Hace ya muchos años, en un curso de retórica-comunicación, lo primero que nos aconsejaron fue no comenzar nunca un discurso diciendo “yo no soy orador”. Si no lo eres – nos explicaron – enseguida lo sabrán, y si lo eres, les habrás engañado.
Mark Thompson – ex director de la BBC, ex profesor de Retórica en Oxford, y hoy Director Ejecutivo del New York Times – explicaba hace unos días, que para entender que está pasando en el mundo de la comunicación política, hay que entender primero que una de las características del lenguaje político actual, es el abierto menosprecio a la retórica.
Recordemos que ya Shakespeare encarnó esta actitud en contra de la retórica, en el personaje de Marco Antonio de su obra “Julio Cesar”, cuando junto al cadáver ensangrentado de Cesar, se dirigió al público romano es estos términos: “Yo no soy orador como Bruto, sino, como todos sabéis, un hombre franco y sencillo”. De esta manera se desmarcaba de los políticos que hablan como políticos, y se identificaba como un ciudadano que habla el mismo lenguaje que los ciudadanos. Y sí, resulta paradójico que renegar de la retórica sea, en realidad, una táctica retórica antiquísima.
Siendo ya Primer Ministro de Italia – nos recordaba el otro día en El País Estrella Montolío - Silvio Berlusconi declaró: “Si hay algo que no pudo soportar es la retórica. Basta de palabrería. Sólo me interesa lo que tiene que hacerse”. De un brochazo “Il Cavaliere”, desautorizó el ejercicio del debate y la actividad parlamentaria, como un obstáculo molesto para la labor recta e insobornable del gobernante.
Y que decir del siempre inefable Donald Trump: “Yo no soy un político. Digo las cosas tal como son”.
Marco Antonio, Berlusconi y Trump, explotan la falacia de que ser antirretórico y hablar con franqueza, equivale a decir la verdad. Pero como nos señala Thompson, lo sepan o no quienes votan a estos candidatos, la antirretórica también es retórica y, quizá, una de las variedades más potentes y persuasivas de todas.
Las ventajas evidentes, pero fatales a corto plazo, de esta postura antirretórica, son que una vez que convences al público de que no intentas engañarlo, como hace el típico político, consigues desactivar las alertas, las facultades críticas que, por lo general, se aplican al discurso político. De ahí que tus votantes te perdonen cualquier grado de exageración, mentira, contradicción o salida de tono: has conseguido la incondicionalidad irracional de tus votantes.
Pero no deberíamos olvidar que, pese a su mermada reputación actual, la retórica entendida como lenguaje público eficaz, desempeña un papel fundamental en nuestras sociedades democráticas: tiende el puente de la comunicación, entre la clase política y la ciudadanía. Una cita atribuida a Pericles, lo ilustra muy bien: “Las palabras nunca obstaculizan la acción. Cuando se actúa sin palabras, la democracia muere”.
La retórica – nos recuerda Montolío – como lenguaje de la explicación y la persuasión, hace posible que se produzca la toma de decisiones colectiva, que entendemos como democracia. Es inimaginable una democracia sin debate, sin que sus protagonistas compitan entre sí, por el dominio de la persuasión pública. En la esfera política, la retórica no sólo es inevitable, sino deseable. Sólo nos queda por decidir, que calidad retórica deseamos.
Y por cierto, leamos, o releamos si ya lo hemos hecho, “Julio Cesar” de Shakespeare. Muestra de manera palmaria, donde pueden conducirnos los líderes antirretóricos.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Octubre del 2018.
Reflexiones y opiniones a vuelapluma, de cualquier cosa que se me ocurra sobre política, historia, filosofía y otras materias
jueves, 28 de febrero de 2019
jueves, 21 de febrero de 2019
PERO NO HUBO UN TROTSKY
Después de leerme de una tacada “El naufragio” de Lola García, he vuelto a repasar rápidamente dos libros: “Diez días que sacudieron el mundo” y “¿Cuándo amanecerá Tovarich?”, y un magnífico artículo que tengo guardado de Lluis Bassets.
No soy jurista, pero con toda la información de que ya dispongo, me atrevo a declarar que, a mi juicio, no hubo insurrección en Cataluña. Ni insurrección ni golpe de Estado posmoderno. Nada que se asemeje a las condiciones que establecía para ello Curzio Malaparte, en su conocida “Técnica del golpe de Estado”.
Puede que Artur Mas, en sus últimos meses como President de la Generalitat, creara las condiciones previas para una insurrección, como Kerensky en la Rusia imperial. Sin un Mas, probablemente no hubiera habido un Puigdemont, que encaró el desenlace del Procés y la proclamación de la república. Pero faltó la voluntad y la técnica insurreccional, que no es cuestión únicamente de grandes manifestaciones, ni de huelgas generales, sino de la acción decidida de un pequeño grupo entrenado y preparado.
Según nos enseña la historia, el triunfo de la revolución rusa dependió de los dos o tres días de combate, de una tropa de choque preparada por Trotsky, para controlar primero las infraestructuras y las comunicaciones de Petersburgo, y después derrocar al gobierno. Quienes se encargaron de esta tarea fueron un millar de obreros, soldados y marineros, a las órdenes de Antonoff-Ovsienko, que posteriormente sería cónsul soviético en Barcelona durante la guerra incivil, y acabaría fusilado por Stalin al regresar a la URSS, al terminar su misión diplomática ante la Generalitat.
Dicha tropa de choque estuvo entrenándose diez días sin armas, en lo que Malaparte llama “maniobras invisibles”, especialmente dedicadas a preparar el control de las estaciones de ferrocarril. Nada parece que hubiera sucedido, las cosas no se hubieran decantado a favor de los revolucionarios, como nada definitivo ha sucedido en Cataluña, de no mediar la fulminante acción insurreccional de los hombres de Trotsky.
No hay insurrección ni golpe de Estado sin el control del territorio, de las infraestructuras y de los edificios donde se ubican las instituciones (en Barcelona, ni siquiera se arrió la bandera de España en el Palau de la Generalitat). Y esto no es posible sin la acción preparada y decidida de una pequeña fuerza de choque, una vanguardia, dispuesta a enfrentarse y a vencer a las fuerzas de orden público y al ejército, a las órdenes del gobierno establecido al que hay que derrocar.
Parece que los independentistas esperaban que la violencia la pusiera el Estado, y las victimas y la sangre parte de los ciudadanos catalanes. Y me cuesta escribir algo así, pues me parece inhumano y cínico, que alguien pueda incluso sólo pensar, en una estrategia tal. Pero hay muchos indicios de que así se esperaba ganar la partida, especialmente ante la opinión pública internacional, que se quedaría pasmada ante la brillante estrategia pacífica, de los “revolucionarios” catalanes.
Todo muy ingenuo. No había un Trotsky y había que fiarlo todo a la reacción del Estado. Las “vanguardias revolucionarias” se fueron de fin de semana, y algunos después al extranjero. Se esfumaron muchos de los dirigentes, tan valientes ellos a la hora de hablar y hacer discursos. Y no, no fue una revolución fracasada, sino el ensueño de una revolución que nunca tuvo lugar, fuera de la verborrea de muchos medios de comunicación, y de las redes sociales. Nos costaría mucho creer, si no lo hubiéramos vivido, que nuestra revolución de octubre, de la que debía nacer la república catalana independiente, se disolvió en la inanidad de una simple proclamación, que todavía no se sabe con certeza que significaba.
Hubo deseos de insurrección, eso parece claro, pero nada hubo que se asemejara, a lo que es propiamente una insurrección. Hubo voluntad de golpe de Estado, seguramente, pero sin fuerza ni voluntad para culminarlo.
Al final no hubo violencia, o como mucho en dosis muy controladas, incluido el 1-O. En ningún momento pareció que se pudiera hurtar el control del territorio y de las infraestructuras al Estado. En todos los movimientos exaltados hay muchas cabezas calientes, y nunca se puede descartar que alguna sí, tenga la pretensión de culminar la marcha hacia ninguna parte. Pero leyendo los libros, análisis e informes de esos meses, más parece que las cabezas de todos los dirigentes, por lo que estuvieron preocupadas de verdad, fue por su patrimonio y su futuro personal.
Hay muchas cosas más que deberían haber sabido los dirigentes independentistas, respecto a los “momentos” insurreccionales. Primera, como el marxismo-leninismo nos enseña, y la experiencia de todas las revoluciones ha confirmado, para que estalle y triunfe la revolución, deben existir los factores objetivos y subjetivos requeridos. Segunda, el Estado contra el que te rebelas, debe de estar muy desprestigiado y en descomposición. Tercera, las fuerzas armadas no deben ya estar monolíticamente, a las órdenes de las autoridades establecidas. Y como resumen, ser conscientes de que a día de hoy, las revoluciones no derrocan las instituciones, sino que es la degradación de las instituciones, la que lleva a la revolución.
Como sucede con tanta frecuencia, las ilusiones nublaron la racionalidad. No se valoró la capacidad de resistencia y actuación del Estado. Se sobrestimó en sumo grado, la potencial protesta y apoyo de Europa. “La revolución de las sonrisas”, como a veces han denominado los independentistas al “procés”, no era suficiente para desafiar al poder estatal.
La dicotomía entre una pulsión revolucionaria y otra aburguesada, que se ha venido produciendo en todo este proceso, viene de lejos, y los catalanes no aprenden. Como escribía Agustí Calvet” “Gaziel”, en el artículo titulado “Un buen consejo”, publicado en La Vanguardia el ¡16 de junio de 1934!, y recogido en el libro “Tot s’ha perdut”:
“El catalanismo de antaño había abusado de la táctica del ‘tot o res, si no ens ho donen, ens ho prendrem’, y otras bravatas parecidas, tal como la de un posible alzamiento de Cataluña… Entonces el catalanismo no lo sentían más que clases medias y conservadoras… ¿Cómo iban ellas a jugarse el todo por el todo, y hacerse romper la crisma?”.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Febrero del 2019
No soy jurista, pero con toda la información de que ya dispongo, me atrevo a declarar que, a mi juicio, no hubo insurrección en Cataluña. Ni insurrección ni golpe de Estado posmoderno. Nada que se asemeje a las condiciones que establecía para ello Curzio Malaparte, en su conocida “Técnica del golpe de Estado”.
Puede que Artur Mas, en sus últimos meses como President de la Generalitat, creara las condiciones previas para una insurrección, como Kerensky en la Rusia imperial. Sin un Mas, probablemente no hubiera habido un Puigdemont, que encaró el desenlace del Procés y la proclamación de la república. Pero faltó la voluntad y la técnica insurreccional, que no es cuestión únicamente de grandes manifestaciones, ni de huelgas generales, sino de la acción decidida de un pequeño grupo entrenado y preparado.
Según nos enseña la historia, el triunfo de la revolución rusa dependió de los dos o tres días de combate, de una tropa de choque preparada por Trotsky, para controlar primero las infraestructuras y las comunicaciones de Petersburgo, y después derrocar al gobierno. Quienes se encargaron de esta tarea fueron un millar de obreros, soldados y marineros, a las órdenes de Antonoff-Ovsienko, que posteriormente sería cónsul soviético en Barcelona durante la guerra incivil, y acabaría fusilado por Stalin al regresar a la URSS, al terminar su misión diplomática ante la Generalitat.
Dicha tropa de choque estuvo entrenándose diez días sin armas, en lo que Malaparte llama “maniobras invisibles”, especialmente dedicadas a preparar el control de las estaciones de ferrocarril. Nada parece que hubiera sucedido, las cosas no se hubieran decantado a favor de los revolucionarios, como nada definitivo ha sucedido en Cataluña, de no mediar la fulminante acción insurreccional de los hombres de Trotsky.
No hay insurrección ni golpe de Estado sin el control del territorio, de las infraestructuras y de los edificios donde se ubican las instituciones (en Barcelona, ni siquiera se arrió la bandera de España en el Palau de la Generalitat). Y esto no es posible sin la acción preparada y decidida de una pequeña fuerza de choque, una vanguardia, dispuesta a enfrentarse y a vencer a las fuerzas de orden público y al ejército, a las órdenes del gobierno establecido al que hay que derrocar.
Parece que los independentistas esperaban que la violencia la pusiera el Estado, y las victimas y la sangre parte de los ciudadanos catalanes. Y me cuesta escribir algo así, pues me parece inhumano y cínico, que alguien pueda incluso sólo pensar, en una estrategia tal. Pero hay muchos indicios de que así se esperaba ganar la partida, especialmente ante la opinión pública internacional, que se quedaría pasmada ante la brillante estrategia pacífica, de los “revolucionarios” catalanes.
Todo muy ingenuo. No había un Trotsky y había que fiarlo todo a la reacción del Estado. Las “vanguardias revolucionarias” se fueron de fin de semana, y algunos después al extranjero. Se esfumaron muchos de los dirigentes, tan valientes ellos a la hora de hablar y hacer discursos. Y no, no fue una revolución fracasada, sino el ensueño de una revolución que nunca tuvo lugar, fuera de la verborrea de muchos medios de comunicación, y de las redes sociales. Nos costaría mucho creer, si no lo hubiéramos vivido, que nuestra revolución de octubre, de la que debía nacer la república catalana independiente, se disolvió en la inanidad de una simple proclamación, que todavía no se sabe con certeza que significaba.
Hubo deseos de insurrección, eso parece claro, pero nada hubo que se asemejara, a lo que es propiamente una insurrección. Hubo voluntad de golpe de Estado, seguramente, pero sin fuerza ni voluntad para culminarlo.
Al final no hubo violencia, o como mucho en dosis muy controladas, incluido el 1-O. En ningún momento pareció que se pudiera hurtar el control del territorio y de las infraestructuras al Estado. En todos los movimientos exaltados hay muchas cabezas calientes, y nunca se puede descartar que alguna sí, tenga la pretensión de culminar la marcha hacia ninguna parte. Pero leyendo los libros, análisis e informes de esos meses, más parece que las cabezas de todos los dirigentes, por lo que estuvieron preocupadas de verdad, fue por su patrimonio y su futuro personal.
Hay muchas cosas más que deberían haber sabido los dirigentes independentistas, respecto a los “momentos” insurreccionales. Primera, como el marxismo-leninismo nos enseña, y la experiencia de todas las revoluciones ha confirmado, para que estalle y triunfe la revolución, deben existir los factores objetivos y subjetivos requeridos. Segunda, el Estado contra el que te rebelas, debe de estar muy desprestigiado y en descomposición. Tercera, las fuerzas armadas no deben ya estar monolíticamente, a las órdenes de las autoridades establecidas. Y como resumen, ser conscientes de que a día de hoy, las revoluciones no derrocan las instituciones, sino que es la degradación de las instituciones, la que lleva a la revolución.
Como sucede con tanta frecuencia, las ilusiones nublaron la racionalidad. No se valoró la capacidad de resistencia y actuación del Estado. Se sobrestimó en sumo grado, la potencial protesta y apoyo de Europa. “La revolución de las sonrisas”, como a veces han denominado los independentistas al “procés”, no era suficiente para desafiar al poder estatal.
La dicotomía entre una pulsión revolucionaria y otra aburguesada, que se ha venido produciendo en todo este proceso, viene de lejos, y los catalanes no aprenden. Como escribía Agustí Calvet” “Gaziel”, en el artículo titulado “Un buen consejo”, publicado en La Vanguardia el ¡16 de junio de 1934!, y recogido en el libro “Tot s’ha perdut”:
“El catalanismo de antaño había abusado de la táctica del ‘tot o res, si no ens ho donen, ens ho prendrem’, y otras bravatas parecidas, tal como la de un posible alzamiento de Cataluña… Entonces el catalanismo no lo sentían más que clases medias y conservadoras… ¿Cómo iban ellas a jugarse el todo por el todo, y hacerse romper la crisma?”.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Febrero del 2019
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jueves, 14 de febrero de 2019
CAVERNAS Y DOGMAS
Cuando uno sin darse cuenta, se ha convertido ya en una persona provecta, que tiene ya más pasado que futuro, el pasarse horas al día dándole vueltas a los recuerdos, se convierte en rutina. Así pienso mucho en mi generación de antifranquistas y/o “revolucionarios del 68”. En tantos conocidos, incluso algún amigo, que desde la izquierda más izquierda, han derivado hacia un rancio conservadurismo.
Al respecto escribía hace algunos meses el historiador José Álvarez Junco, que nuestra generación no ha vivido un proceso gradual de aprendizaje, una tranquila acumulación de conocimientos, sino una sucesión de refugios en grutas, cavernas, mundos cerrados, en los que nos integramos con fe ciega durante años para, en cierto momento, tras dramáticas crisis personales, arrumbarlos y sustituirlos por otros.
En ciertas ocasiones ya me he referido a esos mundos mentales cerrados, propios de las sectas, círculos de elegidos, creyentes en la salvación colectiva, alimentados por ideologías globales – “Weltanschauungs”, visiones del mundo – con respuestas para todo; comunidades que sólo reciben su propia e interesada información – ver Redes Sociales – desconfían de cualquier aportación proveniente del exterior, y castigan o excluyen a quien se obstina en plantear dudas, o mantener opiniones propias. No es fácil salirse de esos mundos cerrados. Todos conocemos a gente que no ha cambiado nunca, que han sido siempre fieles a una Iglesia, o a Trotski, toda su vida. “Vivíamos en cárceles mentales” decía Jorge Edwards (Muy recomendable su último libro: “Esclavos de la consigna”).
Pero claro, para salir de esas cavernas, lo primero que se necesita es disponer de una razón crítica, cierta actitud rebelde, algo de propensión al individualismo, a la independencia personal, y repudio a las lealtades incondicionales a grupos, líderes o libros. Es necesaria una mínima dosis de confianza en sí mismo, para no necesitar como el aire que respiramos, el refugio de una caverna, de uno u otro dogma.
Los de mi generación española, crecimos en el mundo cerrado del nacional catolicismo, tan arraigado en los colegios de curas o frailes. En ese ambiente era muy difícil, por no decir imposible, mantener un debate serio sobre la libertad, o respecto al origen del mal en el mundo. Y eso que a mí los franciscanos casi me mimaban, pensando que era un chaval serio – quizá porque en clase hablaba poco y no era revoltoso – interesante, con inquietudes. Algunos hermanos – como el padre Ramón – me decían a veces, que un día deberíamos hablar largo y tendido. Jamás llegó ese día.
En la sociedad en que crecí, pocos eran los que prescindían del amparo de un grupo cerrado: falange, acción católica, carlistas... Incluso ya en la universidad, aunque aparentemente los franquistas no estaban en mayoría, muchos eran lo que llamábamos “pasotas”; y los “concienciados”, los más vivían en cuevas dogmáticas: estalinistas, maoístas, trotskistas… Yo tenía la gran ventaja de haberme educado en una familia liberal, progresista, demócrata y republicana. Y luego la de mis primeros libros “serios” que comencé a leer: Ortega y Gasset, Unamuno, Bertrand Russell… Y algunos historiadores marxistas: Maurice Dobb, E.H. Carr, Eric Hobsbawn, Tuñón de Lara…
Pero el mundo mental, en el que nos refugiamos los miembros de mi generación universitaria, mayoritariamente antifranquista, fue el de una cultura contestataria cuyo soporte intelectual era básicamente marxista. Aquella nueva gruta proporcionó a muchos: amigos, amores, apoyos ante cualquier conflicto personal. Cualquier frustración de tipo personal, también se debía a la dictadura (cuando la misma cayera, todos seríamos felices) cuyos cimientos eran la explotación de la clase obrera, y el amparo del imperialismo americano. Todos los males que afligían a la humanidad, decía Álvarez Junco: hambres guerras, analfabetismo, extinción de especies; todo, bien explicado, era culpa del capitalismo depredador.
No fue nada fácil escapar de toda aquella especie de hegemonía estalinista-maoísta-trotskista. Todo empezó cuando algunos comenzaron – comenzamos – a hacer preguntas capitales, como porqué la revolución proletaria, había desembocado en los horrores de estalinismo. La psicopática personalidad de Stalin no bastaba – nos parecía a algunos – como respuesta, pues era el propio sistema, quien había confiado a un tipo como él, y sin control alguno, la máxima responsabilidad. Uno empezó a ser sospechoso – si ya no le era desde hacía tiempo por socialdemócrata – en cuanto repitió demasiadas veces sus dudas. Perdimos amigos y nos oímos llamar traidores.
Aún me pregunto porque existen esas grutas, porque algunos, muchos, tienden a refugiarse en ellas, cual es el camino que les permita encontrar la salida. Y porque con tanta frecuencia, los que consiguen abandonar una, salen corriendo a refugiarse en otra similar. Dejan el Manifiesto Comunista, para abrazar las Sagradas Escrituras. O pasan del marxismo al nacionalismo, sin despeinarse. O porque muchos no salen nunca de la caverna, ni aun cuando creen haberlo hecho, porque siguen aferrados a los tópicos propios de aquella visión, en la que un día fueron felices, con su verdad, obedeciendo al líder, sin duda alguna existencial.
Ocurre por antonomasia con las sectas religiosas, pero también con los partidos políticos, en general radicales de derechas o de izquierdas, con nacionalismos y populismos: hablan únicamente entre ellos, leen su propia prensa, oyen su cadena de televisión, se comunican sólo con sus “amigos” en las redes; no permiten que voces ajenas les cuestionen su visión del mundo. Lo tranquilizador es que exista una sola verdad, garantizada por una autoridad, sea persona o libro. Lo contrario, lo propio del espíritu libre, es afrontar la realidad sin armadura, a pecho descubierto, aceptando que la verdad es múltiple, dialógica, que sus fragmentos viven dispersos por aquí y por allá; que hay que oír a todos y estar dispuesto, hasta el final, a aprender a cambiar de opinión, o a matizarla. Y hace falta mucha fuerza intelectual para ello.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Diciembre del 2018.
Al respecto escribía hace algunos meses el historiador José Álvarez Junco, que nuestra generación no ha vivido un proceso gradual de aprendizaje, una tranquila acumulación de conocimientos, sino una sucesión de refugios en grutas, cavernas, mundos cerrados, en los que nos integramos con fe ciega durante años para, en cierto momento, tras dramáticas crisis personales, arrumbarlos y sustituirlos por otros.
En ciertas ocasiones ya me he referido a esos mundos mentales cerrados, propios de las sectas, círculos de elegidos, creyentes en la salvación colectiva, alimentados por ideologías globales – “Weltanschauungs”, visiones del mundo – con respuestas para todo; comunidades que sólo reciben su propia e interesada información – ver Redes Sociales – desconfían de cualquier aportación proveniente del exterior, y castigan o excluyen a quien se obstina en plantear dudas, o mantener opiniones propias. No es fácil salirse de esos mundos cerrados. Todos conocemos a gente que no ha cambiado nunca, que han sido siempre fieles a una Iglesia, o a Trotski, toda su vida. “Vivíamos en cárceles mentales” decía Jorge Edwards (Muy recomendable su último libro: “Esclavos de la consigna”).
Pero claro, para salir de esas cavernas, lo primero que se necesita es disponer de una razón crítica, cierta actitud rebelde, algo de propensión al individualismo, a la independencia personal, y repudio a las lealtades incondicionales a grupos, líderes o libros. Es necesaria una mínima dosis de confianza en sí mismo, para no necesitar como el aire que respiramos, el refugio de una caverna, de uno u otro dogma.
Los de mi generación española, crecimos en el mundo cerrado del nacional catolicismo, tan arraigado en los colegios de curas o frailes. En ese ambiente era muy difícil, por no decir imposible, mantener un debate serio sobre la libertad, o respecto al origen del mal en el mundo. Y eso que a mí los franciscanos casi me mimaban, pensando que era un chaval serio – quizá porque en clase hablaba poco y no era revoltoso – interesante, con inquietudes. Algunos hermanos – como el padre Ramón – me decían a veces, que un día deberíamos hablar largo y tendido. Jamás llegó ese día.
En la sociedad en que crecí, pocos eran los que prescindían del amparo de un grupo cerrado: falange, acción católica, carlistas... Incluso ya en la universidad, aunque aparentemente los franquistas no estaban en mayoría, muchos eran lo que llamábamos “pasotas”; y los “concienciados”, los más vivían en cuevas dogmáticas: estalinistas, maoístas, trotskistas… Yo tenía la gran ventaja de haberme educado en una familia liberal, progresista, demócrata y republicana. Y luego la de mis primeros libros “serios” que comencé a leer: Ortega y Gasset, Unamuno, Bertrand Russell… Y algunos historiadores marxistas: Maurice Dobb, E.H. Carr, Eric Hobsbawn, Tuñón de Lara…
Pero el mundo mental, en el que nos refugiamos los miembros de mi generación universitaria, mayoritariamente antifranquista, fue el de una cultura contestataria cuyo soporte intelectual era básicamente marxista. Aquella nueva gruta proporcionó a muchos: amigos, amores, apoyos ante cualquier conflicto personal. Cualquier frustración de tipo personal, también se debía a la dictadura (cuando la misma cayera, todos seríamos felices) cuyos cimientos eran la explotación de la clase obrera, y el amparo del imperialismo americano. Todos los males que afligían a la humanidad, decía Álvarez Junco: hambres guerras, analfabetismo, extinción de especies; todo, bien explicado, era culpa del capitalismo depredador.
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| Álvarez Junco |
Aún me pregunto porque existen esas grutas, porque algunos, muchos, tienden a refugiarse en ellas, cual es el camino que les permita encontrar la salida. Y porque con tanta frecuencia, los que consiguen abandonar una, salen corriendo a refugiarse en otra similar. Dejan el Manifiesto Comunista, para abrazar las Sagradas Escrituras. O pasan del marxismo al nacionalismo, sin despeinarse. O porque muchos no salen nunca de la caverna, ni aun cuando creen haberlo hecho, porque siguen aferrados a los tópicos propios de aquella visión, en la que un día fueron felices, con su verdad, obedeciendo al líder, sin duda alguna existencial.
Ocurre por antonomasia con las sectas religiosas, pero también con los partidos políticos, en general radicales de derechas o de izquierdas, con nacionalismos y populismos: hablan únicamente entre ellos, leen su propia prensa, oyen su cadena de televisión, se comunican sólo con sus “amigos” en las redes; no permiten que voces ajenas les cuestionen su visión del mundo. Lo tranquilizador es que exista una sola verdad, garantizada por una autoridad, sea persona o libro. Lo contrario, lo propio del espíritu libre, es afrontar la realidad sin armadura, a pecho descubierto, aceptando que la verdad es múltiple, dialógica, que sus fragmentos viven dispersos por aquí y por allá; que hay que oír a todos y estar dispuesto, hasta el final, a aprender a cambiar de opinión, o a matizarla. Y hace falta mucha fuerza intelectual para ello.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Diciembre del 2018.
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jueves, 7 de febrero de 2019
REVOLUCIÓN
Se acaba de publicar la traducción al castellano de “La libertad de ser libres”, de la gran pensadora y uno de mis referentes intelectuales, Hannah Arendt.
En la obra analiza el término del vocabulario político, “Revolución”. El vocablo, con independencia de cuando y por qué apareciera, el fenómeno a que alude, tiene la misma edad que la memoria humana.
Antes de que se produjeran las dos grandes revoluciones del siglo XVIII (la americana y la francesa) y antes de que adquiriera el sentido específico que hoy tiene, la palabra Revolución, apenas ocupaba un lugar destacado en el vocabulario del pensamiento o la práctica políticos. El término en el siglo XVII, aún se refería a su significado original astronómico, al movimiento eterno y recurrente de los cuerpos celestes; el uso político era metafórico y describía el retorno a un punto preestablecido, por tanto un movimiento, el regreso a un orden predeterminado. La palabra se utilizó por primera vez en 1660 en Inglaterra, con ocasión del restablecimiento de la monarquía, tras el derrocamiento del Parlamento Remanente (“Rump Parliament”). Pero incluso la Revolución Gloriosa, el acontecimiento gracias al cual el término supo encontrar su sitio, de forma harto paradójica, en el lenguaje histórico político, no fue concebida como una revolución, sino como la restauración del poder monárquico.
El hecho de que la palabra “revolución”, significara originariamente restauración, es más que una mera curiosidad semántica. Ni siquiera las revoluciones del siglo XVIII (antes mencionadas) pueden entenderse sin advertir que estallaban ante todo, con la restauración como objetivo, y que el contenido de dicha restauración era la libertad. En el transcurso de ambas revoluciones (la americana y la francesa), cuando sus actores adquirieron consciencia, de que se habían embarcado en una empresa completamente nueva, y no en el regreso a una situación anterior, fue cuando la palabra “revolución” adquirió, por consiguiente, su nuevo significado. Fue Thomas Paine quien, todavía fiel al espíritu pretérito, propuso con toda seriedad, llamar “contrarrevoluciones” tanto a la revolución estadounidense como a la francesa. De esa manera pretendía librar a aquellos acontecimientos tan extraordinarios, de la sospecha de que con ellos se había dado vida a unos comienzos completamente nuevos.
Nada de lo sucedido en el curso de las mencionadas revoluciones, resulta tan notable y tan sorprendente, como el enfático hincapié hecho en la novedad de las mismas, la insistencia en que nunca se había producido hasta entonces, nada comparable por su significación y su grandeza. La cuestión crucial, a la par que compleja, es que el enorme “pathos” de la nueva era, el “Novus Ordo Seclorum”, salió adelante sólo cuando los actores de la revolución, en buena parte en contra de su voluntad, llegaron a un punto de no retorno.
Así lo sucedido a finales del XVIII, fue en realidad un intento de restauración y recuperación de antiguos derechos y privilegios, que acabó justo en lo contrario: en el desarrollo progresivo y la apertura de un futuro, que desafiaba cualquier intento posterior de actuar o de pensar, en términos de movimiento circular o giratorio. Y mientras que la palabra “revolución”, se transformó radicalmente en el proceso revolucionario, ocurrió algo similar, pero infinitamente más complejo, con la palabra “libertad”. Mientras que con ella no se pretendía indicar, nada más que la libertad “restaurada”, seguiría refiriéndose a los derechos y libertades que hoy asociamos con el gobierno constitucional, los que propiamente se llaman derechos civiles. Y entre estos, por cierto, no se incluía el derecho político a participar en los asuntos públicos. Lo revolucionario no era la proclama de “vida, libertad y propiedad”, sino la idea de que se trataba de derechos inalienables de todos los seres humanos, al margen de donde vivieran, o del tipo de Gobierno que tuvieran. E incluso en esa nueva y revolucionaria extensión a toda la humanidad, la libertad no significaba más que la autonomía, frente a todo impedimento injustificable, es decir, algo en esencia negativo.
Ninguna revolución, independientemente de lo que se haya abierto a las masas y a los oprimidos, se ha iniciado nunca por ellos. Y ninguna revolución ha sido tampoco obra de conspiraciones, de sociedades secretas, o de partidos abiertamente revolucionarios, afirma Arendt.
Hablando en términos generales, ninguna revolución es posible, allí donde la autoridad del Estado se halla intacta, lo que, en las condiciones actuales, significa allí donde cabe confiar en que las Fuerzas Armadas, obedezcan a las autoridades civiles. Las revoluciones no son la causa, sino la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política (este es un punto que, pienso, deberían memorizar los independentistas más entusiastas). Si se permite que se desarrollen sin control procesos desintegradores, durante un periodo prolongado, pueden producirse revoluciones, pero a condición de que haya un número suficiente de gente, preparada para el colapso del régimen existente, y para tomar el poder al precio que sea.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Enero del 2019
En la obra analiza el término del vocabulario político, “Revolución”. El vocablo, con independencia de cuando y por qué apareciera, el fenómeno a que alude, tiene la misma edad que la memoria humana.
Antes de que se produjeran las dos grandes revoluciones del siglo XVIII (la americana y la francesa) y antes de que adquiriera el sentido específico que hoy tiene, la palabra Revolución, apenas ocupaba un lugar destacado en el vocabulario del pensamiento o la práctica políticos. El término en el siglo XVII, aún se refería a su significado original astronómico, al movimiento eterno y recurrente de los cuerpos celestes; el uso político era metafórico y describía el retorno a un punto preestablecido, por tanto un movimiento, el regreso a un orden predeterminado. La palabra se utilizó por primera vez en 1660 en Inglaterra, con ocasión del restablecimiento de la monarquía, tras el derrocamiento del Parlamento Remanente (“Rump Parliament”). Pero incluso la Revolución Gloriosa, el acontecimiento gracias al cual el término supo encontrar su sitio, de forma harto paradójica, en el lenguaje histórico político, no fue concebida como una revolución, sino como la restauración del poder monárquico.
El hecho de que la palabra “revolución”, significara originariamente restauración, es más que una mera curiosidad semántica. Ni siquiera las revoluciones del siglo XVIII (antes mencionadas) pueden entenderse sin advertir que estallaban ante todo, con la restauración como objetivo, y que el contenido de dicha restauración era la libertad. En el transcurso de ambas revoluciones (la americana y la francesa), cuando sus actores adquirieron consciencia, de que se habían embarcado en una empresa completamente nueva, y no en el regreso a una situación anterior, fue cuando la palabra “revolución” adquirió, por consiguiente, su nuevo significado. Fue Thomas Paine quien, todavía fiel al espíritu pretérito, propuso con toda seriedad, llamar “contrarrevoluciones” tanto a la revolución estadounidense como a la francesa. De esa manera pretendía librar a aquellos acontecimientos tan extraordinarios, de la sospecha de que con ellos se había dado vida a unos comienzos completamente nuevos.
Nada de lo sucedido en el curso de las mencionadas revoluciones, resulta tan notable y tan sorprendente, como el enfático hincapié hecho en la novedad de las mismas, la insistencia en que nunca se había producido hasta entonces, nada comparable por su significación y su grandeza. La cuestión crucial, a la par que compleja, es que el enorme “pathos” de la nueva era, el “Novus Ordo Seclorum”, salió adelante sólo cuando los actores de la revolución, en buena parte en contra de su voluntad, llegaron a un punto de no retorno.
Así lo sucedido a finales del XVIII, fue en realidad un intento de restauración y recuperación de antiguos derechos y privilegios, que acabó justo en lo contrario: en el desarrollo progresivo y la apertura de un futuro, que desafiaba cualquier intento posterior de actuar o de pensar, en términos de movimiento circular o giratorio. Y mientras que la palabra “revolución”, se transformó radicalmente en el proceso revolucionario, ocurrió algo similar, pero infinitamente más complejo, con la palabra “libertad”. Mientras que con ella no se pretendía indicar, nada más que la libertad “restaurada”, seguiría refiriéndose a los derechos y libertades que hoy asociamos con el gobierno constitucional, los que propiamente se llaman derechos civiles. Y entre estos, por cierto, no se incluía el derecho político a participar en los asuntos públicos. Lo revolucionario no era la proclama de “vida, libertad y propiedad”, sino la idea de que se trataba de derechos inalienables de todos los seres humanos, al margen de donde vivieran, o del tipo de Gobierno que tuvieran. E incluso en esa nueva y revolucionaria extensión a toda la humanidad, la libertad no significaba más que la autonomía, frente a todo impedimento injustificable, es decir, algo en esencia negativo.
Ninguna revolución, independientemente de lo que se haya abierto a las masas y a los oprimidos, se ha iniciado nunca por ellos. Y ninguna revolución ha sido tampoco obra de conspiraciones, de sociedades secretas, o de partidos abiertamente revolucionarios, afirma Arendt.
Hablando en términos generales, ninguna revolución es posible, allí donde la autoridad del Estado se halla intacta, lo que, en las condiciones actuales, significa allí donde cabe confiar en que las Fuerzas Armadas, obedezcan a las autoridades civiles. Las revoluciones no son la causa, sino la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política (este es un punto que, pienso, deberían memorizar los independentistas más entusiastas). Si se permite que se desarrollen sin control procesos desintegradores, durante un periodo prolongado, pueden producirse revoluciones, pero a condición de que haya un número suficiente de gente, preparada para el colapso del régimen existente, y para tomar el poder al precio que sea.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Enero del 2019
jueves, 31 de enero de 2019
SOBRE EL FASCISMO
Ahora que con el auge de la ultraderecha, volvemos desgraciadamente a darle vueltas y vueltas, a términos como fascismo o facha, he regresado a un tomo de mí admirado Ortega.
Él mismo, en respuesta a un artículo que había publicado Corpus Barga en “El Sol” (“La rebelión de las camisas”), escribía en El Espectador en febrero de 1925: “Sobre el Fascismo” (“Sine ira et Studio”).
Tal como a Ortega, a mi también me ha parecido siempre, que hay en el fascismo bastante de enigmático – quizá por eso ha seducido tanto a algunos, a lo largo de la historia – pues aparecen en él los contenidos más opuestos. Afirma el autoritarismo, pero al tiempo preconiza la rebelión. Parece proponerse la forja de un Estado fuerte, y emplea los medios más disolventes, como si fuera una facción destructora. Lo tomemos por donde lo tomemos, en el fascismo hallamos que es una cosa, y a la vez su contraria, es A y no A. Pero quizá eso no sea exclusivo del fascismo. En el Romanticismo encontramos también contradicciones. Decía Ulrico de Hutten: “Yo no soy un libro hecho con reflexión; yo soy un hombre con mi contradicción”. El palo sumergido en el agua, a los ojos es quebrado, y es recto al tacto. Y el fascismo es un fenómeno histórico, como el palo quebrado es un fenómeno óptico. Como decía Ortega: “Ocurre con todo fenómeno, que su verdadera naturaleza está fuera de él, detrás de él. Los fenómenos o apariencias, son el vocabulario que lo real adopta, para hacer su presentación”. Así el fascismo, lo que dicen y hacen los fascistas, lo que ellos creen ser, no constituyes su verdadera realidad. En cada fenómeno, es sabido, colaboran todos los demás. Bastaría esa razón, para que resultara ilusorio buscar únicamente en el fascismo, en el solo, su auténtico sentido.
En Geometría – me gustaba mucho esta asignatura en el bachillerato – podemos entender cómodamente, como cada perfil singular de una figura depende en gran medida, del hueco que los demás nos dejen. En rigor todo perfil es doble, y la línea que lo dibuja es, más bien, sólo la frontera entre ambos. Si de la línea miramos hacia dentro de la figura, veremos una forma cerrada en sí misma, a lo que se llama dintorno. Si de la línea miramos hacia fuera, veremos un hueco limitado por el espacio infinito en derredor. A esto se le llama el contorno. Sin contorno no habría dintorno, y por esta razón no puede definirse claramente un fenómeno histórico en si mismo. Después de decir lo que él es, deberemos añadir lo que es su ambiente.
Hace algo así como un siglo, los llamados liberales eran, en efecto, liberales, y conservadores los conservadores. Pero en otras épocas – como la actual – la realidad histórica ha cambiado, sin haber conseguido aún – es mi opinión – crear el nuevo lenguaje que refleje bien la misma. Cuando eso ocurre, como ahora, las apariencias son forzosamente equívocas y, en vez de constituir un idioma, lenguaje, que expresa directamente la realidad, se traban entre sí, en un jeroglífico que la oculta.
El fascismo y otros productos políticos similares, aparecen combatiendo las fuerzas que diríamos “establecidas”. Pero a nadie que sepa algo de historia eso puede sorprenderle, pues siempre ha sido así. Al preguntarnos estos días qué es el fascismo, la primera respuesta que nos llega, no es sino otra pregunta: ¿qué hacen los llamados liberales, demócratas o socialdemócratas? Como si cierto instinto intelectual, nos hiciera sospechar que la clave de la situación, lo esencial del fenómeno, el síntoma más original, no está tanto en la emergencia del fascismo, como en la inacción, o la errónea acción, de las fuerzas democráticas tradicionales.
Está necesidad de definir un movimiento político, más por su contorno que por su dintorno, tal como decía Ortega, también se puede experimentar, cuando lees mucha historia. Por ejemplo, estudiando la interesante e importante historia de Roma. Más o menos vas entendiendo el desarrollo de los sucesos, hasta llegar al año 70, antes de Cristo, que es, aproximadamente, la época en que empieza a aparecer Julio Cesar. En aquel punto, al menos para mí, comienzan a ponerse algo más oscuras las cosas, los acontecimientos. Y no por falta de documentación, pues es el periodo de la historia de Roma, que ha llegado hasta nosotros con mayor número de datos fiables. En medio de tanta documentación, quizá liados por tanta información, no acertamos a comprender bien porque avanza, de triunfo en triunfo, el movimiento encabezado por Cesar.
La dificultad que encontramos es, a mi parecer, muy parecida a la que sentimos ante el fascismo. Más que triunfar Cesar sobre los demás, nos parece que son los demás quienes dejan triunfar a Cesar. Al verle prescindir, una tras otra, de las instituciones establecidas de la República, no podemos por menos que preguntarnos, que hacían los republicanos o, mejor dicho, por qué no hacían nada los republicanos. Pues en ningún momento nos parece que la situación de Cesar sea, por sí misma, suficientemente sólida. Cuando intentamos hacer un balance de las fuerzas positivas con que contaba, aunque no las juzguemos desdeñables, no nos son suficientes, al menos para mí, para explicarnos su victoria. Algo similar nos preguntamos, por ejemplo, cuando analizamos el crecimiento del nazismo en Alemania en los años treinta. ¿Qué porras hacían los socialdemócratas y comunistas, peleando entre si de forma cainita, mientras Hitler iba prescindiendo de las instituciones democráticas de la República de Weimar?
Ojo. No quiero expresar con eso, que la época de Cesar, o la de la Alemania de entre guerras, sea como la nuestra, la de estos últimos años. No me parece que las épocas históricas, puedan identificarse de manera mecánica. Aunque sí siempre, algo podemos aprender de su desarrollo y consecuencias. Y sí pienso que el tiempo de Cesar, o el de la dicha Alemania, tienen algunos factores comunes, nada vagos sino, por el contrario, muy concretos, al lado de otros, “ça va de soi”, completamente opuestos. De ahí que sea útil, me parece, comparar, no ambas épocas, pero sí los factores comunes a una y otra. Para darle un nombre, podría decir que cesarismo y fascismo tienen, como supuesto común, el previo desprestigio de las instituciones establecidas.
De todos modos, no se aclara de manera suficiente la emergencia de un movimiento político de alto bordo, mientras no se identifica un hecho lo bastante radical y subterráneo (la “intrahistoria” unamuniana) para que pueda derivarse de él a un tiempo, la fisonomía de ese movimiento y la de sus contrarios. Todos los fenómenos de una época – decía Ortega – son hermanos uterinos, aunque sean hermanos enemigos.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 23 de Enero del 2019
Él mismo, en respuesta a un artículo que había publicado Corpus Barga en “El Sol” (“La rebelión de las camisas”), escribía en El Espectador en febrero de 1925: “Sobre el Fascismo” (“Sine ira et Studio”).
Tal como a Ortega, a mi también me ha parecido siempre, que hay en el fascismo bastante de enigmático – quizá por eso ha seducido tanto a algunos, a lo largo de la historia – pues aparecen en él los contenidos más opuestos. Afirma el autoritarismo, pero al tiempo preconiza la rebelión. Parece proponerse la forja de un Estado fuerte, y emplea los medios más disolventes, como si fuera una facción destructora. Lo tomemos por donde lo tomemos, en el fascismo hallamos que es una cosa, y a la vez su contraria, es A y no A. Pero quizá eso no sea exclusivo del fascismo. En el Romanticismo encontramos también contradicciones. Decía Ulrico de Hutten: “Yo no soy un libro hecho con reflexión; yo soy un hombre con mi contradicción”. El palo sumergido en el agua, a los ojos es quebrado, y es recto al tacto. Y el fascismo es un fenómeno histórico, como el palo quebrado es un fenómeno óptico. Como decía Ortega: “Ocurre con todo fenómeno, que su verdadera naturaleza está fuera de él, detrás de él. Los fenómenos o apariencias, son el vocabulario que lo real adopta, para hacer su presentación”. Así el fascismo, lo que dicen y hacen los fascistas, lo que ellos creen ser, no constituyes su verdadera realidad. En cada fenómeno, es sabido, colaboran todos los demás. Bastaría esa razón, para que resultara ilusorio buscar únicamente en el fascismo, en el solo, su auténtico sentido.
En Geometría – me gustaba mucho esta asignatura en el bachillerato – podemos entender cómodamente, como cada perfil singular de una figura depende en gran medida, del hueco que los demás nos dejen. En rigor todo perfil es doble, y la línea que lo dibuja es, más bien, sólo la frontera entre ambos. Si de la línea miramos hacia dentro de la figura, veremos una forma cerrada en sí misma, a lo que se llama dintorno. Si de la línea miramos hacia fuera, veremos un hueco limitado por el espacio infinito en derredor. A esto se le llama el contorno. Sin contorno no habría dintorno, y por esta razón no puede definirse claramente un fenómeno histórico en si mismo. Después de decir lo que él es, deberemos añadir lo que es su ambiente.
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| Julio Cesar |
El fascismo y otros productos políticos similares, aparecen combatiendo las fuerzas que diríamos “establecidas”. Pero a nadie que sepa algo de historia eso puede sorprenderle, pues siempre ha sido así. Al preguntarnos estos días qué es el fascismo, la primera respuesta que nos llega, no es sino otra pregunta: ¿qué hacen los llamados liberales, demócratas o socialdemócratas? Como si cierto instinto intelectual, nos hiciera sospechar que la clave de la situación, lo esencial del fenómeno, el síntoma más original, no está tanto en la emergencia del fascismo, como en la inacción, o la errónea acción, de las fuerzas democráticas tradicionales.
Está necesidad de definir un movimiento político, más por su contorno que por su dintorno, tal como decía Ortega, también se puede experimentar, cuando lees mucha historia. Por ejemplo, estudiando la interesante e importante historia de Roma. Más o menos vas entendiendo el desarrollo de los sucesos, hasta llegar al año 70, antes de Cristo, que es, aproximadamente, la época en que empieza a aparecer Julio Cesar. En aquel punto, al menos para mí, comienzan a ponerse algo más oscuras las cosas, los acontecimientos. Y no por falta de documentación, pues es el periodo de la historia de Roma, que ha llegado hasta nosotros con mayor número de datos fiables. En medio de tanta documentación, quizá liados por tanta información, no acertamos a comprender bien porque avanza, de triunfo en triunfo, el movimiento encabezado por Cesar.
La dificultad que encontramos es, a mi parecer, muy parecida a la que sentimos ante el fascismo. Más que triunfar Cesar sobre los demás, nos parece que son los demás quienes dejan triunfar a Cesar. Al verle prescindir, una tras otra, de las instituciones establecidas de la República, no podemos por menos que preguntarnos, que hacían los republicanos o, mejor dicho, por qué no hacían nada los republicanos. Pues en ningún momento nos parece que la situación de Cesar sea, por sí misma, suficientemente sólida. Cuando intentamos hacer un balance de las fuerzas positivas con que contaba, aunque no las juzguemos desdeñables, no nos son suficientes, al menos para mí, para explicarnos su victoria. Algo similar nos preguntamos, por ejemplo, cuando analizamos el crecimiento del nazismo en Alemania en los años treinta. ¿Qué porras hacían los socialdemócratas y comunistas, peleando entre si de forma cainita, mientras Hitler iba prescindiendo de las instituciones democráticas de la República de Weimar?
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| Ortega y Gasset |
De todos modos, no se aclara de manera suficiente la emergencia de un movimiento político de alto bordo, mientras no se identifica un hecho lo bastante radical y subterráneo (la “intrahistoria” unamuniana) para que pueda derivarse de él a un tiempo, la fisonomía de ese movimiento y la de sus contrarios. Todos los fenómenos de una época – decía Ortega – son hermanos uterinos, aunque sean hermanos enemigos.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 23 de Enero del 2019
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jueves, 24 de enero de 2019
SOY ANTI-MONISTA
En su maravilloso libro “El rostro cambiante de Clío”, en el que recoge la casi totalidad de su obra dispersa (ensayos, artículos, colaboraciones…) Sir Raymond Carr, el gran historiador, nos dice – en su reseña de “Existencialistas y Místicos”) que Dame (Dama Comandante de la Orden del Imperio) Iris Murdoch era una santa laica, una novelista de talento que era también filósofa. Que durante 15 años fue profesora de filosofía en Oxford, pero que han sido sus 26 novelas, las que la han convertido en una escritora de fama internacional. Y que cree recordar que en la Unión Soviética era una lectura obligada; y que tiene una hueste de admiradores en Tokyo.
Por su parte George Steiner, se pregunta cual es la característica peculiar de Iris Murdoch como novelista; él la encuentra en su capacidad para dramatizar, para hacer figurativo, el acto de pensar. Es ésta una capacidad que comparten otros novelistas filósofos: Elias Canetti – su amante, al que ella dedicó una de sus primeras novelas – Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y también Proust, como discípulo de Bergson.
¿Qué relación hay entre Murdoch la novelista y Murdoch la filósofa? Para Murdoch la filosofía es una disciplina “dura”; lo que caracteriza al filósofo es la capacidad implacable para no soltar un problema. Su finalidad es la claridad; el novelista explora la ambigüedad. Un rasgo llamativo de la filosofía – opina Carr un historiador - es que, a diferencia de la ciencia, no parece avanzar. Los filósofos siguen empeñados en los mismos problemas, que les preocupaban en Atenas hace 2000 años. Pero un escritor tiene que escribir sobre lo que él o ella sabe, y ella (Iris) sabe de filosofía:
“Si supiera sobre barcos de vela los pondría en mis novelas y, en cierto modo, preferiría saber de barcos que de filosofía”.
El bien – escribe Iris Murdoch en una de esas frases directamente filosóficas de sus novelas – es el objeto inimaginable de deseos. No puede ser una simple cuestión de elección. Si el bien es inimaginable ¿cómo podemos aprehenderlo, por así decirlo, con objeto de que se convierta en acicate para un mejor comportamiento? Para Murdoch somos seres ensimismados y egoístas por naturaleza. No poseemos, dice ella, ninguna finalidad garantizada externamente, ningún Dios, dado que Kant, a su juicio, abolió Dios y en su lugar hizo Dios al hombre, convirtiéndole así en una de los padres intelectuales del existencialismo.
“La tarea es ardua – explica Murdoch – el fin lejano y acaso no alcanzable nunca. Aprendiendo ruso, mi trabajo es una progresiva revelación de otra cosa, algo que existe independientemente de mí. Mi atención es recompensada con cierto conocimiento de la realidad, algo que mi consciencia no puede dominar, asimilar, negar o hacer irreal”. Es éste el difícil lenguaje del místico, del neo-platónico. Mediante la atención y el amor – dos conceptos esenciales – nos despojamos de nuestro egoísmo, habitamos el mundo real. La realidad es una forma platónica y perdurable que yace tras lo particular, la apariencia pasajera. La imagen platónica del hombre que, después de contemplar las figuras oscilantes, que proyecta el fuego dentro de la caverna, sale a la brillante luz del sol del exterior, domina su pensamiento: “Platón utiliza constantemente la imagen del todo armonioso, que determina el debido orden de las partes”.
Platón es monista, un hombre de una idea grande, de la verdad única. “Mi temperamento – escribe Murdoch – me inclina también al monismo”.
Yo al contrario, al igual que Raymond Carr, soy por temperamento anti-monista. Como sostenía Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos” (1945) el fin último y omnicomprensivo tiene que proporcionarnos la utopía, una guía para la sociedad, y dicha guía es lo que suministra la República de Platón, una sociedad autoritaria donde los pobres mortales, son gobernados por reyes filósofos, que tienen un privilegiado acceso al fin único y último. “Yo soy un popperiano que cree en la ingeniería social gradual” nos dice Carr. “El ingeniero gradual – decía Popper – adoptará el método de buscar y luchar por lo más importante y urgente de la sociedad, en lugar de buscar y luchar por su supremo bien último”. En este sentido, Platón sería el archienemigo de la Sociedad Abierta.
Lo trágico dijo Hegel – y creo que algunas veces ya lo he repetido- no es el conflicto entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien. E Isaiah Berlin, nos advertía que la vida consiste en hacer intercambios – un poco de justicia a cambio de un poco de igualdad – entre bienes incompatibles e irreconciliables, no en buscar un único Bien omnicomprensivo.
Nos recuerda Raymond Carr, que conoció a Iris Murdoch cuando él era compañero de viaje comunista, y pegaba sobres para la campaña del Frente Popular, en las elecciones locales de Oxford de 1938. Y que uno de sus últimos encuentros con ella, fue en una cena con Margaret Thatcher, a la sazón Primera Ministra. Que en todo momento sintió un gran afecto por ella (por Iris) teñido de admiración, pero que no pudo nunca comulgar con su filosofía. “No soy monista, ni neoplatónico, ni, menos aún, místico” escribe Carr. La mirada de “Dame” Iris Murdoch – continua Carr – está fija en objetos lejanos, que yo no tengo posibilidad de discernir. “El hombre es una criatura que pinta cuadros de sí mismo, y después se las arregla para parecerse al retrato”.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Octubre del 2018.
Por su parte George Steiner, se pregunta cual es la característica peculiar de Iris Murdoch como novelista; él la encuentra en su capacidad para dramatizar, para hacer figurativo, el acto de pensar. Es ésta una capacidad que comparten otros novelistas filósofos: Elias Canetti – su amante, al que ella dedicó una de sus primeras novelas – Sartre, Simone de Beauvoir, Camus y también Proust, como discípulo de Bergson.
¿Qué relación hay entre Murdoch la novelista y Murdoch la filósofa? Para Murdoch la filosofía es una disciplina “dura”; lo que caracteriza al filósofo es la capacidad implacable para no soltar un problema. Su finalidad es la claridad; el novelista explora la ambigüedad. Un rasgo llamativo de la filosofía – opina Carr un historiador - es que, a diferencia de la ciencia, no parece avanzar. Los filósofos siguen empeñados en los mismos problemas, que les preocupaban en Atenas hace 2000 años. Pero un escritor tiene que escribir sobre lo que él o ella sabe, y ella (Iris) sabe de filosofía:
“Si supiera sobre barcos de vela los pondría en mis novelas y, en cierto modo, preferiría saber de barcos que de filosofía”.
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| Iris Murdoch y John Bayley |
“La tarea es ardua – explica Murdoch – el fin lejano y acaso no alcanzable nunca. Aprendiendo ruso, mi trabajo es una progresiva revelación de otra cosa, algo que existe independientemente de mí. Mi atención es recompensada con cierto conocimiento de la realidad, algo que mi consciencia no puede dominar, asimilar, negar o hacer irreal”. Es éste el difícil lenguaje del místico, del neo-platónico. Mediante la atención y el amor – dos conceptos esenciales – nos despojamos de nuestro egoísmo, habitamos el mundo real. La realidad es una forma platónica y perdurable que yace tras lo particular, la apariencia pasajera. La imagen platónica del hombre que, después de contemplar las figuras oscilantes, que proyecta el fuego dentro de la caverna, sale a la brillante luz del sol del exterior, domina su pensamiento: “Platón utiliza constantemente la imagen del todo armonioso, que determina el debido orden de las partes”.
Platón es monista, un hombre de una idea grande, de la verdad única. “Mi temperamento – escribe Murdoch – me inclina también al monismo”.
Yo al contrario, al igual que Raymond Carr, soy por temperamento anti-monista. Como sostenía Karl Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos” (1945) el fin último y omnicomprensivo tiene que proporcionarnos la utopía, una guía para la sociedad, y dicha guía es lo que suministra la República de Platón, una sociedad autoritaria donde los pobres mortales, son gobernados por reyes filósofos, que tienen un privilegiado acceso al fin único y último. “Yo soy un popperiano que cree en la ingeniería social gradual” nos dice Carr. “El ingeniero gradual – decía Popper – adoptará el método de buscar y luchar por lo más importante y urgente de la sociedad, en lugar de buscar y luchar por su supremo bien último”. En este sentido, Platón sería el archienemigo de la Sociedad Abierta.
Lo trágico dijo Hegel – y creo que algunas veces ya lo he repetido- no es el conflicto entre el bien y el mal, sino entre el bien y el bien. E Isaiah Berlin, nos advertía que la vida consiste en hacer intercambios – un poco de justicia a cambio de un poco de igualdad – entre bienes incompatibles e irreconciliables, no en buscar un único Bien omnicomprensivo.
Nos recuerda Raymond Carr, que conoció a Iris Murdoch cuando él era compañero de viaje comunista, y pegaba sobres para la campaña del Frente Popular, en las elecciones locales de Oxford de 1938. Y que uno de sus últimos encuentros con ella, fue en una cena con Margaret Thatcher, a la sazón Primera Ministra. Que en todo momento sintió un gran afecto por ella (por Iris) teñido de admiración, pero que no pudo nunca comulgar con su filosofía. “No soy monista, ni neoplatónico, ni, menos aún, místico” escribe Carr. La mirada de “Dame” Iris Murdoch – continua Carr – está fija en objetos lejanos, que yo no tengo posibilidad de discernir. “El hombre es una criatura que pinta cuadros de sí mismo, y después se las arregla para parecerse al retrato”.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Octubre del 2018.
jueves, 17 de enero de 2019
EL PECADO ORIGINAL
Diversas veces me he referido a esa interpretación moderna de la culpa del pecado original: si tienes un antepasado fascista, no puedes ser un hombre de izquierdas; si tu padre fue comunista, no puedes votar al PP; si eres español, eres culpable de las supuestas atrocidades de los colonizadores de América… y así suma y sigue.
Pero en estas pasadas semanas dos de mis autores preferidos – Javier Marías y Albert Camus – me han recordado el tema.
Recuerdo que siendo aún prácticamente un niño, uno de mis primeros recelos ante la enseñanza cristiana, me lo produjo ese que me parecía disparatado concepto del “pecado original”. Si cierro los ojos, me puedo ver todavía claramente en Ca’n Tapara, donde los franciscanos nos encerraban una semana para “ejercicios espirituales”, oyendo a un fraile asustándonos con ese concepto: ¡arrepentíos de vuestros pecados, de los de vuestros padres, y de los padres de vuestros padres! ¡La mare de deu! Por lo visto ese pecado era grave, y se cargaba con él por el mero hecho de haber nacido. Supongo que, por la aún poca racionalidad que había absorbido de la educación en casa, me parecía propio de miserables, aterrorizar a unas criaturas que todavía no habíamos tenido tiempo de hacer daño a nadie – ni siquiera entendíamos que era eso de pecar de pensamiento – con ese idea de que estaban ya contaminadas, por pertenecer a una especie cuyos antepasados más remotos, habían “pecado” a los ojos de un Dios tan severo.
Pero lo que más me extraña y desespera, es ver como casi el mundo entero – laicos y agnósticos incluidos – parece abrazar ese dogma cristiano con un fervor incomprensible y, me temo, de funestos resultados. Dice Marías que se buscan y señalan sin cesar, culpables que no han hecho nada personalmente, contraviniendo la creencia, más justa y democrática, de que uno sólo es responsable de sus propios actos.
La verdad es que he vivido muchos años durante los cuales, a nadie se le ocurría acusar a Javier Pradera o a Sánchez Ferlosio, por poner sólo dos ejemplos muy conocidos, de ser, respectivamente, nieto de un notario carlista e hijo de un falangista destacado. Parecía que estábamos todos de acuerdo, en que los crímenes de los bisabuelos no nos atañían ni condenaban, y en que sólo respondíamos de nuestras trayectorias personales.
Pero a día de hoy pareciera, no ya que se exija continuamente que naciones e instituciones “pidan perdón”, por las atrocidades cometidas por compatriotas de otros siglos, o por antidiluvianos miembros con los cuales nada tenemos que ver los actuales, sino que hemos entrado en una época, en la que casi todo el mundo es culpable por su raza, su sexo, su clase social, su nacionalidad o su religión, es decir, justamente por los factores por los que nadie debería ser discriminado.
Nadie podría librarse de las tropelías de sus ancestros, si las responsabilidades se extienden hasta el comienzo de los tiempos. Pocos pueblos, si hay alguno, no han invadido, asesinado, conquistado y esclavizado. Hoy no es raro oír o leer, nos recuerda Marías: “Ante tal o cual situación, se nos debería caer la cara de vergüenza”. Y a mi me entran unas ganas locas de gritar: Hable usted por si mismo, y haga el favor de no meterme en sus ridículas vergüenzas hereditarias.
También he encontrado estos días párrafos de Albert Camus, que de alguna forma nos remiten a lo que estamos hablando.
Sartre, en su famosa polémica con Camus, decía que éste siempre experimentaba la necesidad de acusar a alguien. Y “si no es usted, será entonces el universo”. Al lo que Camus respondió indirectamente, por intermedio de su protagonista de “La Chute” Jean-Baptiste Clamence: “Cada uno siente la necesidad de ser inocente a cualquier precio, incluso si para ello es necesario acusar al género humano y al cielo”.
Franck Jotterand (enviado de un suplemento literario de un periódico suizo), interrogó a Camus sobre lo que pensaba del punto de vista según el cual, todos seríamos culpables. A lo que el escritor argelino-francés respondió: “Muchos escritores modernos, entre ellos los existencialistas ateos, han suprimido a Dios; pero han conservado la noción del ‘pecado original’. Hoy se pretende aplastarnos bajo el peso de nuestra culpabilidad. Existe, creo, una verdad intermedia”. Estimaba, Camus, que el hombre pecaba de falta de indulgencia (me recuerda a Arendt hablando del perdón). Y citaba a Sancho Panza, nombrado Gobernador de la Ínsula Barataria: “Dado que no podemos ejercer una justicia transparente, al menos hagamos apelación a la misericordia”. Camus sonriente, terminaba: “Vaya usted hoy a hablar de misericordia, en las calles de Paris” (eran los días de la rebelión argelina).
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Diciembre del 2018.
Pero en estas pasadas semanas dos de mis autores preferidos – Javier Marías y Albert Camus – me han recordado el tema.
Recuerdo que siendo aún prácticamente un niño, uno de mis primeros recelos ante la enseñanza cristiana, me lo produjo ese que me parecía disparatado concepto del “pecado original”. Si cierro los ojos, me puedo ver todavía claramente en Ca’n Tapara, donde los franciscanos nos encerraban una semana para “ejercicios espirituales”, oyendo a un fraile asustándonos con ese concepto: ¡arrepentíos de vuestros pecados, de los de vuestros padres, y de los padres de vuestros padres! ¡La mare de deu! Por lo visto ese pecado era grave, y se cargaba con él por el mero hecho de haber nacido. Supongo que, por la aún poca racionalidad que había absorbido de la educación en casa, me parecía propio de miserables, aterrorizar a unas criaturas que todavía no habíamos tenido tiempo de hacer daño a nadie – ni siquiera entendíamos que era eso de pecar de pensamiento – con ese idea de que estaban ya contaminadas, por pertenecer a una especie cuyos antepasados más remotos, habían “pecado” a los ojos de un Dios tan severo.
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| Javier Marías |
La verdad es que he vivido muchos años durante los cuales, a nadie se le ocurría acusar a Javier Pradera o a Sánchez Ferlosio, por poner sólo dos ejemplos muy conocidos, de ser, respectivamente, nieto de un notario carlista e hijo de un falangista destacado. Parecía que estábamos todos de acuerdo, en que los crímenes de los bisabuelos no nos atañían ni condenaban, y en que sólo respondíamos de nuestras trayectorias personales.
Pero a día de hoy pareciera, no ya que se exija continuamente que naciones e instituciones “pidan perdón”, por las atrocidades cometidas por compatriotas de otros siglos, o por antidiluvianos miembros con los cuales nada tenemos que ver los actuales, sino que hemos entrado en una época, en la que casi todo el mundo es culpable por su raza, su sexo, su clase social, su nacionalidad o su religión, es decir, justamente por los factores por los que nadie debería ser discriminado.
Nadie podría librarse de las tropelías de sus ancestros, si las responsabilidades se extienden hasta el comienzo de los tiempos. Pocos pueblos, si hay alguno, no han invadido, asesinado, conquistado y esclavizado. Hoy no es raro oír o leer, nos recuerda Marías: “Ante tal o cual situación, se nos debería caer la cara de vergüenza”. Y a mi me entran unas ganas locas de gritar: Hable usted por si mismo, y haga el favor de no meterme en sus ridículas vergüenzas hereditarias.
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| Albert Camus |
Sartre, en su famosa polémica con Camus, decía que éste siempre experimentaba la necesidad de acusar a alguien. Y “si no es usted, será entonces el universo”. Al lo que Camus respondió indirectamente, por intermedio de su protagonista de “La Chute” Jean-Baptiste Clamence: “Cada uno siente la necesidad de ser inocente a cualquier precio, incluso si para ello es necesario acusar al género humano y al cielo”.
Franck Jotterand (enviado de un suplemento literario de un periódico suizo), interrogó a Camus sobre lo que pensaba del punto de vista según el cual, todos seríamos culpables. A lo que el escritor argelino-francés respondió: “Muchos escritores modernos, entre ellos los existencialistas ateos, han suprimido a Dios; pero han conservado la noción del ‘pecado original’. Hoy se pretende aplastarnos bajo el peso de nuestra culpabilidad. Existe, creo, una verdad intermedia”. Estimaba, Camus, que el hombre pecaba de falta de indulgencia (me recuerda a Arendt hablando del perdón). Y citaba a Sancho Panza, nombrado Gobernador de la Ínsula Barataria: “Dado que no podemos ejercer una justicia transparente, al menos hagamos apelación a la misericordia”. Camus sonriente, terminaba: “Vaya usted hoy a hablar de misericordia, en las calles de Paris” (eran los días de la rebelión argelina).
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Diciembre del 2018.
jueves, 10 de enero de 2019
DOVE SI GRIDA NON È VERA SCIENZA
“Dove si grida non è vera scienza” – dijo Leonardo da Vinci – “Donde se grita no hay buen conocimiento”. Cuando los hombres no tienen nada claro que decir sobre una cosa, en vez de callarse suelen hacer lo contrario: “dicen” en superlativo, esto es, gritan.
Casi todo el mundo anda alterado en estos tiempos, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial: la posibilidad de meditar, de recogerse sobre sí mismo, para ponerse consigo mismo de acuerdo y aclararse en lo que cree y no cree, lo que de verdad estima y lo que de verdad detesta. La alteración le obnubila, le ciega, le obliga a actuar mecánicamente, en una especie de frenético sonambulismo.
A Ortega le recordaba esta alteración de los hombres a las pequeñas bestezuelas, constantemente alerta, en perpetua inquietud, mirando, oyendo todas las señales que les llegan de su derredor, atentas sin descanso al contorno, como temiendo que de él llegue siempre un peligro, al que es forzoso responder automáticamente. Son los objetos y acaecimientos del contorno, los que gobiernan la vida del animal. Le traen y le llevan como una marioneta. Él no rige su existencia, no vive de sí mismo, sino que está siempre atento a lo que pasa fuera de él, a lo otro que él. Fijémonos que nuestro vocablo otro, no es sino el latino alter. Decir pues, que el animal no vive de sí mismo sino de lo otro, traído y llevado por lo otro, equivale a decir que el animal vive siempre alterado, enajenado, que su vida es continua alteración.
Pero los hombres podemos y deberíamos, al menos de tanto en tanto, suspender nuestra ocupación directa con las cosas, desasirnos de nuestro derredor, desentendernos de él, y volvernos, por decirlo así, de espaldas al mundo y meternos dentro de nosotros mismos, atender a nuestra propia intimidad o, lo que es lo mismo, ocuparnos de nosotros y no de lo otro, de las cosas. Dicho con un espléndido vocablo, que estimo sólo existe en nuestro idioma, los hombres podemos ensimismarnos.
Mas si el hombre goza de ese privilegio de liberarse transitoriamente de las cosas, y poder entrar y descansar en sí mismo, es porque con su esfuerzo, su trabajo y sus ideas, ha logrado reobrar sobre las cosas, transformarlas y crear en su derredor un margen de seguridad, siempre limitado es cierto, incluso con algún temporal retroceso, pero siempre o casi siempre en aumento. Y viceversa, porque si el hombre es capaz de modificar su contorno en el sentido de su conveniencia, es porque aprovechó todo respiro que las cosas le dejaban, para ensimismarse, para entrar dentro de sí y forjarse ideas sobre ese mundo, sobre las cosas y su relación con ellas, para fraguarse un plan de ataque a las circunstancias, diría Ortega. En suma, para construirse un mundo interior. Y de este mundo interior emerge y vuelve al de fuera. Pero vuelve en calidad de protagonista, vuelve con un sí mismo que antes no tenía – con su plan de campaña – no para dejarse dominar por las cosas, sino para gobernarlas él, para imponerles su voluntad y su designio, para realizar en ese mundo de fuera sus ideas. Lejos de perder su propio sí mismo en esta vuelta al mundo, por el contrario lleva su sí mismo a lo otro, lo proyecta enérgica y señorialmente sobre las cosas, es decir, hace que lo otro – el mundo – se vaya convirtiendo poco a poco en él mismo. El hombre humaniza al mundo, y cabe imaginar que el mundo, sin dejar de serlo, llegue a convertirse en algo así como un alma materializada. Y como en “La tempestad” de Shakespeare, las ráfagas del viento soplen empujadas por Ariel, el duende de las ideas.
Pero prestemos atención a que esa atención hacia adentro, que es el ensimismamiento, es un hecho antinatural. El hombre ha tardado miles y miles de años en educar un poco, su capacidad de concentración. Lo que le es natural es dispersarse, distraerse hacia fuera. Nos cuenta Ortega en “Ensimismamiento y alteración”, que el Padre Chevesta, explorador y misionero, que fue el primer etnógrafo especializado en el estudio de los pigmeos, probablemente la variedad de hombres más antigua que se conoce, y a la que fue a buscar en las selvas tropicales más recónditas, y que se limitaba a describir lo que veía, escribió en su última obra de 1932, sobre los enanos del Congo: “Les falta por completo el poder de concentrarse. Están siempre absorbidos por las impresiones exteriores”.
En resumen, son pues tres momentos diferentes, que cíclicamente se repiten a lo largo de la historia humana, en formas cada vez más complejas y densas: 1º, el hombre se siente perdido, naufrago en las cosas, es la alteración; 2º, el hombre, con un enérgico esfuerzo, se retira a su intimidad, para formarse ideas sobre las cosas, es el ensimismamiento, la vita contemplativa, que decían los romanos, el teoréticos bíos, de los griegos, la theoría; 3º, el hombre vuelve a sumergirse en el mundo, para actuar en él conforme a un plan preconcebido, es la acción, la vita activa, la praxis.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Noviembre del 2018.
Casi todo el mundo anda alterado en estos tiempos, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial: la posibilidad de meditar, de recogerse sobre sí mismo, para ponerse consigo mismo de acuerdo y aclararse en lo que cree y no cree, lo que de verdad estima y lo que de verdad detesta. La alteración le obnubila, le ciega, le obliga a actuar mecánicamente, en una especie de frenético sonambulismo.
A Ortega le recordaba esta alteración de los hombres a las pequeñas bestezuelas, constantemente alerta, en perpetua inquietud, mirando, oyendo todas las señales que les llegan de su derredor, atentas sin descanso al contorno, como temiendo que de él llegue siempre un peligro, al que es forzoso responder automáticamente. Son los objetos y acaecimientos del contorno, los que gobiernan la vida del animal. Le traen y le llevan como una marioneta. Él no rige su existencia, no vive de sí mismo, sino que está siempre atento a lo que pasa fuera de él, a lo otro que él. Fijémonos que nuestro vocablo otro, no es sino el latino alter. Decir pues, que el animal no vive de sí mismo sino de lo otro, traído y llevado por lo otro, equivale a decir que el animal vive siempre alterado, enajenado, que su vida es continua alteración.
Pero los hombres podemos y deberíamos, al menos de tanto en tanto, suspender nuestra ocupación directa con las cosas, desasirnos de nuestro derredor, desentendernos de él, y volvernos, por decirlo así, de espaldas al mundo y meternos dentro de nosotros mismos, atender a nuestra propia intimidad o, lo que es lo mismo, ocuparnos de nosotros y no de lo otro, de las cosas. Dicho con un espléndido vocablo, que estimo sólo existe en nuestro idioma, los hombres podemos ensimismarnos.
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| Ortega y Gasset |
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| Leonardo da Vinci |
En resumen, son pues tres momentos diferentes, que cíclicamente se repiten a lo largo de la historia humana, en formas cada vez más complejas y densas: 1º, el hombre se siente perdido, naufrago en las cosas, es la alteración; 2º, el hombre, con un enérgico esfuerzo, se retira a su intimidad, para formarse ideas sobre las cosas, es el ensimismamiento, la vita contemplativa, que decían los romanos, el teoréticos bíos, de los griegos, la theoría; 3º, el hombre vuelve a sumergirse en el mundo, para actuar en él conforme a un plan preconcebido, es la acción, la vita activa, la praxis.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Noviembre del 2018.
lunes, 17 de diciembre de 2018
AISLAR LOS RUIDOS
¿Sobrevivirá la democracia tal cual la conocemos, a las redes sociales? Ya he leído a varios tratadistas y analistas políticos, que se lo preguntan. Aunque no se trata de poner en duda, los muchos beneficios de Internet y su carácter en principio democrático, como digo, muchos están asustados o, al menos, preocupados.
Ya he escrito alguna vez, de los diferentes ritmos a que circulan la sociedad en red y los usos parlamentarios. La velocidad, esquemas y normas de comportamiento en las redes sociales, casan mal con los hábitos reflexivos y deliberativos que hemos heredado de la Ilustración, cuyos principios, no lo olvidemos, son los que inspiran la democracia representativa. Y aunque la Red sea consecuencia de una construcción lógica, sus efectos se incrustan en el universo de los sentimientos, de las emociones. A la verdad se opone la posverdad, a las noticias los hechos alternativos, y al razonamiento el ruido de las exaltaciones.
Podemos llevarnos las manos a la cabeza, pero la inmediatez, aunque también la levedad, de la imagen, se está imponiendo al peso del pensamiento. Del mismo modo que la efervescencia de la crispación, atrae más que el fatigoso diálogo en busca de consenso. Como si a nuestra atención, ya más modelada por los tuits que por las páginas de un libro, le costara penetrar en la profundidad de las ideas. Exigimos blanco o negro. A favor de uno u otro. Conmigo o contra mí. Compartimentamos la realidad en trincheras, y nos colocamos detrás de una en contra de la otra. Y así nos va, al menos de momento.
A pesar del ruido ambiente- se preguntaba el otro día Josep Ramoneda - ¿es posible que el principio de realidad, conduzca poco a poco a un espacio de entendimiento, por provisional que sea? Y Belén Gopegui, el pasado jueves en Barcelona, decía que “limpiando el ruido, aparece el sentido”. Ojalá que de eso se trate.
La política está hoy sumamente polarizada. Y eso nos pilla en descampado, a todos los que nos iniciamos en ella en la Transición e, incluso, en la clandestinidad. Muchos políticos se mueven hoy del blanco al negro y viceversa, pero la vida cotidiana sigue cargada de grises, de matices. La derecha española permanece aferrada al relato del golpismo, por mucho que cada vez son menos los que lo ven verosímil. Pero algunos sectores del soberanismo, siguen erre que erre en el unilateralismo, que desfallece día a día, porque por mucho que se repita una consigna, pasa siempre, se va desvaneciendo si no se hace carne.
El relato catalán de la intransigencia – uno de los factores del encabronamiento de la política – representado hoy por el President Torra, se sustenta ya solo sobre el calendario judicial. Es la situación de los presos – con una prisión preventiva que nos parece injustificable a algunos – la que permite a Torra presentar “argumentos”. Weber diría que está prevaleciendo la ética de las convicciones, por encima de la de la responsabilidad, que a mi me parece que es la que debe dirigir siempre, o casi siempre, la actuación de un político. Curiosamente - a pesar de las diatribas del President, y los ruidos de la pintura amarilla resbalando sobre las puertas, la agitación de los lazos amarillos y el flamear de las esteladas - los consellers del Govern catalán, negocian permanentemente con el Gobierno de Sánchez. Y los componentes de la mayoría soberanista, se esmeran en cumplir la legalidad, no fueran a pillarles en falso.
Según el tiempo va pasando, más me parece evidente la responsabilidad histórica del Gobierno de Rajoy, al derivar un conflicto que era, es, político, al ámbito de la justicia. Aún es pronto quizá, para verlo con claridad. Pero apostaría que ese será el juicio de los historiadores serios, cuando escriban sobre los acontecimientos de estos años.
No hay un “continuum” en el relato del soberanismo catalán, está construido a base de momentos y “días de gloria” sin conexión: la proclamación a hurtadillas de la República, con fuga incluida a Bruselas; el referéndum que no lo fue… Y ahora se articula el discurso sobre el “momentum”, la sentencia sobre los presos, como choque político y emocional que sublevaría a Cataluña, y despertaría a Europa.
Y se equivocan – escribía Ramoneda – los que piensan que da lo mismo Casado que Sánchez. No, no son lo mismo, ni los son sus posibles socios ni sus votantes. Y para empezar a caminar con buen pie en política, siempre hay que buscar afinidades, por pequeñas que sean. En política y en democracia, la base es la negociación, el compromiso sobre intereses discordantes, por coyuntural que sea. La unanimidad pertenece al mundo de las utopías. Pero para que la negociación sea útil y arribe a buen puerto, se requiere recuperar la palabra como medio de tejer un espacio compartido, que permita a cada uno jugar sus cartas. Ramoneda exige dos requisitos mínimos y previos: Primero un protocolo de comunicación, hablar el mismo lenguaje, compartir el significado de las palabras. Y segundo, el reconocimiento mutuo como interlocutores, sin negar a la otra parte la condición de tal, nos guste más o menos.
Y sí, hay mucho ruido que limpiar, antes que se abra un espacio de entendimiento.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Noviembre del 2018.
Ya he escrito alguna vez, de los diferentes ritmos a que circulan la sociedad en red y los usos parlamentarios. La velocidad, esquemas y normas de comportamiento en las redes sociales, casan mal con los hábitos reflexivos y deliberativos que hemos heredado de la Ilustración, cuyos principios, no lo olvidemos, son los que inspiran la democracia representativa. Y aunque la Red sea consecuencia de una construcción lógica, sus efectos se incrustan en el universo de los sentimientos, de las emociones. A la verdad se opone la posverdad, a las noticias los hechos alternativos, y al razonamiento el ruido de las exaltaciones.
Podemos llevarnos las manos a la cabeza, pero la inmediatez, aunque también la levedad, de la imagen, se está imponiendo al peso del pensamiento. Del mismo modo que la efervescencia de la crispación, atrae más que el fatigoso diálogo en busca de consenso. Como si a nuestra atención, ya más modelada por los tuits que por las páginas de un libro, le costara penetrar en la profundidad de las ideas. Exigimos blanco o negro. A favor de uno u otro. Conmigo o contra mí. Compartimentamos la realidad en trincheras, y nos colocamos detrás de una en contra de la otra. Y así nos va, al menos de momento.
A pesar del ruido ambiente- se preguntaba el otro día Josep Ramoneda - ¿es posible que el principio de realidad, conduzca poco a poco a un espacio de entendimiento, por provisional que sea? Y Belén Gopegui, el pasado jueves en Barcelona, decía que “limpiando el ruido, aparece el sentido”. Ojalá que de eso se trate.
La política está hoy sumamente polarizada. Y eso nos pilla en descampado, a todos los que nos iniciamos en ella en la Transición e, incluso, en la clandestinidad. Muchos políticos se mueven hoy del blanco al negro y viceversa, pero la vida cotidiana sigue cargada de grises, de matices. La derecha española permanece aferrada al relato del golpismo, por mucho que cada vez son menos los que lo ven verosímil. Pero algunos sectores del soberanismo, siguen erre que erre en el unilateralismo, que desfallece día a día, porque por mucho que se repita una consigna, pasa siempre, se va desvaneciendo si no se hace carne.
El relato catalán de la intransigencia – uno de los factores del encabronamiento de la política – representado hoy por el President Torra, se sustenta ya solo sobre el calendario judicial. Es la situación de los presos – con una prisión preventiva que nos parece injustificable a algunos – la que permite a Torra presentar “argumentos”. Weber diría que está prevaleciendo la ética de las convicciones, por encima de la de la responsabilidad, que a mi me parece que es la que debe dirigir siempre, o casi siempre, la actuación de un político. Curiosamente - a pesar de las diatribas del President, y los ruidos de la pintura amarilla resbalando sobre las puertas, la agitación de los lazos amarillos y el flamear de las esteladas - los consellers del Govern catalán, negocian permanentemente con el Gobierno de Sánchez. Y los componentes de la mayoría soberanista, se esmeran en cumplir la legalidad, no fueran a pillarles en falso.
Según el tiempo va pasando, más me parece evidente la responsabilidad histórica del Gobierno de Rajoy, al derivar un conflicto que era, es, político, al ámbito de la justicia. Aún es pronto quizá, para verlo con claridad. Pero apostaría que ese será el juicio de los historiadores serios, cuando escriban sobre los acontecimientos de estos años.
No hay un “continuum” en el relato del soberanismo catalán, está construido a base de momentos y “días de gloria” sin conexión: la proclamación a hurtadillas de la República, con fuga incluida a Bruselas; el referéndum que no lo fue… Y ahora se articula el discurso sobre el “momentum”, la sentencia sobre los presos, como choque político y emocional que sublevaría a Cataluña, y despertaría a Europa.
Y se equivocan – escribía Ramoneda – los que piensan que da lo mismo Casado que Sánchez. No, no son lo mismo, ni los son sus posibles socios ni sus votantes. Y para empezar a caminar con buen pie en política, siempre hay que buscar afinidades, por pequeñas que sean. En política y en democracia, la base es la negociación, el compromiso sobre intereses discordantes, por coyuntural que sea. La unanimidad pertenece al mundo de las utopías. Pero para que la negociación sea útil y arribe a buen puerto, se requiere recuperar la palabra como medio de tejer un espacio compartido, que permita a cada uno jugar sus cartas. Ramoneda exige dos requisitos mínimos y previos: Primero un protocolo de comunicación, hablar el mismo lenguaje, compartir el significado de las palabras. Y segundo, el reconocimiento mutuo como interlocutores, sin negar a la otra parte la condición de tal, nos guste más o menos.
Y sí, hay mucho ruido que limpiar, antes que se abra un espacio de entendimiento.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Noviembre del 2018.
martes, 11 de diciembre de 2018
AL TANTO CON LA IZQUIERDA ESCLARECIDA
Me temo que estas reflexiones, a más de uno le van a parecer políticamente incorrectas. Pero no será la primera vez que advierto sobre una izquierda, que se cree superior, más culta, en posesión de la verdad única: aquella “gauche divine” de los sesenta y los setenta, la izquierda chic de ahora, los populistas de hoy.
El doctor Anthony Daniels (Theodore Dalrymple es el pseudónimo como escritor del doctor Anthony Daniels, médico y psiquiatra forense, columnista habitual en medios como The Spectator, City Journal, The Times y The Daily Telegraph) hace un par de años ya puso de manifiesto, como en la victoria electoral de Donald Trump, había jugado a su favor, el sentimiento de menosprecio (ético y estético) que el “stablishment” demócrata e intelectual, al menos una buena parte de él, había manifestado hacia la parte de la ciudadanía, dotada de opiniones toscamente conservadoras o rurales.
Es un gran error de los progresistas, opino yo que me cuento entre ellos, considerar que quienes tienen opiniones erróneas sobre la inmigración, el matrimonio homosexual, otras costumbres sociales tradicionales, la nación… no sólo están equivocados (que para mi sí lo están) sino que son personas moralmente malas, inferiores vistos desde una ética esclarecida. Y ahí es cuando la liamos, al meter en el mismo saco la moral, la ética y la política. No es que la política deba quedar al margen de la moral, por supuesto, pero tiene sus propias reglas, y sus diversas éticas como nos enseñó Weber. Como decimos los mallorquines: “no s’han de mesclar ous amb caragols”.
Hay de debatir duro con el adversario, sin complejo alguno, sin concesiones. Pero ojo a traslucir de nuestras palabras o dialogo corporal, un sentimiento de menosprecio a los adversarios. El maniqueísmo al final no es tan natural, como creen algunos. La vida no está hecha en blanco o negro. Y por lo menos a mí, me resulta inaceptable esta idea religiosa, de que “yo represento lo bueno”.
Traído el tema a nuestros lares. Tratar a los que se manifiestan nacionalistas españoles, o catalanes ya puestos, como rancios apestados por un fachorio congénito. Considerar la reacción antiinmigración, solo como una cuestión de falta de moralidad. Y las inclinaciones sexualmente conservadoras, como seguro índice de pecaminoso patriarcalismo. Al final, convertir el desacuerdo político en una cuestión moral, en la que los progresistas están en la verdad esclarecida, y los que no la ven así son todos unos fachas impresentables, se vuelve en contra de los primeros cual boomerang. Todo este batiburrillo de moral y política, esta exhibición de una supuesta superioridad moral e intelectual, es un tremendo error político, que aleja de la izquierda a muchos ciudadanos, que se sientes menospreciados.
Escribía el otro día José María Ruiz Soroa, que reaccionar con desprecio ante cualquier manifestación de nacionalismo español como algo rancio, cutre e irremisiblemente contaminado hasta el final de los siglos, por el franquismo nacional católico, no sólo es simplón (incluso en el reino de la simpleza en que vivimos) sino que es injusto para quienes se sienten (nos sentimos) españoles (no nacionalistas) que se ven tratados como apestados, mientras los nacionalismos periféricos, son valorados como legítima expresión de identidades. De esta manera el ciudadano español de ideología simple, elemental, termina por sufrir, como lo calificó Helena Béjar (socióloga en la Complutense) “una privación relativa y un sentimiento de dejación”. Y por supuesto, reacciona mal.
El miedo receloso del ciudadano de a pie, ante la inmigración, especialmente cuando muchos medios irresponsables, se empeñan en presentarla como una invasión imparable, es “normal” en ciertos grupos humanos no muy informados ni sofisticados. La reacción xenófoba, tiene mucho de “natural”, de elemental, no es algo tan elaborado y sofisticado como el altruismo y el cosmopolitismo. Sería la insociable forma de ser sociable que tiene el ser humano, como nos enseñaba Kant. Con ella deberíamos contar siempre, y superarla a base de educación, información y demostración, justo lo contrario del desprecio y el menosprecio, desde posiciones de superioridad moral. Porque sucede, además, que los más afectados por el miedo al otro distinto, son los menos favorecidos por la fortuna de una buena posición social e intelectual. Y estos colectivos, no lo olvidemos, tendrían que ser el pueblo de la izquierda.
Si el ser humano no hubiera estado abierto al cambio, la humanidad no hubiera salido de las cavernas. Pero si no hubiera en su condición humana, una atávica aversión al riesgo, hubiera vuelto a ellas hace tiempo. Este péndulo existe aún hoy, y lo inteligente políticamente hablando, es saber tratarlo con argumentos y ejemplos. No despreciarlo únicamente como algo maligno. Primero porque es darle excesiva transcendencia. Y segundo porque se rebota. Y entonces sí, llegan los fachas, los de verdad.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 29 de Noviembre del 2018.
El doctor Anthony Daniels (Theodore Dalrymple es el pseudónimo como escritor del doctor Anthony Daniels, médico y psiquiatra forense, columnista habitual en medios como The Spectator, City Journal, The Times y The Daily Telegraph) hace un par de años ya puso de manifiesto, como en la victoria electoral de Donald Trump, había jugado a su favor, el sentimiento de menosprecio (ético y estético) que el “stablishment” demócrata e intelectual, al menos una buena parte de él, había manifestado hacia la parte de la ciudadanía, dotada de opiniones toscamente conservadoras o rurales.
Es un gran error de los progresistas, opino yo que me cuento entre ellos, considerar que quienes tienen opiniones erróneas sobre la inmigración, el matrimonio homosexual, otras costumbres sociales tradicionales, la nación… no sólo están equivocados (que para mi sí lo están) sino que son personas moralmente malas, inferiores vistos desde una ética esclarecida. Y ahí es cuando la liamos, al meter en el mismo saco la moral, la ética y la política. No es que la política deba quedar al margen de la moral, por supuesto, pero tiene sus propias reglas, y sus diversas éticas como nos enseñó Weber. Como decimos los mallorquines: “no s’han de mesclar ous amb caragols”.
Hay de debatir duro con el adversario, sin complejo alguno, sin concesiones. Pero ojo a traslucir de nuestras palabras o dialogo corporal, un sentimiento de menosprecio a los adversarios. El maniqueísmo al final no es tan natural, como creen algunos. La vida no está hecha en blanco o negro. Y por lo menos a mí, me resulta inaceptable esta idea religiosa, de que “yo represento lo bueno”.
Traído el tema a nuestros lares. Tratar a los que se manifiestan nacionalistas españoles, o catalanes ya puestos, como rancios apestados por un fachorio congénito. Considerar la reacción antiinmigración, solo como una cuestión de falta de moralidad. Y las inclinaciones sexualmente conservadoras, como seguro índice de pecaminoso patriarcalismo. Al final, convertir el desacuerdo político en una cuestión moral, en la que los progresistas están en la verdad esclarecida, y los que no la ven así son todos unos fachas impresentables, se vuelve en contra de los primeros cual boomerang. Todo este batiburrillo de moral y política, esta exhibición de una supuesta superioridad moral e intelectual, es un tremendo error político, que aleja de la izquierda a muchos ciudadanos, que se sientes menospreciados.
Escribía el otro día José María Ruiz Soroa, que reaccionar con desprecio ante cualquier manifestación de nacionalismo español como algo rancio, cutre e irremisiblemente contaminado hasta el final de los siglos, por el franquismo nacional católico, no sólo es simplón (incluso en el reino de la simpleza en que vivimos) sino que es injusto para quienes se sienten (nos sentimos) españoles (no nacionalistas) que se ven tratados como apestados, mientras los nacionalismos periféricos, son valorados como legítima expresión de identidades. De esta manera el ciudadano español de ideología simple, elemental, termina por sufrir, como lo calificó Helena Béjar (socióloga en la Complutense) “una privación relativa y un sentimiento de dejación”. Y por supuesto, reacciona mal.
El miedo receloso del ciudadano de a pie, ante la inmigración, especialmente cuando muchos medios irresponsables, se empeñan en presentarla como una invasión imparable, es “normal” en ciertos grupos humanos no muy informados ni sofisticados. La reacción xenófoba, tiene mucho de “natural”, de elemental, no es algo tan elaborado y sofisticado como el altruismo y el cosmopolitismo. Sería la insociable forma de ser sociable que tiene el ser humano, como nos enseñaba Kant. Con ella deberíamos contar siempre, y superarla a base de educación, información y demostración, justo lo contrario del desprecio y el menosprecio, desde posiciones de superioridad moral. Porque sucede, además, que los más afectados por el miedo al otro distinto, son los menos favorecidos por la fortuna de una buena posición social e intelectual. Y estos colectivos, no lo olvidemos, tendrían que ser el pueblo de la izquierda.
Si el ser humano no hubiera estado abierto al cambio, la humanidad no hubiera salido de las cavernas. Pero si no hubiera en su condición humana, una atávica aversión al riesgo, hubiera vuelto a ellas hace tiempo. Este péndulo existe aún hoy, y lo inteligente políticamente hablando, es saber tratarlo con argumentos y ejemplos. No despreciarlo únicamente como algo maligno. Primero porque es darle excesiva transcendencia. Y segundo porque se rebota. Y entonces sí, llegan los fachas, los de verdad.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 29 de Noviembre del 2018.
lunes, 3 de diciembre de 2018
NO SABEMOS LO QUE NOS PASA
Me decía hoy un amigo: ‘siempre había sido una persona decidida y valiente, pero en estos meses estoy como asustado, no sé que me pasa’. Y entonces recordé las palabras de Ortega y se las repetí: “No sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”.
Estar desorientado, “dépaysé” como dicen los franceses. Tal es siempre la sensación vital, me parece, que nos invade en las crisis históricas. Es como una sensación de hallarse en la divisoria de dos formas de vida, de dos mundos, de dos épocas. Como la nueva forma de vida todavía no ha florecido, aún no es lo que va a ser, sólo podemos buscar alguna claridad respecto a ella, respecto a nuestro futuro, volviendo la mirada a la vieja forma de vida, a lo que parece que estamos abandonando. Precisamente porque la vemos, a la vieja forma de vida, conclusa o casi, la vemos con la máxima claridad.
Vivimos originariamente hacia el futuro, disparados hacia él, decía Ortega. Pero el futuros es lo esencialmente problemático, no podemos hacer pie en él, no tiene figura fija, perfil decidido ¿Cómo lo va a tener si aún no es? El futuro es siempre plural, consiste en lo que puede suceder. Y pueden acaecer muchas cosas diversas, incluso contradictorias. De aquí la condición paradójica, esencial a nuestra vida, de que el hombre no tenga otro medio de orientarse en el futuro, que hacerse cargo de lo que ha sido el pasado, cuya figura es inequívoca, fija e inmutable ¿Deformación de un licenciado en historia? Explica Mark Lilla en “La mente reaccionaria”, que la esperanza puede verse decepcionada, pero la nostalgia es irrefutable. Atentos, porque no es lo mismo hacerse cargo del pasado, que la pura nostalgia.
Precisamente porque vivir es sentirse disparado hacia el futuro, rebotamos en él y vamos a caer en el pasado, al cual nos agarramos con fuerza, para volver con él, en él, al futuro y realizarlo. El pasado es la única despensa, donde encontramos los medios para hacer efectivo nuestro futuro. Tengamos siempre presente, que no recordamos nunca porque sí. Con frecuencia insiste Ortega, en que nada de lo que hacemos en nuestra vida, lo hacemos porque sí. Recordamos el pasado “porque” esperamos el futuro y en vista de él. Aquí tendríamos el origen de la historia. El hombre hace historia porque ante el futuro, que no está en su mano, se encuentra con que lo único que tiene, que posee, es su pasado. Sólo de él puede echar mano: es como la pequeña nave en que se embarca hacia el inquieto porvenir.
Si hoy nos encontramos con el agrio aspecto de nuestra realidad, de nuestra circunstancia habría dicho Ortega, no es por casualidad, sino “porque” la vida Moderna fue como fue y ésta, a su vez, lleva dentro de sí el Renacimiento, que fue tal porque la Edad Media vivió como vivió, y así sucesivamente hacia atrás. Nuestra situación actual es el resultado de todo el pretérito humano – nada surge espontáneamente, nos explica el gran historiador John H. Elliot - en el mismo sentido en que el último capítulo de una novela, no se entiende si no se han leído los anteriores. Y es muy posible que una de las causas, que producen la grave desorientación respecto a sí mismo, en que hoy se halla el hombre, sea el hecho de que en las últimas generaciones el hombre medio, que sabe tantas cosas, no sabe nada de historia.
Con frecuencia, hasta donde alcanzo, Ortega ha escrito que el tipo de hombre que en el siglo XVIII o XVII, correspondía a lo que hoy es nuestro hombre medio, sabía mucho más de historia que el hombre actual. Por lo menos, conocía la historia griega y la historia de Roma, y estos dos pretéritos servían de fondo y daban profunda perspectiva a su actualidad. Pero en estos días, me temo, el hombre medio se encuentra, por su ignorancia histórica, casi como un primitivo, como un primer hombre, y de aquí – aparte otras cosas – que, en efecto, dentro de su alma vieja e hipercivilizada, broten de pronto, inesperados modos de salvajismo o de barbarie. “No recuerdan a Franco; no recuerdan la Guerra Civil; no recuerdan la Transición. De hecho tienen muy poco sentido de la Historia”, decía el otro día Elliot refiriéndose a las nuevas generaciones.
Tampoco es necesario darle muchas vueltas: la realidad radical es nuestra vida, y ésta es como es, tiene la estructura que tiene, porque las anteriores formas de vida fueron tales y como fueron, en línea concretísima de destino único. Por eso no se puede entender rigorosamente una época, si no se entienden todas las demás.
El destino humano es una especie de melodía, en la que cada nota tiene su sentido musical, colocada en su sitio entre todas las demás. Por eso la canción de la historia, sólo tiene sentido cantada entera. Es incomprensible a base de tuits inconexos. “La historia es sistema”, un sistema lineal tendido en el tiempo. La serie de las formas de vida humana que ha habido, no son tantas, no son infinitas, tantas como generaciones diría Ortega, unas cuantas precisas y determinadas, que se suceden unas a otras y salen unas de otras.
No perdamos de vista que en la vida humana va incluida toda otra realidad, “la” realidad radical. Y cuando una realidad es “la” realidad, la única que propiamente hay, es, claro está, transcendente. He aquí seguramente por qué la historia – aunque algunos no lo vean o crean así – es la ciencia superior, la ciencia de la realidad fundamental. Ella y no la física.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Noviembre del 2018.
Estar desorientado, “dépaysé” como dicen los franceses. Tal es siempre la sensación vital, me parece, que nos invade en las crisis históricas. Es como una sensación de hallarse en la divisoria de dos formas de vida, de dos mundos, de dos épocas. Como la nueva forma de vida todavía no ha florecido, aún no es lo que va a ser, sólo podemos buscar alguna claridad respecto a ella, respecto a nuestro futuro, volviendo la mirada a la vieja forma de vida, a lo que parece que estamos abandonando. Precisamente porque la vemos, a la vieja forma de vida, conclusa o casi, la vemos con la máxima claridad.
Vivimos originariamente hacia el futuro, disparados hacia él, decía Ortega. Pero el futuros es lo esencialmente problemático, no podemos hacer pie en él, no tiene figura fija, perfil decidido ¿Cómo lo va a tener si aún no es? El futuro es siempre plural, consiste en lo que puede suceder. Y pueden acaecer muchas cosas diversas, incluso contradictorias. De aquí la condición paradójica, esencial a nuestra vida, de que el hombre no tenga otro medio de orientarse en el futuro, que hacerse cargo de lo que ha sido el pasado, cuya figura es inequívoca, fija e inmutable ¿Deformación de un licenciado en historia? Explica Mark Lilla en “La mente reaccionaria”, que la esperanza puede verse decepcionada, pero la nostalgia es irrefutable. Atentos, porque no es lo mismo hacerse cargo del pasado, que la pura nostalgia.
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| Libros de historia |
Si hoy nos encontramos con el agrio aspecto de nuestra realidad, de nuestra circunstancia habría dicho Ortega, no es por casualidad, sino “porque” la vida Moderna fue como fue y ésta, a su vez, lleva dentro de sí el Renacimiento, que fue tal porque la Edad Media vivió como vivió, y así sucesivamente hacia atrás. Nuestra situación actual es el resultado de todo el pretérito humano – nada surge espontáneamente, nos explica el gran historiador John H. Elliot - en el mismo sentido en que el último capítulo de una novela, no se entiende si no se han leído los anteriores. Y es muy posible que una de las causas, que producen la grave desorientación respecto a sí mismo, en que hoy se halla el hombre, sea el hecho de que en las últimas generaciones el hombre medio, que sabe tantas cosas, no sabe nada de historia.
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| Ortega y Gasset |
Tampoco es necesario darle muchas vueltas: la realidad radical es nuestra vida, y ésta es como es, tiene la estructura que tiene, porque las anteriores formas de vida fueron tales y como fueron, en línea concretísima de destino único. Por eso no se puede entender rigorosamente una época, si no se entienden todas las demás.
El destino humano es una especie de melodía, en la que cada nota tiene su sentido musical, colocada en su sitio entre todas las demás. Por eso la canción de la historia, sólo tiene sentido cantada entera. Es incomprensible a base de tuits inconexos. “La historia es sistema”, un sistema lineal tendido en el tiempo. La serie de las formas de vida humana que ha habido, no son tantas, no son infinitas, tantas como generaciones diría Ortega, unas cuantas precisas y determinadas, que se suceden unas a otras y salen unas de otras.
No perdamos de vista que en la vida humana va incluida toda otra realidad, “la” realidad radical. Y cuando una realidad es “la” realidad, la única que propiamente hay, es, claro está, transcendente. He aquí seguramente por qué la historia – aunque algunos no lo vean o crean así – es la ciencia superior, la ciencia de la realidad fundamental. Ella y no la física.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Noviembre del 2018.
sábado, 1 de diciembre de 2018
INTELECTUAL
Mucho se ha escrito y debatido sobre el término y concepto de “intelectual”, desde que se utilizó por primera vez en Francia, con motivo del “Affaire Dreyfus” allá a finales del siglo XIX.
No hace mucho, leyendo el interesante libro de Stuart Jeffries “Gran Hotel abismo”, que recomiendo a todos aquellos que tengan algún interés por la “Escuela de Frankfurt”, recordé la aportación de Theodor Adorno, más práctica que semántica, a dicho debate. Fue Adorno quien evocó explícitamente, en sus tomas de posición pública, la función crítica de los intelectuales, y quien elaboró, con su manera de utilizar públicamente la razón crítica, un nuevo tipo de intervención intelectual. Esa forma de actuar en público, debería ejercer una influencia importante, sobre el entonces joven Habermas. Sus posiciones sobre la “vigilancia crítica”, en su texto consagrado a Heidegger, parecen constituir una primera referencia directa, a ese modelo de intelectual con el que se identificará a no mucho tardar.
“El intelectual debe poder exasperarse
pero debe, sin embargo, tener suficiente juicio político
para no sobreactuar”.
(Jürgen Habermas)
“Sentado entre dos sillas, estructuralmente apátrida, sin domicilio fijo en el plano trascendental”, así definía Karl Mannheim, al intelectual que evoluciona libremente en la esfera social, que no proviene de ningún grupo específico, ni se deja asignar a ninguno.
Ni el nacimiento ni el origen predestinan el estatus de intelectual. Y el hecho de ejercer una profesión intelectual, no predestina tampoco a expresarse como tal en ciertas circunstancias. El verdadero intelectual es algo más raro y, justo por esa razón, algo culturalmente visible. Ralf Dahrendorf y Michael Walzer han evocado a su vez, la manera típica de ser del intelectual: su resistencia frente a las ideologías extremas, su incorruptibilidad moral, su capacidad particular para ponerse en el sitio del otro – es decir su empatía – o incluso su sensibilidad.
Desde al “Affaire Dreyfus”, se denomina “intelectuales” a aquellas personas que osan tomar la palabra en el espacio público, y desde el campo de la oposición. Sería la crítica expresada públicamente, la que haría del intelectual potencial, un auténtico intelectual. Pero ¡al loro! la “crítica” no debemos entenderla en esos casos, como la entendió Kant cuando escribió la “Crítica de la razón pura”, es decir como un método de exploración y análisis de los límites. La idea de “crítica” – cuando hablamos de intelectuales – se refiere más bien a intervenciones sobre problemas práctico-políticos reales, originados en su mayoría, en épocas de crisis. El intelectual, se caracteriza típicamente por una profunda ambivalencia entre distancia y compromiso (“engagement”). Y ejerce esta facultad, por decirlo de alguna manera, metiendo el dedo en las heridas de la sociedad, diagnóstica al tiempo por si mismo, de forma visible y audible.
A mi entender, el “intelectual” debe preservar una cierta distancia – por ejemplo velando por su relativa independencia en tanto que científico, escritor o artista – con el fin de ser reconocido como una instancia independiente en el coro de voces. Pero la mayoría de las veces, se verá obligado a abandonar el “espacio protegido” de la investigación científica, si de veras quiere ser entendido de forma aceptable. No tiene elección. Como dicen los franceses: “il faut s’engager” (hay que comprometerse). Pero si desea ejercer una cierta influencia en el campo de las confrontaciones sociales-políticas, sus tomas de posición deben ser muy claras y pertinentes. Las mismas, además, deberán manifestar en su conjunto, una línea “normativa” que le permita posicionarse, en el campo de los conflictos de intereses políticos generalmente contradictorios. Jürgen Habermas considera que el autentico origen de su decisión de asumir el papel de intelectual, se encuentra en su orientación hacia los valores de justicia, hacia un ideal comunicativo de resolución discursiva de los conflictos.
En la conferencia que en 1986 dedicó a Heinrich Heine, Habermas reflexionó explícitamente sobre la figura social del intelectual. La tarea de éste, dijo, consiste en comprometerse, por medio de argumentos retóricamente bien formulados, a favor de derechos lesionados y verdades reprimidas, a favor de las innovaciones que se van imponiendo y progresos que han sido pospuestos. Para ello el intelectual necesita un espacio público adecuado, un espacio público entendido como un “medium” de formación democrática de la voluntad. Es en él, en el que el intelectual encuentra su sitio, su auténtico lugar.
Para decirlo bajo el prisma de de la teoría de la comunicación y de la discusión habermasianas: se trata para el intelectual en sus intervenciones, de aportar en la práctica, la prueba de la fuerza productiva de la comunicación y, por tanto, de demostrar que la “fuerza comunicativa” puede determinar la cultura política. Lo que concuerda perfectamente con su manera – la de Habermas – de contemplarse, como un ciudadano activo entre otros, cuyo compromiso político debe ser considerado como una actividad anexa, ejercida únicamente por su iniciativa, y sin mandato político alguno. Así el compromiso del intelectual, no está motivado sino por un sentimiento de “responsabilidad ante el interés general, y no por ambición política alguna”.
Lo que debe hacer el intelectual, según la representación ideal de Habermas, no es ejercer una influencia de tipo estratégico, en la lucha por la toma del poder político, sino coordenar en el modo comunicacional, un espacio público autónomo y plural. Si el ciudadano alcanza un estatus de intelectual, no será en tanto que autoridad intelectual, ni en tanto que pedante profesional, sino en tanto que participante en la discusión, que intenta lo que otros han podido igualmente realizar antes que él: proporcionar argumentos convincentes a favor o disfavor de tal o cual causa. En consecuencia, será la calidad de sus argumentos – que tendrá que imponer en el debate público – lo que hará que el intelectual sea reconocido como un “public intelectual”, un intelectual público. Los intelectuales no fuerzan a ninguna interpretación. Mas bien “los destinatarios” deben, constantemente, tener la posibilidad, sin ambigüedad alguna, de aceptar o rechazar las interpretaciones que aquel les ofrece, en las circunstancias apropiadas, es decir, de hacerlo en total libertad. No hay Aufklärung (Ilustración) sin interpretaciones aceptadas en total libertad.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Septiembre del 2018.
No hace mucho, leyendo el interesante libro de Stuart Jeffries “Gran Hotel abismo”, que recomiendo a todos aquellos que tengan algún interés por la “Escuela de Frankfurt”, recordé la aportación de Theodor Adorno, más práctica que semántica, a dicho debate. Fue Adorno quien evocó explícitamente, en sus tomas de posición pública, la función crítica de los intelectuales, y quien elaboró, con su manera de utilizar públicamente la razón crítica, un nuevo tipo de intervención intelectual. Esa forma de actuar en público, debería ejercer una influencia importante, sobre el entonces joven Habermas. Sus posiciones sobre la “vigilancia crítica”, en su texto consagrado a Heidegger, parecen constituir una primera referencia directa, a ese modelo de intelectual con el que se identificará a no mucho tardar.
“El intelectual debe poder exasperarse
pero debe, sin embargo, tener suficiente juicio político
para no sobreactuar”.
(Jürgen Habermas)
“Sentado entre dos sillas, estructuralmente apátrida, sin domicilio fijo en el plano trascendental”, así definía Karl Mannheim, al intelectual que evoluciona libremente en la esfera social, que no proviene de ningún grupo específico, ni se deja asignar a ninguno.
Ni el nacimiento ni el origen predestinan el estatus de intelectual. Y el hecho de ejercer una profesión intelectual, no predestina tampoco a expresarse como tal en ciertas circunstancias. El verdadero intelectual es algo más raro y, justo por esa razón, algo culturalmente visible. Ralf Dahrendorf y Michael Walzer han evocado a su vez, la manera típica de ser del intelectual: su resistencia frente a las ideologías extremas, su incorruptibilidad moral, su capacidad particular para ponerse en el sitio del otro – es decir su empatía – o incluso su sensibilidad.
Desde al “Affaire Dreyfus”, se denomina “intelectuales” a aquellas personas que osan tomar la palabra en el espacio público, y desde el campo de la oposición. Sería la crítica expresada públicamente, la que haría del intelectual potencial, un auténtico intelectual. Pero ¡al loro! la “crítica” no debemos entenderla en esos casos, como la entendió Kant cuando escribió la “Crítica de la razón pura”, es decir como un método de exploración y análisis de los límites. La idea de “crítica” – cuando hablamos de intelectuales – se refiere más bien a intervenciones sobre problemas práctico-políticos reales, originados en su mayoría, en épocas de crisis. El intelectual, se caracteriza típicamente por una profunda ambivalencia entre distancia y compromiso (“engagement”). Y ejerce esta facultad, por decirlo de alguna manera, metiendo el dedo en las heridas de la sociedad, diagnóstica al tiempo por si mismo, de forma visible y audible.
A mi entender, el “intelectual” debe preservar una cierta distancia – por ejemplo velando por su relativa independencia en tanto que científico, escritor o artista – con el fin de ser reconocido como una instancia independiente en el coro de voces. Pero la mayoría de las veces, se verá obligado a abandonar el “espacio protegido” de la investigación científica, si de veras quiere ser entendido de forma aceptable. No tiene elección. Como dicen los franceses: “il faut s’engager” (hay que comprometerse). Pero si desea ejercer una cierta influencia en el campo de las confrontaciones sociales-políticas, sus tomas de posición deben ser muy claras y pertinentes. Las mismas, además, deberán manifestar en su conjunto, una línea “normativa” que le permita posicionarse, en el campo de los conflictos de intereses políticos generalmente contradictorios. Jürgen Habermas considera que el autentico origen de su decisión de asumir el papel de intelectual, se encuentra en su orientación hacia los valores de justicia, hacia un ideal comunicativo de resolución discursiva de los conflictos.
En la conferencia que en 1986 dedicó a Heinrich Heine, Habermas reflexionó explícitamente sobre la figura social del intelectual. La tarea de éste, dijo, consiste en comprometerse, por medio de argumentos retóricamente bien formulados, a favor de derechos lesionados y verdades reprimidas, a favor de las innovaciones que se van imponiendo y progresos que han sido pospuestos. Para ello el intelectual necesita un espacio público adecuado, un espacio público entendido como un “medium” de formación democrática de la voluntad. Es en él, en el que el intelectual encuentra su sitio, su auténtico lugar.
Para decirlo bajo el prisma de de la teoría de la comunicación y de la discusión habermasianas: se trata para el intelectual en sus intervenciones, de aportar en la práctica, la prueba de la fuerza productiva de la comunicación y, por tanto, de demostrar que la “fuerza comunicativa” puede determinar la cultura política. Lo que concuerda perfectamente con su manera – la de Habermas – de contemplarse, como un ciudadano activo entre otros, cuyo compromiso político debe ser considerado como una actividad anexa, ejercida únicamente por su iniciativa, y sin mandato político alguno. Así el compromiso del intelectual, no está motivado sino por un sentimiento de “responsabilidad ante el interés general, y no por ambición política alguna”.
Lo que debe hacer el intelectual, según la representación ideal de Habermas, no es ejercer una influencia de tipo estratégico, en la lucha por la toma del poder político, sino coordenar en el modo comunicacional, un espacio público autónomo y plural. Si el ciudadano alcanza un estatus de intelectual, no será en tanto que autoridad intelectual, ni en tanto que pedante profesional, sino en tanto que participante en la discusión, que intenta lo que otros han podido igualmente realizar antes que él: proporcionar argumentos convincentes a favor o disfavor de tal o cual causa. En consecuencia, será la calidad de sus argumentos – que tendrá que imponer en el debate público – lo que hará que el intelectual sea reconocido como un “public intelectual”, un intelectual público. Los intelectuales no fuerzan a ninguna interpretación. Mas bien “los destinatarios” deben, constantemente, tener la posibilidad, sin ambigüedad alguna, de aceptar o rechazar las interpretaciones que aquel les ofrece, en las circunstancias apropiadas, es decir, de hacerlo en total libertad. No hay Aufklärung (Ilustración) sin interpretaciones aceptadas en total libertad.
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Septiembre del 2018.
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