términos sociales, para nosotros o para otros. No guarda relación con los designios de Dios, un plan divino o el más allá.
La producción literaria de Hume, no se vio afectada en absoluto, por las frecuentes mudanzas y los vaivenes profesionales. En 1751 salió a la luz su obra “Investigación sobre los principios de la moral” (la “Segunda investigación”). Si la “Primera investigación”, había sido una readaptación del primer libro del “Tratado”, esta obra revisaba el tercero. Tanto la “Primera investigación” como la “Segunda”, eran más breves, refinadas y concisas, que los correspondientes volúmenes del “Tratado”.
David Hume
El tercer libro del “Tratado”, había expuesto un planteamiento visiblemente mundano de la moralidad, pero la “Segunda investigación” era todavía más ofensiva, para la sensibilidad cristiana. Hume reitera la tesis primordial de que la moralidad deriva de los sentimientos humanos – no de la palabra o la voluntad de Dios – pero, además, recalca que la mayoría de las cualidades que los devotos tenían por nobles virtudes, eran en realidad defectos. En definitiva, si las virtudes son sólo rasgos que consideramos útiles o agradables para nosotros mismos o para el resto, en verdad los rasgos fuera de esta categoría, no representan la virtud.
Hume mete en el mismo saco “celibato, ayuno, penitencia, mortificación, abnegación, humildad, silencio y soledad, además de toda la ristra de virtudes monacales”. Según él, estas cualidades “no tienen ningún propósito. No permiten a uno progresar en el mundo, ni le convierten en un miembro preciado de la sociedad. Tampoco le hacen más agradable para la gente, ni le enseñan a saber disfrutar en soledad”. De hecho, “contradicen todos estos fines deseados, aturdiendo el entendimiento y endureciendo el corazón. En definitiva, nublan la imaginación y turban el ánimo”. Hume concluye que todo aquel que no tenga el juicio enturbiado, por “el espejismo de la superstición y la falsa religión”, debería considerar vicios estas cualidades. Una vez más, Hume destacó que muchas veces la religión era tajantemente dañina, aparte de innecesaria. Poco después de publicarse la obra, admitió que era su favorita, y mantuvo esa preferencia hasta el final.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Julio del 2018.

lunes, 29 de octubre de 2018

CUANDO UN HISTORIADOR MUERE

Siempre he pensado que cuando un historiador muere y se convierte en pasado, en realidad no hace otra cosa que viajar a su auténtico hogar: el pasado. Un auténtico historiador, un buen historiador, puede tener diversas casas a lo largo de su vida, pero en realidad el siempre habita en el pasado, en la historia. Cuando fallece, no hace sino instalarse definitivamente en su casa.
Esta posible tontería, volvió de nuevo a mi mente el pasado 28 de agosto, día en que falleció el historiador catalán Josep Fontana. Y me llamó mucho la atención que, hasta donde yo sé, y con la excepción de Julián Casanova, ningún otro historiador no catalán, hiciera mención del triste suceso.
Como nos recordaba Gonzalo Pontón, sólo algún medio electrónico lo recordó como: “un vulgar propagandista político, volcado en chuscas labores de agitación al servicio de los patrones del procés”. Sin olvidarse de mencionar “aquel congreso presidido (sic) por Fontana que llevó por lema “España contra Cataluña”. Una vez más insultos y falsedades. El que presidió aquel simposio fue Jaume Sobrequés i Callicó, por cierto Excelentísimo Senador de España y socialista. Y Fontana se limitó a enviar – antes de que el congreso tuviera nombre – el texto que Sobrequés le había pedido.
Pero seguramente a Fontana, todo eso no le hubiera tomado por sorpresa, pues siempre tuvo problemas con otros historiadores. Cuando en 2014 publicó su conocida obra “La formació de una identitat”, la respuesta de la mayoría de historiadores, fue el silencio. Aunque desgraciadamente ese no fue el caso de mi estimado Santos Juliá, quien echo en cara a Fontana su “volte face”: “Si en los años setenta entendía Fontana, que la lucha de clases era el motor de la historia, ahora, sin mayor rubor, entiende que el sentido de la historia lo marca la identidad colectiva”. Y añadía más adelante: “Un marxista de estricta observancia, contando una historia al modo de un nacionalista romántico”. Me perdone Juliá mi atrevimiento de llevarle la contraria, pues ninguna de las dos cosas: ni un marxista de estricta observancia, ni un nacionalista romántico.
Josep Fontana
En lo que yo pueda conocer de su obra, sí es cierto que Fontana utiliza la metodología del materialismo histórico. Ve la historia de Cataluña, a través de sus desigualdades, es decir, a través de sus luchas de clases. Desnuda así, el papel de la oligarquía ligada al control de la tierra y a los grandes negocios de importación, que mantiene a los campesinos en un puño y se entrega a la Castilla de los Habsburgo, para conseguir arriendos fiscales. Esas élites, nos recuerda Fontana, traicionaron a los “segadors” en 1640, y a la “Coronela” de 1714. Esa poco edificante burguesía, en el siglo XVIII, se hará “española” abandonando su lengua propia. En el XIX clamará por un dictador militar, ante las reivindicaciones laborales de los catalanes menos pudientes. Esa burguesía, estos días “catalanista”, se sentirá “española” en 1870, en 1902, en 1923 (Primo de Rivera) en 1936 (Franco) en 1977, en 1996… siempre en defensa de sus intereses de clase, que, zafiamente, intentará colar como los de todo el “poble català”. Este mal resumen de la obra de Fontana, nos revela probablemente a un historiador rojo ¿pero un nacionalista romántico? Me parece oír en la lejanía, las carcajadas de un Pierre Vilar o de un Eric Hobsbawm (ellos sí marxistas nada nacionalistas) ante semejante disparate.
Gonzalo Pontón – fundador de la Editorial Crítica, en la que colaboró con Fontana – escribía en El País que en medio de la histeria independentista, Fontana denunciaba públicamente la precarización económica, el paro, la degradación de la enseñanza y la sanidad en Cataluña. Que en estos últimos años Fontana sostuvo sin desfallecer, que la independencia de Cataluña era una insensatez y que, en un sistema como el de la Unión Europea, los grados de independencia son de escasa entidad. Nos contaba como en junio de 2015, la televisión pública catalana entrevistó a Fontana, con la equívoca intención de que jaleara el independentismo, y lo que él contestó fue que si se producía una acción unilateral, las primeras empresas que huirían de Cataluña serían La Caixa y el Banco de Sabadell. Por supuesto esta predicción que resultó exacta no se emitió, y TV3 jamás volvió a entrevistarle.
Santos Juliá
Lo leído esos días sobre la infausta noticia, me llevó, una vez más, a reflexionar sobre la responsabilidad de los historiadores. La honestidad y la metodología científica, obliga a los historiadores a verificar y falsar sus hipótesis de trabajo, antes de presentar sus conclusiones. Y su propia disciplina les – nos – obliga a ser sumamente críticos ante los usos y abusos de la historia. Ningún historiador que se precie debería admitir jamás que la irracionalidad, la mentira, la falsedad y el cinismo, crecieran en la consciencia ciudadana, ya bastante machacada por la propaganda política de varios partidos, donde “lo limpio es sucio y lo sucio limpio, pero lo sucio es útil y lo limpio no”, como ya muy bien nos advirtió John Maynard Keynes. ¿Por qué algunos historiadores se mantienen callados, cuando periodistas de fortuna, publicistas mercenarios y tertulianos de toda laya sostienen en los medios, mentiras mil veces desmentidas, con recios argumentos, por ellos en sus propios textos?
Ya tengo 76 tacos y ya me sería difícil ser ingenuo, si alguna vez lo hubiera sido. Soy consciente del poco caso, especialmente en España, que muchos filisteos, disfrazados de ciudadanos de pro, hacen de los trabajos científicos de cualquier rama del saber. Pero si los historiadores se marginan del debate público, si no se sumergen en la sociedad fajándose en ella, si no tienen nada que decir a los ciudadanos de hoy, si no pueden echarles una mano en sus angustias y sus esperanzas, entonces ¿de qué les vale todo lo que han estudiado y saben?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 28 de Octubre del 2018.


miércoles, 17 de octubre de 2018

EL VOCABULARIO EN LAS REDES

Escribía Ortega y Gasset en “Teoría del improperio” ¡en 1910! que harta es conocida la importancia, que para aprehender y fijar la individualidad de un artista literario, tiene la determinación de su vocabulario predilecto. Como esas flechas que marcan en los mapamundis las grandes corrientes oceánicas, nos sirven sus palabras preferidas para descubrir los torbellinos mayores de ideación, que componen el alma del poeta.
Me han traído esos recuerdos orteguianos, la lectura el otro día, de unos comentarios innecesariamente poco estéticos (el castellano es muy rico y permite significar lo mismo, con vocablos menos zafios) en un debate en facebook. Esa preferencia por vocablos antiestéticos – antiestéticos no sólo por groseros, sino por inaptos para un buen entendimiento del texto – es claramente incompatible, opino, con una poderosa voluntad de convencer al interlocutor.
La palabra, lo sabemos o deberíamos saberlo, pretende hacer externo lo interno, sin que deje de ser interno. No es un signo cualquiera, sino un signo expresivo. La buena articulación es necesaria a la palabra, a fin de aprisionar el contorno preciso y estable de los conceptos, de las imágenes exactas y complejas. Pero para expresar una explosión de alegría o, más comúnmente, de amargura o ira, donde el motivo, la causa, lo importante – la realidad interna – es la conmoción del alma toda, basta con un grito, un improperio, un insulto. Toda palabra tiene pues dos direcciones. Una de ellas la lleva a expresar puramente una idea; la otra tira de ella hacia atrás, y la induce a expresar puramente, exclusivamente, un estado emocional, pasional. De esto he escrito con frecuencia: para debatir con razones es esencial emplear bien las palabras, elegirlas correctamente por su significado; para contrastar emociones, es suficiente con un simple grito. Y en las redes con demasiada frecuencia, eso es lo que hacemos, nos gritamos por que sólo tenemos emociones, no argumentos.
Los improperios nos recordaba Ortega, son palabras que significan realidades objetivas, sí, pero que empleamos, no en cuanto expresan éstas, sino para manifestar nuestros sentimientos personales. Cuando Baroja decía o escribía “imbécil”, no quería decir que se tratara de alguien débil (“sine baculo”) que es su valencia original, ni de un enfermo del sistema nervioso. Lo que quería expresar, era su desprecio apasionado hacia esa persona. Los improperios son vocablos complejos usados como interjecciones; es decir, son palabras al revés. La abundancia de improperios pues, es síntoma de la regresión de un vocabulario hacia su infancia o, cuando menos, de una puericia persistente que se inyecta en el léxico, de personas supuestamente adultas.
Decía también Ortega, que es sabido que no existe pueblo en Europa, que posea caudal tan rico de vocablos injuriosos, de juramentos e interjecciones, como el nuestro. Según parece, sólo los napolitanos pueden hacernos alguna concurrencia. En mi muro entran con frecuencia ciertos “amigos”, que claramente, cada vez que sueltan un taco, un insulto, un improperio, sienten cierta fruición y descanso. Se nota mucho, me parece, que los han de menester – los insultos – como rítmica purgación de la energía espiritual, que a cada instante se les acumula dentro, les estorba y necesitan librarse de la misma. Estos “amigos” está claro, no poseen un gran entendimiento, administran una moralidad reducidísima, no son capaces de debatir con argumentos, les molesta todo lo que huela a razón… y van directos hacia la muerte intelectual, como una piedra hacia el centro de la tierra. Preguntémonos ¿será acaso ese abuso de interjecciones (facha, rojo de mierda, imbécil, capullo…) ese alarde de energías frecuentes en el español, más bien efecto de su debilidad espiritual?
Estas intromisiones súbitas de sentimientos y emociones incontroladas, que no tiene nada que ver con el curso del pensamiento, producen, claro está, una fragmentación de la vida intelectiva. Entran en la continuidad de una mente normal como cuñas y la hacen saltar en trozos: se interponen, se interyectan entre los miembros de una construcción intelectual, y la hacen poco menos que imposible. Por eso las almas de histéricos y neuróticos – afirma Ortega – viven una vida discontinua, incompatible generalmente, con el edificio de un ideario unificado y resistente. Son almas disgregadas en átomos, inconexas; almas dispersas, cuya existencia es un nacer y morir a cada instante, menesterosas de condensar en esa vida instantánea, toda su vitalidad. Almas inarticuladas que se expresan en interjecciones, porque ellas mismas lo son.
El chulismo, la bravuconería, la exageración, el insulto, el retruécano y otras muchas formas de expresión, que se ha creado de una forma predilecta el español, podrían muy verosímilmente, reducirse a manifestaciones de histerismo colectivo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastillas a 5 de Agosto del 2018.


viernes, 5 de octubre de 2018

LA BÚSQUEDA - LA "QUESTE" - DEL GRIAL

Victoria Cirlot, catedrática de Filología Románica en la Universidad Pompeu Fabra, gran especialista en literatura artúrica (hija del poeta, crítico de arte y compositor Juan Eduardo Cirlot) acaba de publicar un nuevo e interesantísimo libro “Luces del grial”.
No soy en absoluto medievalista, si de algo sé un poco es de Historia Contemporánea. Pero de joven fui muy aficionado al ciclo artúrico, a las obras de Chrétien de Troyes, como es sabido el creador de la novela medieval, inspirada en la tradición celta y las leyendas bretonas (la que ha sido llamada la “matière de Bretagne”) y el primero que escribió sobre el “grial”. Y no digamos a las muchas películas sobre Arturo y sus “Caballeros de la Mesa Redonda”, me las vi todas. Especialmente esa joya de John Boorman, “Excalibur”, plena de hermosas imágenes, con música de Wagner (“Marcha fúnebre de Sigfrido”). En cambio – quizá porque hace tiempo que no leo novelas – no me han atraído las obras de Peter Berling. Sobre historia no me dicen nada las novelas históricas, prefiero ir directamente a las fuentes, a las publicaciones de los historiadores, pues con frecuencia son mucho más emocionantes que las novelas.
Victoria Cirlot
Recuerdo perfectamente, pues me impresionó mucho, aquella escena de “Excalibur” en la que un Perceval derrotado, junto al árbol donde están colgados los caballeros muertos, mientras sus armaduras se entrechocan, escucha una voz sobrenatural que le pregunta: ¿Qué es el grial? Y Victoria Cirlot nos explica que fue el mismo Boorman, quien supo explicar muy bien que es la “queste” (del latín “quaerere”) la búsqueda, la errancia en pos del objeto sagrado, la misión. Algo que a mí no deja de recordarme a la “llamada”, de la que nos habla Michael Ignatieff en su precioso libro “Fuego y cenizas”.
Pero a mi no me parece fácil contestar a esta pregunta de qué es el grial. No se nos dice en ninguna parte. Es un símbolo particularmente extraordinario. Su polivalencia es inmensa. Se podría decir que simboliza la búsqueda de lo imposible. El grial sería lo imposible mismo. Y lo que nos mantiene en su búsqueda. Nos advierte Cirlot que nunca se imaginó el grial como un objeto a conquistar, del que te pudieras apropiar. Es un símbolo. La búsqueda culmina con su visión, es una experiencia visionaria. Pero nadie se planteaba conquistarlo, eso fue cosa de Spielberg. La “queste” es buscarlo. Es una empresa de conocimiento. Y, en buena medida, de conocimiento a través del amor. A mi me recuerda mucho a Elizabeth Arthur, cuando afirma en “Más allá de la montaña”: “No vinimos para alcanzar la cumbre, para poder decir luego que lo habíamos hecho; para estar aquí y ahora, es por lo que hemos venido… Para así conocernos mejor y demostrar, al menos a nosotros mismos, que alcanzar las cumbres no es lo más importante, sino moverse hacia ellas”.
Eric Hobsbawm – el gran historiado marxista inglés – en su interesante autobiografía “Años interesantes”, cuenta como a finales de los años ochenta, un dramaturgo la de la Alemania Oriental (recordemos: la de régimen comunista) escribió una obra titulada “Los caballeros de la Tabla Redonda”, en la que dice: “¿Acaso el propio Lancelot ya no cree en el Grial? No lo sé – se responde – no puedo dar respuesta a esa pregunta. No, probablemente nunca encuentren el Grial ¿Pero no tiene razón el rey Arturo, cuando dice que lo importante no es el Grial, sino la búsqueda? Si abandonamos la búsqueda del Grial, nos abandonamos a nosotros mismos ¿Sólo a nosotros mismos? ¿Acaso la humanidad puede vivir sin los ideales de libertad y justicia, o sin aquello que le dedican su vida? ¿O acaso incluso, sin el recuerdo de los que así lo hicieron en el siglo XX?”
La queste del Saint Graal”, parte del ciclo conocido como el “Lancelot-Graal”, una “summa” del universo artúrico, se ha leído – nos dice Cirlot – como un manual de vida cristiana, pero si se observa con atención, como hacen Foucault y Sloterdijk, aparece como un ejercicio de cuidado de uno mismo, “cura sui”, técnicas para afrontar la vida, un verdaderos “training” de transformación, procedimientos físicos y mentales para enfrentarse a la vida y a la muerte. “Es el cuidado de tu interior. Mirarte por dentro, la atención a uno mismo. Con la muerte como punto culminante, el saber morir”. Escribí en su día: “Vivir con gallardía y saber morir, principio y final de ese “gran juego” que sería la vida. La propia supervivencia, la más básica de las necesidades, es la que tiene el precio más alto, y en consecuencia los gestos más grandes se relacionan con ese exquisito “savoir-mourir” que tan profundamente admiró Karen von Blixen-Finecke”. (Ver en mi Blog: https://senator42.blogspot.com/search/label/Isak%20Dinesen).
Todo ese ciclo del grial, de Arturo, de los caballeros, de la espada… parecen un conjunto de mitos, de leyendas, pero que contienen preguntas fundamentales sobre la existencia, que algunos intentaron contestar, no tanto a través de la filosofía, como con el relato y el mito. Pero en “Luces del grial”, Victoria Cirlot pretende que sea la filosofía moderna, especialmente Foucault, la que ilumine ciertos pasajes de la literatura artúrica.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Julio del 2018.


lunes, 24 de septiembre de 2018

NOS COGERÁ EL TORO

Nos cogerá el toro, y es un morlaco de aúpa, si seguimos prestándole menos atención a él que al ruido en los tendidos, a los gritos, aplausos, insultos y olés de los aficionados. Pedro Sánchez ha dicho: “Sólo es ruido”. Sí, pero justo por eso, no deberíamos perder tanto tiempo con ello.
No hay que entender la política, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Es lo mismo que en la historia, en cuya investigación sabemos de la importancia de detectar lo que está debajo de lo más manifiesto. Unamuno, lo he escrito a veces, llamaba “intrahistoria” a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales. A día de hoy, los “grandes acontecimientos históricos”, los asuntos que tratan los periódicos, y no digamos las redes, son los que tienen lugar en la superficie; mientras que los cambios sociales y culturales importantes, que se mueven bajo la superficie, sólo son detectados por contados políticos, sociólogos o filósofos que, como Casandras de hoy, nos advierten sobre ellos, con el mismo resultado que el de la clásica profetisa: ninguno. Hay un “nivel subterráneo” (abisal diría Unamuno) donde se articulan dinámicas sistémicas globales, que unen lo que en la superficie parece desconectado. Son imposibles de percibir, si contemplamos el mundo con los lentes de nuestras pasiones. O las confundimos con las que nos presentan algunos digitales, las redes sociales, los tuiters de Trump, las “fake news”, o los postureos y “performances” de muchos políticos.
Pepe Borrell en Florencia
Las elecciones europeas están ahí, el próximo mayo. Si ganan las derechas populistas, identitarias y xenófobas, se deshilacha la Unión y el Euro se devalúa gravemente ¿de verdad a alguien le va a preocupar entonces, lo que haya pasado con el máster de Casado, o la tesis de Sánchez? Borrell nos hablaba el otro día de problemas reales e imaginarios. Los primeros, los reales, en su mayoría se pueden resolver, si existe voluntad política (como pasó no hace mucho con la crisis del Euro). Los imaginarios (derivados de emociones y ensoñaciones) no se pueden resolver, sólo disolver. El Gobierno debe enfrentar con rigor y respuestas concretas y efectivas, aquellos problemas que de verdad afectan, o afectarán gravemente, la vida diaria de los ciudadanos. Y dejar de prestar atención a la espuma de las olas, y a la bullanga de ciertos medios digitales y redes sociales.
Sí, sí, ya lo sé, sólo 84 diputados y un montón de otros exclusivamente dedicados al postureo. Y sigo manteniendo mi confianza en el Gobierno y en la Dirección del PSOE. Seguro que todos ellos saben mejor que yo, cuales son los movimientos importantes, los abisales, los que se dinamizan en lo profundo. Yo solo aviso como Casandra improvisada. Porque hay que seguir confiando en la acción transformadora de la política; sin dejarnos atrapar en las falsas dicotomías del Ideal-Posible o Mejor-Bueno. Que no son sino un burdo plagio de la “piedra de Sísifo”. No es que en la carrera de lo posible a lo ideal, la piedra siempre acabe volviendo al comienzo, sino que cuando ascendemos algo hacia el Ideal, siempre hay alguien que lo sitúa más alto. Si no se desafora al Rey, no desaforamos a los políticos. O el todo o nada. Pero de nada nos sirve llorar o quejarnos, pues como nos recordaba Javier Solana, que dijo Hegel en su “Fenomenología del espíritu”: “La queja es una lágrima derramada sobre la necesidad”.
No es necesario haber leído muchas publicaciones serias, para constatar que en Europa (y en el mundo ya puestos) se está produciendo un cambio de mentalidades, germinado en tres fenómenos propios de nuestros días: una aversión estereotipada hacia los inmigrantes, muy especialmente hacia los de confesión musulmana; el poder de atracción de un nuevo tipo de políticos, que rehuyen los problemas reales, y sitúan en la agenda los imaginarios (esencialmente identitarios); y, por fin, la torpe forma de reaccionar de las élites políticas, ante la aparición de estos movimientos de protesta, en general populistas de derecha, pero no exclusivamente. Estas nuevas tendencias políticas, son incompatibles con las Constituciones de países que se consideran hijos de la tradición democrática liberal europea. Y con todos los que no comulgamos con una concepción étnica de la democracia, ni con una visión exclusivamente judeo-cristiana de nuestra tradición.
Jürgen Habermas
Pero algo bueno puede que aporten estos movimientos contestatarios: despertarnos de la somnolencia con la que hemos manejado hasta hoy, el funcionamiento de la democracia a nivel europeo que, como poco, diríamos que ha sido excesivamente elitista. Todas estas fuerzas política emergentes, algunas de sus exigencias, nos demuestran que una comprensión puramente formalista – y por ende disminuida – de los procesos democráticos, cada día encontrará una mayor resistencia.
También nos decía Borrell en su conferencia de hace unos días, que todo ese laissez faire, laissez passer, con el cual los ciudadanos han permitido a ciertas élites (nómadas cosmopolitas, las define Pepe y se incluye) gobernar la Unión, cuando las cosas iban bien, se ha acabado. La Unión ya no puede seguir siendo cosa de unos pocos (por más que el Parlamento Europeo, lo compongan 750 miembros), la ciudadanía de todos los países debe ser convocada seriamente, no sólo a la votación en las próximas elecciones, sino esencialmente a los procesos de debate en la campaña. Lo que decía al inicio: si las fuerzas seriamente democráticas, pierden las elecciones ¡que irrelevante nos parecerá entonces el máster de Casado!
Pero para terminar, un toque de optimismo, que es lo mío. Decía no hace tanto Jürgen Habermas: “Tenemos en Europa ciudadanos suficientemente educados, para que ese género de ficciones políticas sentimentales, de las que el populismo de derechas quiere convencernos que existen, no tengan recorrido”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Septiembre del 2018.


lunes, 17 de septiembre de 2018

EL ENTUSIASMO

El hombre civilizado se distingue del salvaje, principalmente por la “prudencia” o, para emplear un término más amplio, por la “previsión”. Esta dispuesto a sufrir penas momentáneas, para obtener placeres futuros, incluso aunque estos sean muy lejanos. La verdadera “previsión” no sólo aparece, cuando el hombre obra sin que ningún impulso lo dirija, sino porque su razón le aconseja que en el porvenir, sacará más provecho así. Pero la civilización contrarresta el impulso, no sólo por la previsión, que sería un freno voluntario, sino también por la ley, la moral y la religión.
Es cierto, sin embargo, que la excesiva prudencia puede traer fácilmente consigo, la pérdida de las mejores cosas de la vida. Los adoradores de Dionisio, nos recuerda la historia, reaccionaban contra la prudencia. En la embriaguez, física o espiritual, recobraban una intensidad de sentimiento, que la prudencia había destruido. Contemplaban el mundo lleno de delicia y belleza, y su fantasía les liberaba de repente, de la prisión de las preocupaciones cotidianas. El rito báquico producía lo que se llamaba “entusiasmo”, lo cual quiere decir, etimológicamente, que el dios entraba en la persona que le veneraba, y que ésta entonces, se creía una con el dios. Muchas cosas admirables de las obra humanas, llevan en sí un elemento de embriaguez (mental, no alcohólica, por supuesto) donde la prudencia es barrida por la pasión. Sin el elemento báquico, la vida carecería de interés, con él es peligrosa. La prudencia contra la pasión: este conflicto se extiende por toda la Historia.
Nos recuerda Bertrand Russell, que Orfeo es una figura oscura en la historia, pero interesante. Algunos historiadores creen que era un personaje real, otros que un dios o un héroe imaginario. Según la tradición vino de Tracia, como Baco, pero parece más probable que viniera (él o el movimiento que se asocia a su nombre) de Creta. Es cierto que las doctrinas de Orfeo, contienen muchas ideas que parecen tener su fuente original en Egipto. Y que fue principalmente a través de Creta, como Egipto influyó en Grecia. Se dice que Orfeo fue un reformador al que desgarraron las ménades (seres femeninos divinos) frenéticas, alcohólicas, instigadas por la ortodoxia báquica.
Como quiera que fuese la doctrina de Orfeo (si es que éste existió) la que se conoce bien es la de los órficos. Creían en la transmigración del alma. Enseñaban que ésta puede tener en otro mundo un goce eterno, sufrir el tormento eterno o temporal, según la manera de vivir en la Tierra. Aspiraban a hacerse “puros”, en parte por ceremonias de purificación, en parte evitando cierto tipo de contaminación. Los más ortodoxos entre ellos, se abstenían de tomar alimento animal, excepto en ocasiones rituales, cuando lo comían como sacramento. Los órficos eran una secta de ascetas, para ellos el vino era sólo un símbolo, como más tarde en el sacramento cristiano. La embriaguez que buscaron era la del “entusiasmo”, la unión con el dios. Este elemento místico entró en la filosofía griega con Pitágoras, que fue un reformador del orfismo, así como Orfeo había sido un reformador de la religión dionisiaca. Por Pitágoras entraron elementos órficos en la filosofía de Platón. Y por éste en la mayor parte de la filosofía posterior de índole religiosa.
La tradición convencional respecto a los griegos – y así me lo enseñaron en el bachillerato – dice que manifestaron una serenidad admirable, la que les permitía contemplar la pasión desde fuera, percibiendo toda su belleza, pero permaneciendo ellos tranquilos y olímpicos. Pero Russell manifiesta, que este es un punto de vista muy unilateral. Que quizá sea cierto respecto a Homero, Sófocles y Aristóteles, pero no desde luego respecto a los griegos que, directa o indirectamente, sucumbieron bajo las influencias báquica u órfica. En Eleusis, donde los misterios del mismo nombre, formaron la parte más sagrada de la religión ateniense, se cantaba el siguiente himno:
“Alzando tu copa de vino
en tu revelación enloquecedora,
al florido valle de Eleusis
llegas tú ¡salve a ti, Baco, Pan!”
No todos los griegos, pero sí muchos de ellos, eran apasionados, desgraciados, en conflicto consigo mismo, llevados a un lado por el intelecto y a otro por las pasiones, con bastante imaginación para concebir la idea del cielo y del infierno. Tenían la máxima “nada en exceso”, pero en realidad eran exaltados en todo: en la idea pura, en la poesía, en la religión y en el pecado. Esta combinación de pasión e intelecto los hizo grandes, mientras lo fueron.
Sin embargo, en mi modesta opinión, si tomásemos como característica de los griegos, en conjunto, lo dicho en el párrafo anterior, pecaríamos también de unilaterales, como cuando los llamábamos “serenos”. En realidad, había dos tendencias en Grecia: una apasionada, religiosa, mística, ultramundana, y otra alegre, empírica, racionalista, y con afán de conocer la diversidad de hechos. Herodoto podría representar esta última tendencia, lo mismo que los primeros filósofos jónicos y, hasta cierto punto, también Aristóteles.
Las cosas, me parece, no han cambiado tanto a lo largo de la historia. Siempre ha habido y hay entusiastas, apasionados, exaltados, y también, conviviendo mal que bien con ellos, tipos serenos, reflexivos, racionalistas.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Junio del 2018.


martes, 11 de septiembre de 2018

"INTRAHISTORIA"

Hace ya cierto tiempo en mi Blog, al escribir sobre “Un cierto regusto a un “déjà vu”, hice alguna alusión al concepto de “intrahistoria” en Unamuno: “Unamuno – que no era historiador, pero sí algo sabía del tema – decía que no hay que entender la historia, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Él llamaba “intrahistoria” (“Evolución y revolución” 1886) a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales”.
La noción de intrahistoria de Unamuno se debe – creo yo - en gran parte, a la obra de Hegel, y al concepto romántico alemán de "Volksgeist". Aunque muchos investigadores, sugieren que Don Miguel pudiera haberse encontrado con este concepto, de un modo más indirecto y casual. Juaristi, por ejemplo, cree que Unamuno podría haber hallado ecos del historicismo romántico alemán y de la idea de "Volksgeist", en las novelas fueristas o foralistas que leyó en su juventud. Por su parte Inman Fox llama la atención, sobre el vínculo existente entre el concepto unamuniano de intrahistoria y la noción de “historia interna” – el análisis del funcionamiento interno de la historia, elemento común en la historiografía del siglo XIX – y puntualiza que durante décadas los krausistas y, en especial, Giner de los Ríos, habían sido los principales exponentes tanto de la “historia interna”, como de la idea romántica que mantiene que el carácter íntimo de un pueblo, sale a la luz a partir de su literatura, de su arte y de su lengua. Winfried Kreutzer sugiere, incluso, que Unamuno podría haber conocido la noción de “historia interna” – noción fundamental, bajo su punto de vista, en relación a su desarrollo de la idea de intrahistoria – por mediación de la obra de Pérez Galdós. Finalmente Adolfo Sotelo Vázquez afirma que las raíces de la idea de intrahistoria, pueden hallarse en Taine y en el krausismo (“tras el cual se halla el concepto herderiano romántico alemán de "Volksgeist”).
Miguel de Unamuno
Stephen G. H. Roberts opina que aquellos progresistas que, al igual que Unamuno, se han sentido atraídos por los ideales internacionalistas de movimientos tales como el socialismo, viven mirando al futuro en un constante soñar con utopías lejanas. Consiguientemente pasan por alto el presente sin arraigarse en él. Y es a la luz de este hecho, que Unamuno se dispone a buscar el momento presente, donde pasado y futuro puedan encontrarse. Llegará a descubrir este presente dentro, y a través, del concepto de intrahistoria. A diferencia de los casticistas, que buscan tradiciones en el pasado, Unamuno afirma que, en realidad, la tradición verdadera, aquello que él llama “la tradición eterna”, se sitúa en las profundidades del presente. Al igual que el mar, el momento presente está formado de superficies y profundidades: los grandes acontecimientos históricos, los asuntos que tratan los periódicos, tienen lugar en la superficie, mientras que las tradiciones y los valores depositados por el pasado, se hallan recogidos en la profundidad intrahistórica, encontrando su expresión en las vidas de hombre y mujeres, que llevan a cabo sus tareas cotidianas.
Contrariamente a lo que piensan algunos investigadores, tales como Juaristi – escribe Roberts – estos valores y tradiciones intrahistóricos, acumulados en las profundidades del momento presente, no son estáticos, ni inmutables, ni tan siquiera se hallan separados de la superficie histórica, sino que, como explica Don Miguel: “la historia brota de la no historia… las olas son olas del mar quieto y eterno”. Unamuno hace hincapié, en la relación simbiótica que existe entre las esferas intrahistórica e histórica, teniendo en cuenta que las tradiciones y los valores intrahistóricos han sido, y continúan siendo, creados como resultado de los acontecimientos acaecidos en la esfera histórica, mientras que, por su parte, los eventos históricos se dejan influir o, cuando menos, a su parecer, a si debiera ser, por las tradiciones y valores que los sustentan. Tal y como afirma Unamuno “la tradición es la sustancia de la historia”, y “la historia es la forma de la tradición”. Esencialmente las profundidades intrahistóricas actúan como sustancia del momento histórico presente, y la conjunción de lo profundo y lo superficial, de la tradición y de la historia, forma lo que Unamuno denomina “el presente total intrahistórico”, es decir, un presente profundo donde el pasado y el futuro, la tradición y el progreso, terminan por unirse.
Pues bien, hoy dejando de lado a Unamuno y repasando notas antiguas, me he encontrado con otras alusiones, a este concepto de la dimensión interna de la historia.
Creo recordar que fue por allá por los años ochenta cuando Ulrich Beck (Słupsk, Pomerania, 15 de mayo de 1944 - 1 de enero de 2015, un sociólogo alemán, profesor de la Universidad de Munich y de la London School of Economics) nos invitó a cambiar de registro, para abordar los problemas que, a partir de entonces, debería resolver la política. Hechos cercanos e imperceptibles que trasforman la vida cotidiana, nos avisaba, debían afrontarse con una nueva perspectiva, que diese cuenta de los profundos desplazamientos que se producían en el mundo.
No hace mucho la politóloga Máriam Martínez Bascuñan, en El País, nos recordaba que Saskia Sassen (La Haya, Países Bajos, 1949 socióloga, escritora y profesora neerlandesa) decía que hay lógicas que cortan transversalmente, las divisiones académicas que empleamos con excesiva recurrencia, que hay un “nivel subterráneo” (abisal dijo Unamuno) donde se articulan dinámicas sistémicas globales, que unen lo que en la superficie parece desconectado. Son imposibles de percibir – añade – si contemplamos el mundo con viejos clichés.
Y por último, Alfonso Pinilla (historiador) en una entrevista también en El País, nos recordaba que los historiadores, solemos acudir a grandes categorías conceptuales, para explicar los procesos históricos. Y sin embargo, quizá porque no siempre disponemos de un sólido apoyo documental, ignoramos el papel clave que tiene la intrahistoria, ese conjunto de pequeñas teselas, de actitudes individuales, de actuaciones concretas, muchas veces procedentes de personas desconocidas por el gran público. Sin descenso a la intrahistoria, nos advertía, no hay comprensión real de lo que vemos, de los grandes hechos, siempre complejos, y muchas veces inesperados.
Pues eso.


Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Julio del 2017.

jueves, 30 de agosto de 2018

PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

Casi cada día, menos los fines de semana en los que nuestros nietos lo revolucionan todo, después de comer, mientras me tomo mi segundo café del día, Marita y yo solemos ver el programa de la 2: “Saber y ganar”. Y hace unos días en el mismo, preguntaron por el “Principio de incertidumbre” de Werner Heisenberg.
Por la noche, en esos minutos que discurren desde que interrumpo la lectura y apago la luz, hasta que el sueño me invade, volví al “Principio de incertidumbre” y, por asociación de ideas, rememoré una anécdota increíble, que viví un verano a los inicios de este siglo, en una de mis frecuentes salidas montañeras a los Pirineos.
Estaba disfrutando de una cerveza y del atardecer, en la terraza del Refugio del Portillón (Jean Arlaud). Este refugio francés es relativamente moderno. Hace no muchos años, a lo que llamábamos Refugio del Portillón los montañeros, era a los antiguos barracones que acogieron a los trabajadores, que edificaron la presa del lago del mismo nombre. Eran un espacio muy austero – por denominarlo de manera amable - sin agua caliente, sin duchas, sin aseos, sin camas (colchonetas en el suelo) y con alguna que otra rata que se paseaba tranquilamente, por los pies de los montañeros. Había pernoctado en él hacía mucho con mi hijo David, que era aún un chavalito, en una de las dos tentativas fallidas de ascender al Perdiguero 3.222 mts. (A la tercera, en Julio del 2008, hicimos cima). Y estaba reflexionando sobre las diferencias entre los antiguos refugios de montaña, y los nuevos construidos desde finales del siglo pasado. Los modernos tienen todas las comodidades de un hotel: agua caliente, duchas, aseos, cómodas habitaciones, comedores amplios (pero estilo self service)… Los fines de semana del verano, se llenan de familias con sus proles, con sus artefactos de música, con sus gritos y carreras… turistas que sólo pretenden pasar un par de días de asueto en plena naturaleza. Los viejos, los antiguos, eran incómodos a más no poder, pero se disfrutaba de una paz increíble. Y todos los que pernoctábamos en ellos, éramos montañeros en busca o de vuelta de algún reto. De manera que en los atardeceres y en las cenas, entre unos y otros se intercambiaba interesante información, se compartían anécdotas increíbles, y se recordaba a los pireneistas más famosos, con los que alguna vez se había coincidido. La añoranza de unos tiempos pasados, el romanticismo desplazado por las comodidades de la modernidad.
Refugio del Portillón (Jean Arlaud).
Pues bien, en esas andaba, cuando una pareja de montañeros franceses veteranos, me pidieron permiso para sentarse a mi mesa (en las otras ya no había sitio). Debían ser un poco mayores que yo, y se trataba de dos profesores de universidad, ya jubilados. Ella se parecía un montón a Lauren Bacall (así que en este relato los llamaré Humphrey o Bogie y Lauren). Bogie había sido catedrático de ciencias, en la Universidad de Aix-en-Provence. Y Lauren profesora, Doctora en Filosofía, en la de Pau (conozco bien esta ciudad y su universidad, de los tiempos en que asistí a sus Coloquios de Historia Contemporánea de España, invitado por mi buen amigo y extraordinario historiador Manuel Tuñón de Lara) Enseguida conectamos muy bien. Eso y el vino, mi bota se acabó y la botella de ellos lo mismo, facilitaron que al poco tiempo, estuviéramos intercambiando ya noticias de nuestras vidas privadas. Y ahí llego la anécdota que siempre he recordado, y quería hoy compartir con los que leen mi Blog.
Hacía ya años, Bogie fue invitado por la Universidad de Pau, a dar una charla sobre “El principio de incertidumbre” de Heisenberg. Y a Lauren le tocó hacer la presentación del invitado. Al ir a comenzar la charla, ya ambos sobre la tribuna, una niñita se acercó a entregar un ramo de flores a Lauren. Ella vestía aquel día una blusa holgada, cuyo escote se ensanchó al agacharse a recoger las flores. Y Bogie desde sus dos metros de altura, dominando perfectamente el panorama, no se perdió detalle y se quedó como petrificado. Al incorporarse, Lauren se dio perfecta cuenta de lo que había pasado, y dibujo una preciosa media sonrisa. Lo cual, confesaba Bogie, aún fue peor, pues aquella sonrisa encantadora - fue como un fogonazo existencial que me llevara a un futuro incierto, dijo - le dejó como hechizado, transportado en ese momento al principio de incertidumbre sobre su futuro. Se produjeron unos minutos embarazosos, porque el conferenciante no reaccionaba, congelado en su ensueño. Por fin despertó Bogie, apartó los folios que había preparado para la charla, e improvisó una nueva. En ella habló y habló, mezclando y relacionando la indeterminación con el erotismo, la incertidumbre con el sexo, la imposibilidad de determinar con precisión el momento lineal con la presencia del amor… Su intervención fue un éxito total. Al final de la misma, todos los oyentes (científicos y filósofos) puestos de pie, aplaudieron fervientemente durante mucho tiempo.
Lauren Bacall
Y como se dice al final de “Casablanca”: ese fue el principio, de algo más que una buena amistad. En aquellos momentos Bogie era viudo. Y Lauren se había divorciado hacía dos años. Cuando Bogie se jubiló se mudó a Pau. Y allí espero sigan aún los dos, disfrutando de la indeterminación cuántica de su amor.
Pues eso.

Palma a 17 de Junio del 2018.

NOTA PARA LOS MENOS VERSADOS:
En 1925, Heisenberg inventa la mecánica cuántica matricial. Lo que subyace en su aproximación al tema es un gran pragmatismo. En vez de concentrarse en la evolución de los sistemas físicos de principio a fin, concentra sus esfuerzos en obtener información sabiendo el estado inicial y final del sistema, sin preocuparse demasiado por conocer en forma precisa lo ocurrido en el medio. Concibe la idea de agrupar la información en forma de cuadros de doble entrada. Fue Max Born quien se dio cuenta de que esa forma de trabajar, ya había sido estudiada por los matemáticos, y no era otra cosa que la teoría de matrices. Uno de los resultados más llamativos es que la multiplicación de matrices no es conmutativa, por lo que toda asociación de cantidades físicas con matrices, tendrá que reflejar este hecho matemático. Esto lleva a Heisenberg a enunciar el Principio de indeterminación.
En mecánica cuántica, la relación de indeterminación de Heisenberg o principio de incertidumbre, establece la imposibilidad de que determinados pares de magnitudes físicas observables y complementarias, sean conocidas con precisión arbitraria. Sucintamente, afirma que no se puede determinar, en términos de la física cuántica, simultáneamente y con precisión arbitraria, ciertos pares de variables físicas, como son la posición y el momento lineal (cantidad de movimiento) de un objeto dado. En otras palabras, cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su momento lineal y, por tanto, su masa y velocidad.


viernes, 10 de agosto de 2018

LA ESTABILIDAD DE LA CIRCUNSTANCIA, DE LA COYUNTURA

Hace unos días en mi artículo “El sustrato carlista”, recordaba algo que había escrito Jordi Gracia en la prensa (al que me aficioné, después de leer su extensa biografía de Ortega): “El ‘imperio de la coyunturalidad’ sigue vigente y nada es, todavía, ni fatal ni irreversible”. A mi buen amigo Carlos Cano no le gustó. No estoy seguro de si por estar en desacuerdo con el contenido de la frase, o por la aversión que siente por su autor. En cualquier caso quería contestarle con cierta extensión, porque tanto “coyuntura”, como “circunstancia”, “fatal”, e “irreversible” son conceptos muy relacionados, con mi concepción de la Historia como algo siempre fluyente, nunca estático ni fijado a perpetuidad. Pero aquel día andaba muy atareado con mis seis nietos, todos en casa. Así que ahora retomo el tema.
Como preámbulo, relataré dos anécdotas con mi profesor de “Estructura Económica Internacional” en la Complutense, el gran José Luis Sampedro. Un día nos recordó que en España, las cosas provisionales tienen con frecuencia una vida muy larga. Por ejemplo – nos dijo – el impuesto ‘provisional’ sobre el café, data de finales del siglo pasado. Y para que no nos liáramos, a lo largo del estudio de su asignatura, con los significados de ‘Coyuntura’ y ‘Estructura’, nos recitó:
“Estructura es lo que dura,
Lo demás es Coyuntura”.
Pero bueno, vayamos a lo nuestro. Recuerdo que en un artículo sobre Shakespeare, Goethe resumía su pensamiento sobre el gran bardo inglés, con estas palabras: “Shakespeare acompaña a la Naturaleza”. Y Ortega, al respecto, opinaba que todo espíritu dotado de alguna penetración, se esfuerza asimismo en acompañar a la Naturaleza, y ve en ello, su mandamiento primero y más genérico. De aquí el amor a la circunstancia, que Goethe sintió también profundamente. Tomémonos la licencia de sustituir Naturaleza por Historia.
Las almas superficiales, desdeñan lo que en cada caso es circunstancia o coyuntura, pensando siempre en una situación definitiva que, claro está, no llega jamás. Como el día de la toma del Palacio de Invierno, o ese “Un largo sábado” de Steiner, que para algunos no terminará nunca. Pero la vida de la persona o del universo no conoce situaciones definitivas, sino que consiste en una serie inacabable de circunstancias o coyunturas, que se van sucediendo y negando la una a la otra. Ninguna de ellas puede alzarse frente al resto, como la única perfecta. Lo definitivo, lo acabado, lo perfecto, no consiste en una realidad determinada que, por si misma, se eleva sobre las demás y las anula. En cambio, toda coyuntura y toda realidad, contiene una posible perfección. Y es este margen de perfeccionamiento de la circunstancia, lo que algunos llamamos “ideal” y nos esforzamos por henchir.
Nos recordaba Ortega, que lo circunstante, lo coyuntural, no sólo inspira al arte y a la ciencia, sino también a la sensibilidad moral (releamos a Hume) y a la invención política. Mucho ojo con las formas utópicas o ucrónicas en política. Al loro con la verdad única. Mejor aprender con Habermas, que la misma es dialógica. La única superioridad de Grecia, por así decirlo, fue creer que el universo se halla saturado de “nous”, de sentido, y que, por tanto, de él es de donde debemos extraer las normas para la mente.
José Luis Sampedro
Hay ocasiones en que la Naturaleza, la Historia, ejecuta un rápido y profundo viraje, y a la circunstancia de ayer, sucede otra de cariz tan opuesto, que las gentes con poco sentido del equilibrio, son lanzadas por la tangente hacia el vacío intelectual. El mundo ha cambiado y no saben como. Es distinto del de ayer, eso lo notamos, pero nos cuesta reconocer las facciones del nuevo. Con frecuencia sólo advertimos en lo presente, la ausencia de las fisonomías acostumbradas. Hoy no se cree en lo que ayer se creía. Son los signos de estos nuevos tiempos.
En lo nuevo, algunos advertimos la presencia de lo viejo, desgraciadamente de mucho de lo viejuno, arcaico. Pero cada moneda tiene una cara que quema menos. También podemos ser optimistas, contemplando como en este profundo viraje de la Historia, hay personas y equipos que, acostumbrados a vivir en y con la coyuntura, se ajustan al rolar del viento y – como expertos balandristas diría Ortega – navegan de ceñida; salvan el punto difícil y no pierden contacto, adherencia íntima, con la nueva circunstancia. Son personas infinitamente plásticas, capaces de la más fina adaptación a los alabeos cósmicos. Esta es la impresión que producen en su secreto afán, algunos (pocos por desgracia) de los políticos más inteligentes, de está difícil coyuntura social que vivimos. Han aceptado el imperativo de la hora, y trabajan en la forja de las nuevas normas.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Agosto del 2018.